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accidente de tráfico, eximiéndole de poner en práctica la consiguiente escabechina («se extendió el rumor de que me los había cargado yo»). Este tipo de situaciones suceden una y otra vez. Bunker en la picota, salvando el pellejo por arte de birlibirloque, una proverbial flor firmemente afianzada entre sus nalgas. Por supuesto, hay un reverso tenebroso de esta fuerza, que es la ya mencionada tendencia bunkeriana a meterse en aprietos cuando todo empezaba a lucir óptimo. Es una tómbola, realmente. Un demente ciclo de suertez y fuck-ups, el suyo. Y termina con perdices, aunque no puedan creerlo. 5. ¿Cómo se redime Bunker de este berenjenal pringoso? ¿Cómo se lava de forma fundamental nuestro preso? Pues ya saben ustedes que «no se rehace una vida como se cose un botón» (Papillon). La diferencia estriba, claro está, en el «ansia de trascendencia» de nuestro antihéroe. El deseo de mejora («Creía que el pasado no podía mejorarse, pero sí cabía aprender de él»). Cada uno tiene sus propios métodos de salvación, y para Bunker la redención está en los libros. Casi al final de La educación de un ladrón, Bunker nos repite lo que ha ido descubriendo a lo largo de su azaroso periplo: «Escribir se había convertido en la única posibilidad de escapar del cenagal de mi existencia y había perseverado en ello incluso en los momentos en que la llama de la esperanza se acababa». El primer paso que toma Bunker es leerse un millón de libros (tiempo era lo que le sobraba): Jack London, el Llamad a cualquier puerta de Willard Motley,* Thomas Wolfe, Dreiser, Fitzgerald, John *  Una novela que emocionaba de forma particular a Bunker: «me hacía llorar, de noche, en la cárcel del condado». Yo la leí no hace mucho (los autodidactas no tenemos otro modo de aprender que copiándonos los modelos y héroes los unos a los otros) y de poco la palmo. 504 páginas de dramonazo tearjerker con un court drama de guinda letal. ¡Gracias, Bunk!

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LA EDUCACIÓN DE UN LADRÓN (Edward Bunker)  

Prólogo de Kiko Amat y primer capítulo

LA EDUCACIÓN DE UN LADRÓN (Edward Bunker)  

Prólogo de Kiko Amat y primer capítulo