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EpĂ­logo


Enloquecí en la olimpiada de invierno de Innsbruck. Se me nubló el cerebro, como si hubiera descendido una bruma de los Alpes. Me encontré con cierto caballero que para mí era el mismísimo diablo, con pezuñas, pelo, cuernos y dientes centenarios cariados. Luego subí a las montañas que se alzan sobre Innsbruck a incendiar una casa de labor. Pretendía encender una gran luz que ahuyentara la niebla. Cuando estaba sacando las vacas y el caballo de la cuadra para que no fueran pasto de las llamas, llegó la policía austríaca. Me pusieron las esposas y me llevaron al valle. Yo los insulté, me quité los zapatos y fui por la nieve descalzo como Cristo camino de la cruz. Me enviaron a los médicos praguenses a través del pantano de Dvořiště. Aquella primera etapa no fue tan terrible para mí, pero sí para los que me observaban y para los que me querían. Yo estaba, en realidad, tan a gusto; actuaba con pasión y convencimiento. En ocasiones resultó incluso agradable: es hermoso ser un Cristo glorificado. Lo peor llega cuando, con ayuda de los medicamentos, te conducen al estado en el que eres consciente de estar loco. Los ojos se te inundan de tristeza y ya sabes que no eres Cristo, sino un pobre diablo que ha perdido el juicio, que es lo que

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hace hombre al hombre. Te ponen entre unas rejas algo mejoradas, a pesar de no haber asesinado ni herido a nadie. No se te ha sometido a juicio y, sin embargo, has sido sentenciado. La gente, afuera, continúa con su vida y tú comienzas a envidiarlos. Tan solo puede salvarte un milagro. Esperé ese milagro durante cinco años. Sentado a solas en una silla semanas, meses, años. No puedo afirmar que haya padecido como un animal, pues ningún ser humano puede saber cómo sufre un animal, aun cuando se hable y escriba a menudo sobre el tema. Solo sé que padecí enormemente; no podría siquiera expresarlo con palabras. Y, por otra parte, nadie me creería; la gente no quiere oír hablar de esta enfermedad, porque la temen. Cuando me encontré mejor, reflexioné sobre qué había sido lo más hermoso de mi vida. No pensé en el amor ni en mis andanzas por el mundo. No pensé en vuelos nocturnos a través del océano, ni en mi época como jugador de hockey sobre hielo en el Sparta de Praga. Regresé de pesca a los arroyos, a los ríos, a los embalses y a las presas. Caí en la cuenta de que aquello había sido lo más hermoso que hubiera vivido jamás. ¿Por qué? No soy capaz de explicarlo con precisión, pero he intentado contarlo en este libro. Ya sé que no siempre he recordado en qué lugar pesqué tal pez ni cuánto medía de la cabeza a la cola, pero he rememorado todo lo relacionado con aquellos peces. Sobre todo cómo caminé o viajé en busca de peces. Estando en la aldea de Želivec, monté en una bicicleta chirriante hasta un arroyo de truchas a horas a las que los demás todavía dormían. Era como un gigantesco teatro natural. La hierba y los campos titilaban cubiertos de rocío, los pájaros cantaban y en

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el bosque pastaban los corzos, que ya me conocían. Cuando llegué a aquel hermoso arroyo, cogí agua con las manos y tuve la tentación de persignarme, pero no llegué a hacerlo. He recordado el recóndito pantano de Janov, donde, junto a mi madre Hermína, pesqué truchas grandes como carpas y donde el agua era verde como la hierba de un prado celestial que se me había aparecido en sueños. Y en lo que más he pensado es en la región de Křivoklát. En el molino de Nezabudice y en su lucecilla inextinguible, que lucía para los furtivos y para los gendarmes. He pensado en las misteriosas anguilas, que avanzaban poseídas, con sus diminutos ojos de ofidio, en su peregrinaje de los mares a los océanos. Resulta interesante que gran parte de mi vida se haya esfumado, mientras que los peces han permanecido en ella. Estaban asociados con la naturaleza, en la que no traquetea con su ridículo vaivén el tranvía ambulante de la civilización. Hoy sé que muchas personas no van solo en busca de peces, sino de la soledad, como en épocas remotas. Ansían escuchar el reclamo de los pájaros y los animales, ansían escuchar el follaje otoñal al caer. Mientras agonizaba lentamente en aquel lugar, vi, ante todo, el río que más ha significado para mí y que he amado. Lo he amado tanto que, antes de empezar a pescar, recogía su agua en una concha con la mano y la besaba, como un hombre besa a una mujer. Luego me echaba el resto del agua en la cara y ajustaba la caña. El río discurría ante mí. Uno puede ver el cielo, puede vislumbrar el interior de un bosque, pero jamás podrá contemplar las profundidades de un auténtico río. Únicamente con la caña se puede tantear el interior de un verdadero río. A veces, cuando me sentaba tras una ventana enrejada y pescaba en mis recuerdos, resultaba hasta doloroso. Me veía

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obligado a cejar en aquella belleza y a recordar que en el mundo existe también la inmundicia, la porquería y el agua turbia, para dejar de añorar la libertad. Por fin he llegado a la palabra precisa: libertad. La pesca es, antes que nada, libertad. Caminar kilómetros y kilómetros en busca de truchas, beber agua de las fuentes, estar a solas y libre al menos durante una hora, unos días, o hasta semanas y meses. Liberado de la televisión, de los periódicos, de la radio y la civilización. He estado tentado de matarme cientos de veces cuando ya no me sentía con fuerzas para continuar, sin embargo nunca he llegado a hacerlo. Tal vez, en mi subconsciente, deseaba, una única vez más, besar al río en los labios y pescar peces plateados. Fue la pesca la que me enseñó a ser paciente y los recuerdos los que me ayudaron a vivir.

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CÓMO LLEGUÉ A CONOCER A LOS PECES (Ota Pavel)  

Epílogo

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