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Cómo es la fe de los jóvenes Lo que me llena de estupor no es la incredulidad sino la fe. Lo que me sorprende no es el ateo, sino el cristiano. (Benedicto XVI) Cuando se comienza un nuevo curso, un nuevo año, un nuevo trimestre, siempre surge la esperanza de emprender una vida mejor. Surgen deseos de remontar y de recomenzar, de reparar debilidades y descuidos del pasado, y todo ello se va concretando en pequeños propósitos que queremos hacer realidad. Es un buen momento para detenernos a observar y a reflexionar sobre nuestro presente, y para recurrir a nuestra memoria recordando nuestro pasado. La fe se alimenta de la memoria. Tenemos que reconocer que somos personas que estamos recibiendo mucho. Cualquiera que pudiera vernos desde fuera podría afirmar de nosotros: «sois jóvenes muy afortunados, con una gran riqueza, estáis rodeados de especiales cuidados, tenéis un plan muy completo que muchos otros jóvenes de vuestra edad desearían tener y no lo tienen». Comentando estos pensamientos con un joven, le escuchaba decir: «¿por qué yo? ¿Qué ha visto Dios en mí?» Y añadía: «Si no estuviera en este plan, ¡no sé qué hubiera sido de mí!» Sin pretender responder a sus preguntas, le formulaba yo una nueva: «¿Qué espera el Señor de ti? ¿A qué plan te está llamando el Señor?» Y se podría añadir: «Grandes cosas se esperan de ti». Y tú, ¿estás valorando y aprovechando el plan que el Señor te ofrece ahora? ¿Vives con intensidad la oración, la amistad, el estudio, el servicio, las diversiones? ¿Se puede afirmar de ti que estás en plan de formación? En el plan actual en el que el Señor te ha sembrado hay una gran riqueza. Dios, en su designio de benevolencia, te ha traído hasta aquí porque desea transformarte y prepararte para los grandes planes que tiene pensados para ti. Y, aunque para muchos pueda pasar desapercibida tu preparación, para Dios es muy importante. ¿Estamos condicionados por el ambiente? En las recientes catequesis sobre el Año de la Fe, el Papa ha repetido varias veces que hoy en día la vida se está viviendo con ligereza, sin ideales. Los jóvenes están creciendo atrapados por los medios, olvidando su finalidad y su sentido. El relativismo que se respira en los salones de clase, en la televisión y en la radio, en los diarios y en las redes sociales, está haciendo desaparecer los puntos firmes en los que nos podemos apoyar. Escasea la honradez en el momento de presentar exámenes y deberes. Abunda la mediocridad en el cumplimiento de las propias obligaciones. Hay ligereza en la manera de hablar, vestir y tratar a los demás, ligereza en el trato entre chicos y chicas. Y nosotros, al vivir sumergidos en el mismo ambiente, no permanecemos del todo inmunes a estos peligros contra la fe. Nuestra relación con Dios también puede verse afectada. Dice el Papa: «Sin Dios el hombre se extravía. ¡Está en juego nuestra existencia!» Cuando Dios desaparece del horizonte de nuestra vida o cuando permitimos que nuestras ocupaciones y deseos lo vayan desplazando del primer lugar, la calidad de nuestra vida se va degradando: el cumplimiento de nuestro deber y de nuestras responsabilidades, las relaciones con los demás, la obediencia, la sinceridad,… Incluso, hasta el cuidado de nuestras cosas personales y del aprovechamiento del tiempo se van degradando. Cuando descuidamos el trato con Dios, somos capaces de cualquier cosa. En este sentido decía la Madre Teresa de Calcuta: «si una madre es capaz de destruir a su propio hijo, ¿qué me impide matarte? ¿Qué te impide matarme? Ya no queda ningún impedimento». En un sistema de calefacción un radiador se pone tibio o frío cuando apagas la caldera. Un radiador tibio o frío ya no es capaz de calentar el ambiente. Del mismo modo, cuando desplazas a Dios de tu vida, tu fe se enfría o se entibia, y ya no eres


2 capaz de entusiasmar a otros por la vida cristiana. Ya no eres levadura, sino masa que se deja arrastrar. Por eso, en un ambiente secularizado, si no vigilamos, y si no buscamos otros amigos que quieran vivir la fe, nuestra fe también se puede enfriar. ¡Hay que mantener la caldera encendida! Por eso, cuando te pueda parecer que la reflexión, la oración, el estudio del catecismo, la Eucaristía,… te quitan tiempo; cuando estos ratos especiales en los que Dios nos transforma los haces con prisas, los recortas…; cuando prefieres “disimular” tu condición de cristiano para “ahorrarte problemas”, o cuando Jesús ya no es la norma de tu vida; cuando ya no preparas tu rato de diálogo con el guía o vas a la reunión sin deseos de “pegar” calor a tus amigos con tus lecturas, es porque estás permitiendo que se apague tu caldera. En el fondo tú también desplazas a Dios al último lugar. En consecuencia, te relajas y te desvías, porque sin Dios el hombre se extravía. El lugar que debería ocupar Dios en tu vida comienza a ser ocupado por otras cosas y personas que no satisfacen las grandes necesidades de tu corazón, y que por el contrario, te embotan la mente y te descentran. Por eso nuestro plan consiste esencialmente en aprender a hacerle espacio a Jesús en nuestra vida. Hacerlo sin miedo, con sencillez y alegría, convencidos de que sólo situándole a Él en el centro y no a nosotros, es como puede ser fecundo todo lo que hacemos. ¿Superamos las tentaciones de nuestro tiempo? Puedes estar inmerso en el mejor ambiente y puedes contar con buenos educadores que te ayudan a “filtrar” toda posible contaminación que venga del ambiente secular, pero las tentaciones que nos encierran en nosotros mismos y que nos alejan de Jesús están a la orden del día. Muchas veces las tentaciones no vienen de fuera, sino de dentro. Por ejemplo, puedes experimentar y dejarte llevar por la tentación del menor esfuerzo, la de hacer el mínimo indispensable, la del éxito fácil. Es muy fácil caer en ella porque basta con dejarse llevar: aflojar en la puntualidad, ceder a la comodidad, dejarse servir, consentir con la mediocridad, preferir leer a estudiar de verdad,… También puedes sentir la tentación de poner en discusión la autoridad de tus padres y, en general, de tus educadores. Creyendo que sabes vivir la vida, te puede parecer que tu manera de pensar es la correcta y que ellos, que tienen más experiencia que tú, están equivocados, que sus pensamientos ya son anticuados, que no te comprenden. En el fondo, quieres que su forma de pensar se adapte a “tus necesidades” y a los “tiempos modernos”. Quizás terminas haciendo lo que ellos te dicen, pero nadie te puede sacar de la cabeza que lo que tú decías era lo mejor. A veces terminas saliéndote con la tuya. Otra tentación que puedes experimentar: el individualismo. Si permites que tu egoísmo vaya creciendo, se va despertando en ti un deseo de autonomía, de sentirte autosuficiente, alejándote y hasta rechazando la ayuda de los demás. Aunque tengas fallos y dificultades, y a pesar del fracaso de tus intentos, crees y esperas que tus problemas los puedes solucionar tú solo, por tu cuenta, sin la ayuda de otros. Incluso, puedes llegar a pensar que nadie te puede ayudar. El individualismo cierra nuestros ojos y oídos para ver y escuchar otras formas de pensar y de hacer las cosas. Hace que las personas sean incapaces de trabajar en grupo, de ponerse de acuerdo con los demás. Lo peor de todo es que este individualismo se convierte luego en desánimo, que nos desinfla y nos quita toda chispa para volver a comenzar.


3 Un egoísmo alimentado de esta manera es como un pez grande dentro de una pecera de peces pequeños: al final sólo queda él. Desaparece poco a poco la fe, y el hombre sin Dios se destruye a sí mismo. Necesitamos vivir de fe La fe es el “salvavidas” que te permite “nadar” sin hundirte. Necesitas aprender a vivir de fe. ¡Que nadie te engañe! La fe no es una “carga pesada” que hace la vida más difícil, ni es algo aburrido que hace la vida triste. Tampoco te despoja de las cosas hermosas de la vida. Por el contrario, la fe que se procura vivir no limita nuestra vida, sino que la humaniza haciéndola plenamente humana. Cuando un joven cree en Dios y vive según la fe que profesa, aunque encuentre a su paso diversas maneras de pensar y modos contrarios de hacer las cosas, actúa con identidad propia. Si tiene que avanzar contracorriente, encuentra en la fe seguridad, fuerza, valor y confianza. Ya pueden venir sobre él burlas o rechazos, aquel joven se mantendrá alegre y entusiasta, porque al vivir de fe se va realizando en sí mismo el designio de benevolencia que Dios tiene pensado para él desde toda la eternidad. Dios derrama sus dones sobre él y su fe le permite acogerlos. Es un joven rico, libre, sencillo, muy alegre, que no necesita de los deleites del mundo para vivir contento y entusiasta. En una palabra: es un hombre completo. ¿Qué puede echar a faltar? Por eso la fe no es una cuestión de ideas, ni es algo abstracto. Tampoco se puede reducir a un conjunto de prácticas religiosas. Existe un vínculo estrecho entre la fe que profesamos y nuestra existencia cotidiana. La fe no es algo ajeno a la vida concreta de cada día, sino su alma. Cada pensamiento del día, cada palabra que pronunciamos, cada obra que emprendemos a lo largo del día, deberían estar impregnados por la fe. Un cuerpo sin alma está muerto, sin movimiento. Un cristiano sin fe también está muerto a la vida divina, es estéril para dar fruto. Sus obras no trascienden más allá de lo que pueden experimentar los sentidos. Si quieres ser un joven lleno de vida, capaz de comunicar entusiasmo y alegría por la vida cristiana, necesitas de la fe. Necesitas ejercicio de fe. ¿Cómo crecer en la fe?

La fe consiste en creer lo que no vemos, y la recompensa es ver lo que creemos. (San Agustín)

Si me preguntaras por una palabra que resumiera el ejercicio de fe, te diría: «ÉXODO», que significa “salir”, “viajar hacia fuera”. Hacer ejercicio de fe es vivir un éxodo: salir de ti mismo, de tus seguridades, de tus propios esquemas mentales, para confiarte a la acción de Dios que te señala el camino seguro hacia la verdadera libertad, la verdadera alegría. Se podría decir que cada vez que un hombre sale de sí mismo, el Evangelio vuelve a comenzar: a través de ti Jesús sigue anunciando y ofreciendo su Reino a los demás. ¿Qué es aprender a salir de ti mismo? Es adquirir gradualmente la capacidad de decirte “no” cada vez que tus caprichos y tus ganas te quieran apartar del fiel cumplimiento del deber. Cualquier vencimiento propio que puedas hacer, por pequeño que sea, limpia tu corazón y acrecienta tu amistad con Dios y con los demás. La mortificación de los sentidos no perjudica la salud y sí te hace más fuerte para el combate. También la fe va creciendo con los pequeños actos de silencio en los que buscas el bien de los demás sin que nadie se entere: elegir voluntariamente lo peor para que el otro pueda tener lo mejor, quitar faena a los demás para que sus tareas sean más suaves y llevaderas, ser más rápido en tu arreglo personal para disponer de más tiempo para los demás, callar para que el otro también tenga oportuni-


4 dad de hablar, valorar mucho todas las cosas buenas que los otros puedan hablar y hacer,… ¿Qué otros actos silenciosos por los demás podrías hacer tú? Una enfermedad grave contra la fe es el desánimo. El desánimo rompe nuestro éxodo, nos encierra en nosotros mismos, nos entristece, nos quita energías para seguir luchando y se transmite a los demás. Recuerda siempre que no eres infalible. Jesús no ha venido por los sanos sino por los enfermos. Debes luchar y poner todos los medios por no caer, pero si la debilidad te alcanza, puedes encontrar en tus caídas un medio muy grande para crecer en la fe. ¿Estás desaminado? Acude a Dios, ábrete al guía, busca una reparación plena, sincera, humilde, que brote de un profundo dolor y de un auténtico amor a Dios. Las caídas bien reparadas acercan a Dios, te ayudan a crecer en humildad y en fortaleza. Quedarás mejor que antes de la caída. ¿Realmente estás aprovechando el plan que el Señor te está ofreciendo? Un signo de este aprovechamiento es el crecimiento de tu fe, que se va manifestando en ciertos hábitos en los que ya debes estar aventajado: - Un verdadero gusto por las alegrías auténticas: sabes bien que no todo lo que produce satisfacción causa un efecto positivo en ti. Ya va siendo hora que distingas y elijas aquello que te hace más feliz y menos ligero y superficial. - No ser conformista: tener cada vez más despierta una sana inquietud de exigencia, de alcanzar metas grandes. Por una parte, agradecer y acoger toda exigencia que puedan hacer sobre ti tus educadores. Por otra, exigirte a ti mismo sabiendo que la competencia es contra ti –superando tus propias marcas– y no contra los demás. No puedes depender del ambiente. En el país de los ciegos, el tuerto es rey. - Hábito de reflexión: debes estar convencido de que nada de este mundo puede saciar tu corazón. Por eso, con una actitud de escucha y atención, debes asegurar tu rato diario de reflexión, en el que el Señor te transforma y en donde aprendes a pensar con la mente de Dios. - Confianza y apertura a la Gracia: un deseo muy grande de que se realice en ti la voluntad de Dios, aunque alguna vez sea misteriosa y pueda parecer desconcertante. Trabajar por tener un corazón más disponible y confiado que te ponga en las manos de Dios, negándote a ti mismo antes que decirle “no” a Dios. - Disciplina de vida: un hábito adquirido de ordenar tu tiempo y tus cosas. Un orden de prioridades en el momento de decidir. Sin disciplina te expones a grandes riesgos. - Sinceridad y apertura: una gran necesidad interior de buscar ayuda, por lo tanto, de dar cuenta de lo que dices y haces, de lo que piensas y deseas, para no ser engañado por el egoísmo. Haciéndolo sin excusas ni atenuantes, sin temor a quedar mal. - Honradez: un profundo respeto por el valor del tiempo y del cuidado de las cosas propias y ajenas, por el cumplimiento de tus deberes y de tus responsabilidades. Cualquier pérdida de tiempo o de descuido en tus obligaciones considéralo como una falta de honradez. - Hábito de estudio: ser capaz de estudiar las horas necesarias apropiadas a tu edad, aunque no tengas deberes ni exámenes pendientes, aunque te cueste o no te guste la asignatura, sin interrupciones, con interés, sin que estén detrás de ti. - Tener desarrollados “anticuerpos” eficaces contra todo lo que quiere banalizar y debilitar lo más bueno de nuestra realidad. Ya deberías estar inmune a varias cosas.


¿Cómo es la Fe de los Jóvenes?