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EL CELIBATO, FUENTE DE ESPIRITUALIDAD Y FECUNDIDAD APOSTÓLICA “Otros eligen no casarse por causa del Reino de los cielos” (Mt 19,12)

Materiales de la sesión de formación 7-11 de agosto de 2017 CITES, Ávila


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EL CELIBATO, FUENTE DE ESPIRITUALIDAD Y FECUNDIDAD APOSTÓLICA “Otros eligen no casarse por causa del Reino de los cielos” (Mt 19,12)

Materiales de la sesión de formación 7-11 de agosto de 2017 CITES, Ávila


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Edita: Sacerdotes de El Prado Higueras, 35. 28011 Madrid

Composiciรณn e impresiรณn: Coboprint. Gamonal, 5. Tel 91 778 54 35 Madrid, noviembre 2017

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I.- Saludo InICIal

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Buenos días. Sed todos bienvenidos. Gracias por aceptar la invitación a esta sesión de formación. EL CELIBATO, FUENTE DE ESPIRITUALIDAD Y FECUNDIDAD APOSTOLICA. Entre los papeles de la carpeta que se os ha entregado hay un listado de participantes por diócesis. Vamos a ser unos 70 participantes, representando a 30 diócesis de España y una de Francia. Participa en la sesión Monseñor Juan María Uriarte, obispo emérito de S. Sebastián, a quien agradecemos el esfuerzo que ha hecho para estar con nosotros estos días e iluminarnos con su experiencia y sabiduría. - La mayoría de los presentes somos, lógicamente, sacerdotes del Prado. Entre ellos, Luc Lalire, de la diócesis francesa de Dijon. Esperamos que te sientas a gusto entre nosotros. - Nos acompañan también sacerdotes de diferentes diócesis que han querido compartir con nosotros esta sesión de formación sobre el celibato de los presbíteros. - Tenemos la suerte de contar entre nosotros con dos seminaristas (uno de Canarias y otro de Bilbao) - Están también entre nosotros unos cuantos seglares (mujeres y hombres). - En algún momento de la sesión se harán presentes algunas religiosas. A lo largo de la sesión tendremos la oportunidad de irnos saludando personalmente. 5


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- Lo primero que deseo subrayar es que el celibato de los presbíteros es un asunto plenamente eclesial. Es la Iglesia entera la que está concernida por la vivencia concreta del celibato de sus presbíteros. Por eso, nos alegra contar con alguna representación de las otras vocaciones eclesiales. Vamos a centrar nuestro trabajo en el celibato de los presbíteros, pero desde una profunda valoración del laicado, el matrimonio y la vida consagrada. Por medio del ministerio de los presbíteros Dios quiere acompañar y servir al resto de vocaciones del Pueblo de Dios. El crecimiento de la vida cristiana de todo el Pueblo de Dios es el objetivo fundamental del celibato de los presbíteros. Hace dos años nos reunimos en El Escorial, en una sesión parecida a esta, para reflexionar sobre “comunidades cristianas significativas”; las actas de dicha sesión están a vuestra disposición. En esta ocasión nos gustaría avanzar en la vivencia significativa del celibato presbiteral en el corazón de comunidades cristianas significativas. El sujeto eclesial fundamental es el Pueblo de Dios, a cuyo servicio están los presbíteros. - ¡oh Cristo! ¡oh Verbo! ¡Mi señor y mi único Maestro! Habla, que quiero escucharte y poner en práctica tu Palabra. Estas palabras de la oración de Antonio Chevrier nos recuerdan que estamos aquí, en la ciudad de Avila, para contemplar juntos a Jesucristo, para fijar nuestros ojos en él, para escucharle atentamente. Somos invitados a seguir cultivando nuestra condición de discípulos del único Maestro y Señor. Queremos comprender mejor este don del celibato contemplando a Jesucristo célibe. Nos gustaría conformarnos cada más a Jesucristo célibe. O dicho con palabras de Antonio Chevrier, lo que deseamos es conocer mejor a Jesucristo para seguirle más de cerca por el camino de la pobreza, la castidad y la obediencia. El dossier de lectura que se nos ha entregado quiere ser un signo de esta preocupación por seguir cultivando nuestra vocación de discí6


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pulos. Nos gustaría que la sesión intensificara en todos nosotros el proceso de búsqueda y reflexión sobre este don del Espíritu a la Iglesia. - El tercer subrayado que deseo hacer es que el celibato es un don Lógicamente, el celibato puede ser abordado desde muchas perspectivas. Nosotros aquí hemos elegido la perspectiva del don. El celibato es un don para el presbítero y un don para la comunidad cristiana a la que es enviado. El celibato es un don para la vida del mundo; el celibato nos envía a amar a todos con pasión, especialmente a los pobres, pecadores e ignorantes de nuestro tiempo. El celibato, a la manera de Jesucristo, es fuente de espiritualidad y fecundidad apostólica. Pero también los dones se pueden corromper, se pueden vivir de manera inadecuada. Por eso, es necesario detenernos de vez en cuando y ver si estamos construyendo sobre roca firme; nos vendrá bien caer en la cuenta de nuestras fortalezas y debilidades a la hora de vivir ese don; seguramente, también en este asunto es necesaria una puesta a punto para que la belleza del don brille en todo su esplendor. Lo dicho. Gracias por vuestra participación activa en esta sesión. Vamos a procurar entre todos que la sesión resulte nutritiva. En la carpeta tenéis el horario y programa de la sesión. Angel Marino y José María Tortosa van a ser los coordinadores-conductores de la sesión. Lucio Arnaiz

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II.- SínTESIS dEl Trabajo PrEVIo

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Respuestas recogidas: equipos de Valladolid-Palencia, Vitoria, GuadalajaraMadrid-Cuenca, Tenerife, Madrid, Guadix-Granada-Málaga. Personales de Francesc Triay, Cristòfol Vidal, J.Bosco Martí, José Mª Tortosa, Xosé A. Miguélez, Manuel Vida.

1. desde mi experiencia personal como laico, religioso o sacerdote, ¿qué es lo más valioso que el celibato puede aportar a la vida y ministerio del sacerdote? ¿Por qué?

Configuración con jesucristo. Beber con más ganas de la fuente de Jesucristo, como referencia principal; sentirme acompañado y sostenido (y, por eso, agradecido) por Él de forma especial en los momentos de mayor necesidad. Llevar en mi carne una marca de ligazón con Dios. Unificar la vida y la pastoral desde la disponibilidad. Ser siempre y en todo sacerdote. Dar sentido a la vida de entrega al servicio de la evangelización. Un signo de consagración total a Dios. Nos centra de lleno en el ministerio y en los asuntos de Dios. Fortalece la obediencia razonada. Centra en los valores del Reino. Unido a los consejos evangélicos. La conciencia de don, de la que nace la entrega ministerial y la comunión con Cristo. Memoria viva de la llamada de Jesús a compartir con El su castidad filial y apostólica y ser memoria viva del mandamiento nuevo del Señor, a ser vivido y concediendo una importancia mayor a la vida de equipo en la entrega a la misión. libertad para vivir una entrega afectiva, gratuita y universal al reino, a la comunidad y a los pobres; no estando apegado a otro amor que no sea Cristo, sin compensaciones, frente a los señores del mundo; amando a las personas por ellas mismas; libera de condicionamientos familiares. 11


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Una forma distinta de paternidad. Disposición para una dedicación más fecunda a la tarea evangelizadora, para ser buen pan para con los más desfavorecidos. Escuela de ternura y humildad. Porque te capacita para orientar afectos y emociones desde un amor a Jesucristo a una exclusividad a los más pobres por el Reino. Fecundidad apostólica. Cercanía a los pobres, que empatiza con ellos, que protesta ante la falta de fraternidad, comunión con ellos. Ir adentro en mi carne (y en la carne de mis hermanos) para descubrir la presencia del misterio de Dios (en el sexo y más allá también). Signo escatológico de las promesas de dios. Estar en el mundo de forma contracultural, desconcierta, da que pensar; testimonio de que sólo Dios puede colmar nuestro deseo de plenitud; testimonio de vida entregada al servicio del Reino libre de ataduras; signo. Dios me convoca a mí a la confianza en sus promesas y, a través de mí, a todos. Es un grito de dolor que me empatiza con muchos otros “ayes” de soledad, un vínculo humilde de comunión con otros arrumbados no queridos, un ayuno en espera de festín para todos, una protesta ante la falta de fraternidad, una profecía de que con Cristo esperamos otro futuro. Entender la vida en proceso. Transparencia de vida, madurez personal; aprender a vivir en camino, discípulo e hijo, hermano, nunca varón cumplido. Pobreza que enriquece a muchos. Debilita mi yo primero, retrasa mis urgencias, empobrece mis apetencias, me abre al nosotros.

2. ¿Cuáles son los signos de inmadurez más corrientes en los sacerdotes a la hora de vivir el celibato? descríbelos brevemente.

dependencia afectiva. Búsqueda de compensaciones y gratificaciones por la falta del placer sexual; centrar las relaciones con algún miembro de la comunidad, apego fuerte a personas y comunidades o instituciones, 12


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afectos incontrolados ; “vivir experiencias afectivas ambiguas tirando de la cuerda sin que se rompa”; cosas materiales(dinero, comida, consumismo); adicciones, alcoholismo, ludopatías, internet; a veces uno quiere ser como los demás y no sabe orientar esa fuerza afectivo-sexual y busca pequeñas compensaciones (autoerotismo, pornografía, fantasías sexuales); familiaridad exagerada, gestos de doble sentido; afectos desordenados. Apego al placer. Doble vida (la dedicada a la vida privada y al ministerio); aficiones acaparantes.

Necesidad excesiva de ser valorados (necesidad de éxito), ocupar el centro de la comunidad, envidias, autoritarismo-clericalismo, basarse más en el cariño de la gente que en la relación con Jesús; búsqueda de medrar, fama, prestigio; buscamos que los demás estén a nuestro servicio; apropiarnos de la tarea (mi parroquia, mis feligreses), no contar con Dios y con lo que él hace, referirlo todo a mí; afán de protagonismo.

aislamiento afectivo. No expresar los sentimientos (carencia de expresión emocional), o hacerlo sin madurez (no saber abrazar ni besar ni acoger ni querer), déficit de comunicación interior, no hablar con normalidad sobre la sexualidad ni el celibato (salida fácil: hablar del celibato opcional). Cuando falta una educación afectiva seria y positiva se cae en la inmadurez. Falta de transparencia. Falta de confesión penitencial. No tener integrados suficientemente el mundo de los sentimientos y emociones. Huir de lo afectivo, lo emotivo, por creerse no estar preparado y tener miedo a descentrarse. Falta de educación sexual. agresividad. Rigorismo y moralismo, sobre todo con los demás, puritanismo; cura funcionario celoso de lo sagrado, apegado a lo mandado; “caras de vinagre”, críticas amargas; sentirse casta aparte, con sentimiento de superioridad; hablar mal de los otros y no encontrar cosas buenas en ellos”. Relaciones humanas distantes, frías, funcionales, superficiales; falta de amigos auténticos; activismo, utilitarismo; fuerte independencia sin vínculos; solterón, comodidad, aburguesamiento; excesivamente independientes; soledad; soledad no bien vivida ni integrada (encerrado en nuestro ego o nuestro mundo). 13


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Humillación. Inseguridad, repliegue a las cosas en que me encuentro seguro; incapacidad para la evolución; aparentar, falta de sinceridad. No estar centrado y perder el tiempo en tonterías; descuidar la oración o el trabajo apostólico; desorden; falta de compromiso estable y de fidelidad. Narcisismo, búsqueda de mí mismo, apego al yo.

3. Sugerencias o propuestas para vivir sanamente el don del celibato sacerdotal

Vida interior de relación con Jesucristo con expresión afectiva (amistad con Cristo); cultivar y contemplar las motivaciones del Señor en su opción vivencial del celibato. Vivir del amor de Dios. Vida centrada y unificada en Jesucristo y en su proyecto de Reino. acompañamiento espiritual, confesión, comunicación con algún compañero de lo vivido; confrontar, dejarse acompañar; cultivando la trasparencia, la honestidad y la humildad. Revisar constantemente mi vida afectiva y mis relaciones. Estar atento para no apropiarme de nadie. Vida en coherencia y fidelidad. Misión Amar y cuidar a la gente (personas, pueblos, ... también culturas, animales, naturaleza). Entrega, pasión, entusiasmo y alegría en la tarea con coherencia y fidelidad, vividas como don, no como conquista. Hablar con la gente, dialogar. Cultivar la amistad con compañeros y matrimonios, amistad masculina y amistad femenina (Valorar y agradecer la aportación de la mujer a nuestra vida célibe). Relación, sentido de pertenencia. Desarrollar la capacidad de amar y ser amado. El celibato es un Don para los demás. Vida en equipo, en comunidad. Purificar motivaciones.

Formación en lo afectivo-sexual. Educar la afectividad no sólo intelectualmente. Discernimiento: al inicio de la vocación y toda la vida (forma14


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ción permanente). Aprender a integrar las limitaciones y fracasos como etapas en el camino: abiertos a la gracia. la sobriedad y austeridad (en el comer y beber, gastos, estímulos eróticos, signos de afecto con el otro sexo). Practicar ayunos que nos afinen la sensibilidad del amor a los marginados o en la escucha profunda de Dios. Renunciar a cosas legítimas que me puedan apartar de mi camino. aceptación y agradecimiento del celibato como don (lo recibimos cada día, lo renovamos cada día); contemplar los demás dones y carismas que hay en la comunidad. El celibato como componente del ministerio y no como añadido legal. Agradecer el sexo recibido como don de Dios; y relativizarlo en función de los valores del Reino a los que me siento llamado a vivir. Desarrollar la capacidad de disfrute, de placer por tantos dones con los que Dios nos regala; y hacerlo en acción de gracias, no como simple consumo. Ser realista, sabiendo que no es un tema fácil y que se pasan por dificultades y alegrías. Aceptar los fallos. Vivir las limitaciones y fracasos parciales como etapas del camino. Con la humildad de quien sabe que es frágil y vulnerable. Vivirlo desde la configuración con Cristo (amor a Cristo) y con la tarea de evangelizar a los pobres. Armonizar la interioridad con el trabajo apostólico. Sentido crítico socio-político Pedir mucha ayuda al Espíritu Santo Pedir ayuda terapéutica cuando se necesite Reclamar el celibato opcional

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III.- PonEnCIaS

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III.1. anTroPoloGIa dE loS aFECToS Y la SEXualIdad

ParTE I.- Sexualidad y celibato 1.- Muchas antropologías posibles 2.- Afectividad y decisión humana 3.- Varones y mujeres 4.- Ámbitos del celibato consagrado

ParTE II.- En el marco de una antropología de la vocación cristiana 1.- Tres niveles de vida psíquica 2.- El yo-ideal y los valores 3.- El yo-actual y necesidades 4.- Tres dialécticas o dimensiones, o perspectivas: a.- La primera dimensión: virtud o pecado b.- la tercera dimensión: normalidad o fragilidad psíquica c.- la segunda dimensión: el bien real o el bien aparente 5.- La autotrascendencia como lucha espiritual

ParTE III.- Crecimiento y maduración 1.- Madurar en las tres dimensiones 2.- Algunas concreciones: a.- Vida espiritual. Oración b.- Vida psíquica: educar sentidos y sentimientos. La soledad c.- Las relaciones: prueba y ejercicio del celibato consagrado 19


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A la hora de hablar de la «antropología de los afectos y la sexualidad» no es nada fácil delimitar el terreno, pues los significados implicados son múltiples y las páginas escritas sobre esas tres palabras del título son abundantísimas. Seguiré una exposición en tres partes. Pero parto de una perplejidad personal y pastoral: aunque afirmaría que la sexualidad no es un tema antropológicamente central en una visión integral de la antropología vocacional, constato que sí es un tema notablemente preocupante para la vida de no pocos célibes, especialmente varones consagrados. Y me temo que no podré aportar muchas respuestas útiles a esta perplejidad…

ParTE I.- afectividad y celibato: primera aproximación En lengua castellana tenemos la evidencia de la riqueza y policromía del vocabulario de la afectividad, pero también de su cierta imprecisión terminológica.

Se dice que la afectividad es el «conjunto de los fenómenos afectivos», que son sumamente abundantes, pues el afecto es «en sentido amplio, sentimiento o pasión. Cualquier estado de ánimo que consiste en alegrarse o entristecerse, amar u odiar». La emoción es la «alteración afectiva intensa que acompaña o sigue a la experiencia de un suceso feliz o desgraciado o que significa un cambio profundo en la vida sentimental…». Y el adjetivo afectivo «se dice de la persona que se afecta o emociona con facilidad». Si ya nos introducimos en el significado de pasión encontramos que es el «sentimiento, estado de ánimo o inclinación muy violentos, que perturban el ánimo; como el amor vehemente, el odio, la ira, los celos o un vicio»: pasiones, por otra parte, que forman parte de nuestras vidas en algunos momentos1.

1 Los entrecomillados, en MARÍA MOLINER, Diccionario de uso del español, Gredos, Madrid 19982.

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1.- Muchas antropologías posibles.

a.- Existen muchos enfoques antropológicos posibles y también numerosas antropologías cristianas, cada una partiendo de alguna base psicológica y filosófica, de algunos autores o enfoques. En general, estas antropologías no cierran un sistema, sino que apuntan a unas bases, trazan algunos presupuestos o proyectan algunas líneas estructurales sobre las que incorporar elementos de las ciencias humanas. b.- Las teorías psicológicas (que suelen servir de base para la antropología de la afectividad) tienen siempre alguna antropología de fondo. No existen psicologías sin presupuestos. No existe psicología a-teórica, ni las distintas escuelas son neutrales. Un autor (Don Browning)2 señala «cuatro propuestas antropológicas» o «cuatro culturas»: (1) «La cultura del desapego» (el psicoanálisis freudiano), con una cultura del «egoísmo ético de tipo hedonista»: «ama a tu prójimo como tu prójimo te ama a ti». (2) «La cultura de la armonía preestablecida» (psicología humanista), en la que todos los individuos pueden realizarse con interferir en el desarrollo de los demás. Si todo el mundo se moviera hacia la autorrealización desaparecería el conflicto. (3) «La cultura del control» (conductismo de B. F. Skinner), en la que estímulos y refuerzos constituirán conductas, personalidad del individuo; crear buenos hábitos es mejor que formar convicciones y motivaciones. Y (4) «la cultura del cuidado» (Erik Erikson, Heinz Kohut). Caben otros modelos psicológicos de base que están detrás de distintas antropologías. Y las visiones de la afectividad y la sexualidad que se ofrecen (en el mercado general y, a veces, sobre la afectividad de los consagrados) son muy variadas. Por su carácter a veces muy especializado (muy monográfico) no siempre se percibe la antropología de fondo que las sostiene. Pero siempre hay alguna antropología de fondo.

CENCINI, A. – A. MANENTI, Psicología y teología, Sal Terrae (Presencia teológica 243), Santander 2016, 67-76.

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c.- Aquí seguiré el modelo antropológico de la antropología de la vocación cristiana (AVC) del jesuita Luigi M. Rulla (1922-2002)3, fundador del Instituto de Psicología de la Universidad Gregoriana, que se refleja en algún modo en las publicaciones de sus colaboradores y alumnos (como Franco Imoda, Barth Kiely, Amedeo Cencini, Alesandro Manenti, Carlo Bresciani, Hans Zollner, Stefano Guarinelli, etc.) y en la actividad de distintas «Escuelas de formadores» a lo largo del ancho mundo (como las de Italia, o la de Salamanca-España). De esta antropología empleo solamente algunos conceptos que me ayuden a encuadrar la afectividad y los afectos, así como la sexualidad de los célibes por el Reino de los cielos. Esta antropología nos ayudará a encuadrar el dinamismo de los afectos y de modo adecuado. Los problemas que se dan en este campo ¿forman parte del ámbito del pecado y de la fragilidad espiritual?; ¿o su desorden puede entrar ya en el campo de la patología psíquica?; ¿o bien se tratará de una vivencia normal condicionada por la biografía personal y la psicodinámica resultante? 2.- La afectividad y la decisión humana. a.- Terminología.

«El mundo del sentir»4 es muy amplio, y puede incluir al menos cinco conceptos diferentes: sentidos, sensaciones, emociones, sentimientos y afectos. Son realidades antropológicas distintas. Definimos según los autores Cencini y Manenti. Sentidos. Constituyen el primer contacto con la realidad y sus informaciones son la materia prima de la que parte la cadena de sensaciones, emo-

L. M. RULLA, Antropología de la vocación cristiana. 1, Bases interdisciplinares; 2. Confirmaciones existenciales, Sociedad de Educación Atenas, Madrid 1990; L. M. RULLA – F. IMODA – J. RIDICK, Antropología de la vocación cristiana. 2. Confirmaciones existenciales, Sociedad de Educación Atenas, Madrid 1994. 3

CENCINI, A. – A. MANENTI, Psicología y teología, o.c., 145-155. Caben otras exploraciones, como hace con la contraposición entre deseo y necesidad G. G. CUCCI, La fuerza que nace de la debilidad. Aspectos psicológicos de la vida espiritual, Sal Terrae, Santander 2013, 42s.

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ciones y afectos. Existe un margen de libertad de gestión de los sentidos, que se pueden educar…

Sensaciones. Son reacciones globales (automáticas y pasajeras) a estimulaciones inmediatas relativas al funcionamiento fisiológico o corporal: respuesta al frío, al hambre, a las heridas, a la vista de una persona simpática. Cesan con el estímulo. La sensación requiere de la presencia del estímulo. Son mecanismos autorreguladores. Están ligadas al nivel psico-fisiológico.

Emociones. Son algo más elaborado que las sensaciones. Son sensaciones, pero con algún grado de conciencia de sí y de lo otro: Hay algo de pasividad en ellas, y nos remiten a nuestra interioridad (no a nuestro cuerpo): tristeza, alegría, rabia. Son emociones, estados de ánimo, modos de sentir. Son más duraderas que las sensaciones. Están ligadas al nivel psico-social.

Sentimientos. Son emociones que están asumiendo estabilidad y se convierten en habituales. La persona se reconoce en esas emociones. Son más profundos que las emociones, más personales, más identitarios. El sentimiento persiste. Y no siempre (y no en todas las personas) las emociones generan sentimientos: hay personas muy emotivas que no estabilizan sus sentimientos. Se necesita educar las emociones para convertirlas en sentimientos.

Afectos. «Son un sentir dotado de sentido que nos señala que hemos entrado en contacto con algo objetiva y subjetivamente importante» (p 152). Tienen una referencia intencional y están vinculados con los valores de vida que hayamos elegido. Es el final de la humanización de nuestro mundo emotivo. Tienen un elemento de abstracción.

De modo que se puede emplear la expresión «madurez afectiva» de modo inadecuado, reductiva o ambivalentemente, al querer mezclar todos esos conceptos. Pues «los afectos» constituyen solamente «una quinta parte del mundo del sentir» y se requiere también «una madurez de los sentidos, de las sensaciones, de las emociones y de los sentimientos»5.

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CENCINI, A. – A. MANENTI, Psicología y teología, o.c., 162.

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Pero la afectividad forma parte del complejo mundo de las facultades y potencialidades humanas, fuente notablemente determinante de muchas conductas. Yo me remitiría especialmente a la fuerza de la emoción, que se desdobla en múltiples y hasta innumerables emociones6, pero que es el resultado del impacto de la percepción (constituida a partir de sensaciones físicas, recuerdos y memorias, imaginaciones y expectativas de futuro) sobre el individuo humano. Toda emoción genera cierta valoración o juicio inmediato e instintivo («bueno o malo para mí aquí y ahora»), y tiende a mover al sujeto. Pero el auriga de Platón es la parte racional del hombre que puede equilibrar la fuerza entre el caballo blanco y el negro, entre las pasiones nobles y los apetitos que tienden al desenfreno.

En definitiva, la afectividad aparece como una «facultad» clásica, como una función de la voluntad, como energía en parte pasiva, pues nos afecta sin que podamos evitarlo; pero en parte es energía activa, pues nos podemos afectar, enardecer y motivar para la acción. Y la afectividad (ordenada o desordenada) puede motivar con fuerza nuestra acción humana, religiosa y pastoral. b.- El proceso de la decisión humana. La decisión humana puede ser libre y madura o espontánea y, por lo tanto, un tanto infantil o incluso «animal».

Desde el punto de visto fenomenológico, la valoración emotiva (en todas sus formas), que surge del cerebro más antiguo, está llamado a pasar por el cerebro más desarrollado y ser elaborado racionalmente por la mente humana. La integración de la afectividad y la racionalidad (la inteligencia emocional)7 es una referencia válida para una personalidad rica, madura, equilibrada. Se han enunciado cuatro emociones básicas: alegría, tristeza, ira y miedo. Otros (Paul Ekman, 1983) proponen seis: tristeza, felicidad, miedo, ira, sorpresa y asco. Otros ven ocho emociones básicas, añadiendo a las cuatro primeras el amor, la sorpresa, la vergüenza y la aversión. Aristóteles consideraba 14 emociones. Finalmente, teniendo en cuenta emociones primarias, secundarias y terciarias, algunos encuentran decenas de emociones diferentes.

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Ver el clásico libro de DANIEL GOLEMAN, Inteligencia emocional, Ediciones B, Barcelona 2008.

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El entendimiento racional recoge los datos de la emoción y los pone en relación con otros datos de realidad, con criterios de verdad y de valor, con referencias de sentido. Y a partir de ese proceso de elaboración, integra y determina la dirección de la acción madura. El sujeto humano maduro puede, de esa manera, moderar su ira, canalizar su agresividad, reconducir su desánimo, cambiar su envidia en emulación, y tantas otras maniobras psíquicas que permiten referir las emociones humanas a su marco antropológico más amplio, sin dejarlas solamente en su ámbito más primitivo.

El celibato sacerdotal (y toda la afectividad del sacerdote) se inscriben en esta perspectiva antropológica de la emoción, la racionalidad y la decisión humana, que para nosotros tiene una dimensión también espiritual. Tenemos referencias de una vivencia equilibrada de los afectos en muchos santos y santas y, especialmente, en la referencia básica de la persona de Jesucristo. Y creemos también que no es la sola fuerza de la racionalidad humana la que actúa en la integración de la afectividad, sino que es la gracia de Dios (pedida humildemente) la que fortalece esa racionalidad y voluntad humana en la inevitable lucha espiritual que es toda la vida cristiana.

Una conclusión es que la sexualidad es un elemento del complejo mundo de la afectividad, que la colorea (a veces de modo intenso), pero que no la monopoliza. Porque se inscribe en un proceso complejo de decisión humana que cada uno debe aprender a manejar y madurar. 3.- Varones y mujeres. No es inoportuno recordar que varones y mujeres vivimos de modos muy distintos la afectividad y la sexualidad. Por mucho que en tantos aspectos seamos iguales, en este concretamente tenemos notables diferencias. Esto nos invita a emplear (también en nuestra pastoral) una antropología de base diferenciadora de varones y mujeres y, más concretamente, de varones y mujeres célibes por el Reino. Digamos simplificando un poco las cosas que la mujer consagrada vive más problemáticamente el mundo de la sensibilidad afectiva (el mundo 25


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de los sentimientos), mientras que el varón consagrado vive más problemáticamente el mundo de los sentidos; las mujeres tienen problemas con los apegos y los varones tenemos problemas con la genitalidad más epidérmica, en los sentidos y las sensaciones. Esto remite a una constatación estadística en la población general, no solo de las personas consagradas: las diferencias entre varones y mujeres son notables. Las consecuencias de estas diferencias nos pueden facilitar distintas conclusiones pastorales, sin duda, pero también nos invita a encarar como varones el dato estadístico de la mayor problematicidad de la sexualidad masculina. Y también en el caso de la castidad consagrada. Por ejemplo, los varones dejan la vida consagrada por un motivo sexual más que las mujeres (que aducen como primer motivo la vida de comunidad); los novicios y seminaristas (una amplia muestra examinada por Rulla y su equipo) tienen el doble de debilidades sexuales que las novicias (58% frente al 26%); y así en otras situaciones. 4.- Ámbitos del celibato consagrado

Desde el punto de vita teológico8 el celibato es un ideal realizado por Jesús (como novedad respecto al Antiguo Testamento) e imitado por los cristianos de la primera comunidad. Y hoy lo podemos entender en clave de consagración, comunión y misión.

La consagración incluye tres sistemas distintos que expresan el celibato: el sistema sexual (sexualidad, genitalidad, continencia), el sistema social (celibato) y el sistema religioso (castidad, virginidad).

8 En APARICIO RODRÍGUEZ A. (ED), Diccionario teológico de la vida consagrada, Publicaciones Claretianas, Madrid 1989. A. CENCINI, Por amor, con amor, en el amor. Libertad y madurez afectiva en el celibato consagrado, Sígueme, Salamanca 20045, desarrolla para el celibato una teología en su «aproximación bíblico-teológica» (pp. 225-300), una «aproximación filosófica» (pp. 301359) y una «aproximación psicológica» (pp. 361-434).

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La comunión se manifiesta en el tipo de relaciones típicas del célibe por el Reino de los cielos. El célibe se sitúa estructuralmente en un modo de relación específico con todas las personas, privada y profesionalmente (pastoralmente), en todos los tiempos y espacios.

La misión es afectada por el celibato en cuanto relación de amor pastoral o amor apostólico. No se trata simplemente de la conveniencia del celibato como rasgo que permite mayor movilidad o disponibilidad, sino de ese amor oblativo, signo del amor de Dios universal y misericordioso. La teología no olvida que estos rasgos se deben encontrar y vivir por parte de una persona integrada y normalmente realizada, no coartada en sus expresiones afectivas o relacionales, no inhibida ni neurotizada. Pero para ello hay que recorrer un camino de formación y ascesis, para vivir con realismo antropológico esta herejía cultural que es el celibato por el Reino de los cielos. Problemática. Una mirada a la psicología del desarrollo nos ofrece alguna explicación de la problemática en el celibato consagrado, al contemplar algunas situaciones que se pueden producir en la sexualidad a lo largo de la vida y que deriven finalmente en algún problema actual. Podemos distinguir tres grandes ámbitos y eventualmente áreas de problema: la identidad sexual, la tensión y la gratificación sexual, y relaciones afectivas9.

a.- La identidad sexual (con distintas variantes y niveles) se forma en los primeros años de vida10.

Ver L. Mª GARCÍA DOMÍNGUEZ, «Acompañar dificultades en el voto de castidad»: Vida Religiosa (2003) 41-48; A. CENCINI, «Sexualidad inmadura», en Virginidad y celibato hoy. Por una sexualidad pascual, Sal Terrae, Santander 2006, 72-89; «Crisis afectiva: ¿gracia o debilidad?» (pp. 156-178); A. CENCINI, Por amor, o.c., 72-77, 188-192; 537-560; 696-710; 732-740; 804828; 915-933. 9

10

Ver A. CENCINI, Por amor, o.c., 363-377.

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Como problema puede manifestarse en una identidad autopercibida distinta de la identidad genital; una identidad incierta (frágil) o ambivalente; y en una identidad clara, pero sintiendo atracción sexual hacia personas del otro sexo. Algunos de estos problemas pueden surgir de modo espontáneo y endógeno o de modo inducido por el entorno o por otras personas (por ejemplo, si ha habido alguna experiencia de abuso sexual infantil). Los problemas graves de identidad sexual son estadísticamente escasos y complejos.

La homosexualidad11 no es propiamente problema de identidad (por ejemplo, la persona sabe que es varón), pero siente atracción hacia el mismo sexo. Y eso con frecuencia es causa de disconfort, pues socialmente no es lo estadísticamente más presente y a veces está «castigado» o perseguido de algún modo. La orientación homosexual puede ser un sentimiento incómodo, pero es compatible con la castidad. La Iglesia no dificulta el acceso al sacerdocio a quien viva en castidad su orientación homosexual, aunque pide un examen profundo de esa área, ofrecer ayuda adecuada en la formación y mantener la claridad. Pero la orientación homosexual con ejercicio sexual es incompatible con el celibato por el Reino; el problema no es la orientación, sino la castidad no vivida. Los problemas de identidad sexual (y en algunos casos los de homosexualidad) pueden venir acompañados de problemas psíquicos más generales de identidad o de autoimagen. Por eso, en estas situaciones se puede verificar una posible psicodinámica original y trabajar la psicodinámica actual, para que puedan vivir mejor esas situaciones. b.- La tensión sexual, o deseo de gratificación sexual, suele surgir en la pubertad, aunque puede existir gratificación sexual infantil en distintos modos. En todo caso la atracción sexual hacia personas del otro sexo (o del mismo, en algunos casos) y el deseo de gratificación sexual es un mo11

Ver A. CENCINI, Por amor, o.c., 916-926.

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vimiento espontáneo que se puede resolver en un primer momento en formas de autoerotismo (especialmente frecuente en los varones) o en el establecimiento de relaciones sexuales parciales o totales. La gratificación sexual se puede controlar, pero también se puede satisfacer de modos directos o indirectos. De modo indirecto o parcial puede satisfacerse con pensamientos, imaginaciones, recuerdos; también con visionados en los medios (cine, televisión, internet). De modo directo puede ser por muchos medios. La gratificación sexual también puede cuantificarse12, pues es evidente que resulta un dato significativo conocer sobre una conducta determinada su extensión o duración en el tiempo, su mayor o menor frecuencia, la intensidad, la implicación o no de otras personas, etc. En el celibato consagrado no desaparece la tensión sexual, pero es renunciable de modo consciente y libre. c.- Relaciones. La castidad célibe no solamente pide continencia, sino amor y caridad pastoral. En las relaciones de todo tipo (familiares, de amistad, pastorales, presbiterales, etc.) se ejercita la castidad consagrada en las tres dimensiones: relaciones que pueden ser (o no) santas, maduras y no engañadas.

Relaciones santas, buenas, religiosamente maduras: son oblativas y no interesadas; son generosas y no cicateras; son entregadas y no absorbentes; son sacrificadas y no egoístas; etc.

Relaciones psíquicamente maduras: es un criterio que utilizan casi todos los psicólogos para identificar la madurez de la persona: una relación madura con iguales, subordinados y superiores es un criterio para una madurez integral.

En la investigación de Rulla y sus colaboradores consideraban la presencia de masturbación si existía una frecuencia continuada de dos veces al mes: RULLA – IMODA - RIDICK, AVC 2, 1994.

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Relaciones no engañadas ni ambivalentes: relaciones que no busquen de modo indirecto la gratificación de alguna necesidad afectiva disonante de modo inconsciente. Serían relaciones que buscan controlar para sentirme mejor, o para llamar la atención (exhibicionismo), o que buscan dependencia afectiva, tener a alguien siempre cerca; o que buscan admiración continuada (un espejo de la autoestima para un alma insegura); o, por el contrario, relaciones sumisas. Las relaciones engañadas (y, en ese sentido, desordenadas) no son pecado, pero no son maduras ni hacen bien a los que las establecen. Un sacerdote inmaduro no sabe manejarse en las relaciones con los demás y, concretamente, con las mujeres13. d.- Lucha espiritual. La mirada al celibato consagrado (con voto o sin él) nos muestra que la tensión de autotrascendencia, que es característica del ser humano, atraviesa de modo muy particular la afectividad y la sexualidad, de modo que en ella se revela esta tensión (con sus éxitos y fracasos) y nos recuerda la lucha espiritual que toda la tradición cristiana reconoce como parte de nuestra transformación en Cristo, desde san Pablo14 hasta el padre Antonio Chevrier. En efecto, el Pesebre, el Calvario y el Tabernáculo son las instancias donde el sacerdote se hace igual que Cristo, «un hombre despojado, un hombre crucificado, un hombre comido»15; pobre y humilde, muerto e inmolado, entregado en su cuerpo y en su espíritu para alimento de todos. Representan tres fases o etapas de la vida espiritual, que no todos consiguen recorrer y que también se pueden aplicar no solo a la pobreza, sino al consejo evangélico de la castidad por el Reino.

13

Ver STEFANO GUARINELLI, El sacerdote inmaduro, Sígueme, Salamanca 2014.

San Pablo expresa la lucha cristiana de crecimiento en múltiples pasajes: Romanos 7,14-25; 8,20-25; Gálatas 5,17s; ver Santiago 1,14-15.

14

15

A. CHEVRIER, Escritos espirituales, Asociación de los sacerdotes del Prado, Ávila 1994, 42.

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ParTE II.- afectividad y sexualidad desde una antropología cristiana La antropología de la vocación cristiana busca una aproximación interdisciplinar (teológica, filosófica, psicológica) para entender esta vocación en su conjunto y para aproximarnos a cualquier reflexión parcial del sujeto con vocación, como es el caso de la afectividad y sexualidad16. No podemos aludir a todas las resonancias del tema, sino que solamente hacemos algún subrayado que parece útil. Esquema de conceptos en la AVC

Tres niveles ~ Dos estructuras ~ contenidos~~~~~~ Tres dimensiones Nivel espiritual

Yo-ideal

VALORES

Nivel psicosocial

Nivel psicofisiológico

ACTITUDES

ACTITUDES Yo-actual

NECESIDADES

ACTITUDES

1.- Vivimos a tres distintos niveles de vida psíquica Viktor Frankl dice que hay tres modos de sentir al otro: como atracción (sensación), como enamoramiento (nivel psíquico) y como afecto (captamos en su unidad y misterio a la persona). Según este autor17, «cada persona es una unidad físico-psíquica-espiritual y son tres los posibles del otro que caen bajo nuestra atención, dando lugar

16 17

A. CENCINI, Por amor, o.c.,201-224.

Según la presentación de CENCINI, A. – A. MANENTI, Psicología y teología, o.c. 155s.

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a tres diferentes experiencias sentimentales». De modo que «cuando se capta al otro en su aspecto físico, la excitación produce sensaciones. Si se la capta en su aspecto psíquico, produce enamoramiento […]. Si se la capta como persona, nos sentimos “conmovidos” y experimentamos afecto»; el que ama penetra hasta la espiritualidad del tú amado (Frankl). Otros autores plantean tres semejantes niveles de vida psíquica18, en los que siempre se aprecia que cada acto humano se puede vivir a tres niveles distintos de vida psíquica, aunque en cada actividad o conducta humana generalmente predomina alguno de ellos. a.- Nivel psico-fisiológico. Se trata de actos en que el predominio de la fisiología es más predominante, como comer y beber, dormir o descansar, cuidar la salud, etc. Se trata del sustrato biológico básico; pero en la persona humana la corporalidad no es solo biología, sino psico-biología. En este nivel todo acto psicofisiológico también puede ser empleado como punición, como privación, como tortura… En este nivel están los sentidos externos (e internos), las sensaciones de todo tipo, y aquí arrancan las emociones (que tienen un componente neuronal y hormonal). Las emociones básicas tienen una base o un componente fuertemente fisiológico.

La sexualidad en este nivel es, ante todo, configuración fisiológica como varón o mujer, con un desarrollo normal o problemático. La sexualidad adulta en este nivel es sensación epidérmica, es estimulación física y placer; es pulsión sexual (pero nunca es totalmente instintivo en el caso humano). Es eros, en su primer sentido más general. b.- Nivel psico-social es el nivel en que los actos humanos adquieren significados y sentidos relacionales. También la comida (y la bebida) tiene un L. M. RULLA, Antropología de la vocación cristiana. 1, o.c., 382; retomado ampliamente por A. CENCINI, Por amor, o.c., 363-405.

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sentido más que fisiológico, pues es cauce de acogida o de agradecimiento, de agasajo o de hospitalidad. En su contrapunto, también este nivel puede ser frustrado o utilizado como ataque: despreciar una invitación, ignorar un saludo, establecer discriminaciones sociales… Muchas necesidades psíquicas tienen un componente fuertemente social: necesidad de amar y ser amado, de ser valorado y no criticado, de afiliación o amistad, de ayuda a los demás, de dependencia afectiva, de dominación o sumisión, etc. A este nivel surgen las emociones y los sentimientos, principalmente.

La sexualidad en este nivel es apego, es amor, es vínculo, es búsqueda y ofrecimiento de apoyo, es deseo de unión; en la sexualidad hay elementos de identificación, de querer y ser querido; es amistad y es reciprocidad. Es filía. Pero en su contrapunto, también a este nivel, puede ser un ejercicio de dominio y control, de desigualdad, de odio, de violencia, de agresión, de humillación, de desprecio…

c.- Nivel racional-espiritual. Las personas también vivimos a nivel racional, donde el sentido de los actos es diferente: leer, estudiar, analizar, investigar, hacer o gustar de la filosofía o el arte (poesía, escuchar música), orar. Algunas necesidades psíquicas tienen un componente racional-espiritual, como las de conocimiento, orden o cambio.

A este nivel surgen los afectos, la emoción que deriva del valor, de captar la interioridad de la persona o el valor de las cosas.

La sexualidad en este tercer nivel es vehículo de entrega, de oblación, apuesta por el otro, agradecimiento por el amor recibido. Es agape, amor «como el que nos lo tuvo Cristo» (santa Teresa de Jesús). En forma de celibato por el Reino, es oblatividad, renuncia a la exclusividad por un bien y un amor mayor. El ideal cristiano del matrimonio debería incorporar los tres niveles; el matrimonio cristiano implica la consumación del mismo (nivel fisiológico), la relación amorosa y de amistad, la entrega mutua «hasta que la muerte nos separe» en tantas circunstancias también difíciles de afrontar. 33


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El ideal de la castidad prometida a la Iglesia y el celibato consagrado a Dios implica un recorrido por los tres niveles, que se han de vivir de modo integrado. La castidad es fisiológica (en cuanto continencia), es afectividad (en cuanto relación fraterna caritativa y entrega pastoral) y es sentido profundo de algo (en cuanto entrega y consagración total a Dios). Integrar los tres niveles, sin embargo, no es algo que se dé sin esfuerzo. Requiere «ordenarse»19 y requiere también ser capaz de incorporar la renuncia libre, sin que se siga la frustración psíquica20. Se completa esta visión de distintos niveles si consideramos la dialéctica estructural que constituye al sujeto humano: lo vemos a continuación 2.- El yo-ideal. Los valores autotrascendentes21 Somos seres dialécticos. Y por eso la tensión antropológica de base que postula o recoge la antropología de la vocación cristiana formula dos estructuras que están en relación dialéctica entre sí: el yo-ideal y el yo-actual22. El yo-ideal incluye, como contenidos, los ideales y valores que la persona tiene, sea que provengan de su propio recorrido biográfico (familia, escuela, cultura), sea que los incorpore de la función que desempeña en alguna institución de la sociedad o de la Iglesia (padre de familia, trabajador, sacerdote, religioso…). Los valores son ideales duraderos, generales y abs-

«Ordenar» es un concepto (que emplea, por ejemplo, san Ignacio de Loyola) que evoca un movimiento progresivo de encauzar y encaminar, de incorporar energías sin frustrarlas, de incluir sin excluir, de integrar sin reprimir.

19

Una necesidad psíquica cualquiera tiene una fuerza interna que pide algún tipo de realización o ejercicio. Si se reprime, suele generar la amargura de la «tensión de frustración»; si se busca un cauce adecuado, o se renuncia a ella por motivos más elevados, da como resultado una «tensión de renuncia» que ayuda a crecer cristianamente.

20

21

Sobre el yo-ideal: L. M. RULLA, AVC 1, o.c.

Ver CENCINI, A. – A. MANENTI, Psicología y formación. Estructuras y mecanismos, Paulinas, México DF 1994, 96-114. 22

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tractos que se refieren a la conducta actual o al sentido último de la existencia. Dan sentido global a la existencia (valores finales) y se aplican a situaciones concretas de la vida (valores instrumentales).

La afectividad puede remitir o derivar de muchos valores: la emoción derivada de la búsqueda de la justicia, de la fraternidad, de la igualdad; la emoción producida ante el perdón, la reconciliación, la armonía restablecida. Jesús se entusiasmó cuando veía el evangelio acogido por los pequeños (ver Mateo 11,25-30: «Te bendigo, padre del cielo y de la tierra…»), y amó al joven rico que cumplía la ley (Marcos 10, 17ss).

La amistad puede ser vivida como valor sublime; escribe Elredo de Rieval sobre la amistad: «En las cosas humanas, en efecto, nada podemos desear de más santo, nada se puede buscar de más útil, nada es más difícil de encontrar, nada se puede experimentar de más dulce, nada es más rico en frutos. La amistad, de hecho, da sus frutos en la vida presente y en la futura»23. La sexualidad en esta estructura del yo-ideal es un valor que atrae y una virtud que se practica. Incluye el valor de la castidad matrimonial o de la castidad célibe. El célibe por el Reino valora el matrimonio, pero reconoce una llamada a otra manera de vivir su afectividad y su sexualidad…

Los valores inherentes al celibato por el Reino (entrega absoluta a solo Dios, caridad pastoral al pueblo de Dios) suponen un atractivo y una llamada que no impide la «tensión de renuncia» a otro ejercicio de la sexualidad y la afectividad. Si la castidad por el Reino puede movilizar afectos y sentido de la vida, también es cierto que la lucha de autotrascendencia no se le ahorra a nadie mientras estemos en este mundo.

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Citado por G. CUCCI, La fuerza que nace de la debilidad, o.c., 312s.

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3.- El yo-actual. Las necesidades psíquicas24

El yo-actual incluye las sub-estructuras del yo-patente o conocido, el yolatente y el yo-social. El contenido del yo-actual son las necesidades psíquicas personales (con una base orgánica, psicosocial o más racional); e incluye también nuestra configuración como miembros de la sociedad y de los grupos a los que pertenecemos, cuya influencia en nuestro comportamiento es muy grande. Y todo ello a nivel consciente (y conocido) o inconsciente (desconocido); bien entendido que lo desconocido no se puede afrontar directamente y tampoco se puede trabajar espiritualmente de modo explícito y directo.

Las necesidades enumeradas por los distintos psicólogos son muy abundantes25, pero la AVC ha empleado en sus trabajos empíricos veintiuna de ellas como las más significativas, clasificadas en tres grupos de siete necesidades: disonantes, neutrales y menos significativas. Las necesidades son tendencias innatas a la acción que derivan de un déficit del organismo o de potencialidades que buscan ejercicios o actualización.

La afectividad, en este sentido, puede estar suscitada por cualquiera de las necesidades, pues todas ellas pueden afectar a la sensibilidad, a la emoción y a los sentimientos. Me puede asustar el peligro, me puede retraer el miedo a equivocarme, me puede emocionar una alabanza inesperada, o me puede agobiar la incertidumbre sobre mi propio valor personal.

En un sentido vocacionalmente neutral y más fácilmente integrable podríamos sentir la fuerza (afectiva y motivacional) de la ayuda los demás, de la afiliación (amistad), de la dominación (liderazgo), del conocimiento, de la autonomía. El éxito, la dominación, la sensibilidad (excitación) y otras varias necesidades son de este tipo26. 24 25

Ver CENCINI, A. – A. MANENTI, Psicología y formación, o.c., 63-95. Ver CENCINI, A. – A. MANENTI, Psicología y formación, o.c., 68-75.

Las necesidades catorce no disonantes son: aceptación social, adquisición, afiliación, autonomía, ayuda a los demás, cambio (novedad), conocimiento, dominación, excitación (sensibilidad), éxito, juego, orden, reacción y sumisión (o respeto).

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Desde el punto de vista de las necesidades disonantes, podríamos sentir la agresividad (como rabia, deseo de violencia), el exhibicionismo, el evitar el peligro (no arriesgar la propia salud por nada, cuidarse notablemente, miedo a enfermar), el evitar la inferioridad (evitación de la crítica, miedo al qué dirán, vergüenza ante los demás), etc. Estas necesidades, que son universales, tienden a unas acciones que no son siempre fácilmente compatibles (o integrables) con la vocación cristiana, aunque pueden encauzarse en otras acciones sí integrables con ella27.

La sexualidad en esta estructura sería referida directamente a la necesidad de gratificación sexual, una necesidad «disonante» que mueve a establecer una relación erótica con las personas, de modo más o menos explícito, real o imaginario. Sucede, sin embargo, que con frecuencia esta necesidad va unida o asociada a otras necesidades que le aportan una fuerza complementaria que ella sola no tendría. Eso ocurre por el significado simbólico de la sexualidad y por su plasticidad.

Efectivamente, una característica de la sexualidad humana es su carácter plástico y simbólico. Por esta cualidad se acomoda a muchas distintas situaciones (y modos de ser) y adquiere significados que no le son tan propios de modo directo. Esto sucede en la sexualidad humana en general y se reproduce en sexualidad consagrada.

Por ejemplo, algún estudio sobre el significado del coito indica que puede incorporar variados significados (no directamente sexuales) para los que lo realizan: alivio de la ansiedad y la tensión, para tener un hijo, como prueba de identidad, como huida del sentido de la propia futilidad, como defensa contra sentimientos homosexuales, como huida de la soledad y el sufrimiento, como demostración de poder sobre la otra persona, como expresión de rabia y destrucción, y como medio de tener un amor infantil y dependiente28. 27 Como en el evangelio se muestra en la «agresividad» de Jesús hacia los fariseos, en su «humillación» en el Huerto de los Olivos, y otras situaciones. Las siete necesidades disonantes son: Agresividad, dependencia afectiva, evitar el peligro, evitar la inferioridad, exhibicionismo, gratificación sexual y humillación (desconfianza en sí)

Estos y otros sentidos simbólicos de la sexualidad, en CENCINI, A. – A. MANENTI, Psicología y formación, o.c., 277-288. Ver también CENCINI, A. – A. MANENTI, Psicología y teología, o.c., 127-136.

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En esta y otras conductas de la gratificación sexual, por lo tanto, pueden estar actuando inconscientemente otras necesidades psíquicas, que buscan salida simbólicamente a través del ejercicio de la sexualidad. La hipótesis es que, si dichas necesidades fueran reconocidas y afrontadas directamente, la fuerza de la genitalidad de esa persona concreta disminuiría notablemente, pues la gratificación sexual es una de las 21 necesidades que podemos considerar, y no la más importante o central. Otro símbolo de estos significados simbólicos de la sexualidad puede darse en la castidad «narcisista» de quien asume la castidad con la «ganancia secundaria» de ahorrarse la implicación personal en las relaciones afectivas que establezca. Pero la castidad se opone radicalmente al narcisismo. «La virginidad física o la continencia perfecta es condición necesaria pero no suficiente para vivir la castidad en el celibato. De hecho, se dan modos de vivir el celibato caracterizados por la intención, más o menos consciente, de no implicarse en relaciones afectivas […]. Así pues, para el célibe narcisista fuertemente centrado en sí mismo la continencia perfecta puede convertirse en un simple peaje, quizás ni siquiera demasiado caro, que hay que pagar»29. 4.- Tres dialécticas, tres dimensiones o tres perspectivas30 La tensión de autotrascendencia, la radical dialéctica inscrita en el ser humano le lleva a vivir distintas dialécticas o tensiones, que se pueden ver en distintas perspectivas o «dimensiones». Todos vivimos según tres dimensiones; y también la afectividad y la sexualidad se pueden entender según las tres dimensiones. a.- La primera dimensión es la perspectiva en que nos movemos con nuestra conciencia lúcida y nuestro ejercicio de la libertad; en esta dimensión S. GUARINELLI, Los consejos evangélicos. Notas psicológicas y espirituales de un canto a tres voces, Sígueme, Salamanca 2017, 138-139.

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Esta perspectiva es de L. M. RULLA, AVC 1.

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el sujeto opta entre la virtud y el pecado, entre lo bueno y lo malo. Los valores autotrascendentes le atraen y le llaman, pero a veces no es fiel a esa llamada y renuncia al esfuerzo de seguirlos. En ese sentido todos somos más santos o más pecadores, todos hacemos el bien o el mal. Es la dimensión libremente moral y conscientemente espiritual de nuestra vida.

La afectividad humana en sentido amplio puede ser integrada en una vida virtuosa, como en el uso de la fuerza de voluntad para el bien, del liderazgo para crear comunidad, de la perseverancia y la reacción para el trabajo en la monotonía, o el uso de la creatividad y el juego en la evangelización. O puede llevarnos al pecado (en el grado que sea), como sería un arrebato de ira, una mala contestación impulsiva, un desprecio a otro, la maquinación envidiosa para el mal de otros…

La sexualidad humana se puede entender dentro de esta primera dimensión tanto en los laicos como en los consagrados. Hay actos sexuales moralmente lícitos y otros que no lo son; hay actos que son lícitos dentro del matrimonio y no lo son para quienes han prometido celibato por el Reino. Un abrazo y un beso de dos novios significa una cosa; pero tendría otro significado, por ejemplo, en el caso de una persona consagrada.

De modo que el celibato en esta dimensión se plantea como una virtud que pide renuncia y entrega en la caridad pastoral al pueblo de Dios, en el servicio sin buscar recompensa, en el cuidado de otros sin pedir ser cuidado; así como en una continencia perfecta. Pero también se puede plantear como pecado, como falta a dicho ideal, como fragilidad consciente, reconocida, generalmente confesada… b.- La tercera dimensión es aquella dimensión cuyo horizonte son los valores naturales, y según esta dimensión todos somos más normales o más frágiles desde el punto de vista psíquico. En principio se requiere una evaluación profesional para detectar la fragilidad psíquica de una persona (su posible desorganización psíquica); aunque también es cierto que en las relaciones cotidianas pueden apreciarse señales de madurez y de psicopatología, en una primera aproximación no diagnóstica ni profesional. 39


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La afectividad puede verse en esta perspectiva como madura o inmadura, como normal o psicopatológica. Una persona equilibrada suele tener sus afectos reconocidos e integrados, no reprimidos. La inmadurez psíquica (mayor o menos) podría venir por reprimir notablemente los afectos y emociones o por el descontrol de los mismos. Quien aparentemente no siente ni padece, no es expresivo, no empatiza con las emociones (alegrías o sufrimientos) de los demás, ese tal no muestra mucha madurez humana, sea laico o consagrado. Quien se deja llevar por los impulsos de la agresividad, de la envidia, del poder o del control, esa persona parece inmadura. Quien se hunde en una depresión (aunque no tenga ninguna responsabilidad moral en ello, por supuesto), no tiene unos afectos equilibrados; quien, por el contrario, explota en conductas maníacas de euforia relacional, comercial o de otro tipo, esa persona tampoco muestra equilibrio ni madurez psíquica.

En esta dimensión también la sexualidad se puede vivir como normalidad psíquica o psicopatología. Por ejemplo, tener relaciones sexuales dos personas adultas puede ser psíquicamente normal (= maduro según la tercera dimensión), pero puede ser pecado (= inmaduro según la primera dimensión) si no guardan las condiciones para ello (por ejemplo, si no suceden dentro del matrimonio); por lo tanto, se puede ser normal y pecador. Pero también puede haber comportamientos sexuales más o menos patológicos, por alguno de sus rasgos; como, por ejemplo, cuando se actúa contra la voluntad libre de las personas (un abuso), con alguna seducción, con personas menores (pedofilia); o cuando dicho comportamiento manifiesta notable ansiedad, adicción o falta de contacto con la realidad. En general muchos comportamientos sexuales que puedan verse como psicopatológicos son propios de unas personalidades psicológicamente frágiles: es la personalidad frágil la que tiene comportamientos sexuales inadecuados; de nuevo, la sexualidad es expresión más que causa de la inmadurez. El celibato consagrado también puede tener conductas sexuales psicológicamente normales (aunque puedan ser o no pecado) y puede tener conductas sexuales patológicas, como les sucede a los laicos. Pero la

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continencia es psicológicamente normal, y el celibato no es causa de desviaciones (como a veces se ha dicho de los abusos sexuales a menores)31. c.- Existe una dimensión intermedia (entre la primera y la tercera), que es la llamada segunda dimensión, que se caracteriza porque es normal (y no patológica) pero que puede ser inconsciente. En ella está en juego el bien real frente al bien aparente. En esta dimensión una persona quiere conscientemente hacer algo que no es malo (no va contra la primera dimensión) y que es normal (no es patológico). Pero resulta en algo menos bueno, que indirecta y parcialmente le gratifica. En la tradición cristiana hay muchas alusiones a este engaño espiritual o bien aparente32. Decimos que la fuerza del inconsciente se hace presente en esta dimensión33. El comportamiento es clínicamente normal, pero puede deberse a motivaciones desconocidas por el sujeto. La afectividad puede engañarse y engañarnos; por eso la llamada «sabiduría del cuerpo» (que remite principalmente al nivel fisiológico de los sentidos y las sensaciones) puede suponer una visión demasiado ingenua (y no crítica) de la naturaleza humana. Como muestra de esta segunda dimensión podemos considerar, por ejemplo, la afectividad de una madre hacia sus hijos que desea cuidarlos y protegerlos; pero esa conducta, prolongada en el tiempo y no medida, puede evitar que sus hijos crezcan autónomos y se enfrenten a la vida. La buena mujer no es moralmente culpable (pues realmente quiere conscientemente su bien), pero hace un daño objetivo (impide su mejor crecimiento). Se trata de un amor «desordenado», aunque no llegue a ser patológica-

31

S. J. ROSSETTI, The Joy of the Priesthood, Ave Maria Press, Notre Dame, Indiana 2005, 84-87.

Un concepto de esta dimensión en la espiritualidad ignaciana: L. M. GARCÍA DOMÍNGUEZ, Las afecciones desordenadas. Influjo del subconsciente en la vida espiritual, Mensajero – Sal Terrae – Universidad P. Comillas (Colección Manresa 10), Bilbao – Santander – Madrid 20152.

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33 CENCINI, A. – A. MANENTI, «La fuerza del inconsciente», en Psicología y teología, o.c., 185206.

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mente posesivo. Es un autoengaño del que no es consciente. Y su necesidad de control, de mantener en el nido a sus vástagos, seguramente está motivado por alguna necesidad no reconocida de recibir afecto, de realizarse cuidando, de mantenerse en un rol que da un fuerte sentido a su vida. O podría suceder en la estricta aplicación de las leyes canónicas o eclesiales a todos los casos pastorales que se encuentre; puede llevarle a un pastor a no ser acogedor en modo alguno con las parejas en las llamadas «situaciones irregulares», con lo cual impide un bien mayor, el de mostrar la misericordia de Dios con los pecadores. Es un engaño bajo apariencia de bien34.

Del mismo modo, la sexualidad humana también puede tener autoengaños, dentro y fuera del matrimonio35. En el celibato consagrado pueden tener lugar engaños bajo apariencia de bien. Un consagrado podría auto-engañarse si acepta demasiado pronto teorías que le justifiquen relaciones afectivas exclusivas (que quizá sin llegar a relación sexual explícita), en lo que se ha llamado la imposible «tercera vía» del celibato. Y existen otros muchos autoengaños posibles. El autoengaño necesita siempre que algún mecanismo de defensa justifique o confirme la bondad de una conducta ante los ojos del que la realiza. Es decir, mecanismos inconscientes avalan una conducta que gratifica indirecta y parcialmente alguna necesidad disonante, como la dependencia afectiva, el exhibicionismo, etc. En esta dimensión, por lo tanto, se pone de manifiesto el bien aparente36.

El PAPA FRANCISCO, Amoris laetitia, nn. 304-305, señala que aplicar las normas generales en vez de hacer discernimiento de las situaciones concretas no sería correcto. Ver, más en general, el capítulo VIII de dicha exhortación.

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Aunque los autoengaños no son las manipulaciones y engaños que se producen en este campo. Seducir, chantajear o manipular afectivamente, tratar de alcanzar favores sexuales mediante regalos, promesas inconcretas o mentiras… todo eso no es autoengaño, sino engaño o quizá (en algunos casos) psicopatología malévola. 35

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CENCINI, A. – A. MANENTI, «Bien aparente y bien real», en Psicología y teología, o.c., 211-221.

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ParTE III.- Crecimiento y maduración37 Veamos algunas propuestas para madurar en el celibato consagrado, a partir de nuestra visión antropológica. Simplificamos esta presentación, que podrá ser tratada en conferencias y diálogos posteriores. 1.- Madurar en las tres dimensiones. Hacia una madurez integral. Estamos llamados a crecer continuamente hasta formar en nosotros la imagen del Hijo (Romanos 8,29; 1 Corintios 15,49; Filipenses 3,21; etc.); no importa la edad que tengamos ni los condicionamientos que arrastremos. De modo que podemos crecer en las tres dimensiones y en sus dinamismos existenciales, de manera que no solamente tengamos una «madurez estructural» cada vez más lograda, sino también una mayor «madurez existencial».

Crecer en la llamada tercera dimensión (de la normalidad o de la patología psíquica) es reconocer nuestras fragilidades psíquicas, si las tenemos, y pedir ayuda para luchar y superarlas; es vivir sin alimentar síntomas ni rarezas; es cuidar la salud natural y psíquica, llevando una vida ecológica y ordenada, equilibrada y sana. La madurez psíquica supone tener fortalezas cognitivas (conocimiento y sabiduría), emocionales (coraje), interpersonales (amor y humanidad), cívicas (justicia), de contención y templanza y de trascendencia38.

Crecer en la llamada primera dimensión (de la vida de virtud o de pecado) es creer cada vez más en los valores de la virginidad y del celibato, es vivir esos valores como centrales y es referir a dichos valores evangélicos todas Ofrece muchas pistas de trabajo el libro de J. M. URIARTE, El celibato. Apuntes antropológicos, espirituales y pedagógicos, Sal Terrae (Presencia teológica 223), Santander 20152, 125-186. Ver también A. CENCINI, Por amor, o.c., 908-934. 37

Son algunos de los parámetros que ofrece la psicología positiva: CH. PETERSON – M. E. P. SELIGMAN, Character Strengths and Virtues: A Hand-book and Classification, Oxford University Press, Washington 2004. Ver los estadios de desarrollo y de psicopatología según O. Kernberg, en A. CENCINI, Por amor, o.c., 477-503; y estadios del amor, pp. 503-519.

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nuestras energías físicas, psíquicas y espirituales. Se puede crecer evangélicamente en el ejercicio espiritual de cada día, así como pueden ayudar una práctica espiritual de retiro intenso (como unos Ejercicios espirituales)39. Y las debilidades sexuales se pueden llevar con mayor madurez si cumplen tres criterios: (a) que el sujeto sea consciente de dónde radican sus problemas; (b) que el problema sea ego-distónico, y no ego-sintónico; y (c) que se tenga (cierta) libertad para controlar esas debilidades.

Crecer en la llamada segunda dimensión es reconocer (generalmente con ayuda de otra persona) la ambivalencia de muchas de nuestras acciones y relaciones, la búsqueda sutil e indirecta de ganancias secundarias, es reconocer la múltiple motivación (no solo espiritual) de todas nuestras acciones y, también, de nuestra función de pastores. Madurar en esta dimensión es purificar cada día la intención de lo que hacemos, para buscar solo y rectamente lo que Dios quiere, lo que hace bien al prójimo y lo que ayuda a crecer el Reino.

Crecer en la madurez existencial es cuidar algunos aspectos que parecen más relevantes en nuestro ejercicio cotidiano de la vocación. Los indicadores más concretos para esta madurez existencial parecen ser los siguientes: (1) fidelidad a los valores vocacionales (unión con Dios y seguimiento de Cristo en pobreza, castidad y obediencia), especialmente en el ámbito de la castidad; (2) una oración perseverante, fiel y personal; (3) compromiso y fidelidad con el trabajo personal; (4) una relación equilibrada con superiores e iguales40. La persona madura existencialmente vive todo (su oración, sus relaciones, sus proyectos) con una implicación grande de su afectividad ordenada.

39 Ignacio de Loyola procura en sus Ejercicios una ordenación de la afectividad: L. M. GARCÍA DOMÍNGUEZ, «La ordenación de los deseos en la espiritualidad Ignaciana»: Communio 22/3 (2000) 358-370.

Los encuentra estadísticamente la investigación de L. M. RULLA – F. IMODA – J. RIDICK, AVC 2, 95 y 144ss. La confirma en otra investigación A. BISSI, Madurez humana, camino de trascendencia, S. E. Atenas, Madrid 1996, 237-240.

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2.- Algunas concreciones para este crecimiento en la vida sacerdotal.

a.- Cuidar la vida espiritual. Una vida de oración adecuada a la vocación y a la misión que tenemos encomendada. Encuentro cotidiano con Cristo en la oración, de modo existencial (y no solo racional), de modo afectivo (que no siempre será consolado, sino que puede ser tenso y desolado, como le sucede a Jeremías). Celebración «religiosa» de los sacramentos, no solo con su dimensión comunitaria, festiva, simbólica, etc. Ya está dicho más arriba: cuidar la llamada Primera dimensión. Y quizá se puede «autoevaluar» de vez en cuando nuestro celibato en el marco de una visión más amplia de la vida afectiva. Un autor señala ocho aspectos a considerar: (1) «analizar la propia capacidad espontánea de preocuparse de los otros, de captar problemas en los otros o en las situaciones». (2) «Analizar la propia capacidad de estar a solas... examinar, por ejemplo, el modo como ocupo mi tiempo libre». (3) «Evaluar la propia capacidad para ser miembro activo de un grupo». (4) «Evaluar la estabilidad de la propia historia relacional: amistades, fidelidad y continuidad en las relaciones». (5) «Analizar la propia capacidad de empatía». (6) «Evaluar la propia capacidad de simbolización. Se trata de reconocer en mí la aptitud para transferir mis necesidades psicológicas, mis deseos, mi mundo de significados en diferentes horizontes de comunicación». (7) «Evaluar la propia capacidad de modular el afecto. Verificar que la intensidad de las emociones que experimento no escape habitualmente a mi control» y «la propia capacidad para tolerar emociones desagradables». Y (8) «evaluar la propia capacidad de vivir la regresión de un modo adaptativo». Por ejemplo, «el juego para el adulto, en sus múltiples formas, es una modalidad de regresión adaptativa, muy positiva para el adulto. Denota flexibilidad y, por tanto, también la capacidad de entrar en sintonía con personas pertenecientes a niveles evolutivos diferentes: niños, ancianos, personas de alto nivel cultural y personas no especialmente dotadas desde el punto de vista intelectual»41. 41 S. GUARINELLI, El celibato de los sacerdotes. ¿Por qué elegirlo todavía?, Sígueme, Salamanca 2015, 68-71.

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b.- Cuidar la vida psíquica personal. Podemos educar los sentidos, las sensaciones, las emociones y los sentimientos. Para ello tenemos que conocernos por dentro. Los sentidos son puertas que alimentan nuestro mundo interior. No podemos alimentarlo de todo lo que los sentidos apetecen; y podemos educar nuestra sensibilidad en muchos modos. El ejercicio físico, la vida saludable, ecológica, el descanso necesario… Las sensaciones no pueden ser la sabiduría última como criterio de verdad y de bondad. Las sensaciones nos indican una primera respuesta casi fisiológica que debemos integrar en niveles superiores. La caridad a veces requiere superar cierta repugnancia. Las emociones no deben reprimirse, pues saldrían por otros lados; tenemos que saber sentirlas, reconocerlas, ponerles nombre, aceptarlas como nuestras. Pero tampoco pueden seguirse sin más, sino que pueden ponerse en diálogo con la racionalidad, con los valores en que creemos, con los objetivos que tenemos y nos marcamos. La soledad es un ámbito del que no podemos huir y que nos puede servir para educarnos como personas. Una soledad cuidada, alimentada de silencio oracional y de reflexión natural. Una soledad como espacio de intimidad propia, de búsqueda intelectual, de estudio. Una soledad que a veces refleja el esfuerzo y la tensión interior, que no se debe fácilmente ocupar, sino que se puede soportar como cierta prueba (de Dios) que se debe saber superar, como los eremitas y monjes antiguos en el desierto. La soledad (también oracional) es el ámbito donde buscar la reconciliación con su historia y con su pasado, incluyendo la certeza de haber sido amado; es el lugar donde dejarse atraer por lo bello, lo bueno. La soledad es lugar de sentir la seguridad y la autonomía. c.- Cuidar las relaciones42. A mi modo de ver, educar las relaciones, cuidar las relaciones pastorales y promover relaciones sanas y santas es un ca«La relación del virgen», en A. CENCINI, Virginidad y celibato hoy. Por una sexualidad pascual, Sal Terrae, Santander 2006, 195-211.

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mino de integración de la afectividad y la sexualidad que nos puede aportar mucho crecimiento espiritual y humano. Pues las relaciones suscitan expectativas, encienden la intencionalidad, movilizan sensaciones, sentimientos y afectos. Las relaciones ponen en funcionamiento al hombre total. Y por eso son un lugar privilegiado de maduración, de ejercicio santo y maduro de nuestra entera personalidad. La amistad es otra dimensión de la afectividad integrada. «La amistad es un bien valioso para todos, introduce en la vida el color de las relaciones, es expresión de madurez afectiva y ayuda a la misma relación con el Señor, que nos llamó amigos»43. Pero la amistad requiere de una «relación objetual total» con la persona en su globalidad. «En la relación de amistad, esto significa que la estima y la confianza no disminuyen cuando hacen su aparición también las limitaciones y los defectos de la persona, sus eventuales rigideces y torpezas; la relación concierne, en efecto, a la persona entendida en su complejidad y unicidad, no a un aspecto parcial de ella (la inteligencia, la apariencia física, la destreza práctica, la simpatía de quien sabe bromear…) que podría hacerla grata; es una estima “a fondo perdido”, una simpatía hacia el otro independientemente de todo, y es también el misterio y belleza que están presentes cada vez que nace una nueva amistad»44. La libertad afectiva personal se manifiesta, pues en estas «relaciones objetuales totales», usando la capacidad de relación con la totalidad del otro, sin quedarse en aspectos parciales (belleza, simpatía, prestigio…) que cosifican al otro. Las dependencias afectivas y la misoginia, los miedos a las amistades, el establecimiento de relaciones ambiguas… es contrario a esta madurez45.

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Ver G. CUCCI, La fuerza que nace de la debilidad, o.c., 305.

G. CUCCI, La fuerza que nace de la debilidad, o.c., 317.

Sobre relaciones objetuales, A. CENCINI, Por amor, o.c., 470 ss.

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Pero, visto en positivo, unas relaciones apasionadas, desde esta perspectiva, son manifestación del vivir gozoso del sacerdote y prueba de su madurez46. Por eso la relación pastoral, así entendida y vivida, ayuda a integrar en las relaciones todos los dinamismos de la afectividad y la sexualidad. * Terminamos indicando que estamos invitados a ser genuinos, sin obligarse a dar una imagen estereotipada de «buen sacerdote» o de funcionario eclesial, sino mostrándose llanamente en debilidad y fortalezas personales. Y ser apasionados en sus proyectos y relaciones, con generatividad creativa47. *

Luis María García Domínguez, SJ Universidad de Comillas

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S. J. ROSSETTI, The Joy of the Priesthood, Ave Maria Press, Notre Dame, Indiana 2005, 87-91.

Ver R. MEANA, «Vivir en plenitud. Reflexiones en torno a la conformación de la afectividad del sacerdote»: Sal Terrae 98 (2010) 631-643.

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III.2. «jESuS CÉlIbE» 10 Λέγουσιν αὐτῷ οἱ μαθηταὶ [αὐτοῦ]• εἰ οὕτως ἐστὶν ἡ αἰτία τοῦ ἀνθρώπου μετὰ τῆς γυναικός, οὐ συμφέρει γαμῆσαι (es mejor no casarse48). («le dicen sus discípulos: si así es la relación del hombre con la mujer, no es útil/provechoso casarse».) 11 ὁ δὲ εἶπεν αὐτοῖς• οὐ πάντες χωροῦσιν (comprenden) τὸν λόγον [τοῦτον] ἀλλ’ οἷς δέδοται. («Pero Él les dijo: no todos comprenden esta declaración, sino aquéllos a quienes les ha sido concedido»). 12 εἰσὶν γὰρ εὐνοῦχοι οἵτινες ἐκ κοιλίας μητρὸς ἐγεννήθησαν οὕτως, καὶ εἰσὶν εὐνοῦχοι οἵτινες εὐνουχίσθησαν ὑπὸ τῶν ἀνθρώπων, καὶ εἰσὶν εὐνοῦχοι οἵτινες εὐνούχισαν ἑαυτοὺς διὰ τὴν βασιλείαν τῶν οὐρανῶν. ὁ δυνάμενος χωρεῖν χωρείτω. (Mt 19). («Pues hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos que fueron castrados por los hombres, y hay eunucos que se castraron a sí mismos por causa del reino de los cielos. El que pueda comprender, comprenda»).

«reino de los cielos»49 Según Meier, es una piadosa perífrasis semítica para evitar pronunciar el nombre de Dios y aparece sólo en Mateo. La expresión sustituida es «Reino 48

Sumferw. BDAG, 960. «Ser provechoso, útil»

MEIER, J.P. «Jesús», en Nuevo Comentario Bíblico San Jerónimo. Nuevo Testamento. Brown, R.E., Fitzmyer, J.A., Murphy, E. (Eds), Ed. Verbo Divino, Estella (Navarra), 2004, p. 1083. 49

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de Dios» que expresa un Dios que está gobernando, reinando poderosamente y, en el NT, lo hace con la forma inaudita de su Amor Absoluto revelado en la relación con su HIJO Jesús. Por ello, el reinado de Dios es la soberanía del Amor Absoluto que se abaja para dar vida entregándose (Jn 10). 1.- Jesús. « ¿Quién es éste?» (Mt 8,27)50 Esta pregunta se la hacen, sorprendidos, los discípulos cuando Jesús increpa a los vientos y al lago para que se calmen. Y esta misma pregunta pone de relieve la distancia que hay entre Jesús y los discípulos. Rasgos de esta distancia los hay por todo el Nuevo Testamento. Psicológicamente manifiesta una madurez y un equilibrio que desconcierta a las corrientes psicológicas. Y su fuente no está en una autorrealización, ni en una ascesis, ni en un voluntarismo. Su fuente está en que vive de dios Padre. La libertad que expresa Jesús no manifiesta autoafirmación, sino obediencia de Siervo al Padre. Y obedeciendo por amor al Padre, no sólo manifiesta que la libertad no es el último criterio para la existencia humana, sino que el mayor acto de libertad lo ha realizado al aceptar la voluntad de Dios Padre en Getsemaní, sin entender nada y experimentando la soledad radical ante una muerte que Él percibía como cierta. Esa libertad, vivida como entrega por obediencia de amor a Dios Padre y por nuestros pecados (1 Jn 4; Heb 10) integra en Él la libertad y el amor, síntesis que, en la actualidad, resulta difícil de integrar porque muchas personas entienden que si se comprometen en una relación de amor, sea con Dios o con los seres humanos, perderán libertad. ¡Qué poco aman! Por esa libertad, que Jesús subordina al amor entregado, el propio Jesús aparece en los evangelios con una autoridad que libera al ser humano sin 50

GARRIDO, J. Núcleos del mensaje cristiano. Ed. Aránzazu, 1978, p. 54

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forzarle. Autoridad de amor que Él ha configurado desde su obediencia de Siervo. Y ésta es la manifestación de la soberanía de Jesús que, al ejercitarla, revela la majestad del amor que obedece. Digo esto porque desde hace casi un siglo, especialmente en los estudios exegéticos, se viene produciendo una dicotomía entre el Jesús histórico y el Cristo de la fe. Y los textos evangélicos no hacen dicotomía, sino que presentan ciertos rasgos en el Jesús prepascual que germinalmente serán plenamente revelados después de la Pascua. 2.- Celibato a la luz de la Revelación No es ningún misterio ni idea feliz el amor con que Dios nos amó: «Dios, rico en misericordia, por el grande Amor con que nos amó…» (Ef 2,4). Es una experiencia que procede de la revelación que Dios realizó en su Hijo Jesús en la cruz. En ella, Dios se reveló como Amor absoluto cuando Cristo entregó su vida por la Iglesia y, al bañarla con su propia sangre, la purificó, la hizo su Esposa en Alianza de amor y la hizo también Su Cuerpo (Col 1,18). Así mostró su plan Dios Creador en el principio (Gen 2,22-24): que el varón y la hembra fuesen ambos una sola carne, y así lo recoge Jesús en Mt 19,56. Éste es el fundamento del sacramento del matrimonio. El matrimonio será sacramento en la medida en que cada uno de los cónyuges sea mediación para que el otro pueda vivir del amor de Jesucristo. Para todo cristiano el fundamento del amor está en Jesucristo. Y digo esto porque hay una tendencia a interpretar el Sacramento del matrimonio como una guinda en el pastel del amor natural. Sin embargo, en la revelación aparece un estado de vida, el celibato, del cual dice el propio Jesús en Mateo 19, 11ss: «no todos comprenden esta declaración, sino aquéllos a quienes les ha sido concedido». Se concede a algunos como gracia y signo del Reino de Dios, es decir, de la Soberanía del Amor de Dios que eso es lo que significa Reino de Dios. El celibato 51


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cristiano se sitúa como gracia para hacer visible un rasgo de la Soberanía de Dios, la Soberanía del Amor Absoluto51. Celibato y matrimonio, tal como lo expresa Jesús (Mt 19), visibilizan y expresan una misma realidad: el amor de Cristo a su Iglesia. Pero este amor de Cristo a su Iglesia tiene su fuente en el amor trinitario, que no tiene forma de carne porque es la plenitud absoluta del amor: agapé. Mientras peregrinamos por este mundo, este amor de agapé, con el que somos amados por la Trinidad, supone una opción de castidad, tanto para los casados como para los célibes52 (puesto que la castidad consiste en amar sin apropiarnos de la persona a quien amamos y sin dejarnos atrapar por las personas que nos aman). De esta forma el centro de nuestra existencia ya no es el eros de la naturaleza, el que crece buscando autorrealizarse, sino el agapé, el Espíritu Santo. Jesús, célibe, vive de este amor trinitario, manifestando de esta forma que la espiritualidad célibe vive directamente de este amor trinitario en el que hemos sido introducidos y que, cuando lo vivimos como don y no como renuncia, fundamenta una espiritualidad célibe. ¿Cómo es posible que nosotros, discípulos de Jesús, renunciemos a algo que es el centro mismo de la naturaleza pues todo ha sido creado en orden a hacer posible que esa potencia natural realice el milagro del amor? A la luz de Jesús no es posible sino comprendiendo y aceptando que la Alianza de Dios ha sido no sólo que le amemos sobre todas las cosas, sino que le amemos sólo a Él. Dios ha pretendido no sólo ser el primer amor, sino el único amor.

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Ibid. p. 178

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Ibid. p. 178

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3.- «Escucha, Israel, el Señor es uno solo. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6, 4-5)53 Israel vivió una evolución progresiva en la relación afectiva con Dios y nos ha dejado testimonios de esa relación que, para los creyentes, es revelación de Dios. En tiempos de Abrahán, Dios se presenta como «El54», figura o forma no personal y que convive con otras divinidades. Esta forma de divinidad la conocemos como «henoteísmo», se adora a una divinidad pero se admite la existencia de otras. En tiempos de Moisés, Dios, a petición de su amigo, revelará su nombre: «Yahveh» («yo soy»). Con esa revelación, Dios revela ser un Dios personal. Israel accede a una relación monoteísta con Yahveh, no aceptando que haya otros dioses. Y, finalmente, en la época del postexilio, Israel acoge la revelación de un Dios que es uno solo y, junto a esta revelación, viene el mandato de amarle bajo la pretensión de ser el único amor del ser humano. Lo conocemos como «monoteísmo afectivo». Esta pretensión del Dios bíblico resulta chocante para la autonomía del ser humano por lo que tiene de pretensión de ser amado en exclusividad y en totalidad. La pedagogía de la fe no ha escapado a suavizar esta pretensión mediante una «racionalización»55. No es lo mismo decir que Dios es el fin último del hombre que decir, con San Ignacio de Loyola: «hemos sido creados para Dios». Una reflexión sobre el celibato, en nuestra cultura que tiene al ser humano como centro, habiendo desplazado la centralidad de Dios, debe de tener como punto de arranque la novedad y extrañeza del primer mandamiento56. 53 GARRIDO, J. Afectividad y seguimiento de Jesús. Frontera/Hegian, nº 32, Vitoria/Gasteiz, 2000, p. 9-10.

54 L. A. SCHÖCKEL, Diccionario Bíblico hebreo-español, Ed. Institución San Jerónimo, Valencia, 1990. p. 50. La = «Divinidad», «Ser supremo».

La «racionalización» es un mecanismo de defensa, mediante el cual el ser humano busca razones para justificar o enmascarar realidades afectivas que él no acepta en sí o que socialmente no son aceptadas.

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GARRIDO, J. Afectividad y seguimiento de Jesús, Ed. Frontera (32), Vitoria/Gasteiz, 2000, p. 10.

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Para poder llegar a amar total y exclusivamente a Dios me permito ofrecer una gradación en la relación amorosa. Los tres primeros grados pertenecen a la relación amorosa inmanente y que los psicólogos conocen; el cuarto y el quinto pertenecen a la revelación. El cuarto se encuentra expresado en los orígenes de la liberación de Egipto: «Yo os haré mi pueblo y seré vuestro Dios» (Ex 6,7). El quinto lo veremos en Getsemaní: «Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú» (Mt 26,39). El primer grado que inicia una relación mínimamente significativa (y, por ello, es «afectiva», es decir, capaz de ser afectada por un tú viviente) es la atracción. Gracias a la atracción (que puede ser corporal pero también atracción porque me abre la inteligencia a realidades que no conozco, etc.) una persona percibe que alguien se fija en ella o que ella se fija en otra. Este primer paso es básico para iniciar una relación. Si, gracias a esa atracción, se inicia una relación el conocimiento mutuo, fruto del compartir algo personal, da paso al segundo grado en la relación amorosa: la significación. El otro empieza a ser significativo para mí y yo para el otro. Es un paso más que la mera atracción. Si la relación significativa va siendo capaz de integrar los conflictos y los acuerdos, las virtudes y defectos, etc., esa relación pasa a ser una relación vinculante. En ella, las personas se vinculan más allá de las emociones o gratificaciones. Empieza una relación propiamente personal, cuya preparación ha venido preparada por los dos grados anteriores más primarios. Si esta relación vinculante va profundizando y purificando su contenido, donde lo que importa es qué puede hacer uno para que el otro sea cada vez más él mismo, entonces se empieza a vivir una relación de pertenencia, en lenguaje bíblico: relación de Alianza. «Vosotros seréis mi pueblo, y Yo seré vuestro Dios». En este grado la relación tiene como fundamento la completa apertura al otro. Esta relación se vive con seres humanos (desgraciadamente con pocos) y con Cristo Jesús. Experimenta el creyente y discípulo que Jesús toma las riendas de la relación (aquí pueden aparecer resistencias fruto de la autonomía) porque Él lo pide: «Niégate a ti mismo» (Mc 8,34). Para poder negarnos a nosotros mismos hace falta habernos 54


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afirmado antes. Pero en esa negación y en dejar que la relación la lleve Jesús, el creyente experimenta que Jesús permite integrar libertad y amor. Cuando uno ha experimentado que Jesús Resucitado lleva las riendas de la relación con Él y que lo que Él busca es que el creyente sea cada vez más él mismo, entonces ya no queda más que lo que le quedó a Jesús en Getsemaní: ««Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú» (Mt 26,39). Y, de nuevo, volvemos a la fuente: el amor trinitario en el que hemos sido sumergidos gracias a la gracia concedida en el bautismo. Los discípulos se asustan ante el giro que da Jesús a la condición escatológica del matrimonio según el Reino de Dios. Lógicamente, ¿no será mejor el celibato? Pero Jesús recuerda que el celibato no es una escapatoria del amor de pareja. El celibato es un don, como don es el amor de pareja y, nos encontramos con creyentes que, como los discípulos, creen que el matrimonio es una cuestión de heroísmo ético, por lo que el celibato sería menos exigente. Pero Jesús vuelve a afirmar que el celibato es un don y, por ello, presupone una vocación. Llama la atención el contraste entre la reacción de los discípulos en Mt 19 y la creencia posterior expresada en 1Cor 7,7 de que el celibato es un consejo evangélico superior, como si el matrimonio fuese la vocación «común» y el celibato vocación de unos «elegidos». 4.- Aclaración de identidades La referencia que Jesús hace del matrimonio remitiendo a sus interlocutores al comienzo (Gen 2: «se unirá el hombre a su mujer y serán los dos una sola carne») recuerda la experiencia que Israel había vivido durante siglos con Yahveh: el amor de pertenencia reflejado en la Alianza: «vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios» (Ex 6,7; Jer 30,22). Jesús, remite al amor del origen no porque le guste recuperar una norma que imponer, sino porque entiende que el amor interpersonal hay que resituarlo en su fuente, que es Dios mismo57. 57

Ibid. p. 11

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Cuando los discípulos escuchan esta afirmación de Jesús, también afirman que no es útil/provechoso casarse. Jesús sitúa el matrimonio en la dinámica del Reino que llega con Él. Y, en esta dinámica, el amor de pareja se enmarca en el primer mandamiento, en la dinámica de la indisolubilidad, puesto que ésta se construye cada día gracias a la búsqueda del bien del otro, de ayudar a que el otro sea él mismo, en un crecimiento que lo realiza el Espíritu Santo. Soy consciente de que estamos lejos, en nuestra pastoral, del proyecto matrimonial de Cristo Jesús. Volviendo a los discípulos, da la impresión de que conseguir un matrimonio indisoluble es una cuestión de voluntarismo. Entonces, lógicamente, «no es útil casarse». ¿Será mejor el celibato? Jesús expresa una declaración: «no todos comprenden esta declaración, sino aquéllos a quienes les ha sido concedido». Y, a continuación, da una explicación que, aparentemente, no tiene nada que ver con el contexto anterior: «pues hay eunucos que nacieron así, etc. ». Jesús aprovecha la dificultad de comprensión «utilitaria» del amor de pareja para introducir otra forma de amar que, paradójicamente, los discípulos la están viendo en Jesús y quizá algunos de ellos la viven. El celibato por el Reino introduce una forma de amar que, como el matrimonio, tiene su fuente en Dios. El proyecto de Jesús es que Dios reine, que la soberanía de su amor se implante en la tierra. El celibato, vivido como don, es ciertamente fecundo, ya que permite alimentar el amor directamente de la relación con Dios o con Jesús. En el matrimonio también el amor de cada cónyuge se alimenta de Dios y/o de Jesús, pero el cónyuge es mediación para vivir el amor de Jesús. Una mala interpretación de San Pablo en el cap. 7 de la 1 Cor ha sustentado un equívoco grave: que el célibe vive una relación inmediata y exclusiva con Dios y el casado anda dividido y casi impedido por la pareja. Vale la pena recordar que el pensamiento de Pablo brota de la experiencia que Él tiene de la unicidad de la vocación cristiana, centrada en la pertenencia del bautizado al Señor Jesús.

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En síntesis, los célibes tenemos ciertas ventajas para centrar nuestra vida en Dios; pero los casados tienen las suyas. Conviene clarificar algo que, en la relación con Dios, no se suele tener en cuenta: que gracias al acto de fe, Dios nos concede una relación inmediata con Él, pero sirviéndose de mediaciones. Un beso es inmediatez y mediación. El error está en identificar mediación e intermediación. El casado, como el célibe, si ambos son cristianos, va viviendo su fe de forma gradual, primero de forma preteologal (cuando su relación con Dios depende de que Dios realice lo que el creyente pide) y después teologalmente (relación con Dios que no depende de que Dios conceda o no lo que el creyente le pide). Cuando el casado ama teologalmente, vive su amor de pareja como amor de Dios. Y ése es su carisma. El célibe también tiene sus mediaciones, si vive el celibato teologalmente. La primera mediación es su soledad afectiva y luego su comunidad y su misión. ¿Es una ventaja? Depende. La soledad es una mediación muy buena si hay autonomía afectiva, si el deseo de Dios está purificado de su pretensión de apropiarse de Él o de sus hijos. A modo de conclusión Si el celibato es vivido como algo funcional, el célibe lo vivirá sin fundamento real y, cuando el corazón empiece a reclamar lo que necesita, lamentablemente no irá a buscarlo a la fuente, sino a los arroyos. Tenemos un peligro que procede de la educación recibida: vivir el celibato sublimado en la misión, cuando la misión no es la fuente del corazón. Dios debe de ser amado por sí mismo (Dt 6, 4ss). Me parece peligroso que el amor a Dios y el de Dios a nosotros está siendo descafeinado en un mundo de valores, cuando los valores no fundamentan una existencia. Sólo un amor fiel hasta la muerte puede fundamentar la existencia de los casados y de los célibes: el amor de Dios revelado en la entrega de su Hijo Cristo Jesús. 58

Ibid. p. 16

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Cuando el celibato no es vivido afectivamente, el corazón se esteriliza. ¿Qué pasa cuando la realidad te impide realizar tareas o misiones o, sencillamente las causas a las que entregaron muchos sus vidas pierden interés…? El corazón, entonces, no encuentra fuente. «Sin amor, todo es nada» José Ignacio Blanco Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón

bIblIoGraFía + GARRIDO, J. Afectividad y seguimiento de Jesús. Frontera/Hegian, nº 32. Vitoria-Gasteiz, 2000. + DOMÍNGUEZ MORANO, C. La aventura del celibato evangélico. Frontera/Hegian, nº 31. Vitoria-Gasteiz, 2000

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III.3. loS ConSEjoS EVanGÉlICoS Y El SEGuIMIEnTo radICal dE jESuCrISTo InTroduCCIÓn Las reflexiones que voy a presentar a continuación brotan, por una parte, de los estudios de evangelio que he realizado durante este curso en torno a Jesús, el enviado del Padre; y, por otra parte, de una convicción: El seguimiento de Jesús es un don, que debemos acoger con alegría y prontitud, a fin de cultivarlo con sencillez de corazón, dado que somos frágiles. «Llevamos este tesoro en vasos de barro para que aparezca que la extraordinaria grandeza del poder es de Dios y que no viene de nosotros» (2Cor 4, 7). Estamos en el terreno del don y no en la lógica propia de la ley o de la religiosidad altiva. Antes de adentrarnos en el tema que se me ha propuesto, la relación existente entre los consejos evangélicos y el seguimiento radical de Jesucristo, evocaré brevemente el contexto en que estamos llamados hoy a reflexionar y vivir el seguimiento de Jesucristo. Nos cuesta asumir el paso de la vivencia de la fe en un contexto de cristiandad a hacerlo en la secularidad, con sus valores y desafíos. En la cristiandad, categorías como «separación», «estado», «ámbito sacral y profano», «claustro y mundo»… etc. tenían gran importancia y establecían claras diferencias. El estado de perfección, simplificando un poco, se ligaba al claustro, la comunidad y la práctica de los llamados consejos evangélicos. La separación era una categoría clave desde la perspectiva del pensa59


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miento sacral, el más generalizado en la cristiandad, para vivir la santidad. El ministerio sacerdotal se pensaba y vivía, por lo general, desde la teología de los poderes. Los que querían vivir una vida de perfección evangélica se retiraban al claustro. El Concilio Vaticano II, gracias a las aportaciones de los Institutos Seculares y movimientos como la JOC, por no citar más que algunos, insistió en la presencia y diálogo con el mundo, no en la separación. La Iglesia está llamada a vivir el seguimiento de Jesucristo en la secularidad. «El cristianismo, escribió Juan Pablo II, es la religión que ha entrado en la historia» (NMI 5). Es la consecuencia de la centralidad del misterio de la encarnación. Esto no menoscaba para nada la importancia de la vida monástica y claustral, pero planteó nuevos desafíos para poner en práctica la palabra de Jesús a sus discípulos: no ser del mundo, pero estando, amando y sirviendo al mundo. «Hombres entre los hombres», «hermanos entre los hermanos», «discípulos entre los discípulos», nos recordó el Concilio Vaticano II a los presbíteros. La llamada a la santidad, abordo otra cuestión importante, se dirige a todos los cristianos, es universal. Y esta santidad implica la vivencia de la caridad y el seguimiento de «Cristo pobre, obediente y cargado con la cruz» (cf. LG 39-42), de acuerdo con la vocación de cada uno; en ese sentido también el casado está llamado a seguir a Jesús casto. No se trata de aislarse o separarse del mundo, sino de vivir el seguimiento de Jesucristo de acuerdo con la vocación propia de cada uno. Santidad y secularidad no deben pensarse ni vivirse en conflicto. Una Iglesia en el mundo y al servicio del mundo era el nuevo marco en que cada vocación debía perfilar su manera de vivir la llamada universal a la santidad. Ya no se trataba de más o menos radicalidad o santidad, sino de vivir en plenitud de acuerdo con la vocación y misión que el Señor confía a cada uno. Los llamados consejos evangélicos, por tanto, han de pensarse en la perspectiva del «signo» y no tanto del «magis». ¿Hemos sacado las consecuencias oportunas? No podemos ignorar, por otra parte, que en ciertos ambientes existe un incremento de la indiferencia, incluso de una cierta hostilidad al Evangelio

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y a las Iglesias. Es verdad, existe en algunos ambientes una búsqueda de sentido y espiritualidad, pero no es muy clara en ellos la perspectiva de la alteridad, fundamento de la vocación bíblica. Es un desafío que conviene tener en cuenta. En este contexto se plantea, a mi entender, una cuestión de fondo. ¿Buscamos en nuestra acción pastoral hacer discípulos de Jesús y de su Evangelio? No podemos quedarnos en hacer gente buena y religiosa, como angustiada por su salvación. Es necesario recuperar el sentido del discipulado y seguimiento de Jesucristo. En efecto, Jesús fue enviado por el amor del Padre para salvar el mundo; pero no es menos cierto, que la obra del Padre es que creamos en su enviado (cf. Jn 6, 29). Jesús a cuantos le escuchaban los invitaba a cargar con la cruz y a seguirle (cf. Mc 8, 34-38). Por ello urgía a unos y otros a sentarse para discernir, a fin de tomar las decisiones oportunas (cf. Lc 14, 25-35). Resucitado de entre los muertos envió a los suyos a hacer discípulos (cf. Mt 28, 19). Es preciso descubrir la existencia como vocación y la manera de llevarla a cabo como testigos de Jesucristo en el mundo, en la variedad de culturas de nuestro tiempo. Pablo VI, hablando del humanismo integral afirmaba. En los designios de Dios, cada hombre está llamado a promover su propio progreso, porque la vida de todo hombre es una vocación dada por Dios para una misión concreta. Desde su nacimiento, ha sido dado a todos como en germen, un conjunto de aptitudes y de cualidades para hacerlas fructificar; su floración, fruto de la educación recibida en el propio ambiente y del esfuerzo personal, permitirá a cada uno orientarse hacia el destino que le ha sido propuesto por el Creador. Dotado de inteligencia y de libertad, el hombre es responsable de su crecimiento, lo mismo que de su salvación. Ayudado, y a veces estorbado, por los que lo educan y lo rodean, cada uno permanece siempre, sean los que sean los influjos que sobre él se ejercen, el artífice principal de su éxito o de su fracaso: por sólo el esfuerzo de su inteligencia y de su voluntad, cada hombre puede crecer en humanidad, valer más, ser más (PP 15).

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Si ahora volvemos la mirada a la vocación y misión del ministerio presbiteral, conviene prestar, a mi entender, suma atención a una afirmación del Concilio Vaticano sobre el ministerio presbiteral. El Concilio enseña: el presbiterado es participación en la vocación y misión de los apóstoles en el seno del pueblo de Dios. Todos los fieles participan de la unción del Espíritu y son responsables de la misión de la Iglesia; pero no todos tienen la misma función. Así, pues, enviados los apóstoles, como Él había sido enviado por el Padre, Cristo hizo partícipes de su consagración y de su misión, por medio de los mismos apóstoles, a los sucesores de éstos, los obispos, cuya función ministerial fue confiada a los presbíteros, en grado subordinado, con el fin de que, constituidos en el Orden del presbiterado, fueran cooperadores del Orden episcopal, para el puntual cumplimiento de la misión apostólica que Cristo les confió… Por participar en su grado del ministerio de los apóstoles, Dios concede a los presbíteros la gracia de ser entre las gentes ministros de Jesucristo, desempeñando el sagrado ministerio del Evangelio, para que sea grata la oblación de los pueblos, santificada por el Espíritu Santo. Pues por el mensaje apostólico del Evangelio se convoca y congrega el Pueblo de Dios de forma que, santificados por el Espíritu Santo todos los que pertenecen a este Pueblo, se ofrecen a sí mismos "como hostia viva, santa; agradable a Dios" (Rom., 12, 1) (PO 2). En esta perspectiva, el presbítero no es un separado ni un simple funcionario religioso. Su ministerio es existencial, abraza toda su existencia. Siguiendo el sacerdocio existencial de Cristo, como los apóstoles, el presbítero debe avanzar desde la comunión y obediencia al que llama y envía, así como desde la solidaridad con sus hermanos presentes en el mundo. Ahora bien, la espiritualidad y dinámica del ministerio apostólico, tal como se presenta en los evangelios se condensa en estas palabras: «Ven. Sígueme.» y «Ve. Yo te envío.» Para los apóstoles esto significó: liberarse del pasado, despojarse de todo y ponerse en camino con y detrás de Jesús. El «ve, yo te envío», pide que el apóstol se encamine hacia el futuro fiado en 62


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la palabra del que lo envía. El apóstol, pues, es un peregrino al servicio del reino de Dios, como lo fuera el propio Jesús, en comunión con él. Esta perspectiva del ministerio apostólico, del enviado, lleva consigo unas preguntas que en modo alguno pueden eludirse. ¿Quién fija el camino a seguir? ¿Acogemos con prontitud, libertad y responsabilidad el camino elegido por el Hijo-Siervo para llevar a cabo la obra de su Padre? ¿De parte de quién vamos al mundo y para qué? No lo olvidemos: la vocación es el encuentro de dos libertades, la de Dios y la del ser humano, en el mundo y en la Iglesia. Tampoco puede olvidarse que la misión del Señor es para liberar, edificar y servir desde el último lugar. «A nosotros los apóstoles, nos asigna Dios el último puesto, como condenados a muerte, dándonos en espectáculo al mundo, lo mismo a ángeles que a hombres» (1Cor 4, 9). En la segunda carta a los Corintios, Pablo escribía: el Señor me ha dado «autoridad para construir vuestra comunidad, no para destruirla» (2Cor 10, 8). Y un poco más adelante añade: «No tenemos poder alguno contra la verdad, solo en favor de la verdad. Con tal que vosotros estéis fuertes, me alegro de ser yo débil; todo lo que os pido es que os recobréis. Por esta razón os escribo así mientras estoy fuera, para no verme obligado a ser tajante en persona con la autoridad que el Señor me ha dado para construir, no para derribar» (2Cor 13, 8-10). No basta con servir. El Señor y el Apóstol nos recuerdan que hay que hacerlo desde el último lugar. «No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos [DOÚLOUS] vuestros por Jesús» (2Cor 4, 5). El apóstol se caracteriza por ser esclavo de Cristo y de la comunidad: es alguien que no se pertenece ya. La perspectiva que acabo de indicar es la propia de la radicalidad que brota de la alegría. El ministerio apostólico no puede pensarse desde la ley o el poder del funcionario, sino desde el don, desde el hecho de haber sido elegido y llamado por el Señor. Pero detengámonos un momento en este punto que me parece esencial. La radicalidad evangélica proviene de un encuentro con el Viviente, el Señor. Las parábolas del Tesoro y de la Perla preciosa reflejan «un encuentro» y, por la alegría, la persona vende cuanto tiene para comprar el tesoro 63


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o la perla de gran precio (cf. Mt 13, 44-46). Ante lo encontrado, nadie le pide hacerlo, pero, con buen criterio, toma la decisión con alegría. Poco importa si el encuentro es fortuito o tras una búsqueda apasionada. Con alegría, Andrés buscó a su hermano, Simón, y le dice: «Hemos encontrado al Mesías» (cf. Jn 1, 41). Andrés dejó a su admirado maestro, Juan Bautista, para seguir a Jesús. Pablo, por la sublimidad del conocimiento de Jesucristo, que le salió al encuentro de manera insospechada en el camino de Damasco, se despojó con alegría de lo que le hacía vivir y de lo que estaba orgulloso (cf. Flp 3, 1-16; 2Cor 5, 14-15). El P. Chevrier, a la luz del dinamismo de la encarnación, se decidió, con alegría y firmeza, a seguir más de cerca el camino del Siervo, para ser más eficaz y fecundo en la evangelización de los pobres. Nada de obligación, sino que vivía así en una opción existencial y libre para un mejor servicio del Evangelio entre los ignorantes, pobres y pecadores. Cierto, es necesario un discernimiento continuo, pues necesitamos purificar siempre los motivos de la alegría y del seguimiento de Jesús. El relato de los discípulos de Emaús recuerda, cómo habían seguido a Jesús desde sus esquemas y deseos mesiánicos (cf. Lc 24, 12ss). Los Doce se pelearon por los primeros puestos en el reino, no se habían despojado todavía de sus esquemas mesiánicos (Lc 22, 24-30). El discernimiento se ha de prolongar a lo largo de toda la vida. Después de Pentecostés, Pedro y los demás apóstoles se vieron llamados a vivir en estado de conversión. El ser humano es limitado constitutivamente y debe avanzar con la mirada puesta en el Invisible, que se hizo visible en el Hijo, enviado en la condición de Siervo. Insisto. El conocimiento y seguimiento de Jesús es don, la vida evangélica es don. Nadie va al Hijo, si el Padre no lo atrae y conduce. No elegimos, nos eligen. Y nadie va al Padre, sino es por el Hijo en el Espíritu Santo. A nosotros nos toca responder con prontitud y alegría, aun cuando sea, en ocasiones, de forma dramática. Es lo que constatamos en la existencia de Jesús, de María y los apóstoles. Pero contamos con el don del Espíritu de la verdad, libertad y comunión, que hace posible lo que es imposible para el hombre. El que nos llama, nos da la gracia para llevar adelante la vocación y misión que nos confía. Esta es la seguridad que anima al sacerdote 64


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según el Evangelio, al verdadero discípulo. En esta perspectiva, el P. Chevrier recordaba: Nuestro único modelo es Jesucristo. Nuestro reglamento: Sígueme. La fe nos permite caminar con la certeza de que el Espíritu Santo nos ilumina, sostiene y acompaña en el camino. Basta que seamos sencillos, humildes y verdaderos. Veamos ahora desde estos presupuestos, cómo estamos llamados a vivir y pensar los consejos evangélicos como seguimiento radical de Jesucristo.

I laS oPCIonES dEl EnVIado dE dIoS Jesús aparece en los evangelios y escritos del Nuevo Testamento como el Hijo enviado por Dios para llevar a cabo su obra de salvación. La iniciativa corresponde siempre al Padre. La fuente de la misión del Hijo y del Espíritu Santo es el amor fontal de Dios Padre (cf. AG 2). No me detengo en este punto, pues es conocido de todos. Jesús es el Apóstol y Sumo sacerdote de la confesión de nuestra fe (cf. Hb 3, 1). Mi reflexión se centra en cómo Jesús asume su condición de enviado y las opciones que tomó para llevar a cabo la misión de hacer presente el reinado de Dios en el mundo. Me ciño a los evangelios, que nos dan los comienzos y el desarrollo de la vida pública del Hijo enviado en la plenitud de los tiempos en una carne semejante a la del pecado (cf. Rom 8, 3; Gal 4, 4-6). Es un camino, a mi entender, para comprender qué implica el seguimiento radical de Jesús y «el significado» de los llamados consejos evangélicos en la secularidad. 1.- La opción por la justicia Jesús acude en la caravana de los pecadores para ser bautizado por el Bautista. Este se resiste, con buen criterio, a bautizarlo: «Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?». Pero Jesús replica: «Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia» (Mt 3, 13-17). Esta afirmación es fundamental para comprender las opciones que Jesús irá tomando y viviendo a lo largo de su existencia y misión.

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Jesús viene a cumplir todo lo que Dios quiere, pues fue enviado por él para llevar a cabo su obra de salvación. Como significa el nombre que le impusieron por orden de Dios: «Yahvé es salvación» o «Yahvé salva», es evidente que la justicia está en llevar a cabo la obra del que lo envía. Él no descalifica la acertada objeción del Bautista, pero pone de manifiesto que los planes de Dios no siguen la lógica humana. La justicia de los hombres y la justicia del que es la fuente de la justicia no coinciden necesariamente. La justicia de Dios es paradójica, como expresa la fe apostólica: el justo da la vida para rescatar al injusto. Jesús conoce la justicia de Dios y opta por ella. En ese marco se abrió el cielo y el Espíritu de Dios descendió sobre él. Y una voz proveniente del cielo lo acreditó como el Hijo amado. «Este es mi Hijo amado en quien me complazco» (Mc 1, 11). Esta se puede considerar como la opción fundamental de Jesús: llevar a cabo la justicia de Dios por encima de todo, aun cuando sea desconcertante para los hombres. No es lo mismo avanzar desde lo razonable a los ojos de los hombres y avanzar desde la comunión con el Padre y con su plan de salvación. 2.- La opción de caminar como siervo para llevar a cabo la obra del Padre. El Espíritu bajó sobre Jesús y permaneció en él. Toda su vida estuvo animada y sostenida desde dentro por el Espíritu. Así, sostenido por el Espíritu llevó hasta el final la justicia de Dios. Ahora bien, lo primero que hizo el Espíritu fue conducir al Nazareno al desierto. El «desierto», en el simbolismo bíblico, es el camino de la libertad y la prueba, que el Siervo, Israel, debió recorrer para entrar en la tierra prometida. Un camino duro, pero en el que Dios marchaba delante y detrás, para que el pueblo pudiera caminar día y noche hacia su destino (cf. Ex 13, 21-22). Tal es el camino del Siervo, del primogénito de Dios según el libro del Éxodo (cf. Ex 4, 22), liberado para la libertad. En el desierto Dios educó a Israel como un padre lo hace con su hijo (cf. Dt 8, 1-6). «Y en el desierto ya es visto que el Señor, tu Dios, te ha llevado como un hijo por todo el camino hasta llegar aquí» (Dt 1, 31). Ahora es el Espíritu quien con66


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duce a Jesús a través de las pruebas y tentaciones del desierto, a fin que venza y pueda llevar así a cabo el plan de Dios, la justicia de Dios. El Hijo está llamado a optar y lo hará eligiendo el camino del Siervo. Jesús llevará a cabo la justicia divina como Siervo. ¿Qué implica esta opción? Jesús se decide a vivir de la palabra de Dios, a caminar con total discreción, sin buscar lo maravilloso, a no adorar más que a Dios. El Hijo, que como tal fue tentado por Satán, opta por caminar de acuerdo con la libertad del amor. No es el camino del poder y del prestigio, sino el camino del Siervo el que está llamado a recorrer el Hijo amado (cf. Mt 4, 1-11pp). La etapa del desierto es decisiva, pues es la expresión de la lucha que Jesús mantuvo a lo largo de su vida para permanecer fiel a la voluntad del Padre. Conducido y sostenido por el Espíritu, Jesús luchó a lo largo de toda su vida para mantenerse en el camino del Siervo, pobre y humilde, obediente hasta el don de sí mismo. Su amor al Padre y su amor a los hombres a quienes el Padre ama con pasión es el secreto de su opción radical. Pero la opción de Jesús de vivir y actuar como el Siervo encontró gran resistencia en sus discípulos, familiares y en las muchedumbres que andaban como ovejas sin pastor. En las autoridades de su pueblo se expresó como un rechazo radical. Jesús tuvo que mantener una lucha constante con su propia carne, como lo recuerda su oración en Getsemaní. La tentación definitiva tuvo lugar en el momento de la cruz, pues le pedían bajar de la cruz para que creyeran en él: no bajó como le pedían, permaneció en ella. Experimentó la soledad y el abandono del Padre, pero no dudó en entregar su espíritu entre sus manos. No puede extrañarnos la resistencia propia y ajena para tomar y vivir la opción de siervo. El buen Pastor debe hacer frente a los lobos, como recuerda Jesús. Al enviar a los Doce en misión les recordaba: «Mirad que os envío como ovejas en medio de lobos» (Mt 10, 16). Esto sigue siendo verdad también para el hoy de nuestra cultura, aun cuando tratemos de acallarlo. Nos cuesta entender que debemos asumir el ser «signos de contradicción» en un mundo plural culturalmente y complejo; pero bastante homogéneo cuando se trata de propugnar, guste o no, el camino con67


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trario a los consejos evangélicos. Y esto lo vemos en nuestras propias familias y comunidades cristianas. Entiendo, pero quizás esté equivocado, que en esta opción radical de Jesús, el Enviado, de avanzar por la senda empinada del Siervo se esconde el auténtico sentido de los consejos evangélicos desde la perspectiva del Enviado. Es la opción de llevar a cabo la obra del Padre de acuerdo con el dinamismo profundo del amor que lo engendra en la eternidad y lo envió al mundo para darle a éste vida eterna, para instaurar el reinado de Dios, a fin que el hombre «vea el reino de Dios» y «entre en el reino de Dios» (cf. Jn 3, 3.5.16.36). Permitidme que insista. El diálogo con el mundo nunca fue fácil; pero hoy reviste especiales dificultades, pues no parece que la sociedad esté muy interesada en ello, hay como una cierta indiferencia, por una parte, y , por otra parte, todos quieren imponer lo que se considera razonable y «políticamente correcto» desde las ideologías de turno. ¿No le sucedió algo semejante a Jesús? Pero quizás por ello es más necesario el ministerio del sacerdote vivido como siervo, al estilo de Jesús pobre, obediente y casto. El mundo necesita un signo fuerte que le despierte de su afán y ansia de tener, poder, autonomía y placer. 3.- En el dinamismo de la encarnación La opción de Jesús de caminar como siervo es la propia del Hijo único, del «Primogénito de la creación», «Cabeza de su cuerpo que es la Iglesia», «Primogénito de entre los muertos» (Col 1, 15-20). Esta opción hunde sus raíces en lo que Jesús es y no tanto como camino para llegar a ser. Es el Hijo enviado en una carne semejante a la del pecado (cf. Rom 8, 3). Es el Hijo nacido de mujer, nacido bajo la ley (cf. Gal 4, 4-6). Es el Hijo, que se despojó de la condición divina (Flp 2, 6ss) y que nació pobre en un pesebre, para ser alegría y salvación para el pueblo (Lc 2, 1-20). Es el Verbo eterno que se hizo carne (cf. Jn 1, 1-18). «En él reside la toda la Plenitud de la divinidad corporalmente» (Col 2, 9) Es el Hijo enviado al mundo por el amor inaudito del Padre, para salvarlo (cf. Jn 3, 16-17). 68


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Nos encontramos así ante un punto decisivo. La justicia para el Hijo consiste en vivir de acuerdo con su ser y envío, con lo que es en Dios Padre y con la obra para la que ha sido enviado por él. Esta opción la llevó a cabo en el Espíritu. La carta a los Hebreos enseña que Jesús se entregó a la muerte en el Espíritu eterno (cf. Hb 9, 14). Jesús, el Hijo, llevó a cabo la obra del Padre en la condición de siervo, para liberarnos de la esclavitud del pecado y darnos la posibilidad de vivir como hijos. Murió para darnos el Espíritu. Pero conviene no ignorar el carácter dramático del camino elegido por Jesús. En él se revelaba también la carne para permanecer fiel a la justicia y designio del Padre. La carta a los Hebreos habla de cómo entre gritos y lágrimas llevaría a cabo el designio de Dios sobre él y la humanidad (cf. Hb 5, 5-10). El despojo, la kénosis, el abajamiento era el camino por el que Dios estaba reconciliando al mundo consigo en Cristo (cf. 2Cor 5, 18-21; Rom 8, 1-4). Así se comprende la justicia de Dios: destrucción del pecado y salvación del pecador. En el camino del Siervo se revela el camino del amor. Y así se vislumbra el horizonte paradójico de los consejos evangélicos, que vamos a exponer brevemente. 4.- El amor enriquece a todos haciéndose pobre Pablo, haciéndonos partícipes de su contemplación, recuerda, en una maravillosa síntesis, cómo el Verbo se hizo pobre para enriquecer a la humanidad. «Conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza» (2Cor 8, 9). Estamos ante un texto seductor y fundamental para la vida de la Iglesia, para todos los fieles cristianos, pues Pablo lo dirigía a la comunidad, y, en particular, para la vida de los que hemos sido llamados a vivir la gracia del Prado. Pablo habla de conocer la gracia, lo cual es sinónimo de experimentar y compartir la dinámica vivida por Jesús. «La gracia» no es una simple cuestión de generosidad, sino que es la expresión del dinamismo profundo del agapé divino. El Hijo, en la cadencia del amor divino, toma la iniciativa de 69


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bajar para liberar a su pueblo. No es simple generosidad del rico hacia el pobre, sino de quien se hace y asume la condición del pobre. «Se hizo pobre» reenvía a la Palabra que «se hizo carne». Es una manera de ser, estar y hacer en la historia. Aquí entra tanto la dimensión ontológica como la sociológica del vivir pobre. Nació pobre, vivió pobre, actuó como un pobre y murió pobre en el madero de los malditos. Es importante ver la pobreza existencial de Jesús en todas sus facetas. Estamos ante un despojo radical, que conviene no perder de vista. «El se hizo pobre» es un misterio que seduce. Un Dios pobre. El amor es pobre o no es verdadero amor. No estamos ante una táctica, sino ante el amor del pastor que da la vida por las ovejas. Solo así se entiende que seamos enriquecidos por la pobreza. Por nosotros se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza. Tal es el camino de la solidaridad y de la comunión del Hijo con el amor del Padre. Jesús, como dice san Juan de Ávila, se hizo del bando de los pobres y así dignificó al pobre. Algo que seduce a unos y escandaliza a otros. Es una cuestión de amor y gracia, que nos lleva más allá de la lógica humana. La pobreza de Jesús es el camino de una verdadera fecundidad. Hacerse pobre es la senda para mejor servir a los hombres, para mejor evangelizar a los pobres, para compartir la misión de Jesús, que no dudó en abajarse y lavar los pies a los suyos con amor y libertad. Es la expresión del amor hasta el extremo y, por otra parte, de la alegría apostólica. Por ello Jesús, después de retomar el manto y de pedir a los suyos que se sirvieran mutuamente, añadía: «Sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís» (Jn 13, 17). Hacerse pobre para enriquecer a los demás es lo propio del amor. Esto es lo que significa tener el espíritu de pobreza. 5.- Se humilló y se hizo obediente Jesús, en su condición de enviado al mundo para darle vida en abundancia, se humilló y se hizo obediente hasta morir en el madero de los malditos (cf. Flp 2, 8-9). La humillación, el abajamiento, no se presenta como una obligación, impuesta o soportada (cf. Jn 10, 17-18), ni como una simple con70


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secuencia de su vida coherente, sino como la expresión de una perfecta comunión con el Padre y de una solidaridad de quien guiado por el Espíritu antepone libre y responsablemente los intereses de sus hermanos a los propios. Nadie le obligó a lavar los pies de sus discípulos.

La obediencia, además, es lo que hacía vivir a Jesús en su ser y misión de enviado al mundo. «Mi alimento, dijo a sus discípulos, es hacer la voluntad del que me envió y acabar su obra» (Jn 4, 34). La obediencia se presenta así como el camino de quien quiere llevar a cabo la obra del Padre y no su propia obra. «Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo… El Hijo no puede hacer nada por su cuenta sino lo que viere hacer al Padre. Lo que hace éste, eso mismo hace también el Hijo, pues el Padre ama al Hijo y le muestra lo que él hace, y le mostrará obras mayores que ésta, para vuestro asombro» (Jn 5, 17-20). Jesús hacía siempre lo que agradaba al Padre (cf. Jn 8, 29). Jesús no reivindicó su autonomía, pues encontraba su libertad en el Padre que lo había enviado al mundo para proseguir su obra creadora y salvadora. Jesús, la Palabra eterna de Dios, se hizo obediente, se hizo pobre, se hizo carne. El camino de Jesús es la obediencia de la carne asumida por el Hijo. Es una obediencia, en ocasiones dramática, entre lágrimas y gritos (cf. Hb 5, 510). Pasó a través de noches oscuras y practicó la obediencia a través de mediaciones desconcertantes, incluso injustas en ocasiones. Es la obediencia del Hijo-Siervo y esto nunca se puede olvidar, pues en todo fue probado como nosotros, pero él permaneció obediente hasta la muerte y así no gustó el pecado. Jesús se hizo obediente, tanto cuando decía sí como en el no. La obediencia entre gritos y lágrimas fue un camino de plena realización para el Hijo y de una fecundidad que alcanzó a la humanidad entera. La obediencia nos introduce en la fecundidad del grano de trigo que muere para dar la vida (cf. Jn 12, 24). Es un camino de una fecundidad insondable; es el camino propio del éxodo hacia la patria de la libertad. Pablo, en la carta a los romanos, enseña: «Pues, así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos» (Rom 5, 19). 71


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La obediencia filial de Jesús, la propia de la fe, es muy diferente a la sumisión del esclavo o de quien busca su propio interés. Su raíz se halla en la fe de que la historia está conducida en todo momento por el amor del Padre. El que piensa que el futuro depende de sus medios y planes, jamás podrá adentrarse por la obediencia de la fe. El Hijo-Siervo avanza con la confianza del niño que se siente entre las manos del Padre. No es una actitud infantiloide o perezosa, sino el saber que el Padre le guía y conduce mediante su Espíritu a través de acontecimientos y mediaciones desconcertantes. 6.- Eunucos por el reino de Dios Ante las nuevas exigencias que Jesús planteó de cara al matrimonio, los discípulos le dicen: «“Si esa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse”. Pero él les dijo: “No todos entienden esto, solo los que ha recibido ese don. Hay eunucos que salieron así del vientre de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay quienes se hicieron eunucos por el reino de los cielos. El que pueda entender, entienda”» (Mt 19, 1-12) No voy a entrar en un comentario detallado de este texto formidable. Estamos ante un don y como tal debemos acogerlo. Jesús no impone nada a los suyos. Pero recordemos que Jesús vivió lo que enseñaba. Él había recibido el don de ser y hacerse eunuco por el reino de Dios, es decir, hacerse siervo para reunir la familia de los hijos de Dios, hasta el punto de dar la vida por ellos (cf Jn 11, 52). Él, «el apóstol y sumo sacerdote de la fe que profesamos», vivió en exclusiva para hacer presente el reinado de Dios en la historia. No vino a formar su propia familia, sino a reunir la familia del Padre. El reinado de Dios acontecía en su condición de enviado. En él reinaba plenamente el Padre y por su medio lo hacía en la historia de nuestro mundo. «El eunuco por el reino de Dios», «el célibe» auténtico, no busca crear su propia familia, sino que reconoce como su familia a los que el Padre le da como discípulos suyos. Jesús es el Hijo-Siervo que ama lo que el Padre ama, pues ama con su amor. 72


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Es un amor hasta el extremo. Es el agapé que se da. No vino a ser servido, sino a servir y dar la vida. No se trata pues de falta de amor, sino de un amor sin medida, en exceso. El que se hace eunuco por el reino de Dios se entrega a servir a los demás, pero desde el último lugar. La fecundidad de este amor, participa de la misma fecundidad de Dios. No es un amor erótico, sino un amor que se abaja, para caminar junto con los demás y a su servicio. El amor de Jesús es el propio del Hijo, que se hace Siervo. Por ello debemos ver la castidad apostólica en la óptica del Siervo cuando dice: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontréis descanso para vuestras almas» (Mt 11, 28-29). No estamos ante falta de amor, sino todo lo contrario: el eunuco por el reino de Dios es apertura radical a Dios y al mundo. Es el amor del Siervo paciente y misericordioso para que todos puedan esperar y confiar en él. «Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, en quien me complazco. Sobre él he puesto mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará, hasta llevar el derecho a la victoria; en su nombre esperarán las naciones» (cf. Mt 12, 18-20). El eunuco por el reino es la expresión de un amor misericordioso y paciente, que no duda en ponerse al servicio de los demás desde el último lugar. Su paciencia es activa y comprometida. En conclusión de esta primera parte: Jesús vivió en la carne con radicalidad su entrega a la obra del Padre o, si prefiere, al advenimiento del reino de Dios. Vivió lo que proclama: el reinado de Dios. Su existencia y acción es la expresión de quien vive para Dios y para los hombres. En el Hijo-Siervo el ser pobre, obediente y casto en el celibato son inseparables. Es importante no separar lo que encontramos unido en Jesús.

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Dios reinó plenamente en Jesús y, gracias a él, en la carne de la humanidad. El Espíritu Santo se acostumbró a vivir en la carne de Jesús, como recuerda san Ireneo, para que la carne se acostumbrase a vivir en Dios. El Espíritu acostumbraba a la carne a vivir en la comunión del Padre y del Hijo. Es en la dinámica del misterio de la encarnación, que no puede pensarse al margen de la Trinidad, donde estamos llamados a enraizar la dinámica profunda de la pobreza, obediencia y castidad apostólicas en el celibato, tras las huellas de Jesús. La trascendencia del amor divino se expresa en la inmanencia de la Palabra que se hace carne, que se hace pobre, obediente y célibe para alumbrar «al hombre nuevo». «Él ha abolido la ley con sus mandamientos y decretos, para crear, de los dos, en sí mismo, un único hombre nuevo, haciendo las paces» (Ef 2, 1-22.) Insistamos en ello, pues no siempre es claro en nuestra vivencia. Si Jesús dio la vida para reunir a los hijos de Dios dispersos (cf. Jn 11, 52), si murió en la cruz para hacer de los dos pueblos un hombre nuevo, no olvidemos que el camino del hombre Jesús es y seguirá siendo el camino para los ministros de una Iglesia llamada en Cristo a ser signo e instrumento de la unidad del género humano, como ensenó el Concilio Vaticano II (cf. LG 1). ¿Estamos dispuestos a pagar el precio?

II loS ConSEjoS EVanGÉlICoS En la VIda aPoSTÓlICa Para comprender cómo los apóstoles se sintieron impulsados interiormente a seguir a Jesús pobre, obediente y casto en el celibato, partiré de dos textos: uno del evangelio según san Juan y otro de los Hechos de los Apóstoles. Jesús resucitado se presentó a los discípulos al atardecer del día primero de la semana y les dijo: «“Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Y dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo…etc.» (Jn 20, 19-23) El “como” (KATOS) «intenta señalar, no una simple comparación entre dos actos de enviar, sino la continuidad intrínseca de una misión única: el Hijo extiende a sus discípulos su propia misión recibida del Padre» (L. Dufour). Para ello los recrea y les da su Es74


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píritu. Los discípulos están llamados a compartir la existencia y misión de Jesús. En la carta apostólica, los apóstoles y presbíteros de la Iglesia madre de Jerusalén presentaban a Bernabé y Pablo como «hombres que han entregado su vida al nombre de nuestro Señor Jesucristo» (Hch 15, 26). Estos apóstoles pertenecían ya a la segunda generación, es decir, a los que no marcharon por los caminos de Galilea con Jesús, pero que alcanzados por el Resucitado entregaron sus vidas a su causa, con la misma radicalidad con que lo hiciera Jesús al plan de su Padre. En la lógica y dinámica de estos dos textos, veamos algunos aspectos, que avalan la coherencia entre la misión apostólica y los consejos evangélicos. 1.- En compañía de Jesús Los Doce fueron elegidos y llamados «para estar y caminar» con Jesús, para ser enviados a predicar con poder de expulsar demonios (cf Mc 3, 13199); para ser pescadores de hombres (cf Mc 1, 16-18). Seducidos y alegres de haber encontrado al Mesías, a Jesús, dejaron bienes, redes y familia, para ponerse en camino tras las huellas de Jesús. Andando el tiempo se vieron obligados a despojarse incluso de sus esquemas religiosos y culturales. Era una exigencia coherente con la llegada del reinado de Dios. Que los discípulos vivieran con radicalidad el seguimiento de Jesús se refleja bien en la conversación de Pedro con Jesús, tras la retirada del hombre rico al escuchar que debía vender todos sus bienes para seguirlo. Pedro se puso a decirle: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Jesús le dijo: «En verdad os digo que quien deja casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más – casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones – y en la edad futura, vida eterna. Muchos primeros serán últimos y muchos últimos primeros» (Mc 10, 28-31).

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La respuesta de Jesús a Pedro muestra que él no obliga a nada; pero quien quiera seguirlo y compartir su vida y misión, ser pescador de hombres, se halla confrontado a una decisión de la máxima radicalidad. Debe optar por renunciar a todo, para apoyarse, como él, solo en el Padre y en su voluntad. La familia de Jesús son los que cumplen la voluntad de Dios (cf Mc 3, 35). La radicalidad del seguimiento de Jesús comporta, pues, la renuncia a la familia (madre, padre, hijos y esposa), a los bienes de la tierra, para caminar en la obediencia a la palabra del único Maestro, como Jesús lo hiciera con relación a su Padre (cf Lc 14, 25-35). Pero esto no se impone, sino que cada uno debe discernir si le llaman a compartir así la misión de Jesús. No estamos, pues, ante una regla, sino ante una decisión ante el que nos llama a caminar con él al servicio del reino de Dios. Es, por otra parte, una invitación a reflexionar si nuestra vida y nuestro quehacer ministerial queremos fundarlo sobre la roca de la palabra de Dios o sobre la arena de otros valores. La cuestión no está en si el mundo nos entiende o aprueba, sino si nos sentimos seducidos a caminar con Jesús y como Jesús al servicio de la evangelización de los pobres (y no solo hacer cosas para los pobres o con los pobres, lo cual ya está mejor). Estamos ante una cuestión de fondo: tanto a los discípulos de la primera como de la segunda generación se nos plantea el interrogante (y la decisión) de si queremos llevar a cabo la misión en la dinámica propia del Siervo, del eunuco por el reino de Dios. Es una decisión arriesgada, pues se nos promete recibir el ciento por uno en este mundo, pero con contradicciones y persecuciones. Y esto supone compartir la fecundidad del grano de trigo que da fruto si acepta morir. Nosotros somos enviados para dar fruto bueno, abundante y perenne (cf Jn 15, 1-17), pero para ello es necesario cargar con la cruz y marchar tras Jesús. «El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mc 8, 14). El camino de Jesús fue empinado. Él lo vivió en una carne frágil como la nuestra. Lo hizo desde la experiencia de ser amado por el Padre y sostenido en todo momento por el Espíritu de la verdad y comunión. Y esta es la cuestión para los discípulos de la primera y segunda generación. Solo 76


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desde la experiencia de Jesús, el viviente, y con la fuerza del Espíritu Santo podemos andar el camino desde nuestra fragilidad congénita. Jesús dio la clave de la fe a los discípulos para que le siguieran en su camino de Siervo: «Es imposible para los hombres, no para Dios, Dios lo puede todo» (Mc 10, 27). Es la palabra que se le dirigió a Abrahán, es la palabra dirigida también a María. Es Dios quien puede hacernos partícipes de la radicalidad con que Jesús, el Siervo, se entregó a la misión para la que fue enviado por el Padre en una carne semejante a la del pecado. 2.- Pentecostés y la vida apostólica Jesús resucitado envió el Espíritu prometido para lanzar a la comunidad del cenáculo a las plazas públicas (cf Hch 2, 1ss). Después «de dar instrucciones a los apóstoles que había escogido», les prometió el Espíritu Santo que los haría sus testigos desde Jerusalén «hasta el confín de la tierra» (cf Hch 1, 1-8). La vida y la misión de los apóstoles fue la propia de los mártires, de los testigos, de Jesucristo muerto y resucitado, una vida en camino, en un éxodo permanente. No fue una vida fácil la de los testigos, pues la misión de reunir a los hijos de Dios dispersos, por los que Jesús había entregado su vida, comportaba la oposición de unos y otros. Así lo atestiguan pruebas y persecuciones, el martirio que debieron afrontar con gozo y confianza. En la vida y misión de los apóstoles jugó un papel decisivo la perspectiva escatológica, la provisionalidad de nuestro mundo y la necesidad de vivir una auténtica koinonía. Los apóstoles estaban al servicio del Evangelio, de la causa de nuestro Señor Jesucristo en el Espíritu Santo. Para llevar a cabo esta misión, los apóstoles entendieron desde el principio la importancia de entregarse a la oración y al ministerio de la palabra (cf Hch 6, 1-7). El centro de la vida apostólica se encuentra aquí: en conocer y dar a conocer a Jesucristo crucificado y exaltado (cf 1Cor 2, 1-5). Los apóstoles avanzaron desde la consigna del Maestro: «Gratis habéis recibido, dad gratis» (Mt 10, 8). Una gratuidad que se expresa en lo económico, incluso en la renuncia de los derechos que puede dar el anuncio del 77


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Evangelio; pero que va mucho más allá, como lo recuerda la experiencia de Pablo: «Porque, siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más posibles. Me he hecho judío con los judíos, para ganar a los judíos; con los que están bajo la ley me he hecho como bajo ley, no estando yo bajo ley, para ganar a los que están bajo ley; con los que no tienen ley me he hecho como quien no tienen ley, no siendo yo alguien que no tiene ley de Dios, sino alguien que vive en la ley de Cristo, para ganar a los que no tienen ley. Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles; me he hecho todo para todos, para ganar, sea como sea, a algunos. Y todo lo hago por causa del Evangelio, para participar también de sus bienes» (1Cor 9, 19-23). Este es el camino del verdadero servidor del Evangelio, del que se ha hecho esclavo de Cristo y de la comunidad por amor a Cristo (cf 2Cor 4, 5). El apóstol no busca ganar a nadie para él, sino para Cristo, como Jesús lo hacía para el Padre. La misión apostólica en la lógica y dinámica del Jesús, supone vivir en comunión con su radicalidad para llevar a cabo la misión que el Padre le confió. No estamos, pues, ante una ley, sino ante la pasión de quien se siente llamado por gracia a compartir la misión de Jesús, de reunir a los hijos de Dios dispersos. En esta perspectiva quiero evocar dos figuras que nos muestran el camino a seguir. Juan Bautista se presenta como «el amigo del novio» o, si se quiere del esposo. Su alegría está en escuchar la voz del novio, en desaparecer para que él crezca; y todo esto porque «nadie puede arrogarse nada que no le ha sido dado del cielo» (ver Jn 3, 22-36). El amigo del novio es pobre, casto y obediente. Pablo se mueve en la misma perspectiva cuando escribe a la comunidad de Corinto: «Celoso estoy de vosotros con celos de Dios. Pues os tengo desposados con un solo esposo para presentaros cual casta virgen a Cristo» (2Cor 11, 2). Pablo caminó en comunión con Jesús pobre, obediente y casto en el celibato. 3.- El paradigma apostólico Hoy, en nuestro mundo secular y ante el reto de una nueva evangelización, necesitamos, a mi entender, tomar conciencia del dinamismo propio del 78


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ministerio apostólico: congregar la comunidad de los hijos de Dios dispersos. Quizás no sepamos bien cómo hacerlo ni nos sintamos capaces por la formación recibida y la edad. Pero es bueno que lo pensemos y veamos qué implica ser siervos del Evangelio. Los apóstoles vivían en Cristo y se entregaban en el Espíritu Santo a la formación de las comunidades de la nueva alianza. Con su predicación y acción, los apóstoles contribuyeron al nacimiento de la Iglesia, del hombre nuevo creado en Cristo. Es evidente que esto no lo hacía cada uno de los apóstoles independientemente de los demás, pues el testimonio de ellos era unánime, como enseña el apóstol de los gentiles (cf 1Cor 15, 1-11). Todos ellos anunciaban el mismo y único Evangelio; su predicación nacía de la escucha y obediencia a la palabra revelada. Como Jesús no decían ni hacían nada que no escuchasen o vieran hacer. Sus vidas estaban marcadas por la gratuidad, la obediencia y la castidad, ya que su existencia estaba determinada por el Evangelio que vivían y anunciaban con alegría y pasión. Cada uno de ellos lo hacía de acuerdo con la gracia recibida, pero todos anunciaban al mismo y único Señor. En la cristiandad, el ministerio presbiteral se pensó desde la comunidad constituida. Hoy, me parece que debemos cambiar la perspectiva, y pensarlo desde la comunidad a reunir. El profeta Ezequiel habla del pastor que sale a reunir a las ovejas dispersas por las colinas (cf Ez 34). El buen pastor es el que va a los apriscos donde las ovejas se hallan prisioneras, para liberarlas y reunirlas en un rebaño que camine en la libertad. Jesús tiene otras ovejas, de otro redil, pero que quiere también reunirlas (cf Jn 10, 1-18). La Iglesia no puede renunciar a evangelizar a los pobres y para ello es preciso asumir el camino del Verbo de Dios: Decidirse a seguir más de cerca a Jesús, para ser más eficaz en la misión de dar el Evangelio a los pobres de la tierra, como quería el P. Chevrier. En esta perspectiva conviene recordar, como lo hizo el Concilio Vaticano II, que el servicio de la Palabra es primordial en la vida del presbítero. No es lo primero la liturgia ni el simple servicio de las mesas, aun cuando no deba descuidarse ni la una ni el otro. Escuchemos al Concilio: 79


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El Pueblo de Dios se reúne, ante todo, por la palabra de Dios vivo, que con todo derecho hay que esperar de la boca de los sacerdotes. Pues como nadie puede salvarse, si antes no cree, los presbíteros, como cooperadores de los obispos, tienen como obligación principal el anunciar a todos el Evangelio de Cristo, para constituir e incrementar el Pueblo de Dios, cumpliendo el mandato del Señor: "Id por todo el mundo y predicar el Evangelio a toda criatura" (Mc 16, 15). Porque con la palabra de salvación se suscita la fe en el corazón de los no creyentes y se robustece en el de los creyentes, y con la fe empieza y se desarrolla la congregación de los fieles, según la sentencia del Apóstol: "La fe viene por la predicación, y la predicación por la palabra de Cristo" (Rom 10, 17). Los presbíteros, pues, se deben a todos, en cuanto a todos deben comunicar la verdad del Evangelio que poseen en el Señor. Por tanto, ya lleven a las gentes a glorificar a Dios, observando entre ellos una conducta ejemplar, ya anuncien a los no creyentes el misterio de Cristo, predicándoles abiertamente, ya enseñen el catecismo cristiano o expongan la doctrina de la Iglesia, ya procuren tratar los problemas actuales a la luz de Cristo, es siempre su deber enseñar, no su propia sabiduría, sino la palabra de Dios, e invitar indistintamente a todos a la conversión y a la santidad. Pero la predicación sacerdotal, muy difícil con frecuencia en las actuales circunstancias del mundo, para mover mejor a las almas de los oyentes, debe exponer la palabra de Dios, no sólo de una forma general y abstracta, sino aplicando a circunstancias concretas de la vida la verdad perenne del Evangelio. Con ello se desarrolla el ministerio de la palabra de muchos modos, según las diversas necesidades de los oyentes y los carismas de los predicadores. En las regiones o núcleos no cristianos, los hombres son atraídos a la fe y a los sacramentos de la salvación por el mensaje evangélico; pero en la comunidad cristiana, atendiendo, sobre todo, a aquellos que comprenden o creen poco lo que celebran, se requiere la predicación de la palabra para el ministerio de los sacramentos, puesto que son sacramentos de fe, que procede de la palabra y de ella se nutre. Esto se aplica especialmente a la liturgia de la palabra en la celebración 80


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de la misa, en que el anuncio de la muerte y de la resurrección del Señor y la respuesta del pueblo que escucha se unen inseparablemente con la oblación misma con la que Cristo confirmó en su sangre la Nueva Alianza, oblación a la que se unen los fieles o con el deseo o con la recepción del sacramento (PO 4). 4.- El ministro del Evangelio en las cartas pastorales Las cartas pastorales reflejan una situación un tanto diferente con relación a la dinámica propia del ministerio estrictamente apostólico. Se dirigen a comunidades asentadas y constituidas. La primera carta a Timoteo habla ya del obispo, los presbíteros y diáconos. Del obispo se dice que «sea irreprochable, marido de una sola mujer, sobrio, sensato, ordenado, hospitalario… que gobierne bien su propia casa…etc» (1Tm 3, 1-7). A los diáconos los exhorta, entre otras cosas, a que no sean aficionados al mucho vino ni dados a negocios, que sea maridos de una sola mujer… etc (3, 8-13). Con relación a los presbíteros la carta es más discreta, pero no es menos significativa: «Los presbíteros que presiden bien son dignos de doble honor, principalmente los que se afanan en la predicación y la enseñanza… etc» (5, 17-21). No es el momento de abordar estas nuevas perspectivas de las cartas pastorales en torno al ministerio, pero sí nos descubren la preocupación por desarrollar «la vocación santa» (2Tm 1, 9) de la comunidad y de los ministros de la comunidad. El apóstol escribe para que se mantenga el combate de la fe, pues pronto las comunidades y sus ministros corrían el peligro de avanzar por los derroteros propios de otras religiones. Si he aportado el testimonio de las cartas pastorales es para recordar que la forma de vivir y ejercer el ministerio ordenado ha sido diversa en la historia de la Iglesia. No se trata, pues, de defender una forma, sino de recibir con alegría el don que el Señor nos hace a seguirlo en la radicalidad con la que él se entregó a llevar a cabo la obra del Padre. Estamos ante una gracia. El apóstol no imponía su manera de vivir, pero estimulaba a todos a ser imitadores de Jesús como él intentaba serlo. 81


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CONCLUSIÓN En mi intervención, no he incidido sobre los medios y caminos indispensables para cultivar el seguimiento radical de Jesús en los consejos evangélicos, pues será, sin duda alguna, el cometido de otras intervenciones. Mi búsqueda a lo largo de los estudios de evangelio que he hecho durante este año y que subyacen en estas reflexiones, fue indagar las raíces evangélicas de una vivencia de la pobreza, obediencia y castidad en el celibato desde la perspectiva apostólica, esto es, desde el seguimiento de Jesús en su condición de enviado del Padre. También nosotros hemos sido graciosamente ungidos con el Espíritu Santo para evangelizar a los pobres (cf Lc 4, 16-22); también nosotros participamos por gracia de la consagración y envío del Hijo al mundo (cf Jn 10, 36). En la vida y ejercicio del ministerio sacerdotal, con nuestras limitaciones, fragilidades e incoherencias, estamos llamados a desarrollar un ministerio existencial y no simplemente funcional. La llamada a seguir a Jesús pobre, obediente y casto en la misión, es un verdadero don de Dios. Una gracia para mejor entregarnos al Señor en el servicio de la evangelización de los pobres, para una mayor fecundidad apostólica. Como toda gracia debe ser acogida con alegría y cultivada con diligencia, «con corazón bueno y recto» (cf Lc 8, 15), con corazón noble. Esta gracia no puede fijarse en normas, pues se trata de estar de camino tras las huellas del Hijo en su decisión de llevar a cabo la obra del Padre en la condición de Siervo. Es en la dinámica de la encarnación que estamos llamados a movernos en todo momento. No lo olvidemos: el Prado nació de la contemplación del dinamismo del misterio de la encarnación. Para vivir y cultivar la gracia del Señor estamos llamados a permanecer en una actitud permanente de escucha, discernimiento, contemplación y vigilancia, tanto personal como comunitaria. Llevamos el tesoro en vasijas de barro, frágiles y quebradizas (cf 2Cor 4, 7). Como le sucediera a Pedro, también nosotros podemos fracasar y negar por miedo al Señor amado. Hagamos como él. Ante la mirada compasiva de Jesús, lloremos nuestras negaciones y entreguémonos a su misericordia, sin jamás renegar de su

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gracia. Entonces escucharemos, una vez más, busca y apacienta mis ovejas. «¡Tú, sígueme!» (Jn 21, 22). Es la última palabra del Viviente en el evangelio según san Juan. Es nuestro reglamento según quería el P. Chevrier. Antonio Bravo Tisner

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III. 4.- El CElIbaTo, la ConSTruCCIÓn dE la CoMunIdad Y la EVanGElIZaCIÓn dE loS PobrES Introducción El título de esta conferencia articula tres miembros entrelazados entre sí: celibato, construcción de la comunidad y evangelización de los pobres. Me permite estructurar mi conferencia en tres partes. La primera se referirá al celibato evangélico del sacerdote; la segunda a su aportación a la construcción de la comunidad de Jesús; la tercera a su virtualidad para la evangelización de los pobres. Exponer en una sola conferencia estas tres dimensiones no es nada fácil. Seguramente tendré que dejar algún punto o tomarme una parte de la conferencia siguiente para responder a los tres puntos. Me alivia con todo el que la conferencia de José Ignacio Blanco haya aportado cargas de profundidad preciosas sobre todo para la primera parte y que la de A. Bravo haya situado el celibato en su contexto natural y necesario: el seguimiento de Jesús. No hay celibato evangélico sin seguimiento.

I. El CElIbaTo EVanGÉlICo dEl SaCErdoTE 1. Su motivación

La ponencia sobre “Jesucristo célibe” ha dejado bien claro el motivo del celibato de Jesús. Formulado a mi manera, el amor absoluto a Dios su 85


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Padre, la pasión por anunciar e inaugurar su Reino, el anhelo de gestar la comunidad de creyentes propulsores de este Reino condensan las energías de Jesús hasta tal punto que no queda en Él “espacio psíquico” para formar un hogar, una familia propia y ofrecerle los cuidados que se merece. En otras palabras, Jesucristo es célibe por amor. G. Lohfink, notable escriturista, escribe: “Jesús fue célibe no por comodidad ni porque despreciase la sexualidad ni porque tuviera miedo de la mujer, sino porque estaba fascinado hasta lo más profundo por el Reino de Dios”. Precisamente porque era el amor el móvil de su celibato su vida afectiva fue muy rica. Su compasión ante el sufrimiento, sus profundas amistades con hombres y mujeres así lo certifican. Jesús fue una persona “calorífica” no “frigorífica”. “Jesús no vino a formar su propia familia, sino a reunir la familia de Dios” (A. Bravo). Nuestro celibato que es actualización (pobre y débil) del celibato de Jesús ha de tener esta misma motivación. Somos célibes no por ascetismo, como el Bautista, aunque un grado notable de sobriedad y austeridad es condición (no motivo) para mantenerlo y crecer en él. Con toda razón decía Mons. Ancel: “Quien cree que puede leer todo, sentir todo, ver todo; quien se niega a dominar la propia imaginación y sus necesidades afectivas no debe empeñarse en el camino de la consagración. Dios no podría mantenerlo en fidelidad ni se puede exigir que Dios establezca para él una salvaguarda milagrosa”. Tampoco somos célibes primariamente por profetismo, como Jeremías que lo fue para contestar las aberraciones religiosas de Israel. Nuestro celibato comparte ciertamente el valor de ser una contestación mansa y neta a una vida sexual exaltada desmedidamente y envilecida peligrosamente. Pero no es este su motivo principal ni su fuente de inspiración. Somos célibes por amor al Señor, a su Proyecto liberador y salvador, a la comunidad a la que hemos sido destinados por el obispo, a la comunidad diocesana y universal. Un celibato sin amor es tan absurdo como un matrimonio sin amor.

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2. El celibato en el Nuevo Testamento a) Jesús no habla de su propio celibato. Ni habló mucho, sino poco, del celibato de aquellos que, por seguirle y dedicarse a promover su Reino se abstenían voluntariamente de la vida conyugal y paternal. Pero los reconoció y los alabó como receptores de una gracia especial en un texto consignado por Mt. 19,11-12 “Algunos no se casan porque nacieron incapacitados (literalmente, eunucos) para ello; otros porque los hombres los incapacitaron (literalmente: hay eunucos que fueron castrados por los hombres) y otros eligen no casarse (literalmente: se castraron a sí mismos) a causa del Reino de los cielos. Quien pueda poner esto en práctica, que lo haga”. Este es el texto completamente seguro en el que Jesús reconoce y da por bueno el celibato de sus seguidores célibes entregados al Reino y en el que quizás defiende su propio celibato contra la acusación de eunuco. Según Rondet y otros el celibato está reconocido y alabado por Jesús también en Lc 18,29b-30: “Os aseguro que todo aquel que haya dejado casa, mujer, hermanos, parientes o hijos por el Reino de Dios recibirá mucho más en este mundo y la vida eterna en el futuro”. “La dicha prometida a los que dejen mujer e hijos por el Reino solo puede comprenderse… en el contexto de una elección voluntaria del celibato” (Rondet: “El celibato en un mundo mixto” pg 36). Enzo Bianchi aduce otro texto (Mt 22,29-30). El matrimonio es una realidad penúltima. Después de la resurrección, “ni ellos ni ellas se casarán”. En este contexto el celibato es considerado como un signo anticipado de la situación futura y definitiva adoptado por Jesús. “Este texto no formula una declaración explícita en pro del celibato, pero establece las premisas para su comprensión cristiana” (N.D.E.). Algo semejante al último texto aducido podría decirse tal vez de Mc 10,29-30, en el que la mención propiamente cristológica es más explícita aunque no es del todo clara la alusión al celibato en concreto: “os aseguro que todo aquel que haya dejado casa o hermanos o her-

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manas o padre o hijos o tierras por Mí y por el Evangelio recibirá en el tiempo presente cien veces más… junto con persecuciones”, etc. En ningún momento dice que el estado de célibe es más evangélico que el matrimonio. b) Pablo en 1Cor 7 habla largamente del matrimonio y el celibato. Reconociendo que ambos son un don de Dios y estableciendo que, como norma general, cada uno se mantenga en el estado de vida en que se encuentra, no deja sin embargo de decir que, aunque en este punto no hay precepto del Señor, sino consejo del Apóstol, el célibe (ágamos) en las circunstancias especiales en las que se encuentra la comunidad (espera próxima de la parusía) puede vivir mejor sin las preocupaciones (amerimnia) y las distracciones (aperíspastos) propias de los casados, para “preocuparse de las cosas del Señor (2 veces) y fomentar el trato asiduo con el Señor”. En estas dos razones estriba para él la preferencia del celibato. Este pensamiento cobrará fuerza sobre todo a partir del S. Basilio de Cesarea (s. IV). Lamentablemente se entremezclará con otros pensamientos heredados de la cultura pagana como la incompatibilidad de ejercer el culto divino con la relación conyugal previa a tal ejercicio o el menosprecio griego de la sexualidad en algunos sectores importantes de la cultura helenista. 3. El panorama real del celibato entre los sacerdotes Dos mitos deforman la realidad de la concreta vida célibe de los sacerdotes. El primero lo concibe como pura fachada pública y oficial que esconde una actividad genital privada y clandestina. El segundo lo imagina como una pacífica y serena posesión de este valor evangélico que se encontraría generalmente en los sacerdotes al abrigo de dificultades y debilidades. El celibato real que he ido conociendo en un hondo contacto de casi cincuenta años con un amplio número de sacerdotes de diferentes edades y naciones me ha inmunizado respecto de ambos mitos.

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Tampoco me satisface la apreciación excesivamente sumaria de G. Mauco que afirma: “Un tercio de sacerdotes cae y se levanta; un tercio cae y no se levanta; un tercio no cae, sino que permanece en pie”. El estudio que realicé en Lovaina junto con tres sacerdotes de tres nacionalidades europeas bajo la estrecha dirección del profesor Vergote es bastante distante de este cómputo poco riguroso. En el celibato hay además deslices y deslices, resbalones habituales y eventuales. Estudios y experiencia convergen a la hora de identificar cuatro grupos de sacerdotes en punto al celibato. Un porcentaje minoritario, pero nada desdeñable, vive su celibato no solo dignamente, sino serena y limpiamente. Lo perciben como una forma de existencia connatural con su entrega específica al Señor y a su comunidad. Registramos en ellos la alegría de ser célibes (tienen su deseo puesto en el Señor y en su comunidad y el deseo satisfecho produce alegría). No es el suyo un celibato exento de dificultades ni tampoco de algunas debilidades, generalmente de importancia menor. Tales dificultades y debilidades no merman, sino estimulan su vida orante y su entrega pastoral. Para otro grupo, más numeroso, el celibato es un intento honesto y un logro aceptable. Intento y logro que no llega a disipar un cierto malestar tolerable aunque frecuente. Luchan contra sus debilidades. Experimentan, sobre todo en algunas épocas de su vida, un sentimiento de soledad y un anhelo de intimidad genital. Algunos deslices más eventuales que habituales ensombrecen su trayectoria célibe, aunque no afectan notablemente ni a su identidad presbiteral ni a su voluntad de seguir siendo célibes, ni a la habitual serenidad y alegría de su presbiterio. Existe también un grupo bastante notable de presbíteros que viven su celibato en una tensión incómoda y sufriente. Se percibe en ellos una insatisfacción crónica, más o menos consciente, que se manifiesta en un resabio de tristeza y malhumor. Parecería que quieren ser célibes y, al mismo tiempo, no se resignan a serlo. Aunque no lleguen a formularlo así, al parecer asumen el celibato porque constituye en la Iglesia occidental una condición “sine qua non” para ser sacerdotes. Y ellos quieren serlo,

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aunque con alguna frecuencia este querer se va quebrando por la presión sentida y a veces consentida. Algunos entre ellos establecen mecanismos defensivos identificados técnicamente como represión, para neutralizar sus impulsos genitales y sus ansias amorosas y para des-sexualizar a la mujer, intentando, con dudoso éxito, considerarla como “un alma”. Es preciso reconocer que un porcentaje minoritario está más o menos instalado en la doble vida. Tal vez guardan impecablemente la apariencia. Pero están atrapados en relaciones genitales y amorosas con una mujer (eventualmente con un hombre) que no son incidentales, sino habituales. En otras ocasiones anudan relaciones genitales sucesivas o simultáneas con varias mujeres. Al principio experimentan el remordimiento. Con el paso del tiempo éste se va amortiguando, aunque casi siempre queda un malestar que pretenden apagar con una autojustificación o una mutación de sus criterios morales. Quiero dar fin a este apartado con tres consideraciones: - Nuestro celibato es casi siempre frágil e incompleto. Somos célibes, pero no dejamos de ser “aprendices de célibes”; “aprendices de seguidores”; “aprendices de curas”. - Nuestro celibato, mirado evangélicamente, no se mira tanto por algunos deslices sinceramente lamentados y combatidos, sino por el amor al Señor y a la comunidad, por la decisión de ser célibes y por la apenas existente influencia de tales debilidades sobre la vida orante y la pasión apostólica. - El gozo de progresar en la vivencia práctica del celibato es de una calidad casi inefable. 4. Las etapas en la vida de un sacerdote célibe Bonnot, un especialista norteamericano en esta materia, dice que a lo largo de su vida un cura vive “varios celibatos diferentes”. El celibato tiene unos elementos estructurales invariantes en toda su trayectoria. Pero en cada fase tiene un objetivo preferente, unas potencialidades, unas tentaciones 90


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específicas o más poderosas y necesita más intensamente determinados apoyos. Veámoslo a) La etapa juvenil (+ 18-25 años)

El objetivo específico de esta fase es que el celibato se vaya aclimatando en el candidato. Generalmente éste vive antes su atractivo por el ministerio que por el celibato como valor de su concreta vida y misión. Al principio el celibato es más bien algo que va “en la cesta” de otro valor atractivo para él. Se empieza a identificar con el celibato no sin dificultades y dudas y sin mucho entusiasmo.

A medida que va avanzando, si va recibiendo formación adecuada en este punto (cosa poco frecuente), se va alumbrando un primer descubrimiento del valor del celibato. Ya no es una simple condición para ser sacerdote. Empieza a atraerle. Va digiriendo, todavía con dificultades, que es una opción para toda la vida. A través de las dificultades y debilidades que experimenta va intuyendo que su práctica es una gracia especial de Dios. Asume asimismo algunas consecuencias prácticas. Por ejemplo, en el trato con las muchachas va pasando de la seducción al reconocimiento; de la actitud defensiva a la naturalidad; de la obsesión a la libertad del corazón. Debe pedírsele que la renuncia a las fantasías eróticas y a las miradas cargadas de deseo sea total (aunque las debilidades eventuales en situaciones depresivas o de stress no son tan importantes). Más difícil le suele resultar la continencia respecto del autoerotismo. Pero sí es preciso alcanzar dos “metas parciales” en esta dura etapa de montaña: pasar de un comportamiento habitual a uno eventual y lograr que este comportamiento no altere sensiblemente su vida orante, comunitaria, académica y apostólica. En esta etapa juvenil la dificultad principal es el deficiente control de la presión hormonal y el atractivo de un amor de pareja todavía idealizado. Los apoyos son la buena formación en el celibato, el acompañamiento espiritual y las verdaderas amistades masculinas. Las virtudes específicas o

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intensivas: la autodisciplina y la transparencia comunicativa y, por supuesto, la íntima y cuidada amistad con el Señor. b) La etapa del adulto joven (25-40 años)

En el decurso de esta fase, el celibato ya aclimatado, ha de arraigarse, es decir, ha de ser sentido como connatural con su vida y misión; incorporarlo a su proyecto vital global. Sentirse cura célibe. No sin dificultades. La vitalidad sexual es ascendente. La tendencia a pasar del trato con muchas mujeres al trato especial con una mujer se acentúa. El deseo de paternidad muestra claramente su rostro en la fase final de esta etapa. La vida apostólica gratifica, pero choca también con los límites reales. El trato más libre con las mujeres requerido por el ejercicio del ministerio y las confidencias que de ellas recibe con alguna frecuencia propician ocasiones para propasarse, siquiera levemente. Son frecuentes en esta fase los procesos, al menos iniciales, de enamoramiento, y no es tan infrecuente que las tensiones genitales y pastorales encuentren una vía de escape engañosa en la regresión a un autoerotismo masturbatorio que parecía quizás superado. No es, a mi juicio, todavía tiempo apto para una verdadera amistad femenina. Los apoyos son el ministerio mismo con sus gratificaciones, el contraste pastoral y personal con un sacerdote más experto y la auténtica amistad con algún o algunos colegas. Las virtudes a cultivar, la adhesión vital mental, volitiva y afectiva al Señor, la oblatividad en el servicio y el cuidado para mantener un equilibrio entre interioridad y exterioridad c) La etapa del adulto mayor (40-60 años) Todos los expertos que conozco (Jung, Tauler, Guardini, Grünn, Cencini, etc.) registran en una fase de esta etapa vital una crisis global y general (también en los no célibes) de mayor o menor calado. En substancia es crisis de eficacia y crisis de sentido. La crisis de eficacia es provocada por la

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desproporción entre esfuerzos y resultados. La crisis de sentido es provocada por una duda existencial de si merece la pena gastar nuestra vida “en esto” y quemar otras alternativas vitales. Más aún, en algunos no tiene sentido ninguna de ellas. No puede extrañarnos que esta crisis global repercuta en el celibato de los sacerdotes. Algunos dejan el ministerio. Otros mantienen un celibato poco dichoso. Hay quienes viven alternancias entre fases positivas y negativas. Otros incurren en la doble vida. Bastantes resisten bien y salen reforzados de la crisis. No es tiempo de evasiones (dedicarse a un trabajo pastoral frenético, entregarse a una trabajo civil o a una vida de distracciones y viajes, etc., etc.). Es el momento de la llamada segunda conversión. No seremos auténticamente confortados ni por evasiones ni por otros recursos de este tipo. Seremos salvados por un encuentro o reencuentro con el Dios de Jesucristo. Y dentro de este reencuentro, el objetivo específico de nuestro celibato será el de optar existencialmente por Él. Hicimos opción pública por el celibato en el diaconado. Pero así como fuimos sacramentalmente presbíteros desde el día de la ordenación pero nos fuimos haciendo existencialmente presbíteros en los diez primeros años, algo de esto sucede con nuestro celibato. Ha llegado la hora de la opción existencial y definitiva. La hora de quemar de verdad las naves de retorno. La tentación suele consistir en propasarnos con alguna mujer con la que hemos anudado alguna amistad y confianza. Los apoyos son las grandes amistades masculinas que enriquecen nuestra intimidad, nuestra riqueza interior; la comunicación transparente de nuestro interior a un testigo lúcido, cercano, libre y respetuoso y el cultivo esmerado de una íntima relación también afectiva con Jesucristo. d) La etapa a partir de los 60 El vigor sexual remite, aunque no se debilita del todo. La soledad propia del celibato es asumida con menor tensión. La experiencia acumulada es 93


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mucha. Hay que convertirla en sabiduría espiritual y apostólica. Este es el objetivo específico de esta fase en la que no se dramatizan los problemas, el presbítero se vuelve más tolerante y engendra una gran capacidad de ternura, desprendida de los reflejos posesivos de etapas anteriores. El celibato discurre de manera digna y escasamente problemática, sin dejar de serlo del todo. Esta es la alternativa “buena”. Pero si el pasado de nuestro celibato ha sido accidentado o ciegamente reprimido, puede revivir en nosotros un deseo insatisfecho, propiciado en parte por las mayores facilidades actuales (TV., Internet) y desproporcionado al vigor biológico, hormonal, del sujeto. Aparecen dependencias de programas picantes (a veces, pornográficos), amores tardíos, que acidulan o, en el límite, desbaratan nuestro celibato. La tentación: el deseo (en algunos) de “atrapar el pasado”. Los apoyos: un grado de actividad ministerial y la relación de confianza con personas y grupos, la conciencia serena de la creciente cercanía del último Encuentro. La virtud, el agradecimiento por nuestra vida ministerial y célibe e) Un celibato probado por la debilidad, pero celibato de verdad No es infrecuente encontrarse con sacerdotes de aceptable vida espiritual y apostólica, contentos de ser presbíteros que, sin embargo arrastran con dolor y preocupación una servidumbre mayor o menor de autoerotismo masturbatorio. Perciben con claridad que se trata de un comportamiento incoherente con su consagración célibe. Luchan, se confiesan, procuran poner en juego los medios para combatirlo. Suplican al Señor que su gracia les ayude a superarlo. Quieren ser célibes. Pero la debilidad persiste. Algunos se preocupan demasiado, aunque a otros les ronda la tentación de resignarse un tanto pasivamente. Pero ni su oración, ni su identidad presbiteral ni su vigor apostólico se resienten sensiblemente. No hemos de infravalorar el celibato de estos sacerdotes. El alma del celibato es el amor al Señor y a la comunidad y la consiguiente voluntad de ser cada día más fieles a su compromiso. Un celibato así es más auténtico que otro más “impecable”, pero menos humilde y más intransigente. 94


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5. Celibato y construcción de la comunidad (dimensión eclesiológica del celibato) Pablo VI en “Sacerdotalis Coelibatus” recogió admirablemente las tres dimensiones de una teología del celibato: la cristológica, la escatológica y la eclesiológica. Pasamos ligeramente por la dimensión escatológica, hoy tan apagada en la consciencia general, incluso en la de muchos célibes. No nos referiremos escuetamente a la dimensión cristológica expresada con todo vigor y claridad en las conferencias de José Ignacio Blanco y Antonio Bravo. Nos detendremos más (aunque condensadamente) en la dimensión eclesiológica (celibato y construcción de la comunidad). Renunciar a la vida conyugal y paternal por entregarse a vivir un ministerio que requiere el celibato equivale a confesar con esta forma de vida que el matrimonio y la familia son realidades muy nobles, valiosas y necesarias, pero penúltimas, es decir, vigentes en este mundo, no en la vida eterna. Es anunciar testimonialmente de manera radical y visible que la existencia humana está orientada hacia un punto focal más allá de la historia, en plena y eterna comunión con Dios y con la familia humana (dimensión escatológica). Abordamos la dimensión eclesiológica, en una secuencia de afirmaciones. a) El alma del celibato como constructor de la comunidad es el amor de identificación con Cristo Pastor La psicología profunda establece una distinción entre el amor de identificación y el amor de comunión (al que designa con un término técnico que suena horriblemente: amor objetual). Por el amor de identificación incorporamos criterios, actitudes, comportamientos de la persona querida mediante la contemplación admirativa de esta persona. Así es, por ejemplo, el amor de un niño hacia su padre querido y admirado. Absorbe como por ósmosis los rasgos y querencias de su padre. El amor de comunión no pretende imitar a la persona querida, sino entregarse a ella y, de ordinario, recibir de ella una entrega análoga. El amor de los esposos es de esta naturaleza. 95


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Naturalmente el célibe, como todo cristiano, ama también al Señor con amor de comunión que se despliega en muchas forma de oración. Son una dimensión necesaria del amor y sustenta el mismo amor de identificación con Él. Pero la forma de amor específica es el amor de identificación con Cristo Pastor. En la contemplación del Señor, de su relación amistosa con sus discípulos, de su sintonía profunda con la gente, de la compasión por los sufrientes y enfermos a los que sana de sus males y pecados, de su cercanía con los excluidos de la comunidad religiosa y humana, de su anuncio valeroso hasta el martirio, de su preocupación por crear el núcleo de la futura comunidad cristiana, el sacerdote percibe que para Jesús el anuncio e inicio del Reino no le deja espacio físico ni psíquico para dedicar a una mujer y una familia toda la atención y la dedicación que ellas requieren y merecen (Blizer, Adonolfi). El celibato es “para Él una forma de vida que evoca (y realiza) la total disponibilidad interior y la orientación de toda su vida hacia los intereses del Reino, que consiste en la realización de la paternidad de Dios sobre los hombres. El deseo del Padre de salvar a los humanos es la razón y el motor de su vida… El Reino de Dios ha hecho irrupción en la historia y ello le reclama una actitud interior tan total y tan pronta que ninguna realidad terrena puede hacerle sombra” (González Faus). El amor de identificación a Jesucristo Pastor hace germinar en algunos de sus seguidores, y hoy en el sacerdote, una opción célibe del mismo estilo que la de Jesús y por los mismos motivos: el amor al Padre, a su Reino y a la comunidad explícita de los seguidores de Jesús, signo, inicio y promotora de este Reino. La Conferencia Episcopal alemana (“Ministerio sacerdotal”. Ed. Herder nº 53) escribe: “El ministerio sacerdotal empeña todo nuestro ser. No es una dedicación profesional, sino una entrega personal y completa… En este contexto hemos de ver el sentido del celibato sacerdotal como expresión de la plena disposición en aras de un ministerio que nos compromete de modo total. Si tratamos, con la ayuda del Señor, de vivir en profundidad la gracia del celibato, éste no supondrá una merma notable de nuestro ser, sino que resultará una fuente de energía que nos permitirá cumplir mejor las tareas de nuestro ministerio”. 96


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b) El celibato presbiteral, signo palpable de la caridad pastoral PDV nº 23 afirma: “El principio interior, la virtud que anima y guía la vida espiritual del presbítero, en cuanto configurado con Cristo cabeza y pastor es la caridad pastoral”. Esta virtud central en el sacerdote es participación del amor pastoral de Cristo, amor a Cristo Pastor y a su comunidad, amor “primario y principal” (Dianich) que se concentra en la comunidad encomendada por el obispo, en la comunidad diocesana y en la comunidad universal. Sus dos ejes estructuradores son la familiaridad afectiva y la fidelidad. Ambos ejes comunican al sacerdote una sentida consciencia de pertenencia a Cristo Pastor y a su comunidad. La caridad pastoral actualizada, renovada, robustecida en la Eucaristía es el principal recurso sacerdotal para cumplir su misión: orientar, dinamizar y aglutinar a la comunidad a su cargo, “convocándolo con la Palabra, congregándolo con la Eucaristía y conduciéndolo con su testimonio y orientación” (M. Legido). El carisma recibido en la ordenación es su yacimiento permanente. El ejercicio de las tareas ministeriales despliega la caridad pastoral. En dos pasajes (LG 42 y PO 16) el Vaticano II sostiene que “la perfecta y continua castidad (= el celibato) es signo y, al mismo tiempo, estímulo de la caridad pastoral y fuente privilegiada de fecundidad espiritual en el mundo” PDV n 29 repite literalmente dos veces idénticas palabras. Me permito comentar las tres palabras-clave de este texto repetido: signo, estímulo, fecundidad. - El celibato es signo: quien por amor al Señor y a la comunidad y sus miembros renuncia de por vida a una aspiración tan noble y profunda como el amor conyugal y la paternidad está manifestando (significando) abiertamente su caridad pastoral eminente. Tal signo se convierte en contrasigno cuando este celibato está seriamente averiado. Ciertos deslices eventuales y no graves no desdoran en demasía este signo. Pero existe una correlación entre caridad pastoral y celibato. Cuando una de las dos actitudes flaquea, la otra registra un debilitamiento. Con la pérdida de vigor de la caridad pastoral, nuestra genitalidad reclama imperiosamente satisfacción. Correla97


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tivamente, cuando el celibato se cuartea, el sacerdote se va desidentificando (total o parcialmente) de su caridad pastoral. - El celibato es estímulo: contribuye a avivar la caridad pastoral. Porque los motivos de ambos son convergentes: el amor al Señor y el amor a la comunidad se refuerzan mutuamente. Porque, además, un célibe bien dispuesto dispone de un rico capital afectivo cuyo destino espontáneo son la esposa y los hijos. Según algunos expertos el hombre casado invierte ordinariamente el 50% de este capital afectivo en su familia. Este capital (hecho de afecto, preocupación, creatividad, responsabilidad, abnegación, gratificación, esperanza) debidamente sublimado (¡atención a esta palabra clave y delicada!) engrosa y engrasa nuestra caridad pastoral. Cuando nuestro celibato claudica, lejos de enriquecerla, la empobrece. “El celibato del sacerdote, dice Dianich, no se deriva de la separación, sino de la profundidad de su vínculo con los humanos. Ellos constituyen la comunidad nacida de su carisma apostólico, destinada a condensar la capacidad de amar que un hombre lleva dentro de sí” (N.D.E.). Para que esta inversión de amor se realice es preciso vivir con pasión el ministerio. Entonces se tornan verdaderas las palabras de Jon Sobrino: “Por el celibato (el sacerdote) asume el potencial emotivo disponible para convertir su trabajo apostólico en pasión”. - El celibato es fuente privilegiada de fecundidad: El desplazamiento de las energías vitales que giraban en torno a la pulsión genital hacia la misión apostólica confiere a esta vida (siempre que el desplazamiento se dé realmente) un vigor, una vitalidad, un entusiasmo, una creatividad, una tenacidad y una gratificación que repercute notablemente en la eficacia y fecundidad pastoral. La capacidad de relación implicada o implicadora se potencia sensiblemente en un celibato logrado, bajo la acción del Espíritu. En ocasiones la brillantez, el atractivo y el protagonismo de un célibe mediocre o desmadejado pueden mantener durante algún tiempo una fecundidad que tendrá más apariencia que realidad. Pero el tiempo suele venir a 98


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poner las cosas en su sitio y a deslindar éxito y fecundidad. A no ser que Dios limpie también con agua turbia las escaleras de nuestra casa. El amor que nace de este desplazamiento de energías vitales al polo de la misión tiene una alta calidad (si los procesos han ido por buen camino): es oblativo. El amor oblativo del célibe ofrece mucho y pide poco. Nada que sea amor genital. Le bastan las muestras normales de afecto, algunos detalles, la sensibilidad de feligreses ante su testimonio y su anuncio, la voluntad de colaboración de algunos en el proyecto pastoral, el ver crecer humana y espiritualmente a personas de su entorno. A través de estos signos (y, en ocasiones, en la oración, en la lectura o en otros episodios de su vida) percibe el consuelo de Dios. Llevado de este amor oblativo, quiere a su gente sin cautelas medrosas ni reservas egoístas. Cuando se encuentra con la pobreza, el sufrimiento, la enfermedad, la miseria moral y espiritual, la esclavitud de los vicios, su caridad pastoral célibe se expresará primariamente en forma de misericordia. Es consciente de que su misericordia pastoral actualiza la Misericordia del Buen Pastor. El amor oblativo soporta no sin dolor, pero sin descomponerse, la incomprensión, la desafección, incluso la sospecha de algunos feligreses. No es insensible a la correspondencia, pero no la busca como un mendigo. En cambio, si el amor oblativo no ha prendido en él tenderá a ser poco más que un funcionario eclesial. Debajo de “un cura funcionario” hay un celibato al menos sensiblemente deficiente. 6. Celibato y evangelización de los pobres La sensibilidad para con los pobres de cualquier condición es uno de los componentes de la virtud cristiana de la misericordia y un registro irreemplazable del alma del pastor. La querencia hacia los últimos, los marginados, los olvidados, los ancianos en soledad, los carentes de atractivos humanos ha de ser una característica relevante de su perfil espiritual y 99


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pastoral. El celibato motiva, reclama y facilita esta querencia a causa del tipo de amor que surge del célibe evangélico. a) La pobreza provocada por la injusticia La pobreza no es un hecho puramente individual. Hay grupos, etnias, estratos sociales, poblaciones flotantes, continentes que están bajo la severa pandemia de la pobreza. Muchas de estas pobrezas son provocadas precisamente por los que no son materialmente pobres. Muchísimas entre ellas tienen posibilidad de ser erradicadas o al menos, sensiblemente aliviadas. Me permito transcribir un texto tomado de C. Domínguez en su número “La aventura del celibato evangélico” (Revista Frontera). “El Reino de Dios tiene rostro humano. Tiene el rostro del publicano y de la prostituta, del impuro leproso y del amenazante endemoniado, de la mujer hundida en su vergüenza de hemorroísa y del enfermo postrado en su impotencia. El Reino de Dios tiene el rostro de todos aquellos que el orden del sistema excluye y anatematiza. Tiene hoy el rostro del niño de la calle, del indígena indignamente sometido, de la mujer violada fuera o dentro del matrimonio, del homosexual avergonzado, del africano aprisionado en la hambruna, del emigrante muerto en las pateras, del refugiado retenido en un campamento, del deprimido anhelante de su muerte, del joven violento de nuestras urbes, del drogadicto autodestruido, del “sidoso” abandonado, de tantas y tantas criaturas humanas que, escandalosamente, se encuentran tan lejos de la dignidad y felicidad que merecen y Dios quiere para cada una de ellas. Esos rostros humanos son los que suscitan la pasión por el Reino, los que arrebatan el corazón del seguidor célibe y los que mantienen el dinamismo de una fe esperanzada desde la fe en la Resurrección”. b) La curación de las heridas El mensaje de Jesús (y su conducta) no se limita a decirnos “Id y anunciad” o “Id y bautizad”. Nos dice con análogo apremio: “Id y curad”. Este último lema está todavía crudamente reclamado por la situación de amplias zonas 100


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de todos los continentes. En la parcela del mundo en que vivimos, las dolencias físicas reciben cuidados técnicos cada vez más eficientes. Pero nuestro patio occidental está poblado de mucha gente con heridas de otro género que reclaman nuestro cuidado. “Dado que el celibato sacerdotal se funda teológicamente en el celibato de Cristo (que anunció y curó), debe asumir la modalidad de la cura (de los heridos por la vida). De lo contrario se priva a sí mismo de un elemento afectivo decisivo en una doble dirección: no solo hace menos eficaz el ejercicio del ministerio como signo de acción del mismo Cristo en beneficio de los otros, sino que, además, privando al seguimiento de un elemento esencial, deja abierta la cuestión de que su celibato sea auténtico y “vivible” (Guarinelli). c) Los pobres en amor El celibato es, asimismo, una forma de comunión y solidaridad con una clase de pobres: los pobres en amor. En efecto, el carisma del celibato es, por un lado, una riqueza. Es, como todo carisma, un don que se nos da “primario in utilitatem aliorum” como decía ya la teología clásica. Pero también enriquece nuestra personalidad cuando, al menos es un intento honesto y un logro aceptable; desarrolla la familiaridad, favorece la oblatividad, promueve la universalidad, facilita la autonomía afectiva y refuerza la capacidad de vivir positiva y productivamente la soledad. (Cencini: “Virginidad y celibato”).

Pero el celibato es, al mismo tiempo, una forma existencial de pobreza. Vivir el amor conyugal enriquece muchos armónicos de la sensibilidad, profundiza la capacidad de intimidad, serena la afectividad y el mundo pulsional, conjuga dos componentes humanos imprescindibles (la autonomía y la vinculación), suscita gozo y goce, suministra compañía cercana y solidaria para arrostrar los golpes y zarpazos de la vida. Compartir con una mujer la dicha (y la preocupación) de tener hijos refuerza extraordinariamente el espíritu de responsabilidad, la motivación para desvelarse y sacrificarse, la generosidad para dar más amor a los hijos del que reciben de ellos en correspondencia. Naturalmente esto sucede en los matrimo101


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nios logrados. Los malogrados son muy frecuentes. No creo que los fracasos conyugales y familiares sean hoy más escasos y menos traumáticos que los fracasos celibatarios. El sacerdote célibe renuncia voluntariamente al amor conyugal y paternal. Se priva, al menos en parte, de las experiencias y situaciones que favorecen la maduración y la dicha propia de los matrimonios logrados (también de las desdichas de los matrimonios malogrados y del sufrimiento presente en todos los matrimonios). Precisamente esta pobreza voluntaria y dolorosamente asumida “sin vuelta de hoja” es la que nos permite una comunión de solidaridad específica con los pobres en amor. Son muchos millones en este mundo: mujeres abandonadas, maltratadas, víctimas de un machismo agresivo y dominante, utilizadas como puro entretenimiento de placer, explotadas y condenadas a la prostitución; esposas engañadas y arrumbadas; hombres engañados por sus esposas; matrimonios decepcionados que arrastran una vida sin amor, sin respeto mutuo y con agresividad; rupturas conyugales que dejan heridas en consortes e hijos y que tardan en cicatrizar; solteros y solteras de necesidad que no han elegido su soltería sino que la padecen con una tasa alta de insatisfacción; personas poco atractivas o deformes que no se han sentido jamás deseadas por nadie; niños con carencias afectivas graves que mañana serán muy probablemente incapaces de amar; jóvenes que, en esta cultura, saben lo que es pasión narcísica pero no amor verdadero. Son pobres en amor. No han elegido su pobreza; la padecen. Acompañar a esta muchedumbre doliente es cometido de diferentes carismas religiosos y laicos. Pero es también misión de los sacerdotes. Por caridad pastoral, cuyos destinatarios principales han de ser los pobres. Además porque en virtud del celibato han asumido voluntariamente una forma de existencia que comporta una pobreza en parte análoga a la suya. A ellos ha de ofrecerles silenciosa y discretamente, por presencia y por cercanía, el testimonio de una vida serena y provechosa. De este modo puede ayudarles a vivir un poco más acompañados la soledad y la “pobreza en amor” que involuntariamente padecen. Puede ayudar a algunos a salir 102


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de su pobreza mediante el recurso a medios moralmente aceptables para rehacer su vida. Puede incluso lograr que determinadas “solterías por necesidad” hagan un recorrido y se vayan convirtiendo, con su ayuda, en celibatos por el Reino. d) La aportación del celibato a la comunidad cristiana En tiempos de Jesús la soltería era un estigma social: “siete cosas condena el cielo y la primera de ellas es el hombre que no tiene mujer” afirmaba una sentencia rabínica. En siglos posteriores se alternaban, en el trato con solteros y célibes, el respeto y el menosprecio. Según los sociólogos hoy la soltería está ganando adeptos. Los motivos por los que se adopta este estado de vida son muy diversos y de distinta calidad. A pesar de que el clima predominante es todavía la sospecha, el celibato como una forma de soltería podría ser objeto de una consideración más benévola en estas nuevas circunstancias. En realidad se la merece. Porque la existencia de un número notable de personas célibes cuya madurez, alegría de vivir y fecundidad social no puede ponerse en duda, muestran que para el despliegue humano no existe una única vía necesaria: el amor sexual y paternal. Ellos muestran no solo a los creyentes, sino a todos los humanos que existe otra alternativa diferente al amor genital, ciertamente minoritaria, que puede producir madurez, fecundidad y gratificación. Esto es ya una aportación a la sociedad. Sobre este testimonio sin palabras habríamos de mostrar con consideraciones de carácter antropológico que la forma de existencia célibe, debidamente apoyado en motivos cívicos socialmente nobles o religiosos es no solo posible sino que está provista de dignidad humana. Muchos libros y trabajos que tocan el tema de la sexualidad e incluso aquellos que abordan el celibato se ocupan poco de esta defensa. Esta forma de existencia no solo es digna, sino favorable y saludable para la sociedad. Lo han experimentado un inmenso número de personas que

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han recibido de personas célibes (y precisamente por serlo) atenciones, servicios y entrega de alta calidad humana. Pero donde la reflexión (escasa pero rica) ha aportado más es acerca de los servicios que un celibato auténtico puede prestar a la vida matrimonial, al tiempo que el celibato se enriquece, es un contraste saludable, con ésta. Recojámoslos escuetamente: - El amor matrimonial auténtico es real, concreto, de una densidad casi tangible. Esta es una de sus virtudes. Conlleva un riesgo (no una fatalidad). Dada la intensidad de este amor, puede ceñirse en exceso al amor a la esposa o compañera y a los hijos y a un pequeño entorno. El célibe auténtico con su vida abierta y entregada a muchos hermanos y hermanas les avisa discreta y silenciosamente de esta tentación. Pero el aviso es recíproco. Ese amor extendido a tantos corre el riesgo (no la fatalidad) de amar superficialmente a muchos para no amar de verdad a nadie, es decir, no comprometerse con sus vidas. Afecto pasajero, aprecios en función de los servicios que recibimos o esperamos son síntomas de inmadurez celibataria. Implicarnos serenamente en el crecimiento integral de las personas a nuestro cargo es signo de un celibato “como Dios manda”. - El amor matrimonial está suscitado e inicialmente sostenido por el deseo de un encuentro pleno y una mutua transparencia total. Deseo inicialmente saludable, pero necesariamente ilusorio. El otro, la otra no son solo diferentes; son “otros”. Felizmente; porque si no lo fueran llegarían a una fusión en la que se diluirían los sujetos de la relación conyugal. Pero con todo la decepción es real en muchos. Hay que hacer un duelo. Muchos matrimonios lo hacen y renuncian a la pretensión de ser “todo” en la vida del cónyuge y de esperar que el otro sea “todo” para mí. Otros no logran hacer este duelo. El célibe bien construido está mostrando con su propia vida, que asume las insatisfacciones debidas a la renuncia en este mismo campo; que solo Dios es capaz de llenar del todo en la vida eterna esa tasa notable de insatisfacción, de soledad, de necesidad de plena comunicación y de transparencia de todo corazón humano. Sin fun104


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dir las personas en Él. Al contrario, personalizándolas inefablemente. También aquí puede residir una de las tentaciones para algunos célibes: que la experiencia de tantos matrimonios insatisfechos o malogrados le conduzca a subestimar la nobleza del compromiso de pareja y familia. Aunque, según mi experiencia, son más los célibes inmaduros que idealizan la relación conyugal, sobre todo cuando están en fase de enamoramiento. - El amor conyugal está constituido sobre el doble juego de la entrega y la demanda. El cónyuge se entrega y desea sexualmente a su pareja. Al mismo tiempo pide que su pareja se le entregue y le desee. Es un amor simétrico: ofrece lo mismo que demanda. Las reglas de juego de este amor, regidas por este criterio de simetría, están claras. Entrega y demanda son dos polos dialécticos que cuando están tensados en su punto, se potencian mutuamente. El amor humano no pierde intensidad ni calidad por el hecho de que comporte un movimiento de demanda. Con todo, este equilibrio delicado está sometido a riesgos. En bastantes ocasiones la demanda se hipertrofia y consiguientemente la entrega se atrofia. Los celos patológicos son el caso extremo y trágico de este desajuste que acaba destrozando a ambos y, con demasiada frecuencia, segando la vida de muchas mujeres. Pero por debajo de este extremo subsisten en muchas parejas serios desajustes. El célibe realizado advierte a los casados viviendo un amor de cuño un tanto diferente. El amor célibe maduro se caracteriza por un desarrollo admirable del registro de la oblatividad y una reducción notable del registro de la demanda. Así son también otros amores como el parental: dan mucho más de lo que reciben. Pero esta forma de amar corre también su riesgo. Se pude cobrar “no en metálico, sino en especie”. Un sacerdote puede no pedir signos de amor ni roces eróticos. Pero puede pedir admiración, autoridad indiscutible, docilidad, exclusividad. Es una manera encubierta de desnaturalizar su entrega célibe y de deslizar, so capa de dirección espiritual, demandas eróticas soterradas y disfrazadas. 105


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He aquí lo que he podido formular acerca del extenso tema que me habéis asignado. Mis reflexiones son manifiestamente mejorables y desarrollables. Confío en que individual y colectivamente completéis los vacíos de mi intervención. Mons. Juan María Uriarte Obispo emérito de S. Sebastián

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III.5.- la ESPIrITualIdad dEl PaSTor CÉlIbE Introducción: Vivir el celibato es algo más que concebirlo correctamente y mantener la coherencia postulada por él. “La cuestión no está en guardar el celibato, sino en ser célibe” (S. Gamarra). En hacer nuestra una forma de existencia célibe. En impregnar nuestra conducta célibe de una espiritualidad coherente con la naturaleza del celibato evangélico y ministerial. Sin olvidar que somos siempre “aprendices de célibes”. Entre el celibato que queremos y el celibato que tenemos se sitúa el celibato que podemos. Con la ayuda del Espíritu. Recojamos algunos rasgos de nuestra espiritualidad celibataria. Habríamos de completarlos con los que tocan más profundamente su raíz teológica y psicológica (cap. 5 de mi libro; cap. 5 de Domínguez). 1. Espiritualidad de la autotrascendencia teocéntrica y cristocéntrica La expresión es del propio Rulla, eminente antropólogo estudioso del celibato. Un célibe genuino no es un ser confinado narcísicamente en la autosatisfacción de sí mismo. Sale de su enclaustramiento mediante la relación con los demás (autotrascendencia). Esta relación se atiene a tres parámetros: es una relación rica de sujeto a sujeto; trata a los demás respetando su alteridad y resulta fecunda para los sujetos en relación.

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Pero la autotrascendencia del sacerdote célibe no se realiza debidamente solo con esta autotrascendencia horizontal, por supuesto necesaria y saludable. Traspasa la horizontalidad y accede a una relación mental, volitiva y afectiva con Dios. Esta relación lleva consigo sentirse amado inefablemente por Dios y en corresponder a este amor con una entrega libre y lo más total posible. Este amor que se entrega así es el centro y el criterio discernidor de todos los amores de nuestra vida (autotrascendencia teocéntrica). Lleva consigo un deseo gozoso de Dios y una atracción por el cumplimiento de su proyecto salvador y liberador que, en el caso del sacerdote célibe se traduce en una pasión por su Reino y por la comunidad explícita de Jesús. Comporta, pues, una radical vinculación con Dios a través del seguimiento de Jesús (autotrascendencia cristocéntrica). Tal vinculación, expresada en el seguimiento, es lo único que posibilita ese “dejarlo todo” para emplearse en su proyecto. Esta es la vertiente mística del celibato. En ella ocupa un puesto central la oración comunitaria y particular, litúrgica y privada. En ella clarificamos y potenciamos la praxis de nuestro ministerio y la calidad de nuestro celibato vinculado a él. A ella volvemos en momentos de oscuridad y tentación para renovar nuestra experiencia y opción más fecunda. Sin una vida de oración honda el creyente desfallece, el apóstol desiste y el célibe se desintegra. La oración es espacio apto para ir clarificando y purificando nuestras motivaciones. 2. Espiritualidad de la oblatividad La oblatividad no es solo fruto, sino condición necesaria para la existencia célibe de un servidor del Evangelio, la Eucaristía y la comunidad. Profundicemos un poco más en ella. Es una actitud en virtud de la cual la persona deja de girar constantemente en torno al propio “yo”, a su autorrealización, a sus necesidades y deseos y se abre a las necesidades, los deseos, el crecimiento y la dicha de los demás. No es solo una opción de la voluntad ni pura actitud razonable. Es también sentimiento estable. Entre los componentes de este sentimiento encontramos la empatía o capacidad de ponernos “en la piel de los demás” y sintonizar con ellos y el sentido de 108


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pertenencia por el que nos sentimos vinculados incluso afectivamente a sus vidas. La oblatividad no entraña olvido total del propio yo (como proponen ciertas espiritualidades inhumanas, ni una renuncia completa a sus deseos y aspiraciones originarias. Quererse a sí mismo es incluso necesario para querer sanamente a los demás. Pero sí comporta una transferencia notable de preocupación, de interés, de implicación, de abnegación y de gratificación en pro de los demás. Todo un capital psíquico se desplaza de “polo del yo” al polo de los demás. El celibato es una forma de vida en la que la renuncia al amor conyugal y a la paternidad se realiza en aras de otro amor que condensa gran parte de nuestras energías vitales y afectivas. En otras palabras: es una forma de existencia en la que predomina en un grado muy notable la oblatividad. En consecuencia, formarse para el celibato conlleva formarse para la oblatividad. Crecer en el celibato durante toda nuestra vida está estrechamente vinculado a crecer en oblatividad. Entre los componentes de la oblatividad encontramos la empatía y el sentido de pertenencia. La formación para la oblatividad requiere educar nuestros sentimientos egocéntricos y cultivar los sentimientos altruistas. Se moderan por el autocontrol. Pero se educan verdaderamente por el contacto y relación con las personas. La vida comunitaria practicada en algún nivel es una palestra obvia. La relación afectiva con las personas y grupos cuya responsabilidad hemos asumido es otra palestra ineludible. Pero el contacto habitual con personas y grupos afectados por la pobreza, la enfermedad, la soledad y el duelo es uno de los espacios vitales en los que puede y suele saltar la chispa de la empatía y el compromiso vivo y sentido. Dejarse afectar por el sufrimiento ajeno “en vivo y en directo” es necesario para que la oblatividad no sea solo criterio mental o voluntad sin sentimiento. Un largo entrenamiento en este menester va generando y asentando en nosotros la actitud habitual de la empatía. Sin implicación cordial la oblatividad no está en absoluto asegurada. Si queremos evitar que con el paso de los años la dureza, la intransigencia y la frialdad se instalen en el ejercicio del ministerio o en alguno de sus capítulos, cuidemos esta implicación real. Si 109


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no queremos que el acostumbramiento y la rutina nos vayan volviendo poco sensibles en nuestras relaciones ministeriales, aprovechemos las innumerables ocasiones de que disponemos para cultivar la oblatividad. La contemplación asidua del Señor en el Evangelio nos ayudará a dejarnos afectar y motivar por los sentimientos que a Él le afectaron y motivaron. 3. Espiritualidad de la interioridad El desequilibrio entre interioridad y exterioridad es uno de los factores que contribuyen a averiar nuestro celibato. La vida de bastantes sacerdotes se resiente de un exceso de exterioridad no suficientemente impregnado de interioridad. Ambas son necesarias en nuestro ministerio. Son dos polos dialécticos destinados a potenciarse y a regularse mutuamente. No son dos capítulos separados de nuestra vida. Han de impregnarse recíprocamente. Hay actividades que favorecen más uno de los polos. Por ejemplo, favorecen más la interioridad la oración, el cultivo de la verdadera amistad, la lectura pausada de carácter teológico, pastoral o profano, las jornadas de reflexión particular o compartida, la apertura de la propia intimidad, el cultivo del arte o de la música, el contacto con la naturaleza. Propician la exterioridad las agendas cargadas, los contactos de escasa profundidad con tantas personas en la vida cotidiana, la multiplicidad de focos de atención, muchos programas audiovisuales, los viajes, los desplazamientos frecuentes, los horarios inesperadamente rotos. La vida célibe del presbítero no puede ser ni grata, ni fecunda, ni auténtica si no se llega a una armónica (no exenta del todo de tensión) entre interioridad y exterioridad. Ambas se necesitan mutuamente como el alma y el cuerpo. Para que pueda alcanzarse es preciso que las actividades que armonicen uno y otro polo se conjuguen en un proyecto de vida concreto, realista, suficientemente exigente y flexible, evaluado y contrastado periódicamente.

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4. Espiritualidad de la sobriedad Si el ascetismo no es el motivo del celibato de Jesús ni del nuestro, la sobriedad sí es una condición para mantenernos en él. Las palabras anteriormente citadas de Mons. Ancel son bien atinadas. La sobriedad requerida por el celibato afecta a todas las áreas de nuestra vida. Así lo postula el seguimiento de Jesús en toda su amplitud. Los excesos en la comida, en la bebida, en gastos, en viajes, en horas dedicadas al descanso, en horarios demasiado holgados, en unas jornadas sin orden ni concierto, en unos programas electrónicos desmesurados, además de ser incoherentes con una vida presbiteral, hacen mucho más vulnerable nuestro celibato. Por ejemplo, el exceso de alcohol aviva los impulsos genitales y relaja los controles.

Hay además una sobriedad específica postulada por nuestra condición célibe. El delicado equilibrio del celibato postula un filtro fino para no cargar nuestro psiquismo a lo largo del día, de estímulos eróticos que el ambiente actual nos ofrece con exuberancia. Las imágenes eróticas, las miradas detenidas, la imaginación descontrolada han de ser objeto de atención y mesura. No es posible ni saludable un ascetismo rígido en este punto. Pero sí es posible y necesario una parquedad. La mesura en el uso del televisor y de las nuevas tecnologías electrónicas manifiesta una sensatez que no quiere alterar el equilibrio de nuestro celibato. “Un sano ayuno de imágenes resulta hoy más importante que el ayuno de alimentos” (R. Cantalamesa). El mundo electrónico se ha vuelto, en este punto, extremadamente tentador para bastantes. Es una forma bien pobre de satisfacción genital. Le faltan los tres elementos sustanciales a toda actividad de intercambio sano: la relación de sujeto a sujeto, el respeto a la alteridad y la fecundidad.

La sobriedad en el lenguaje gestual es otra regla de sabiduría nada desdeñable. Hoy los usos sociales han liberalizado notablemente los rígidos signos de intercambio gestual entre varones y mujeres. El beso y el abrazo resultan más connaturales que en tiempos más recientes. Hemos de adaptarnos sin problemas a estos usos sociales. No hemos de ser en este punto, 111


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discípulos rigurosos de S. Agustín que decía: “cum feminis, sermo brevis et rígidus”. “Inmo: et crudelis” comentaba un director espiritual. No. Hemos de ser, con todo, lúcidos y honestos; perspicaces sin ser suspicaces. La liberalización presente podrá ser en algunos momentos en que es alta nuestra temperatura erótica, ocasión de un cierto “tráfico clandestino” de erotismo. 5. Espiritualidad de la transparencia comunicativa Aunque las cosas parecen haber mejorado algo, la experiencia me dice que muchos seminaristas han llegado a la ordenación sin haberse abierto de par en par a una persona cualificada para ayudarles a registrar su situación sexual y afectiva y a avanzar en su maduración humana y espiritual en este delicado terreno. La misma experiencia me atestigua que el número de sacerdotes que son acompañados en estas y otras áreas de su vida es reducido. Las “emergencias” se solucionan (cuando se solucionan) con el recurso al confesor, bastantes veces desconocido. - Las razones de esta incomunicación son muchas. La primera es el pudor natural que envuelve nuestra intimidad personal, afectiva, familiar, sexual, moral. Tal pudor es en sí saludable porque defiende nuestra intimidad y la inviolabilidad de la conciencia. Pero con mucha frecuencia está hipertrofiado por un desmedido amor propio no exento de narcisismo. Contribuye también la cultura individualista en la que estamos inmersos. Ella nos induce a pensar y sentir que nadie tiene por qué conocer mi intimidad. Influye asimismo el miedo a perder imagen ante el testigo de nuestra comunicación. A veces, en los seminaristas (y en algunos sacerdotes) el temor a que si abro todo mi interior sea invitado a desistir de mi vocación o de mi ministerio. No faltan tampoco ocasiones en las que el pudor reside también en el mismo interlocutor que no osa internarse y, por eso, no pregunta, invocando interesadamente el recto criterio de respeto a la intimidad de los

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demás. Hay interioridades que no se abren sin un auxilio exterior que sabe preguntar con delicadeza. - La transparencia total (no solo de nuestra vida pulsional y afectiva) es no solo saludable, sino necesaria. En primer lugar, para madurar humana y espiritualmente más y mejor. La comunicación transparente es un catalizador positivo de nuestro crecimiento integral. Propicia además una higiene psíquica, pues los impulsos, deseos, fantasías, comportamientos de orden genital que no se comunican y no pasan al registro de la palabra dicha a otro (no solo al diario espiritual) guardan su carácter imperioso, pasional, pegajoso. El paso a este registro los humaniza y los sosiega. Por otro lado, en un mundo interior tan subjetivo y tan apasionado como es el afectivo y el genital es fácil autoengañarse y autojustificarse (“no es pecado grave” “es un desahogo natural para no ponerme nervioso” “es una amistad que me va bien” “es ella quien lo necesita” “desde que tengo esta relación me siento más tranquilo y la oración me va mejor”). La comunicación nos ayuda a objetivar. Hay otra razón de cuño más teológico: La Iglesia recomienda al sacerdote lo más precioso que ella ha recibido de su Señor: la Palabra de Dios, la Eucaristía, la comunidad, los pobres. Tiene la obligación de saber “con quién se juega los cuartos”. Y nosotros la obligación de abrirnos para ser honestos con quien tanto nos ha confiado. No debemos olvidar que por voluntad divina vivimos en el régimen de la Encarnación. Dicho régimen entraña que Dios se nos comunica a través de mediaciones humanas e incluso materiales. Jesús es la máxima mediación. Y entroncados en Él los sacramentos, la Palabra. De manera menos troncal, pero en la línea de la Encarnación, mil mediaciones de personas, lecturas y acontecimientos a través de los cuales nos comunica su salvación. Pero el régimen de la Encarnación entraña asimismo que nuestra comunicación con Él no solo es directa, sino que se materializa en otras muchas mediaciones a través de las cuales nos entregamos agradecidamente a Él. Una mediación muy saludable, recomendada por la experiencia secular es la comunicación transparente a un testigo de mi confianza y de la confianza 113


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de la Iglesia. No todos los buenos sacerdotes están preparados para recibir y procesar bien esta comunicación y ofrecer el acompañamiento adecuado. - ¿Cuáles son los efectos negativos de un déficit de comunicación? Comenzando por los más dañosos, bastantes escándalos públicos, que muchas veces son explosiones de una olla a presión. Si a su debido tiempo se hubiera abierto la espita de la comunicación, muchos de ellos no se habrían producido. Esta es una de las causas importantes del abandono de muchos que hubieran sido buenos sacerdotes. Siguiendo por otros efectos importantes, pero no tan graves, la incomunicación en temas de relieve deja un “sentimiento de impostura” (Sartre), es decir, una conciencia incómoda de “doble contabilidad”: lo que se muestra y lo que se esconde (la caja A y la caja B). No es sano este proceder ni siquiera en aquellos que no tienen un historial y una situación actual muy problemáticos. Si son medianamente delicados sentirán la dolorida impresión de no ser un libro abierto, “sin páginas censuradas” ante una mirada que debería conocerlas. Además quien vive una situación crónica de incomunicación percibe con mucha frecuencia que sus problemas, lejos de resolverse, se cronifican o se complican. Todo lo cerrado acaba oliendo mal. La psicología ha mostrado que nadie se conoce bien si no se explaya ante otro. Añádase que sin comunicación transparente el crecimiento humano y espiritual se torna más lento. Se priva además de la paz y la alegría inherentes a esta apertura. - ¿Cuáles son las características de la comunicación transparente? Ha de ser total. No solo debe ser transparente nuestro mundo sexual y afectivo, sino todas las áreas de nuestra vida, puesto que están interconectadas con ese mundo (Esta es hoy convicción de todos los psicólogos de diferentes escuelas). No solo lo que pensamos, sino lo que sentimos (al hablar con algunos ordenandos, su comunicación me daba la impresión de que, sin intención de engañar, hablaban “de memoria”). No solo lo que me pasó, sino lo que me pasa ahora. Todo ello en un lenguaje concreto, no general (“tengo problemas”) ni técnico (“estoy viviendo una regresión anaclítica debida a factores ar114


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caicos y a mi condición anancástica”). La comunicación posible en el confesionario tiene un rango sacramental, más elevado. Pero generalmente es un espacio limitado para una comunicación suficientemente amplia. La persona (o personas) con las que me comunique, si todavía no soy sacerdote, ha de contar, por supuesto, con mi confianza (en su competencia, en su discreción, en su acogida), pero también con la confianza de la Iglesia. Y si la problemática sacerdotal es tan grave que hace necesario un discernimiento vocacional, ha de contar también con ambas confianzas. - El acompañante debe ser acompañado: La misión de un sacerdote le reclama muchas veces recibir confidencias que necesitan un acompañamiento. Cuando él mismo no ha sido acompañado o no se ha dejado acompañar, tendrá mayores dificultades a la hora de quedarse corto o de entrar demasiado. Es fácil que además no se sienta cómodo. Es muy saludable dejarse acompañar para aconsejar bien. Según señalados especialistas, el acompañamiento espiritual propiamente dicho, sistemático y periódico está destinado a reemerger en un futuro próximo, después de pasar por un período en el que ha estado casi más hundido que el “Andrea Doria”. Es verdad que tal acompañamiento no es misión exclusiva de los sacerdotes. Los acompañantes de los Padres del desierto no eran sacerdotes. Sobre todo hay mujeres con una especial sensibilidad para este ministerio. Pero es también misión nuestra y algunos la buscarán en nosotros y necesitarán. Estemos preparados. Y para ello, en primer lugar, dejémonos acompañar y pidamos después a instancias institucionales la capacitación para ser acompañantes. 6. Otros rasgos relevantes Quedan todavía “en el telar” otros muchos rasgos de la espiritualidad del celibato, cito algunos: - Nuestro celibato ha de ser más místico que ascético. La prioridad del amor al Señor y a su comunidad sobre la sobriedad ascética ha 115


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de ser neta y patente. “Sin pasión mística, nuestro celibato entra en un juego calculado de equilibrios y desequilibrios, de satisfacciones y de apaños (Fdz. Martos). Me refiero no a la mística extraordinaria, sino a la ordinaria: fe esperanzada y ungida de caridad, regadas por la esperanza. Nuestro celibato ha de ser más apostólico que individual. Es cierto que un celibato vivido en verdad potencia nuestra personal maduración evangélica. Pero, por su naturaliza carismática, está orientada fundamentalmente al bien de los demás. Ha de ser asimismo más cercano que cauto. No ha de quedar frenado por cautelas medrosas ni reservas egoístas “Con los pobres al lado y Dios en los adentros, el presbítero es siempre misericordia entrañable”. La prudencia nos ayudará a calibrar dónde hay “una zona deslizante” y a poner distancia cuando alguna mujer nos ofrezca signos y gestos con matiz erótico. Somos los menos indicados para acompañar a estas personas en tales circunstancias. Más abnegado que recompensado. Ciertamente el celibato arraigado ofrece recompensas de alta calidad. Probablemente los momentos costosos y el eco deseante que ellos nos dejan serán más frecuentes. No subestimemos la soledad afectiva del célibe. No se “satura” con ningún otro afecto bienhechor. Pero todos ellos nos ayudan a vivirlo serena y provechosamente. Más recibido que conquistado. Es un don que muchos no reciben. El Concilio de Trento lo dejó plasmado en un renombrado canon “Si alguno dijere que el justificado puede perseverar (diu dice el texto) sin especial auxilio de Dios en la justicia recibida o con este auxilio no puede, está fuera de la fe católica”. La aplicación al celibato es obvia. Lo cual no nos exime de poner nuestra cooperación. Más humilde que perfecto. La fragilidad de nuestra condición célibe es buen caldo de cultivo para suscitar en nosotros una actitud humilde, nada pretenciosa, deseosa de mejorar la calidad de nuestro celibato principalmente para que sea más fecundo. Esta actitud de

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espíritu, incluso visitada a veces por la debilidad, es más grata a Dios y más constructora de comunidad que la postura “impecable” no exenta de un toque narcisista, poco misericordioso con los deslices de los demás. Dios siempre prefiere la humildad y la misericordia a la “perfección. Mons. Juan María Uriarte Obispo emérito de S. Sebastián

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IV.- TESTIMonIoS

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IV.1. QuÉ SEnTIdo TIEnE El CElIbaTo SaCErdoTal Para una laICa CrISTIana Comienzo con las palabras del padre Timothy Radcliffe, que fue Maestro de la Orden la que pertenezco no por mis méritos sino por la misericordia de Dios que eso es lo que pedimos los dominicos en nuestra profesión pública. “En el cristianismo hablamos mucho sobre el amor, pero nos cuesta hablar de amor como personas que somos, llenos de deseos, de fuertes emociones y de necesidades de tocar y estar cerca del otro”. Y por aquí voy a comenzar, por el tacto. Estructuraré mi corta intervención en cuatro partes. En la primera que titulo ‘Amar con tacto’ hablaré de este sentido, tan incómodo para algunos. En la segunda, hablaré de ‘Sensibilidad y castidad’ que son las delicadezas del amor. En la tercera de la extraordinaria potencia del deseo; para terminar con la versión más destructiva del amor: la posesión. Amar con tacto El cuerpo no es algo que poseemos, una especie de propiedad que podemos utilizar a nuestro antojo, sino lo que somos. El cuerpo es un don recibido con el don de la vida y no hay vida humana sin cuerpo y tampoco alma sin él.

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El mandato “Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis” (Mt 10,8), en su aplicación al don del cuerpo, nos sugiere que no se trata de dar cosas sino de darnos. En este mismo sentido recordamos las palabras, de la carta a los Hebreos: “Tú no quieres sacrificios ni ofrendas pero me diste un cuerpo”. Parece que el cuerpo no es una propiedad sino un don destinado a la entrega. Me gusta mucho detenerme en el evangelio de san Juan que es el único en el que se cuenta lo que Jesús hizo antes de la Última Cena. Su entrega total sucedería más tarde, en la Cruz, pero la entrega de su cuerpo desvelada en la cena fue precedida de un gesto de amor expresado en un servicio ‘gratuito’, innecesario tal vez: Jesús tocó a sus discípulos como despedida, tocó sus pies, los lavó, los besó... de manera parecida a como lo habían hecho con él en Betania. María Magdalena, movida por el amor, tocó a Jesús, le lavó los pies con sus lágrimas, se los besó y perfumó con un perfume que costó diez veces más que la traición de Judas. Y yo me pregunto qué necesidad había de todo ello. Y qué necesidad había de plasmarlo en el evangelio puesto que, a decir del evangelista, tantas cosas hizo Jesús dignas de ser contadas que se omitieron, que ésta hubiese podido ser una más. Este gesto de valor y amor gratuito de una mujer con mala reputación es el que él repite como gesto de amor hacia sus amigos... Y es que para amar, hay que tocar. Como dice el padre Timothy, amamos con cuerpo y no podemos ni debemos olvidarlo. Pero el tacto es un sentido especial porque si yo puedo ver, sin ser vista o escuchar, sin ser oída... no puedo tocar sin ser tocada. Jesús aceptó ser tocado por María y tocó a María en Betania y, al consentir, respondió acogiendo el amor que le entregaba. Recuerdo la bronca que le echó a Pedro cuando, con corazón estrecho y prejuicios amplios le dijo: “tú lavarme a mí los pies, jamás” y el Señor le respondió: “si no te lavo, no tienes parte conmigo” (Jn 13). Yo veo el tacto como fórmula de comunión a la que ningún otro sentido nos conduce mejor al incorporar la totalidad de nuestro ser, que es corporal. Hacemos ejercicios cognitivos con la escucha y la palabra, imaginativos con la mi122


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rada y las imágenes, pero nuestro ser no puede entrar en comunión sin el cuerpo y es el tacto el que recibe a Dios. De hecho, podría haberse despedido Jesús solo con las hermosas palabras pronunciadas y recogidas en el capítulo 17 de san Juan, pero el deseo de comunión y unidad expresado en la oración al Padre, se materializó antes en el lavatorio: sin que los discípulos fuesen tocados, ese deseo de unidad no hubiese sido tan eficaz. Ser tocados por Jesús les permitió entrar en comunión con él y con el Padre. El gesto de tocar a sus discípulos fue un gesto que se materializó en un escenario, en un contexto de servicio que anticipó su entrega en el abajamiento de la Cruz. Jesús manifestó su amor en el discreto y casto gesto del lavatorio. En él toca a sus discípulos, sin toquetearlos, y los discípulos lo tocan a él sin rechazarlo y acogen el amor que les entrega. A pesar de la insistencia de las interpretaciones del pasaje del lavatorio como gesto de servicio de Jesús, yo tengo la mía particular. Es verdad que Jesús no sirve la mesa como lo haría un mozo de comedor sino que refresca y descansa los pies de sus amigos que es más un servicio personal. Pues bien, a pesar de que los caminos de Palestina eran polvorientos y de que aquellos hombres gastaban sandalias abiertas para caminar por ellos, creo que a Jesús le gusta estar en esa proximidad delicada y prescindible, como son los gestos de amor que no necesitan utilidad alguna. Me temo que esto nos es más fácil de comprender a las mujeres que a los hombres. Se trata del misterio del amor de Dios al que estamos todos abiertos, tal vez no para comprenderlo ni desvelarlo, sino para penetrar en él por la gracia y admirarlo. Sensibilidad y Castidad Etty Hillesum fue una judía holandesa, asesinada por los nazis en un campo de exterminio. Etty murió joven y antes de que descubriera su vocación de entrega, ya la había realizado al apoyar, sostener, acompañar, a muchos hermanos judíos sufrientes, víctimas de la persecución. Ella lo 123


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sabía, sabía que nada podía hacer para cambiar la suerte de aquellas personas que fue la suya propia, aun así se resistió a la barbarie y no dejó de intentarlo una y otra vez, de pedir, de suplicar, de arriesgarse, de sostener, de animar...de amar. Amó con toda el alma, con todo su corazón... y con todo su cuerpo. Pudo amar a sus hermanos judíos perseguidos porque supo amar a personas concretas. Tuvo relaciones con varios hombres, uno de los cuáles le enseñó a leer la Biblia -que desconocía a pesar de ser judíay el Nuevo Testamento, sobre todo el evangelio de Mateo. Y es que Dios nos envía amores y amistades en nuestro caminar hacia él, que nos ayudan a llegar hasta él. La dimensión de los afectos es fundamental para la persona y nos revela a Dios, dice Ronchi. El amigo nos toca y allí donde somos tocados, caen las máscaras. Quien te ha tocado ha entrado en ti y tú lo has alojado en tu casa. Y esto que afirma en su precioso libro el Siervo de María, me recuerda al pasaje evangélico de la Hemorroísa (Mc 5, 25-34). Jesús aprisionado por la muchedumbre que lo seguía pregunta: “¿quién me ha tocado?”, ante la estupefacción de sus discípulos. Pero alguien había tocado a Jesús y había desvelado su verdad y él quiso conocer a su huésped. El de la Hemorroísa fue un tocamiento delicado, no se echó suplicante sobre Jesús, ni le agarró para detenerlo y retenerlo sino que tocó el borde de su manto. La castidad no es solo un voto de frailes y monjas, SINO ALGO QUE PRACTICA TODO EL QUE AMA porque no hay amor auténtico que no sea casto. La castidad es respeto. Admiramos la obra de Dios en el otro, en la pareja, en el amigo, y la dignidad y la belleza que esto confiere a las personas. De esa admiración nace un respeto profundo que es la versión más delicada del amor. Estas delicadezas no pueden estar recogidas en ningún código de conducta: se trata de una entrega que cuida sin invadir ni violentar, sin dañar, discreta y respetuosamente en medio de la mayor confianza. El misterio de la Encarnación me permite pensar en ese amor transmisor de vida que ni dañó ni violentó el cuerpo de María que entrega, a su vez, sin restricciones ni condiciones: “hágase” (Lc 1, 37), fue su respuesta. Y es que el amor de Dios es delicado porque es casto. 124


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Cultivar la castidad es cultivar una sensibilidad especial, es buen gusto, tacto y esto hay que educarlo, trabajarlo. La castidad es más que las buenas maneras del amor y para estas delicadezas necesitamos cultivar una sensibilidad especial. La sensibilidad no es solo sentimiento y requiere del ejercicio de la razón y de la acción de la gracia que obra en nuestra naturaleza biológica y racional. La sensibilidad es la lucidez del amor. La potencia del deseo Y ¿cómo detenernos en estas delicadezas cuando la pasión irrumpe violentamente? Yo creo que la castidad nada tiene que ver ni con la supresión ni con la superación del deseo. El deseo y las pasiones -decía Tomas de Aquino- contienen verdades profundas sobre quiénes somos y qué necesitamos. Necesitamos a Dios y el deseo nos pone en su búsqueda, aunque los buscadores de Dios no son analfabetos sentimentales. Su historia es la de un corazón de carne al que Dios ha hecho una propuesta que parece imposible (Ronchi). El deseo humano lo es de Dios. San Agustín decía muy bellamente que Dios, al retardar el don, aumenta el deseo porque es el deseo el que mejor nos prepara para recibir en don. Yo no creo que Dios retarde caprichosamente el don. Lo que ocurre es que no siempre estamos preparados para recibirlo, y nos sentimos frustrados y nos dedicamos, sencillamente, a cultivar otras cosas perdiendo sensibilidad hacia las cosas de Dios. Decía Raimundo Panikkar que el camino de la perdición es el mismo que el de la salvación y que en él no podemos detenernos: si no avanzamos, retrocedemos. Los comienzos del retroceso no parecen importantes: alguna vez nos hemos detenido en lugares peligrosos (físicos o virtuales), distraído con imágenes hirientes, cultivado relaciones excitantes pero poco edificantes o consumido, esporádicamente, sustancias poco saludables que calman aparentemente nuestra reiterada insatisfacción. Cuando buscamos estas pequeñas satisfacciones, nada muy peligroso parece suceder si no 125


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fuera porque desenfocamos el objeto de nuestro deseo. Lo hacemos porque no soportamos la demora, la contrariedad ni mucho menos el fracaso, no soportamos nuestros límites, ni aceptamos los tiempos ni los desiertos que necesitamos atravesar... y buscamos compulsivamente pequeñas satisfacciones inmediatas que nos proporcionan más irritabilidad que tranquilidad. En un libro que leí el verano pasado titulado: ‘El impacto de Dios’ de un carmelita, Iain Mathew, profundo conocedor de la obra de San Juan de la Cruz, encontré estas palabras referidas a esa necesidad constante de nuevas y más intensas sensaciones y experiencias: “Pero si la persona escoge no llenar ese vacío con una sensación más, o no revolotear hacia otra relación o proyecto, sino llegar con lo presente hasta lo hondo, la vida puede saltar a otro nivel que Juan llama espíritu”. El progreso al nuevo nivel permite no confundir nuestro deseo y cultivar una sensibilidad distinta, de la que es reflejo la delicadeza y el respeto con el que tratamos a los demás y a nosotros mismos. Eso es castidad. A veces ese cuidado se nos muestra en la amistad mejor que en la oración. La amistad humana nos ayuda a comprender el amor de Dios. La amistad con los amigos de Dios, permite gozar a Dios (Ronchi). Nuestro anhelo más profundo poco tiene que ver con el placer pasajero sino el gozo que no acaba. El placer es mucho menos potente que el deseo como fuerza que moviliza la acción, porque el deseo nos mantiene a la búsqueda de lo amado (de lo deseado) y el placer nos detiene en esa búsqueda, aunque sin serenarnos. El deseo de Dios, del gozo que no acaba, es un anhelo enraizado profundamente en el corazón humano. Si calmamos nuestro anhelo con cosas (objetos, relaciones, consumos...) que no son Dios ni nos llevan a él, anestesiamos el deseo. Para volver al amor primero la amistad con los amigos de Dios es una buena fórmula. San Juan de la Cruz lo sabía muy bien. Todos conocemos su amistad con santa Teresa. Algunos de vosotros no sabéis que Santo Domingo de Guzmán también lo practicaba y en las crónicas escritas por los que le conocieron (él nada dejó escrito) nos decía que pasaba el día hablando con los 126


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hombres de Dios, y las noches hablando con Dios de los hombres porque la oración requiere de la amistad y la conversación con el amigo es oración. Ya lo dijo santa Teresa: orar es hablar de amistad con quien sabemos nos ama. El deseo de Dios nos pone en su búsqueda y nos lleva a la oración. En la oración, cuando entramos en nuestra intimidad somos tocados por Él y vislumbramos como somos amados. Pero el amor de Dios es casto, respetuoso, delicado. Si somos hiperactivos, estamos acostumbrados a emociones fuertes, si nuestros sentidos se encuentran embotados y saturados de imágenes y ruidos, y nuestros pensamientos de preocupaciones, lo delicado pasará desapercibido y la oración será frustrante y aburrida. Para volver al amor primero, necesitamos que Dios nos vuelva a tocar en nuestra intimidad, necesitamos llevar el cuerpo a la oración y tener paciencia, no con Dios, sino con nosotros mismos pues los ajetreos de la vida nos dejan insensibles a su delicadeza y Dios es sutil. La destrucción del amor: la posesión Aquí voy a empezar a aterrizar en el tema del celibato. Si antes he hablado de amor 'con tacto' este titular nos sugiere su pérdida y es que la posesión mata el amor. Diríamos que la posesión es un amor sin delicadeza, sin tacto. Tocar no es agarrar, no es doblegar. Como tantas veces hemos escuchado en las bodas, san Pablo nos confirma esta idea en su primera carta a los Corintios: el amor no es posesivo (ICor, 13). El amor es una fuerza poderosa que nos impulsa a salir de nuestro encierro, de nuestra individualidad, para ir al encuentro del otro. Pero salir de nuestro escondite (de nuestra seguridad, comodidad, de nuestra zona de confort) nos hace sentir vulnerables: amar es peligroso pues nos deja en a la intemperie, dependientes, en manos que no controlamos. Una tentación es el encierro a dúo. Hay matrimonios y parejas, incluso amistades, que lo practican y, en su encierro en esa cárcel de barrotes de 127


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oro, hay desconfianza y posesión. A veces no les está permitida la entrada ni a los propios hijos. Donde hay posesión hay ejercicio de poder y sumisión y las relaciones se vuelven obsesivas y dañinas. El deseo de poder, que denota inseguridad e inmadurez, se transforma en obsesión por el otro y mata el amor. Decía Etty Hillesum que el amor consiste en salvaguardar la libertad del otro haciéndole crecer con toda la libertad que uno lleva dentro. Así hemos sido amados todos y cada uno de nosotros porque la libertad es la consecuencia del amor y no de ninguna otra cosa o circunstancia interna o externa. Cuando somos amados somos libres y, cuando no lo somos, lo que nos mantiene unidos al otro es otra cosa: el interés, una pulsión incontrolable, un deseo obsesivo, un negocio compartido, una vida cómodamente pactada... El amor no nos encierra, nos impulsa, nos envía... como le paso a María después de recibir el anuncio del Ángel, y después de que José decidiera acogerla, es decir, amarla. María se marchó a servir a su prima. Amar es dejar marchar al otro, porque solo el amor puede hacerlo, porque solo amor libera. Y José, nos dice el evangelio, fue confortado por el Ángel del Señor. Voy terminando con las palabras de la judía holandesa que es para mí un modelo de espiritualidad y de sabiduría de Dios, que os propongo para estos días de formación. Están extraídas de un comentario biográfico escrito por Paul Lebeau: “Solo el amor de Dios es garantía y no deberíamos escribir cartas de amor nada más que a Dios, porque ese amor no es exclusivo y previene contra el apego a una sola persona: tenemos demasiado amor en nuestro interior para entregarlo a un solo ser”. Creo y no sé si es correcto, que el celibato es la opción decidida por la libertad del otro, como decía Etty, amándolo con el mismo amor con el que el célibe ha sido amado, amor que ha acogido y que entrega gozosamente. Con el celibato, el sacerdote, al renunciar, no al amor sino a una relación amorosa particular, exclusiva y puede que excluyente, nos permite entrar 128


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en la órbita de su amistad a los que merodeamos en su espacio, órbita en cuyo centro no está el ego del sacerdote pues el centro es un espacio vacío, liberado para ser ocupado por el trono de la gloria de Dios, en palabras del padre Timothy. Al entrar en amistad, entramos con ellos, nosotros, en la órbita del amor de Dios. Micaela Bunes, OP

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bIblIoGraFía - Lebeau, p. (2000). Etty Hillesum. Un itinerario epiritual. Santander: Sal Terrae. - Mathew, I. (2001). El impacto de Dios. Claves para una lectura actual de San Juan de la Cruz. Burgos: Monte Carmelo. - Panikkar, R. (2014). La religión, el mundo y el cuerpo. Barcelona: Herder. - Radcliffe, T. (1998). El manantial de la esperanza. Salamanca: San Esteban. - Radcliffe, T. (2001). Una vida contemplativa. Salamanca: San Esteban - Radcliffe, T. Afectividad y Eucaristía. Conferencia pronunciada en las XXXIV Jornadas Nacionales de pastoral Juvenil Vocacional organizadas por la CONFER. Recuperado de: http://www2.dominicos.org/kit_upload/file/Espiritualidad/maestros/TimothyRadcliffe6.pdf

- Ronchi, E. (2016). Los besos no dados. Madrid: Paulinas.

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IV.2. El CElIbaTo SaCErdoTal. una PErSPECTIVa FranCISCana Os deseo a todos la paz y el bien del Señor. Ciertamente, este saludo franciscano me brota espontáneamente del corazón pero también es verdad que desde que conocí al P. Chevrier y supe que había pertenecido a la Tercera Orden Franciscana, he considerado a los sacerdotes del Prado «de la familia». Nuestro estilo de seguimiento de Jesús tiene mucho en común. Yo destacaría la centralidad del Evangelio y el servicio a los pobres, aunque también encuentro afinidad con la vida de fraternidad franciscana en el estilo de relaciones interpersonales que establecen los sacerdotes del Prado y en la propuesta de vida común siempre que sea factible. Con la familiaridad a que aludía antes, me atrevo a sentarme entre ustedes desde la conciencia de que lo que se nos ha pedido a las Clarisas no es una comunicación erudita, que estaría fuera de mi alcance, sino un compartir experiencial sobre el celibato sacerdotal desde nuestra perspectiva de religiosas Clarisas. Muy sencillamente voy a intentar exponer algunas de las características más destacadas de la espiritualidad franciscana respecto al celibato con el deseo, algo pretencioso quizá pero siempre hay que apuntar alto, de que aporte a sus vidas un poco de aliento básico pero también, y a la vez, esencial. Tal vez les llame la atención que, de repente, comience a hablar de espiritualidad franciscana y aquí es donde considero que tiene sentido una primera aclaración. 131


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La espiritualidad franciscana tiene unas características y peculiaridades compartidas a la vez por los hermanos menores y las hermanas clarisas, constituyendo una vocación común y complementaria. «Un mismo Espíritu sacó del mundo a los hermanos y a las hermanas» escribe Tomás de Celano (cf 2Cel 204) que fue el biógrafo oficial tanto de Francisco como de Clara de Asís. Por otra parte, si bien es cierto que Clara descubrió su vocación a través de la mediación de Francisco, también lo es que ella, que le sobrevivió 27 años, fue siempre su mejor y más fiel intérprete y testigo. La espiritualidad franciscana, por tanto, respira con estos dos pulmones: Clara y Francisco. Por tanto, aun cuando esta comunicación la hace una hermana Clarisa, con toda propiedad, puedo hablar de perspectiva franciscana en mi exposición. Desde ella hablo, pues esta espiritualidad es la que configura y conforma mi visión particular del celibato. Quiero también precisar desde el principio que entiendo que el contexto sociocultural fuertemente secularizado en que nos toca vivir el seguimiento de Jesús desestima la opción célibe de los sacerdotes y religiosos, así como la virginidad consagrada. Nos encontramos en un mundo de afectividad desbocada, en una configuración social del amor caracterizada por el caos, en una cultura sexual de fragmentos o rompecabezas. El amor humano tiene la estructura de la postmodernidad y se ha convertido en un amor líquido, frágil y en un amor rabiosamente individualizado1. Damos por hecho que esto es así. No parece resultarnos tan evidente que este mismo contexto sociocultural, también encierra riquezas y potencialidades que pueden ayudarnos a vivir nuestra vocación cristiana con creatividad y en verdad. Nos urge, por ejemplo, a clarificar nuestra cosmovisión cristiana en relación con la sexualidad, y a descubrir los aspectos innovadores y alternativos que la sensibilidad cristiana ha introducido en la comprensión y en la vivencia de la sexualidad.

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Z. Bauman. Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. Madrid 20052.

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Los cristianos, también muchos sacerdotes, tenemos que limpiar nuestros ojos para saber descubrir los aspectos positivos de nuestro tiempo. También es preciso vencer el miedo, el talante pesimista y los complejos de inferioridad que a veces nos atenazan y aprender a establecer un diálogo lúcido y fecundo con la cultura actual, y no un diálogo meramente defensivo o acusador. Somos hijos de nuestro tiempo, una época que, como todas, encierra riquezas y miserias. La confrontación, acogida con lucidez y serenidad, puede ayudar a los sacerdotes a no poner tanto empeño en la observancia de una norma como es el celibato que no garantiza por sí misma la fidelidad a la propia vocación; puede ayudarles a tomar conciencia de que no pertenecen a un estatus superior al resto de los cristianos, a perder el aspecto un tanto endiosado y engominado con el que algunos se adornan, a no fundamentar su identidad en el celibato que les contradistingue del soltero o del casado, que de algún modo distancia y separa, etc. En la Iglesia, por otra parte, el debate sobre el celibato es una cuestión abierta que se va a prolongar. La crisis por la que atraviesa la moral sexual católica es tan amplia en sectores y tan profunda en significado que está pidiendo un replanteamiento a fondo. Se constata una gran discrepancia entre el magisterio eclesiástico y los creyentes (no digamos nada de los no creyentes) en materia de moral sexual católica. La cuestión del celibato no escapa a esta crisis. Puesto que la obligación del celibato para los sacerdotes no es un dogma, sino una antigua ley disciplinar de la Iglesia de rito latino que puede ser derogada en el futuro, aunque no sea fácil cambiar una tradición tan consolidada, pienso que han de vivirla con convencimiento, con estilo, y con una actitud abierta y respetuosa. Tanto si se defiende la ley del celibato obligatorio como si se defiende el celibato opcional, lo primordial es que se viva con respeto y coherencia2. 2 Cf. W. R o m o. Credibilidad de la enseñanza de la Iglesia sobre la sexualidad: “Teología y Vida” 45 (2004) 366-410. Citado por Marciano Vidal en «Perspectivas de ética sexual cristiana», ROCZNIKI TEOLOGII MORALNEJ Tom 1(56), 2009

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Quisiera recordar unas palabras que el obispo Pedro Casaldáliga dirigió a sacerdotes casados: «Os ha tocado defender el celibato opcional, como a mí defender a los pobres de Brasil. Hacedlo con dignidad, perseverancia y diálogo», o estas otras, del también obispo Alberto Iniesta: «El Evangelio no me autoriza a deciros que lo que estáis intentando no sea evangélico. Va a ser un camino largo. Hacedlo desde y con la comunidad»3. Estos subrayados, dignidad, perseverancia, diálogo, comunidad.... me parecen fundamentales tanto para una postura como para la contraria, y están muy en consonancia con el estilo de Francisco y Clara de Asís. Clara, por ejemplo, luchó toda su vida, llegando incluso a oponerse a las pretensiones del papa Gregorio IX, para ser fiel a su vocación franciscana. Y en cuanto a Francisco, en una época en la que la herejía estaba a la orden del día, ni él ni su movimiento estuvieron bajo sospecha, antes bien, Francisco como Clara vivieron «siempre sumisos y sujetos a los pies de la misma santa Iglesia para que... firmes en la fe católica, guardemos la pobreza y la humildad y el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo» (2 R 12, 4; RCl 12,13). La Iglesia, la comunión eclesial, es el lugar de la escucha fiel de la Palabra y por consiguiente el lugar del verdadero seguimiento, discernido y «peleado», si es preciso, pero es nuestro hogar y no lo tenemos que abandonar nunca. También la Santa se pasó la vida pleiteando pero al fin pudo exclamar que moría “hija de la Iglesia”. La comunión que celebramos diariamente no deberíamos romperla por este tipo de disidencias que son, a mi parecer, un antitestimonio. En resumen, como clarisa que soy, quisiera saber ofrecerles unas pinceladas matizadas por la espiritualidad franciscana que me configura. Me gustaría que sintieran que el contexto secular de la cultura actual no es negativo ni hace más difícil la vivencia del celibato que otras épocas anteriores. Creo que esa visión negativa nos conduce a callejones sin salida y nos victimiza cuando debiéramos ser siempre «punta de lanza», rompeJulio Pinillos, Congreso Internacional de la Federación Europea de curas Católicos Casados, Madrid, 2015.

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dores, también en este aspecto, sabiendo acoger la riqueza que toda época encierra. Y en la iglesia, si hay que luchar por algo, que sea por la comunión y desde la comunión fraterna.

El CElIbaTo ConTEMPlado dESdE la ForMa dE VIda FranCISCana No es momento de definiciones exhaustivas y matizadas conocidas sobradamente del celibato, la castidad o la virginidad consagrada. Esencialmente, las tres son equiparables. Desde la dinámica de una vida bajo el primado y la soberanía de Dios, al estilo de Francisco y Clara de Asís, el celibato, la castidad consagrada y la virginidad son fruto y representan la suficiencia de Dios y del amor a Dios en el corazón del hombre o la mujer cristianos. 1. VIVIR EL EVANGELIO DE CRISTO ES EL OBJETIVO BÁSICO DE LA FORMA DE VIDA FRANCISCANA. Francisco y Clara han tenido como punto de referencia existencial el Evangelio. Su Forma de vida consiste simplemente en «observar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, viviendo en obediencia, sin nada propio y en castidad»4. El Evangelio tanto para Clara, como para Francisco, no es simplemente un libro, sino una persona, la persona de Jesucristo, por ello haber asumido el Evangelio como regla y vida les llevará a una adhesión personal al Señor que pretende asemejarse en todo a él. Por tanto, el elemento que define la identidad carismática franciscana es el seguimiento de Cristo Siervo, de

«La regla y la vida de los Hermanos Menores es ésta: observar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, viviendo en obediencia, sin nada propio y en castidad» (2R1,1). «La forma de vida de la Orden de las Hermanas Pobres, instituida por el bienaventurado Francisco, ES ÉSTA: OBSERVAR EL SANTO EVANGELIO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, VIVIENDO EN OBEDIENCIA, SIN NADA PROPIO Y EN CASTIDAD» (RCl 1, 1-2).

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su pobreza y humildad, al que Clara asocia –en clave mariana y contemplativa–, el seguimiento de María. Esta forma de vida se articula en torno a cuatro opciones prácticas, todas ellas prioritarias, que configuran la vida de los hermanos y hermanas franciscanos y hacen del nuestro un único proyecto de vida, en la diversidad de formas. Estas cuatro opciones prioritarias son: - la oración-contemplación, - la pobreza-minoridad, - la fraternidad, y - la misión - evangelización. Las cuatro se definen y concretan desde el radicalismo evangélico. El Evangelio, en sus exigencias más radicales, es el fundamento de la vida cotidiana, criterio primero y último del propio actuar, o lo que es igual: Cristo en el centro de la propia vida y misión. Observar el evangelio es seguir a Cristo. ¿Cuál es el sentido del celibato o virginidad en este proyecto de vida? La forma de vida del Santo Evangelio que la Regla de Francisco y Clara prescriben como forma de existencia que se asume en el seguimiento de Cristo Siervo no se estructura en torno a ninguno de los tres votos tradicionales. Aún hoy sigue siendo bastante corriente definir la vida religiosa, siguiendo a Santo Tomás de Aquino5, por, los tres votos clásicos de pobreza, castidad y obediencia. Sin embargo, sabemos que esta tríada no existía al inicio de la vida religiosa; apareció bastante después, a finales del siglo XII, como elemento aglutinante de las numerosas nuevas formas de vida religiosa pero, de alguna manera, con la profesión de los votos, se reducían las exigencias del radicalismo evangélico en la vida religiosa.

“Los tres votos de religión componen lo esencial de toda vida religiosa” según Tomas de Aquino (Suma Teológica, llallae, q. 188,art. 1, dif.2) La tradición benedictina profesará estabilidad – conversation morum – obediencia. La tradición dominica siguió guardando una sola profesión, la obediencia. El Oriente ortodoxo lo ignora.” ( Cf J.M.R. Tillard, «Devant Dieu et pour le monde», París, Cerf, 1977, p. 121)

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Francisco y Clara de Asís, que se sitúan siempre en clave de «máximos», aunque deben mencionar en su Regla los tres votos, por exigencia de los juristas de la Curia Romana, no hablarán nunca de profesar los votos religiosos sino de profesar esta vida y Regla o esta vida y la forma de nuestra pobreza. Lo verdaderamente determinante y definitivo en la espiritualidad franciscana es guardar el Santo Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, vivir el seguimiento de Cristo Siervo en el radicalismo evangélico. Los votos de obediencia, sin nada propio y en castidad aparecen por consiguiente subordinados a vivir el Santo Evangelio que es la verdadera norma y vida. Los votos son una mediación, una instancia de vida religiosa, pero no definen la originalidad religiosa de la vida franciscana. Las Reglas o forma de Vida Franciscana no se articulan en torno a los votos sino en torno al Primado absoluto de Dios, a la oración y contemplación, a la pobreza-minoridad, a la fraternidad y a la misión-evangelización. Para Francisco y Clara el celibato, como los demás votos, son mediaciones para llegar a vivir el radicalismo evangélico. Los votos se quedan cortos a la hora de expresar las exigencias radicales del evangelio. Esta particular visión conlleva que no demos al celibato una exagerada importancia pues, desde nuestra espiritualidad, tiene que articularse con las demás dimensiones del proyecto de vida sacerdotal, como puede ser el apostolado, la vida espiritual, la oración, la formación, etc. Ustedes pueden precisarlas mejor que yo. 2. EL CELIBATO O VIRGINIDAD CONSAGRADA, EXPRESIÓN DEL PRIMADO ABSOLUTO DE DIOS El celibato nace de la polarización de toda la vida en Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, experiencia que es encuentro, acogida de su voluntad y su misterio, descanso afectivo, seguimiento... Es lo que se desprende de la vida y de las palabras de Francisco y Clara de Asís que no son, en ningún caso, lenguaje piadoso o simple efusión retórica, sino el balbuceo de una 137


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experiencia inefable: habla un testigo, alguien que ha sido fuertemente alcanzado por Dios, que «ha visto y oído» (cf 1Jn 1,1), alguien que pertenece a Dios y guarda su corazón indiviso para él. Tradicionalmente se ha entendido el celibato desde el pensamiento de San Pablo en la primera carta a los Corintios, (1Cor 7, 32ss) en términos de indivisión del corazón. El corazón indiviso no raras veces se ha confundido con la soledad afectiva, con la renuncia a cualquier relación, con el reservarse solteramente el corazón, sin ser capaces de ponerlo en nada ni en nadie, sin ser capaces de querer verdaderamente a nada ni a nadie. ¿No es ésta una acusación reiterada a los célibes o, incluso, el ideal propuesto? Habitualmente se interpreta también como renuncia al matrimonio y a la familia para, exentos de las responsabilidades que ese compromiso comporta, gozar de libertad y disponibilidad efectiva para la causa del Reino. «Eunucos por el Reino» (Mt 19,12). Creo que el celibato no se puede definir desde su funcionalidad. A este propósito, decía el Santo Padre Benedicto XVI: «El verdadero fundamento del celibato sólo puede quedar expresado en la frase: «Dominus pars (mea)», Tú eres el lote de mi heredad. Sólo puede ser teocéntrico. No puede significar quedar privados de amor; debe significar dejarse arrastrar por el amor a Dios y luego, a través de una relación más íntima con él, aprender a servir también a los hombres6» En el franciscanismo, el celibato o la virginidad consagrada implican exclusividad, implican indivisión del corazón. Es signo de alianza, pero el amor a Dios no es rival de ningún amor humano. No amamos más a Dios no amando a otros. Es preciso superar el dualismo espiritualista frecuente en nuestras interpretaciones del celibato o de la virginidad cristiana. Hay que aprender a hacer de Dios el amor absoluto de la propia vida amando a Dios en sus cosas, amando a Dios y a las cosas de Dios.

(Discurso a la Curia romana con ocasión de las felicitaciones navideñas, 22 de diciembre de 2006: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 29 de diciembre de 2006, p. 7). 6

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Es inconcebible la castidad por el reino con el coqueteo afectivo, con la dispersión del corazón, con la sustitución de Dios con otros amores, que pueden ser personales o no; se puede poner el corazón en personas, en cosas, en el prestigio, la gloria, la parroquia, la pastoral, etc. No sé si por mi condición de mujer, me cuesta entender el celibato como una castración, como una renuncia, pero no desconozco que hay buenos sacerdotes que han asumido libremente el celibato y lo viven con cierta tensión, aunque fielmente, en función del reino. Entiendo también que es difícil vivirlo en solitario, sin la ayuda de una comunidad. Para mí, estos sacerdotes son merecedores de un gran respeto y admiración. El celibato exige una ascesis, una desapropiación pero no es una conquista que se alcanza en un momento dado, sino que tiene el dinamismo de un don que se recibe, que se descubre, se persigue y se cultiva. Desde mi perspectiva franciscana y quizá también femenina, la clave que mejor explica el celibato o la virginidad consagrada no es renuncia sino alianza, es «pertenencia». ¿A quién pertenezco? Quizá la respuesta, aprendida de memoria, sea fácil. Pero preguntaos también: ¿Dónde convergen vuestros deseos y preocupaciones? ¿Qué cosas los hacen sufrir? ¿En qué invierten de hecho las energías y el tiempo? ¿En dónde buscan y encuentran descanso? ¿Cuáles son los espacios de ocio que les ayudan a destensionarse? ¡La respuesta a estas preguntas puede ser clarificadora! El celibato en la vida del sacerdote tiene que ir estrechamente unido «con el espíritu de oración y devoción». Si Dios es tu suficiencia, poseer el «Espíritu del Señor» es una prioridad. Mediante la interioridad cultivada en la oración la persona aprende a discernir sus deseos, hace memoria de su vocación, escruta su corazón, cultiva la relación verdadera con Dios hecha de escucha, de acogida, de transformación personal, por usar la terminología de Clara de Asís que invita a Santa Inés a que se mire en el espejo que es Cristo para ser transformada a su imagen.

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3. EL CELIBATO SE VIVE CORPORALMENTE Y EN COMUNIÓN CON LOS OTROS Sentir que importas a alguien, no sólo a Alguien con mayúsculas, saberse amado es la mayor alegría del ser humano. La condición necesaria para la armonía en la vida diaria y para una espiritualidad sana y bien orientada, estriba en una vivencia sana y madura de la afectividad en sus diversas expresiones y una atención suficiente al cuerpo. Las heridas, por ejemplo, hay que curarlas. Hemos de seguir a Jesús y servir a los demás unificados. San Francisco habla de la belleza del hombre, de su cuerpo creado a imagen de Dios. Y cuando se refiere a la relación con Dios, dice que lo llevamos hasta en el cuerpo. Habla del cuerpo porque considera al hombre morada de Dios. Basta recordar su saludo a la bienaventurada Virgen María: «¡Salve, palacio de Dios! ¡Salve, tabernáculo suyo! ¡Salve, casa suya! ¡Salve, vestidura suya! (SalVM) 4-5). La presencia de Dios en nosotros no es presencia vaga; es una presencia que transforma todo el cuerpo y no sólo el alma. Por eso Franciso desea que todos se esfuercen por hacerla visible constantemente. También Clara, en su segunda carta a santa Inés de Praga habla de la persona como morada de Dios. El cuerpo debe convertirse en signo transparente de una Presencia viva. Y el primer paso para ello es ser conscientes de estar habitados por El, de no estar ya solos. Se trata de «devolver a casa nuestro propio cuerpo» logrando que se convierta en signo de una «Presencia», de una presencia liberadora y capaz de cambiar nuestras relaciones; purificando cada vez más el deseo de posesión, abriéndolo a la lógica del don, educando y formando nuestros deseos, concentrándolos en el Amor verdadero, en el don supremo, y venciendo la tentación de los deseos superficiales, egocéntricos, hedonistas, que manifiestan sin cesar nuevas formas de posesión. Incluso es importante el modo de vestir, el modo de estar y, por supuesto, el modo de relacionarse: de mirar, de tocar, etc. El celibato exige la vigilancia constante a fin de mantener intacto el tesoro que ha sido colocado por Dios en nosotros, que somos vasijas de barro. 140


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Esto mismo exige que se viva con humildad, sin la arrogancia de creerse superior a los demás, en espíritu de oración, con austeridad de vida y a través de la relación serena y servicial con los demás. Sentirse en el propio cuerpo «como en casa», habitarlo con serenidad y en el diálogo con «Alguien» que te habita y te espera, puede ayudar a vivir una soledad habitada, gozosa, serena, que es presencia y encuentro, que es descanso y es reparadora del desgaste cotidiano. Los otros no son un refugio para llenar mi vacío interior sino verdaderos hermanos y hermanas a quienes me acerco con sencillez, con quienes dialogo en transparencia. Quien se sabe de verdad habitado y amado no irá buscando amor, reconocimiento, agradecimiento, honor, ya que se sentirá satisfecho. En el camino del seguimiento de Cristo, el celibato debe expresar, también hoy, la comunión con los otros. Liberando de la idolatría del placer, potencia la naturaleza humana en su expresión positiva, traza un camino hacia el amor verdadero, solidario, y abre a una disponibilidad sin reservas. El celibato, por tanto, unificando y simplificando la existencia cotidiana, ha de expresar y manifestar, tanto la adhesión total a Dios como la comunión y servicio a los hombres y, particularmente, a los menos amados, a quienes más necesitan amor. El celibato en la vida del sacerdote supone la purificación progresiva de un amor narcisista y adolescente, para emprender y progresar en un camino de relaciones maduras, gratuitas, puras, libres de todo interés egocéntrico. Dominar la sexualidad significa aprender a ser dueño de las propias relaciones. El centro de todo, una vez más, es el descubrimiento de un amor en el que uno se «deleita» y al que uno entrega la propia vida. El sentirse amado a suficiencia es justamente lo que hace feliz al hombre y lo convierte en generador de nueva vida, de amor, de paz y de comunión. Escuchemos a Francisco: «Para que te amemos con todo el corazón, pensando siempre en ti; con toda el alma, deseándote siempre a ti; con toda la mente, dirigiendo todas nuestras intenciones a ti, buscando en todo tu honor; y con

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todas nuestras energías y los sentidos del alma y del cuerpo en servicio de tu amor y no de otra cosa...» (ParPN 5). Sin duda, no se alcanza esta cumbre en un día. Es un proceso. Entre otras cosas, habrá que aceptar la soledad y convivir con ella. Sabemos que no existe una afectividad plenamente satisfecha ni una sexualidad naturalmente perfecta, ni en los célibes ni en los casados. Pero experimentar los propios límites no impide caminar en seguimiento de Cristo. Buscando la integración, aunque sea fatigosa, de todas nuestras instancias y tendencias, no se puede ceder a compromisos con nuestras inclinaciones ni a justificar una «tercera vía» o una «doble vida». Francisco nos diría: «Después que hemos abandonado el mundo, ninguna otra cosa hemos de hacer sino seguir la voluntad del Señor y agradarle» (1R 22,9). A quien quería abrazar la vida evangélica, el Pobrecillo sólo le ponía una condición: la conversión, que significa re-orientar por entero la propia vida al Señor. Si Francisco, por una parte, pide perdón y misericordia por todos los pecadores, por otra, expulsa con severidad a quien pacta con el pecado (1R 13), «porque el diablo quiere que vivamos carnalmente para arrebatarnos el amor de nuestro Señor Jesucristo» (1R 22,5). Todos debemos tender a esta radicalidad y ayudarnos recíprocamente. Somos responsables los unos de los otros, por tanto, somos responsables de aquellos que faltan a su promesa y tenemos el deber de corregirlos y de acompañarlos con misericordia en el camino de la conversión (2R10; Adm 22). Las relaciones cordiales, amistosas, entre los sacerdotes, la vida común, creo que son una ayuda indispensable para vivir este empeño de fidelidad, como lo son en nuestra forma de vida franciscana, las relaciones fraternas. En el camino del discipulado, el Señor nos invita a servirnos unos a otros; por tanto, los sacerdotes del Prado deberían confiarse mutuamente unos a otros y asumir la responsabilidad de corregirse fraternalmente cuando falten a su proyecto de vida sacerdotal. Con demasiada frecuencia, por desgracia, se sustituye la corrección fraterna con la crítica o la maledicencia,

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algo que el papa Francisco ha denominado «terrorismo del chisme», una plaga que puede llegar a destruir a la persona y que, sin duda alguna, hace mucho daño a la Iglesia. Algunos quizás no habrían abandonado su vocación si en el momento oportuno hubieran encontrado a alguien dispuesto a ayudarles con misericordia. 4. FUNCIÓN PROFÉTICA DEL CELIBATO La opción célibe sin más, por sí misma, no es profética. Lo será según seáis capaces de encarnarla. Tiene que expresar el amor que arde en vuestro corazón, tiene que ser provocativa y tiene que cuestionar. Quien os vea, tiene que descubrir en vosotros lo que el Señor es capaz de hacer en una criatura libre y serena que está habitada por Alguien, por un amor vivo y verdadero que le da la felicidad, no que mortifica y aburre. Habéis sido llamados para hacer visible en el mundo el encuentro constante y personal con el Señor. y para conducir a otros a realizar esa experiencia. El celibato puede ser signo de contradicción y esperanza. En nuestro mundo, que asiste a un continuo despertar de fantásticos deseos -nuevos y contradictorios- y se está convirtiendo en un supermercado al servicio de la satisfacción de dichos deseos, el celibato, no sólo proclama con la propia vida el primado absoluto de Dios que da unidad a la propia existencia y crea la armonía en todas las dimensiones de la misma: amistad, servicio, trabajo, oración.... también denuncia y protesta desde una profunda paz interior, las tergiversaciones y adulteraciones del amor verdadero. Realizando esa tarea, está realizando su función profética. Esta tarea requiere que se viva el celibato con transparencia de modo que el signo que es, sea comprensible y responda a las aspiraciones del hombre moderno a la libertad, la solidaridad y la felicidad verdadera. Si no logra expresar que está desprendido de todo, liberado de todo lo que es relativo y caduco porque saborea por anticipado lo que es definitivo y absoluto, nunca será aceptado como una riqueza para el hombre. Han de percibir que se vive el celibato con la audacia que brota de la alegría de haber en-

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contrado el «tesoro» que trastoca positivamente las perspectivas de la propia existencia. Yo espero y deseo que sean mucho más que sacerdotes que viven fielmente su celibato; yo deseo sacerdotes que son, ante todo y sobre todo, «hombres de Dios». María Contreras Mellado Hermana Clarisa, Avila

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IV.3. la VIVEnCIa dE loS ConSEjoS EVanGÉlICoS En MI MInISTErIo SaCErdoTal Cuando Lucio me propuso dar mi testimonio sobre la vivencia de los consejos evangélicos en mi vida sacerdotal, me lo pensé un poco, pero después casi inmediatamente le dije que sí, que contara conmigo. Me acordé de lo que suele decir un amigo común de que, sobre el tema del celibato, los curas mentimos o no decimos toda la verdad. Por eso me arriesgo a expresar mi vivencia con el deseo de no mentir sobre el tema. Hablar de la vivencia de los consejos evangélicos es hablar del amor, hablar de la respuesta de amor al amor inmenso del Señor. Cuando fui consciente de la llamada del Señor, tendría unos 17 años y era un joven trabajador, trabajaba vendiendo pan de la panadería de mi familia, y además, por las tardes, estudiaba el bachiller, de forma libre, es decir, sin acudir a un instituto, con el deseo de estudiar una gran carrera y ser alguien importante y tener bienes suficientes para vivir bien. Igualmente, llevaba unos tres años con una novia, como se solía tener novia en aquellos tiempos, con el deseo de formar una familia como todos mis hermanos, y con muchos hijos (somos 8 hermanos y he tenido 52 sobrinos). En aquellos años y con aquella edad, la sexualidad estaba exuberante y por eso era normal el autoerotismo y el buscar relaciones más íntimas como forma de aprendizaje para el matrimonio. Tengo que decir que fui preservado de este tipo de relaciones.

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En este contexto llega la llamada del Señor. Y la percibo como algo que me cogía en totalidad: el Señor es mi tesoro. Ya no me interesaba ni tener una gran carrera, ni un gran futuro, ni tener dinero, ni tener familia propia. Mi familia iba a ser el Señor y los que Él me pusiera en mi camino. Así percibía yo la llamada del Señor. Los 5 años que estuve interno en el Seminario fueron para mí un gran regalo. Allí crecí en los valores fundamentales de la oración, del encuentro con el Señor, de saborear la Eucaristía, de sentirme limpio de cara al Señor. Fueron unos años en los que la castidad era algo normal y querido; el no tener bienes, algo deseado; el seguir la voluntad del Señor en los acontecimientos, algo vivido con normalidad. Fueron años de crecimiento en los que el contacto con los escritos de Carlos de Foucauld y Antonio Chevrier me ayudan a profundizar (en aquellos años Roger Servy nos impartió ejercicios espirituales al Seminario Mayor) Pero al final del año 69 llega la crisis del Seminario. Esto me sitúa ante opciones que, por coherencia pensaba yo, me hacen decidir en contra del pensamiento del Obispo. Así estuve viviendo en un grupo, fuera del Seminario, terminando la teología en Granada durante dos años, después un año en Madrid, donde me convertí en cocinero de los compañeros y en albañil, pues hice un curso de albañilería; y al año siguiente, un año en Salamanca, trabajando de albañil, mientras mis compañeros estudiaban distintas carreras. Eran los años del postconcilio y todo se iba relativizando; uno de los temas que se relativizaba era el celibato. Poco a poco, mis compañeros van optando por la vida matrimonial y, en ese ambiente, fuera del contexto del seminario, yo vuelvo a prácticas de autoerotismo, visto como algo normal, aunque siempre rechazado por mí, como contrario a mi opción de seguimiento del Señor. Una vez de vuelta en Canarias, y cuando ya todos los compañeros habían optado por otro tipo de vida, una vez realizado el servicio militar en la Cruz Roja del Mar (fui socorrista acuático), planteo que mi vida es el se-

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guimiento del Señor en el ministerio, para lo cual siempre había sido coherente en lo fundamental y nunca me había alejado de este objetivo. Licenciado de la mili en abril de 1975, entro en contacto con el Obispo, el mismo que me había dicho seis años antes: si te vas, no te ordeno. Y, para mi asombro, descubro que el Señor me estaba esperando. El 2 de mayo hablo con el Obispo, y nos dimos un abrazo de reconciliación, y, después de pedir a algunos curas cartas que me avalaran (ya que llevaba unos 6 años fuera del Seminario), se recibieron cerca de 30 cartas, algunas colectivas. Y así, el 18 de junio fui ordenado diácono y el 11 de julio del mismo año, ordenado presbítero. Hace de esto 42 años. Con este preámbulo, que me ayuda a entender mi vida ministerial, comienzo la andadura, en la que, durante todos estos años he sido párroco en 4 parroquias, las dos primeras en las islas no capitalinas de Lanzarote y Fuerteventura; he sido vicario episcopal de la ciudad de Las Palmas, rector del seminario durante 9 años, después de lo cual fui enviado a estudiar Derecho Canónico a Roma por 3 años; y ahora, desde hace 7 años, soy párroco de la parroquia del Carmen en el Puerto de Las Palmas, y, además, vicario judicial y profesor de Derecho Canónico en el Instituto Superior de Teología de las Islas Canarias. ¿Cómo ha sido mi vivencia de los Consejos evangélicos durante estos años? En los primeros años, mi visión era al estilo foucauldiano de la radicalidad en la vivencia de los consejos. Por eso buscaba una vida de obrero, lo más parecido a la gente sencilla de la que era ministro servidor: iba con la gente del campo de Lanzarote a ayudarles en la recolección de la cebolla, trabajaba con los que podía ayudándoles en tareas de albañilería; yo quería ser uno de ellos (en Mozaga, un pequeño pueblecito de los 9 que atendía en la isla, se corrió la voz de que, como no había curas, habían enviado un albañil mientras tanto, para atenderles). Igualmente, la obediencia al superior, al Obispo era exquisita. La experiencia de desobediencia siendo seminarista me marcó, de tal manera que ya no concebía mi vida sin obedecer a pies juntillas lo que me mandaran. La castidad en el celibato era buscada constantemente, como signo de segui147


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miento del Señor, alejándome de todo aquello que supusiera dividir el afecto más profundo del corazón. Los años fueron pasando, y ya en la isla de Fuerteventura, la experiencia de dolor en mi familia por la muerte de seres queridos, me hace entrar en una especie de cansancio pastoral, llegando a poner en duda mi propio ministerio, así como lo vivía. Y es ahí donde aparece la necesidad de una mayor formación. El estudio del Derecho Civil, sin dejar el trabajo pastoral, se convirtió en la tabla de salvación. Pero al mismo tiempo, me complica la vida, ya que se multiplican los campos a los que me tengo que dedicar. Por todo ello, la vivencia de los consejos evangélicos, que no se puede separar de la vida concreta que uno va viviendo, se va profundizando, de tal manera que adquiere un profundidad personal y una normalidad en mi vida, que serenan por completo mi existencia. Así, en el consejo de la pobreza evangélica ha sido de una ayuda enorme el Prado y la regla de lo necesario, o lo estrictamente necesario que propone el Padre Chevrier. De esta forma me convierto en alguien que no tiene bienes; no tengo bienes y vivo con lo mínimo, ya que no necesito nada. Si ahora me muriera, solo tengo para dejar en herencia el coche que uso de unos cuantos años y los libros que he ido acumulando. La habitación que tengo en mi casa paterna es de mis sobrinos. Vivo de mi pensión y la pequeña ayuda que da el obispado a todos los curas pensionistas. Y vivo contento porque no tengo nada, es el Señor quien me sostiene, y me asemejo a muchos de mi gente que no tienen nada; pero comparado con muchos de ellos, soy un rico. La tentación en este campo la concreto en buscar sutilmente vivir con cierta comodidad. Igualmente, respecto al consejo evangélico de la castidad en el celibato, intento seguir manteniendo mi corazón indiviso. No tengo otro amor que el Señor, y así quiero que siga siendo. Es verdad que la sexualidad sigue viva y, con el tiempo, me ha ayudado a ver mi pobreza, y que ni siquiera puedo ponerme el galardón de totalmente puro. Pongo ante el Señor mi debilidad y mi pobreza personal. De todas formas en este tema, la edad va 148


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haciendo maravillas y va poniendo las cosas en su sitio. Agradezco al Señor el don que me ha regalado de vivir la virginidad física en cuanto a relaciones con otras personas. Sé que esto no es lo único en cuanto a la vivencia de la castidad, pero es un detalle a agradecer al Señor, quien ha llevado y lleva mi historia. Y respecto al consejo evangélico de la obediencia, la experiencia de desobediencia al Obispo, siendo seminarista, ha sido un elemento clave en mi vivencia de la obediencia. Siendo presbítero, siempre he obedecido lo que me mandan. Puedo decir que siempre ha contado y puede contar conmigo la Iglesia. Es más, la obediencia se concreta en aceptar los acontecimientos que la vida me va presentando, como signos de la voluntad del Señor. Conmigo puede contar la Iglesia, puede contar el Señor, mientras me quede un aliento de vida. Esto se manifiesta en la disponibilidad: siempre digo que sí a aquello que esté en mis manos y que redunde en bien del anuncio del evangelio. Aunque la tentación la concreto en no obedecer plenamente lo que los acontecimientos van demandando de mí. Los años me han hecho descubrir que la respuesta al amor de Dios por medio de los consejos evangélicos es un proyecto siempre inacabado, es un proyecto que dura toda la vida. Nunca puedo decir: ya soy suficientemente pobre, suficientemente obediente, suficientemente casto. La respuesta al amor de Dios siempre está en búsqueda de nuevas respuestas. Esto es, en síntesis, mi experiencia de vida sobre los consejos evangélicos. Gracias por la atención Agustín Sánchez

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V.- TallErES

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V.1. PoSIblES auToEnGaÑoS 0. Dos observaciones preliminares 1. Puede parecernos prematuro hablar de autoengaños en el celibato antes de hablar del celibato. Pero José I. Blanco ha deshecho en mí este escrúpulo porque al hablar del celibato de Jesús ha dejado caer unos pensamientos bien certeros sobre nuestro celibato. Pero al trasluz de estos autoengaños podremos entrever algunos destellos del celibato evangélico que nos preparen para comprender mejor y amarlo más. 2. El elenco de autoengaños recogidos en esta exposición es muy incompleto. Voy a dedicarme más a describirlos que a profundizar en ellos. A quien desee profundizar más le sugiero la lectura detenida del nº 31 de la revista Frontera-Hegian, escrita por el psicoanalista jesuita C. Domínguez, particularmente el cap. 4º denominado “Equívocos y deslizamientos” (pgs.83-110) y la obra de Cencini: “Por amor, con amor, en el amor” las pgs 659-666. Nosotros seguiremos una vía más pedestre. 1. ¿Amistad heterosexual o amor? Un autoengaño puede confundir amistad con amor subrepticiamente genital. Es preciso distinguir, en este punto, “amistades”, amistad y amor. Las 153


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“amistades” no son amistad. Son relaciones preferenciales con determinadas personas del otro sexo, con las cuales estamos más a gusto que con las demás, pero no les abrimos nuestra intimidad más profunda. Suelen ser, con frecuencia, varias. La amistad es otra cosa. Dice el profesor Vázquez “La amistad es un amor típicamente humano y espiritual que no se funda en la carne y en la sangre ni hunde sus raíces en el universo familiar, sino en el brote del encuentro de un “yo” con un “tú” como sujetos personales”. Otra cosa es el amor, una de cuyas realizaciones más universales y más dignas es el amor de pareja comprometida afectiva y genitalmente y que se prolonga en la paternidad-maternidad. La fuerza motivadora, gratificadora, responsabilizadora es casi inconmensurable (naturalmente en las parejas realizadas). Las oleadas de generosidad que despierta son grandes. La experiencia de ser esposo y padre son, en el orden humano, casi únicas. Junto a él, el amor célibe al Señor y a los hermanos (por supuesto, en los célibes realizados o en camino) está impregnado de familiaridad, de oblatividad (= entrega generosa y demanda respetuosa) de universalidad en la relación y en la dedicación, de autonomía afectiva y de capacidad de vivir positivamente una soledad fecunda que enriquece la interioridad. (cfr. Cencini: “Virginidad y celibato hoy” pg. 33). ¿Cabe la auténtica amistad de un célibe con una mujer? Algunos especialistas la niegan (I. Leep). Personalmente no dudo de que es posible y saludable: armónicos masculinos y femeninos se enriquecen mutuamente. No es para célibes de primera y segunda hora (jóvenes y adultos jóvenes). “Es muy conveniente someterse durante años a una disciplina muy severa si se quiere llegar a la verdadera plenitud de la amistad en el celibato” (Raguin: “El celibato en un mundo mixto” pg. 117). Son escasas numéricamente estas amistades profundas entre célibes y entre casados y en todos los continentes. La amistad y el amor genital son dos registros diferentes, pero próximos. Es fácil en muchos casos una evolución de la amistad hacia el amor. Los signos son bastante evidentes, aunque quienes están implicados en este proceso de transformación tengan resistencia psíquica a reconocerlos. Son éstos: 154


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- La necesidad o fuerte demanda de presencia física (se soporta mal la separación) - La inclinación acusada a efusiones expresivas de afecto (contacto con las manos, besos, abrazos, “detalles” frecuentes) - La aparición de la celotipia respecto de otros amigos de la persona amiga. - La propensión reiterada a conocer los sentimientos íntimos de la mujer amiga y a comprobar su nivel de adhesión y afecto hacia nuestra persona. El “autoengaño” consiste en que el célibe “no vea”, no lea estos signos, porque en el fondo no desea verlos. “Es preciso aprender a soportar la verdad” (Freud). 2. La compensación autoerótica Otra cosa es un celibato que descarta toda relación amorosa y genital singular con una mujer, pero, consciente de que la biología masculina, los estímulos genitales del ambiente, la fatiga provocada por las tareas apostólicas y las frustraciones pastorales que se van acumulando elevan con frecuencia notablemente su temperatura erótica, consideran legítimo y saludable para el equilibrio psíquico y la serenidad de nuestras comunicaciones fraternas y pastorales un desahogo masturbatorio eventual cuando se sienten “cargados”. Tal comportamiento sería como abrir la espita de una olla a presión para que no estalle. Un procedimiento regulador periódico aceptado como compatible con el celibato. Me he encontrado con esta conducta justificada en un amplio grupo de sacerdotes. Una cosa es calibrar con rigorismo moral una conducta eventual en tales circunstancias y otra considerar coherente con la opción célibe una conducta periódica habitual de esta naturaleza. El criterio moral es aquí el punto central. Tal criterio reconoce que la masturbación no es coherente con la opción célibe. Junto a este criterio es importante la habitualidad (semanal, quincenal) que delata una servidumbre. 155


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Con todo, es preciso distinguir esta situación de otra que solo aparentemente es análoga: la de aquellos sacerdotes con una vida orante aceptable y una entrega apostólica envidiable que, sin embargo, sucumben con alguna frecuencia a esta debilidad. Se sienten bien en su piel de presbíteros. Aman su celibato. Desean ser íntegramente célibes y sufren por estos deslices. Ni su vida espiritual ni su pasión pastoral se resienten significativamente por este proceder que los humilla. No cejan en su empeño de desembarazarse de él. Lo comunican a su acompañante espiritual y en el sacramento de la Reconciliación. Sería injusto, inhumano y poco evangélico no valorar un celibato así como positivo. Mantener la debida vigilancia y vivir la humildad y la comprensión para con otros que su debilidad favorece es la tarea que esta situación postula de ellos” (mi libro “El celibato” pg. 150). 3. La derivación hacia la rigidez y des-sexualización Existe también otra manera de desvirtuar la vivencia del celibato con el autoengaño consiguiente. Diferentes estudios (entre ellos una investigación que realizamos bajo la estrecha dirección del Profesor Vergote con 160 presbíteros de diversas nacionalidades) delatan que hay una manera estricta y rígida de vivir el celibato, que llega a desnaturalizarlo. En nuestro estudio (de 1974) registrábamos que un 40% de sacerdotes entre 35 y 65 años intentaban, con insatisfacción y esfuerzo, una neutralización de la mujer como ser sexuado y atractivo para el hombre. Pretendían considerarla simplemente “un alma”. Igualmente contemplaban sus impulsos sexuales como algo negativo o, al menos, residual (“de eso no se habla”). Puede parecer a primera vista que esta desviación es “agua pasada”. Lo es en muchos sacerdotes que han pasado de esta disciplina rígida pero neta, a un no saber atenerse a la hora de discernir qué es y qué no es compatible con un celibato cabal y evangélico. Pero existe en los movimientos de la extrema derecha eclesial un talante de disciplina represiva (a veces maquillada de afirmaciones teóricas más actualizadas) que neutraliza a la mujer y reprime (en el sentido técnico de esta palabra) nuestros impulsos genitales. 156


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Es necesario comprender bien no solo la sublimación, sino también la represión. Es una pena que no podamos exponerla aquí. Porque la idea popular de represión no coincide con la idea correcta. La opinión corriente llama represión al acto voluntario y consciente que aleja de sí el acercamiento erótico a una persona, una imagen o un deseo autoerótico porque los percibe como contrarios a la opción de vida célibe realizada por motivos nobles (identificación con Jesucristo, entrega a la comunidad, etc.). Esto es más bien una renuncia a la pulsión genital, un mecanismo sano. Es la continencia propia de un celibato auténtico. No es represión. La represión es inconsciente. Nada más asomar el impulso al umbral de la consciencia es violentamente expulsado de ella. Desde el inconsciente (ICS), como un surtidor de agua cegado fuertemente, busca “salir por otra parte” y encharca el entorno. Sale “disfrazado” bajo forma de dominio, de tristeza, de rareza, de rigidez, etc., etc. 4. La derivación hacia la erótica del poder Otro autoengaño consiste en una derivación del deseo erótico a relaciones de dominio. Ya Adler, discípulo heterodoxo de Freud, vio este fenómeno con perspicacia. La tentación de cobrar “no en metálico, sino en especie” es bastante frecuente. No solicitamos de la mujer intercambios sexuales, ni se los brindamos. Pero reclamamos de ella adhesión incondicional, aceptación acrítica de nuestras recomendaciones, admiración, necesidad de controlar su vida y decisiones, la búsqueda de signos de agradecimiento, exclusividad a la hora de orientarla o en la relación con otras personas, buscamos la autoexhibición o la admiración acrítica. O en la escala social ambicionamos puestos relevantes o influyentes. La voluntad de poder (Adler) suplanta en parte al deseo sexual. Es una sublimación “a la inversa”. Es más bien un mecanismo de defensa en el sentido riguroso de esta palabra. En vez de orientar hacia fines social o religiosamente nobles las energías no sexuales que están al servicio de nuestro polo genital, tales energías son desviadas hacia el propio “Ego” que se autoafirma en su tendencia a dominar, a controlar, a “saberlo todo” de los demás, a hacerlos dependientes de nuestro “Ego”. 157


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Hemos utilizado el verbo “suplantar”. Pero no es el más adecuado en bastantes ocasiones. Me parece que estos requerimientos esconden muchas veces una vinculación erótica disfrazada. En uno u otro caso son expresiones inauténticas del celibato. Las querencias dictatoriales de algunos clérigos, su reacción violenta a la crítica dirigida a él, su alergia a un gobierno pastoral colegial son algunos síntomas a este desplazamiento poco feliz de las energías eróticas. 5. Mucho servicio y poco amor He aquí un elenco de posibles autoengaños ante los cuales, con la ayuda del Espíritu, hemos de mantenernos perspicaces sin caer en la suspicacia. Un celibato no suficientemente anclado en el amor incondicional al Señor y a la comunidad. La generosa voluntad de servicio anima a muchos seminaristas a abrazar el ministerio. Suele ir acompañada de una adhesión a Jesucristo vivida como amigo, modelo, libertador. La voluntad de servicio se va orientando, por la vía de la formación, hacia la entrega pastoral a la comunidad cristiana. Esta entrega se vive de manera más plena en el ministerio. Es el punto fuerte de muchos pastores y la pasión de bastantes de ellos. Si la formación está bien orientada y la sensibilidad religiosa es viva el amor de adhesión al Señor va creciendo y alejando dentro de sí el amor de identificación con Jesucristo Pastor. Entonces el celibato tiene su caldo de cultivo propicio. Pero sucede con bastante frecuencia que la entrega a la comunidad sigue manteniendo de momento su vigor, mientras que el amor de adhesión y de identificación respecto a Jesucristo no se desarrolla e incluso se debilita. Tenemos un celibato que claudica por su asiento principal. Porque el celibato no es solo ni primariamente asunto de servicio, sino asunto de un amor hecho de convicción, de voluntad y de afecto (afinidad) al Señor. Un afecto diferente y menos turbulento que la emoción genital, pero hecho de afinidad, de deseo de amarle, de atractivo hacia Él, de voluntad de adhesión a Él y de reproducir su entrega al Padre y su pasión por los herma158


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nos. Es el que nos hace decir: “Nuestro gozo, Señor, es hacer tu voluntad”, o cuando tenemos deslices o fases más mediocres: “Anota en tu libro mi vida errante; recoge mis lágrimas en tu odre, Dios mío”. El celibato es renuncia al amor conyugal por un amor más grande para mi vocación particular (no en sí). Esta notable descompensación entre la entrega a los feligreses (más visible) y el amor al Señor (invisible) debilita y deforma el celibato. Uno de los signos más sensibles es lo costoso y lo intermitente de nuestra oración. No es posible ser continente ni menos ser cabalmente célibe con este notable escoramiento, que es muy frecuente. Muchos sacerdotes se lamentan de su pobre y escasa vida orante y de su escucha poco profunda de la Palabra. Muchos celibatos que se malogran adolecen de anemia espiritual. Suele suceder, incluso, que el sacerdote sin darse cuenta (sabiéndolo y no sabiéndolo) intenta llenar su vida de actividades para no encontrarse cara a cara con ese vacío interior en el que flaquea su adhesión amorosa al Señor e incluso su verdadero amor comprometido a aquellos a los que sirve. Este tipo de vida lleva un coeficiente exagerado de insatisfacción más o menos encubierta que se hace perceptible en determinadas circunstancias o fases de la vida. El recurso a compensaciones eróticas es, en estos casos, casi inevitable. Puede tranquilizarse mientras trabaja con gusto y quiere a su gente. Aquí reside el autoengaño. El amor y el trabajo por lo demás, fácilmente van adquiriendo adhesiones narcísicas e incluso eróticas. 6. La llamada “tercera vía” Otro autoengaño es la llamada “tercera vía” que pretende defender la legitimidad de una actitud y comportamiento que consistiría en un espacio intermedio entre el celibato sexualmente continente y la vida de pareja. Entre un célibe y otra persona célibe o no célibe se instauraría una relación que implica al mismo tiempo enamoramiento mutuo e intercambios eróticos. Estos intercambios excluyen en su planteamiento el momento final de la unión plena y del orgasmo y el coito. El punto de exigencia que se 159


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imponen estriba en que esta relación, sin perder su carácter único, no impida la dedicación a la misión propia de los así enamorados. Las convicciones de fondo que sostienen su posición, son estas: 1) El ejercicio de la sexualidad en su modalidad genital es una necesidad. 2) Un celibato continente favorece el narcisismo, genera frustración y depaupera la afectividad. 3) “La expresión genital es tan válida como la continencia con tal que no amenace el proyecto del servicio al prójimo “ (Garrido, pg. 178). 4) Favorece el equilibrio liberando de las tensiones inherentes al celibato continente. 5) Incluso ayuda a descubrir con mayor verdad el amor de Dios y el amor a Dios. Hoy se habla menos de la tercera vía; pero “de hecho funciona en muchos casos… Es una aberración” (Garrido, pg. 179). El sujeto ignora que la actividad sexual y afectiva tienen otras vías de comunicación ricas, libres y generosas que no implican la relación genital, reservada a la pareja. La tercera vía es una racionalización justificadora de una atracción genital que la opción célibe pide controlar. Es, a la larga (o a media distancia), bastante artificiosa: en el momento próximo al clímax genital, se desvía la dinámica biopsíquica que pide la culminación y los dos (o uno) resuelven la situación mediante la satisfacción autoerótica. No es extraño que esta “barrera artificial” que se han propuesto, sea derribada por la fuerza de la pasión. En los casos que he seguido de cerca es esto lo que ha sucedido. Oigamos a Raguin: “por lo que se refiere a la “tercera vía” que pretende permitir en el celibato unas ternuras y unas intimidades que son absolutamente conyugales, no puede aceptarse más que como un autoengaño” (El celibato en un mundo mixto). 7. La doble vida justificada Un celibato con debilidades no deja de ser celibato mientras exista una voluntad humilde de colaborar con la gracia del Espíritu para ir superando los deslices. Si estos son graves y crónicos, la persona que los padece o los permite deberá preguntarse si realmente ha recibido o mantiene el ca160


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risma del celibato. Si es sensible, su vida es un infierno. Si no lo es, está muy próximo a la doble vida. Esta es la escueta radiografía de la “doble vida”: “Atrapado y escindido entre una vida oficial y aparente que procura simular fidelidad y una vida real y escondida, gravemente infiel en aspectos morales importantes (relación sexual habitual con una o con varias mujeres, esclavitud de substancias tóxicas, juegos turbios con el dinero…). Se alza un tabique entre “el personaje” que guarda celosamente una apariencia de honorabilidad y “la persona”, que vive un naufragio espiritual. En un principio, la doble vida provoca un malestar saludable: el remordimiento. Es el timbre de alarma de una conciencia moral que no se resigna a ser acallada. Es el flanco de la llamada del Señor a la conversión. Pero, pasado el tiempo, el malestar se convierte en acostumbramiento, revestido de “nuevos criterios morales” y de justificaciones por “lo dura que ha sido la vida” con él. Merece el reproche del Señor: ”tienes apariencia de vivo, pero estás muerto” (Ap 3,1). Pero aún hay un camino de retorno: “recuerda cómo escuchaste y recibiste la Palabra: consérvala y cambia de conducta” (Ap. 3,3). He aquí un elenco incompleto de posibles autoengaños. Vosotros sabréis completarlo. CuESTIonarIo: 1. Entre los diversos autoengaños, cuál o cuáles te parecen más frecuentes y peligrosos en los sacerdotes. 2. Qué factores favorecen tales autoengaños. ¿Alguno te parece el factor central? (educación recibida, ambigüedad en la opción por el celibato, déficit de interioridad, vida desarreglada…) 3. ¿Qué resolución principal habría de tomarse para prevenir estos autoengaños? Monseñor Juan María Uriarte 161


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V.2. InTElIGEnCIa EMoCIonal DESARROLLO: 1. Conforme van llegando los participantes, se está reproduciendo el video de la canción Madre Tierra: https://www.youtube.com/watch?v=VkurIZ7QydM 2. Posteriormente se analiza lo ocurrido. 3. Seguimos el taller presentándonos y motivando a que todo el taller será práctico y que en cualquier momento hay que vivir las emociones. Respondemos a las preguntas: ¿Por qué me he apuntado al taller? ¿Qué expectativas traigo? Aparece la cartulina “necesito un abrazo” y otra con “abrazo a quien lo necesite”. Se deja actuar al grupo. Explicamos que las cartulinas quedarán expuestas durante todo el taller y se pueden coger cuando se necesite.

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4. Si se producen bloqueos ante esta dinámica, hay que desbloquear. Para ello, se hablará directamente y se pueden hacer las dinámicas siguientes: - Junco movido por el árbol. - Explicación de lo que producen los abrazos y cómo darlos. - Poner video sobre los abrazos: https://www.youtube.com/watch?v=i1xnVdiV9xE 5. Terminamos esta parte con el ejercicio del masaje colectivo: puestos en círculo con las manos en los hombros de la persona que está delante, vamos dando pequeñas instrucciones de masaje con un cuento inventado improvisadamente, sobre animales: hormiga, serpiente, ave rapaz, elefante, paloma etc. y cada animal hace un efecto masaje según su peso y características. Terminar con abrazo colectivo y puesta en común de lo realizado. 6. Vídeo 1: Elsa Punset + explicación compartida con los participantes: https://www.youtube.com/watch?v=4pwo5g04HvI El problema es que hablamos de emociones sin saber bien de qué se trata y sin distinguir lo bueno y lo malo del estar emocionado. La psicología divulgativa nos da a entender que la emoción tiene que salir, que no debemos reprimir la emoción, que tenemos que atender nuestra vida emocional, que tenemos que gestionar emociones, etc., pero lo cierto y verdad es que la emoción es un mecanismo adaptativo que se desencadena automáticamente en presencia de ciertos estímulos y en ciertas circunstancias... cuando los estados emocionales se fijan en nuestra conducta, se vuelven desadaptativos y dejan de funcionar como automatismos defensivos. Otra cosa son los sentimientos, a los que nos referimos al hablar de nuestro estado emocional: me siento de tal o cual manera (triste, satisfecho, atemorizado, entusiasmado, etc.) y yo entiendo que en muchas ocasiones se trata, no de estados emocionales sino de 164


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desadaptaciones emocionales. Por ejemplo, la persona que no quiere salir de la tristeza de la pérdida o la que no sabe entrar en ella manteniéndose, convierten la emoción en mecanismos desadaptativos. El famoso libro de Goleman de la Inteligencia Emocional explica algo de esto y crea una teoría muy vendible que habla de tratar con inteligencia nuestras emociones para no vivir presos en ellas, es decir, para poder salir de la fijación desadaptativa de las mismas. El emocionar es precognitivo y aplicar la inteligencia a la emoción solo puede ser recomendable en la desadaptación emocional. Por otro lado, los mecanismos emocionales son siempre buenos y, aunque la emoción sea de miedo o de alegría, daría igual. Emocionarse es bueno siempre e inevitable además, aunque hay patologías que perturban esta función como son las sociopatías. Lo que más me gusta del trabajo con emociones es trabajar la empatía. 7. Vídeo 2: Empatía (la emoción del otro) + explicación compartida con los participantes: https://www.youtube.com/watch?v=alh6nYPSanI 8. Meditación y miradas de Jesús: de las cuatro emociones básicas la única que podemos salvar así, sin profundizar, es la alegría, aunque las otras son igualmente necesarias e imprescindibles, por lo que podemos hacer una lectura positiva -cristiana- de la ira, del miedo y de la tristeza. Nada más escribir sus nombres pienso en pasajes del evangelio protagonizados por Jesús: cuando expulsa a los mercaderes del templo (ira), la oración en el Huerto de los Olivos (miedo) o al recibir la noticia de muerte de su amigo Lázaro (tristeza). Se trata de evangelizar las emociones más que psicologizarlas.

Miradas:

Dos miradas de Jesús. Hablar de la mirada de alguien es fijarnos en lo más significativo de esa persona al relacionarse con los demás. Refiriéndonos

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a Jesús, nos estamos fijando en su mirada humana, como la nuestra, y en la divina cuyas virtualidades intuimos, pero no llegamos a comprender. Hoy quiero hacer hincapié en esos sentimientos de Jesús expresados con su mirada. Solemos decir que una mirada lo dice todo, y es cierto si se entiende bien. Porque así como la mirada humana puede ser de cercanía o de lejanía, indiferente o confidencial, en Jesús no cabe la indiferencia ni la lejanía. Las miradas de Jesús lo dicen todo, todo lo bueno que anidaba en su corazón y en su alma. La mirada hoy al joven rico, fue una mirada de cariño, dice Marcos. Algunos apostillan que fue una mirada de cariño “perdida”. No. Ninguna mirada de Jesús o de Dios se pierde. Y aquel joven la recibió y, por más incoherente que fuera, una mirada de Dios, una mirada de cariño de Jesús, no se puede olvidar nunca. Lo que estuvo perdida fue la oportunidad del joven de secundar el cariño de Jesús. La otra mirada, hoy, fue a los discípulos, al mismo tiempo que les llama “hijos” y les pide que no se fijen tanto en su vulnerabilidad cuanto en la bondad del Padre, del Padre de Jesús y del suyo. Otra mirada de profundo cariño. ¿Cómo me mira a mí, hoy, aquí y ahora? Las miradas no se inventan, se experimentan, como los sentimientos. Cada uno tenemos que pararnos, mirar un poco hacia el corazón, y, desde él, contestar cómo nos vemos mirados por Jesús. Tres detalles: Si no nos viéramos mirados por Jesús, antes de contestar reflexionemos. Jesús no falla. Ha prometido que seguirá con nosotros hasta el final, y tenemos que pensar que lo hace con los mismos sentimientos y gestos que manifestó en su vida temporal. Tanto el joven, como los discípulos, antes de ser mirados con cariño, acudieron a Jesús en busca de lo que, como humanos, no podían obtener. El joven era buen cumplidor desde joven de lo que pensaba que debía hacer; lo mismo que los discípulos.

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Dios nos sigue mirando con profundidad, con discernimiento, con benevolencia, con cercanía y misericordia, con cariño. Este es el rostro suyo que nos mostró Jesús en el Evangelio. Esto es lo que hizo Jesús con Zaqueo, con el Centurión, con la Hemorroísa, con María Magdalena, con Marta, María y Lázaro y con todos los enfermos, leprosos, cojos, ciegos y lisiados con los que se hizo el encontradizo. Es importante la respuesta que demos cada uno a la mirada personal de Jesús, de Dios. Pero, sólo importante. Lo decisivo nunca es lo nuestro, sino lo suyo. Por eso, a mí lo único que me tranquiliza es el convencimiento de que él me ha mirado y me sigue mirando con cariño. Sólo pido no olvidarlo nunca y ser capaz de agradecerlo, como hijo bien nacido. 9. Trabajar el Salmo 139 (138): Omnipresencia y omnisciencia de Dios. (Musicalizar): Señor, tú me sondeas y me conoces. Lectura pausada del salmo y se repite la antífona musicalizada. 10. Insistimos en lo de los abrazos: en lugar de dejarnos sentir emociones, sintamos a las personas. Al abrazarlas acogemos no solo sus emociones sino sus vidas en su plenitud e integridad, aunque solo sea por unos pocos segundos. Se trata de 'sentirnos' porque nuestro cuerpo no es algo que tenemos sino lo que somos. Terminamos con abrazos que acogen, abrazos que sostienen, abrazos que fortalecen, abrazos que perdonan, abrazos que... Con una bonita música, abrazarnos sin prisas y compartir luego la experiencia. 11. Evaluación conjunta del taller.

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Salmo 139 (138)

Señor, tú me sondeas y me conoces;

me conoces cuando me siento o me levanto, de lejos percibes mis pensamientos;

distingues mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares;

no ha llegado la palabra a mi lengua y ya, Señor, te la sabes toda.

Me estrechas detrás y delante, me cubres con tu palma.

Tanto saber me sobrepasa, es sublime y no lo abarco.

¿Adónde iré lejos de tu aliento, adonde escaparé de tu mirada?

Si escalo el cielo, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro;

si vuelo hasta el filo de la aurora, si emigro hasta el confín del mar,

allí me alcanzará tu izquierda, me agarrará tu derecha.

Si digo: "Que al menos la tiniebla me encubra, que la luz se haga noche en torno a mí",

ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como el día.

Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno.

Te doy gracias, porque eres sublime y te distingues por tus hechos tremendos;

conocías hasta el fondo de mi alma, no se te escondía mi organismo.

Cuando en lo oculto me iba formando y entretejiendo en lo profundo de la tierra,

tus ojos veían mi embrión, mis días estaban modelados, escritos todos en tu libro, sin faltar uno. Qué incomparables encuentro tus designios, qué densos sus capítulos:

los cuento y me salen más que granos de arena; si los desmenuzo, aún me quedas tú.

"Dios mío, si mataras al malvado, si se apartaran de mí los asesinos

que hablan de ti pérfidamente y se rebelan en vano contra ti".

¿No aborreceré, Señor, a los que te aborrecen, no me repugnarán los que se te rebelan?

Los odio con odio implacable, los tengo por enemigos.

Dios mío, sondéame para conocer mi corazón, ponme a prueba para conocer mis sentimientos:

mira si mi camino se desvía, guíame por el camino eterno.

Micaela -Miki- Bunes Portillo y José Mª Tortosa Alarcón 168


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VI.- MESa rEdonda

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VI.1. SIGnIFICaTIVIdad Y FECundIdad dEl CElIbaTo dEl SaCErdoTE HoY Lamento arrancaros de este clima encantador en el que nos ha introducido Mari Patxi Ayerra. Lo mío va a ser desoladoramente serio. Me consuela pensar que, después de haber hablado en mi primera intervención de las dimensiones oscuras y ambiguas, ahora me voy a dedicar a aspectos más luminosos, aunque sin olvidar nuestro celibato real y sus avatares. El enunciado del tema de esta Mesa redonda parte de una doble convicción. La primera puede formularse así: el celibato es signo de unos valores evangélicamente preciosos. Así entiendo el vocablo significatividad. En esta perspectiva nos corresponde desentrañar tales valores (es decir, ponerles nombre, describirlos y desvelar su relación con el celibato). La segunda convicción sostiene que el celibato (por supuesto, el celibato logrado, no el malogrado) produce frutos saludables en la comunidad humana, cristiana y en la misma persona célibe. Así interpreto el vocablo fecundidad. Esta doble convicción no es compartida hoy por el clima cultural predominante. Dentro de él, el celibato ha perdido notablemente significatividad. En consecuencia se ha limitado sensiblemente el área de su fecundidad. No nos toca ahora describir ampliamente este clima. Una mentalidad popular extendida lo condensa en esta fórmula: el celibato produce connaturalmente tristeza, rareza y dureza. En consecuencia, un celibato sano 171


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sería prácticamente imposible. Mucha gente piensa que los curas tienen, por lo general, una vida amorosa y genital subterránea, al abrigo del conocimiento incluso de los más cercanos. La misma mentalidad se expresa en términos más cultos: el celibato favorece el narcisismo, genera frustración y depaupera la afectividad de su titular (podéis encontrar una explicación de estos términos en mi libro “El celibato”, pgs. 13-14). Hay incluso ámbitos eclesiales que, en una medida u otra, están tocados por algunos aspectos de esta mentalidad y tienen sus dudas acerca de la posibilidad de un celibato auténtico. En este sentido el celibato es, hoy, “contracultural”. El contenido de mi exposición se despliega, de acuerdo con el enunciado del tema, en dos momentos: 1º. De qué valores humanos y evangélicos es el celibato sacerdotal signo preclaro. 2º. En qué consiste en concreto la fecundidad de un celibato bien vivido.

I. El CElIbaTo CoMo SIGno Digamos de una vez por todas. Hablamos de un celibato logrado (aunque no sea perfecto; nunca lo es). Porque un celibato arrastrado o rígidamente vivido, más que un signo es un contrasigno. Todo signo remite a una realidad a la que apunta. ¿Cuál es esa realidad en el caso del celibato sacerdotal? 1. Signo del Absoluto de Dios Optar por el celibato y vivirlo es una manera eminente y expresiva de reconocer y afirmar que Dios y su Reino son más decisivos y definitivos que cualquier persona o valor, que el mismo amor conyugal y parental. Son señales que nuestro yo ideal entrevé en el celibato diseñado por el Evangelio, por la experiencia creyente y fiel de muchos célibes en la historia de la co172


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munidad de Jesús. Algunas tienen más resonancia en unos célibes; otras, más en otros. Todas ellas son percibidas, sentidas y realizadas de manera limitada, incompleta, surcada por la debilidad e incluso la duda en determinados momentos o fases, por el yo real que somos cada uno de nosotros. Pero no son significados ideológicos, sino progresivamente descubiertos desde el Evangelio hasta nuestros días. Signos que siguen siendo decantados de adherencias incoherentes que los han ensombrecido y ensombrecen más o menos. Pero son signos reales. Son capaces de suscitar en el corazón de algunos especialmente vocacionados “un amor más grande”. Naturalmente, Dios y su Reino han de ser lo más importante para el cumplimiento de su vocación para todos los cristianos. Pero la manera de dar a entender esta convicción es en el celibato especialmente expresiva por lo que lleva de opción y renuncia radicales a los valores antedichos. 2. Signo del Señorío único de Jesucristo El celibato del sacerdote expresa externamente una manera de amar a Jesucristo por encima de todo otro amor. Por supuesto este amor habría de ser patrimonio de todo cristiano. El Bautismo es una consagración al Señor. Y consagrarse significa entregarse de manera total (toda la persona) definitiva (por toda la vida) y exclusiva (a un solo Señor). El célibe vive esta consagración como un amor de identificación en virtud del cual adoptamos voluntariamente un estado de vida que reproduce (siquiera de manera imperfecta) el estado de vida que por amor al Reino de Dios su Padre, adoptó Jesús en su vida prepascual porque lo percibió y sintió como la manera más adecuada de cumplir la misión que el Padre le había encomendado. 3. Signo del Espíritu de Jesús El celibato es, a la luz de la fe, un carisma específico, un don del Espíritu Santo, que refleja la singularidad de esta Persona Trinitaria. El Espíritu Santo es don, libertad, amor. El celibato auténtico es don fecundo de la 173


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propia persona al Señor y a la comunidad. Es libertad que va aprendiendo, con la gracia del Espíritu, a estar menos condicionados por los impulsos genitales y el atractivo amoroso hacia una mujer. Es amor, porque el motivo fundamental del celibato es amor a Jesús y amor a la comunidad (real y potencial) de Jesús. En suma, el celibato es signo específico de la singularidad de la persona del Espíritu. 4. Signo de entrega a la comunidad El celibato sacerdotal es signo y expresión del amor y la valoración que el sacerdote guarda respecto a la comunidad de Jesús a la que ha sido enviado. La ama y la valora hasta el punto de renunciar al amor genital y a la paternidad biológica. Este amor no se confina en el amor a la comunidad a él encomendada. Se extiende a la comunidad eclesial (diocesana y universal) e incluso a toda la comunidad humana. 5. Signo de lo definitivo El celibato muestra con especial claridad, mediante la renuncia a la realidad valiosa e imperiosa, pero penúltima, del matrimonio y la paternidad, que la existencia cristiana está orientada y focalizada a lo último, a la escatología, es decir, a la vida plena, dichosa, perpetua en Dios Padre, Hijo y Espíritu. Aunque no es la única, es una manera elocuente de mostrar que no hay otro Absoluto que Dios, nuestro Bien definitivo y pleno. Vuelvo a subrayar que nuestro celibato real (incluso aquel que es un intento honesto y un logro aceptable) significa entre sombras, debilidades, vacíos las opciones que entraña y los valores que evoca.

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II. la FECundIdad dEl CElIbaTo Es preciso reconocer que el celibato concreto (no idealizado) descarta el amor a un estado de vida en el que se vive la experiencia enriquecedora del amor conyugal, que bien realizado, es fuente de equilibrio psíquico, de alegría de vivir, de motivación para luchar y trabajar. El matrimonio y la paternidad son asimismo una forma de existencia en que el amor, la abnegación y la responsabilidad de los hijos enriquecen y maduran la personalidad humana de los padres. En este sentido y en estas importantes dimensiones de la vida podemos decir que la vida célibe lleva consigo una determinada pobreza. Voluntariamente asumida, pero pobreza. Pero las dimensiones importantes de la vida no se reducen al amor conyugal y paternal. Los neuropsicólogos sostienen que en la realización concreta de la vida, los humanos explotan solo el 10% de sus potenciales cerebrales. La madurez y riqueza de una vida se mide por las potencialidades realizadas de su vida y la calidad de esta realización. Existen potencialidades que la vida célibe bien llevada favorece sensiblemente. Vamos a apuntar algunas: 1. La oblatividad Un celibato básicamente logrado favorece la oblatividad. Este célibe vive una existencia en la que da mucho y pide poco. La oblatividad es ofrenda generosa y demanda respetuosa. Esta demanda de algún aprecio, de algunas valoraciones de su trabajo, de la confianza y el afecto puestos en él se abstiene de un reclamo de amor genital o de compensaciones pulsionales en punto a sexualidad genital. La inexistencia en su vida de un polo familiar creado por él, que condensa y reclama una buena parte de sus energías psíquicas, deja disponible un vivo caudal energético para invertirlo en su comunidad, en la comunidad diocesana, en la universal y en la sociedad. La renuncia al amor conyugal es psicológicamente posible porque, a diferencia de los instintos (conservación, hambre, evitación del dolor) la sexualidad humana es más flexible, más abierta a la sublimación en aras de nobles ideales. Esta no es una convicción analítica. Masters y Jonhson, gi175


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gantes de la sexología, la reconocen y así otros muchos. La sublimación es clave para comprender la posibilidad y la dignidad antropológica del célibe 2. La amplitud en el amor El amor del célibe bien fundado tiene una mayor facilidad para que el ámbito de personas destinatarias de tal amor sea más extenso. Un riesgo (que no es una fatalidad) del amor conyugal y paternal es que ese ámbito se reduce. El célibe, con su corazón y su servicio abierto a muchos ayuda a los casados a no confinarse en un mundo reducido de familia y amistad. Debe al mismo tiempo cuidarse el célibe de que este “amor extenso” no sea tan leve que no ame de verdad, a fondo, a nadie, no esté implicado en la vida de nadie (un riesgo, no una fatalidad). Tiene que haber en la vida del sacerdote unas relaciones gratificantes con su familia de origen, unos amigos sacerdotes y algún matrimonio en el que ambos sean sus amigos (cfr.Guarinelli) 3. El espíritu de familia La relación afectiva del sacerdote con sus feligreses, cuando su celibato es sano y neto se suele caracterizar por un notable acento de familiaridad. Una pareja que vive el amor genital vuelca en la relación mutua y parental una generosa “dosis” de familiaridad. Las demás relaciones (por ejemplo, las de un médico con sus clientes o las de un profesor con sus alumnos) pueden y suelen muchas veces tener calidad, pero no suelen estar impregnadas del mismo nivel de familiaridad. El sacerdote verdaderamente célibe, al no tener familia propia, imprime a la relación con sus feligreses un sello de familiaridad. Los siente más fácilmente hasta cierto punto como sus hermanos y hermanas. Esta familiaridad se manifiesta en la acogida, en el trato, en el “capital afectivo” que pone en sus relaciones. Ello confiere a la relación pastoral un toque que contribuye a que se incremente la confianza de los feligreses no solo en su competencia, sino sobre todo en su persona. El sacerdote suscita más fácilmente confidencias íntimas. Una de 176


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las raíces de esta proclividad es el “aire de familia” que el sacerdote célibe bien cuajado crea en el entorno de su comunidad. 4. La autonomía afectiva La vida de pareja casada o comprometida lleva consigo unos vínculos de mutua dependencia que, al tiempo que suponen un gran apoyo recíproco, limitan la autonomía de cada uno de los cónyuges. Desde este punto de vista la vida auténticamente célibe favorece una mayor autonomía vital y le va enseñando a afrontar sin el apoyo de la pareja determinados retos o dificultades. No sin riesgos. La autonomía puede convertirse en una excesiva libertad que se permite ciertas alegrías, negligencias y ausencias impropias de un sacerdote entregado. Tal comportamiento denotaría que su pertenencia a la comunidad a la que sirve es débilmente sentida. Pero un sacerdote que vive netamente un celibato sin ambigüedades notables no se permite estas “alegrías”. Su celibato, lejos de debilitar su pertenencia a la comunidad a la que sirve, le refuerza por el ejercicio responsable de su libertad de movimientos. 5. Soledad “positiva y productiva” Todo ser humano está llamado al mismo tiempo a la comunicación y a la soledad. “El hombre es un ser solitario, aunque no conoce el aislamiento. Lo mismo que muere solo, vive también solo. El amor y la paternidad visitan su soledad, pero no la hacen desaparecer” (M. Légaut). A esta soledad propia de todos los humanos se le agrega, en el caso del sacerdote, una soledad específica: vacío de compañía femenina íntima y constante, de paternidad, de gozo y goce sexual. Muchos, carentes del carisma, no podrían soportarlo. Bastantes célibes lo soportan con compensaciones sexuales u otras diferentes. Los célibes arraigados en su celibato asumen y elaboran esta soledad de manera que, sin dejar de ser costosa, se “positiva y productiva” (Erikson). Una soledad así asumida favorece la hondura interior y la intimidad. Ella enriquece su misma adhesión al Señor. Quienes la viven 177


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“edifican” incluso sin saberlo. Se vuelven personas “caloríficas” como Jesús (no “frigoríficas”). Sus predicaciones y conversaciones pastorales saben a “vino de solera”. La gente fina lo capta. Su palabra no suena “a palabra vacía, sino a palabra llena” (Lacan). No hablan “de memoria”. La fecundidad de su ministerio célibe es así más aquilatada. Mons. Juan María Uriarte Obispo emérito de S. Sebastián

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VII.- CoMunICaCIonES

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VII.1. la EduCaCIÓn al CElIbaTo SEGÚn la nuEVa raTIo 1. Educar para saber manejar los sentimientos No voy a empezar esta comunicación dando una charla sobre los sentimientos. Esa sería objetivo de otra comunicación. Sí recordar que éstos son un regalo de Dios: ellos proporcionan color y sabor a nuestra vida. Si es cierto que no debemos confundir sentimientos con afectos, tenemos que subrayar que están en íntima unión: el sentimiento es el movimiento (positivo o negativo) hacia una persona, el afecto muestra el grado de intensidad de ese sentimiento y su carácter (positivo o negativo). Un poco el ¡cómo me afecta la presencia del sentimiento + - en mi vida! (Nada de despreciar o menospreciar los sentimientos) Para que no nos traicionen los sentimientos hemos de mandar en ellos (en la medida de lo posible), de lo contrario nos puede suceder como a José en el banquete con sus hermanos. Llega un momento en el que no puede disimular, la marea de su mundo sentimental se eleva hasta el punto de tener que dejar el comedor para no emocionarse delante de ellos, mejor, para no mostrar sus sentimientos. A lo largo de la formación para el ministerio nos hemos encontrado con educadores y seminaristas que han sido muy espontáneos en sus manifestaciones, sobre todo, mostrando sus ‘preferencias’ por unos u otros de ellos. Si se dan en el seminarista es menos grave, porque un buen educador puede tomar pie de ellas para encauzarlas hacia la maduración, peor si estas manifestaciones son por parte de un formador, entonces puede el seminarista verse envuelto en un lazo 181


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afectivo que le impedirá madurar y, en ocasiones, creará un vínculo que no le permitirá asumir libremente sus determinaciones.

2. ¿Cómo educar para el celibato? Es preciso distinguir la educación en general y la específica en esta sociedad nuestra, una sociedad que dista mucho de ser aquella impregnada por los valores cristianos. Ésta es una sociedad que valora poco o nada la abstinencia sexual, que defiende el pansexualismo, los lobbies LGTBI (cada vez añaden una letra más), a la vez la impregnan de una pátina devaluativa, como si fuese algo sin importancia (más allá del placer) de ninguna manera la consideran una relación muy constructiva tanto para el célibe, como para el casado. 1) Comenzar desde abajo He tenido la gran suerte de estar de rector en un seminario menor durante once años seguidos, un seminario que entonces tenía un buen número de alumnos (de 6º de la EGB hasta el COU podían ser alrededor de 210) y de ellos un número que oscilaba entre los 17 de un año y los 4 del menos ‘fructífero’ (en número, claro) pasaban al Seminario Mayor. Una de las exigencias en su paso por el Menor era el cultivo de las virtudes humanas y había que ponerles ante situaciones sencillas, cuotidianas y ver su modo de responder, su reacción. Era importante ver cómo afrontaban y resolvían problemas sencillos. Cierto que hay que partir de un mínimo de cualidades personales y, a veces del entorno familiar y potenciarlas en la vida diaria. No podemos obviar que la persona es un ser en continua dinámica y que un gran porcentaje de lo que será en la edad adulta se va generando y consolidando a lo largo de su adolescencia. He sentido el gozo de tener como alumnos a niños de una calidad humana, generosidad, apertura, sinceridad poco corriente, muchachos que me han enseñado a ser para los demás, normalmente su crecimiento ha ido en la línea de progresividad, madurez, confianza en el Señor, con los sacerdotes 182


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del seminario y entre sus compañeros. Pero también jovencitos nerviosos, inquietos, que no dejaban nada sereno a su paso, que se han ido convirtiendo en adolescentes, jóvenes y adultos equilibrados, sin perder ese gracejo que el ser ‘revoltosos’ les prestaba. Es muy importante que, si pasan por el seminario menor, éste no sea de ningún modo creador de personas muy piadositas, sino de fe recia, maduros y sensibles, pero no sensibleros, ¡ah! Algo muy importante: no permitamos el complejo de ‘l’élue’ en un sentido: sentirse persona ‘superior’. Hay que educar su persona en el equilibrio y ciertamente los ególatras no maduran nunca (si no salen de su egolatría). Son eternos adolescentes a los que siguen otros tan inmaduros como ellos, capaces de estropear todo lo que tocan. Todo signo agudo de caprichoso, inconstante, elitista, remilgado, ‘cariñoño’ y muchos otros que hacen repelente a una persona, son señal de una inmadurez que, si no se corrige en los años en los que está aún blanda la materia, es mejor que se le conduzca (eduque) hacia otro lugar. Si educar es hacer salir lo bueno que hay en cada uno y potenciarlo, este es uno de los fines más importantes de la etapa del Seminario Menor. Lugar que, en mi opinión, habría que recuperar, porque los ambientes para educar a un pre y adolescente (sobre todo con deseos de elegir un camino de entrega) no son los mejores. Esto no supone que se les aísle del ‘peligro del mundo, sino que se le den armas de madurez para poder afrontar y saber manejar afectivamente la realidad que le rodea. Hace años mi querido amigo Javier Elzo acuñó o puso de moda una palabra que tiene mucho sentido, a la hora de definir a muchos jóvenes, ya con bigote, que, sin embargo, son en su vida permanentes adolescentes. el de ‘adultescentes’. Son pseudoadultos que además pagados de sí quieren gobernar a los demás, cuando son incapaces de manejar su propia vida con madurez y sentido. Éstos desde luego no tienen arreglo, si no es por un milagro del Señor. El joven (adolescente) seminarista ha de ir tomando en su configuración una doble identidad, como hombre y como servidor del pueblo, a la manera y semejanza de Jesús. El trato con su familia y sus coetáneos es importante para diagnosticar el status del seminarista que acaba su 2º de Bachillerato, pero ha precisado antes una afirmación de sus cualidades y 183


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una intensificación de aquellas que son necesarias para ser un buen pastor, sentido positivo de la castidad, capacidad de sintonizar con los demás, apertura y capacidad de entrega, simpatía. Libre de casi todas las manías (alguna hay que tener, aunque la llamemos hobby, porque son rasgos de nuestra personalidad escondida) 2) Las vocaciones de adultos Nos habla la Ratio de las vocaciones de adultos. Tengo la seguridad de que la mayoría de los que entran al seminario después de un recorrido por la vida, de una auténtica experiencia de Dios que les ha llevado a la conversión o de una vida cristiana que se ha intensificado precisamente al sentir la llamada de Dios, son jóvenes-adultos con recta intención, de ello tengo experiencia muy positiva, en general. No obstante, hay que estar muy atentos a su tenor de personalidad, porque llegan ya con una configuración propia, la cera está ya un poco dura y reblandecerla a fuerza de fuego puede ser peligroso. Mi experiencia es que, si son valiosos (que la mayoría lo son) hay que situarse con ellos en el tramo del camino en el que se encuentren, entender que no han hecho éste como los que provienen del Menor, han tenido vivencias y experiencias propias… Todo acompañamiento en la formación sacerdotal supone un ponerse al lado de, como hace Felipe con el eunuco de Candaces, subirse al carro con él y desaparecer cuando ha cumplido su misión, pero subirse y estar con él todo el tiempo que necesite para discernir. Cuando diga ¿qué impide que me bautice? Será el momento de que siga el camino en el carro de su vida, ¿con otros acompañantes?. En este punto creo muy importante la implantación de ese Curso Propedéutico que ha de realizarse, no como un momento a pasar, sino como importante para calibrar el ‘estado de salud del aspirante’. Ninguna de las sugerencias de la Ratio debe pasarse a nota de inventario, lo que sí es preciso es que nos tomemos en serio la implantación de este Propedéutico, uniendo un buen grupo de seminaristas (o aspirantes) con el objeto de hacer un arranque de camino lo más uniforme posible, dentro del total respeto a las peculiaridades y al ritmo de cada uno, pero también al grado de madurez que han de tener. 184


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A este respecto la Ratio nos dice: Es necesario evaluar el tiempo transcurrido entre el Bautismo o la conversión cristiana y el ingreso en el Seminario, evitando la posible confusión entre el seguimiento de Cristo y la llamada al ministerio presbiteral (cita can. 1042, n. 3) … se cuide el acompañamiento de estos candidatos a través de un proceso serio, que prevea, en el ámbito de la vida comunitaria, una sólida formación espiritual y teológica, mediante un oportuno método pedagógico y didáctico, que tenga en cuenta el propio perfil personal (Nova Ratio, 24, § 2 y 3) La recomendación de que no se hagan excepciones en cuanto al acompañamiento es muy oportuna, porque, a veces, el hecho de que sean personas que tienen experiencia y que «saben lo que hacen» -dicen- puede hacernos pensar que no precisan de mucho acompañamiento. La realidad es muy distinta, necesitan tanto o más que los niños y adolescentes que han ido haciendo elecciones en cada etapa de su maduración y de ellos se ha podido contrastar el grado de madurez alcanzado, Junto a ello hay que detectar que no se dé el «síndrome de los conversos» que puede confundir a los demás desde la no claridad en el interior de ellos mismos y les obliga, en ocasiones, a hacer sublimación y enconchar problemas, provocados por sucesos de su pasado reciente que ahora molestan y, en lugar de asumirlos, ponerlos sobre la mesa y realizar una «terapia de normalización», se empeñan en negárselos a sí mismos, con lo cual no parecen tener mucha confianza en la misericordia del Padre y en la capacidad sanadora de asumir los defectos o pecados y ponerse a la tarea de una curación total. Otro tanto sucede con las vocaciones indígenas que deben recibir una formación arraigada en las coordenadas y cultura de sus ambientes. Tener en cuenta sus peculiaridades y los así llamados «puntos flacos de su estructura cultural» para fortalecer su dinámica de maduración en los años de seminario, sin dejar nunca el acompañamiento (esto vale para todos, porque hemos tenido jóvenes que han mostrado una ‘madurez aparente’ que no ha ido ‘des-enmascarada’, sino cuando las situaciones concretas les han hecho sentirse perdidos, quizás por falta de sinceridad y apertura ante 185


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los formadores o, también, porque ni ellos ni los formadores habían detectado tal problema, tal rendija en la fortaleza de su existencia. Mucho cuidado también en los que, procedentes de otra cultura, quieren incorporarse a nuestros presbiterios. Dada la escasez de respuestas al sacerdocio en muchas diócesis, algunos obispos acogen, sin mucho discernimiento, a jóvenes de otros países. No me opongo a esto: la Iglesia es universal, pero sí ha de hacerse con mucho tiento y con un proceso de maduración e inculturación en la diócesis a la que se incardinan de tiempo y comprobación, en caso contrario ya sabemos que, en lugar de ayudar a la evangelización de las diócesis son fuente de problemas que antes no existían en el clero de la misma. Obispos conozco que, por no asumir la realidad, primero cambiaron al equipo de formadores y después el problema recayó sobre ellos mismos. Y no lo dudo: hay sacerdotes procedentes de otros lugares que se han hecho «de la tierra» y están haciendo una notable labor evangelizadora. y, si pasan el tiempo de su formación aquí (o en país distinto al suyo) conviene que también estén atentos a sus orígenes culturales, porque lo más sano es que, después de unos años de ministerio en la Iglesia que les da acogida, vuelvan a sus respectivas diócesis. 3) La formación por etapas y la correspondencia con la madurez El logro de los objetivos formativos no depende necesariamente del tiempo transcurrido en el Seminario ni de los estudios realizados. Por tanto, no se debe llegar al sacerdocio en razón de haber concluido las etapas propuestas previamente en una sucesión cronológica, casi ‘automáticamente’, sin considerar los progresos efectivamente logrados en una maduración integral (Ratio n. 59). Por varias razones-vivencias quisiera destacar este punto, porque hemos sido testigos de compañeros, muy brillantes en estudios que no deberían haber sido ordenados, ya que su madurez o algunas tendencias de las que no eran conscientes, han hecho, pese a que, su alta preparación presagiara lo contrario, que tuvieran que abandonar el ejercicio del ministerio o sentirse frenados e incapacitados en un auto-ostracismo muy penoso. Com186


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pañeros de mi promoción que esperaron el tiempo oportuno, accedieron al presbiterado uno o dos años más tarde y han sido y son buenos sacerdotes, con su «carga personal» como todos, pero fieles, trabajadores, entusiastas…. Quizás, si se hubiesen precipitado… a) Los fines de maduración en la etapa Propedéutica: Claramente lo expone la Ratio: el discernimiento sobre la conveniencia de continuar el camino sacerdotal o seguir otro camino de vida. Es patente que en el camino de formación sacerdotal tiene que haber una total libertad de elección. La respuesta no se puede exigir desde una estrategia de «caza o pesca» (los cotos), si se invita a algún joven a que siga este camino, la invitación no supone un forzar a, se trata de proponer y discernir inmediatamente si ese es su camino. Desde hace años estoy convencido de que Dios pone todos los ingredientes para la felicidad de cada uno en el camino al que Él le invita y, si elige equivocadamente, muchas de esas ‘gracias’ que había puesto en el itinerario de su vida o no se harán realidad en otro caminar o lo harán con menos intensidad. La mejor respuesta para cada uno y para el bien de los que tienen que recibir su ‘ministerio’ es la que responde a la llamada que Dios le ha hecho. Por eso es muy importante este primer momento y lo es también para aquellos que han comenzado en el Seminario Menor. El inicio en la oración, la convivencia, la liturgia de la Palabra… El inicio en una experiencia ‘parroquial y caritativa’ le ayudará a desarrollar la ‘dinámica del don de sí’. Hasta ahora no se ha llevado a cabo esta etapa tal como la demanda la Ratio y parece que habrá que unir fuerzas para responder a la conveniencia de que se haga en un edificio distinto del Seminario Mayor y con un equipo de formadores que ayuden a realizar el objetivo de maduración humana y cristiana y la acertada selección de los candidatos. b) La etapa discipular. Discípulo es aquel que ha sido llamado por el Señor a estar con Él (Mc 3,14) a seguirlo y a convertirse en misionero del Evangelio. El discípulo aprende cotidianamente a entrar en los secretos del Reino 187


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de Dios, viviendo una relación profunda con Jesús. Este ‘permanecer’ con Cristo implica un camino pedagógico-espiritual, que transforma la existencia, para ser testimonio de su amor en el mundo. (Rat. 61) Creo que hay dos ideas fundamentales que marcan la finalidad de maduración en esta etapa discipular: el aprender a estar con Él y el transformar la existencia. Esta última nos lleva pensar que no es lo mismo saber manejar los sentimientos y manejar a los demás con los sentimientos (por desgracia esta es la actitud de la mayoría de la gente en nuestra sociedad: servirse de los sentimientos y afectos para manipular al otro) manejar los sentimientos supone una madurez tal que los use en provecho de los otros, sin dejar nunca herido al que dirige su amor, compasión, misericordia… se siente afectado por la vida del otro, pero, de ninguna manera, afectando y esclavizando con los lazos de los sentimientos a la otra persona. Es un modo de ayudar a la libertad. Jesús nos envuelve con su amor y nos seduce, pero deja libre para que se le siga o no (¿también vosotros queréis iros?) lo mismo el aspirante a servir en el misterio de presbítero debe dar amor que libera. Nunca puede ser un ‘do ut des’, sino una donación desinteresada. Para ello es preciso que en esta etapa comience la experiencia de discipulado, que comprende toda la vida, y cumpla lo que Marcos nos dice: los llamó para que estuvieran con Él… y, superando falsos misticismos, es la experiencia de que Jesús vive, está, acompaña y… nos la juega algunas veces (aparentando vacío para que le busquemos más y mejor) es la única que nos va madurando en la dimensión de entrega y servicio. Podemos afirmar que la dimensión humana y el crecimiento espiritual han de ir a la par. La Ratio nos lo dice así: «Durante el proceso de formación nunca se insistirá suficientemente sobre la importancia de la formación humana; la santidad de un presbítero, de hecho, se injerta en ella y depende, en gran parte, de su autenticidad y de su madurez humana. La carencia de una personalidad bien estructurada y equilibrada se constituye en un serio y objetivo impedimento para la continuidad de la formación para el sacerdocio» (Ratio 63). Nos recuerda a continuación la educación del carácter, la fortaleza de ánimo, las virtudes humanas: lealtad, justicia, fidelidad, amabilidad… Todo 188


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en un proceso formativo, proceso que no finaliza nunca, porque el ser humano está en continuo estado de maduración, ya que cada época de la vida tiene aspectos propios que hay que poner a punto y en sazón. Es cierto que no podemos dejar únicamente a merced de los elementos ‘pedagógicos’ la madurez del candidato al ministerio, porque esta madurez humana «es suscitada y favorecida por la acción de la gracia, que orienta el crecimiento de la vida espiritual. Esta última dispone al seminarista a vivir en la presencia de Dios, en una actitud orante, y se funda en su relación personal con Cristo, que consolida la identidad discipular» (Ratio, nº 64, § 1). La exigencia de que exista una libertad y madurez interior adecuada, es necesaria para ese momento de ofrecimiento del seminarista, al que la Iglesia escoge y llama para que se prepare a recibir, en su momento, la Sagrada Ordenación. c) La etapa configuradora (estudios teológicos) Desde el primer momento vocacional… toda la vida del presbítero es una formación continua: la propia del discípulo de Jesús, dócil a la acción del Espíritu Santo para el servicio de la Iglesia (Ib. 68). Quienes desde niños iniciamos el camino del seguimiento para servir al pueblo en el ministerio sacerdotal hemos tenido la experiencia de que, cuando llegábamos al fin de una etapa, configurándonos con Cristo, de acuerdo con las características de la misma, superados algunos de los ‘huecos de la personalidad’ y rellenándolos con el buen material de la gracia, actualizada mediante el acompañamiento, que te ayudaba a discernir lo que había que elegir en cada momento para madurar en el proceso, sabemos que cada edad tiene sus ‘glorias y sus deficiencias’, que nunca se puede decir que se ha completado el camino, ni se ha llegado a la madurez total. Esta etapa configuradora debe estar marcada, más que por los estudios, «por la formación espiritual propia del presbítero». Espiritualidad a imagen de Cristo: de fortaleza, ternura, sabiduría (no sólo conocimientos), capacidad de escucha en la oración y en los acontecimientos de la vida. De 189


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ahí que, aunque el sacerdote lo es de la Iglesia universal, es muy importante que se preparen para ejercer el ministerio en un contexto determinado. Nunca se debe creer que todo esté finalizado ya tras la ordenación presbiteral. Desde ese momento comienza un camino (en cierto modo en solitario) y se necesita, sobre todo para el sacerdote diocesano secular, un acompañamiento y una nueva forma de vivir en comunicación con sus compañeros. Entregado a la misión, en total sintonía con el pueblo al que sirve, debe vincularse al presbiterio diocesano, también el sacerdote religioso. «Eso significa adaptar el propio modo de sentir y actuar, en comunión con el obispo y los hermanos sacerdotes, por el bien de una porción del pueblo de Dios» (Ratio, nº 71)

Educar al candidato al ministerio presbiteral En una charla del Doctor Rojas sobre formación sacerdotal proponía el símil de la construcción de un barco «... Al construir un barco que se extiende hacia el mar, nos hacemos tres preguntas: 1) ¿Cómo construir una embarcación y gobernarla?, 2) ¿Cómo mantenerse a flote? y 3) ¿Cómo llegar a buen puerto? El cuaderno de bitácora es el registro de las mareas y los cambios que se producen en la navegación, donde se toma nota de todo lo que ocurre, igual que la bolsa de costao en la Castilla andariega do lleva el trozo de pan duro y también la hoja de anotaciones personales. Estas tres preguntas metafóricas, yo las cambiaría y las formularía de otra manera: ¿quién soy yo?; ¿qué va a ser de mí? Y ¿dónde estoy? hay una información que se le da al navegante, del tipo de viento, de las características del mar. El mar es muy traicionero, la vida se embosca y si no estamos bien pertrechados, nos pasan cosas graves y serias:

*¿Quién soy yo? Esto remite a mi personalidad, yo soy alguien que reside, se hospeda y habita en una personalidad, tengo mi forma de ser.

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*¿Qué va a ser de mí? De mí va a ser lo que yo haga con nada más y nada menos que con una cuestión esencial que es el proyecto de vida, consiste en tener un proyecto coherente y realista de vida, con cuatro grandes notas en su seno Lo vamos a ver enseguida en esos indicadores, en un decálogo, diez puntos de lo que es la madurez. Vamos a precisar ese concepto. Y finalmente…

*¿Dónde estoy? muchas veces, Nos pasa a todos en la vida, que como la vida va muy de prisa, no sabemos dónde estamos. Frente a la prisa de la vida, la calma de la teoría. Y entonces en muchas ocasiones a nuestros alumnos les preguntamos ¿qué tal va tu vida?, ¿cómo te encuentras? ¿Cómo estás por dentro? Pues no sé cómo estoy. Está un poco perdido. Estas tres preguntas las vamos a intentar ir respondiendo; son fundamentales, nos van a llevar a una aproximación de lo que es una persona madura. La madurez es un concepto relativo, no absoluto, no existe una madurez total, sino parcial ¿por qué? Porque la vida es muy larga, muy compleja, podemos tener toda la vida muy segura, muy firme y, de pronto cambia el viento, cambian los signos y aquello se desploma. ¿Indicadores?, unos índices, 10 manifestaciones en positivo de que alguien está maduro.

Antes de hablar de la definición vamos a hacer un recorrido por las etimologías. La palabra personalidad viene de dos etimologías greco-romanas muy interesantes. Personale y Prósopon. Personale en latín que significa resonar a través de otro y Prósopon, cabeza o cara. Significa: la personalidad en el mundo antiguo la máscara que se ponían los actores en la representación teatral a través de la cual salía resonando la voz del actor, por lo tanto ya hay una primera imagen de la personalidad; luego per-se-unum del latín moderno, unidad sintética; pérson, del etrusco, la cara (la cara es el espejo del alma decimos en el lenguaje coloquial); unus- una-unum, lo singular. Se pregunta: dime dos o tres rasgos de tu personalidad, que te definen a ti, de arriba abajo. … Y luego rostro, rostrum, del latín y el etrusco, el pico de las aves y, secundariamente, el hocico de los animales y, por extensión el espolón, la proa de un navío. Ya una primera aproximación, la personalidad reside, fundamentalmente, en las partes descu191


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biertas del cuerpo que son la cara y las manos. De hecho muchas veces decimos ‘su cara no me gusta’, ‘tenía mala cara’, ‘la cara que puso’, ‘dio la cara’. Os pongo sobre la mesa. Una primera definición: “La personalidad es la suma total de pautas de conducta, actuales y potenciales, que residen en un individuo y que se mueve entre tres arbotantes fundamentales: que son la herencia, la tercera parte de nuestra personalidad es hereditaria, a esto se le llama temperamento: dice la gente tiene el mismo temperamento que su padre, es decir, el código genético viene ahí; en segundo lugar una parte adquirida, ésta es el carácter. El carácter, siguiendo este discurso de ideas, el carácter es la parte adquirida de la personalidad; y el otro tercio de nuestra personalidad es la biografía. La vida es la edad nuestra. La vida enseña más que muchos libros. Dice Neruda en sus memorias ‘Confieso que he vivido’. Realmente la vida nos enseña. La gente joven cree que lo sabe todo, y no sabe nada, le falta ese saber experiencial. Lo decía Julián Marías: “la experiencia humana es un saber acumulado, que está ahí en el subsuelo nuestro, sin darnos cuenta” y esto es muy importante. Otra definición de la personalidad que nos acerca a su registro: ‘La personalidad es una estructura organizada y dinámica en donde se agrupan aspectos físicos; (tenemos nuestra morfología del cuerpo que no da lo mismo ser alto y delgado que ser bajito, que ser gordo, que…. Aspecto psicológico es el patrimonio de ingredientes que están dentro de nosotros: percepción, memoria, pensamiento, inteligencia, conciencia, es decir una cantidad de cosas que hay ahí. Por tanto aspecto físico, psicológico, social, cómo nos movemos en el contacto con los demás, espiritual y cultural. Todo ese bloque forma un magma y da lugar como resultante a un estilo, a una manera. En el templo de Apolo, en el frontispicio ponía: ‘conócete a ti mismo’. Uno de los grandes principios, muy importante en aquel tiempo y en el actual.

Y la personalidad podemos decir es como una orquesta: una cosa es oír un concierto en la radio y otra estar delante de una agrupación orquestal. La personalidad es el conjunto de diversos instrumentos que están en la orquesta: piano, violín, violonchelo, trompetas… (Pensad en los grandes 192


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conciertos románticos Beethowen Mozart, Bhrams, Shuman)… y la persona es el director de la orquesta. Persona y personalidad. La persona es capaz de englobar, de conjugar, de resumir todo aquello dando lugar a una sinfonía que en nuestra ocasión es el comportamiento de cada uno de nosotros que tiene el sello personal, es decir, el sello de la casa. Pues bien la personalidad es trasparente y opaca, es mediterránea y continental, es lúcida y críptica, es clara y oscura, es apolínea y dionisiaca. Repito, forma de percibir, todo está aquí en mi cabeza. Ahí entra el tema de la percepción que él tuvo de la realidad); una forma de percibir, de sentir, de pensar, de reaccionar y de comportarse. Eso da lugar a la conducta individual, con sello propio. Por lo tanto, la personalidad es una forma de relacionarse con uno mismo, con los demás y con la realidad.

los indicadores. ¿Cómo actuar como formador, acompañante? Fijándose…) 1º el primer indicador de madurez de la personalidad ‘haber tenido un modelo de identidad’. Es importantísimo. En la actualidad los modelos de identidad están rotos, partidos por la mitad. El modelo de identidad es alguien en el que yo me veo reflejado y me gustaría parecerme a él. Tres modelos, el profesor, el maestro y el testigo: a) el profesor enseña una asignatura, y se queda ahí; después viene el maestro, entre los dos están el padre y la madre. En este momento en las familias que están enteras, ahí surge una figura nueva que es la figura el padre ausente, el padre que está, pero no existe, no actúa y por tanto es una figura diluida, gran fallo en este tipo de familias. b) El maestro: el maestro enseña lecciones que no vienen en los libros. Al alumno le gustaría parecerse al maestro. Hay algo que descubre en las explicaciones de clase, dé la materia que dé, que le empuja, que le tira, que le arrastra en esa dirección, ‘ex ópere operato’ por debajo de las palabras, de las explicaciones, de las clases. Y por fin está c) el testigo: el testigo es una lección abierta de vida, es un ejemplo de coherencia, de sensatez, de alegría, de vitalidad. No tiene que hablar. 193


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Es su vida, es la trayectoria de él. Hoy tenemos muchos profesores, pocos maestros y escasos testigos. Y entonces es una sociedad típicamente perfecta, no sabemos lo que pasará en el siglo XXI al final, con unos avances técnicos impresionantes, magistrales, estamos en la década del cerebro. Es una sociedad atrevida. Un ejemplo: “El síndrome de Amaro”. El síndrome de Amaro consiste en lo siguiente: El amaro es una planta labiada, tiene forma de corazón en su base, nace en superficies secas, tiene entre 7 y 12 cms, y huele muy mal, huele como a pescado podrido. Y extrapolo esto al lenguaje de la televisión. El amaro en forma de gel cura ciertas afecciones de la piel. El síndrome de amaro es el deseo de conocer la vida de los famosos siempre que está rota. No les interesa la vida de los que tienen prestigio, fama y prestigio, sino de los que tienen fama, sin meta. Hay en la TV española entre 5 y 8 horas de síndrome de Amaro. La vida de personajes sin mensaje contada al milímetro: se acaba de separar de la mujer, se ha llevado a la secretaria, los hijos están destrozados. 2º el segundo síntoma de una personalidad madura es ‘tener un buen equilibrio entre corazón y cabeza’. El hombre maduro es, por tanto, aquel que mezcla con arte y oficio la vida afectiva y la vida racional. Ni demasiado sensible, ni demasiado frío: sino las dos cosas a la vez mezcladas en una armonía, con cierto arte. Un famoso psicólogo americano, Goleman, autor de ‘La inteligencia emocional’, hace este planteamiento: el hombre inteligente no es alguien que saca en un test un resultado extraordinario, sino aquel que mezcla estos dos elementos, el mundo de las emociones, de los sentimientos y los instrumentos de la razón según el momento y la circunstancia. Dice Kafka en un libro “Cómo se ve Escoharuch”: “El corazón del hombre es una casa con dos estancias, en una bate la alegría y en otra la tristeza”. Y dice la leyenda de Lot, que no conviene nunca reír demasiado fuerte, porque se puede despertar a la tristeza que está en la región vecina. Alegría y tristeza.

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3º El tercer síntoma de madurez, desde mi punto de vista, es tener un proyecto de vida. Y el proyecto de vida es un programa personal en donde hay, están, viven, suben, bajan, saltan, se mueven cuatros grandes argumentos: amor, trabajo, cultura y amistad. Dice el doctor Rojas que tiene un libro por el que unos se han acordado de su padre y otros de su madre, que se llama “El hombre ligth”, ¿de qué trata? La vida sin argumento es una vida Light, que tiene cuatro cosas dentro. Ligth, tomando ese concepto que está tan de moda. Yo ya no quiero nada ligth, quiero el azúcar total, la coca-cola con cafeína. El hombre Light es la mantequilla sin grasa, la coca-cola sin cafeína, el azúcar sin glucosa, el hombre sin sustancia, pero con cuatro notas dentro: hedonismo, lo importante es pasarlo bien. Pero lo importante no es pasarlo bien, lo importante es ser algo, hacer algo con la propia vida que merezca la pena, eso sí que es importante. Claro que a todos nos gusta pasarlo bien, disfrutar de la vida, pero dentro de un orden… Hedonismo, pasarlo bien sin restricciones; consumismo, tanto tienes tanto vales; permisividad, haz lo que quieras, atrévete y relativismo, casi una enfermedad mental: si todo es relativo, si todo es bueno y malo, si da lo mismo y el hombre no tiene criterio, es como una veleta en un tejado que gira sobre sí misma. Esto es lo que vemos hoy. Esta tetralogía es dramática, hay que combatirla. 4º Una persona madura tiene una filosofía de vida, tiene un sentido de la vida y toda la vida, toda filosofía es meditación sobre la vida. La filosofía nace a orillas de la muerte Nadie llora al difunto más que el padre, la madre, los cercanos Se desustantiva el concepto de la muerte. Decía en el testamento Jean Guitton, en su último libro ‘Silencio sobre lo esencial’: “se habla de todo menos de la muerte; y la muerte es esencial, es decisiva, es un examen, vives como has muerto”. Esta filosofía ha de tener el menor número posible de contradicciones dentro de ella y los referentes claros, nosotros cada uno necesita tener sus referentes, que resisten, que… 5º Una persona madura ha de tener un buen autocontrol, el gobierno más importante es el gobierno de uno mismo. Y al mismo tiempo saber que todos somos débiles. Para tener un buen gobierno dice el 195


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evangelio: ‘fundata enim erat supra petram’, cuantas veces hay que recordar esta sentencia: el edificio no se derribó porque estaba edificado sobre piedra. Hoy hay muchos edificios hechos con material de derribo: edificios conyugales y edificios generales. El hermano que ayuda a otro hermano es ‘como una ciudad amurallada’, porque todos somos débiles, y todos somos fuertes. Entonces esto es muy importante: hemos de pensar, cada uno en su fuero interno qué puede hacer por los demás, con cabeza, con sentido, con modernidad. 6º el sexto síntoma de madurez es tener una temporalina sana: Hay dos tipos de tiempo, el tiempo objetivo que es el tiempo del reloj y el tiempo subjetivo que es el tiempo interior. Aquí me refiero al tiempo histórico, pasado, presente, futuro. Una personalidad madura es aquella que vive instalada en el presente, ha sido capaz de asumir y de cerrar las heridas del pasado, y vive empapada hacia el porvenir. Nos pasamos la vida pensando en el día de mañana. Lo diría de otra manera: La felicidad consiste en tener buena salud y mala memoria. La capacidad para pasar las páginas negativas del pasado es salud mental. 7º tener una capacidad adecuada para la convivencia. La convivencia, siempre es difícil, dicen que la más difícil es la convivencia conyugal, Decía Lord Byron,: ‘Es más fácil morir por una mujer que vivir con ella’. La convivencia es compleja.. Entonces la convivencia es el arte de ceder, de estar pendiente del otro, de hacer la vida fácil a los demás, es la artesanía de lo pequeño... La convivencia. Y eso se aprende tomando nota de cómo uno puede mejorar la relación con los demás, pensemos la cantidad de conflictos conyugales que nos hemos encontrado en tantísima gente. La población separada hoy es impresionante. El descuido sistemático de las cosas pequeñas en el amor es la ruina. Una nota para nosotros los sacerdotes, que me impresionó mucho. El libro se llama ‘Buscando la felicidad’ y dice: lo importante para una persona espiritual son tres palabras ‘tener vida interior’. Tres palabras, tener vida por dentro. Y de eso nos habla nuestra propia experiencia personal. 196


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8º una persona madura es aquella que tiene situada la sexualidad en tercer o cuarto plano de sus intereses personales, salvo que se trate de un adolescente o de un joven. Pensemos en la invitación permanente al sexo hoy, a todas horas, en cualquier momento. Le llaman amor, la ceremonia de la confusión servida en bandeja. Dos tipos de sexualidad: el sexo sin amor y el sexo con amor comprometido. En el sexo sin amor es una relación xxxx y anónima, dice uno ayer hice el amor con una chica que conocí el otro día, no recuerdo bien el nombre. Y en el otro extremo está la relación sexual con amor comprometido que tiene una nota en su seno y es que es un amor íntegro, que mezcla, ensambla de una vez, cuatro cosas: es una relación física; es una relación psicológica, dos afectividades, dos inteligencias se unen; en tercer lugar es una relación espiritual, no somos animales que se apareen en el campo y en cuarto lugar es una relación biográfica, dos historias. Uno de los síntomas negativos es la pérdida del pudor, el pudor nos protege, no sólo el pudor físico, sino el pudor psicológico, uno no le cuenta su vida a la primera persona que llega. El pudor es muy importante, hay que enseñarlo, transmitirlo y hasta mimarlo. 9º una persona madura es aquella que tiene una buena educación de la voluntad. Hoy se considera que la voluntad es la pieza clave de que alguien consiga unas metas en la vida. Hoy los psicólogos modernos y los psiquiatras le llaman la ‘inteligencia instrumental’, que son aquellas herramientas de la inteligencia que se potencian a través de cuatro notas que hay dentro de ella que son el orden, la constancia, la voluntad y la motivación. Y la voluntad es la joya de la corona, es decir, no hay en el patrimonio psicológico nada tan importante exceptuando la inteligencia. 10º en décimo lugar, una persona madura es aquella que tiene un buen sentido del humor, es decir, la capacidad para reírnos de nosotros mismos, para desdramatizar, para ver las cosas con cierta perspectiva… Yo diría madurez es saber darle a las cosas que nos pasan la importancia que realmente tienen. 197


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4. Valoración No hace falta, sino mirar el título de la Ratio: “El don de la vocación presbiteral”, para ver que hay un cambio importante en el eje del ‘discernimiento¨’ sobre el momento idóneo para conferir el Sacramento del Orden. Primero es un don y como tal lo ha de tratar el agraciado, de ahí a mimarlo y cuidar el desarrollo de ese don para poder entregarlo a los demás hay poco trecho. Toda la Ratio está impregnada de un viraje y actualización de los principios de la preparación de ministros aptos para las exigencias de este tiempo. El hecho de no cargar sobre las capacidades intelectuales sólo y exclusivamente el momento de la ordenación, sino dar la importancia que tiene a la clase de persona y a su madurez, varía los ejes de la preparación y se centrará en dar el tiempo necesario para que sea un verdadero ministro del Señor, con el proceso de madurez necesario. El texto suena bien. Pero… 1) Me parece demasiado extenso, aunque sea claro, 2) Quizás demasiado teórico, aun con su proyecto de hacerse concreto en cada Ratio nacional. 3) Para llevarlo a buena práctica se necesitan formadores bien preparados, pero, sobre todo, buenos sacerdotes, que hagan pastoral vocacional por contagio. Pienso que debemos utilizarlo con ilusión y esperanza y anotar aquello que mejor marcha y lo que cuenta poner en movimiento, es un paso importante, hace falta que respondan a la llamada los jóvenes, para concretar sus efectos.

Termino hablando de la felicidad. La felicidad es la aspiración, la vocación natural del ser humano. La felicidad consiste en un estado de ánimo, en estar contento con uno mismo, comprobar que tengo una personalidad madura, y en conjugar la xxxx el puente levadizo que lleva a la felicidad sería una personalidad equilibrada y en segundo lugar tenga un proyecto de vida coherente con estas cuatro notas que he comentado amor, trabajo, cultura y amistad. Por tanto la felicidad es suma y compendio de la vida auténtica. 198


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Tomás Moro muere en 1535, muere en la cárcel, le cortan la cabeza. Y Tomás Moro muere solo, arruinado, sin nadie. Los últimos escritos de él son excepcionales, Sus ‘Escritos desde la cárcel’ están repletos de felicidad, de una felicidad sólida, no de la felicidad del animal que está contento y da saltos en el campo. ¿Qué quiere decir esto? vuelvo al principio: la felicidad no depende de la realidad, sino de la interpretación de la realidad que yo hago. Tomás Moro muere feliz por sus ideales, pero profundamente desgraciado para los que no tenían esta óptica. Termino con Lao Tse, siglo V antes de Cristo, puede resumir un poco lo que he querido decir, dice en su libro Cántico: El que conoce el exterior es erudito, el que se conoce a sí mismo es sabio, el que conquista a los demás es poderoso y el que se conquista a sí mismo es invencible. Alonso Morata, operario diocesano

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VII.2. al FIn, Para ESTE FIn dE aMor FuIMoS CrEadoS (C 29, 3) Esta sentencia resume toda la revelación cristiana, y fundamenta la vocación “de la única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma” (GS 24.3), ya que, como dice también el magisterio solemne del Vaticano segundo, “la razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación de la persona a la unión con Dios”(GS 19). Es nuestro ADN. Siglos antes, en el inmediato posconcilio tridentino, el fraile castellano, Juan de la Cruz, que la Iglesia honrará con el título de “Doctor místico” (1926), proclamó, desarrolló y profundizó, posiblemente como nadie, la vocación suprema de la persona, creada a imagen y semejanza de Dios, “para que pudiese venir a esto”, la inmersión en la vida trinitaria (C 39, 4). Desde el postridentino, se han multiplicado “las distintas vocaciones” con valoración escalonada de más a menos, y se ha silenciado en la educación cristiana esta vocación universal “a la igualdad de amor con Dios”, que constituye, según el doctor místico, el horizonte absoluto de la persona ¡no solo del cristiano- y de la que según el evangelista Mateo y del mismo san Juan +, seremos juzgados, valorados. Juan +, racional y genuino creyente, sentencia: “a la tarde te examinarán en el amor” (DLA, 59), “cuyo lenguaje, que Él [dios] oye, solo es el callado amor”1. Juzgo oportuno ofrecer unas palabras en las que Juan + nos comparte su imagen de Dios: “Amar Dios a la persona es meterla en cierta manera en sí 1

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mismo Dios, igualándola consigo, y así…, ama a la persona… con el mismo amor que él se ama (C 32,6). Se pregunta más adelante: “Quién podrá decir hasta dónde llega lo que Dios hace cuando da en agradarse en ella? No hay poderlo ni aun imaginar; porque, en fin, lo hace como Dios, para mostrar quién Él es”2. Dios es lo que hace y hace lo que es. Y este otro texto, cimentado sobre un mosaico de textos evangélicos: Dios “nos comunica el mismo amor que al Hijo, aunque no naturalmente, sino por unidad y transformación de amor”. “De donde las almas esos mismos bienes poseen por participación que él [Hijo] por naturaleza; por lo cual verdaderamente son dioses por participación, iguales y compañeros suyos de dios” (C 39,4-5).

De tal “teología”, tal “antropología”, que sintetiza en un verso: que “ya solo en amar es mi ejercicio”, y que explica o, mejor, confiesa: “ya empleado y enderezado a Dios…, hasta los primeros movimientos se inclinan a obrar en dios y por dios”3. El resto es accidental, mero adorno, que amenaza ocultar, distraernos de la vocación esencial, propia de cada uno. Juan + nos susurra a todos: “los bienes inmensos de Dios no caben ni caen sino en corazón vacío y solitario, por eso la quiere dios, porque la quiere bien, bien sola, con gana de hacerle Él toda compañía”4.

En este camino nos ha puesto Quien se presentó como camino, verdad y vida. ¿Seguiremos definiéndonos por lo que nos diferencia “celibato, matrimonio, religioso, laico”. Le doy la palabra conclusiva a Teresa: Este “amor puro espiritual… va imitando al que nos tuvo el buen amador Jesús”5. El signo no da sentido al amor, sino éste al signo, y el amor es darse con la mayor gratuidad posible, incondicionalmente al servicio de los demás. Nada de lo recibido de Dios podemos apropiárnoslo. Todo es para darlo a los otros. “Amor puro espiritual”.

Maximiliano Herraiz García Carmelita Descalzo

C 33,8, C 28,5. 4 Ct 18/7/89; 15, 5 Camino 7,9. 2 3

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VIII.- Cine. CalVarY

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Título: Calvary

Título original: Calvary País: Irlanda, UK Estreno en USA: 01/08/2014 Estreno en España: 06/03/2015

Director: John Michael Mcdonagh

Guión: John Michael McDonagh

reparto: Brendan Gleeson, Chris O'Dowd, Kelly Reilly, Aidan Gillen, Dylan Moran, Isaach De Bankolé, M. Emmet Walsh, Marie-Josée Croze, Domhnall Gleeson, David Wilmot, Pat Shortt, Gary Lydon, Killian Scott, Orla O'Rourke, Owen Sharpe En una pequeña parroquia irlandesa, en mitad de su confesión, un hombre le dice al padre James, el cura del pueblo que goza de merecida fama de persona de buen corazón, que debería poner en orden todos sus asuntos ya que el mismo penitente planea asesinarlo el domingo siguiente: así comienza un misterio previo a un asesinato. A lo largo de los siete días siguientes, el sacerdote marcado recorrerá su feligresía cuyos miembros están devorados por las dudas desagraviando y reuniéndose con los distintos sospechosos hostiles que pa205


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recen estar en todos los rincones de la aldea: desde un cáustico, agnóstico y dogmático doctor, pasando por un especulador financiero corroído por la culpa, que tiene una propuesta comercial para el sacerdote, hasta un esposo celoso y un novio infiel que no desea ser juzgado. CalVarY (2014), no es fácil encontrar un hombre bueno Peio Sánchez

“Hasta el domingo”. No es una despedida cualquiera. Es la un hombre que ha sufrido abusos sexuales de niño durante años por parte de un sacerdote ya fallecido. Se despide así del padre Lavelle que le ha escuchado en el confesonario. “Matar a un sacerdote en domingo. Esa es una buena idea”. Ésta es la amenaza de venganza con la cual comienza esta mal llamada comedia dramática. Todavía quedan siete días. En esta semana iremos conociendo a James Laville, soberbio Brendan Gleenson, un sacerdote viudo y con una hija adulta, Fiona (Kelly Reilly) que después de la muerte de su esposa ha decidido consagrar su vida a Dios intentado ayudar a la gente. Acompañaremos su duda interior ante la amenaza de muerte, entre la denuncia y la defensa, entre la huida y acudir a la cita en la playa. Por su vida irán desfilando las personas de su pueblo, sus feligreses. Un carnicero despechado por los engaños de su mujer, Verónica su esposa insatisfecha, un millonario solitario que quiere lavar su conciencia donando dinero a la iglesia, un escritor norteamericano expatriado que quiere suicidarse. También su compañero en la parroquia, el padre Leary, va torciendo su camino. Incluso su hija vive una crisis existencial que le ha llevado a la depresión. Éstos serán los compañeros entre los cuales el padre James tiene que tomar una decisión: acudir o no a esa extraña cita.

El irlandés john Michael Mcdonagh es el director y guionista de esta película que nos ofrece una de las mejores imágenes del sacerdocio en el cine contemporáneo. En Irlanda donde el escándalo de los abusos sexuales y de sus encubridores ha marcado la historia y la percepción de la fe y la iglesia, surge está película, en la que se da la cara ante el problema y sus 206


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consecuencias traumáticas en las víctimas. Pero que, a la vez, reivindica el sentido del ministerio presbiteral –a través de la referencia de un buen sacerdote- en un mundo que vive amenazado del mal y donde ya pocos creen en el perdón. Más allá de las hagiografías simplistas al uso, descubrimos a un ser humano en su debilidad, en su cansancio e incluso en su ira. Pero sobre la que se levanta, la imagen de guerrero celta Brendan Gleeson viene al caso, un sacerdote sólido, profundamente creyente que intenta ayudar a su gente aunque todo esté rodeado de oscuridad. Humildemente, en el fracaso, digamos en la Pasión, se nos muestra a un buen sacerdote. Lleva la carga que nunca deseó, la dura carga del mal condensada en los abusos sexuales de menores pero que se extiende alrededor como fuego que arrasa. Clavada esta cruz en el surco de un pequeño pueblo irlandés. La duda procede ante el sacrificio. ¿Tiene sentido dar la vida para luchar contra el mal, presente en la misma iglesia? ¿la vieja palabra expiación, desgastada y manipulada, tiene hoy vigencia mirando al Crucificado? ¿Cómo amar en medio del fracaso? Cuando a veces la única misión que apenas queda es no formar parte del mal. ¿Puede esperarse una luz que haga posible la reconciliación de tantas heridas?

Este nuevo “diario de un cura rural” se pone a la par del mismo Robert Bresson y Georges Bernanos. En la estela de los grandes de la literatura Graham Green en “El poder y la gloria” o Flannery o’Connor “un hombre bueno no es fácil de encontrar”. Incluso de los grandes del cine como el “Nazarín” de Luis Buñuel-Galdós. En medio del drama se presenta una imagen como figura: “Este es el hombre”. Sin embargo, “Calvary” tiene una forma de abierta e incompleta de terminar. Dónde como en la parábola del hijo pródigo se le exige al “espectactor” decir el final. Cuando humanamente resulta imposible decir “Todo es gracia”. No se la pierdan. no compren palomitas en este caso, mejor abróchense los cinturones de la conciencia. Pero vayan a verla.

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IX.- Trabajo Por GruPoS

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a) Convicciones reforzadas

lNecesidad de contemplar más el celibato de Jesucristo (algo central

en su vida desde la obediencia al plan del Padre). El celibato es signo del amor entrañable del Padre, del seguimiento de Jesucristo y de la novedad del Reino. lEl celibato como don, gracia, regalo del cielo para el presbítero, para la Iglesia, para la comunidad cristiana a la que es enviado y para la sociedad entera. lEl celibato como expresión de la pasión por el Reino (alianza) y por los pobres. Superación de una visión puramente normativa o funcional del celibato. ¿De quién somos transparencia? Conciencia de estar habitados por el misterio de Dios. lLa profunda relación del celibato con sus “hermanas” la pobreza y la obediencia. lSomos siempre discípulos, siempre aprendices de célibes lLa importancia de cuidar el mundo de los afectos, sentimientos… Lo afectivo es lo más efectivo. lSomos cuerpo, cuerpo habitado y expropiado por la seducción del Reino. lNecesidad de transparencia afectiva y relacional. Necesidad de ser acompañados (operación verdad) por un acompañante y por un equipo de hermanos. lEl celibato es una forma de acoger y amar al único amor de Dios. Es necesario amar y valorar otras maneras de acoger y expresar el amor de Dios: matrimonio, castidad de los monjes y religiosos… lLa fecundidad apostólica del celibato logrado. 211


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b) luces para seguir caminando lLa

profunda vinculación del celibato a la Alianza, a la voluntad del Padre y al Reino y no a las tareas. Somos propiedad de Dios. Nos reconocemos entrañablemente amados por Dios y llamados-enviados a amar a los “intocables”. lNecesidad de relaciones profundas con Dios y con la gente. La profunda vinculación entre Eucaristía y celibato. lLos consejos evangélicos como acicate y estímulo y no como carga. lNecesidad de parresía también en este asunto; hablar abiertamente del don del celibato. lNo existe propiamente el celibato, sino el célibe único e irrepetible. Necesidad de integrar la dimensión del celibato en el Proyecto Personal de Vida. Atentos a la dimensión afectiva en la revisión de Vida. lLa mirada femenina del celibato sacerdotal. lLos peligros de los auto-engaños. Transcendencia del acompañamiento espiritual.

C) Interrogantes abiertos

l¿Cómo ser presbíteros misioneros y célibes en el nuevo contexto-so

cioreligioso? ¿Cómo hacer más significativo el carisma del celibato en el contexto actual? ¿Entiende-intuye nuestra gente el valor y el significado del celibato del presbítero? l¿Es conveniente llegar al celibato opcional? La llamada al presbiterado y el don del celibato ¿van siempre juntos o pueden ir por separado? l¿Cómo seguir avanzando en las diócesis en la cultura del acompañamiento (ser acompañados y acompañar)? ¿Por qué nos cuesta tanto el acompañamiento (pasivo y activo)? l¿Por qué los presbíteros y el Pueblo de Dios trabajamos tan poco todo lo relacionado con el celibato? ¿Predicamos a Jesús célibe? 212


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lEl

celibato de los presbíteros es un asunto eminentemente eclesial y pastoral, ¿cómo abordarlo, compartirlo y reflexionarlo en equipo presbiteral y eclesial? l¿Cómo tomar más en serio el mundo de los afectos y compartirlodiscernirlo con normalidad? ¿Cómo cubrimos en la práctica nuestras necesidades afectivas? l¿Cómo unificar la vida desde los consejos evangélicos? l¿Cómo construir la comunidad cristiana desde el don del celibato? ¿Hasta qué punto la vivencia del celibato puede influir en el dinamismo pastoral de una diócesis? l¿Cómo acompañar a amigos/compañeros que entienden el celibato como una imposición eclesial? l¿Se está abordando en los seminarios de forma seria todo lo relacionado con el celibato y la afectividad?

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X.- anEXoS

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1.- CARTA A MI HIJO CURA Querido HIJO, al enterarme de que a tu primo Tomás le han enviado a trabajar a Nueva Kaledonia, que no sé ni dónde está, pero sí sé que es un puestazo, pues he pensado en tu lugar en el mundo. Como me dicen las vecinas, es una pena que no aportes nietos a la familia y que te dediques a las cosas de Dios, algo que parece que está caducado en esta sociedad nuestra, donde apenas se habla de El. Pero he estado pensando y no es que tu caso sea como el del vecino que está de investigador en Holanda o de la que ha entrado en Google, con un sueldazo, para sorpresa de todos, Pero quiero hoy decirte lo importante que eres para mí y lo contenta que me tiene tu lugar en el mundo, ese que has elegido y que yo, aparentemente acepté de buen grado, pero en el fondo, me daba un poco de pena perderte y que renunciases a tener una familia propia y un romance en tu vida… El domingo, cuando comimos toda la familia junta, con hijos y nietos, te miraba con pena y admiración a la vez, me daba penilla que no aportaras tu familia, al gran grupo, como todos, que estuvieras tan solo… Pero luego, pienso en ti despacio y le pido a Dios que te cuide bien y que se ocupe de ti, que has sido el más valiente de todos. Y es que si pienso despacio, tu vida es una maravilla. Tienes la oportunidad de acompañar la vida de la gente, en todo su proceso vital. Desde que una pareja enamorada, quiere casarse, suele pasar por ti y comentarlo contigo. Luego se casan por la iglesia o prefieren ir al juzgado, no sabemos, pero tú les animas a quererse bien y para siempre y les ofreces la posibilidad de que Dios bendiga su unión y me gusta que hagas como nuestro don Agus217


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tín, que asistía a todas las bodas civiles de los chicos de la parroquia, aunque no quisieran que Dios bendijera su unión, él estaba allí presente, para felicitarles y bendecirles, si se daba el caso… Más adelante, cuando estas parejas tienen un hijo, suelen pasar por la iglesia para bautizarlo, o para enterarse de cómo va el tema de ese sacramento y tienes de nuevo la oportunidad de animarles a quererse, a quererle, a hacerle feliz y a no inundarle de cosas, que el pobre bebé va en el cochecito, ya lleno de efectos especiales, una serpiente con colgantes, un móvil con música y muchos peluches que tapan al niño y apenas le dejan ver el mundo, pero siempre para entretenerle… No vaya a ser que se aburra… Y así entras en la vida de este niño y en la de la pareja y puedes cuidar la amistad con ellos e ir algún día a visitarles o invitarles a que vayan a tu casa a cenar… y más adelante, ese niño te lo traerán para que conozca a Dios en catequesis y para que se vaya haciendo creyente, o no, pero volverás a tener la ocasión de intervenir en sus vidas y de presentarles a Dios y de contarles lo bien que se vive con El y cómo somos personas habitadas, pues nunca estamos solos, pues El viven en nuestros adentros y está interesado en nuestra felicidad, más aún que nosotros mismos… Y si no vienen a catequesis, pues te los encontrarás por el barrio, o en las tiendas y te puedes tomar una cerveza con ellos e intentar entablar amistad y cuidar la relación cercana con esa familia que comenzó contigo… y que ahora ha crecido y sigue creciendo… Y vendrá un día un familiar, que acudirá a la parroquia, o uno de los dos se pasará por tu despacho, a verte, sin nada que contar, pero con ganas de intimar, de conocerte y de dejarse conocer y es importante que sepas estar… y acompañar la vida de la gente… y ser amigo… e interesarte por sus vidas y sus cosas y por los niños… que no estaría de más que te aprendieras su nombre, pues recuerda, como te enseñé de niño, que la palabra que mejor suena al oído humano es el propio nombre en boca de otros… Y en algún otro momento de la vida volverá esta familia a pedir tu ayuda o tu servicio y has de estar ahí, acompañando la vida de la gente, ayudando a ser en plenitud, recordándoles cuánto les quiere Dios y cómo está pendiente de todos y le preocupan todos sus hijos y les quiere felices 218


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y no ocupados y llenos de actividades y de cosas, sino de amor, de gozo, de ternura y de vida. Que la gente de hoy trabaja mucho para tener todo de todo y ser los primeros en tener lo último y acumulan viajes, lugares, cosas y tienen las casas preciosas pero apenas las usan porque no tienen ganas de limpiarlas… y por eso comen por ahí o donde les den asilo, con tal de no manchar su preciosa mansión. Y luego, en verano, corren, se van lejos, huyendo de la vida, de la casa y de todo y parece que la felicidad la miden en kilómetros o en el número de actividades que hacen, como ir mil veces al parque de atracciones, que para eso se han sacado un carnet, que les permite tener todo el ocio gratis y en todo momento y para los niños ya nada es una sorpresa, pues repiten y repiten la visita al zoo, por ser gratuita, pero apenas disfrutan pues es todo tan monótono y repetitivo, que no les hace ni ilusión… Y, mientras, la tablet o el móvil cuidan de los niños y les entretiene en todo momento y ellos se han convertido, desde muy pequeños, en adictos a la pantalla y al teléfono y solo desean ver imágenes y ni miran a la gente que se acerca, ni al mundo, pues están absorbidos por tanto pantalleo que les tiene abducidos… Pues a esos niños, tan hiperestimulados, es a los que tú tienes que presentarles a Dios, ayudarles a descubrir el placer del silencio, de la amistad con Dios, de saberse habitados, de enseñarles a amarse y a amar a los demás. A esos niños y esos padres te ha mandado Dios, en este momento de la historia, en el que se te ha ocurrido hacerte cura, pues ahí tienes tu misión, en esta gente sin Dios, que adora el dinero, que corre como loca, tras una liebre que ni ellos mismos saben cuál es… Ahí está tu misión, acompañando la vida de esta gente, que vive sin Dios y dejando que se apoyen en ti, que se desahoguen contigo y que pongan nombre a lo que necesitan y a lo que buscan. Y esa familia tendrá conflictos y desamores y baches… y te necesitarán y te podrás hacer el encontradizo para que vivan una amistad contigo en cercanía y complicidad vital. Y los hijos irán al cole y tendrán o no clases de religión y vendrán etapas posteriores difíciles, como la adolescencia, que hay que saber acompañar pues es muy, pero que muy difícil hoy en día… Y vendrá la juventud y la madurez de los padres y el momento en 219


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que los abuelos se pongan enfermos y los hijos necesiten comportarse como padres de sus padres… Y tengan que cambiar cosas en la familia y haya que cambiar horarios, dedicación y atenciones… Y tú, hijo mío, mientras, tendrás que ir formándote en duelo, en acompañamiento familiar, en inteligencia emocional y en procesos personales, para saber acompañar todo lo que tu gente necesite. Y en la parroquia te encontrarás con personas que se apoyan en ti, que consultan contigo baches y dificultades vitales y que tienes que saber acompañar, aconsejar, consolar o sugerir… No dejes nunca de formarte y seguir creciendo, para hacerte experto en el ser humano, que es lo que vas a ser de ahora en adelante y lo que necesitas ejercer en tu trabajo pastoral y de acompañamiento vital. Pensarás que me he aprendido bien eso de acompañar la vida de la gente y es que es eso lo que yo también hago con las vecinas y en mi barrio, con los amigos y con quien se deja, porque es una necesidad urgente de nuestra sociedad, en la que la gente está más sola que la una y no habla con nadie desde el hondón del alma. Y si tú cuentas cómo vives y lo que te ocurre y lo que Dios va haciendo en tu vida, pues “darás limosna de lo de dentro”, como dice Ezequiel, que es algo precioso y acariciarás sus vidas y les ayudarás sólo por el hecho de compartir tus adentros, tu intimidad, si cuentas cuánto te cuesta también a ti ser honrado o ser honesto en algunas cosas… Es importante que los demás te vean un ser humano normal, de carne y hueso, y no un cura de plástico, que todo lo hace bien, por ser cura, sin más. Sí, hijo mío, sé humano, muy humano, todo lo humano que puedas, para que la gente te sienta cerca y acuda a ti por tu sencillez y tu cercanía, que te sientan amigo y vean alguien que intenta ser feliz y vivir una vida digna, como los demás. Me da a mí miedo en que te conviertas en un cura serio, con el púlpito incorporado, que impone, que marca distancia, que habla con un tono de voz plastificado, de cura rancio, que aleja en vez de acoger. Dirás que ¡vaya madre que tienes, que se mete en todo!, pero es que me importa mucho tu vida y tu forma de ser cura. Veo a mucha gente alejada 220


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de Dios por topar con un cura ortopédico, estirado o poco natural. Y no me gustaría que eso te ocurriera a ti, que los años de vivir solo te vuelvan extraño y diferente al género humano. Le pido a Dios muchas veces que te haga buen compañero de la vida de la gente, amigo de los amigos, niño con los niños y juguetón con los jóvenes, comprensivo con los adultos y educador para todos. Ojalá seas el amigo sabio que todos queremos tener, que está para acudir a él en las risas y en las prisas, en las dudas y en los apuros, en los momentos difíciles y en los bonitos. Que Dios te ayude a celebrar la vida de la gente, a entender de líos de trabajo, de dificultades de pareja, de educación de hijos, de crisis adolescentes y amores de juventud, de fidelidad en el amor y de aceptación de la vejez y del deterioro de los años. Que sepas llenar de Dios la vida de los que dudan, de los que sufren, de los que están solos y de los que viven desamor o penas. Y que seas un cable de conexión entre la gente, para acercar amigos, facilitar relaciones, crear vínculos y trabajar en equipo. No seas un cura que se lo hace todo solo, sino que ayudes a que la gente haga y colabore. Necesita de los demás, que eso es muy bueno y muy importante para todos. Me gusta mucho que sigas estudiando y formándote, pero ten cuidado, que tu formación no te haga sentirte o comportarte como superior a nadie, sino que sea para que la pongas al servicio de los demás y de tu trabajo. Es bueno que sigas creciendo y tú tienes la suerte de formarte toda la vida, que te hará falta, pero no te pongas medallas por ello, ni presumas de títulos y estudios. Sé sencillo, siempre, como hasta ahora, que los títulos crean distancia entre las personas y muchas veces se utilizan para alejarse o para marcar diferencias de nivel intelectual. Y ya sabes que yo peco de contar fulanito, que es ingeniero de caminos… o menganita, que es directora de no sé qué en la Comunidad Económica Europea… y lo digo para darme yo pisto y para encumbrar al otro… Y lo reconozco, y sé que es algo poco evangélico, pero lo hago e intento corregirlo, que me lo habéis dicho vosotros muchas veces, pero, no me lo logro quitar. Bueno, perdona, hijo, que estábamos hablando de ti y se me escapan cosas mías, como siempre. Te quería decir cuánto te quiero, que te lo digo poco, porque noto que te da una vergüenza enorme, pero te quiero tanto… os 221


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quiero tanto a todos que hasta me duele el corazón de quereros. Y a los nietos aún más… No sé qué le ha pasado a mi corazón, pero le ha salido una sucursal nueva y les quiero a todos con locura… Bueno, y a ti, hijo mío, te quiero muchísimo y tengo muchos sueños míos puestos en ti. No sé yo cómo serán las madres de otros curas, pero yo soy un poco fardona. Me encanta hablar de ti y de tus logros. Se me llena la boca cuando hablo de ti o de tu parroquia… Voy a seguir con los consejos que te quería dar. Aunque yo no tengo ni idea del mundo de la teología, ni del curato, me atrevo a decirte lo que yo recibo de los curas que frecuento, que son varios y muy importantes para mí, como tú bien sabes. Les quiero mucho y les estoy agradecida porque me han ayudado a ser la mejor yo. Me han curado de escrúpulos infantiles, de espiritualidades cursis que tenía antes, cuando rezaba jaculatorias para acumular puntos, como cuando ingreso algo en la cuenta de Bankia, para tener mis espaldas cubiertas. Pues eso mismo hacía antes al decirle cosas a Dios, para que me guardara indulgencias… Antes hacía muchas cosas que hoy no me valen y siento que mi fe es mucho más adulta y que he crecido en mi relación con Dios. Ya no me sirven las imágenes, como cuando en Logroño iba de la Milagrosa a la del Carmen y de allí al Cristo que casi me emocionaba… y ahora hablo con Dios directamente, o, como mucho, con María y le digo que estará como yo, muerta de envidia de que su hijo tampoco se casó ni le dio nietos y estaba siempre en danza… y le pido que te acompañe y que me ayude a querer mejor a tu padre, que supongo que San José también tendría sus enfados, con eso de que le puso los cuernos con el Espíritu Santo…y el pobre se las tragó dobladas… Y, tu padre, cuando me lío con mucha gente, me dice que si creo que soy ella… y que tengo que solucionar la vida de la gente. Y se enfada un rato conmigo. Entonces me pongo en manos de María y le pido que me ponga las pilas y me ayude a resistir en armonía. Y es que los curas ayudáis a la gente a crecer, a pasar de la oración de niños a la de adultos, y a ser críticos con nosotros mismos. Yo he tenido la suerte de crecer en grupos religiosos, de Biblia y de comunidad y han sido para mí algo muy importante. Y el cura del grupo también. Por eso me gusta 222


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tanto tu labor y me parece sagrada la tarea de vivir con la gente su relación con Dios. No dejes que nadie que pase a tu lado, se vaya sin Dios, deja que se chute de ti, alimenta su amistad con El, cuéntale lo que hace contigo y cómo Él te anima y te descansa… Cuando veo al cura de la parroquia con las ancianitas de mi barrio, me gusta con qué ternura les trata y la paciencia que tiene, pues, aunque la mayoría no oyen bien, ocupan mucho espacio en el templo y en la vida parroquial. Y creo que él les acompaña bien y les anima y les reconforta en sus líos mentales y les ayuda a sacar sus fortalezas interiores, para que vivan los mejor posible. Ya sabes, por otras cartas, que me gusta escribiros a los hijos, cartas largas para hablaros desde el alma. Reconozco que soy un poco intensa, pues mi carta ha salido demasiado larga, pero ya sabes que esta no será la última… pues cualquier día que me dé otro apretón sentimental, te escribo otra. De momento, ahí van mis deseos más profundos y le pido a Dios que te bendiga, que se haga el Señor de tus horas y de tus días, de tu corazón y de todo tu horario. Que Él te descanse y te sosiegue, te fortalezca y te dinamice para empezar con fuerza el nuevo curso y ponga siempre en tu boca la palabra oportuna y el gesto que necesita el otro. Bueno, que te dejo. ¿Te he dicho que te quiero un montón y que pido mucho por ti?. Todos los días al acostarme le pido que te abrace y te descanse. Un abrazo bien fuerte. Mari Patxi ayerra/mamá

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2. CON EL SEXO TODAVÍA EN ESPERA (Poesía)

Disculpad la osadía: quiero ser como un niño con el sexo en espera, creciendo para darme sin ninguna reserva, aguardando la siega de la total entrega.

Y por eso estoy quieto, aguardando a quien llega, dejando invitaciones que agradezco, sinceras, y empujando un poquito (una nada que es cierta), este mundo sufriente cara el divino abrazo, algo herido en la espera, mas creo en la promesa de outra vida distinta en alianza cierta.

No son ascos ni miedos, quizá es como un juego, una apuesta algo loca, desmedida y osada que roza la blasfemia, pero es ésa mi senda esperanzada y tierna: yo creo en un futuro de caricias y estrellas abrazándose juntas, mar de luz sin orillas, y en amor sin descartes, y en besos sin peleas, y por eso, muy terco, quiero plena la risa, sin que nadie, excluído, falte junto a la mesa.

Y estoy así en aguarda, siempre abierta la puerta, madurando en ternura, como niños creciendo, mis hermanos y yo, para la mejor fiesta. Xosé Antonio Miguelez

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3. CON JESUS (Poesía) Configurarme confirmarme contigo, siempre a ti, de los muertos Cristo Exaltado.

Concederme conciliarme contigo, siempre para ti, de los perdidos Cristo Enviado.

Conformarme convertirme contigo, siempre en ti, de los empobrecidos Cristo Enriquecido.

Mi ministerio mi celibato mi cuerpo mi abrazo, contigo es de todos, sin ti no es de ninguno.

Concebirme consagrarme contigo, siempre por ti, de los renacidos Cristo Encarnado.

José Baena Iniesta

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XI.- ProGraMa Y HorarIo dE la SESIon EL CELIBATO, FUENTE DE ESPIRITUALIDAD Y FECUNDIDAD APOSTOLICA “Otros eligen no casarse por causa del Reino de los cielos” (Mt 19,12)

SESIon dE ForMaCIon 7-11 agosto 2017

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Lunes 7: - 10,30: Laudes y Estudio de Evangelio. - 11,15: Presentación de los participantes y de la sesión. - 11,45: Resultados del trabajo previo (Juan Carlos y Manu) - 12,00: Primera ponencia: Antropología de los afectos y la sexualidad. Ponente: Luis María García Domínguez, SJ - 13,00: Tiempo personal de lectura y reflexión - 16,00: Diálogo con el ponente - 17,00: Cinefórum - 20,00: Eucaristía y Vísperas Martes 8: - 08,15: Laudes y Estudio de Evangelio - 09,45: Testimonio de Agustín Sánchez sobre su vivencia de los consejos evangélicos - 10,00: Segunda ponencia: Jesucristo célibe. Ponente: José Ignacio Blanco - 11,00: Comunicación: La educación al celibato en los seminarios y en la nueva Ratio (Alonso Morata) - 11,45: Tiempo personal de lectura y reflexión - 13,15: Diálogo con el ponente - 16,00: Talleres (3) (a elegir uno): 229


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a) Posibles autoengaños (Mons. Juan Mari Uriarte). b) Acompañamiento en lo afectivo, educación afectiva (Juan Carlos Martín) c) Inteligencia emocional (José María Tortosa y Micaela Bunes) - 17,30: Merienda, descanso - 18,00: Mesa redonda: Significatividad y fecundidad del celibato del sacerdote hoy: Participantes (2): Mons. Juan Mari Uriarte y Mari Patxi Ayerra… - 20,00: Eucaristía y Vísperas Miércoles 9: - 08,15: Laudes y Estudio de Evangelio - 09,45: Testimonio de una religiosa: así valoro yo el celibato de los sacerdotes (Hermanas Clarisas, Avila) - 10,00: Tercera ponencia: Los consejos evangélicos y el seguimiento radical de Jesucristo en el carisma pradosiano. Ponente: Antonio Bravo - 11,00: Tiempo personal de lectura y reflexión - 13,15: Diálogo con el ponente - 16,00: Tarde lúdica. Visita a Alba de Tormes: Museo, Eucaristía, paseo… Jueves 10: - 08,15: Laudes y Estudio de evangelio - 09,45: Testimonio de un laico: así valoro yo el celibato de los sacerdotes (Micaela Bunes) - 10,00: Cuarta ponencia: El celibato, la construcción de la comunidad y la evangelización de los pobres. Ponente: Juan María Uriarte 230


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- 11,00: Tiempo personal de lectura y reflexión - 13,15: Diálogo con el ponente - 16,00: Reunión de grupos en torno a estas tres cuestiones: . interrogantes abiertos . convicciones reforzadas . luces para seguir caminando.

- 07,30: Merienda, descanso - 18,00: Comunicación: “Al fin para este fin de amor fuimos creados” (S. Juan de la Cruz). El celibato del amor progresivamente gratuito (Cites, Maximiliano Herráez) - 20,00: Eucaristía y Vísperas Viernes 11: - 08,00: Eucaristía y Laudes - 09,45: Quinta ponencia: Espiritualidad del pastor célibe. Ponente: Juan Mari Uriarte - 10,45: Tiempo personal de lectura y reflexión - 12,45: Diálogo con el ponente - 13,30: Evaluación y cierre de la sesión

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IndICE I. Saludo InICIal ...................................................................................................... 3

II. SInTESIS dEl Trabajo PrEVIo ................................................................ 9

III. PonEnCIaS ............................................................................................................ 17 III.1. Antropología de los afectos y la sexualidad ............................. 19 Luis María García Domínguez, SJ

III.2. Jesús Célibe ............................................................................................ 49 José Ignacio Blanco

III.3. Los consejos evangélicos y el seguimiento radical de Jesucristo ........................................................................... 59 Antonio Bravo Tisner

III.4. El celibato, la construcción de la comunidad y la evangelización de los pobres .................................................. 85 Mons. Juan María Uriarte

III.5. La espiritualidad del pastor célibe............................................. 107 Mons. Juan María Uriarte

IV. TESTIMonIoS .................................................................................................. 119

1. Qué sentido tiene el celibato sacerdotal para una laica cristiana..... 121 Micaela Bunes 2. El celibato sacerdotal. Una perspectiva franciscana ................... 131 María Contreras Mellado, clarisa 3. La vivencia de los consejos evangélicos en mi ministerio sacerdotal.................................................................................................... 145 Agustín Sánchez 233


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V. TallErES ................................................................................................................ 151 1. Posibles autoengaños .......................................................................... 153 Mons. Juan María Uriarte 2. Inteligencia emocional.......................................................................... 163 Micaela Bunes y José María Tortosa.

VI. MESa rEdonda ............................................................................................. 169 Significatividad y fecundidad del celibato del sacerdote hoy... 171 Mons. Juan María Uriarte

VII. CoMunICaCIonES ........................................................................................179 1. La educación al celibato según la nueva Ratio ............................ 181 Alonso Morata, operario diocesano

2. “Al fin, para este fin de amor, fuimos creados” ............................ 201 Maximiliano Herraiz, carmelita descalzo

VIII. CInE: CalVarY .............................................................................................. 203 IX. Trabajo dEGruPoS .................................................................................. 209 A) Convicciones reforzadas ...................................................................... 211 B) Luces para seguir caminando .......................................................... 212 C) Interrogantes abiertos ......................................................................... 213

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X. anEXoS .................................................................................................................... 215 1. Carta a mi hijo cura ................................................................................ 217 Mari Patxi Ayerra 2. Con el sexo todavía en espera (poesía) ......................................... 224 Xosé Antonio Miguelez 3. Con Jesús (poesía) .................................................................................. 225 José Baena Iniesta

XI. ProGraMa Y HorarIo dE la SESIÓn ......................................... 227

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ASOCIACIÓN DE SACERDOTES DEL PRADO DE ESPAÑA Calle Higueras, 35-1º 28011 Madrid sacerdotesdelprado@gmail.com sacerdotesdelprado.org

Elcelibato publicación 2018  
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