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CAPITULO II San Miguel Arcángel Este templo dedicado a San Miguel Arcángel, es mucho más moderno que el de San Pedro. Debió dedicarse en el primer tercio del siglo XVI1. Dice un historiador2 que las Señorías de Sabiñán y Terrer no eran Barrios de gente franca y noble, sino de vasallos de la casa de Luna y no eran aragoneses, aunque eran de Aragón3. No eran de signo de Rey, sino de señorío particular, y el Señor los vendía y trataba como esclavos, pudiendo esternarlos (descuartizarlos), y ahorcarlos, pues no tenían fuero. Los vecinos del pueblo, que eran de la Comunidad y por tanto francos y libres, aunque pecheros del Rey, por las noches encerraban en su barrio a los de la Señoría y si los hallaban por las calles del pueblo, los multaban, suponiéndoles malhechores o rondadores con aviesas intenciones. En documentos anteriores al siglo XVI y aun en los de 1520, se cita a los habitantes de este barrio como vecinos de la Señoría. La explicación nos la da un documento del siglo XVI que trata de los límites de este barrio. Dice así: «Cerca del lugar de Sabiñán está fundada una población de nuevos convertidos, la cual en lo antiguo era de los agarenos y se llamaba la morería de Sabiñán y desde la conversión, que fue en 1526 o 1527, hasta el presente se dice o nombra la Señoría de Sabiñán y siempre fue limitada y hoy se limita en la forma siguiente: desde las puertas viejas y por medio de la casa de Miguel Calavera el de las puertas, quedando la otra mitad en lo Realengo y término de Sabiñán, y por casa de Enrique Alvillena, médico, quedando el corral en Realengo o término de Sabiñán...». Y lo detalla casa por casa, hasta volver otra vez a su comienzo, en las puertas viejas. Y dice: «No tuvo, tenía, ni tiene ningunos términos, ni montes, ni districtu alguno, ni ninguna otra cosa». De ello se deduce que siendo barrio de musulmanes, tendría mezquita pero no iglesia, construida supongo poco después de la conversión de 15264. Los reyes de España trataron por todos los medios de atraer a nuestra religión a los musulmanes que quedaron después de la reconquista, sobre todo desde los Reyes Católicos, siendo la política imperante llegar a la unidad religiosa en España. Tanto los Reyes Católicos como sus sucesores, Carlos V y Felipe II, se valieron de misioneros, de predicadores y de la Inquisición para convertirlos, pero fue escaso el resultado conseguido y por esto, a consecuencia de los disturbios de los musulmanes de Valencia, dio el emperador una Real Cédula en 1525, en la que mandaba que los musulmanes bautizados no practicaran ceremonias de su rito, que asistieran a las solemnidades religiosas de los cristianos e hicieran lo mismo que ellos, que en término de tercero día cerraran sus mezquitas, y vista su desobediencia, se mandó que todos los musulmanes salieran del Reino de Valencia antes de fin de año5. El obispo Sandoval dice que había en Valencia 22.000 casas de cristianos y 26.000 de musulmanes, y de éstos, no se bautizaron seis de buena voluntad, mas por no perder la hacienda, se dejaban poner la crisma. Según Modesto Lafuente, los moros de Aragón intentaron sublevarse contra tales medidas y tomaron las armas los de Villafeliche, Ricla, Calanda, Muel, Pleitas y otros, pero fueron fácilmente reducidos, desarmados y castigados, y condescendieron en recibir el bautismo para conservar sus tierras, mejor que irse a África a practicar con libertad su religión. Esto fue en marzo de 1526. Si se mandó cerrar las mezquitas, la de aquí estaría incluida, y la dedicarían a iglesia bajo la advocación de San Miguel. Ayuda a creer que se aprovechó el edificio, el ver que en el mismo siglo se mandó reparar una pared y el techo de la sacristía, apuntalado y amenazando

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ruina, ya que de haberse hecho de nueva planta, no estaría en estas lamentables condiciones6. Poco más tarde en 1628, 1629 y 1630, bautizaban a los de la Señoría en San Pedro «por estar demolido San Miguel». Y como las obras de la iglesia no se hacen para que duren solamente una centuria, hay que convenir que se aprovechó el edificio de la mezquita. En las visitas pastorales se manda hacer las obras al procurador general de la Comunidad, como señor temporal de la Señoría. Y como el que ejercía este cargo residía en el pueblo de su naturaleza, tenía que ir el vicario a notificarle el mandato, unas veces a Aniñón, otras a Terrer y otras a Fuentes. El vicario no tenía ni sacristán para tocar las campanas y su dotación no llegaba a lo marcado por el Concilio de Trento, según se desprende de la visita del obispo Fr. Yepes7. La Comunidad debió de comprar a finales del siglo XIV o principios del XV8, los treudos que los musulmanes pagaban a la casa de Luna, de las fincas que les dieron para cultivar, de modo que compró el dominio directo de dichas fincas. A la conversión de los musulmanes y para sostenimiento de la iglesia, les impondrían el diezmo, a semejanza del que pagaban los cristianos viejos. Hubiera sido lo natural que, sumándose la décima de los frutos de dichas fincas, al que pagaban las restantes del término, se aplicara todo ello a la parroquia ya establecida, pero la vanidad dominante de entonces, haría que el señor directo (la Comunidad o su procurador) no quisiera eclipsarse, y para que siempre constase, haría poner el nombre de Señoría como significativo de dominio o señorío, a las antiguas morerías de Sabiñán y Terrer. En la concordia de 1613, celebrada por la parroquia y el pueblo de Sabiñán con la Comunidad, sobre el diezmo, alegaba Sabiñán «que habiéndose mudado la calidad de los poseedores de las fincas de la Señoría (entonces en mano de cristianos viejos, por la expulsión de los moriscos), se había mudado la obligación de pagar la décima a la Comunidad y debía pagarse a San Pedro». La Comunidad argumentaba «que teniendo sobre la Señoría, el dominio absoluto y temporal de tiempo inmemorial a esta parte y con dichos justos títulos y costumbre no prescrita desde el IV Concilio de Letrán y antes (1215-1216), debían seguir pagándola a ella». Y para acabar con los litigios acordaron, siguiendo la regla de Calatayud entre sus parroquias, que debían pagar a la Comunidad o Señoría sus parroquianos, de los bienes que entonces les daba a treudo y de los que poseían los nuevos pobladores, y que todos los demás del término pagaran a la iglesia de San Pedro la décima de los frutos, advirtiendo que las fincas libres que llevaran los nuevos pobladores, no anotadas en el documento, seguirían pagando al pueblo, y las fincas de los que se subieran de la Señoría, por esto vecinos del pueblo, si no eran de las que tenían a treudo de la Comunidad, volverían a pagar a la iglesia de San Pedro9. Esto último demuestra que no eran tan vasallos como repetidamente se los llama, pues se reconoce que podían dejar de ser vecinos, lo que seguramente no podrían hacer los vasallos musulmanes que pertenecieron a la casa de Luna. Sabiñán tenía razón al decir que se había mudado la calidad de los poseedores del dominio útil de las fincas de la Señoría. De todo esto resulta que el procurador general de la Comunidad cobraba el diezmo correspondiente a la Señoría. Ya hemos visto que en la iglesia de arriba se reservaba la cuarta para el obispo, la cuarta para el Concejo, para atender a la fábrica y al culto, y el resto para los sacerdotes que formaban el Capítulo. Observamos que en la iglesia de San Miguel no hubo Capítulo Eclesiástico, sino únicamente vicario y además mal retribuido. En unos años no hubo ni sacristán y la iglesia estaba a medio componer. Todo esto iba en contra de la cita del Concilio de Letrán, que de ser cierta, la Comunidad no debía desatender sus obligaciones con la iglesia, por muy señora absoluta y temporal que fuera de la Señoría. En San Pedro unos pobres pecheros cuidaban de la iglesia y del culto, sosteniendo un buen número de beneficiados y dando una cuarta parte al prelado. Esto demuestra las ventajas del sistema de patrimonialidad de las iglesias, que regía en San Pedro, sobre el sistema centralista de San Miguel. Este viene a ser el régimen hoy imperante, sacando de los pueblos los tributos y devolviéndoles una pequeña parte y generalmente tarde. Comprendo que antiguamente pagaran a gusto el diezmo, porque el dinero no salía del

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pueblo y en él quedaban los beneficios, cuando se procedía como en la parroquia de San Pedro, no así en el caso de San Miguel. Pero continuemos con la iglesia de San Miguel recién restaurada en 1630. En mayo de este año ya vuelven a bautizar en ella, aunque en pila descubierta, en la que pueden caer animalillos y polvo y conviene cubrirla, como se dice en una visita. En otra visita de 1638, el obispo manda a los Patronos que dicen ser la Comunidad, que arreglen y reparen los tejados y la cubierta de la torre. En 1733 el prelado manda inspeccionar la iglesia y el maestro albañil José Verdejo dice que los arcos de la iglesia amenazan ruina, así como la pared de la sacristía que mira al río. Por esto el obispo manda al señor absoluto y temporal de la Señoría que la arregle sin demora y señala al vicario que si no se llevan a cabo las obras con prontitud, embargue el diezmo y primicia, y con ellos arregle la iglesia y ponga campanas nuevas, pues las que había estaban rotas. En la visita de 1766 se dice que la mayor parte del templo amenaza ruina, en especial la pared principal del presbiterio y la pared de la capilla de San Juan, la de la derecha, hasta el altar, y los tejados están humedeciéndose por tener podridas las tablas, de modo que sin peligro no se puede estar en ella. Y manda que si dentro de cuatro meses no lo arreglan los diputados, el vicario se encargue de ello, embargando del diezmo lo necesario. Todas estas obras se llevarían a cabo, aunque no con la diligencia que hubiera empleado el obligado a ello, de haber residido en el pueblo. Claramente se aprecia que el tejado debió levantarse, quizás para darle más pendiente y evitar goteras, a la vez que daban más luz a la iglesia. Se ve que hicieron una buena pared de ladrillo en el presbiterio y en la fachada, siendo una lástima que quedara escondida en parte la pequeña torre, legítima obra de musulmanes10. Nada se encuentra de la capilla del Carmen. Sabemos que en 1758 se enterró en ella a Ana María Joven, viuda de Juan Pérez Cerellón, vecino de Sabiñán, siendo la primera allí enterrada, según se afirma en la partida de defunción. En 1766 se entierra también allí a Catalina Liñán, viuda de Roque Gumiel. En 1768 se hace lo propio con Roque Gasca, que estaba casado con Polonia Luna. En 1773 se dio sepultura a mosén José Gasca, beneficiado de Embid, donde murió, trayéndose a enterrar a esta capilla por voluntad propia, con licencia del vicario general. En 1783 muere mosén Bernardo Gasca, vicario de la Señoría, de 81 años de edad, y se pone su cadáver junto a la grada del altar de Ntra. Sra. del Carmen. En ninguna de estas partidas hay referencias a la construcción o arreglo de la capilla del Carmen, pero la coincidencia de apellidos hace creer que dicha familia Gasca favoreció esta capilla. El vicario mosén Bernardo Gasca desempeñó el cargo muchísimos años. Mientras estuvieron los moriscos, como profesaban hipócritamente nuestra religión, muchos morían sin confesión y por tanto no se enterraban en el cementerio. Consta que dos impenitentes fueron enterrados, uno en la Arcada y otro en las Majanetas, en la zumaquera de Jorge Porras, el de la pierna gorda. Esto podía explicar la existencia de sepulturas por el término11. En el arreglo parroquial de 1868, la iglesia parroquial de la Señoría fue suprimida, pero siguió con culto hasta que murió su párroco mosén Faustino Yepes en 187912. Notas: 1. Tras el bautizo forzoso de los musulmanes aragoneses en 1526, la mezquita se convertiría en iglesia. La fábrica de la iglesia de San Miguel de la Señoría se levantará a partir de una comanda de 30.000 sueldos, del 14 de abril de 1577, entre Juan Martínez de Salamanca, que haría el retablo, y Juan de Campos, obrero de villa, responsable de la obra, los dos vecinos de Calatayud, con el procurador general de la Comunidad de Calatayud. José Miguel Acerete Tejero: Estudio documental de las artes en la Comunidad de Calatayud en el siglo XVI, Calatayud, 2001, p.

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369. 2. Vicente de la Fuente, op. cit., II, p. 55. 3. En 1268 Jaime I entregó la Morería de Terrer al Monasterio de Piedra, a cambio de la calera del tinte de Calatayud. Luego pasó a manos de la familia Luna. Jaime de Luna, señor de Illueca, quizá presionado por el rey, la vendió a la Comunidad de Calatayud en 1443 por 8.100 florines, con la aprobación de su esposa Sancha de Guzmán. José Luis Corral Lafuente: La Comunidad de Aldeas de Calatayud en la Edad Media, Calatayud, 2012, p. 48. Desde la reconquista, la Morería de Saviñán perteneció a la rama de los Ferrench de Luna, establecidos en Chodes desde el siglo XII. Concepción de la Fuente Cobos: «La morería de Terrer hasta comienzos del siglo XV», II Encuentro de Estudios Bilbilitanos, II, Calatayud, 1989, p. 252. Pedro de Luna, futuro Benedicto XIII, recibió de su madre las Morerías de Terrer y de Saviñán, entre otros bienes. En 1312, Jaime II ordenaba a Andrés Luna, señor de Sestrica y al parecer pariente de los Fernández de Luna de Jarque, que cesase de molestar al Santo Sepulcro por una heredad de Saviñán, donada a esta Orden por su madre, viuda de Raimundo de Luna. Archivo Histórico Nacional, OO. MM. Sepulcro, Carp. 949, nº 24, en Francisco de Moxó: «Aproximación de los Luna a Calatayud antes de su asentamiento en Illueca», I Encuentro de Estudios Bilbilitanos, II, Calatayud, 1983, p. 237. En 1358 el conde Lope de Luna, muerto en 1360, disponía en su testamento de la Morería de Saviñán, a favor de su única hija, la reina María de Luna. En 1409 aparece bajo la jurisdicción de Lope Fernández de Luna, quedando en poder de la rama de Almonacid de la Sierra, siendo expropiada a Antón de Luna, principal valedor del conde de Urgel, uno de los candidatos en el Compromiso de Caspe. F. Javier García Marco: Las comunidades mudéjares de Calatayud en el siglo XV, Calatayud, 1993, p. 94. En la Comunidad de Calatayud sólo había población mudéjar en el siglo XV en Alhama, Terrer, Santos, Embid, Saviñán y Paracuellos de la Ribera. En 1495 sólo quedaban mudéjares en Terrer y Saviñán. Antonio Serrano Montalvo: La población de Aragón según el fogaje de 1495, Zaragoza, 1995-1997, I, p. 369, II, p. 4. En 1319 algunos mudéjares de Saviñán acudieron a repoblar el lugar de Salillas. María Luisa Ledesma: Cartas de población del reino de Aragón en los siglos medievales, Zaragoza, 1991, pp. 295-298, n. 237. José Luis Corral Lafuente, op. cit., 2012, p. 118. 4. No se conserva en el Archivo Parroquial de Saviñán ningún libro que recoja los bautismos de los nuevos convertidos. En la parroquia de San Andrés de Calatayud se apuntaba el 14 de marzo de 1526: «bateamos un moro de Saviñán llamado Ayar, llamose Johan Ferrer, fueron sus padrinos Johan Alazán y Martín Gueldo y Johan Ferrer. Las madrinas la de Antón Sancho y la del Gil de la Renta». El 30 de marzo era bautizada una mora de Saviñán llamada María, actuando de padrinos Johan Ferrer, mercader, y Baltasar de Sant Jorge, y madrinas la madre de Johan Ferrer y la de Pedro de Fargon, carnicero. A los cristianos nuevos de las Señorías de Terrer y Saviñán se les mantuvo la exención del pago del diezmo de las tierras que tuvieran en el momento de la conversión, siendo diezmeras a la Colegiata de Santa María de Calatayud las que comprasen desde ese momento en adelante a los cristianos viejos. Jorge del Olivo: Los moriscos de Calatayud y de la Comunidad de Calatayud (1526-1610), Teruel, 2008, pp. 26, 159-161. 5. En 1519 la ciudad de Valencia sufrió un ataque de peste. Los nobles huyeron por miedo y en 1520 las clases populares se harían cargo del gobierno municipal, eligiendo cada gremio a un representante, hasta un total de trece. Desde el reinado de Fernando el Católico, los artesanos del Reino de Valencia gozaban del privilegio de formar unas milicias armadas para defenderse, en caso de necesidad, de las flotas berberiscas. Esta Rebelión de las Germanías, de germá, hermano en catalán, intentó restaurar un sistema que no permitiera el trabajo libre, sólo el controlado por los gremios. Atacaron también a los musulmanes de la aljama, que trabajaban en las huertas de los señores, obligándoles a convertirse al cristianismo. El 12 de mayo de 1524 y por la bula del Papa Clemente VII Idcirco nostris, se pedía al emperador Carlos que encomendara a los inquisidores de la Corona de Aragón la predicación de la palabra de Dios a los mudéjares, que estaban sujetos a unos señores que se habían despreocupado de su evangelización, lo cual iba «en ofensa de Dios, peligro de sus almas, escándalo de los fieles y no poca deshonra de su Magestad». Si los musulmanes rechazaban convertirse en el tiempo fijado por los inquisidores, debían abandonar el reino o pasarían a ser esclavos. Esta bula establecía que las mezquitas se convirtieran en iglesias y concedía los diezmos a los señores temporales, siempre que éstos costearan la celebración del culto. Se abría pues el camino para el edicto de conversión de los musulmanes, con la amenaza de la expulsión. Los señores se oponían a esta medida, hasta que Carlos I obtuvo del cardenal Juan Salviati, legado pontificio, que se encontraba en Sevilla, para asistir a la boda del rey con Isabel de Portugal, el 28 de abril de 1526, la Bula Salviática. En ella se concedía a los señores feudales los diezmos y primicias de las tierras de los nuevos convertidos, reservándoles también el derecho de patronado de las iglesias y beneficios. Juan Ramón Royo García: La Bula Salviática en el condado de Morata, Zaragoza, 2005, pp. 8-10. El 13 de septiembre de 1525, el emperador Carlos hizo saber a los estamentos del Reino de Valencia que estaba decidido a no tolerar más que una sola religión en sus reinos. El 9 de diciembre se pregonó por Valencia la orden de expulsión, dando un plazo hasta final de mes para los valencianos y hasta enero para el resto del reino.

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En Aragón, la Diputación del Reino acudió al conde de Ribagorza, que entonces estaba en la corte, para que defendiera la estrategia de presentar al musulmán aragonés como sumiso, obediente, fiel vasallo y buen súbdito, y por tanto muy diferente de los valencianos y granadinos. No se temía una revuelta, pero los señores mostraban su miedo por su marcha, dada su importancia económica para Aragón. Jorge del Olivo, op. cit., 2008, pp. 43-44. 6. Lo pedía en su visita de 1599 el arcediano Miguel de Ortí. En 1579, el vicario general Carlos Muñoz Serrano pedía al procurador general y regidores de la Comunidad de Calatayud una pila de bautismo para la parroquia. 7. Lo manda Fr. Diego de Yepes en su visita en 1601. El obispo pide que el sacristán no sea casado. En 1605 insiste para que se provea a la parroquia de un sacristán, con un salario competente a costa de la Comunidad de Calatayud, bajo una pena de treinta ducados. En su siguiente visita de 1608, la parroquia seguía sin sacristán, por lo que el obispo exigía la pena impuesta de los treinta ducados. El 1618, el obispo Martín de Terrer reclamaba que la Comunidad pusiera un sacristán, bajo una pena de treinta ducados. 8. El 2 de mayo de 1416 Alfonso V donó sus derechos sobre la Morería de Saviñán a Fernando de Sayas y a Gracia Fernández de Funes. En 1434 la Comunidad de Calatayud compró la Morería de Saviñán a Gracia de Funes, viuda de Fernando de Sayas, en 35.000 sueldos. Archivo de la Corona de Aragón, Consejo de Aragón, Legajo 0042, nº 029, Archivo Municipal de Calatayud, Leg. 2, F. Javier García Marco, op. cit., p. 94. Sin embargo, en 1421 el obispo de Tarazona reclamaba las décimas de todas las heredades de los mudéjares de Saviñán, incluidas las que hubieran comprado o compraran en el futuro a los cristianos. José Luis Corral Lafuente, op. cit., Calatayud, 2012, p. 49 La Biblioteca Nacional de Madrid guarda un documento sin fecha con título: El lugar llamado de la Señoría de Saviñán, de la Comunidad de Calatayud, en el Reyno de Aragón, se solicita vender, y para que el comprador o compradores tengan noticia de todo lo perteneciente a este Pueblo, se ponen las advertencias siguientes…[texto impreso] VE/199/35. Fue publicado en el programa de festejos de San Roque de 1987, como «Apuntes de la Historia de Sabiñan». En él se decía que el rey había vendido la Señoría de Saviñán a la Comunidad de Calatayud en 1613, según resultaba de una escritura de venta otorgada en Madrid, ante Agustín de Villanueva, secretario del rey. Entonces se vendía «el Señorio de dicha Señoría con toda jurisdicción civil y criminal, alta y baxa, mixto, y mero imperio, y la regalía de poner en ella Cura, en virtud de la Bula Apostólica». Con ella se vendían todos los treudos perpetuos, que importaban de renta anual más de 3.000 reales de plata. Las heredades que treudaban a la Comunidad no se podían vender sin su licencia. En caso de ser concedida, la Comunidad cobraría, como señor directo, la décima parte del precio de venta. La Comunidad podía comprarlas por el precio que resultara después de rebajar su décima parte. Con la Señoría se vendían los derechos de décimas y primicias de todas las heredades treuderas, que estaban obligadas a pagar a la Comunidad. Los que tuvieran olivos treuderos a la Comunidad, debían llevar las olivas al molino de la Comunidad que tenían en la Señoría, que también entraba en la venta. En noviembre de 1597, el obrero de villa Pedro de Campos, vecino de Paracuellos de la Ribera, firmaba una capitulación y concordia con el Concejo de la Señoría de Saviñán, para hacer un molino de aceite. José Miguel Acerete Tejero, op. cit., Calatayud, 2001, p. 79. La Señoría no tenía término separado del de Saviñán, pero sus vecinos con sus ganados, podían pastar en todos los términos del lugar, por ser comunes, quien por derecho debía pagar anualmente al Concejo de la Señoría la tercera parte del arriendo de las hierbas del término y la tercera parte del importe de los ripios o menudos de las carnes que se mataban para el abasto de la carnecería de Saviñán. Para la congrua del cura de la Señoría se pagaban 1.000 reales de plata, pero si el comprador quisiera rebajarla a menor cantidad podría hacerlo, con 60 reales de plata para la cera del Monumento, 300 reales de plata a Santa María de Calatayud y al obispo, por décimas, en virtud de concordias, y 100 reales de plata al lugar de Saviñán por la contribución. La Comunidad debía mantener la iglesia de la Señoría, con todas las jocalías y vasos sagrados, pagando además la tercera parte del gasto que ocasionaran las visitas de los obispos. Entonces la Señoría se encontraba en arriendo por 4.015 reales de plata. Cada vez que se arrendaba, la Comunidad tenía de propina seis arrobas primas de aceite y cuatro arrobas anuales, durante los años que durase el arriendo. Tras la expulsión de los moriscos en 1610, la Señoría de Saviñán se incautó en nombre de Felipe III. El informe del virrey de Aragón, marqués de Aytona, decía que «salen tantas deudas que se entiende que no avra para pagarlas». Archivo General de Simancas, Secretaría de Estado, leg. 229. Tras las gestiones del secretario regio Agustín de Villanueva, el valor de las Señorías de Terrer y Saviñán ascendieron a 70.873 libras y 19 dineros. G. Colas Latorre: «El patrimonio del morisco de realengo en Aragón y su destino», L’Expulsió dels moriscos. Conseqüencies en el món Islámic i el món cristiá, Congrés internacional. 380é aniversari d’expulsió dels moriscos, Barcelona, 1994, p. 65. La venta de los bienes de los moriscos de la Señoría de Saviñán a la misma Comunidad de Calatayud, tuvo lugar en Juslibol el 12 de abril de 1612. «Vendición a favor de la Comunidad de todos los bienes de los Moriscos de la Señoria y lugar de Sabiñan confiscados por su Majestad con la expulsión dellos otorgada por Agustin de Villanueva secretario de el rey nuestro Señor en el Supremo de Aragón asi como Comisario de el Rey Don Phelipe Secundo mediante comisión de su Majestad por lo infra scripto hazer dada en Aranjuez a 7 de Mayo

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año 1611 […] hecha dicha vendicion en Juslibol a 12 de Abril año 1612», Archivo Municipal de Calatayud, II, p. 56. 9. En el Libro primero (1578-1618) de San Miguel se anotaba que el 21 de octubre de 1612 se llegó a un acuerdo entre la Comunidad de Calatayud y la iglesia de San Pedro, debiendo pagar los pobladores las décimas del año 1612 en el lugar donde se hubiesen hallado el último día del mes de marzo. Por la Comunidad estuvieron presentes Agustín López, procurador general y vecino de Miedes, García de Rivera, vecino de Paracuellos de Jiloca, Jerónimo Martínez, vecino de Maluenda, Francisco Marco, vecino de Maluenda, y Antonio de Fuentes, vecino de Miedes. Por la Señoría acudieron mosén Jaime Pérez, vicario, Juan Osen, justicia, Amador de Garay y Miguel García, vecinos de la Señoría. Por el Capítulo y Concejo de Saviñán estaban presentes el vicario mosén Pedro Garcés, mosén Francisco Garcés, mosén Francisco García, los jurados Jerónimo Bacarizo y Juan Galacian, y el regidor Roque Pamplona. Se había hecho en casa del procurador general, siendo portero Domingo Pérez, vecino de Paracuellos de la Ribera. En la visita efectuada por el obispo de Tarazona, García de Pardiñas Villar de Francos, el 27 de abril de 1733, se apuntaba que, según la concordia entre la Comunidada y la iglesia de San Pedro, celebrada ante el notario de Munébrega, Juan Pérez Domínguez, el 3 de septiembre de 1613, se había acordado «que solamente las heredades treuderas y hacienda especificada en ella se deba pagar la Décima y Primicia a dcha. Comunidad, y que todas las demás deba contribuir con ella al referido Capítulo». En 1733 se imponía pena de excomunión y multa de veinte escudos que se aplicarían a obras pías, a todos los que tuvieran estas heredades «libres o realencas», pues debían pagar la décima y primicia a la iglesia de San Pedro, como estaba estipulado en la concordia. A todos los que no pagaran, el vicario los debía declarar «sin otra monición» descomulgados y no los debía admitir a los «divinos oficios» hasta que hubieran pagado las décimas y primicias. Se daba comisión a José Antonio Marina, presbítero y notario mayor del Tribunal Eclesiástico de Calatayud, «para que con licitación de ambas partes justifique quales son las heredades libres, y realencas, y quales son las treuderas con expresión individual de las te que se hubieran agregado y unido fraudulentas y maliciosam ». La concordia se volvió a otorgar ante Juan Jerónimo Rodrigo, notario de Maluenda, el 22 de junio de 1681. Francisco Tobajas Gallego: La Morería y Señoría de Saviñán, 2005, pp. 34 y 46. 10. La torre de San Miguel de la Señoría es de estructura cristiana. Tiene planta octogonal y no responde a la estructura del alminar hispanomusulmán. Esconde escalera de caracol y corresponde al siglo XVI. Gonzalo M. Borrás Gualis: Arte múdejar aragonés, Zaragoza, 1978, pp. 190-191. Sin embargo Agustín Sanmiguel Mateo, en su libro Torres de ascendencia islámica en las comarcas de Calatayud y Daroca, Calatayud, 1998, pp. 446 y 480, apunta la posibilidad de que el cuerpo de escaleras de la torre corresponda al alminar, posiblemente del siglo XV o de principios del XVI, y terminado en terraza, que se dotaría de un cuerpo de campanas al producirse la conversión. Más tarde se derribaría la mezquita para levantar la actual iglesia, donde se utilizaron los mismos motivos decorativos de la torre. La torre, de planta octogonal, con las aristas vivas y escalera de caracol, como las habituales de principios del siglo XV, coincide en estas dos características con la torre de Pradilla de Ebro. Su decoración es muy sobria, con esquinillas, esquinillas al tresbolillo y una banda de cruces y hexágonos rehundidos. El cuerpo de campanas le parece a Sanmiguel más tardío, de la segunda mitad del siglo XVI, con claros elementos renacentistas. 11. Según el vicario de San Miguel, el obispo Fr. Diego de Yepes había mandado que los nuevos convertidos que muriesen sin confesar, no se enterrasen en lugar sagrado. Y reseñaba que María Escobar, muerta en 1606, estaba enterrada en las Majanetas, en la zumaquera de Miguel de Porras, «de la pierna gorda». El 1 de noviembre de 1606 había muerto María Pastor. El vicario la había confesado el 16 de agosto de ese mismo año, quien añadía que después la había visto muchas veces a la puerta de su casa y aun fuera de ella, preguntándole «como le iba» y ella siempre le contestaba «que mejor». El vicario aseguraba que visitaba a los enfermos por la mañana y por la tarde, para que ninguno muriese sin confesión. El vicario añadía que hasta cuatro veces había ido a casa de María Pastor a confesarla, incluso acompañado por algunos cristianos viejos, pero en ninguna ocasión quiso hacerlo. Cuando murió se mandó que se llevase como desterrada y se condujo al término llamado la Arcada, enterrándose en una zumaquera del «de la pierna gorda». Se hizo por mandato del obispo Fr. Diego de Yepes, del 8 de noviembre de 1606. Cuando se realizaron las obras pertinentes para dotar al pueblo de agua corriente en 1969 y excavar en el lado norte de la iglesia de San Miguel, para alojar allí el depósito de toma de aguas, aparecieron abundantes restos humanos, por corresponder este espacio al antiguo cementerio parroquial. En el acta municipal del 10 de enero de 1927, se anotaba que la Junta de Sanidad había aprobado el pasado día 1 y entonces lo elevaba a la Corporación, la construcción de un lavadero público cerrado y el alcantarillado que recogiera el vertido de las aguas del matadero, el desagüe de las calles de San Roque y de San Miguel, así como la inutilización del cementerio de la Señoría, contiguo a la iglesia de San Miguel y a la población. La Junta de Sanidad había tasado estas obras en 8.000, 12.000 y 2.000 pesetas, respectivamente. El acta municipal del 31 de mayo de 1938, daba cuenta que varios cosecheros de frutas y hortalizas habían solicitado al Ayuntamiento la instalación de un mercado al por mayor. La Corporación Municipal accedió a esta petición, cediendo para tal fin la plaza de la Señoría.

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SABIÑÁN (Zaragoza)

Revisado por Francisco Tobajas Gallego


12. En el Libro cuarto de San Miguel (1834-1851) se anotaba que el 12 de abril de 1841, por mandato de la Regencia de España, se habían unido los dos pueblos en cuanto a sus vecinos, por lo que los de la Señoría habían pasado a ser de Saviñán, aunque sujetos a su parroquia de San Miguel Arcángel, hasta que se determinara. El último vicario de San Miguel fue mosén Faustino Yepes Gumiel (1806-1879). Francisco Tobajas Gallego, op. cit., 2005, pp. 50 y 54.

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SABIÑÁN (Zaragoza)

Revisado por Francisco Tobajas Gallego


NOTAS PARA LA HISTORIA DE SABIÑÁN. Segunda Parte. Capitulo II