Page 1


2

Beto Ă guila por Ruy Guka


3

รndice 4

En el auto

10

Acapulquito

14

Goool en el McDonalds

22

A la salida

30

Brebaje de Colorines

39

Peda en la playa

49

Kalimรกn

57

Muertos en el agua


4 En el auto

A cuadra y media emergió de la brillantez naranja del atardecer la sombra de un cuerpo inclinado, cuya figura parecía una lata doblada de Coca cola que venía por la calle y no por la banqueta. Su espalda era cuadrada, de baja estatura y con la columna lastimada. Era Beto Águila, cargaba una bolsa de súper y se aproximaba a su auto, el gran Valiant Acapulco, de donde luego bajó a sus perros y los amarró al brazo de la portezuela. Sacó dos botes de la bolsa, uno lo llenó de croquetas y el otro lo llenó de agua con la llave que salía de su casa a la banqueta, dentro de un cuadrado en el muro, donde también estaba el medidor del consumo de agua, protegido por una reja chica de hierro pintada de negro. Colocó los botes junto a Duque y a Dolly, se recargó en el auto, sacó un Montana rojo de su cajetilla, lo prendió y jaló el humo con fuerza. Antes de llegar con la bolsa del súper, había salido de su casa cargando unos ganchos con camisas y pantalones, una mochilita de plástico despintada, donde se notaba que alguna vez decía Gillette, y con sus dos perros. Venía a su auto estacionado en frente, junto a un camellón que dividía dos calles. Siempre se peleaba con su esposa y parece que tuvo otro percance, le había gritado desde la banqueta que no volvería nunca más y que le dejara ver a las niñas una vez a la semana. Ella le afirmó con un movimiento de cabeza cerrando los párpados, parada bajo el marco de la puerta, y cuando los abrió parecía asombrada ante la conducta de su marido. Beto daba pasos enojados cargando con todas sus cosas. Llegó al auto, metió la ropa y el estuche Gillette en la cajuela. Los perros subieron al asiento trasero, él se acomodó en el delantero, donde el cuero estaba desgastado, duro, y suspiró como si se


5 sintiera en casa. Miró el radio con la aguja roja y grande, sus botones negros con bordes rizados de metal, la carátula opaca por el tiempo, y lo encendió. Sus ojos brillaron, pareció recordar algo, y bajó del auto, abrió la cajuela, alzó un tapete que alfombraba el fondo y sacó un par de fotografías grandes de sus hijas. Regresó al asiento y colocó las imágenes en el parabrisas, junto a unas calcomanías del América. Escuchó en el radio unas crónicas deportivas sobre la liguilla de fútbol. Su equipo tenía la mayor puntuación del grupo, se puso contento. Frente al retrovisor se acomodó su pelo corto, bien cuidado, encanecido prematuramente. Miró a sus hijas pegadas en el parabrisas y su sonrisa desapareció, dándole lugar a una lágrima que dejó resbalar entre la barba crecida y que enseguida se la quitó con el puño semicerrado. Los perros gimieron. Ah, qué, ya tienen hambre, cabrones, dijo. Buscó en el bolsillo de su camisa algún billete. Sacó uno de doscientos pesos. Salió del auto y caminó rumbo a la tienda. Desde la ventana, su esposa vio cómo se alejaba y no hizo gesto alguno que indicara tristeza. El sol se dejaba ver de color naranja frente al cofre del viejo auto marrón. La hija mayor de Beto venía de la esquina contraria por la que él se había ido, sonreía: había descubierto explicaciones asombrosas de la vida en un grupo religioso, y ahí había encontrado una fórmula para ser feliz; así le había dicho a un amigo dentro del Valiant, cobijados por la noche, hacía dos meses. Caminaba por la banqueta, pareció no fijarse en su padre que rebasaba la otra esquina y que se diluía entre la brillantez naranja, tampoco miró hacia el auto. Entró a su casa sin detenerse, como si fuera normal que nadie le brincara a su llegada. A Beto le gustaba su casa y la tranquilidad de la ciudad. A veces se


6 recargaba desde el auto a contemplar su fachada y luego volteaba a mirar por la calle cómo no había nadie y no se escuchaba nada. Le encantaba Celaya, una vez le había dicho hace muchos años a su amigo Felipe, quien vivía a tres horas de Celaya, en Ciudad de México, y que estaba de visita, que se viniera a vivir ahí, mientras le mostraba la belleza del Valiant Acapulco que tenía en su cochera. Luego el volumen de sus voces disminuyeron conforme caminaban al interior de la casa. Recargado en el auto le dio la última fumada al cigarro, aventó la colilla al pavimento, se metió al auto mientras escuchaba música guapachosa del radio y miraba hacia el sol que se ocultaba detrás de una casa. Los animales empujaban los botes vacíos con el hocico y luego los jalaban de regreso hacia ellos. A un lado del auto estaba el camellón con árboles altos, llenos de flores moradas. El tiempo avanzó rápido y se hizo de noche. La calle estaba iluminada solamente por la luz amarillenta de los faroles. Beto desamarró las correas y caminó con Duque y Dolly para que hicieran del baño. Él también aprovechó para orinar entre un arbusto y el auto. Metió a los perros y prendió un Montana, se recostó a lo largo del asiento y recargó su cabeza en el brazo de la puerta, pero se movía mucho, trataba de acomodarse. Se quejó de la dureza del asiento que parecía lastimarle la esplada y fue a la cajuela por una sábana y una almohada que siempre tenía ahí, por si las flais, decía cada que alguien se las descubría. De nuevo en el asiento, aplastó la colilla en el cenicero del auto. Se acomodó para dormir. Miraba el parabrisas, hacia las copas de los árboles, cuyas ramas oscurecidas, arriba del farol, dibujaban formas. Beto movía las pupilas como si


7 tratara de encontrar aquella que más le gustara. En la búsqueda, sus párpados se entrecerraron repentinamente, quizá por toparse con uno de los filos de la luz amarilla. Prendió otro cigarro. Dolly, una perra pequeña, saltó al asiento delantero y se acomodó junto a él. Duque, mucho más grande, también lo hizo, pero lastimándolo al caer con las patas delanteras sobre su panza redonda, como un balón de fútbol. Beto se inclinó hacia delante y le gritó a Duque que se fuera para atrás. No hizo caso. El perro le gruñó. Beto también le gruñó. Se quedaron callados. Tomó un trapo y le golpeó la cabeza.

El día que Beto llevó a su esposa al hospital, cuando iba a nacer su segunda hija, el trapo, el mismo que usó para golpear a Duque, estaba atrás junto a Yadzira, la hija mayor. Vivían en Ciudad de México, en la colonia Las Águilas. Beto le decía al auto: por favor, no te descompongas y te pongo las llantas que siempre has querido, con la línea blanca alrededor. El gran auto marrón no les falló; pero nunca obtuvo sus llantas. -Madre, ¿estás segura que le quieres poner así a nuestra hija? Digo, ya la otra tiene un nombre medio rarito. Mira, ve, quiero que le pongas América, con Yadzi no me dejaste hacerlo, panquecito. -¿Qué? Ahorita no me vas a decir nada. ¿No ves que estoy a punto de parir? ¡Mira, tengo las piernas empapadas! Beto la miró nervioso. Su mujer sudaba como si delirara de fiebre. Yadzira le acarició el cuello a su mamá. Tomó el trapo que tenía grasa y le quiso limpiar el sudor. La manchó de negro. Beto la miró y pareció que trataba de escupir con la boca cerrada. Apretó los labios con fuerza para contener la risa. Ella lo vio y le preguntó histérica que qué chingados le pasaba. Beto le


8 indicó que se mirara en el espejo. Alzó la cabeza hacia el retrovisor. Se rió, pero paró de inmediato llevándose las manos a la panza y quejándose por un dolor. Tenían luz roja, con autos cruzando. Beto se había distraído con las manchas de grasa y frenó de golpe. La hija voló hacia delante. La detuvo la cabeza de la madre que gritó desesperada, parecía que se desmayaría por el golpe, pero no. La niña lloró y Beto la calmó con unas caricias sentándola bien. Seguían en rojo. Miró a derecha e izquierda y se pasó el alto.

Duque, después de recibir el golpe con el trapo, obedeció y se fue para atrás. Beto no podía dormir. Jugó un rato con su cabello grasoso, que se notaba incluso en el pelo cano y su barba. Contempló los gajos raídos del forro en el techo del auto mientras le rascaba el cuello a Dolly. Luego salió y prendió otro Montana, marca de cigarros que estuvo de moda en los años ochenta, diez o quince aňos atrás, y al final de los noventa ya casi nadie los fumaba, pero Beto siempre decía que era un hombre leal y con costumbres arraigadas. Se recargó en la puerta marrón. Miró la casa que tenía las ventanas a oscuras. En eso salió luz de una de las ventanas. Asomó una cabeza, la de Iztaccihuatl, la hija menor. Lo saludó. Él también levantó la mano y la agitó. Decía que era su hija problema. Vestía ropa usada o hecha por ella misma. Beto solía subirla al Valiant y llevarla al tianguis de Moroleón, en donde había maquiladoras de ropa de marca como: Levi’s, Dockers, Hermenegildo Zegna y Aca Joe. De alguna manera, los empleados sacaban la ropa y la vendían mucho más barata que en las tiendas. También había pacas de ropa usada recién llegada de Estados Unidos. Las pacas era lo que a Izta le interesaba, aunque en realidad, se


9 quejaba seguido porque ni ahí encontraba cosas que le gustaran, era la misma ropa de marcas de maquila pero usadas, a veces encontraba ropa más de su onda, como solía decir. El tianguis lo cruzaban en el auto para llegar al otro lado donde estaba el estacionamiento y, en el camino, Beto se detenía a comprar una jicaleta con chile y limón sin hacer caso de la fila de autos que le seguía, de donde uno que otro conductor hacía sonar su claxon sino es que también aprovechaba para comprar algo. Beto quería comprarle ropa, según él, decente, pero ella la rechazaba y si alguna vez la hubiesen obligado a aceptarla, siempre resultaba que quien la usaba era su hermana o Valentina, una amiga a la que le decía prima, con la que fumaba cigarros y mota a escondidas dentro del auto. De regreso a Celaya, después de no comprar nada o casi nada, en la carretera, donde el Valiant Acapulco se veía deslumbrante, Beto siempre le reclamaba por sus gustos y que se pareciera tanto a su madre. Izta le daba el avión, expresión que decía mucho, y más bien se dedicaba a mirar el campo a través de la ventanilla, quizá en busca de algún avestruz que a veces se veía correr por ahí.

Desde el auto marrón, con los perros a un lado, estacionado frente a la casa, con la noche sobre el cielo, Beto vio a Izta alejarse de la ventana, cerrar la cortina y apagar la luz. Él seguía sin tener sueño. Tenía una cara de preocupación. Le dio unas vueltas al auto, luego se metió, apagó el radio y se acomodó para dormir. Fue cerrando los ojos y los abrió hasta la mañana siguiente.


10 Acapulquito

Beto Águila abrió los ojos por unos golpes de manos en su ventana y por los perros que ladraban. Eran Izta y Yadzi. Le llevaban el desayuno: pan con café. Su reflejo fue bajar el vidrio con la manija metálica, larga y delgada, mientras seguía acostado con los ojos somnolientos. Las niñas le dijeron que abriera la puerta haciendo una voz de bobas. Ay, qué menso, papá, dijo Yadzi e Izta se rió. Se restregó los párpados con los puños cerrados, abrió la puerta y las invitó a pasar. Se sentaron una a cada lado de él. Hicieron una mueca con la nariz, seguramente por el mal olor que se percibía dentro del auto. El cielo había clareado sin que saliera todavía el sol. Duque y Dolly les lamieron los cachetes. Yadzi los sacó a que se estiraran un poco. Beto remojaba el pan en el café e Izta lo veía. -Oye, papá, ¿por qué estás otra vez afuera? -Así es la vida, mijita. Tu mamá y yo nos queremos, pero a veces ella me apaga la tele y yo ya no aguanto más cuando hace eso –bostezó-. ¿Bueno, qué, las llevo a la escuela? -¿Cómo? Si el coche no sirve –le dijo Izta. -En el otro. O, ya sé, tú manejas y Yadzi y yo lo empujamos hasta la escuela, total, está aquí a dos cuadras. Y cuando salgan, lo mismo. Suena divertido, ¿no? -¡Va! Como cuando lo manejó Vale en Acapulco. -No, ni me recuerdes ese viajecito, mija. Además, tú no vas a chocar, ni se te ocurra. No, mejor no manejes. Bueno, sí, está difícil que choques, te vamos a empujar nosotros.


11

Habían ido todos a Acapulco. También iba la prima Valentina con sus papás. Adelante la familia Águila, atrás la familia Escobedo. Al Valiant le costó mucho trabajo llevarlos a todos porque eran muchos y la señora Escobedo era tan gorda como un tinaco. Beto se llevaba mejor con la señora que con los demás. -Está chingona tu herencia con este carro, ¿no? –le dijo el señor Escobedo a Izta. -No chingues, no sé qué voy a hacer con un vejestorio como éste – contestó Beto. -Lo puedes dejar parado y hacer una maceta gigante –dijo Izta. Las tres niñas rieron sonoramente. Izta iba atrás, casi sentada en el piso del auto, sólo con una nalga en el asiento, de espaldas a la ventanilla, para platicar mejor con su prima. Yadzi iba adelante muy derecha y quieta sin dejar de poner atención en lo que decían las otras dos, a veces volteaba para decir algo. La mujer de Beto, Marijó, iba con la pierna enyesada, la tenía arriba del tablero donde reposaba como le había dicho el doctor que hiciera, tuvieron que hacer el asiento un poco para atrás y ella iba sentada de lado, casi recargada en el hombro de Beto para que viajara menos incómoda. Atrás, en medio, iba Felipe, el señor Escobedo, y atrás de Beto, doña Tinaco, la señora Escobedo. -¿Cómo ves a tu Salinas? –le dijo Marijó a Felipe. -Se ha visto cómo se levantó el país. Mira, ahora hasta podemos viajar a Acapulco. Además, ¿quién dice que no?, las estadísticas coinciden entre muchas otras. Rápidamente nos convertiremos en un país de primer mundo. -Aunque le hayan quitado la presidencia a Cárdenas de una manera tan chafa –añadió Marijó.


12 -Es como Nino Canún, que no hombre, y y y, ahí el sistema que dicen que no están haciendo las co… Como, y el pinche Zabludovsky que, pus no, no más, no. Y uno aquí creyendo, y no pasa nada –el señor Escobedo trató de decir algo. -Pipe, perdón, pero, otra vez no te entiendo –le contestó Marijó. Beto tenía a doña Tinaco en el retrovisor y le dijo. -Hay unos terrenos baratísimos en Salamanca. -Sí, son un negociazo los terrenos. Como para construir casitas y venderlas –le contestó la señora Escobedo. -Eso nos puede dejar dinero para venir más seguido a Acapulquito. Hasta en avión. -Ay, sí, imagínate, y nos tomamos un vinito blanco en primera clase, junto a algún artista como Saúl Lizaso –se ilusionó doña Tinaco. -¡Ámonos! Qué buena idea. Izta, pensativa, miró por la ventana y dijo. -Oye, Vale, ¿no se te olvidó el turista? -No, aquí lo tengo, pero sí se me olvidó el casette de los Chili Peppers. -¿Quién? –dijo Yadzi. -Ash, luego te lo mostramos –contestó Valentina. -Yo traigo Halls de hierbabuena –mencionó Yadzi. Se rieron mucho las otras dos. Llamaron la atención de los padres y Beto le reclamó a Izta. -A ver, chamaca, siéntate bien. ¿Qué es eso de irle dando la espalda a la ventana? Vamos en carretera, niña. Mira a tu hermana, va sentada correctamente.


13 -Es que ustedes dos, de plano, siempre rompiendo las reglas. Y hasta parece que es a propósito. Valentina nació con un cuete en el joniz –dijo doña Tinaco. -Tiene la piel de judas –agregó Marijó. -Pus, parece que se lo turnan estas dos –dijo Beto mirando a doña Tinaco por el retrovisor. -Señora Escobedo, ¿me puede dar el significado textual de la palabra joniz? –le preguntó Felipe a su mujer. -Pues, ¿qué va a ser? Lo primero que te imagines, eso es lo que es. Todos rieron y Marijó golpeó el tablero con su pierna enyesada. -¡Ay, mamá! –dijo Valentina. -Ay, sí, ahora tú qué, ya muy mocha –dijo la señora Escobedo. -Ni para qué espantarse, si todos tenemos un joníz. Y espero que bien lavado –dijo Beto. Todos sacaron una carcajada, menos Felipe, que iba reflexivo. -Pus no le fue tan mal a Cárdenas porque pos, no hombre, por lo menos no lo mataron –dijo Felipe. -Ay, sí, el que está al día en la conversación –dijo Valentina moviendo los ojos hacia todos lados y en círculos, mientras que los demás no sabían cómo reaccionar frente al despiste de Sergio. Pero enseguida, las dos familias rieron mientras se comenzaban a ver palmeras a cada lado de la carretera y a olerse las algas deshidratadas bajo el sol.


14 Goool en el McDonalds

Yadzira, que había sacado los perros al camellón para que hicieran pipí, volvió con su padre e Izta, y dijo con una cara apesadumbrada. -Papá, creo que estoy embarazada. -¡Qué! ¡Cómo! Hija, no puede ser. ¿Qué hago? ¿Por qué me lo dices a mí? Díselo a tu madre. Yadzi se quedó muda. No supo qué contestarle y Beto aplaudió una vez y dijo que las llevaría a la escuela. -¡Síiii! Vámonos –gritó Izta. -¿Ya están listas, hijitas? ¿Tienen sus mochas? Bueno, pos a empujar el auto. Izta, tú manejas. Yadzi y yo empujamos. ¡Duque, Dolly! ¡Atrás! Órale. -Pero, papá, ¡no! ¿Cómo nos vas a llevar así a la escuela? ¿Qué van a decir mis amigas? ¡No! -Ya, dale, no seas así, gordita. ¡Empujemos al infinito y más allá! Beto y Yadzi empujaron con mucha fuerza. Los músculos se les sobresaltaron por el primer esfuerzo. Los siguientes metros no hubo tanto esmero para seguir adelante, el auto avanzaba con suavidad, como si flotara, hasta que se detuvieron de golpe. Izta había chocado y ellos no se habían fijado porque mientras empujaban sólo miraban el suelo. -Bueno, pus hasta aquí llegamos. Luego, pa cuando salgan de la escuela me ayudan a regresar, pero sin chocar, ¿verdad, Izta? -Sí, papá, perdón –le contestó su hija sin contener una risita. Echó su pelo largo y lacio para atrás, del choque se le había pasado todo hacia delante y le cubrió su cara de ratoncita, como le decía Beto con ternura.


15 Se despidieron y Beto miró el frente del Valiant, se cercioró de que no le hubiera pasado nada, y no, nada. La defensa del gran auto marrón era de un metal fuerte, grueso, inoxidable, de los que ya no se hacen. Y fue un choquecito del borde de la defensa con un tronco salido del camellón. Nada grave. Luego caminó a su casa. Abrió la reja y entró. La calle estaba poco transitada a pesar de que había una escuela cerca. Pasó un rato, era media mañana y el sol iluminaba el día como si quisiera cegar a los celayenses. Frente a la escuela había varios carritos de fibra de vidrio que vendían bolis congelados y paletas de agua. También una carreta de madera, de color verde turquesa, llena de frutas. Un hombre rebanaba el pepino o el mango, lo ponía en bolsas y los cubría con limón y chile. También había unos puestos hechos de cajas con una tabla encima llena de dulces, atendidos por mujeres gordas con mandiles, se tapaban del sol con un trapo rojo. Los hombres se recargaban de mala gana en sus respectivos vehículos. Muchos se cubrían del sol con una gorra que decía PRI. Beto salió de su casa con una cubeta pequeña que llenó de agua en la llave de la banqueta. Caminó hasta el auto donde Duque y Dolly parecían derretirse sobre el asiento trasero. Sacó a los perros y los amarró del lado del camellón. Tomó su bote de agua, echó el contenido al parabrisas, fue a llenarlo de nuevo y regresó a donde estaban los perros. Metió la mano dentro de la cubeta y les salpicó agua a los perros. Duque trataba de atrapar las gotitas con su hocico y Dolly se escondía detrás de las patotas del otro para no mojarse, parecía no quererse arruinar unos chinos cafés que le colgaban por todas partes. Beto los dejó tranquilos con el bote a un lado para que calmaran su sed, se acercó a la cajuela de donde sacó la mochilita donde alguna vez decía


16 Gillette y luego fue a acuclillarse frente al espejo de la portezuela. De la bolsa de plástico sacó una crema de afeitar y un rastrillo. Se cubrió el rostro con la espuma, colocó la cubeta a su lado y comenzó a rasurarse. Hacía un sonido de motor y aceleraba, al mismo tiempo que pasaba la cabeza de plástico azul por el cachete blanco donde se formaban caminos cafés. Duque le ladró varias veces y Dolly mordía la correa jalándola con gruñidos, ambos cada vez con mayor ímpetu. Beto terminó de rasurarse y se enjuagó. Echó el agua de la cubeta que estaba gris y con pelitos sobre la tierra del camellón. Miró a los perros y luego el parabrisas donde brillaba el espejo retrovisor, plateado, con el vidrio fijo, y su brazo delgado. Parecía pensar en algo. Abrió la cajuela, metió la cubeta, guardó la crema de afeitar y el rastrillo en la mochila despintada y sacó otra crema que era para evitar la irritación de la piel. Se la ponía tranquilamente mientras respiraba con lentitud las flores moradas de los árboles. Guardó la crema, se quitó la camisa y estiró los brazos, el aire le refrescó el sobaco. Tomó una camisa limpia y se la puso. Cerró la cajuela y prendió un Montana. Le dio una gran bocanada al cigarro mientras miraba a los perros que estaban en extremo inquietos. -Muy bien canes, hijos de la rechingada y perra madre, los tendré que llevar a dar una vuelta. ¡Ya, cállense! Se alejó con ellos una cuadra, donde se detuvo a saludar a un hombre. Algo se decían cuando los dos movieron las manos exaltados. Duque le ladró al señor que se alejó mientras movía los brazos en el aire y gritaba algo. Beto, al final, alzó el brazo en señal de mentársela, se volteó y siguió su camino. El hombre ya le había dado la espalda a Beto cuando éste le insultó con el brazo. Los dos perros y su amo se perdieron de vista al doblar en la esquina siguiente.


17 Los hombres de las carretas de frutas y de los carritos de bolis, así como las mujeres de los dulces, miraron la escena distraídamente, como si todo fuera muy normal, aunque al final, a alguno de ellos se le notó una mirada perpleja cuando vio que Beto se quitaba la camisa, pero alzó los hombros y se distrajo en cualquier otra cosa. Pasó un perro callejero cerca del hermoso auto marrón con el parabrisas recién lavado, comenzó a olisquear las llantas y las partes de abajo del auto, le dio dos vueltas deteniéndose en cada llanta y las orinó. El perrito dejó el lugar y fue a que el hombre de la fruta lo ahuyentara de una patada. Su orina se secó rápidamente dejando una marca de un líquido seco y azucarado en los rines y las llantas, como si les hubieran echado algún refresco.

La vez que fueron al hospital porque nacería Izta, Beto se estacionó frente a la entrada y dejó a Yadzi dentro. La pobre estaba asustada y le dolía la cabeza del golpe que se había dado con su madre camino al hospital, se la sobaba continuamente diciendo, ay. Tenía las ventanas cerradas y los seguros abajo, pero aún así, eran los años ochenta, época en que los profesionistas se convertían en asaltantes. Yadzi bajó un poco la ventanilla de su puerta y justo en ese momento se le asomó un mendigo que cargaba una mochila grande en su espalda. Yadzi se tapó la nariz, sentiría la peste de su cuerpo antes de verlo, tendría unos cinco años y era una niña nerviosa. -Hola, niña bonita. ¿Cómo estás? -……….. -Vaya, qué tenemos aquí, una niña tímida que no saluda. Yo estoy bien, salí a dar una vuelta, estoy harto de mi palacio, es horrible estar rodeado de


18 tanto lujo. Para que nadie me reconozca me debo disfrazar de mendigo. Mi mamá es una mujer santa, siempre me dice que soy el mejor y que soy muy inteligente y muy guapo y retesimpático y, de veras, esto sí es cierto, también dice que tengo un don especial con los animales... Mira, las hojas de los árboles se están poniendo negras de tanta mugre. ¿Y tú mamá cómo es? -................. -¿Qué? -No quiero hablar contigo. -¿Me dejas subir y dar una vuelta en el auto? Está muy bonito tu carrito. -No. -¡Por qué, no! Niña mala. -¡No tengo las llaves! -¿Ah, bueno, y me dejas subir a escuchar la radio? -No. -¿Por? -No sirve. -Ah, chido, y ¿no puedo subir así nomás para platicar? -¡No! Ya vete. Estás feo y apestas. -¡Qué! Cómo te atreves. Me recuerdas a mi padre, qué actitud tan desagradable tienes, niña fea. -¡Cállate, apestoso! -Ora sí, niña hija de la chingada. El mendigo se ayudaba a caminar con un palo de escoba y con ese mismo le indicó a unos perros, sentados a lado de él, las llantas y los rines del auto. Por arte de magia, obedecieron de buen modo, olisquearon la zona


19 indicada y orinaron. A él también le dieron ganas porque se acercó a la parte trasera del auto y se alzó un faldón de cuerda, hizo a un lado pedazos de tela y bajaría cierres o desanudaría cordones, hasta que por fin pudo sacársela. Se echó para atrás, disfrutó la orinada, pero dejó de hacerlo tras una palmada fuerte en la espalda. Eran Beto y un policía de la puerta del hospital. Lo alejaron a gritos, Beto quería darle unas patadas, pero los perros no se lo permitieron. Todavía alcanzó a arrojarle una colilla prendida que tenía en la mano. Había salido a fumar un Montana cuando vio lo que sucedía y le había hecho un gesto al policía para que lo ayudara. Beto abrió la puerta y abrazó a Yadzi que lloraba por la impresión. La sentó a su lado, no la dejaba de admirar, de sus ojos salían caricias y corazoncitos que se disiparon con otro Montana que prendió con el encendedor del auto. -¿Y mamá? -Le están sacando a tu hermana de la panza. ¡Iiiii, no! Ahora están jugando las Águilas contra adivina quién. -¿Los osos? -Qué chistosita, eh. No, contra las Chivas, su único rival de la liguilla. Prendió el radio y le preguntó a Yadzi si tenía hambre. Sí tenía. Fueron a un Mcdonalds, quería aprovechar el auto mac para no perder ni un detalle de lo que decían los cronistas del partido. Llegaron a la hamburguesería y se encontraron con una cola larguísima, era el primer McDonalds en México, tendría unos meses de haberse inaugurado, pero parecía que la conmoción de probar una Big Mac no había terminado. Esperaron una hora para acercarse a la bocina. Era un desfile de autos con familias de toda la ciudad, incluso se


20 veían placas de Morelos, del Estado de México, de Querétaro, de Puebla, de Michoacán, de Veracruz, de Guanajuato y hasta de Jalisco, Beto ignoraba los detalles del acontecimiento, como a un taxi del aeropuerto que dejó a un señor con su hijita en la entrada, sólo miraba el radio concentradísimo en escuchar algún gol por parte del equipo con el traje amarillo. -Me da un paquete Big Mac, unos… ¡goooooool! –también se dejó escuchar de la bocina un grito de gol y desde los otros autos de la fila. Se acercaba el mundial del ochenta y seis, había una gran euforia, a pesar de haberse sufrido el peor terremoto de toda la historia hacía apenas unos meses atrás, al Valiant Acapulco casi le había caído un pedazo de edificio encima. ¡Gool! ¡golazo! se escuchó todavía por ahí- Sí, claro, te repito, mi amor, un paquete Big Mac, aros de cebolla, un helado Sundae y una cajita feliz porque ¡metió gol el América!, chula. Sí, extra grande los refrescos y las papas. Ya sobre el periférico, se veía todavía, en el sentido contrario, una fila interminable para llegar a la casa amarilla con naranja rodeada de ventanales. Estaban al sur de la ciudad, entraron a Insurgentes y se metieron al espacio escultórico de Ciudad Universitaria a comer sus hamburguesas. Estaba vacío, lleno de árboles pequeños y a lo lejos se dibujaban unas piedras triangulares, el viento refrescaba el carburador del gran auto marrón mientras Yadzi le daba una mordida a su hamburguesa y Beto chorreaba mayonesa y catsup en sus aros de cebolla. Ya había terminado el partido y escuchaban una canción de Flans, Bazar, que Yadzi canturreaba feliz. Beto estaba peinado, con su corte parejo y corto, llevaba puesto una chamarra deportiva del América, se le veía insatisfecho. -Sí está buena la pinche hamburguesa, pero a mis tacos de suadero no


21 los cambio por nada. Jajaja, me salió como el anuncio del Gansito. ¿No te vas a acabar tu hamburguesa? ¿No? ¿Segura? Pos venga pa cá, ni te haces del rogar, eh. Aaaam –le dio una mordida al brazo de Yadzi y ella estalló de risa. Beto terminó de comer y vio cómo Yadzi guardaba la basura en una bolsa que colocó en la parte trasera del auto. -No, hija, no pongas la basura en el auto. Tírala afuera, desparrámalo todo, mira, ve. Tomó la bolsa y la sacudió por todas partes dejando caer la basura. -Aquí puro piojo, chulis. ¡Cachi, cachi, porra! Yo soy burro blanco, hija, y aquí pumitas jipiosos y apestosos. Bueno, estas cosas todavía no las entiendes. Cuando seas grande entenderás a tu padre, mamita. Ahora vámonos a ver a tu nueva hermanita. Se metieron al auto. Beto arrancó y pisó el acelerador. Una de las llantas aplastó el vaso y el abundante hielo se expandió por todo el asfalto.

Los orines de las llantas, evaporándose por el sol, emitían un hedor poco tolerable. De la esquina contraria por la que se había ido Beto, surgió su inconfundible figura inclinada, jalada por un perro grande y otro pequeño. Llegaron al auto chocado con el árbol. Amarró a Duque y a Dolly en el tronco de otro árbol. Se sentó en el asiento del copiloto y acarició la calcomanía del América. Luego acarició la foto de sus hijas. Y con la cabeza le ronroneó a otra calcomanía, una viejita, del mismo equipo de fútbol, pero con otro nombre: Canarios.


22 A la salida

Las niñas salieron de la escuela. Se acercaron al auto y miraron adentro en silencio. Beto dormía, estaba acostado en el asiento delantero, le cubría la cara una novela vaquera y tenía la panza descubierta que se movía al ritmo de su respiración. Yadzi abrió la portezuela y le quitó el libro de papel café. Beto abrió los ojos, tenía frente a su cara a Izta que le miraba de cerca la nariz y se la husmeaba, luego le tomó los labios y los estiraba, se le veían las encías. Se acercó a la boca de su papá y se alejó de repente. -Papá, te huele muy feo el hocico. -¿Cuál hocico, tú? Si no soy perro. ¡Eeeeh, niña!, deja esa porquería –le dijo a Yadzi que miraba curiosa los dibujos de mujeres con tetas grandes y vaqueros bien proporcionados-, no es lectura para damitas. Además, es basura. -¿Y tú por qué la lees, papi? -No la leo, me la encontré por ahí y sólo la usé para taparme del sol. Bueno, ora nomás, a empujar el lindo cacharro. Y ahora ya no choques, mijita. Izta entró y se puso frente al volante. Yadzi tiró la revista en la calle y se colocó en la parte de atrás. Beto tomó la revista, se la metió en el bolsillo trasero del pantalón y fue a empujar junto a su hija. Empujaron con mucha fuerza, pero el auto no se movió. -¡Papá, papá! -¿Qué? –respondió limpiándose el sudor de la frente. -Tienen que echarlo para atrás primero. El tronco no deja que lo muevan. -¡Oooh! Chingada madre.


23 -Papi, no digas groserías, le voy a decir a mamá –lo regañó Yadzi. Empujaron el auto para atrás y luego se pusieron en marcha. Le dieron la vuelta al camellón. Pasaron unos veinteañeros que saludaron a Yadzi y a su papá. Ella se puso colorada, pero siguió empujando. Regresaron a la cuadra de su casa y dieron otra vuelta en u para estacionar el auto justo frente a la casa. Yadzi e Izta corrieron para entrar y dejaron a su papá en su vivienda móvil. Beto prendió un Montana y se dio cuenta que olvidó a Duque y a Dolly amarrados cerca de la escuela. Se sentó frente al volante con la puerta abierta y las piernas de fuera. Sacó una libreta verde de la guantera, hizo apuntes con números y escribió algunas cosas. Marijó no estaba porque siempre regresaba de trabajar después que las niñas de la escuela. Beto dejó la libreta y se encaminó a la escuela. Llegó Marijó en su Shadow, se bajó del auto y abrió la reja para guardarlo en la cochera. Cerró la reja, cruzó la calle y entró en el gran auto marrón. Se veía venir a Beto y a los perros con la lengua de fuera y cansados. Los subió a la parte trasera del auto y se sentó junto a su mujer. -Beto, deberías entrar a la casa y dejarte de tonterías. -¿Yo, dejarme de tonterías? Tú eres la que me anda apagando la tele. -Pero Beto, es que no puede ser que te la pases frente a la tele todo el día sin hacer nada. Ah, y me habló Pipe, me dijo que te encontró cerca de la escuela y te preguntó por el material de la construcción de su casa. Que tú lo insultaste. ¿Qué pasó? -Ah, sí, ese pendejo. Me acusó de que le robé el material. Hazme el favor. Y se dice mi amigo. -Pero Beto, el material de su casa es el que usaste para cambiar el piso


24 del baño, no? Cambiaste el lavabo, el inodoro y no tienes dinero. ¿De dónde sacaste todo eso? -Ya te dije que eso lo compré de unos negocios que hice con las aspiradoras que conseguí a muy buen precio y que luego le vendí a don Luis para su tienda. -Beto, pero las aspiradoras siguen en la casa. ¡No puede ser! -Mira, si don Luis no las ha venido a buscar es cosa de él, no mía. Oye, pollita, tengo hambre. ¿No vas a hacer de comer? -Eres el colmo. Sí, ahorita hago la comida, pero primero dime que vas a regresar a la casa. O por lo menos ven a visitarme en la noche para que me des un masajito en tu panquecito. -Ay, qué rica eres pollita. Hoy le daremos de cenar al insaciable. Lávame bien el panquecito que me lo quiero comer. Anda ve, pollita, a hacer la comida que ya todos tenemos hambre. -Sí, Beto. Y mañana tienes que ir a Colorines por mi brebaje. No se te olvide –lo miró con seriedad. -Claro, chulis, mañana viene don Pancho a ayudarme a reparar el auto y luego le hablo a Felipe para que me acompañe. -Pobre don Pancho, lo traes en chinga. Y Pipe, ¿qué? Está enojado contigo… -Bueno, ya, pollita, yo lo arreglo. La comida, anda. Marijó acercó los labios a su boca con suavidad, dejaba lucir sus párpados sombreados de azul, y mantuvo el contacto unos segundos mientras le acariciaba la mejilla. Se separó de él despacio y con cuidado. Bajó del auto y entró a la casa. Beto la miraba mientras su semblante se ponía triste.


25

La familia Águila y la familia Escobedo entraban a la ciudad de Acapulco. Fueron directamente al hotel del Instituto Mexicano del Seguro Social. Tenían acceso a esas instalaciones porque la señora Escobedo trabajaba en una de las oficinas administrativas del IMSS. El hotel era bueno, con un excelente servicio, la piscina limpia y grande, y los precios eran súmamente bajos, información que siempre decía doña Tinaco. Llegaron al estacionamiento del hotel y un hombre vestido de guayabera, un empleado, les entregó una hoja y Beto la leyó. “Estimado usuario, esperamos que pase una estadía placentera y confortable en nuestro establecimiento. Por lo mismo le pedimos respetuosamente no llevarse ningún objeto de los dormitorios: jabón, toalla, sábanas, buró, lámpara, llaves del lavabo, colchón, etc. Si se le sorprende con el hurto de alguno de los objetos mencionados se le llamará a las autoridades competentes. Gracias por su comprensión. ¡Felices vacaciones!” -¡Qué! Esto es increíble. Es una falta de respeto. Cómo se atreven a acusarme de ratero, ni me conocen. Ahorita voy a hablar con el gerente, chingá –dijo Beto indignado. -Calma, hombre, deben hacer esta advertencia porque la gente siempre se roba algo. -Cállate, ¿tú qué sabes, pinche Felipe? -Mi amor, cálmate, Felipe tiene razón. No es contra ti la cosa, y ellos por lo mismo que no te conocen te dan a leer la nota –le aclaró Marijó. -Una vez escuché eso de que se llevaron el colchón y las llaves del lavabo, hasta intentaron quitar el clóset –se rió doña Tinaco-, hazme el favor.


26 Dios mío, en qué mundo vivimos. Hasta el clóset se quisieron llevar. Que Dios nos guarde en su lecho y nos salve de estas pendejadas –dijo mientras se limpiaba el sudor de la frente y las axilas. Había mucho calor dentro del auto. -¿Cuál Dios? ¿Qué tiene que ver Dios con todo esto? Son estos pendejos que se roban cosas, no Dios. Con todo respeto, doña Escobedo, estás metiendo imaginerías que ni vienen al caso –le contestó Beto. -Cómo dices eso, Beto, Dios es un ente transparente porque en el mundo, no te creas, lo que pasa, pues no por eso quiere decir que yo o tú podamos decir semejantes argumentos de la iglesia, bueno, yo soy mormón, pero, en mi caso sería templo. Entonces lo que quiero decir es que tenemos que pensar y, bueno, la verdad es que ya saben, esto es un asunto que me tiene sin cuidado, además no debes hablar así frente a las niñas –le dijo Felipe. -Mormón –se rió Beto con ganas-, esas son puras mamadas. Pinches incestuosos. Me la pelan los mormones, los católicos y la iglesia y toda esa mierda que no sirve para una chingadera –contestó Beto. -¿Incestuosos? –preguntó Yadzi. -Sí, es como si tú y tu hermana se casaran, eso quiere decir –le contestó Valentina. Izta se rió muchísimo, paró de reirse y dijo que se imaginó besando a su hermana en el altar mientras el cura las bendecía. -¿Ya ves lo que causas, Beto? De por sí mi hija con su cuete en el joníz, ahora también tiene víboras en la boca –dijo doña Tinaco. -Bueno, ya, vamos a registrarnos, tenemos que darnos prisa, es año nuevo y el hotel se está llenando vertiginosamente –puso orden Marijó. -Ay, qué bonita palabra, pollita, vertigosante –le dijo Beto.


27 -Pero, a ver, ¿las dos vestirían de blanco o alguna se pondría el smoking? –dijo Felipe mientras los demás abrían las puertas. Todos se detuvieron en el tiempo, con las piernas afuera, se habrían imaginado la boda y luego se rieron tras retomar la bajada del auto. Doña Tinaco bajaba con mucho esfuerzo y jadeaba. Las dos familias se estiraron bajo el sol costero y respiraban con placer. Sacaron las maletas de la amplia cajuela y se dirigieron al registro. Beto se colocó al frente, iba con una camiseta sin mangas, llena de hoyitos, amarilla, tipo jersey de fútbol americano que le llegaba hasta el principio de la panza, también tenía una gorra del América, unos pantalones cortos y chanclas de gallo. Le seguía la señora Escobedo, que caminaba con dificultad, iba maquillada, con el pelo corto y pintado, llevaba un vestido de talla jumbo. Felipe y Marijó iban juntos, él la sostenía del brazo para que caminara sin las muletas. Yadzi la tomaba del otro brazo y su mamá le sonrió con dulzura. Felipe iba vestido con camisa, mezclilla y botas, además llevaba puesto un cinturón con una hebilla enorme. Yadzi vestía una blusa sencilla y unas mallas rojas. Izta y Valentina iban juntas riéndose y murmurándose cosas. Izta y su mamá vestían igual, con vestidos folclóricos de Oaxaca. Valentina iba con un bolso estampado de estrellas, una camiseta naranja y una falda negra de tela ligera.

Beto prendió un Montana mientras acariciaba a Duque y a Dolly. De la casa salieron Marijó y las hijas con una bolsa de mimbre grande. Le preguntaron a Beto si podían comer con él en su casa. -¡Pero, por su pollo que sí! Aposenten sus enaguas en este humilde su hogar.


28 Beto sacó a los perros y se acomodaron todas en el auto. Marijó sacó de la bolsa unos botes de plástico que abrió y de donde se dejó ver frijoles, arroz y carne asada, luego sacó platos, servilletas, vasos y una botella de Coca cola de dos litros que sudaba y goteaba. De un pedazo de tela sacaban tortillas. También había limones y salsa roja de chile capulín, informó Marijó. Nadie dijo nada de la comida, ninguna expresión admirativa. Se sabía que Marijó tenía fama de mala cocinera. El arroz estaba batido y a medio cocer, los frijoles sabían raro, le dijo Yadzi a Izta. Las tampiqueñas eran asadas y se veían frescas. La salsa resultó buena porque todos se servieron mucha. Marijó platicó de su trabajo, donde daba clases a profesores normalistas, y las niñas platicaron cómo les había ido en la escuela. El sol de las tres de la tarde bañaba la ciudad, las flores moradas le daban sombra al auto y pasaba un aire fresco por el carburador. Terminaron de comer, las mujeres regresaron a la casa. Beto prendió un Montana y se recostó en el asiento. El fuego vivo succionó el último milímetro del papel blanco, se quemó el plástico esponjoso, los dedos de Beto apretaban la punta del filtro y sus cachetes estaban hundidos con fuerza. Sacó una masa densa de humo. Tiró la colilla por la ventana y se quedó pensativo hasta que poco a poco cerró los párpados, tomó una siesta. Llevó a dar una vuelta a los perros en la tarde noche. Les dio de comer y les llenó el bote de agua. Luego se quitó la camisa, los pantalones y los calcetines. Se puso unas bermudas y se dio unos manguerazos. Se lavó las axilas, el pelo y, con complicaciones, sus partes siempre ocultas. Pasó una vecina anciana y lo miró con total desaprobación, Beto todavía le alcanzó a hacer un movimiento de cabeza, junto con un gesto, como si le dijera “y usté


29 qué, vieja güila”. La señora alzó indignada la cabeza y siguió su camino. Beto se secó con una toalla pequeña en la que se leía América. Se puso otros pantalones y calcetines. Sacó una camisa roja que decía atrás “soy un papucho”. Guardó su bolsa Gillette y sacó un desodorante Brut. Metió los perros al auto y luego acarició la calcomanía del equipo amarillo. Dio unos pasitos en la calle como si calentara los músculos antes de entrar al partido, hizo como si le diera unos cabezasos a un balón, dio unos brinquitos y dijo ya en dirección hacia la casa donde lo esperaba su panquecito seguramente recién lavado. -Ora sí, a meter unos cuantos golazos.


30 Brebaje de Colorines

A la mañana siguiente, Beto salió de la casa y silbaba la canción Muévelo, muévelo. Sacó a los perros y los llevó a la esquina, donde llamó por teléfono desde una cabina Telmex. Luego desapareció al doblar en la siguiente calle para pasear a los perros. Al poco rato llegó don Pancho con un maletín de cuero negro a la casa y tocó el timbre. Desde la ventana, Marijó le gritó que lo esperara en su casa, le indicó con la mano dónde, y se volvió a meter. Don Pancho volteó a ver el auto y se rascó la cabeza sin entender nada. Se recargó en la cajuela a esperar y desde la esquina surgió la inconfundible figura de Beto Águila, jalado por los perros. Se saludaron los dos hombres, algo se dijeron, y en seguida abrieron el cofre para meter manos a la obra. Don Pancho abrió el maletín y sacó varias herramientas de todo tipo mientras Beto llevaba los perros a la casa y regresó a ayudarle a don Pancho. Atornillaron lo que se podía atornillar, limpiaron las bujías, pusieron agua y descubrieron que no tenía nada el auto, sólo le faltaba batería. Beto sacó el Shadow, lo puso frente al Valiant Acapulco y lo alimentaron de energía. En eso acudió Felipe en su Malibú nuevo. Se saludaron y el recién llegado le preguntó que en qué auto irían, si en el de Marijó o en el suyo. Beto respondió que cómo se le ocurría, que no hablara en voz alta, podría bajarle el autoestima al carcachón y que se irían en el Valiant. Felipe quedó atónito, miraba el cielo mientras Beto encendía el motor que se escuchó como el rugir de un león viejo, pero todavía fuerte. -¡Vámonos!


31 -No, qué, no vamos a ir en eso hasta Valle. Nos vamos a quedar varados en la carretera y así ni cómo hacerle porque… -Sí, bueno, ya, órale, súbete. Compré un brandy Presidente para no aburrirnos. -Haberlo dicho antes. Subieron los tres al auto y Beto tocó el claxon. Le dijo a Felipe que echara las cosas al asiento de atrás, la almohada, la sábana y unas camisas. Beto sacó el cenicero de su agujero y lo vació en el asfalto a un lado del borde de cemento pintado de blanco que enmarcaba el camellón. Se asomaron las mujeres y se despidieron con besos volados. Izta estaba pintarrajeada con bilé rojo en la boca y en los cachetes. ¡Qué guapa, hija! Le gritó Beto. Felipe se rió y don Pancho miraba impávido la escena. Beto pisó el acelerador y fueron a llevar al amigo mecánico a su taller. Don Pancho, además de mecánico, era albañil y plomero. Y de ahí salieron a la carretera que va de Celaya a Santiago de Querétaro.

Yadzi, Izta y Valentina salieron del hotel y se metieron al auto. La prima sacó unos Alitas de su bolso estrellado y pasó la cajetilla para que cada una tomara un cigarro. Yadzi no quiso y las otras dos le alzaron los hombros. -¿Qué hacemos en el auto de papá? ¿Por qué no mejor vamos a la playa? –dijo Yadzi. -No, a mí me encanta esta carrocería y en la playa nos pueden cachar fumando, pendeja –le contestó Valentina. Izta se rió haciendo sonidos cortos y agudos. -No me pendejeés y tú no te rías, pendeja.


32 -No traje los Chili, pero tengo otra cosa, escuchen. Y puso en la casetera del auto a Mano negra. ¡Guau! Dijo Izta. Yadzi dijo que no lo conocía y las otras dos se rieron. -¿Tienes novio, Valentina? –preguntó Yadzi.- Porque yo sí, es muy, pero muy correcto, me visita en mi casa y platicamos de nuestra boda. -¿Boda? ¿Y ya cogieron? -¡No, claro que no! ¿Qué te pasa? Si no soy una zorra. Todavía no lo he hecho y lo haré cuando me case. Así lo dice la iglesia. -Pero si eres bien caliente, el otro día los vi en la sala fajando bien cabrón. -Claro que no. Sólo le estaba dando una probadita, pero nada más. Eso no es pecado, darse unos besos no lo es. -Pus yo ya cogí e Izta todavía es virgen –Izta se apenó un poco por lo que escuchó-. Cogí con mi güey en su casa. Ahí tiene un cuarto de servicio en la azotea y su mamá deja que lo ocupe para que se vea con los cuates. Tomamos caguamas y fumamos mota, hablamos de música, un chingo de música. Me gusta mucho, no somos novios, él no quiere, dice que hay que llevárnosla leve. La verdad es que no me importa, de todas formas nos portamos como si andáramos chido. Vamos al cine, a las fiestas y lo llevo con mis amigas. ¿Te acuerdas del Poncho, Izta? Ya anda con Fernanda. Son bien raros, no hablan y están como zombis todo el tiempo, luego se encierran todo un fin de semana a ver películas de Disney, bien pachecos, claro. -Me gusta el Poncho. La vez que fui a visitarte al Deefe, cuando lo vi, quise darle un beso –dijo Izta-. Qué bueno que son vecinos. Está chido tener amigos de la colonia, ¿verdad, Vale? En Celaya no me hallo mucho. Me quiero


33 ir a vivir contigo al Deefe, ¿va? Quiero estudiar allá la universidad, filosofía. -¡Órale! Qué loco. Sí tienes cara de filósofa, por lo menos se te va el patín bien cabrón. Y las tres se rieron. -Oye, pero cómo está eso de que cogiste. ¿Cómo estuvo? ¿Bien? ¿No te dolió? -No te hagas güey, bien que sabes que no tiene que doler. Sólo te haces de la boca chiquita. Estuvo chingón. Además no perdí la virginidad con él, fue con otro, un encuentro furtivo, jaja. Y con éste me duele un poco porque está muy vergón y mi vaginita no lo traga, jajaja. Las tres rieron sonoramente. La música de Mano negra sonaba en la grabadora que llevaron y Yadzi le dijo a Vale que mirara, que había traído las llaves del gran auto marrón. !Presta¡ Dijo Vale y metió en seguida la llave, movió la palanca y aceleró. Las tres volteaban para atrás y ver si no chocaban con algo, pero el Valiant avanzó para adelante y chocaron con un poste plateado de luz. Pareció que se les había dislocado el cuello, se destantearon, cada una a su manera, Vale movió rápidamente la palanca, la puso en el lugar correcto y se separaron del poste.

Beto y Felipe iban camino a Colorines, veloces, el motor del Valiant Acapulco todavía rugía con limpieza, ya se habían salido de la autopista que va de Santiago de Querétaro a Toluca, entraron en la vía de Toluca a Valle de Bravo y se detuvieron en medio de un bosque de pinos que enmarcaba el asfalto. En la orilla había una serie de puestos donde se vendía comida. Olía a chorizo, sopa de hongos y pancita. Habían paredes de ollas repletas de diferentes guisados


34 que coloreaban los tristes y escuetos locales. Se estacionaron junto a uno de los locales, la salpicadera del auto casi tocaba una de las mesas de plástico del lugar, la que escogieron para sentarse. Comieron mucho y se sirvieron el brandy sin pedir permiso para tomarlo. Nadie les dijo nada. Atendían unas muchachas que los ignoraban. -Beto, ¿qué haces en el día? En tu casa metido o en el auto. No te entiendo. -No, hombre, siempre tengo muchas cosas qué hacer. -Ah, sí, y ¿cómo qué? -No, pues, llevar a mis hijas a la escuela en la mañana. Sacar a los perros. Lavar el auto. Bañarme. Regresar con las niñas de la escuela y ya en la tarde a descansar. Es muy cansado todo esto. -Jjajaja. No lo puedo creer. Con razón me robas. No trabajas y no tienes dinero. -¡Qué! De qué hablas, yo no te robo nada, carajo. Qué te pasa pinche Felipe –y Beto dejó caer la mano en la mesa de plástico que hizo saltar los platos y los vasos. -Calma, calma, Beto, bueno, luego platicamos, cuando regresemos a Celaya. ¿Cómo está tu mujer? Le está sirviendo el brebaje, ¿verdad? -Sí, la mantiene con vida –y Beto, tras decir esto, se le pusieron los ojos llorosos mientras miraba el Valiant y le acariciaba el capirote. Felipe le pasó un brazo por la espalda, lo jaló hacia a él, pegó su frente a la de él y luego le dio un suave golpe en el hombro con la mano cerrada. La cocinera del local los miró conmovida, sus cachetes regordetes se relajaron y luego les regaló una sonrisa amigable. La carretera se veía limpia a lo lejos,


35 negra con los bordes rojos del acotamiento. Las líneas blancas interminables con alguna piedra pequeña sobre ellas. En cambio, cerca de los puestos de comida parecía un basurero, había pedazos de papel reciclado que se usaba como servilleta y como cubre plato, vasos de unicel, bolsitas metálicas o de plástico de Sabritas y de Bimbo y botellas vacías de refresco. El plato era de plástico y no lo lavaban, le pasaban un trapo húmedo y luego ponían un pedazo de papel nuevo. Las bolsitas de todos los colores y tamaños volaban por la fuerza de algún auto que pasaba a toda prisa. En la mesa blanca donde estaban Beto y Felipe se veía la botella de brandy Presidente, un envase de vidrio de Coca cola vacío y otro a medias, dos envases de agua mineral Peñafiel vacíos, dos vasos blancos de unicel, un plato rojo con algunos cubitos de cebolla y hojitas picadas de cilantro sobre el papel mojado por el caldillo que se salió de una quesadilla de picadillo y de la salsa verde que se derramó de un sope con tinga de pollo, un plato hondo de barro que tenía un poco de pancita y había también un salero minúsculo de plástico transparente con la cabeza rosada. Debajo de la mesa, sobre piedritas blancas y hierba seca, una cubeta con una bolsa de hielo. Beto alzó el brazo y pidió otra botella de agua mineral. Era temprano, apenas las doce del día y tenían que regresar el mismo día porque Marijó no podía estar sin el brebaje ni un día. Prendieron el radio del gran auto marrón y le subieron el volumen. Escucharon ranchera y cumbia. Beto le jaló con fuerza el humo a su Montana, echó la colilla con el anular sobre el dedo gordo, luego tomó lentamente el vaso de Felipe y le puso dos hielos, brandy, un chorro de agua mineral y un poco de Coca. Mientras hacía eso, Felipe miraba a las meseras y luego al cielo, pero como si no pusiera atención. Una de las meseras le sonrió bonito cuando


36 posaba su mirada sobre ellas, pero él ni cuenta se dio. Regresó en sí cuando Beto le pegó en el hombro y le hizo un gesto para indicarle que estaba servido. Entonces le devolvió la sonrisa a la mesera, lo hizo torpemente y a ella le gustó porque se acercó a preguntar tímidamente si no les gustaría que les preparara una botana. Sus compañeras dejaron salir una serie de risitas juguetonas y sus mejillas de cacao, de por sí rojizas por el sol de la montaña, se colorearon otro poco por el abochornamiento. Beto levantó su vaso, brindó hacia las muchachas y luego chocó con el vaso de Felipe. Terminaron cada uno su trago y prosiguieron su camino. Les dejaron el hielo y se llevaron la botella. Agradecieron por la amabilidad y saludaron con los brazos fuera de las ventanillas. De regreso en la carretera, ambos miraban hacia delante sin hablar. El auto circulaba perfectamente, casi ni se le notaban los muchos años andados ni su desvalido mantenimiento. Beto traía un par de tenis gruesos y grandes para correr, pero era un ejercicio que él no acostumbraba, calcetines de vestir cafés y unos pantalones de mezclilla azul marino. Felipe llevaba botas sonorenses de cuero tapadas por unos pantalones de vestir café verdoso perfectamente bien planchados. Beto pisaba solamente el acelerador o el freno, el gran auto marrón era automático y tenía un volante delgado, plateado y de un diámetro que medía medio metro. El tablero era amplio y profundo, cabían unas cien cajetillas de Montana, llaveritos, casettes, papeles varios, latas de cerveza y de refresco. Beto tenía su anillo de compromiso y Felipe no. -Felipe, ¿y tu anillo de compromiso? ¿Pos dónde lo dejaste? Se lo quedó la meserita de las quesadillas, eh, peladón éste. -No, claro que no. Qué meserita ni que ocho cuartos.


37 -¿Tons? -Tons qué, pus nada, qué te importa. -Mtz, ooooooooh, pinche Felipe. -No estoy casado. Estoy en amasiato. -Ah, sí, cierto, ya me lo dijo una vez tu señora. Bueno, ni tan tu señora – se rió burlonamente-, sigue de señorita, digo, por decir algo. Así que la puedo invitar a dar una vuelta al parque. -Pus a ver si quiere, creo que sólo se quedará sentada en una banca porque, bueno, para que vayas a comprarle su paleta de coco y, además, luego chicharrones con salsa y limón... En el parque, se va ir a tomar un café... La banca de metal, dura e incómoda hasta su madre. Mmm, vaya, qué cosas, ¿no? -Sí, pinche Pipe, bueno a seguir viendo la carretera de hueva. Beto prendió un Montana y Felipe otro. Los dos fumaban lo mismo. Cruzaron Valle y llegaron a las afueras de Colorines a una casa con paredes de ladrillo blanco granuloso y techo de lámina. Metieron el auto hasta llegar a la puerta de la casa. Salió una señora gorda vestida entre jipiosa y folclórica con una trenza larga, gruesa y gris. Tenía la puerta abierta y se veía un sofá de esos que salen en las revistas publicitarias de tiendas departamentales, caros, éste estaba forrado con un plástico grueso, había también una tele grande y nuevecita, junto a un estéreo de diseño tipo industrial, con acabados de plástico plateados y grandes, como si fuera la decoración de un robot, con reproductor de disco compacto, de los primeros en salir, de donde salía algún Reguetón de moda. La señora los dejó pasar y le bajó el volumen a la música. Intercambiaron algunas frases y luego le gritó a alguien que trajera el brebaje.


38 Se acercaron una muchacha y un muchacho, él cargaba el garrafón de vidrio y lo dejó en el suelo junto a Beto. Pesaba mucho. Salieron de la casa, Beto puso el envase con los veinte litros de la medicina en el asiento trasero del auto. El contenido era de color entre café y verde, se parecía al té de boldo que se tomaba Gloria, una amante que tuvo Beto, cuando a veces la llevaba a trabajar. La última vez que se subió al gran auto marrón fue cuando la dejó en su casa y le dijo sin apagar el auto que esa era la última vez que la veía porque su esposa estaba muy enferma y no podía hacerle esto. -Oye, Beto, ya te lo pregunté, pero sí le ayuda a Marijó el brebaje, ¿verdad? -Sí, ha sido un milagro, y eso que no creo en esas pendejadas. Hace dos años los doctores dijeron que ya a la verga, que no duraría más. Que en cualquier momento estiraba la pata, pero por fortuna nos hablaron de esta pinche bruja que le dio el brebaje y zaz, a la semana siguiente se levanta de la cama como nueva y así ya van dos añitos y a seguir contando, ¿cómo ves? -Excelente, un verdadero milagro, aunque no creas en eso, pero Dios es algo que no depende de que creamos o no, digo, yo digo, porque, bueno, no sé, pero la cosa es que así es. Cada quien lo que quiera pensar y yo lo respeto... -Ya se te bajó la pinche peda, Pipe, ahorita nos detenemos en otro lado a terminarnos la botella, sólo para que hables bien.


39 Peda en la playa

-Mira, tarolas, ahí viene mi papá, dame las llaves. -Chale, sí cierto, toma, y tú, Izta, rápido, avienta el cigarro por la ventana, iiiiiiij, ahí viene también mi papá, y tú mamá, y mi mamá, vienen todos, chale, no puede ser y traen la hielera y unas botellas, guou, parece que habrá pedota. Beto y Felipe metieron todo a la cajuela y luego ellos se metieron al auto, se sentaron adelante y las mujeres atrás. Yadzi le dio las llaves a su papá y éste le dijo que qué hacía ella con la llave sin que la otra respondiera. Beto y Marijó se acomodaron en la cabeza unas visceras amarillas del América, Felipe traía una gorra y la señora Escobedo un sombrero de paja. Las chicas también iban en la parte de atrás. Los adultos ya tenían sus vasos en la mano y brindaron por el sol y la arena. Beto puso en marcha el auto y el motor no arrancó. Vale lo acaba de chocar, dijo rápido Yadzi. Puta madre, dijo quédamente mientras inclinaba su frente sobre el volante. Y Felipe se puso nervioso e incómodo, no supo qué hacer, volteó atrás y su mujer le hizo una seña para que se bajara y viera qué tenía el motor. Lo hizo y se dio cuenta que sólo le faltaba agua al carburador. Fue por el agua, cerró el cofre y todos brindaron de nuevo muy contentos. Beto se echó en reversa y salieron a la carretera a buscar un lugar con poca gente en la playa. Llegaron a un lugar espléndido al que se metieron con todo y el auto, casi hasta la orilla. Encendieron el radio de donde se dejó escuchar música a todo volumen, sacaron unas sillas de madera con tela y se sentaron a beber. Después de un rato se pararon a bailar un poco Beto y Marijó. Mientras bailaban él se movía


40 agarrándole las manos, bajaba la cabeza, como si quisiera mirar entre su propio ombligo y gritaba, !venga polla, venga polla! Ella sólo movía las manos, por el yeso no podía hacer mucho. Empezaron las canciones románticas y volvieron a sentarse, tomaron otro poco más y luego se levantaron y caminaron en dirección al mar. Izta y Valentina fumaron mota ocultas atrás de la cajuela cuando los papás nadaban entre las olas y las mamás remojaban sus pies en la orilla del océano Pacífico. El sol se veía enorme, iluminaba el faldón ancho y verde turquesa de doña Tinaco y el vestido blanco con bordado, esta vez michoacano, de Marijó y que tapaba su pierna enyesada hasta el tobillo y el empeine, se apoyaba en su muleta y las dos miraban hacia los hombres: uno con el cuerpo inclinado hacia un lado y el otro alto y grueso, ambos tocaban la tranquila superficie del mar que les llegaba a la cintura, rodeados a lo lejos por una bahía como la del puerto de Acapulco, pero mucho más pequeña, unos cerros pequeños, verdes y cafés. Beto se zambulló en el agua y emergió como un semidios deforme, el sol sombreaba su figura. Tras sacudir la cabeza se desprendió una fila de gotas gruesas que brillaron por el sol. Marijó alzó los brazos, la muleta cayó en la arena, y aplaudió en el aire, en el segundo aplauso mantuvo las manos pegadas en señal de triunfo. La señora Escobedo, mientras tanto, hacía círculos con el dedo gordo de su pie en la arena humedecida cada vez que el mar jalaba de regreso esa ola que parecía desprenderse del océano. Felipe nadaba ya varios metros en croll, alzaba la cabeza por cada tres lentas y elegantes brazeadas. -Izta, me imagino que ya yabes que la lluvia cae de arriba para abajo. -Jaja, no es cierto, me estás cotorreando, como siempre. Le voy a


41 preguntar a mi papá, a ver sí es cierto. Ahí vienen. -Aaah, qué buen gallito nos echamos, pregúntale, jaja, yo sé que es cierto, ya me fijé bien. ¿Me pasas un alita? Graaacias. Ambos amigos salieron del mar y cada uno le dio un beso a su respectiva mujer. Los cuatro caminaron despacio, satisfechos, y se sentaron en las sillas, el color de la atmósfera era roja, un rojo que chocaba con el parabrisas del Valiant y que hacía relucir el salitre opaco pegado en la carrocería donde una pluma esponjada pegada al salitre temblaba por el viento. Se sirvieron Bacardí con Coca, agua mineral y limón, con más agua mineral que Coca, que para no engordar decían. Quedaba botella y media de tres enteras y una que estaba a la mitad. Todos se servían, hasta Izta y Vale. Yadzi se dejó ver de un lado de la bahía, venía con dos muchachos que la acompañaron hasta donde estaban todos, saludaron con un buenas tardes, al que los papás respondieron sólo con un movimiento de cabeza, pero las mamás saludaron con amabilidad. Los muchachos se fueron y Yadzi se sentó en una de las sillas, tenía un short y su traje de baño completo que la cubría arriba, además de una playera holgada que dejaba ver la tela elástica. Ya había bastante más gente en la playa, familias y grupos de amigos. Se acabaron la siguiente botella, se notaba por la forma en que Beto y Felipe arrastraban las palabras al hablar de política y autos y de por qué Beto no trabajaba. Las señoras reían a carcajadas y las muchachas platicaban sentadas en la arena sobre cómo usar un tampón y a cada rato decían, o sea no, océano, y se reían. En eso Beto cabeceó, parecía que quedaría dormido en cualquier momento, alzó el brazo y acarició el auto lentamente, luego puso su mejilla


42 sobre la carrocería y le dio un beso al capirote donde quedó marcado en la porosa y blancuzca capa salada. Se levantó de la silla con rapidez pero tambaleándose un poco cuando quedó de pie, miró hacia el mar y se arrancó a correr fúrico y gritó con fuerza que no quería vivir, que quería que el mar se lo tragara. Los demás se sorprendieron, miraban quietos y callados hasta dónde llegaría. Pisó la orilla y siguió corriendo con la misma fuerza, brincaba las olas pequeňas con agilidad hasta que desapareció bajo el agua. Las mujeres gritaron y Felipe se levantó de la silla como un elástico y corrió todavía más veloz que Beto, se metió al mar hasta la cintura, parecía buscar alguna señal que le indicara dónde estaba su amigo. Algo vio porque se clavó en el agua con una expresión de pánico en su cara, dio varias braceadas y luego se hundió por completo. Emergió rápido para tomar aire y volvió a meterse, tardó un poco en salir mientras que la señora Escobedo se tapaba los ojos. Marijó empuñaba con fuerza las manos, las presionaba sobre el yeso de su pierna, parecía que quería romperlo. Yadzi comenzó a llorar e Izta y Vale estaban impresionadas, en shock, con los ojos desproporcionadamente abiertos y rojos. Las demás personas también miraban impávidos hacia el mar. Algunos corrieron para ayudarle a Felipe. Cuatro gaviotas planearon con suavidad, casi detenidas en el aire, por donde Felipe se había sumergido sin salir a la superficie, dieron una vuelta, luego otra, y planearon hacia la playa donde aterrizaron en la orilla. Miraron a las mujeres y al Valiant, movieron la cabeza, picotearon la arena y dieron unos pasos hasta que se alzaron al vuelo por las pisadas desesperadas de un hombre que también se clavó entre las olas en dirección a donde estaba Felipe.


43 Beto salió con prisa por la puerta de la cocina, cerró la puerta con fuerza, bajó dos escalones largos y de poca altura, su espalda lo obligó agacharse de más y a su vez el tronco lo hizo dar una vuelta inecesaria casi de ballet, ya en ese entonces su espalda estaba chueca. A dos pasos de los escalones había una mancha de aceite fresco, resbaló en la grasa y se abrió de piernas. Miró hacia el techo con cara de dolor, incluso soltó un chillido agudo. Quiso reincorporarse con agilidad, pero algo se le desacomodó en los huesos o los músculos porque en vez de seguir su camino aprisa pareció dar un paso de Michael Jackson en cámara lenta, su pierna no le obedeció y su tobillo se dobló de tal manera que cayó de rodillas al suelo y se manchó los pantalones de aceite goteado por el Valiant. Junto a él estaba el gran auto marrón estacionado a la mitad de la cochera y al levantarse alcanzó a darle unos golpes a la flamante carrocería, pero no le pegó fuerte. No le importó su pantalón sucio y subió al auto cuando se abrió la puerta de la cocina, se vio salir a Marijó que le gritó. -Es una pésima idea, pero cómo se te ocurre, sigues pedo de anoche. ¡Carajo, Beto! Arrancó y no le hizo caso. Salió de la cochera y el sol le dio de frente, tan fuerte como un reflector poderoso. Tuvo que bajar la velocidad del auto, llevarse una mano a los ojos y esperar a que se adaptara al nuevo día, comenzó a sudar por todo el cuerpo, la nuca, atrás de las orejas, la frente, el cuello, la nariz, los brazos. Prendió un Montana, aspiró el humo y tosió varias veces. Puta madre, pinche calor!, alcanzó a gruñir. Escupió un gargajo por la ventana y aceleró. Anduvo varias cuadras hasta llegar al límite de la ciudad, donde empezaban los restaurantes para los traileros y viajeros. Se metió atrás de uno de esos establecimientos y llegó a una serie de calles mal


44 pavimentadas y conforme avanzaba se encontraba con otras sin pavimentar. Miró por todas partes, arriba, a los lados, le preguntó a alguien que caminaba por la calle si sabía dónde estaba la casa de don Pancho. Observó cómo le indicaba con el brazo en el aire y que decía, hacia allá y luego por ahí, y que luego vería la casa pintada de rosa mexicano. Después de unas cuantas vueltas encontró la casa, se estacionó junto a la puerta de reja con plantas a los lados y jaló una cuerda que hizo sonar una campana. Salió una mujer en batón con los ojos semicerrados. -Uy, el Panchito, está rejetón, creo que sigue pedo. Qué, a poco usté ya durmió. No, pus, no, si el otro acaba de llegar hace apenas dos horas. Pásele, le sirvo una chelita y le preparo unos chilaquiles y una tostada con pata. Venga, pues. Ahorita despierto a aquél. Viene por la pastorera, verdá. Beto sólo alcanzaba a decir sí sñora, sí sñora. Entraron a la casa y luego a las dos horas salió cargando, con ayuda de don Pancho, el mueble para hacer los tacos. Se tambaleaban de un lado para otro, chocaban con las macetas que bordeaban el caminito hacia la entrada de la casa, rayaron el suelo de cemento con las patas de fierro, pero pudieron llegar a la cajuela y meter ahí toda la herrería. -Y la parrilla ¿no la quiere, don Beto? -Sí, cómo no, don Pancho... Pero no cabe y no quiero darle de chingadazos a mi pobre Valiant Acapulquito. -Pos, sí, verdá. -Pero luego le digo a Felipe que vengamos con su combi para llevarnos la parrilla. Bueno, don Pancho, qué buena pedota nos pusimos anoche, no. Estaba bueno ese tequilita. Luego le paso la lana, conforme vaya saliendo el


45 bisne. Qué descanse, don Pancho. Bonito color el de su casa –dijo mientras se ponía un cigarro en la boca. -Que tenga un buen día, don Beto. Cuando le dijo que le pagaría después, a don Pancho pareció torcérsele la cara, más de lo que ya estaba por la borrachera. Llegó a su casa y dejó estacionado el auto afuera sin bajar la pastorera. Entró a la casa y no salió sino hasta en la noche cuando llegó Felipe con la combi. Se fueron los dos en la burbuja rectangular y regresaron como a las dos horas. Bajaron la parrilla y la acomodaron a un lado de la cochera. Luego se acercaron al gran auto marrón y sacaron la pastorera para ponerla junto a la parrilla. Luego se dijeron algo, Felipe miró incrédulo los muebles de hierro, miró a su amigo con ternura y compasión, se notaba que lo apreciaba. Se dieron la mano, un abrazo y Felipe se fue en su burbuja azul. Beto se quedó parado en medio de la cochera, miraba las cosas recién adquiridas, se rascaba el mentón, la cabeza, sonreía, se sobaba la panza, prendió un Montana y, antes de darse media vuelta, a punto de entrar por la puerta de la cocina, afirmó entusiasmado con la cabeza. Desde la ventana de la cocina se veía a Marijó que parecía hacer la cena, se movía con rapidez, abría el refrigerador y se notaba un pequeño resplandor de luz amarilla, parecía cargar cosas, las pasaba de un lado a otro, dos veces se detuvo a ver por la ventana hacia la cochera, los muebles de hierro, y meneaba con la cabeza negativamente. Marijó apagó la luz de la cocina y desde la ventana de a lado se veían los reflejos blanquiazules que significaban silencio y tranquilidad. Al poco tiempo después, desde una de las ventanas de la planta alta, también comenzaron los impactos blanquiazules. Ya más noche se escuchó gritar a Beto.


46 -Niňas, apaguen la tele y ya váyanse a dormir, ¡maňana tendremos un chingo de chamba! Qué no tenga que bajar a apagarles esa tele, ¡pajaritas! –y de repente quedó a oscuras la parte de abajo. Se iluminó otra ventana de arriba. La luna le sonreía a la ciudad, las estrellas y los faros de la calle pintaban los copos de los árboles. Frente a la casa de Beto, sobre la banqueta, se besaban un par de novios, un beso largo, suave y lento, parecía que nunca se separarían, abrazados se acariciaban con timidez y torpeza. Se separaron, ella cruzó una reja que protejía su casa, un pequeño jardín y él esperaba a que entrara a su casa. Se despedían con la mano detenida en el aire, ella no terminaba de cruzar el marco de su puerta y él tenía pegados los pies al suelo. -Otra vez esos pinches tórtolos de catorce años en frente. Esa niňa va a quedar embarazada un día de estos y ¡zaz!, a organizar un pinche bodorriodijo Beto asomado a la ventana en lo que cerraba la ventana. En eso, pasó un auto con los vidrios polarizados a poca velocidad, dentro venían unos hombres jóvenes con música norteña a todo volumen, parecía que querían despertar o inquietar al vecindario. Se alejaron hasta dejarse de ver y escuchar. Hubo silencio en la calle vacía y desde las casas con las luces apagadas. En el parabrisas del gran auto marrón se reflejaba el sol cuando Beto salió de su casa bañado, descansado, perfumado y se subió al Valiant. Manejó varias colonias hasta llegar a un mercado grande con estacionamiento, donde encontró lugar. Bajó del auto y fue en dirección de uno de los pasillos en que se dividía el mercado. A las dos horas regresó por otro pasillo, lo seguía un niño que llevaba las compras en un diablito que empujaba animado. Le abrió la cajuela para que metiera una caja y varias bolsas, cuando terminó de hacerlo le


47 dio una propina. Todavía pasó a otra tienda a comprar unas cajas de Arci colas en botellas de vidrio de medio litro y otra con Squirt, manzanita Mundet, Sangría y refresco de fresa Peňafiel. Regresó a la casa y bajó todo, las cajas con refrescos las puso junto a la herrería y las bolsas las llevó a la cocina. Luego salió de nuevo, pero se fue a pie, caminó como cuadra y media, se metió a una casa, salió de ella y caminó de regreso, traía consigo unas bolsas grandes, transparentes, que contenían cartulinas, una caja de plumones y una cinta adhesiva grande, le gritó a las niňas cruzó la cochera. Al mediodía salió junto con sus hijas, pegaron varias cartulinas en la reja y en las paredes donde se leía “¡¡¡¡HOY GRAN INAUGURACION!!!!” “VENGA Y COMPRUEVE QUE RICOS LOS TACOS” “¡¡¡¡¡MMMMMM!!!!!”. Beto, Yadzi e Izta se pararon en el camellón, frente a la casa, y contemplaron satisfechos los carteles. Muy bien, papi, ¡chócalas! Dijo Izta. Beto e Izta se fueron tomados de la mano por la banqueta, llevaban dos cartulinas y una cinta adhesiva. Yadzi y Marijó se fueron del otro lado con otras dos cartulinas y otra cinta. Regresaron al poco rato y entraron a la casa. Llegó Felipe en la burbuja azul, se estacionó atrás del Valiant al que le pegó en la defensa, se bajó, cruzó la cochera y entró a la casa por la puerta de la cocina gritando: ¡Beto, ya llegué! Los dos amigos salieron por la puerta de la cocina y se dirigieron a la combi de donde bajaron mesas armables de plástico y sillas plegables. Recargaron las cosas en la pared de la cochera. Sacaron un tanque de gas y lo pusieron junto a los muebles de hierro. Armaron la pastorera y junto a ella colocaron la parrilla, formaron una especie de L acostada al principio de la cochera quitándole espacio a la mitad de la banqueta. Acomodaron una mesa


48 junto a la pastorera y las otras dos mesas en el espacio restante. Desdoblaron las sillas y luego entraron a la casa.


49 Kalimán

Beto y Yadzi llegaron al hospital, esta vez hubo tiempo de que fueran al estacionamiento. Se bajaron los dos, Yadzi le dio la mano a su papá y se dirigían a las escaleras que los llevaba al hospital cuando se encontraron con el guardia de seguridad que le había ayudado con el vagabundo grosero, iba sin su uniforme, con la camisa salida de su pantalón y cargaba una mochila vieja, deslavada. Se saludaron con un movimiento de cabeza. -Qué pasó mi poli, no que no, ¡sus chivitas comieron pasto hoy! El poli asintió con tristeza la cabeza. -Ya será para la próxima, don –le alcanzó a decir antes de que se alejaran demasiado. Salieron al día siguiente. Marijó salió a pie y Beto cargaba a Izta recién nacida. Le hacía caras chistosas, estaba feliz y le explicaba todo. Se encontraron de nuevo al guardia que llegaba a trabajar vestido de la misma manera y llevaba consigo la misma mochila. -Mira, el señor de ahí es chiva y cree que el próximo año van a ganar. El guardia lo felicitó por el bebé y siguió su camino. Beto le abrió la puerta a Marijó y le puso a la niña entre sus brazos. Le abrió la puerta a Yadzi, subió él y manejó por todo Periférico en dirección norte hasta tomar la salida a Las flores, luego cruzaron Periférico por un puente, pasaron junto a una gasolinería, tomaron el bulevar Barranca del Muerto y luego doblaron a la izquierda para subir hasta Las águilas. -Me quiero ir a vivir a Celaya, panquecito. No quiero que mis cachorritas crezcan en esta ciudad tan cabrona, y después de lo del terremoto, no,


50 hombre, ya es demasiado. ¿Qué dices, mi amorcita? -Y, ¿qué vamos a hacer en Celaya? -Pues querernos, panquecito. Y criar a nuestras hijas. Ay vemos, pus qué, hago que me liquiden en el despachito de contadores, vendemos la casa de aquí y compramos otra allá por mucho menos de lo que nos den aquí y tendremos tiempo de encontrar otras chambas. -No sé, espérame lo pienso, por lo menos en lo que se me baja el mareo y el dolor. -Sí, mi rechula mamacita. El doctor me dijo que todo salió de pelos, limpio, como cuando se te resbala el pulpo entre las manos. Jajaj, eso dijo el pinche doc, ha de ser de algún lugar con mar. -Ni tanto, yo sé lo que te digo. Pero, eso sí, estuvo mejor que con Yadzi. -Y con la tercera sí será como pulpo entre las manos, jajaj, y ahora sí le ponemos América. -No, qué te pasa, baboso, cuál tercera ni que chingados. -Uy, bueno, ¿ya nos estamos baboseando? Mejor ahí la paramos... Mira, ahí está la gorda esa otra vez echándonos sus hojas secas a nuestro lado. Hija de la chingada, ahorita mismo le digo quién se cree. Oiga, vieja cochina, ¿qué le pasa? Ya la caché con las manos en la masa. Mírala a la pendeja, mi amor, se metió a la casa y ni me peló. Beto se bajó del auto, abrió el portón de la casa y metió el Valiant Acapulco con Marijó, Yadzi e Izta dentro. Cerró el portón por fuera y por dentro. Puso los candados y le abrió la puerta a Marijó, tomó a Izta y le ayudó a bajar del auto, luego abrió la puerta de la casa que tenía tres seguros y, mientras las demás esperaban, Yadzi miraba fascinada a su hermanita que dormía


51 plácidamente. Terminó de abrir la puerta y tras cruzar el marco volvieron a cerrar, pero esta vez se escuchó un solo pasador. Las ventanas estaban enrejadas y las bardas que rodeaban la casa tenían protecciones de hierro, unas barras largas y curvas que terminaban en punta. A la semana siguiente salió Beto de la casa, alzaba la voz y movía los brazos, decía que quería sus tacos de suadero, contra las mujeres que negaban con la cabeza. Yadzi subió al auto, luego subió Marijó cargando a Izta envuelta en una cobija de Winnie Puh, y de último, tras cerrar bien la puerta, subió Beto. Le pegó al volante sin fuerza y bajó de nuevo a quitar los candados y abrir el portón, sacó el auto, bajó otra vez para cerrar con todos los candados, los de adentro y los de afuera, y el portón. -¿En serio quieres ir hasta allá por tus tacos de suaperro? -Calla mujer ignorante, se llaman de suadero y son los mejores del mundo entero, son finos de verdad, no son como los que se come tu primo naco a la salida del metro. -Ni metas a mi primo que no tiene nada que ver en todo esto. Lo que digo es que por qué ir hasta allá cuando podemos ir a los de pastor de por aquí que están buenísimos y que además tienen de suadero. -Esos no son de suadero. Vamos y sanseacabó, reinita de mi jardín. A ver, a ver, uta, pero qué chulada. Bajaron por la avenida Las águilas, luego por Barranca se metieron a Periférico, fueron hacia el norte todo derecho, se salieron por Parque Lira para entrar a Revolución en dirección sur, doblaron a la izquierda en Puente Morena, dieron vuelta en u y se metieron a la calle 13 de septiembre. Se estacionaron al final de la calle, casi esquina con Patriotismo, Beto se bajó del auto y caminó


52 en dirección hacia un puesto de lámina blanco rodeado de mucha gente que los iluminaba una luz amarilla intensa que salía de la especie de casita puesta sobre la banqueta y que de entre la luz se dejaban ver nubes esporádicas de vapor denso. -Ay, qué rico huelen esos taquitos, hijita. ¿No quieres que te traiga uno tu papá, Yadzi? -No, fuchi, yo no como suadero ni subo al metro. -Ah, jijos, y tú, ¿de dónde sacaste esa manera de hablar? Ni siquiera conoces ninguna de las dos cosas. -Ffm! -Ah, sí, de tu telenovela, ¿verdad? -Ay, ya, mamá. ¡No quiero y no quiero! -Pus como quieras. ¡Beto! ¡Beto! Tráeme uno campechano. -¡No que no! Beto se había comido sus tacos parado, junto al puesto, como todos los demás clientes. Le trajo el suyo a Marijó y encendió el auto. Se echó de reversa hacia la izquierda y Marijó le dijo que doblara para el otro lado. -Mira, si ya venimos hasta acá por tus tacos, ahora vamos al Kalimán por unos de pastor, ya sabes que me encantan y a tu hija también. -¡Vamos al Kalimochas! Total, todavía me queda lugar para otros cinco taquitos. Entraron a Patriotismo, cruzaron Benjamín Franklin y doblaron a la derecha por Tamaulipas, en Campeche doblaron a la izquierda y se estacionaron en la esquina con Mexicali. Bajaron del auto y se sentaron en una de las mesas amarillo naranja dentro del restaurante. Se veían a gusto, Beto


53 tomaba una cerveza oscura, Marijó tenía un vaso de jamaica y Yadzi un vaso de horchata. Frente al Valiant acapulco, a un metro, estaba un señor treintón, gordito y deforme, cortando carne pintada de rojo ladrillo que ponía sobre la tortilla y luego con una maniobra medio torcida de su columna cortaba un pedazo de piña que estaba arriba del trompo y el pedazo volaba hasta caer en el taco. El señor sudaba, se le veía cansado, triste, se limpiaba el sudor con su antebrazo y llamaba de mala gana al mesero para que fuera por los tacos servidos en platos de plástico que podían ser rojos, verdes o azules. El taquero le sirvió sus tacos a Beto en un plato quemado de una de sus orillas, achichorranado y negruzco. Comieron a gusto, se les notaba contentos. Beto, Marijó y Yadzi regresaron al auto donde habían dejado a Izta dormida en la cobija y se acomodaron con lentitud, como si les doliera doblar el abdomen. -Entonces, ¿quién era Kalimán, papi? -Pues un señor como el Santo, todavía me acuerdo de la peli “Kalimán, el hombre increíble”. Es un cuento, mija. Y el seňor sabía todas las artes marciales, sabía de todo. -¡Todos los karates, papi! -Todos. El que domina la mente, lo domina todo, hijita. -¡Óoorale! -Bueno, ya, vámonos, que nos están viendo feo los taqueros –dijo Marijó. -Mtz ooooooh. -Mira, papi, el seňor se besó la playera. -Ah, es una playera del Cruz Azul, mija, y el seňor es otro albañil con


54 ganas de triunfar, pero qué se le puede hacer. Nomás ven mis calcomanías y se ponen como locos. Echó en reversa el auto y manejó directo a Las Águilas.

Beto salió con un bote amarillo y un vaso con lo que parecía ser Bacardí, agua mineral y Coca, puso las dos cosas en la mesa junto a la parrilla. Del bote sacaba una rebanada de carne color anaranjado y lo ensartaba a la mitad en la aguja gruesa de metal gris y brillante que estaba en la pastorera. Así lo hizo muchas veces hasta que logró hacer un trompo de tamaño mediano. Le dio un trago a su vaso. Luego se agachó atrás de la pastorera y abrió la llave del tanque. Prendió un encendedor, lo acercó a la rejilla atrás del trompo y salió fuego, luego sacó un Montana y lo prendió en la rejilla manchándose el cachete del anaranjado de la carne. Le bajó a la flama y dejó que la carne se empezara a cocinar. Fue a la cocina y con ayuda de Felipe, que llevaba su vaso también, sacaron una bolsa con tortillas, varios botes transparentes, uno que dejaba ver un cerrito blanco de cebolla picada y otro verde de cilantro, otro bote con salsa roja y otro con sala verde, otro con limones, otro con bisteces, una bolsa con queso oaxaca, una bolsa con longaniza, una piña pelada, una caja con varios cuchillos, la hielera donde pusieron refrescos de todos los sabores y encima abrieron una bolsa dejando caer tres kilos de hielo en cubo, también sacaron un paquete de servilletas y una botella de aceite de un litro 1-2-3. Beto hacía girar la carne al pastor, le prendía un Montana a Felipe, se prendía otro para él y chocaban los vasos con sus tragos. Platicaban, se reían, se quedaban callados, pensativos, miraban la carne, miraban a la gente que pasaba sorprendida al verlos en la cochera. Luego salieron Marijó e Izta, se


55 sentaron en una mesa. Izta abrió la hielera y sacó una Arci cola y una Sangría. Le pasó la Sangría a su mamá y ella se llevó la Arci a la boca con las dos manos sin separar la botella de la mesa. Su mamá se levantó en seguida, entró a la cocina y salió con un vaso de plástico pequeño, le quitó la botella a Izta y le sirvió un poco. Luego llegaron la señora Escobedo y Valentina tomadas de la mano, miraron con curiosidad la taquería. Valentina tenía el pelo lleno de rizos, le brincaban dos colitas y llevaba puesto un vestido rosa con encajes, parecido al vestido de las muñecas que están a punto de bailar un vals en el último piso de los pasteles tres leches que se ven en los aparadores de las panaderías. Se separó de su madre y corrió a sentarse junto a Izta, a la que le robó el vaso de Arci y le dio un sorbo. La señora Escobedo saludó a todos de beso y abrazo, luego se sentó en la mesa con Marijó. Ya estaba listo el pastor y Beto sirvió sus tacos a todos para que probaran, hizo también de bistec con longaniza y de bistec con queso y unos de queso para las niñas. Comían y brindaban, festejaban al cocinero cuando llegaron los primeros clientes y luego los segundos y así muchos más durante la noche. Beto hacía los tacos, Marijó se los daba a la gente, servía las salsas, pasaba los limones y las servilletas. Felipe abría los refrescos sin soltar su vaso con Bacardí y con Coca. Habían varias cajetillas de Monatana rojos y Marlboro blancos en la mesa junto a la parrilla de donde todos tomaban y de donde les ofrecían a los clientes después de que comieran. Casi todos los clientes decían con una sonrisa, después de un buen taco, un buen tabaco. Y Beto o Felipe decían, salud, compa. Izta y Vale salían y entraban por la puerta de la cocina, corrían al gran auto marrón, estacionado junto a la cochera, y se subían en él, se sentaban en


56 el techo dejando colgar sus piernas por el parabrisas y jugaban a palmearse las manos mientras cantaban varias canciones cada vez más rápido. En una de las carreras de las niñas, Beto las detuvo y le dijo de buen humor a Izta que le compraría un perrote que se llamaría Duque porque sería un perro muy noble e Izta gritó, saltó y lo abrazó de gusto. Mi perro se llama Kaiser, es un Poodle y lo odio, dijo Valentina. Todos se rieron y las niñas prosiguieron con sus corretizas. El trompo desaparecía conforme la luna cambiaba de lugar, algunas flores moradas eran columpiadas por la brisa que lograba separarlas de sus ramas y caían sobre el auto. Las hijas estaban dentro de la casa de donde salían los relámpagos blanquiazules. Marijó y la señora Escobedo también tenían servidos sus vasos y platicaban algo cansadas. Beto echó en la parrilla lo último del trompo, algunas tiritas de carne, apagó la pastorera e hizo los últimos tacos que puso sobre un plato de plástico de color verde y en el que quedaron algunas sobras después de que entraran todos a la casa. Apagaron la luz en la cochera y cerraron la reja. A veces salían Beto o Felipe con un cigarro en la mano, tambaleándose lentamente, a buscar algo qué picar. Desde la casa se escucharon risas, música, gritos. Al final se escuchó la voz de Beto que gritó, arriba el PRI, chingaos. La familia Escobedo durmió en la casa. Cuando apagaron las luces, dos perros callejeros trataban de jalar algún pedazo de comida tirado en el piso, abajo de la mesa de plástico, con la pata que metían entre los fierros de la reja. Luego hubo un completo silencio y una completa tranquilidad en la calle.


57 Muertos en el agua

Beto manejaba el Valiant Acapulco por la carretera. Felipe miraba por la ventanilla, se veía pasar el campo Mexiquense. -Beto, mira, La huaracha, vamos a chingarnos la botella ahí. -No, ahí no hay dónde sentarse, no, no, mala idea, ahorita paramos en Tequis y hacemos eso de ver un laguito y así estamos ya a un paso de Celaya. Beto siguió derecho en dirección hacia donde marcaban todos los letreros: Santiago de Querétaro. Después de cuarenta minutos se salieron de la autopista para tomar la vía a Tequisquiapan. Se estacionaron junto a una tienda de abarrotes y compraron vasos, hielo, refrescos y botana. -Mejor no vamos hasta Tequis. Mira, nos estacionamos allá, en la orilla del lago y prendemos el radio. Qué hueva ir hasta la ciudad, luego buscar un lugar para sentarnos y ya no nos queda tanto tiempo. -Sí, Beto, pos ta bueno, ahí se ve muy agradable. Por qué no, el viento sopla suave y no hace tanto calor. Hicieron lo que dijeron que harían. El lago era largo, no se veía el final, y la tierra del campo estaba árida, era un páramo, con algunos árboles bajitos. El ancho del lago era corto y se podía distinguir del otro lado una camioneta roja brillante y a dos hombres que parecían de mediana edad que se movían cerca de la orilla, uno de ellos tenía lentes oscuros, se veían ondulantes, como flamas pesadas, las siluetas se les desbordaba y se les integraba a su forma natural por el aire tan caliente, regresaron a la camioneta y del cajón sacaron un cuerpo que tiraron al lago, hicieron lo mismo con otros dos cuerpos y luego se subieron a la camioneta. Los cuerpos desaparecieron de la superficie y Beto


58 le pegó en la espalda a Felipe. -Súbete. ¡Vámonos de aquí en chinga! Como el muerto que ve al diablo. Felipe subió de inmediato, alcanzó a decir que debían decirle a la policía o hablar a un programa de radio y denunciarlos mientras cerraba la puerta. -No, qué, estaríamos locos o pendejos para hacer eso. Vieron mi Valiant y nos encontrarían en chinga. No, a la chingada, no vimos nada de nada. Olvídalo. Hay que llevarle el garrafón a Marijó, a eso salimos de Celaya y sólo eso haremos. Ni terminó de hablar cuando ya estaban a la mitad del camino a la autopista. Pasaron Santiago de Querétaro y llegaron a Celaya. Beto estacionó el auto junto al camellón y le dio un golpecito al auto de Felipe. -Ni creas que no vi cómo le pegaste a mi Valiant, pendejo. Se rió con mucha fuerza. Felipe sonrió apenas, miraba la nada, el resto del camino no habían hablado. Beto se bajó, sacó el garrafón y lo llevó a la cocina por la puerta de la cochera. Felipe se llevó las manos a la cara y se las pasó por los cachetes restregándoselas con fuerza hasta llegar al cuello. Dejó las manos a la altura del pecho, constreñidas en sí mismas, mientras miraba por el parabrisas con los párpados un poco caídos y con la mirada ajena a su alrededor. Luego sacudió la cabeza, se dio unas cachetadas para despertar y se bajó del auto cuando en eso salió Beto de la cocina disparado hacia la calle. Llevaba una botella de litro y medio llena de un líquido café verdoso. -Felipe, ¿traes tus llaves del Malibú? Súbete, llévame al hospital, rápido. Marijó se puso mala y vino una ambulancia por ella. Se subieron al auto y desaparecieron en unos cuantos segundos al doblar en una esquina.


59 El color azul del cielo se iba difuminando entre nubes lanosas, anaranjadas. Beto dejó la puerta de la cocina y la reja abiertas. Duque y Dolly salieron a la calle, corrieron un poco, olieron los árboles y trotaron hasta perderse de vista a la distancia. Cayeron algunas flores moradas sobre la cajuela del gran auto marrón. En la noche regresaron Duque y Dolly y se acostaron en la cochera, junto al Shadow. En la madrugada se vio venir el Malibú que se estacionó atrás del auto de Marijó tapando el paso en la banqueta y asustando a los perros que ladraron histéricos. Yadzi e Izta bajaron con caras cansadas, tristes, y cada una abrazó a uno de los perros. También bajaron del auto la seňora Escobedo y Felipe, cada uno acarició la cabeza de una de las niňas. Cerraron la reja y todos entraron a la casa. A las ocho de la mañana salió Felipe de la casa, le seguían los perros que le saltaban, se alejaban, daban vueltas, y de nuevo le saltaban. Duque le pegó con las patas delanteras en su vientre, abajito de la hebilla enorme, se vio obligado a inclinarse hacia delante, trataba de respirar pero no podía y Dolly le saltaba a la cabeza mientras que Felipe agitaba atolondrado la mano para tratar de quitárselos de encima. Se recuperó y les gritó que se calmaran, incluso le dio a Duque una nalgada fuerte, los contuvo, ambos se hicieron chiquitos y se fueron a sentar sobre el pasto del pequeño jardín. Felipe le gritó a las niñas que agarraran a los perros. Las dos salieron rápido y les pusieron las correas. Vieron serias, asustadas, cómo Felipe se subía al auto y se marchaba. Luego salieron al camellón para que hicieran pipí los perros. No hablaron.


60 Felipe emergió del mar desesperado por respirar y llevaba bajo el brazo a Beto, lo sacó con ayuda de un señor y un muchacho que habían ido a ayudarle. Lo colocaron en la arena de la orilla y el señor le presionó el pecho tres veces, se detenía y lo volvía a hacer hasta que a la cuarta Beto despertó de un sobresalto y escupió mucha agua. Lo alzaron y le dieron palmadas en la espalda. Beto le pasó el brazo por la espalda a Felipe y trató de levantarse. Su amigo le ayudó, también el que lo había hecho respirar, el joven se fue, y lo llevaron hasta una de las sillas junto al auto. Estaba con los ojos entrecerrados, medio arrastraba los pies y su piel estaba azulosa, aunque empezaba a recuperar el color, todas lo abrazaron y luego las mamás le agradecieron muchísimo al señor que le ayudó a Beto a escupir el agua. El héroe se despidió y se fue hacia el grupo de personas con las que había ido a pasar la tarde en la playa. Yadzi dejó de llorar y miraba a su padre. A Izta y a Vale se les había ido el impacto y miraban tranquilas la escena. Doña Tinaco masajeaba sentada en la silla a Felipe que estaba casi acostado en la arena y recargado en las piernas de su mujer. Marijó acariciaba el pelo de Beto y le daba besos en la cara, en la nuca y en la mano. Él gemía, comenzaba a alzar la cabeza y se le notó una ligera sonrisa cuando se detuvo a mirar el mar. Se quedaron así mucho rato, en silencio, contemplaron la playa, los cerros, las olas, el sol y los unos a los otros mientras que del radio sonaba una música entre reggae y cumbia. El locutor había dicho que esa era la hora en que se daba espacio a las jóvenes inovaciones y Vale le dijo a Izta que qué chistosa era la radio en provincia. Un grupo de gaviotas voló por encima del mar, cerca de la orilla, contra el viento, parecían detenidas por hilos y que iban tomadas de las alas, el sol las


61 sombreaba logrando una figura oscura en el cielo. Felipe las miraba con detenimiento, se rascó la barbilla y entrecerraba los ojos. -¡Miren, Villa en su caballo! Es una aparición, una seňal. Esto quiere decir que las cosas van a cambiar porque así como las apariciones de la virgensita en las montaňas de Chihuahua o en Sonora, y es que, pus, ¿a poco no? -¡A huevo que sí, Felipe! Ora sí, que aquí no ha pasado nimais palomas. A chupar que el agua de mar está más salada que el bacaleo seco. Beto escupió y todos se rieron. Se sirvieron, las mamás platicaron de nuevo, las chicas también, los papás brindaron y miraron el horizonte. En eso se acercaron dos hombres, tenían puesto unas bermudas floreadas, lentes oscuros y chanclas. Saludaron con las palabras arrastradas, se tambaleaban un poco y uno de ellos no dejaba de sonreír, el otro casi no sonreía y hablaba con acento extranjero, como si fuera estadunidense. Felipe les invitó un vaso de Bacardí con Coca y ellos lo aceptaron de inmediato sin agradecer el gesto. Beto los veía y hablaba poco. Doña Tinaco les preguntó sus nombres, el sonriente dijo que se llamaba Juan Carlos y el otro Mike. Se sentaron en la arena, Felipe les habló de Pancho Villa y de lo que pensaba de los masones, que los admiraba, pero que en el fondo se creían mucho y que en realidad eran medio pendejos y ojetes. No se crea, le respondió Juan Carlos, yo he sabido que son personas muy cultas, honorables y honestas. Mientras hablaban entre ellos, las mamás reiniciaron la charla, Mike no dejaba de ver a las chicas que estaban en su plática y que no prestaban ninguna atención de lo que decían los hombres. Mike tomó un Montana sin pedirlo y arrojó la cajetilla a la arena, dijo que qué bueno que Villa no recuperó las tierras robadas y que ojalá y México


62 se dolarice y se una a la súper potencia. -Pues todos se pueden ir a la chingada. El PRI es el único que nos puede sacar a todos del atolladero y tú, pinche pocho pendejo, deja de decir pendejadas y de ver a mis hijas. Además eres más indio que yo, pinche pocho vendido pendejo hijo de la chinga... Mike se paró y le dio una cachetada. Beto se descontroló, pareció pensar en lo que haría, pero no tardó mucho cuando miró a Mike y lo empujó. Luego los dos se agarraron y cayeron en la arena, Beto le dio dos puñetazos, uno en la cara y el otro en el hombro. Felipe y Juan Carlos les gritaron que se dejaran de pendejadas y los miraron pelear. Se dieron una vuelta juntos en la arena, le pegaron a doña Tinaco que les dio un manotazo, luego rompieron la hielera que era de unicel y Beto agarró una de las botellas de Bacardí, la alzó para pegarle con ella al otro, pero Felipe y Juan Carlos lo detuvieron. Mike se separó y se tapaba un ojo con la mano. Los dos extraños caminaron para irse, todavía Beto les aventó una botella y Mike le mentó la madre con el brazo. A Beto se le veía furioso y corrió hacia ellos. Derribó a Mike y pelearon de nuevo entre las olas que aplanaban la playa. Felipe llegó rápido junto a ellos y con ayuda de Juan Carlos los separaron de nuevo. Mike corrió varios metros, lo alcanzó su amigo y los dos se fueron caminando hasta perderse de vista a lo lejos en la curva de la bahía. Vale le dijo a Izta que no lo podía creer, estaban pálidas y las mamás se levantaron de las sillas a levantar las cosas y guardarlas en la cajuela. Una de las botellas se rompió y había algunas gotas de sangre en la arena. Marijó tomó su muleta y caminó a toda velocidad hacia su marido que estaba con Felipe de frente al mar, cuando llegó junto a ellos inspeccionó con dificultades


63 el cuerpo inclinado y agitado de Beto que movía los brazos en el aire, todavía enojado, pero se calmó cuando su mujer Marijó lo abrazó con fuerza. Felipe se regresó al auto, junto a las demás, y prendió un Montana. Luego regresaron Beto y Marijó. Él prendió otro Montana y todos se subieron al Valiant. -Espérense, miren, ya se va a meter el sol. Fue Izta la que habló, los demás dejaron las puertas abiertas y miraron el atardecer en silencio, cansados y tranquilos, los cuerpos se les pegosteaba a los asientos.

Llegó Sergio en el Malibú, lo estacionó junto al gran auto marrón al que le dió un golpecito a la defensa. Se bajaron del auto con Marijó que caminaba con lentitud, pareció que había enflacado, se le veía chupada de la cara. Entraron a la casa. Al poco rato salieron Felipe y la señora Escobedo, se subieron a su auto y se fueron. Beto salió a despedirlos mientras prendía un Montana. Miró hacia el Valiant, luego hacia las copas de los árboles. Se acercó a su querido y hermoso Valiant, lo miró por adelante y atrás, cuando pasó junto al parabrisas le dijo a las calcomanías del América, éste año sí que se nos hace, culeros. Luego abrió la cajuela, tiró la colilla al camellón, sacó todas sus cosas, los pantalones, las camisas, la bolsa que alguna vez decía Gillette, la cubeta, la almohada y la sábana que estaban en el asiento trasero. Cerró la cajuela con fuerza y caminó hacia su casa. Se hizo de noche y hubo un profundo silencio. A los dos días siguientes, en la tarde noche, salieron Marijó y Beto abrazados, caminaron al Valiant y se subieron. Beto quiso prender el radio. -No, ni se te ocurra, chaparrito. Ahorita sólo tú y yo, nada de fut ni beis ni el fut de los orangutanes. ¡Apágale!


64 -Uy, panquecito, tampoco te enojes, ya, apagado. Cero deportes, ¿verdad que te quiero mucho? -Bueno, listo, vámonos al cine. Beto metió la llave en la rendija, le dio vuelta y se escuchó un chirrido agudo, fuerte. Regresó la llave de inmediato, miró asustado a Marijó y con perplejidad abría los ojos dejando ver las venitas rojas que parecían arrastrarse para dominar toda la curva blanca hasta llegar a las pupilas. Regresó la mirada a la llave, luego se detuvo en el tablero, enseguida volteó hacia a su mujer otra vez que lo veía con dulzura, lo acariaba con una mirada materna y comprensiva. Beto tragó saliva y giró la llave. Sonó todavía más feo, sacó la llave, se veía descompuesto, triste, mientras pasaba la palma de la mano por el tablero. Marijó le acarició el pelo corto y grisáceo. Él respiró largo y con lentitud, le regresó la caricia a ella en la mejilla que había recuperado su color y volumen normal. -Luego veo qué le pasa, ahorita nos vamos al cine, ¿verdad, pollita? Nos vamos en tu coche. -No, mejor caminando, está aquí cerca, ay, no pongas cara de qué hueva, vamos, pus qué. Está a tres cuadras. ¡Beto! Además hay que acostumbrarnos a los paseos y a este tipo de cosas porque ya nos vamos a quedar solitos y tendremos todo el tiempo del mundo para nosotros. -¿Cómo que solos? -O, bueno, contigo, no puede ser. Pus, que la Yadzi se nos casa, hay que casarla, al rato se le va a notar la panza y pa qué darle motivo de plática a los vecinos. -Y qué, ¿Izta también encargó?


65 -No, Beto, ella se va en verano al Deefe, a la uni. -Ah, sí cierto. Yadzi salió más a mí e Izta más a ti... Sí, una más pendeja y la otra bien listota como tú, verdad, mi reina de mis castillos de oro. -Ajá, sí, y ya vámonos, Beto. Que no quiero verla empezada. Abrieron las portezuelas, salieron, se abrazaron y caminaron varios metros por la calle cuando al Valiant se le cayó la parte derecha de la defensa delantera. Los enamorados voltearon rápido a ver, miraron sorprendidos el pedazo caído, luego sonrieron, le dieron otra vez la espalda al auto y él alzó el brazo despidiéndose mientras seguían su camino. El sol se ocultaba al fondo de la ciudad, estiraba la sombra de la inconfundible figura inclinada que llevaba bajo el brazo a su mujer, y hacía brillar una que otra flor morada que caía bailando por la brisa fresca sobre el cansado Valiant Acapulco de Beto Águila.

Beto Águila  

Novela corta asombrosamente estupenda.

Read more
Read more
Similar to
Popular now
Just for you