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82 aproin

t e le c o m u n ic a c io n e s

u rbanis m o y v iv ie nda

miguel lorenzo font

miguel font rosell

ingeniero de telecomunicaciones_ tel. 669 203 035_ milofo@terra.es

licenciado en derecho_ arquitecto técnico_ api tel. 606 456 632_ barlovento56@yahoo.es

S umas y restas

VIP H ouses … o así

Hace un par de semanas me llegó la noticia de que Google, esa poderosísima empresa que ya conocen, ha conseguido pagar poco más de un 2% de impuestos desviando sus beneficios a paraísos fiscales. Por supuesto, no es la única que lo hace, pero hoy le ha tocado aguantarme. Y también sé que no hace falta salir de España para encontrar injusticias fiscales de uno u otro tipo, porque la ley y la justicia tienen muy poco en común. Google representa aquello que todos veían venir cuando nació la fiebre de las “punto com”. Surgió literalmente de la Nada, como más o menos hacen todas las empresas, pero en su caso de manera más rápida. Y lo hizo impulsada tanto por su buen hacer como por las posibilidades que ofrecen Internet y el mundo globalizado, que permite que obtener un pequeñísimo beneficio por persona, pero que multiplicado por cientos de millones de personas se convierte en una ganancia enorme. Esa “solidaridad inconsciente” de la masa ha hecho multimillonarios a sus creadores. Esa masa hemos sido un poco todos, unos más que otros, pero hemos sido españoles, italianos, ingleses... y, por supuesto, americanos. Personalmente dudo mucho que en las Islas Bermudas hayan hecho grandes méritos para incrementar su beneficio bruto, pero así son los paraísos fiscales: se quedan una pequeña parte de los impuestos que en esencia deberían permanecer donde se generan, y la otra gran parte se pierde para la sociedad en beneficio (neto) de los propietarios, accionistas o lo que corresponda. Lo que más me preocupa es que Google ha ido hacia donde la sociedad parece querer llegar. No comparto que los multimillonarios, aunque se escuden en el bien de los demás accionistas, quieran seguir incrementando sus multimillones a costa del deterioro de la sociedad de la que se alimentan, pero menos aún puedo entender que aquellos que están en el otro lado, aquellos que “luchan” por llegar a fin de mes, digan cosas como “yo también lo haría si estuviera en su lugar”. Lo cierto es que todos estamos en su lugar todos los días en pequeñas cosas, en muchísimas pequeñas cosas, en opiniones que expresamos, en decisiones que tomamos, en posturas que adoptamos, y en acciones y omisiones. Y el Mundo es una suma de pequeñas cosas, como bien sabe Google. Lo que no sabe Google ni nadie es qué acabará pasando con el Mundo cuando esas pequeñas cosas que suman empiecen a restar, sobre todo porque la gente, incluso la más miserable, tiene la estúpida manía de querer sobrevivir.

Antiguamente cuando en los medios aparecía el interior de una vivienda, generalmente se trataba de algo digno de admiración, de una obra de arte. El mundo ha cambiado y en esto de la exhibición de nuestras interioridades, de que manera. Hoy no hay medio que no cuente con un extraordinario dedicado a la exhibición de las interioridades de múltiples viviendas, con explicaciones incluso de lo más variopinto. Tanto periódicos como televisiones nos muestran, sobre todo estas ultimas y en programas dedicados a ello, las cosas más insólitas y las explicaciones más variopintas a espacios gran parte de las veces inclasificables. Realmente la cosa engancha, no solo porque a veces, solo a veces, contemplamos verdaderas obras de arte, pero sobre todo cuando de tremendas horteradas se trata, casi todas conseguidas a base de inyectar cantidades ingentes de fluido monetario a go go. Personajes pintorescos, nuevos ricos de más allá del antiguo telón de acero, nuevos ricos de más acá de otros telones, locas entraditas en años, parejas de decoradores que comparten, arquitectos que no les cabe en el cuerpo el arte que llevan dentro, actores y gente de la caja tonta que creen pertenecer al mundo de la cultura, petardos y petardas que se lo pisan, gente con mejor voluntad que acierto, “mujeres ricas aparte”, chulos, chulas y mediopensionistas, etc., etc., todos nos invitan a entrar en sus casas, nos obsequian con explicaciones harto culturales y finalmente nos despiden con el clásico “bueno, chao, cuando queráis… esta es vuestra casa (¡)”, para acto seguido cerrar la puerta y tras ella pegar un saltito y exclamar ¡que guay! hemos salido en la tele, ya con la respuesta en sus manos a la clásica pregunta. Oiga, esto, ¿cuándo va a salir? Visto lo visto. ¿Cómo es posible que cuando proyectamos un edificio hagamos todas las viviendas iguales, si a los seis meses de ocupadas, todas son radicalmente distintas, generalmente con abundantes toques “personales” en los que la realidad suele superar a la más atrevida imaginación? ¿Deberemos proyectar como los egipcios actuales, que levantan una estructura con un número de pisos igual que el de hijos, para ir ocupándolos tan pronto estos los van necesitando, con distintos tratamientos de fachada, de materiales, huecos, distribuciones a la medida, “decoraciones” al gusto, etc.? Cuando la “pasta” supera la cultura o el buen gusto, el mundo se hace más divertido, al menos desde fuera.

Aproin 67  

Revista de la Asociacion de Promotores Inmobiliarios de Pontevedra

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