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CeSaR RiNa


Primera Edición, septiembre de 2011. Colección: Me pirra, nº 4. Edita: Rumorvisual. Autor: César Rina. Coordinación editorial: Santiago Tobar. Corrector: Manuel Rina. Fotografías: Hernán Pacheco Puig. Fotografía solapa: Martín Revolo. Diseño y maquetación: www.rumorvisual.com Impresión: Gráficas Romero. Depósito legal: CC-000989-2011 I.S.B.N.: 978-84-615-3070-0 Puedes contactar con el autor y editor en www.rumorvisual.com La obra se encuentra protegida por la Ley española de propiedad intelectual y/o cualesquiera otras normas que resulten de aplicación. Queda prohibido cualquier uso de la obra diferente a lo autorizado en las Leyes de propiedad intelectual.


Colecci贸n MePirra


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A Manuel y Alejandra maestros en el arte de la espera


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Prólogo en el que se evita la palabra “indignación” La casualidad y las artes de un maestro y amigo común hicieron que conociera a César Rina con motivo de uno de esos aquelarres en los que unos sesudos profesores juzgan la capacidad del candidato para llevar a cabo una investigación académica rigurosa. El registro civil y los vericuetos de la vida determinaron que yo estuviera en la terna de jueces y que al autor del libro que tienes entre tus manos le tocara exponer las conclusiones de su trabajo. Se hablaba de historia, de la selectiva, estrecha y mezquina política memorial del franquismo en una pequeña ciudad de provincias que aún no se ha recuperado de tanta ceremonia. El candidato certificó su valía como investigador, su pericia y su honestidad intelectual, pero también dio muestras de su compromiso ético y de su hambre por comprender y transformar el mundo en que vivimos. A mi entender, ese rigor académico, ese respeto por el difícil arte de interrogar el pasado, son el envés irrenunciable de los desvelos literarios del autor, en esta ocasión enfrentado al presente, movido por los músculos invisibles de la imaginación y la ficción. En un tiempo y lugar en el que la cultura se ha convertido, como nos revela el propio César Rina, en el sombrío reflejo que los pájaros proyectan desde las alturas, nuestro autor queda a salvo de avestruces y avutardas politicantes, cucos lacazanes, loros asesores, buhos miopes, pavos reales cortesanos y cigüeñas subvencionadas, a la espera de la improbable y definitiva revancha de los artesanos respecto a los artistas. A lo largo y ancho de este libro veremos desfilar a brasas y cenizos (lejanos descendientes de los cronopios y famas cortazarianos), alegorías de la democracia que sustituyen el mayo parisiense de Althusser por blancos pueblos extremeños, venganzas personales que remiten a tensas convivencias en pisos de estudiantes, viñetas históricas empapadas de leyenda (cosmogónicas memorias del fuego en homenaje a Galeano), renovadas loterías en Babilonia, bibliotecas de Babel donde los lectores


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son sustituidos por telespectadores hipnotizados por la caja tonta, amores ridículos protagonizados por un cura pelirrojo e irlandés (por ese orden), poemas épicos de lo humilde y cotidiano, incluso un Gran Khan ecuménico y multicultural a caballo entre las invisibles urbes de Italo Calvino y el apólogo gnómico y moral. Un caleidoscopio de tiempos, objetos, personas y lugares encarnado en versos con tendencia al ritmo impar, prosa de vuelos poéticos, graffitis garabateados en el muro de la página, microrrelatos urgentes, proverbios y dísticos sobre la condición posmoderna, retazos de conversaciones, confesiones y declaraciones de amor, tiras de cómic sin imágenes, profecías hijas de un paradójico laicismo bíblico. Para encerrar tantos mundos y formas en tan pocas páginas, el autor nos propone un itinerario geográfico simultáneo y discontinuo muy propio de tiempos globalizados y mundializadores. Partiendo de Extremadura como útero emocional y vital (un estado de ánimo más que una ubicación física), el lector podrá viajar de Latinoamérica a África, de Europa a Asia, del Bósforo a Mongolia, siglos antes de que Ulan Bator se convirtiera en su capital y de que ésta pasara a ser una píldora de la cultura escolástica, una respuesta perdida entre las curiosidades del Trivial Pursuit (y el título del libro se me antoja un desafío a ese triunfo estéril de los nombres sobre las cosas). Ahora bien, de todos es sabido que no hay un territorio sin un centro y el ombligo del mundo que emerge de estas páginas se presenta casi como un eje del mal de nuestro tiempo, un meridiano ideológico marcado por la ciudad de Nueva York y, por extensión, por el imperio mediático, político y económico del capitalismo norteamericano, occidental y mundial, origen de esa progresiva sinécdoque que llamamos globalización. Pero el tiempo urge y estamos ya pisando un terreno peligroso para quien ha decidido entrar en el juego oulipiano de evitar ciertas palabras. Baste decir, a guisa de conclusión, que si los tiempos de la imaginación al poder parecen difíciles de resucitar, es un consuelo constatar en estas páginas, impaciente lector, que el poder de la imaginación sigue vivo y coleando. El resto está en la olvidada undécima tesis sobre Feuerbach, en los análisis rigurosos de la realidad, en las llamas de la renovación. Enrique Santos Unamuno.


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“Sobre lo revelado” De repente sucede que uno no sabe si lo que acontece es puro azar, hoy, aquí-, desde estas letras que son una terraza sobre la historia, -Bósforo enfrente, Aya Sofía a la derecha y Topkapi, detrás-, por los extraños giros condicionados que escriben el presente con las mismas letras que se gastan en la palabra caos, la vida se torna un torno, no de cristal ante la muerte, que devuelve el impulso de partida por un lado distinto, pero en un mismo eje fijo, así aquí, hoy, Baltha Oghe, el de César, no es sólo la ficción de un hecho cierto, no es sólo un sueño Calderoniano que en Descartes fuera pura razón o pensamiento. La sucesión de sucesos comienza con un primer encuentro casual con César Rina en un programa de radio al que fui a hablar de un viaje a Islandia, (otra vez como hoy: Oh Fortuna, velut luna, ut crescis et decrescis…!) y en el que César cosía literatura y música con denuedo, - quizás debería decir talento-. Creo que fue entonces cuando empecé a usar la palabra afinidad o coincidencia para describir ciertos lugares comunes, después vino la comunicación (en su raíz latina communicare significaba poner en común), entonces aquí, hoy, así, girado ya el giro una vez más, cual derviche en y desde Estambul, vengo ahora a recordar cómo ante la sugerencia de participación en este proyecto comencé a deshacer muchas vueltas en la madeja en que ha venido a convertirse mi vida, convine en traducir en imágenes, en mis propias imágenes, lo que ya tan bien declaran y atinan los textos que preceden y que tú sin duda, lector, lectora, así sabrás verlo. Quizás fue la fuerza de las imágenes que los textos decantan, no sé si también el arrojo de los propósitos de César, del que ahora he de decir que, después de todo, por lo visto, no era ningún desconocido, pues tanto se mezclan los giros de familiares y amigos en este ovillo en que la vida urde y trama. Vuelvo hora al caos como cuando decidí que ilustraría con fotografías Polaroid lo que estos textos expresan, por parecerme el modo más idóneo


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de describir consumo, prontitud, inmediatez, quizás pérdida, fijación del tiempo y hacerlo, también quizás, con un verbo que sin duda conjuga debidamente con todo aquello en que, como sociedad, nos estamos convirtiendo. Así lo he extraído de los textos con tanto provecho para mí. Sin embargo sucede una vez más que la intención apenas sí araña a la realidad y que ésta, nuevamente, impone sus propias reglas. Donde mi ánimo pretendía el uso de la Polaroid como vehículo cercano, el propio proceso técnico lo hacía prácticamente imposible, hube de abandonar la idea por otro formato pero manteniendo su mancha cuadrada, por estática y por cuadrilátero. Lo que se ve no es siempre lo que se dice. Sabido es cuánto se corrompe una idea por las propias limitaciones del lenguaje sea éste el que sea, no perdamos más tiempo. Con todo y con esto, la idea, el ánimus motivador, ha sido otro, pues he pretendido trasladar cómo veo lo que entreveo en los textos, cómo afianzarlo asintiendo, pues es ese el sentimiento, cómo reforzar lo que la mente evoca en la lectura o lo que el propio César provoca con su propio ánimus. Por supuesto no voy a hablar de lo que vuestros ojos van a ver, aún menos de lo que leerán, sólo puedo decir el regocijo que me ha causado pretender, por necesario y cierto, ser afín a lo que César afina, y que, en cierto modo, (quizás más valdría, en modo cierto), trata de la serena invitación a pensar, a ver más allá, no puedo decir más de este libro, pues ante la verdad uno mira y simplemente calla. La reflexión ahora es vuestra, pues ciertamente creo que se trata honestamente de eso, “realidad” o sueño, la vida es todo aquello que queda tras nosotros al mirarnos en un espejo. Hernán Pacheco Puig. Estambul, agosto de 2011


Dios quiso crear el vuelo, y por eso le dio alas a los pájaros del cielo. También creó el firmamento, repartiendo por el mundo la semilla de los vientos. Y es por eso que la gente lucha contra las cadenas con espíritu valiente. Pues libre nació la gente…

Sevillana clásica, Manuel Pareja Obregón.


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Brasas y cenizos La humanidad se divide en dos grandes especies: las brasas y los cenizos. Las primeras son las supervivientes del gran incendio que arrasó la alegría. Pese a la destrucción generalizada, aún brillan con luz propia durante la noche. Esperanzadas, compiten con las estrellas y sueñan candentes la reconstrucción del orden justo. Como armas, la luz, el calor y el sentido del humor. Los otros, los cenizos, decidieron salvarse, apagándose para hacer de los colores una escala de grises. Los cenizos son los hijos de la catástrofe, del conformismo. Rendidos a un mundo opaco, cegados para el regocijo de unos pocos. Las brasas son extremadamente contagiosas. Los cenizos las remueven, y cuanto más soplan, más las avivan.

La poesía no hace mejores personas.


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Cosas que dicen Ildefonso González nació hace años. Tantos, que ni sus nietos logran imaginar una vida sin ordenador o televisión. Cuenta que luchó heroicamente en la Guerra civil y el resto del tiempo trabajó sin descanso en la huerta. Encontró a su esposa, Gracia Rosales, en uno de esos bailes populares que servían al amor. Y desde entonces no han dormido separados. Ella, vieja, precisa de una silla de ruedas para desplazarse. Él, roto y jorobado, aún saca fuerzas para empujarla. Pasan las tardes de la mano, a la sombra del parque. Hoy lleva bajo el brazo el The New Yorker, préstamo de su hija. Dicen los pensadores de la revista que el amor es efímero por naturaleza, que no existe, que no nos dejemos llevar por los sentimientos o, simplemente, que la biología nos invita a cambiar de pareja. Ildefonso, siempre de la mano, está salvado. No comprende el inglés, ni siquiera sabe leer.

Los medicamentos contra la fiebre pueden producir fiebre como efecto secundario.


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Ejemplo de un cenizo En un pueblo del norte, último reducto de las brasas, se respetan las tradiciones frente a la homogeneización que impone la capital. Como no hay bancos ni seguros de vida, las brasas han desarrollado unas pautas sociales de protección a los más débiles. La injusticia engendra inseguridad, por eso todos tienen asegurados el sustento y las puertas no precisan de llaves ni de cámaras de vigilancia. La tradición manda que las brasas, ante una muerte, se vuelcan con los familiares de la víctima y entregan en el sepelio un sobre a los hijos del fallecido para correr con los gastos del entierro y asegurar la subsistencia. En la despedida del Sr. Antonio, las brasas acudieron fieles. Era verano y el pueblo había crecido con algunos cenizos venidos de la ciudad. Uno de ellos se acercó al sepelio y comprobó estupefacto cómo la viuda recibía sobres con fajos de billetes. El ambicioso cenizo intuyó que la muerte podría ser un buen negocio. Ávido de dinero, envenenó a su padre, a su madre, a su tío y a su sobrino. Con cara de pena, se plantó en los velatorios, con la mano bien abierta. Sus bolsillos se llenaron, pero su sed de oro era insaciable. Continuó asesinando a los parientes lejanos y el pueblo de las brasas se fue plagando de lápidas y fantasmas.


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Tanto amaba el dinero que decidió suicidarse para sacar tajada de su propio entierro. Al sepelio sólo acudió un anciano. Lentamente se acercó al ataúd y ofreció al cadáver un billete. El cenizo aún sacó fuerzas para estirar el brazo.


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Los orígenes del naranja Existía un pueblo a tanta altitud, que ni siquiera el Obispado encontraba sacerdotes dispuestos a subir a diario por sus laderas escarpadas. Durante años, la iglesia había sido gestionada por los jubilados. La Asociación de Amas de Casa se encargaba de lucir el mármol y sustituir puntualmente las flores marchitas. El Alcalde repartía las Hostias no consagradas, sin validez teológica, pero con toda la buena voluntad de un rebaño sin pastor. Una tarde de verano vieron aparecer entre las rocas un alzacuello a lomos de una burra, y salieron a recibirlo con palmas y ramos. Por fin contaría aquel nido de águilas con la protección divina. Se trataba de un cura irlandés, pelirrojo y joven. Apenas articulaba palabras en castellano, las suficientes para santificar las fiestas. La feligresía aumentó paulatinamente y el Obispo, sorprendido por la popularidad de su enviado, le mandaba puntuales cartas de agradecimiento en nombre del Espíritu Santo. No había pasado un año cuando una extraña epidemia se apoderó de los recién nacidos. Las comadronas comprobaban estupefactas que los niños venían al mundo con un pan bajo el brazo y la melena anaranjada. Al principio, fueron ocultados, perseguidos por extraños e incluso afeitados a diario para que ningún marido


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reconociera en su hijo la mano providencial del cura irlandés. Tanto se extendieron los pelirrojos que fue imposible ocultarlos y las noticias llegaron a la parroquia. En una homilía histórica, el sacerdote justificó los extraños nacimientos como un milagro de Dios, que había teñido el pelo de los recién nacidos en homenaje a sus prédicas. “Habéis sufrido tantos años sin fe…”, era natural que las embarazadas, en la iglesia, concibieran el milagro. Los niños y niñas pelirrojos recibieron nombres bíblicos: Moisés, José, Jesús, Sara, María o Magdalena. El transcurso de los años no hizo más que afirmar la dinámica: Todos los recién nacidos eran pelirrojos y pocos dudaban a estas alturas de la providencia del cura. El sacerdote, abrumado, dedicaba sus homilías al amor, ante una feligresía de mujeres entregadas, que se disputaban horas antes de la misa del domingo los primeros bancos de la iglesia, para recibir más cercana la bendición divina y la mirada cómplice. Las mujeres sustituyeron las flores silvestres por claveles y geranios naranjas. También, los manteles y las túnicas de los monaguillos, en honor de aquel tigre de Bengala vestido con sotana que todas las noches regalaba extraños genes a la tradición de la tierra.


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índice Prólogo

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Sobre lo revelado

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Brasas y cenizos Cosas que dicen Ejemplo de un cenizo Los orígenes del naranja Fátima y las mil y una noches Filosofía de supermercado Lecciones de Antropología De dónde vengo Pueblo, duerme La desinformación El azar El fin del mundo El nuevo lenguaje Comprender los relojes El almanaque de Chelo Mensaje en una botella Fiebre. Instrucciones de uso Literatura francesa Pájaros Descubrimiento arqueológico Vaya timo La interminable lucha entre la cebolla... La batalla de las batallas Balta Oghe y el Sultán La universidad Se vende planeta Manual de marketing

17 18 19 22 25 26 28 29 30 32 34 35 37 38 40 42 43 44 45 48 50 51 53 56 58 59 61


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La peste Oh Wonderful! Rataplán El teatro Tratado de paz Los sucesos de Cajamarca Historia del Gran Kahn Patata caliente El pueblo Cooperación para el desarrollo... La consulta del dietista Continuación de San Juan Carta al Director censurada Leyenda del decrecimiento Los límites

62 63 66 68 69 70 72 73 76 78 79 80 82 87 88


editorial • soluciones creativas

Agustín Gallardo Alberto Navalón Alberto Rosell Almudena de La Fuente Alonso Torres Ana Aneiros Andrés Gutiérrez Ángela Velasco Antonio Gómez Aurora López Aurora Rodero Belén Rodríguez Belén Rodríguez T. Candela Urso Carlos González Carlos Montero Carlos Ortiz Cecilia Gaspar César Rina Charo Alonso Conrado Gómez Cristina Mirón Daniel Álvarez Daniel Fernández David Jiménez Diana Calderita Emilia Guijarro Enrique López Eva Peláez Eva Téllez Felipe Zapico Francisco Bermejo Francisco Gómez-Valadés Fco. José Montalbán Germán Narros Goyo Ojalvo

Isabel Barroso Isabel Blanco Jaime Naranjo Jara Macías Javier Llinás Javier Negrete Jesús Fernández Jesús Jiménez Jesús M. García Jesús María Gómez Joaquín Fernández Jorge Galán José A. Secas José Álvarez José Carlos Soriano José Cercas José Luis Galán José Luis Garralón Juan Carlos Zamorano La Mala Luis Manuel Esquinas M.C. Carrero Manuel Cobos Marce Solís Mª Ángeles Bermejo Mª Eugenia Sánchez Mª Isabel Rodríguez María Carvajal María Jesús Claver Mariam Bejarano Mariam Núñez Maricruz Pérez Marisol Núñez Miguel Ángel Latorre Miguel Méndez Miriam Criado

Montaña Granados Nora Lamy Paco Matéos Pedro Vera Pepa Grados Pepe García Pilar Boyero Pilar Martín Purificación Claver Rafael Marchena Raquel Pérez Raquel Granados Raúl Lucero Raúl Rodríguez Roberto Iglesias Rodrigo Tobar Rosa Martín Rosario Sánchez Rubén Esquinas Sandra Azuaga Sara Salgado Sara Villegas Sergio Martínez Seydou Koné Susana Alonso Susi Arjona Teresa Calderón Toya Pelayo Txan Robledo Vicente Rodríguez Débora Merideño Víctor Manuel Jiménez Víctor Santiago Tabares Victoria Moreno Virginia Rubio Xeles Tortosa

Y a ti, querido lector, por tenerlo entre tus manos.

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Capital de Mongolia: Ulán Bator