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Crónicas Rumanas Capítulo I - La boda Todo empezó, medio en coña medio en serio, durante el otoño del año pasado. Yo ya sabía que Adina y Andrei se casaban porque se prometieron en Oporto y recuerdo que, al día siguiente, la futura señora de Voineagu estaba muy nerviosa y más parlanchina que de costumbre. Hacía pocos días que acababa de empezar a trabajar en HP. Por aquel entonces aún estaba convencido de que había encontrado el curro de mi vida. Entonces recibí el e-mail de Andrei. Llevábamos más de un año sin contactar el uno con el otro y no sé que me hizo más ilusión, si volver a saber de él o que me anunciara formalmente que se casaba con Adina en mayo y que deseaba que Elsa y yo fuésemos sus “caballeros de honor” en la ceremonia. Así que arrastrado por la euforia del momento le dije que sí… Medio año más tarde aterrizábamos en Bucarest, con 40 grados a la sombra y 40 kilos de ropa de invierno sueco en la maleta. Tras abrazarle, reparé que Andrei no había cambiado nada en dos años. Después fuimos hacia el coche donde nos esperaba un ser humano de 2x2 metros. Se trataba de su primo Julian, nuestro guardaespaldas. Adina nos estaba esperando en el piso del tío de Andrei, que habría de ser nuestra residencia-fortaleza-jaula durante el tiempo que permanecimos en la capital de Rumanía. Ella sí estaba más cambiada: más madura, más estresada, más mujer… Nos recibió muy contenta y enseguida fue el grano (muy de Adina), nos mostró la casa, nos había preparado la cena y nos comentó el plan para el día siguiente. Cuando conseguimos que se sentara un rato de nuevo, les ofrecimos nuestros regalos de bodas: un mantón de Manila para ella; un Corán revisado y autentificado en la Mezquita de la M-30 de Madrid para él. Se quedaron encantados. Antes de irse nos hicieron que les juráramos que cerraríamos la puerta con los cuatro cerrojos de que ésta disponía y que, bajo ningún concepto, saldríamos de casa desacompañados. Entonces me acordé de que Elsa llevaba toda la semana advirtiéndome acerca de los peligros de Bucarest… La miré a los ojos: eran todo reproches: “Como nos pase algo te vas a acordar de la boda toda tu vida”; no sé si la retáhila que solté entonces fue para tranquilizarla a ella o para tratar de que mis gónadas se reubicasen y me dejaran respirar. Tras una obligatoria ducha fría y una frugal cena nos metimos en la cama. A pesar de que mi cerebro se afanaba en encontrar señales de alarma, la noche era tranquila y no tardamos en quedarnos profundamente dormidos: estábamos litaralmente molidos.


Al día siguiente, puntuales como las facturas de Telefónica, Adina y Andrei se presentaron para recogernos y llevarnos a desayunar. Una vez en el bar, nos redactaron la lista de los 1.000 y un productos prohibidos para nuestro estómago pasteurizado y homogeneizado. Después, paseíto por el centro y visita al museo de las casitas típicas de Rumanía. Rápidamente nos dimos cuenta de que en Bucarest el vulgo se mueve de taxi en taxi cual Tarzán o Spiderman entre liana y liana. La carrera más cara solía costarte unos 50.000 lei, ”quizir” euro y medio. La ecuación estaba clara: cogimos más taxis en Bucarest en cuatro días que en Madrid en toda nuestra vida. La otra opción era el transporte público, paraíso del voyeur y del pulpete. Autobuses y metros convertidos en morcillas humanas, hasta la bandera de turgentes escotes rumanos y amigos de lo ajeno. El que quiera fardar en una reunión de amigos diciendo que ha visitado Bucarest lo tiene un pelín chungo, a no ser que la UNESCO decida darle a esta ciudad el título de Patrimonio de la Humanidad en reconocimiento a los millardos de toneladas de hormigón armado con que Ceaucescu recubrió la capital de Rumanía. Si tu amigo te dice que Bucarest le encantó, puedes pensar que te miente como un bellaco o que es un filántropo al que le encanta vivir con ocho mil familias en su mismo bloque de apartamentos. Os imagináis una reunión de la comunidad de vecinos… Llenarían el estadio del Steaua. Sin duda, el peor rato que pasamos en Bucarest fue mientras cambiábamos moneda. Uno saca del bolsillo 200 euros en tan sólo cuatro billetes y ha de ingeniárselas para salir de allí con un pedazo de fajo bajo la atenta mirada de peña que ha de currar durante dos meses para ganar lo que podría conseguir en los próximos dos minutos… Si queréis ser millonarios hacedme caso, pasad de las chorradas que cuenta Bill Gates en su libro y veníos a Rumanía… Yo ya tengo una cosa menos que hacer en la vida. Pues sí, en total casi ocho millones de lei y una semana por delante para gastárlos… Me sentía como el actor negro ese de la peli esa… Y pasó otro día y pasó otra noche y vio Dios que todo era bueno y dijo a través de su vicario en la Tierra: ”yo os declaro marido y mujer”. O algo así debió decir el sacerdote, porque si os digo la verdad, entre que la boda era en rumano, por el rito ortodoxo y a nosotros, como caballeros de honor que éramos, nos habían concedido el honor (valga la redundancia) de sostener dos cirios que eran como dos antorchas…, pues estábamos allí de sujeta velas (nunca mejor dicho). Cuando nos quisimos dar cuenta, el cura nos cogió por banda y se puso a jugar al corro de la patata alrededor del altar con el novio, la novia, los padrinos y nosotros dos (velas incluidas). La ceremonia fue muy bonita, toda cantada, y el rito tenía visos de ser muy antiguo, pero yo lo único que entendía eran las miradas de envidia que nos lanzaban algunos familiares porque, a todas luces, debíamos estarles


usurpando un lugar de honor junto a los novios que no nos correspondía. En fin, nunca llueve al gusto de todos. Después vino EL BANQUETE, maratón gastronómico en el que únicamente faltan los petos con los números para los participantes: doce horas comiendo y bebiendo y, entre plato y plato, ¡¡venga a bailar!! Y cuando le pillabas el punto al baile… ¡¡venga a comer!! Pá habernos matao de un corte de digestión... Pero la verdad es que la noche estuvo bien graciosa. Durante el banquete tienen la costumbre de raptar a la novia: los amigos aprovechan un despiste de la concurrencia para amordazarla en algún lugar escondido. Luego vuleven como si nada hubiese pasado y piden un rescate: si el rapto a ocurrido antes de la medianoche, el padrino paga el rescate. Y, después, le toca al marido. En este caso a mí me tocó hacer de intermediario… Le sacamos al padrino un par de botellas de champán. Dieron las doce mientras Elsa y yo paseábamos a la orilla de un lago que había cerca del restaurante. Hablábamos de los invitados y hacíamos cábalas acerca de las familias de la novia y del novio: estábamos convencidos de que el padre de Andrei era un mafioso a tenor de los invitados que se acercaban a besarle la mano (todos trajeados de Armani y con gafas de sol aun de noche) y del lujoso lugar donde estábamos (tan sólo al alcance de una pequeña elite en una sociedad paupérrima) y de que la familia de Adina era más modesta a juzgar por su trato más afable y la unión existente entre sus miembros. Estábamos tan imbuidos en estos tejemanejes que no reparamos en que ya era el día de mi cumpleaños. Fue cuando volvimos a la sala, que nos dimos cuenta, pues mis amigos nos esperaban para cantarme (en mitad del salón de su banquete de boda) el Cumpleaños Feliz. Un detallazo. A eso de las cinco de la mañana, la mayoría tocó retirada… A los más aguerridos y los que no teníamos medio de transporte nos dieron las siete. Lo bueno es que a esa hora Bucarest parece bonita y, mientras nos lleveba a casa un nota clavadito al Fari, pudimos disfrutar de la vista de algunos de los edificios que a Ceaucescu no le había dado tiempo de derribar. Esa madrugada, antes de dormir soñé con el esplendor de la Bucarest de los años prebélicos y una vez más me cagué –como diría Anguita- en las guerras y en los canallas que las provocan.

Crónicas Rumanas I. La boda  

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