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Manos a la obra: la mayéutica de Sócrates, la Academia de Platón y el Liceo de Aristóteles. Tres generaciones dedicadas a la instrucción de los hombres que habían de gobernar (cratós) los destinos de Grecia. Y, qué hombres eran estos: pues todos. El pueblo, la demos. Si el poder emana del pueblo y éste está instruido, educado, formado (informado), la democracia se extenderá por todo el mundo de forma imparable y alumbrará a todos las naciones sin excepción. Esta sentencia, tan bella como esperanzadora, tiene una característica que la hace imposible, y, es que, como en toda oración condicional, si no se cumple la premisa primera, no se cumple la segunda. Y ocurrió, que durante muchos siglos oscuros, la educación, la instrucción (la información) estuvo al alcance de unos pocos, y eran esos pocos los que reinaron sobre una Humanidad sumisa y estrangulada. Durante todos esos años, vivimos sin la primera premisa de esa oración fundamental.

…que nos están matando… Pero ni tan siquiera las situaciones injustas y desfavorables para los intereses de la mayoría pueden durar para siempre: los descubrimientos del legado griego, unidos a herramientas de difusión como la imprenta, posibilitaron el Renacimiento: ante el tañer de las campanas humanistas y librepensadoras de los clásicos, la teocracia, el fundamentalismo y el absolutismo, perdían tirón. La movilización de las clases trabajadoras y la universalización de una nueva concepción de la vida política dejaron obsoleto el status quo que le interesaba al poder imperante. Era el momento de sentarse a negociar… había llegado el momento de revisar la oración condicional. Si me preguntáis qué fue lo que salió mal en esta ocasión, reconoceré que no lo sé. O, más bien diré que sí…, que tengo mis teorías, como las tendrá todo hijo de vecino, pero que no me gusta airearlas porque, al igual que todo aquel al que se le haya puesto la piel de gallina estudiando períodos como la Revolución Francesa, viendo El acorazado Potemkin o leyendo Germinal, uno se siente manipulado, manoseado…, violado en su condición de hombre libre al comprobar en qué ha devenido el mundo en el siglo en que nací yo. Como decía el maestro Enrique Santos Discépolo en su Cambalache: “¡Que el mundo es y será una porquería ya lo sé, en el 506 y en el 2000 también! Que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos, contentos y amargaos, varones y dublé... Pero que el siglo veinte es un despliegue de maldad insolente ya no hay quien lo niegue. Vivimos revolcaos en un merengue y en el mismo lodo todos manoseaos... La demagogia, según recoge Aristóteles en su Política, es aquel gobierno del pueblo en que conociendo éste cual es el camino virtuoso y equilibrado, decide escoger el viciado y desigual.

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La memocracia  

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