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cantidad ingente de inmigrantes de hasta 170 nacionalidades diferentes, a todo ello le sumas dos españolitos más y lo dejas reposar. Número 71 de, al loro con la calle, Rinkebysvärgen (la curva de Rinkeby, traducción literal). En la puerta número 101, o sea la nuestro, se oyen voces. Se supone que el apartamento está vacío pero no; en realidad hay cuatro mendas de buen rollo que se acaban de levantar y nos ofrecen café como si nos estuviesen esperando. Igor que no sale de su asombro necesita sentarse y nosotros nos ponemos a hablar con los tipos y declinamos amablemente su oferta. Una vez reestablecido, el chileno anima a los jóvenes a abandonar la estancia y se disculpa pues esto no estaba en los planes. "En el apartamento vive otra chica francesa, Audrey, que ahora mismo está de vacaciones en su país -nos explica Igor- y ella me dijo que un amigo suyo pasaría una noche en el piso..., pero no me esperaba nada de esto". El caso es que, entre la francesa y sus "colegas", el apartamento que habría de ser nuestro nuevo hogar tenía más mierda que el palo un gallinero, por emplear una expresión castiza. Dos jergones, a todas luces empleados para el amor o sus derivados hace pocas horas, serían nuestras camas esa noche... Sinceramente, cuando Igor salió por la puerta poco después, Elsa y yo nos planteamos seriamente si deshacer las maletas. Afortunadamente, por ahora, uno de los dos descorrió la primera cremallera. Esa misma noche, conocimos a Kårin, la tercera mujer de Igor y a los dos últimos de sus seis o siete hijos: Nils y Hanna. Nos invitaron a cenar en su casa tacos mexicanos y, entre copa y copa de vino, nos dedicamos a hacer lo que universalmente se hace en la sobremesa: solucionar el mundo. Las casas suecas son un poco como ellos: funcionales. Son más bien cuadradas, la cocina es el centro de la misma y desde ella se accede tanto al salón como a las habitaciones y al recibidor. Disponen de doble cristal blindado como el de la caja de ahorros y nunca de persianas. Cada miembro de la familia tiene su propio cuarto con su propia cama, su propia tele, su propio ordenador, su propio todo... Dicen que si no se frustran. Al entrar has de dejar tu calzado en el hall y ponerte unas zapatillas de andar por casa o, en su defecto, caminar en calcetines por el suelo que habitualmente es de madera. El baño es muy gracioso: el suelo es de sintasol y tiene un sumidero en medio. El bater no tiene tapa y el lavabo carece de utilidad porque no está incrustado en la pared y todo el agua se sale por los bordes, entonces entra en juego el sumidero. Es una gozada lavarte la cara como en los anuncios de la tele, salpicándolo todo sin problemas y sin que tu madre se vuelva loca por el "espergis". Los suecos se saludan diciendo "jei" como Julio Iglesias. Exactamente igual. Y los más eufóricos dicen "jei-jei" que es cuando se alegran mucho de verte.

Profile for Rubén Chacón

Crónicas Suecas I. La llegada  

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