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Crónicas Rumanas: Capítulo II - Noroc Cuando los rumanos brindan no se desean salud ni lo hacen en honor de alguno de los presentes (o ausentes). Cuando los rumanos alzan sus copas dicen ”NOROC”. Suele pasar que cuando uno visita un nuevo lugar, una ciudad, un país, trata de interpretar la realidad a través de lo que ve: edificios emblemáticos, museos, monumentos, la distribución urbanística…; así, en función de lo que observemos, vamos anotando mentalmente la puntuación que finalmente le concederemos a este nuevo lugar en nuestro ranking particular. Esta puntuación la otorgamos en base a lo que vemos y también a lo que adivinamos ver. Me explico: cualquiera de nosotros, tras visitar Nueva York y Roma, podríamos llegar a la conclusión de que ambas ciudades nos han entuasiasmado. De N.Y. nos gustaron los inmensos edificios, la Quinta Avenida y el Museo Metropolitano (le concedimos un 8 sobre 10: I love N.Y.). Al año siguiente, a nuestra vuelta de Roma no parábamos de hablar de la magnífica colección de ruinas que habíamos visitado (le concedimos un 8 sobre 10: Roma dell mio cuore). Empate a puntos entre la capital del Imperio Romano y la capital financiera del Imperio Norteamericano. Habrá disensiones (para gustos se hicieron los colores) pero estaréis conmigo en que es perfectamente normal que nos agraden de igual forma los escombros de un coliseo del siglo I antes de Cristo que un reluciente coloso de vidrio y acero de 400 pisos del siglo I antes de Gates. Donde ahora admiramos lo que vemos (el Empite State Building); antes elogiábamos los que creíamos ver (80.000 hooligangs en alpargatas llenando hasta la bandera un monumental anfiteatro para ver a los gladiadores en la arena). Seamos francos (pero con f minúscula), a nadie le molan las ruinas, sino lo que estas fueron en su día, de otro modo el Ministerio de Turismo yugoslavo no daría abasto. Tampoco se venden billetes (al menos que yo sepa) para visitar la Zona Cero… Ahora bien, ¿qué puntuación le ponemos en el ranking a un país donde los edificios emblemáticos se pueden contar con los dedos de una mano de un pescadero; donde los museos no albergan más que piezas y ornamentos eclesiásticos, el más antiguo de los cuales data del siglo XVIII; donde los kilométricos bloques de edificios se erigen en ambas aceras de la calle, como murallas de hormigón, para ocultar iglesias, que no fueron destruidas porque no había más bulldozers o porque sus parroquianos las ”trasladaron”, literalmente, piedra por piedra, a un nuevo emplazamiento? ¿Cómo evaluar a un país saqueado, con tan sólo un siglo de historia propia, cuya leyenda más famosa (el conde Drácula o Vlad el Empalador) no son sino invenciones de un escocés borrachín, alimentadas por la superstición de un pueblo ignorante y la codicia de un dictador, a modo de reclamo turístico? Un país vapuleado


simplemente por estar donde está, en tierra de nadie y en mitad del camino de todos los imperios que han sido: romano, otomano, soviético, norteamericano y, proximamente, europeo. Entonces, ¿cuántos puntos le damos a Rumanía? En alguna de nuestras innumerables conversaciones con nuestro amigo Andrei, solíamos bromear afirmando que el deporte nacional rumano es, a la menor señal de alarma, echarse al monte en plan ”maricón el último”, no sin antes haber quemado las casas, envenenado los pozos, matar al ganado y destruir las provisiones de alimento, de manera que, cuando llegasen los invasores, no les quedase más remedio que continuar su camino; ese era el momento de descender y empezar de cero. NOROC significa ”CASA DE PIEDRA”. Cuando uno emplea la piedra en sus construcciones sabe que se está comprometiendo a defender un hogar. La casa de madera arde y nadie puede ocuparla, nadie puede violarla. La casa de piedra perdura y hay que protegerla a sangre y fuego. Los rumanos, incapaces de hacer frente a sus invasores (bien por su inferioridad numérica, bien por su inferioridad moral) se han pasado toda su vida construyendo con sus manos casas de mentira y deseando con toda la fuerza de sus almas que llegase un día en que, por fin, pudiesen cimentar un hogar donde ver crecer a sus hijos y a los hijos de éstos. Un lugar estable donde empezar por el principio sin tener la cabeza puesta en el fin; un sitio donde archivar sus memorias y artefactos, donde rendir culto a sus personajes ilustres y celebrar hitos en fechas señaladas. Un país, al fin y al cabo, donde crecer como pueblo, con una identidad y una cultura propias; con el sano orgullo que se siente por lo que es de uno sin caer en fanatismos y en vanas ideologías… Cuando los rumanos brindan no se desean salud ni lo hacen en honor de alguno de los presentes (o ausentes). Cuando los rumanos alzan sus copas dicen ”NOROC”.

Crónicas Rumanas II. Noroc  

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