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La vida Marchita Juan habría de recordar aquella tarde de lluvia en la que su mamá lo llevó a confesarse a la iglesia de Los Remedios, ese viejo y feo templo; en una ciudad y una época donde era común que un niño de doce año se confesara con la misma devoción de un adulto. Claro, el mundo esta lleno de pecados, las tentaciones están a la vuelta de la esquina, cada semana habría que lavar las culpas. Ora sentado a la orilla de ese viejo colchón, los resortes salidos con manchas cafés, daba un aire con olor a azufre. Aquel pequeño cuarto de cuatro por cuatro daba una sensación de repugnancia. Una línea de luz se cuela todas las mañanas por ese pequeño orificio en el techo que anuncia la llegada del nuevo día; pero en tiempos de lluvia el agua provoca un ruido incesante y unas ganas de salir corriendo. Era su primer año en aquel frívolo y desolador lugar, donde las constantes peleas y los gritos perpetúan la soledad. Juan, aun sentado, en el cabezal, decide sentarse en el frio y sucio piso; se frota la cabeza, ahora flexiona los pies y se mantiene en posición de yoga, se coloca las manos friccionándose los cachetes; piensa en los errores que lo llevaron hacia ese lugar tan oscuro y que profundizan su soledad, pensó en lo joven que era cuando se casó, ahora lo sentía como un error. Pensó en aquella novia jovial y madura que lo había dejado por ese compañero de la preparatoria; juan siempre supuso que su problema con las mujeres radicaba en su falta de dinero, en su posición social venida a menos por el despido de su papá, su madre tenía que trabajar como cajera de un supermercado en la zona del centro de la ciudad. Su trabajo no era el mejor pagado de todos, pero vivía bien, sin problemas, accedía a las cosas básicas de una familia de su clase, su esposa mariana no se quejaba. Después de los malos tratos con su jefe, por un impulso ciego, decidió gritarle y hasta golpear al patético Carlos, su jefe. Los siguientes seis meses lo llevaron a ese abismo donde pasaría veinte años, al que también arrastro a Mariana y al pequeño Jim. Futuro incierto para la familia.


Son las siete con treinta minutos, una macana provoca un incesante ruido en los barrotes de hierro; el guardia grita que es hora de salir, esa sesión se repite todos los días, no importa si es sábado o domingo.

Eran las dos de la tarde. Con la cara pálida y la voz quebrada con la expresión de la desesperación por no conseguir nada. Juan se encontraba frente a aquella mujer, lozana y cordial; su cara tan dulce y tierna se tornó en un ensordecedor grito de compasión. juan gritó – ¡que nadie se mueva! La tienda se envolvió en un torrente de gritos, inmediatamente el silencio invadió el lugar. La desesperación e impotencia dominó sus sentidos. Era peor de lo que se había imaginado, las paredes le parecieron la cárcel que provoca la angustia de no saber a dónde correr, a quién recurrir, ni cómo escapar de la realidad. El dinero estaba en la caja, tan reluciente como brilla el diamante después de pulirlo. Era la discordia por la cual todo opacaba la razón, la sed de sobrevivir era más fuerte. El grito de la joven opacó los sentidos de juan; el dedo en el gatillo hizo accionar el arma, un solo disparo bastó para terminar con la historia de aquella mujer. Otra historia empezó para Juan, otra llena de discordia y desesperación, tras no haber conseguido el objetivo. Pasaron unos segundos; para Juan fueron horas, en las que se quedó parado sin moverse, estático como un roble, pero débil y fugaz como una gota de agua. Una lágrima le recorrió la cara. Todo había terminado para Juan.

Eran las ocho de la mañana. Juan desayunaba los dos últimos huevos de la despensa. Juan rompió el silencio ensordecedor. ¡Hoy conseguiré dinero y comeremos algo mejor! Jim tenía sólo 11 años de edad. Entró a la cocina, listo para salir rumbo a la escuela, la madre lo llevaría esta vez. La tarde anterior había ido a aquella empresa a pedir aquel empleo que siempre deseó. La entrevista transcurrió sin problemas. El empleo no lo


consiguió. La competencia era dura, pues había que competir con el viejo Rosales, un viejo lleno de experiencia, esta vez como tantas en los últimos meses, Juan había corrido con mala suerte. Juan entró al baño; se vio al espejo y respiró profundamente. Salió y expresó a su esposa lo mucho que sentía no ser mejor esposo y por no tener lo que los demás (acceso a lujos, buena comida, vestido y vacaciones). En síntesis, poder económico. Esa palabra que durante meses le daba vueltas en la cabeza. Salió de su casa con la promesa de volver con algo más apetecible para la comida, prometió a Jim que traería ese juguete que tanto deseaba y que hace unos días, en navidad no pudo comprarle. Era una mañana después del seis de enero. La desesperación se expandía como una epidemia, por toda la casa no se hablaba de otra cosa que no fuera el escaso dinero y la falta de trabajo. El reloj marcaba las dos de la tarde, el teléfono sonó, era de la oficina de la empresa a la que Juan había ido el día anterior con la esperanza de días mejores. Era el aviso de que el viejo Rosales había muerto de camino a casa después de haber salido de la entrevista. El empleo estaba listo para Juan, así que podía presentarse lo antes posible. Una sonrisa invadió el rostro de Mariana. Ahora sólo esperaría que Juan volviera para darle la gran noticia esperada. Era demasiado tarde, ya todo estaba hecho, Juan había disparado el arma y ya no había nada por hacer. Una cárcel peor a la que vivía lo esperaba.


Corto