Issuu on Google+


DRAMATIS PERSONAE (por orden de aparición)

Rrose Sélavy, actriz de cine surrealista. Max Ernst, pintor surrealista con corazón de pájaro. Inventó numerosas técnicas, entre ellas el collage. Marcel Duchamp, alter ego masculino de Rrose Sélavy. Arthur Cravan, boxeador, poeta, mamporrero, crítico artístico, cosechero de naranjas en California, stripper… Peter Greenaway, cineasta enciclopédico. Emmanuel Radnitsky, fotógrafo de Vogue y La Révolution Surréaliste. Barbette, equilibrista travesti, amigo de Jean Cocteau. Jean Cocteau, enfant terrible del París de entreguerras. Mujer desnuda, objeto del deseo. André Bretón, mentor y matrona imperial del surrealismo. Salvador Dalí, pintor del renacimiento catalán con extrañas cualidades anatómicas. Gran artista de circo. Marlene Dietrich, una voz.


ADVERTENCIA Esto que tiene ante usted no es exactamente una novela, ni una obra de teatro, ni una pantomima. Es una maleta. Esta maleta contiene un mĂŠtodo riguroso para sacar a la luz todas las cosas que han sido dibujadas por los niĂąos en el vaho de cada espejo sobre la faz de la tierra.


INTROITO Mientras un delgado haz de luz se hace en el escenario, comienza a sonar el aria de las Variaciones Goldberg de Johann Sebastian Bach. Una pluma comienza a caer desde lo mĂĄs alto. TardarĂĄ toda la pieza de piano en llegar al suelo. Cuando la pluma alcanza el suelo se escucha un sonido brutal, como si una enorme estatua de acero se desplomara en el centro de un gran palacio vacĂ­o, y se hace la oscuridad.


CAFé RECORTABLE Rincón de una cafetería en Montparnasse. Rrose está sentada en silencio frente a un hombre en un pequeño velador apartado. Este hombre no tiene cabeza humana sino de ave, y en vez de hablar pía de un modo celestial y oscuro. El hombre con cabeza de pájaro, que no es otro que Max Ernst, recorta algunas cosas para Duchamp: la taza de café, una de las piernas de Rrose, una mano del camarero, un trozo de la corteza del árbol que se ve a través de la ventana, el paraguas de un cliente... Los huecos que van quedando vacíos revelan una tramoya de hilos de oro en una oscuridad de ataúd.


STRIP-TEASE Preside el escenario una gran espiral blanca y negra que gira como un reloj imposible. Por la derecha, y descendiendo el perfil de una escalera, entra Marcel completamente desnudo excepto por la hoja de parra que le cubre el sexo. Al final de la escalera le espera el marco de un cuadro de cuerpo entero y una pequeña butaca repleta de ropa. Por la izquierda, alto y fornido, entra Arthur Cravan vestido de etiqueta. Se tambalea -no está sobrio- y lleva puestos unos guantes de boxeo blancos. Comienza a sonar una canción de Mistinguett -Ça, c´est Paris!- y el doble espectáculo alumbrado con una luz entrecortada de cine mudo: Marcel se irá probando y colocando todas las prendas propias de una dama (ropa interior de satén, ligueros, corsé, blusa, botines, pamela, e incluso un marabú), mientras que Cravan trata desesperado de quitarse la ropa hasta quedar desnudo, pero sin deshacerse en ningún momento los guantes, lo que le enfurece. Cuando ambos logran su cometido (Rrose vestido, Cravan desnudo) posan para unos cuantos flashes de prensa mientras el público silba y grita imbecilidades. Después salen. Al fondo del escenario se iluminan las portadas del escándalo en los periódicos franceses que, en su repetición sucesiva parecen reconstruir toda la escena que acabamos de contemplar. La hipnótica espiral sigue girando, girando, girando... La luz se va desvaneciendo poco a poco hasta la completa oscuridad.


BERLíN La escenografía reproduce en gris fotográfico el anochecer en una calle alemana. La miseria lo inunda todo. La ciudad es una carbonería sin límite. En la calle empinada, gordas matronas asoman a las ventanas. Hay ropa sucia tendida a secar donde se puede y extrañas chimeneas que despiden algo de humo. Figura de papel recortado, Marcel baja la calle. Lleva una brocha y un bote de pintura roja. (Un gato se arquea y se lame una pata, para desaparecer luego. A lo mejor era un niño). En un pequeño muro a punto de vencerse, Marcel escribe:

DADá IST HIER Sobreviene un temblor de tierra. La luz parpadea en las bombillas, la luna chisporretea: Berlín tiene un mal contacto. (Marcel, silueta de collage, desaparece hacia el cielo, girando sobre sí mismo como una hélice). Por la calle baja un enorme rebaño de ovejas asustadas, balando. Gritos de aviso en alemán. Todos los hombres salen a la calle armados de palos y cuchillos de cocina y comienza la matanza. Ríos de sangre. Gritos de todo tipo y pelaje entre una luz roja de prostíbulo y matadero que se va extinguiendo, agónica. (La sangre mancha con pequeñas gotas los zapatos y las narices del público sentado en primera fila).


SUITE AUTóMATA Los dadaístas se han marchado dejándose la máquina encendida. Los prodigios del dadaísmo desfilan automáticamente sobre el escenario, como en un reloj que diera las doce -o las 26 en este caso. Así pues, se levanta el telón, y tal y como aparecen se marchan, alumbrados por luces rojas y verdes: un abrigo de piel que se abre lentamente y deja ver en su interior un lienzo de la Gioconda. Una maleta de cuyo interior asoma el cuello de un cisne muerto. La escultura perfectamente realista de un seno, con un tenedor clavado. Un gran ojo con piernas que baila claqué. (Una música de tiovivo y pianola comienza a acompañar la muestra, aunque la tracción de los objetos produzca un sonido chirriante de fondo, como el de una camilla de quirófano sobre sus raíles) Un huevo sobre un pedestal, atravesado de parte a parte por un alfiler. La figura de un atleta clásico que lleva en la cabeza la taza de un bater, y en el lugar del sexo una hélice fueraborda. El marco ovalado de un espejo o de un cuadro. Sin espejo ni cuadro. Un gran aparato indescriptible que parece sufrir y que hace muchísimo ruido. Una muñeca sentada con las piernas abiertas que repite como una cotorra: Santidad Frita Santidad Frita Santidad Frita... Una gran mano con un estigma y signos cabalísticos tatuados. Un violín de cuyo interior se derraman vísceras.


Un oficial prusiano que da 贸rdenes como un loco a una oveja que no


entiende alemán. Un sombrero de caballero con un teléfono incrustado. Una hilera de bacalaos tendidos a secar entre los cuales se muestra desnuda una mujer monstruosamente gorda. Una percha de madera rematada por la cabeza sobredimensionada de un pájaro de ojos negros y brillantes, que con su lengua afilada interpreta el aria de una ópera antigua. Un hombre con una gran pajarita de papel a cuestas. Un flamante cañón de guerra que pierde el tapón y se desinfla como un flotador. Cuadro viviente de autómatas: un marinero le da por el culo a una prostituta que a su vez le hace una felación a otro marinero. Antes de marcharse, los tres sonríen mostrando los dientes ennegrecidos. Un bigote que vuela como un murciélago de broma. Un niño que hace pipí sobre una pecera repleta de lápices de colores. Un rinoceronte con un ojo saltado y la lengua fuera lleva dos alitas de ángel atadas al lomo. Una torre Eiffel hecha con mocos y plumas. Un corsé de telas fruncidas y correas de cuero, iluminado por dentro como una lámpara de salón. Una mujer que se masturba con un yunque. Una Venus de Milo en uno de cuyos ojos han clavado un cartabón. Del ojo brota una sangre negra como la tinta. Una niña muy pulcra que sostiene en una mano un globo y en la otra un cuchillo manchado de sangre. Se levanta la falda y, como no lleva bragas, podemos ver en una de sus nalgas una esvástica. (Fin de la Suite Autómata, y aplausos enfervorizados)


BUENOS AIRES En primer término un telón reproduce ingenuamente un cielo repleto de nubes perfectas que pasan de largo. En el aire un rasgueo de guitarra acompaña a la voz temblorosa de Gardel. Duchamp monta en una bicicleta sin ruedas que desciende en ángulo hasta aterrizar en el suelo. Nuestro personaje fuma un habano porque el humo del tabaco constituye la única propulsión de la bici: con cada calada la bicicleta apresura su vuelo. Se baja de la bici y observa con los brazos en jarras (como hiciera siempre Picasso) la maquinaria de paisaje que discurre: un burdo celaje repetido en bucle, artificio de teatro barato. Duchamp acerca el puro a la tela, quemándola en un pequeño círculo, y sonríe mientras la tela arde hasta consumirse del todo. Detrás aparece un suelo de gres, un enorme delirio en perspectiva. A una cierta distancia hay una mesa con un tablero de ajedrez, un reloj de competición, y dos sillas. En una de ellas hay un hombre de aspecto serio que parece esperar. En el lado de la silla vacía un pequeño cartel reza: Marcel Duchamp. Junto al hombre el cartel reza: Peter Greenaway. Comienzan una partida, y mientras juegan, ambos entablan una conversación telepática sobre buzones de correos. El espacio está acotado en los laterales por grandes emblemas barrocos en telas alumbradas por detrás con velas.


LA LINTERNA MÁGICA DE RADNITSKY Aquí la escenografía recrea de un modo fantasmagórico el lugar en el que

Radnitsky vive: la radiografía de un desván o de un taller mecánico atestado. A Radnitsky le gusta recibir a Rrose. Se reúnen para jugar con una vieja linterna mágica. Primero Radnitsky proyecta una breve secuencia, digamos por ejemplo un dedo mojado en saliva que repasa circularmente el pezón de una mujer. Luego Rrose propone una sopa de letras que bailan y forman frases obscenas.

Y luego un ojo falso atravesado por un tornillo y deformado con una lente, las nalgas blancas de un muchacho acariciadas por un antifaz negro, un embudo que cuela brea sobre los hombros de una elegante dama, una caracola sobre el pubis de una chica, una copa de champán haciendo equilibrio sobre un seno perfecto, la descomposición fotográfica de una exuberante eyaculación, una nube a través de un cristal roto, una bombilla en un azucarero, el mecanismo de una caja de música, una oreja tan hermosa que parece un animal marino,


un rev贸lver sobre un plato,


unos labios bien pintados besando un papel de lija, una bonita mujer de pechos al aire con unos pantalones de arlequín, un pie de bailarina sobre el rostro de un hombre dormido, un pez agonizante en el interior de un paraguas abierto, un sombrero de copa blanco colgando de un hilo, el retrato paroxístico de Rrose envuelta en un biombo de espejos, el andrógino aliviando la gravedad de un seno ajeno, como en una antigua tabla francesa la rayografía de una pupila, el rostro desenfocado y descompuesto de un deseo ciego, unas manos con unas manos dibujadas, y un desnudo perfecto a través de una redecilla.


GRAN ACUARIO En el centro del escenario se encuentra el Gran Vidrio en funcionamiento, como una gran pecera. Está alumbrado desde atrás con un foco perfectamente dirigido hacia el público a través de la caja de vidrio. (Hay un borboteo de laboratorio, de alambique; todo tiene un cierto aire de película paracientífica de la RKO, y se escucha, inquietante, un theremin) Duchamp, subido en la Gran Escalera de Mano, parece dar de comer a los peces. El movimiento de la Novia y los Solteros produce una leve turbulencia en la superficie. La Via Láctea está hinchada como una coliflor; todos los émbolos copulan con serena tristeza. La luz hace bonitos juegos de humo sobre las paredes. Duchamp baja de la escalera, observa de nuevo su propia obra. Hay algo que no le gusta. Se rasca la cabeza. Vuelca su pipa apagada y vuelve a encenderla. Sale por la derecha. Vuelve con un Gran Martillo. Ensaya algunos movimientos como para golpear la pecera en el centro, y sin más, golpea el Gran Vidrio, que se hace añicos. El agua fluye torrencialmente por todas partes, arrollando incluso los telones. Marcel está completamente empapado, pero da entusiásticas chupadas a su pipa (que se ha apagado de nuevo). Desde el ángulo superior derecho, la luz del sol cae ahora violentamente sobre el Gran Mecanismo, que está reducido a su raspa, extraño como una gran axila desnuda. La Marieé parece ahora un esqueleto de pájaro que se excita por momentos. Saltan chispas entre los Solteros. Los émbolos, plataformas, ventiladores y correas se aceleran y vibran. El Gran Vidrio, sin vidrio y sin agua, alza el vuelo verticalmente, a una velocidad de carcajada y de eyaculación cardiovascular, como el orgasmo de una libélula. Una luz brillante lo ciega todo.


EL PIANOSCOPIO A la derecha, y sobre un pequeño estrado, un grupo apretado de hombres fuma compulsivamente. Una gruesa columna caliginosa se eleva y se demora sobre sus cabezas. Por la izquierda entra Marcel empujando el pianoscopio. Se trata de un invento que logra conciliar el cine, la música de piano, y el humo de las salas de cine: el piano-proyector tiene un teclado que, bajo experta manipulación, proyecta imágenes concebidas para ser visionadas sobre humo de tabaco americano. Así pues Rrose abre su levita, toma asiento, hace crujir sus dedos, y se dispone a interpretar la pieza. Acomete el primer acorde y el haz de luz se impone, trémulo, sobre el humo. En el humo podrá leerse lo que desvanecidamente se perfilan como anuncios comerciales:

Circuncisión mediante circunferencias de precisión.

Papel para dibujar perspectiva caballerosa.

Manual de Economía Adiposa.

Enjuague mentolado para lentes parisinas.

Fragancia de estornudo.

Bostezos embotellados.


Peine para mejillas y mejillones.

Suspiros de entrepierna.

Manual completo de juegos de cama.

Pinzas para dedos.

Termómetro para quesos.

Calor de cerradura en sobres.

Amplio catálogo en taxidermia de olores.

Loción de afeitado para estatuas.

Ventilador de armario.

Crecepelo para habitáculos húmedos.

Recoge-legañas.

Pastillas para gritar.

Juego completo de gárgaras.

Destello de mirada cinematográfica (colirio).


Saca-leches para caballeros.


Manipulador a Domicilio.

Música al azar para ventanas.

Desnivelador de precisión.

Máquina de embutir bigotes.

Grabaciones de ruido intestinal (música-croqueta).

Germen de Proclama.

Desafinador de pianos.

Razón

Rrose Sélavy Nueva York - París


CABARET INFRALEVE Mientras suena una entradilla, se levanta el telón: Dos espectáculos simultáneos deleitan al espectador antes de que Rrose entre en escena: A la izquierda, subido a un pequeño cable tendido en un ángulo del escenario, y sobre cortinajes de terciopelo negro, Barbette, el famoso equilibrista travestido, luce su cuerpo repleto de gracilidades vanguardistas, lamé y marabú. El número del equilibrista despide una atmósfera de juego arcano, de sacerdocio infantil, de travesura cruel que quita el aliento. Abajo, a la derecha, tras una pantalla blanca, el siempre menudo Jean Cocteau proyecta su propia sombra chinesca: lo delata su pelo rizado hacia arriba, su majestuosa nariz, y la gran flor de su ojal. Cocteau nos deleita con un número de magia abecedaria: de su boca, con inconfundible elegancia, va sacando letras que deja flotar en el aire:

A R D M C A U R E C M L P H


Con manos de alta costura las baraja y las vuelve a colocar de esta forma


D U R C E L

M A R C H A M P

De improviso, una aplaudida explosión de magnesio trae a escena a Rrose Sélavy. Tras los saludos, de lo alto se descuelga, como el chaleco de emergencia en los aviones, un enorme traje de novia blanco. Rrose lo muestra con el énfasis sordomudo y la ceremonia ridícula propios de las azafatas de avión. Parece querer explicar el uso correcto del vestido, pero algunos de los gestos que hace no tienen el más mínimo sentido. Más bien parecen los gestos de un sexador de pollos. Barbette y Cocteau, sin embargo, prestan gran atención a Rrose. Suena el redoble de tambor. Rrose se prepara, su rostro se vuelve serio... para meter la mano por debajo del vestido nupcial, como si fuera a sacar el miriñaque, aunque lo que saca a la luz es en realidad TACHáN TACHáN un escurrebotellas repleto de cuernos de hierro! Ante la visión de lo que parece ciertamente un instrumento de tortura, el equilibrista y el poeta gritan horrorizados (gritos de loca parisién) y se abrazan tras la pantalla blanca. Unos segundos después las dos sombras se besan y se abrazan. Súbitamente, la oscuridad.


LA CONGREGACIóN 1. EL PEDESTAL Asistimos ahora a la alta congregación surrealista. Una mujer posa desnuda sobre un pedestal. A su alrededor, y en completo silencio, hay gestos de gran discurso, duelos de esgrima, expresiones de dolor y de fe, hombres que levitan, suicidios, puñetazos. La mayor parte de los congregados caminan erráticamente de un lado para otro tirándose de los pelos, haciendo estupideces y travesuras. Parecen sufrir todos una especie de estreñimiento espiritual. (Uno de ellos se apunta a la sien con una pistola, y durante toda la escena no despegará el cañón de su cabeza, como si lo tuviera pegado). Al momento entra Bretón, vestido con una bata de hospital sin atar a la espalda, unas gruesas gafas de buzo y un sombrero de papel en la cabeza que imita una tiara papal. Por más que lo intenta no consigue poner orden. Finalmente, por la izquierda entra Marcel, que lleva un smoking elegantísimo, el pelo completamente lleno de espuma formando una cresta, y una seductora expresión entre irónica y fúnebre en los labios. Se acerca hasta la mujer y, batiendo los párpados la invita a bajar, cosa a la que ella accede púdicamente. Toda la congregación se detiene en seco, observando el atrevimiento de Marcel. De ahora en adelante la congregación asistirá a la ceremonia sin perder detalle.


2. EL AFEITADO Duchamp, con gesto de mago, toma espuma de su cabeza y la extiende sobre el pubis de la mujer (la congregación observa con la boca abierta y los ojos como platos). A una señal de su mano entra en escena, y bajando del techo, un extraño aparato similar a los aparatos de rayos x, pero que no es más que el rudimentario ensamblaje de multitud de espejos y lentes de aumento superpuestas hasta alcanzar unas dimensiones hipertrofiadas y patafísicas. Marcel acerca el aparato a la mujer y puede verse entonces, a un tamaño colosal y pérfido, el coño, un gran, gran y hermoso coño, que muy, muy despacio y delicadamente Marcel comienza a afeitar, con la asepsia propia de una lección de anatomía y el pulso de un profesional. El rasgueo de la cuchilla se escucha amplificado:

rrrrissssssss... rrrrissssssss... rrrrissssssss... Entre los congregados alguien vomita. Otros parecen agitados, se secan el sudor. En ningún momento brota la sangre, pero la mujer suspira, y unos segundos después comienza a dar claras muestras de placer.


3. LA CERRADURA Terminada la faena, el aparato óptico es izado. Marcel, tomando de nuevo la mano de esta bella mujer, la lleva al interior de un espacio cerrado situado a la izquierda del escenario. Lo que ahí detrás ocurre no podemos verlo, y sin embargo, los congregados se atropellan unos a otros para mirar a través de la cerradura. Todos se masturban y su ojo puede verse iluminado por la luz que sale del interior. Bretón, haciendo uso de su potestad, exige el monopolio de la cerradura, y lo obtiene sin dilaciones.

Los estentóreos gritos de placer de la mujer se van confundiendo con sonidos de un rotor de avión, de martillo neumático, de coche de carreras, de fundición, de compresores, fuelles, timbres de tragaperras, palancas, escapes de gas a presión... todo in crescendo, hasta que la vibración alcanza un máximo y del interior de la habitación comienzan a salir, centrífugas, las prendas de Marcel: un zapato, la camisa, calzoncillos, pantalones, otro zapato, y seguidamente, un brazo, una pierna, otra pierna, un brazo, un pie... Se escucha, finalmente, un ensordecedor grito de soprano seguido de una caída de agua, y una creciente intimidad de luz que se torna completa oscuridad.


CADAQUÉS Se oye el oleaje. La luz va revelando formas: Marcel está apoyado en una farola muy cerca del mar. Con un anuncio de fanfarria psicótica, entra en escena Salvador Dalí. Aparece completamente desnudo, con el bigote y el sexo impecablemente erectos, sobre una nube repleta de ventanas doradas. En la mano izquierda la paleta de pintor. El conjunto tiene algo de ninot valenciano. Gala, más abajo, lleva puesta una cofia y una brida de plata en la boca con la que arrastra la nube. Marcel observa todo fumando en pipa, y se espera cualquiera cosa. Con un ampuloso gesto Dalí reclama la atención del auditorio. Se saca del culo una cucharilla de café, y abre estentóreamente los ojos esperando el aplauso. No hay respuesta. Dalí se saca del culo una flecha intacta. Abre lujuriosamente los ojos, pero no hay respuesta. El gran Dalí se saca del culo un zapato charolado de boutique que coloca cuidadosamente sobre su sexo con redoble de tambor. No hay respuesta alguna. Dalí abre tanto los ojos que parece que se le van a caer. El labio superior le tiembla. El esfuerzo de sostener el calzado sobre su miembro comienza a agotarle. Ríos de sudor le recorren el cuerpo. Finalmente cae desmayado con pose heroica. Gala acude al instante relamiéndose los labios. Del sexo de Dalí brota milagro- una rapidísima vara de nardos que su mujer recorta sin demora con unas tijeras de plata, para guardársela en el delantal. Azorada, la rusa se encaja la brida y se lleva la nube y sobre ella a Dalí desmayado. Marcel se da cuenta de que se le ha apagado la pipa, así que la vuelve a encender. Antes de marcharse coge del suelo una piedra. La observa. Escribe algo sobre ella, se la echa al bolsillo, y se marcha. Se oye el oleaje.


LUNA PARK


MANHATTAN El escenario es ahora un decadente parque de atracciones. Al fondo, en la noche neoyorquina, Manhattan y el cielo refulgen como un pinball gigantesco. En el espacio en que se desarrollará la escena, la luz queda sugerida por varios colgajos de bombillas. Algunas de ellas hace mucho que se fundieron. La Vieja Escuela al completo ha acudido para rematar una apuesta: ¿Cuál es la medida exacta del deseo? Duchamp ha prometido revelarla con total exactitud. Notarialmente, la luna también asiste, pesada y lenta. El acto en sí transmite solo la alegría sin fuelle de un delirio senil. Así pues, en el lugar escogido, y con las instrucciones de Marcel preparan la Gran Ruleta. Se trata de la conocida rueda giratoria sobre la que el Lanzador de Cuchillos asaetea a una mujer sin herirla, pero debido a la urgencia se usa una ruleta de apuestas. Amarran a una mujer, y hacen girar la ruleta. Haciendo un torpe intento de afinar la puntería, a Marcel le asoma la punta de la lengua por entre los labios. Se demora, calibra el peso del cuchillo. La mujer parece completamente aterrorizada. Cuando por fin es lanzado el cuchillo la víctima grita ejemplarmente. Todos aplauden mientras la rueda poco a poco se detiene. Pueden ver entonces que el cuchillo le ha alcanzado de lleno a la mujer en el hombro, y la sangre corre, por lo que vuelven a aplaudir animadísimos, y le dan palmadas en la espalda al improvisado lanzador. (El hombre que -aún- sujeta la pistola contra la sien no puede aplaudir, así que improvisa un chiflido metiéndose los dedos en la boca) Rrose, dentro del cuerpo de Marcel, pierde el conocimiento. Podemos ver entonces que, además, Duchamp ha improvisado un truco: un elástico negro une el mango del cuchillo con la muñeca de Marcel. Es la medida exacta del deseo.


EL DIORAMA Se descorre el telón y aparece otro telón más pequeño que se descorre y a su vez revela otro aún más pequeño, que también se levanta. Llegados aquí podremos ver un gran decorado barroco en profundidad en el que cada hoja y cada piedrecita han sido numerados con lápiz (esto lo añade aquí el autor para advertir al público, que no podrá ver desde sus asientos los numeritos perfectamente escritos en cada objeto). La niebla lo desdibuja todo en este paraje que parece anticipar un hermoso y horrible crimen. En el suelo (que imperceptiblemente se eleva en pendiente hacia adentro) puede verse dibujada con tiza blanca la silueta de una persona en una extraña postura. Está amaneciendo y cae una lluvia de color marrón. Un poco más allá de las montañas de cristal pintado, un sol de máquina (como el café) comienza a percibirse diluido en la falsa distancia de un cielo de cartón. El habitual crujir de hojas o de grillos está sustituido por un zumbido de nevera, de ventilador, y el goteo de un grifo mal cerrado. Se oyen golpes apagados, chirridos de goznes, pasos... Y entra Rrose, muy vieja ya, toda vestida de negro, como corresponde a su edad. Coloca minuciosamente la brizna de hierba que se había movido, observa el conjunto, recoloca alguna cosa más, da una patada a un sapo que no debería estar ahí (porque no está numerado a lápiz). Luego saca una tiza de un bolsillo y en el aire traza una larga fórmula matemática, pero a medida que escribe, los signos se deshacen y la tiza cae al suelo.


Rrose observa el polvillo blanco en el suelo de su cámara oscura. En un principio se plantea darle un número al pequeño montículo blanco (Pequeño Montículo de Tiza Blanca nº 1), pero luego lo toma con los dedos y se va tiznando de blanco la cara, hasta lograr parecerse a ese otro célebre mimo francés que también se llama Marcel. Sustituye su gran pamela negra por un elevado sombrero de copa completamente forrado de espejos y muy despacio Rrose se marcha, al tiempo que -desde algún lugar muy lejano, o quizás subida a un trapecio oculto- Marlene Dietrich, casi adolescente, canta

Ich bin von Kopf bis Fuß Auf Liebe eingestellt, Denn das ist meine Welt, Und sonst gar nichts...

Muy lentamente los telones vuelven a cerrarse uno por uno, desde el último y más pequeño hasta el más grande y primer

TELóN


(FINALE) Al final de la representaci贸n la luz vuelve en el patio de butacas. Solo dos amantes han asistido hasta el final de la obra: felinamente se abrazan y se besan, ajenos a todo. Enlazados comienzan a elevarse hasta chocar dulce y repetidamente contra el techo, como el globo que siempre se le escapa al ni帽o.


Esta versión en PDF de La Maleta de Rrose se acoge a una licencia Creative Commons cuyos términos legales se estipulan aquí.


La maleta de Rrose