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món no nos dice nada. En la lengua de Wilkins, el vocablo zana nos dice que se trata de un pez escamoso, fluvial y de carne rojiza. «Teóricamente -sigue diciendo Borges-, no es inconcebible un idioma donde el nombre de cada ser indicara todos los pormenores de su destino, pasado y venidero.» Léon Bloy escribió, en El alma de Napoleón: «No hay un ser humano capaz de decir quién es... Nadie sabe lo que ha venido a hacer a este mundo, a qué corresponden sus actos, sus sentimientos, sus ideas ni cuál es su nombre verdadero e imperecedero. Nombre inscrito en el registro de la luz.» Cada cosa y cada ser son, sin que conozcamos su importancia o insignificancia particulares, la calidad de su juego en el conjunto de la composición, como un tilde o un punto, una coma, un versículo o un capítulo entero de un gran texto litúrgico, cuyos alfabeto, vocabulario y gramática permanecen ocultos para nosotros. Nosotros somos los versículos, las palabras o las letras de un libro mágico, y este libro interminable es la única cosa que existe en el mundo: dicho con mayor exactitud, es el mundo.» Esta gran idea bullía sin duda en Wilkins, aunque éste tuvo la ambición más modesta, aunque también insensata, de darnos una escritura que transmitiese el conocimiento de cada cosa nombrada, en relación con nuestro conocimiento provisional del Universo. Semejante tentativa choca, naturalmente, con la dificultad de dividir en clases todos los elementos de nuestro universo. Depende, pues, de la idea que nos forjemos del mundo en un momento dado, y esta clasificación tiene que ser, forzosamente, arbitraria y conjetural. Una antigua enciclopedia china, El mercado selecto de los conocimientos bienhechores, divide los animales en la forma siguiente: pertenecientes al emperador, domesticados, que se agitan como locos, dibujados con un pincel muy fino de piel de camello, que acaban de romper el cascarón, que de lejos parecer, moscas, etcétera. Wilkins, como hombre de ciencia de su tiempo, propone una clasificación racional, pero que hoy nos parece insuficiente, ligera. Así, en la octava categoría, que es la de las piedras, distingue: piedras comunes (sílex, arena gruesa, pizarra), medianamente caras (mármol, ámbar, coral), preciosas (perla, ópalo), transparentes (amatista, zafiro) e insolubles (hulla, greda, arsénico). Nosotros hemos progresado mucho en la denominación y la ordenación. Pero también hemos aprendido que, cuanto más se afina el conocimiento de lo real, más ambigüedades surgen. Por ejemplo, ¿habría que incluir la luz en la categoría onda o en la categoría corpúsculo? Sin embargo,

Larebelión de los brujos  

La rebelión de los brujos L. Pauweds • J. Bergier puro texto

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