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1668. Su obra, An Essay toward a Real Character and a Philosophical Language, publicada en 1668 y compuesta de seiscientas páginas en cuarto, permanece hoy en el más completo olvido. Jorge Luis Borges, en su obra Otras inquisiciones, sobre las grandes empresas lingüísticas, observa: «Todos, alguna vez, hemos padecido esos debates inapelables en que una dama, con acopio de interjecciones y de anacolutos, jura que la palabra luna es más (o menos} expresiva que la palabra moon. Fuera de la evidente observación de que el monosílabo moon es tal vez más apto para representar un objeto muy simple que la palabra bisilábica luna, nada es posible contribuir a tales debates; descontadas las palabras compuestas y las derivaciones, todos los idiomas del mundo (sin excluir el volapük de Johann Martin Schleyer y la románica interlíngua de Peano) son igualmente inexpresivos. No hay edición de la Gramática de la Real Academia que no pondere "el envidiado tesoro de voces pintorescas, felices y expresivas de la riquísima lengua española", pero se trata de una mera jactancia, sin corroboración.» La ambición de Wilkins fue crear una lengua universal, cada una de cuyas palabras, definiéndose a sí misma, proporcionase un conocimiento completo de la cosa representada y la situase en una de las categorías de lo real. Para ello, empezó por dividir el Universo en cuarenta categorías o géneros, subdivisibles, a su vez, en especies. Asignó a cada género un monosílabo de dos letras; a cada subgénero, una consonante, y a cada especie, una vocal. Así, de significa un elemento; deb es el primero de los elementos, el fuego, y deba es una fracción del fuego, a saber, una llama. En el siglo XIX, en el ambiente utópico y generoso originado por la Icaria, de Cabet, y el Nuevo Mundo enamorado, de Fourier, un lingüista como Letellier tenía que acordarse de Wilkins y continuar su método, proponiendo un lenguaje en el que a quiere decir animal; ab, mamífero; abo, carnívoro; aboj, felino; aboje, gato; abi, herbívoro; abiv, equino; etcétera. Alrededor de 1850, el español Bonifacio Sotos Ochando intentó- algo parecido. «Las palabras del idioma analítico de John Wilkins -observa Borges- no son torpes símbolos arbitrarios; cada una de las letras que la integran es significativa, como lo fueron las de la Sagrada Escritura para los cabalistas.» Los niños podrían asimilar esta lengua sin conocer su artificio. Más tarde, en el colegio, descubrirían poco a poco que, además de una lengua, es una clave universal y una enciclopedia secreta. La palabra sal-

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