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Australia, y en otros pueblos, siempre según Frazer, el padre revelaba su nombre a su hijo en el momento de la iniciación, pero muy pocas personas lo conocían. En Australia, se olvidan los nombres, y se llama a la gente "hermano, primo, sobrino...". Los egipcios tenían también dos nombres: el pequeño, que era bueno y se empleaba en público, y el grande, que se disimulaba. Tales creencias, referidas al nombre propio, se encuentran también entre los kru del África Occidental, en los pueblos de la Costa de los Esclavos, entre los wolofs de Senegambia, en las Islas Filipinas, en las Islas Burrú (Indias Orientales), en la isla de Chiloé (frente a la costa meridional de Chile), etcétera. El dios egipcio Ra, al ser mordido por una serpiente, se lamenta: "Yo soy aquel que tiene muchos nombres y muchas formas... Mi padre y mi madre me dijeron mi nombre; permanece oculto en mi cuerpo desde mi nacimiento, para que ningún poder mágico pueda ser adquirido por quien quisiera echarme un maleficio." Pero acabó por revelar su nombre a Isis, que se hizo, por ello, todopoderosa. También pesan tabúes sobre palabras que designan grados de parentesco. »Entre los cafres, las mujeres tienen prohibido pronunciar el nombre de su marido y el de su suegro, así como cualquier otra palabra que tenga semejanza con aquéllos. Esto trae consigo una alteración tal en el lenguaje de las mujeres, que bien puede decirse que éstas hablan una lengua diferente. Frazer recuerda, a este respecto, que, en la Antigüedad, las mujeres jónicas no llamaban nunca a su marido por su nombre, y que, en Roma, nadie debía nombrar al padre o a una hija mientras se celebraban los ritos de Ceres. »Los nombres de los muertos están sometidos a las leyes del tabú. Tales costumbres eran observadas por los albaneses del Cáucaso, y Frazer las advierte también en los aborígenes de Australia. En el lenguaje de los abipones del Paraguay, se introducen palabras nuevas todos los años, pues se suprimen oficialmente todas aquellas que se parecen a los nombres de los muertos, sustituyéndolas por otras nuevas. Se comprende que tales procedimientos anulan la posibilidad de crónicas e historias; el lenguaje deja de ser depositario del pasado y se transforma con el decurso real del tiempo. »Los tabúes afectan igualmente a los nombres de los reyes, de los personajes sagrados y de los dioses; pero también a muchísimos nombres comunes. Se trata, sobre todo, de nombres de animales o de plantas, considerados peligrosos, y cuya pronunciación equivaldría a evocar el peligro mismo. Así, en las lenguas eslavas, la

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