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mismo y a su fin, «dejando que me olviden los días, acostado en la oscuridad», descifró en la piel de la fiera «los ardientes designios del Universo». Todas las tradiciones, primitivas, gnóstica, cabalística, dicen que hay un Nombre supremo, clave de todas las cosas. Pero también enseñan que cada cosa y cada criatura tienen su nombre verdadero, que contiene y expresa su naturaleza esencial, su situación y su papel en la armonía universal. Esta idea se encuentra ya en las antiguas civilizaciones. El verdadero nombre de Roma era guardado en secreto, y Cartago fue destruida -según se dijo- cuando los romanos se enteraron, por una traición, de su nombre oculto. Para el hombre llamado «primitivo», no hay diferencia entre la cosa y la palabra que expresa la cosa, no hay diferencia entre el aliento, principio vital, y el Verbo, formado por el aliento entre los dientes. El lenguaje es una sustancia y una fuerza material que no se concibe como una parte mental, como un proceso de abstracción, sino como un elemento del cuerpo y de la Naturaleza. Lo mismo que ocurre con la materia y el espíritu, lo real y el lenguaje, lo significado y lo que lo significa, que se confunden en la unidad del mundo exterior y el mundo interior. Hasta el punto de que la mayoría de los sistemas mágicos se fundan en un tratamiento de la palabra considerada como fuerza realmente activa. Hay palabras secretas, demasiado poderosas para ser manejadas por los no iniciados; existen prohibiciones de usar ciertas palabras; hay palabras que son instrumentos eficaces del hechizo o del exorcismo. En la lengua acadia, «ser» y «nombrar» son sinónimos. En su célebre libro, El ramo de oro, Frazer observa que, en muchas tribus primitivas, «el nombre puede servir de intermediario -igual que los cabellos, las uñas u otra parte cualquiera de la persona física- para hacer actuar la magia sobre esta persona». Para el indio de América del Norte, su nombre es una parte de su cuerpo; quien maltrate a su nombre, atenta contra su vida. Julia Joyaux (El lenguaje, ese desconocido) observa: «El nombre no debe ser pronunciado, pues el acto de la pronunciación-materialización puede revelarmaterializar las propiedades reales de la persona que lo lleva, haciéndola así vulnerable a la mirada de sus enemigos. Los esquimales adoptaban un nombre nuevo cuando se hacían viejos. Los celtas consideraban los nombres como sinónimos del "alma" y del "aliento". Entre los yuins de Nueva Gales del Sur, en

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