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de obras disponían de piedras y de madera en abundancia. Tal vez conviene más imaginar que, como dice la tradición bambara, «el hombre áfono se remonta a la edad de oro de la Humanidad», y que los constructores, pertenecientes a alguna casta sacerdotal, iniciados y técnicos a un mismo tiempo, realizaban mudas operaciones mentales, que se transmitían por algún medio telepático. O que procedían a sutiles registros del pensamiento sobre materiales orgánicos o cristales especialmente preparados. O, en fin -y en correspondencia con lo que sabemos de los tabúes de lenguaje en el mundo antiguo-, que los maestros mantuvieron secretas las palabras e invisibles los signos necesarios para la edificación y el funcionamiento de aquellas colosales máquinas-templos. Pero aunque las palabras y la escritura de los maestros permaneciesen ocultas, la ejecución de los trabajos debió de requerir signos, una escritura secundaria, una escritura visible que se ha desvanecido. Si ésta existió, fue tal vez empleada por los arquitectos corno una simple necesidad de intendencia, como un producto inferior del conocimiento secreto, el cual carecía de vehículo visible de comunicación. Bernard Shaw, en una de sus obras, pone en escena a César. La Biblioteca de Alejandría está ardiendo. Un personaje dice que la memoria de la Humanidad va a desaparecer. «Déjala arder -responde César-. Es una memoria llena de infamia.» El amo del mundo no expresa, con estas palabras, desprecio del conocimiento, sino más bien una idea, de los Antiguos, según la cual, el lenguaje escrito no era más que un sucedáneo del verdadero saber registrado en las regiones superiores de la mente, depositado en la silenciosa memoria de los iniciados. Platón, en Timeo, declara: «Ardua tarea es descubrir al autor y padre de este universo, y, una vez descubierto, es imposible darlo a conocer a todos los hombres.» En, Fedro, refiere una fábula egipcia contra la escritura, cuyo empleo desacostumbra a los hombres a ejercitar su memoria y les obliga a depender de los signos. Los libros, dice, «se asemejan a los retratos, que perecen vivos pero son incapaces de responder una palabra a las preguntas que se les formulan». Clemente de Alejandría afirma: «Escribir todo un libro es poner una espada en manos de un niño.» Esta idea fundamental de la remota antigüedad volvemos a encontrarla, como observa Jorge Luis Borges, en el texto evangélico: «No deis las cosas santas a perros ni arrojéis vuestras perlas a

Larebelión de los brujos  

La rebelión de los brujos L. Pauweds • J. Bergier puro texto