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edificación del monumento. Ahora bien, Stonehenge no es único, sino que forma parte de un vasto conjunto. En un radio de una veintena de kilómetros, encontramos otros crómlechs, algunos de ellos gigantescos, como el de Avebury (el crómlech más grande conocido: 365 metros de diámetro); círculos de agujeros en los que se han encontrado vestigios de madera; un monumento concéntrico, llamado «Santuario»; túmulos funerarios enormes; un rectángulo delimitado por un foso de 2.800 metros de longitud por 90 de anchura; un promontorio artificial de 500.000 metros cúbicos; un círculo gigantesco de 450 metros de diámetro; una excavación en forma de embudo, con una profundidad de 100 metros: avenidas anchas como autopistas... Existen megalitos en todo el mundo. Ninguno de los cinco continentes carece de ellos. Se ha querido ver en todos ellos una intención funeraria. Y, ciertamente, hay numerosas sepulturas. Cierto, también, que, incluso en Stonehenge, se han encontrado cenizas y osamentas entre los crómlechs o las otras alineaciones. Pero el hecho de que haya cementerios junto a las iglesias no quiere decir que las iglesias sean, por ello, sepulcros. Los megalitos aparecen extrañamente repartidos: en grupos separados, desligados unos de otros, nunca lejos de las costas, dotados de características semejantes. El fenómeno parece haberse producido únicamente durante la primera mitad del segundo milenio antes de nuestra Era, y haber cesado bruscamente, sin dejar más huellas que leyendas que aún perduran en nuestros días. Hawkins hizo otra observación: Stonehenge se encuentra en la estrecha porción del hemisferio Norte donde los acimuts del Sol y de la Luna, en su declinación máxima, forman un ángulo de 90 grados. El lugar simétrico, en el hemisferio Sur, serían las islas Malvinas y el estrecho de Magallanes. ¿Sabían los constructores de Stonehenge calcular la longitud y la latitud? Parece como si unos «misioneros», portadores de una idea y de una técnica, partidos de un centro desconocido, hubiesen recorrido el mundo. El mar habría sido su ruta principal. Estos «propagandistas» habrían establecido contacto con ciertas poblaciones, y no con otras. Esto explicaría los «huecos» o zonas de menor densidad en el reparto, así como el aislamiento de ciertos focos megalíticos. Esto explicaría también cómo y por qué se superponen los monumentos megalíticos a la civilización neolítica. Y daría, asimismo, explicación a todas las leyendas que atribuyen la construcción a seres sobrenaturales. Sabríamos, al fin,

Larebelión de los brujos  

La rebelión de los brujos L. Pauweds • J. Bergier puro texto

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