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verano, ve levantarse el sol sobre una de las piedras colocadas en lugar separado, la Heel Stone. Lo comprobó con sus propios ojos. Después, empezó a formularse preguntas. Y el astrónomo se convirtió en arqueólogo. Más tarde, Fred Hoyle verificaría los cálculos de Hawkins, quien, en una obra publicada en Nueva York en 1965, confirmó su primera intuición: aquellas hileras de piedras constituían un observatorio astronómico complejo. Un primer examen le convenció de que había al menos un centenar de alineaciones posibles. ¿Cómo distinguir las que significaban algo? Habría tardado muchos meses en descifrarlo. Hawkins buscó la ayuda de un ordenador, cariñosamente bautizado con el nombre de «Oscar», al cual proporcionó, de una parte, las alineaciones posibles de Stonnehenge, y, de otra, las posiciones clave (ortos, puestas, culminaciones, etcétera) de los principales cuerpos celestes: Sol, Luna, planetas, estrellas. «Oscar» empezó, pues, a señalar lo que veía en el cielo, en tal mes, en tal día, a tal hora, entre tal y cual megalitos. El resultado fue sorprendente. Si bien los planetas y las estrellas aparecían completamente desdeñados, Stonehhenge permitía, en cambio, registrar todas las posiciones significativas de la Luna y del Sol, y seguir sus variaciones estacionales. Los gráficos y cuadros establecidos por Hawkins no dejaban lugar a dudas. «Oscar» acababa de explicar para qué servían los megalitos. Pero en Stonehenge hay algo más que megalitos: los constructores que levantaron piedras, excavaron también el suelo. 56 agujeros de Aubrey. 30 agujeros. 29 agujeros, 56, 30, 29... ¿A qué podían corresponder estos números? Una vez planteado el problema, los datos eran bastante sencillos: al parecer, los hombres de Stonehenge sólo habían dedicado su atención al Sol y a la Luna. Las salidas, las puestas y las culminaciones de cada uno de estos astros son, ciertamente, dignas de interés. Pero aún lo son más los espectaculares fenómenos en que el Sol y la Luna se encuentran: los eclipses. La Astronomía moderna se dedica menos a la observación de los ritmos que a la fisiología de los mecanismos. Pero Hawkins se acordó del «año metódico». El astrónomo griego Metón observó que, cada diecinueve años, la Luna llena caía en las mismas fechas del calendario solar, y que los eclipses obedecían al mismo ciclo. En realidad, no son exactamente diecinueve años, sino 18,61 años, por lo que hay que suplir esta diferencia al establecer un calendario regular (como hacemos nosotros con el día complementario de los años bisiestos). Al redondear la cifra a 18 ó 19, el error se

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