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espesas, y durante tanto tiempo, que su dispersión hizo descubrir las estrellas a unos hombres que no las habían visto jamás y que ignoraban el ritmo de la luz y las noches pobladas de astros. Una tradición de América del Sur dice que la civilización de Tiahuanaco existió antes que las estrellas. ¿Antes que las estrellas? Absurda afirmación, si tomamos las cosas al pie de la letra. Pero no tanto si suponemos que, en un momento dado, los hombres vieron levantarse el telón, disolverse las nubes y brillar, por vez primera, un cielo constelado sobre sus cabezas. Se ha dicho con frecuencia que sin las estrellas no habría podido desarrollarse ninguna civilización, pues los hombres no habrían tenido la menor idea de las leyes cíclicas de la Naturaleza, ni punto de referencia, ni conciencia del infinito. Si esta opinión está en lo cierto, la Ciencia habría empezado, para ciertos hombres, en el deslumbramiento de las estrellas hechas visibles, y tal vez fue esto lo que ocurrió en Stonehenge y entre nuestros antepasados del neolítico, que establecieron un calendario estelar. En lo que atañe a la vida, a la inteligencia, al nacimiento y a la muerte de las civilizaciones, las interacciones entre la Tierra, los otros planetas y, sin duda alguna, todo el cosmos, deberían parecernos mucho más importante de lo que admite el sistema cerrado de la ciencia oficial, que se aferra religiosamente a una causalidad interna, a una evolución continua y a una dinámica simple de los «progresos» de la historia humana. La idea de que tales interacciones pudieron y pueden aún afectar a la Tierra, volver y revolver la historia humana, constituye uno de los temas de la presente obra. Esta se propone escuchar, en la ópera terrestre, el «misterioso canto de la vuelta atrás».

CAPÍTULO V

Larebelión de los brujos  

La rebelión de los brujos L. Pauweds • J. Bergier puro texto

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