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El segundo enigma está relacionado con el fenómeno mismo de la colisión. A las extraordinarias temperaturas que se produce, la materia no puede subsistir en estado gaseoso, sino que pasa al cuarto estado, el plasma. Es decir, los átomos pierden una gran parte de sus electrones. Se forma una bola de fuego, y, según el doctor R. L. Bjork, un torbellino casi perfectamente circular. Los cráteres de la Tierra y de la Luna serían las huellas fósiles de estos torbellinos. El torbellino arranca la corteza terrestre, dando salida al magma primario. Después, estalla, y esta explosión puede enviar al espacio fragmentos de la Tierra, a una velocidad de 80 kilómetros por segundo. Cierto que queda aún mucho por descubrir a este respecto, puesto que el cuarto estado de la materia nos es muy poco conocido. Pero no hay que echar en olvido esta posibilidad de una proyección, fuera de la Tierra, de fragmentos de nuestra sustancia a gran velocidad, suficiente para que tales fragmentos escapasen al sistema solar y surcasen el universo, con su carga de materia viva. Así, fragmentos de nuestra Tierra, arrancados hace 1.700 millones de años por el meteorito de Sudbury, pudieron tal vez llegar a algún medio fértil, en algún lugar del cielo estrellado... Nuestra ambición se limita a proporcionar algunos puntos de apoyo a los sueños, y a ensalzar, con un puñado de hechos, las virtudes de la imaginación. La geología romántica moderna -al resucitar la tesis del deslizamiento de los continentes-, las investigaciones sobre los grandes cráteres y los estudios sobre la mecánica de los grandes meteoritos, nos parecen mucho más adecuados que las pretendidas revelaciones del ocultismo para abrir un interrogante sobre las civilizaciones desaparecidas, sobre una o varias historias pretéritas de la Humanidad, y para invitar a nuevas interpretaciones de las tradiciones apocalípticas, de los mitos y leyendas referentes a la existencia de Grandes Antepasados. Pero lo que hay que recordar por encima de todo, en nuestro breve y fantasioso examen de las cicatrices de la Tierra, es que la historia de nuestro Globo, y de los hombres que lo habitan, está sin duda indisolublemente ligada a la historia del sistema solar y, probablemente, a la del Universo. Tal vez un mismo infarto cósmico destruyó Faetón, arrancó el planeta Plutón de su órbita de satélite de Neptuno, y bombardeó la Tierra en Sudbury. Otras crisis espaciales pudieron provocar, hace unas decenas de millares de años, la caída de meteoritos gigantes en la Tierra o en los océanos; engendrar eras glaciales; destruir civilizaciones nacientes o ya desarrolladas, y cubrir el cielo con nubes tan

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