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Es, pues, perfectamente lógico imaginar que una civilización o una serie de civilizaciones pudieron ser aniquiladas de este modo por la «ira del cielo ». Las cicatrices de la Tierra revelan dos o tres catástrofes por cada millón de años. Basta esto para poner en tela de juicio el ordenado desarrollo, fundado exclusivamente en causas internas, que nos presenta la teoría clásica de la evolución. También habría que poner de nuevo en tela de juicio la tesis sobre el origen de las eras glaciales, pues las espesas nubes formadas alrededor de la Tierra por el choque del meteorito, y compuestas de vapor de agua y polvo, tuvieron que reflejar la energía solar y rebajar considerablemente la temperatura media. El americano R. S. Dietz pudo demostrar que las importantes minas canadienses de níquel, de Sudbury, proceden de un meteorito gigante. Estas minas son explotadas desde 1860. Así, pues, desde hace un siglo los hombres han venido explotando la riqueza de un visitante caído del cielo. El meteorito gigante de Sudbury llegó a la Tierra hace 1.700 millones de años. Su masa era de 3,8.10'3 toneladas. Contenía una considerable cantidad de níquel. Lo cuál resulta desconcertante, en vista de la proporción relativa de hierro y de níquel de los pequeños meteoritos que caen en nuestros días. Prosiguen los estudios, y, a medida que se descubren hechos nuevos, se alarga la edad de la Tierra. Como dice Dietz: «La Tierra envejece un millón de años cada día.» Los problemas planteados por las cicatrices de la Tierra son muy numerosos, pero el más importante es sin duda el siguiente: el estudio de la Luna y la observación de Marte demuestran que estos astros fueron literalmente acribillados por los meteoritos gigantes. En comparación con aquellos, la Tierra ha sufrido muy poco. Cierto que su atmósfera la ha protegido de los pequeños impactos. Pero todo induce a creer que la atmósfera no puede retener meteoritos de una masa superior a las mil toneladas. Entonces, ¿qué? Podemos pensar en una protección magnética o electromagnética, ejercida por las capas electrizadas que envuelven la Tierra. Sin embargo, una protección de esta clase detendría preferentemente los meteoritos ricos en material magnético, como el níquel. ¿Cómo explicar el caso de Sudbury? Sigamos soñando. Si la Tierra es el único planeta del sistema solar donde existe la vida, ¿habrán los grandes ingenieros del más allá organizado su protección? Si existen, en la galaxia, seres más poderosos que nosotros, quizás intervienen en la mecánica celeste para que permanezcan y sigan desarrollándose la vida y la inteligencia en ese barrio minúsculo del espacio...

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