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respuesta a esta pregunta, pero pone de manifiesto el interés por ella e indica varias direcciones posibles de investigación. Es un trabajo de aficionados. Pero sentimos la necesidad de emprenderlo, en la esperanza de que algún día se constituya un grupo mejor equipado para proseguirlo. Aquella noble cuestión ha estado, hasta hoy, pésimamente ubicada: en los camaranchones de los especialistas, o en los asilos de alienados. Nosotros hemos tratado de rescatarla de los locos o los embusteros que alegan revelaciones ocultas, y de arrancarla al desprecio o a la inquietud iracunda de los arqueólogos. La Arqueología, observó recientemente un corresponsal del New York Herald Tribune, es, más que una ciencia, una vendetta. Se trata, más que nada, de vengarse del descubridor que no ha encontrado nada por sí mismo. Hay que excavar, aunque sea mal visto por los grandes, por los hacedores de teorías. Pero a condición de no descubrir, al mismo tiempo, alguna idea no aceptada sobre la historia humana. Desplazar el paraíso en el tiempo, es lo mismo que cambiar de sitio el mobiliario. Los tradicionalistas añoran el ayer. Los progresistas cuentan con el mañana. Pero todos están de acuerdo en que nuestros antepasados, vestidos de hojas y de pieles, golpearon estúpidamente las piedras durante milenios esperando que saltara la chispa. También convienen en la idea de que todas las civilizaciones son mortales. En cambio, nadie se atreve a pensar que, en el decurso de millones de años, la inteligencia y la pericia humanas pudieron conocer otros apogeos. No amamos la libertad ni el infinito. Nos aferramos a un determinismo angosto y queremos que el tiempo de la inteligencia humana ocupe solamente una parte diminuta del tiempo de la creación. Si somos espiritualistas, consideramos al hombre como un animal que recibió el don de concebir lo infinito y lo eterno..., pero desde hace poquísimo tiempo. Si somos materialistas, pensamos que el hombre es un producto de la Historia..., pero de una Historia muy reciente. Tampoco figura en las convenciones la idea de que no todas las civilizaciones han necesariamente de perecer. Sin embargo, nada sabemos de ellos. Sabemos demasiado poco para establecer una ley. Descubrimos algunas civilizaciones que parecen haber resplandecido durante milenios. Pero jamás nos permitimos hacer la justa observación de que ciertas civilizaciones, a las que llamamos primitivas, pero que siguen existiendo en el día de hoy, tienen todas las apariencias de la inmortalidad. En fin, si la Humanidad, en el transcurso de edades extinguidas, trató repetidas veces de subir los

Larebelión de los brujos  

La rebelión de los brujos L. Pauweds • J. Bergier puro texto