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Pero volvamos a Hapgood. Uno se siente inclinado a conjeturar, con él, que existió una civilización en Antártida, o que otras civilizaciones tuvieron conocimiento de este continente antes del período glacial que había de provocar su relativamente brusco desplazamiento. Tal vez duermen vestigios bajo los hielos. Y podemos preguntarnos si, por las mismas razones, no se albergarán también, en el extremo Norte, otros rastros de civilizaciones enterradas bajo los hielos de Groenlandia, país que tal vez guarda relación con las leyendas de Thule, de Hiperbórea y de Numinor. ¿Y cuál sería la vida de los hombres, en un continente a la deriva, en curso de dislocación? La latitud cambiaba con los siglos. Los terremotos eran continuos; se transformaba el clima, las perturbaciones meteorológicas debieron de ser espantosas. A la luz de tales hipótesis, ¿no convendría examinar de nuevo las leyendas y las tradiciones nórdicas? «Hay algo irresistiblemente romántico -escribe Hapgooden el tema de las civilizaciones desaparecidas, de las ciudades destruidas, de los descubrimientos olvidados. Es como si la mente del hombre se deslizase a lo largo de los senderos del tiempo. Parece como si, en alguna parte, en un recodo de uno de estos senderos, tuviesen que aparecer bruscamente amplias perspectivas: maravillosas ciudades que un día fueron florecientes, para extinguirse después, en el mundo y en el recuerdo.» Y, en el vago presentimiento de un eterno retorno de las cosas, mientras pensamos en la suerte de nuestro propio mundo actual, nuestra alma escucha las palabras de Shakespeare: «Llegará un día en que, lo mismo que el edificio sin cimientos de esta visión, las torres coronadas de nubes, los magníficos palacios, los templos solemnes, este propio Globo inmenso y todo lo que contiene, se disolverán sin dejar más rastro de brumas en el horizonte que la fiesta inmaterial que acaba de desvanecerse...» Y es que un asombroso descubrimiento había de confirmar, a los ojos de Hapgood, su tesis sobre la Antártida. Nos referimos a la célebre cuestión de los mapas de Piri Reis. Esta cuestión, señalada por vez primera en Francia por Paul-Émile Victor, jefe de las expediciones polares francesas, fue evocada por nosotros en El retorno de los brujos. A esto siguió una abundante literatura, dudosa en su mayor parte. La obra del propio Hapgood, Mapas de los antiguos mares; las sesiones celebradas en 1956 en la Universidad de Georgetown, Washington, sobre el tema «Nuevos y antiguos descubrimientos en la Antártida», y algunos otros trabajos, corroboraron y profundizaron, ya que no resolvieron, el enigma planteado por aquellos mapas. En

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La rebelión de los brujos L. Pauweds • J. Bergier puro texto

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