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Los Argonautas, después de haber auxiliado eficazmente a Jasón en la conquista del Vellocino de Oro, quieren hacer escala en Creta, durante el trayecto de regreso. Se lo impide la intervenciión de un robot gigantesco, Talos, que cuida por sí solo de la protección de la isla. La recorre tres veces cada día: Descubre las embarcaciones y lesi lanza rocas. Pero tiene un punto débil: el tobillo.. Si sufre una herida en el tobillo, se escapa por ella la savia vital. ¿Será ésta el líquido del depósito? ¿Funcionaría con nafta la máquina inventada poor los Dédalos? Los antiguos conocían la nafta. Leemos en Teofrasto que algunos pueblos quemaban piedras que desprendían vapor. Este vapor, conducido por gasoductos, imprimía movimientos a ciertas máquinas. El fuego que encendían los «rinagos» zoroastrianos, y sin duda, antes que ellos, los sacerdotes de otras religiones pirólatras, en la meseta irania y en las cercanías de Mosul, procedía de la inflamación de gases naturales brotados de la tierra. En las orillas del Golfo Pérsico se recogía, desde la más remota antigüedad, el «mumyja», especie de betún solidificado, dotado de virtuides terapéuticas y dinámicas. El término «nafta»> no figura en los textos que describen el robot Talos. Podemos imaginar otras fuentes de energía,. Podemos también soñar en una máquina que detecta la proximidad de los barcos y los bombardea sin fallar jamás la puntería. Medea, protectora de los Argonautas, hiere a Talos en el tobillo. La

máquina queda

averiada. Medea es el espía saboteador de las instalaciones de defensa. En cuanto al mito de Icaro, es, si seguimos la misma línea, un cuento fundado en una tentativa técnica. Naturalmente, podemos imaginar que los cretenses y sus Dédalos recibieron rudimentos de ciencia y de tecnología de visitantes procedentes del exterior, tipo Akpallus. También podemos, sin arriesgarnos tanto, considerar a los cretensess como depositarios de anteriores y desarrolladas civilizaciones y que el depósito se confió a la sociedad de los Dédalos. En los frescos de Cnossos encontramos representaciones de una «balanza para pesar las almas», y, en los palacios y talleres, restos de aparatos enigmáticos. ¿Acaso los Dédalos o sus vecinos, jugando a aprendices de brujos, trataron de captar la energía volcánica e hicieron saltar, por ambición, su mundo tan extrañamente conseguido? Estas preguntas no son absurdas. Tal vez sería más absurdo, y perezoso, no formularlas, por miedo de que se crea en la permanencia de una inteligencia ingeniosa en la Historia plagada de abismos aún inexplorados.

Larebelión de los brujos  

La rebelión de los brujos L. Pauweds • J. Bergier puro texto

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