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más de 60 metros de altura. Sin embargo, aunque se explique el procedimiento, nos parece asombroso que pudiese realizarse semejante hazaña en Altin Tepe de la misma manera que nos quedamos estupefactos ante las losas de Baalbek, preguntándonos de dónde vinieron y cómo pudieron ser transportadas y colocadas en su sitio. Se ha conseguido también descifrar algunos textos relativos a la contabilidad y a las reservas. Uno de ellos nos dice que se almacenaban 375.000 litros de vino para el consumo del rey y de los nobles. Cuando se llegue a descifrar los demás textos, obtendremos, sin duda, una gran cantidad de nuevos datos. Pero, ya en la actualidad, algunos objetos nos proporcionan valiosas informaciones: como aquel disco de oro, cuyos motivos, minuciosa y artísticamente grabados, nos permiten establecer singulares comparaciones. Pues, ¿no vemos allí a un dios vestido con larga túnica y montado en un caballo alado, predecesor de los de la mitología griega? Las tumbas son copias reducidas de las casas, como ocurrirá más tarde en la necrópolis

de

Nagheh-e-Rustem.

También

aquí

los

cadáveres

son

suntuosamente ataviados antes de enterrarlos, y, como en Çatal Huyuk, se colocan armas en las tumbas de los hombres, y joyas en las de las mujeres. El lujo superaba en mucho al de la ciudad neolítica: los muebles tenían adornos de oro y de plata; las patas de bronce de las mesas y de las camas presentaban la forma de pezuñas de caballo o de macho cabrío. Cabezas de toro decoraban los calderos. Para ejecutar el minucioso dibujo de los frescos, los artistas disponían de reglas y compases.

Todos estos elementos fragmentarios no bastan para reconstituir una sólida cadena. Faltan demasiados eslabones, y el esparcimiento de aquéllos en el espacio da lugar a que se multipliquen las hipótesis. Si sabemos, por ejemplo, cómo desapareció Catal Huyuk, destruido (probablemente por los escitas) a mediados del sexto milenio antes de nuestra Era, ignoramos, en cambio, los motivos que llevaron a la primera edificación de esta ciudad.

Larebelión de los brujos  

La rebelión de los brujos L. Pauweds • J. Bergier puro texto

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