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indoeuropeos en diversas regiones del Asia Occidental y tribus indonesias o malasias, por citar solamente unos pocos ejemplos. Sin demasiado temor a equivocarnos, podemos pensar que, incluso siendo jerárquicamente inferiores a las sacerdotisas, únicas depositarias del ritual, hubo una cofradía de sacerdotes (o magos), sabios y técnicos, que supo sacar espléndido partido de la obsidiana, principal recurso de Catal Huyuk. Había tres yacimientos de obsidiana, cerca del volcán hoy apagado. Y este material servía para la fabricación de casi todos los utensilios: hoces, hachas, raspadores para la limpieza de la lana, punzones, armas diversas y puntas de lanza o de flecha. Ahora bien, técnicamente, la obsidiana es un cristal: duro y negro. ¿Por qué los sabios de esta .ciudad no habían de intentar el invento de variedades de diferentes colores y no habían de ser los primeros en fabricar el vidrio, cosa que se atribuye a los fenicios y a los egipcios? Y las expediciones de estos técnicos a las proximidades de los volcanes de Hassan Dag, Karaqa Dag y Nekke Dag, ¿no pudieron dar origen, mucho antes de la civilización helénica, a la leyenda de Prometeo? Cierto que nada viene a confirmar esta hipótesis. Ni siquiera podemos apoyarnos en una leyenda que, nacida en la región como fruto de un hecho real, fuese transmitida a través de las edades a las primeras generaciones de la era histórica. Pero las condiciones geográficas de Grecia y de Creta no eran las más adecuadas para el nacimiento de éste mito. Entonces, ¿por qué no buscar su origen alrededor de unos cráteres antaño incandescentes?

Pero, en Çatal Huyuk, la misma realidad inclina a soñar. Entre los utensilios, Mellaart observó en seguida los morteros, que servían para moler el grano. Los granos dejaron, a veces, su huella, y otras, se conservaron casi intactos. Y los investigadores tuvieron que rendirse muy pronto a la evidencia (gracias a los estudios genéticos del profesor danés Hans Helbart): los habitantes de la ciudad neolítica no se limitaban a cortar espigas de trigo silvestre, sino que cultivaban tres variedades. También sembraban cebada y lentejas, y cultivaban plantas oleaginosas y medicinales, almendros y alfóncigos.

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La rebelión de los brujos L. Pauweds • J. Bergier puro texto

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