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hombre. Y, en este caso, tendríamos que hacernos a la idea de que el hombre es una criatura excepcional, perteneciente a una especie privilegiada; de que el hombre es objeto y producto de determinadas fuerzas: «Algunos biólogos opinan en la actualidad que las mutaciones espontáneas, visiblemente terminadas en las especies animales, siguen produciéndose en el encéfalo humano, principalmente en las zonas corticales, de suerte que las modificaciones de las mentalidades no serían más que el aspecto psicosociológico de aquellas mutaciones espontáneas, de origen misterioso y tal vez cósmico» (Bouthoul). Situados en estas perspectivas, contrarias a la teoría general de la evolución, no tendríamos más remedio que declarar que el hombre es un animal fuera de serie, que constituye una forma viva ajena al proceso global. He aquí una declaración que nos sentirnos fuertemente tentados a hacer, por nuestra cuenta y riesgo. Pues bien, dejémonos tentar. Planteadas así las cosas, tenemos que añadir que esa forma viva, que escapa al proceso general, podría muy bien aparecer, no al final de una lenta evolución, sino de manera acelerada, y cada vez que le resulta posible. En la historia de nuestro planeta, el hombre pudo aparecer varias veces durante los millones de años que quedaron atrás. De suerte que, considerado a la escala de nuestras vidas y de la duración de nuestras civilizaciones, podríamos decir que el hombre es eterno. Esta hipótesis no es mística. No presupone un Dios testarudo y vigilante, que crea al hombre cada vez que las condiciones se lo permiten. Es una hipótesis natural. Así como el azar no interviene en la química, tampoco influiría en la evolución. Así como existen moléculas estables, habría al menos una forma de vida, el hombre, que se manifestaría con constancia, cada vez que se presentase la

ocasión;

que

pasaría

por

muchas

vicisitudes,

avatares,

altibajos,

degeneraciones y en una eterna tentativa de realizarse; con plenitud. Cada nuevo descubrimiento hace retroceder la fecha de nacimiento del primer hombre. En setiembre de 1969, un congreso de antropólogos y paleontólogos, reunidos en la sede parisiense de la UNESCO, rechaza la idea de que el hombre de Neandertal fuese nuestro antepasado, y admite que, hace más de dos millones de años, existía un, hombre que confeccionaba útiles y practicaba un culto a los muertos. Pero esto resulta ya insuficiente. Las excavaciones del Chad revelan una Humanidad cuya antigüedad se remonta a seis millones de años. Esta pista podría seguir indefinidamente y hacernos pensar que, a nuestra escala, hablar del primer hombre es lo mismo que hablar del extremo del Universo.

Larebelión de los brujos  

La rebelión de los brujos L. Pauweds • J. Bergier puro texto