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Descubrió doce ciudades superpuestas, la más antigua de las cuales se remontaba a 7.000 años antes de J. C., o sea a 9.000 años antes de nuestros días. Salvo la más reciente, era indudable que estas ciudades habían sido destruidas por el fuego y reconstruidas después. Sin apelar siquiera al simbolismo, cabe pensar que esta superposición de ciudades presenta una analogía con nuestra civilización, la cual podría muy bien haber sido edificada sobre un montón de civilizaciones desaparecidas. Pero lo que más nos choca, aquí, es el grado de cultura y de refinamiento que presuponen los hallazgos realizados en estas doce ciudades. Estas ciudades estaban formadas por casas de ladrillos, desprovistas de puertas. Se penetraba en ellas por el tejado y con ayuda de unas escaleras. El conjunto de viviendas de un barrio estaba dispuesto en forma de colmena y constituía una fortaleza contra los eventuales asaltantes y las crecidas del río Carsamba. Los edificios se habían derrumbado casi totalmente, pero se pudo reconstruir fragmentos de muros. Se descubrió que éstos estaban cubiertos de frescos en su parte interior. Sin embargo, los restauradores chocaron con un escollo: una vez expuestos a la claridad solar, los colores se alteraron. Sin duda habían sido confeccionados a base de pigmentos minerales, que se deterioran bajo la acción de la luz. Los frescos fueron inmediatamente fotografiados, para conservar Su recuerdo intacto. (Después, se realizaron diversos ensayos de revestimiento para proteger los colores. El acetato de polivinilo dio resultado satisfactorio.) Estos frescos representaban escenas variadas: caza, juegos, ceremonias o personajes en diferentes actitudes. La hechura era de un realismo tan acusado que podemos leer los rasgos más dominantes del carácter de los personajes: la actividad desbordante y favorecida por una gran agilidad, la inteligencia sagaz y rayana en la astucia. También se reconstituyó el estilo de la indumentaria. Los hombres usaban camisas de lana, túnicas y abrigos de invierno, de piel de leopardo, provistos de cinturones con hebilla de hueso. En el dobladillo de los trajes femeninos, unos aros de cobre, semejantes a los de latón que daban rigidez a los miriñaques de nuestras abuelas, impedían que se levantase la falda. Los escotes, bastante pronunciados, no se parecían, empero, al de la cretense que sirvió de modelo para la estatuilla bautizada con el nombre de «La parisiense». Joyas de plomo, metal rarísimo en aquella época, o de cobre, con incrustaciones de piedras duras talladas o de piedras preciosas, completaban el atavío. Unas cajitas que con-

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