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horizonte occidental, reaparecían al día siguiente por Oriente, gracias a un milagro que sólo el gran Marduk podía explicar. Pero Beroso no dejó por ello de impresionar a los griegos (que conocían desde hacía tiempo la redondez de la Tierra y, a grandes rasgos, las configuraciones celestes), por la fantástica precisión de sus efemérides y de sus predicciones de eclipses. Los griegos eran sabios. Beroso era un técnico. Los trabajos prácticos de los astrónomos babilonios no requerían ningún conocimiento teórico y no han dejado rastro alguno de una sabiduría de esta clase.

El abismo que separa la Ciencia de la técnica se pone aún más de manifiesto si rccordamos que, en la época en que Beroso llega a Cos, Aristarco de Samos había descubierto ya la rotación de la Tierra sobre sí misma, su revolución anual alrededor del Sol, y las inmensas dimensiones que, partiendo de este último fenómeno, había que atribuir al espacio sideral. Pero no había ninguna necesidad técnica (aquí, teológica) que obligase a Aristarco a prever los eclipses con un error de una décima de segundo de arco. Le bastaba con saber cómo ocurrían las cosas y cómo podían explicarse las apariencias, según había dicho Platón. Por otra parte, la aventura intelectual de los griegos ilustra en cierto sentido el desarrollo independiente de la Ciencia y de la técnica, pues ellos, que fueron los primeros auténticos hombres de Ciencia, consideraron siempre la técnica como una habilidad propia de bárbaros y de esclavos, al menos hasta Arquímedes, cuyo genio revolucionario es tanto el de un ingeniero como el de un sabio. Si los griegos fueron los primeros hombres de la Historia que vislumbraron la verdadera naturaleza del universo material y el orden natural que lo organiza -la palabra Cosmos, que ellos nos legaron, es, ante todo, un adjetivo que significa hermoso, elegante, ordenado-, si fueron los primeros en comprender la situación, a la vez predominante y modesta, del hombre en el seno de esta máquina enorme, no les debemos, en cambio, ninguno de los grandes inventos realizados en su época. Cuando Arquímedes comprendió, al fin, que la auténtica Ciencia debía tener también el aspecto artesano de la experimentación, era ya demasiado tarde:

Larebelión de los brujos  
Larebelión de los brujos  

La rebelión de los brujos L. Pauweds • J. Bergier puro texto

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