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»Fijó el año y definió sus divisiones, atribuyendo tres constelaciones a cada uno de los doce meses. »Cuando hubo definido los días del año por las constelaciones, encargó a Nibirú (el Zodíaco) que las midiese todas (... ) y situó el Zenit en el centro. Hizo a la Luna brillante señora de las tinieblas, y le ordenó que habitase la noche y marcase el tiempo. Mandó que su disco aumentase, un mes tras otro, incesantemente: »Al comenzar el mes... brillarás durante seis días como un arco creciente, y como medio disco al séptimo día. En el plenilunio, a la mitad de cada mes, te hallarás en oposición al Sol. »Cuando te alcance el Sol, en el Este, sobre el horizonte, te encogerás y formarás un creciente invertido... Y el día vigésimo noveno, volverás a estar en línea con el sol» (Fragmentos del texto sagrado del Enunia Elish.). Y así sucesivamente para los planetas, el movimiento del Sol en el Zodíaco, etcétera. El hombre moderno se siente inclinado, por sus invencibles ilusiones realistas, a interpretar estos textos como ficciones literarias, destinadas a vestir de un modo elegante unos hechos cuyo carácter material era perfectamente conocido por los calculadores del Gran Zigurat. No puede creer que unos cálculos tan perfectos pudiesen ser realizados por hombres para quienes la Luna, Venus, Marte y todos los astros fuesen realmente dioses. Pero existe un texto antiguo, perfectamente claro, que no deja lugar a dudas sobre la prodigiosa ignorancia de los astrónomos babilonios. Allá por el año 270 antes de J. C., Beroso, de quiera hemos hablado ya a propósito de los Akpallus, emigró a la isla de Cos, en el Dodecaneso, y enseñó allí la ciencia de su país. Su enseñanza no cayó en saco roto, y, doscientos años más tarde, el romano Vitrubio hizo un resumen de ella, que ha llegado hasta nosotros. Según Beroso, heredero de dos mil años de astronomía babilónica, la Tierra era plana, el Sol la sobrevolaba a altura constante y lo propio hacía la Luna, aunque a más baja altura. Ésta tenía una cara luminosa y una cara oscura, y giraba sobre sí misma, de una manera tan ingeniosa que explicaba sus variaciones mensuales, pero tan extraña que, en el momento; del plenilunio, ¡daba su cara oscura al Sol! Desde luego, la Luna y el Sol tenían que ser forzosamente dioses, porque, después de desaparecer todas las noches por el

Larebelión de los brujos  

La rebelión de los brujos L. Pauweds • J. Bergier puro texto

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