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realizaciones fuesen recompensas de lo que tenemos por nuestro más noble deseo: el deseo de la verdad. Por esto queremos negar a nuestros antepasados la posibilidad de hacer; porque vivían en un profundo alejamiento de las verdades. Y cuando descubrimos la calefacción central en las ciudades antiguas, nuestra sorpresa tiene un matiz de angustia. Es nuestro mundo mental que se tambalea. Los pequeños tenedores de madera, surgidos de la Prehistoria, pinchan nuestra mente. El robot de Tales, de las costas de Creta, nos lapida. Los constructores de Stonehenge son nuestros enemigos. Dédalo nos hace dudar de nosotros misinos. El calendario maya perturba nuestras constelaciones mentales. y, sin embargo, cuando pensamos en la Ciencia y en la técnica, un solo vistazo a la Naturaleza debería desengañarnos. No hay un solo descubrimiento útil, transformador de nuestro mundo, que no haya sido realizado anteriormente por el mundo animal. La jibia y ciertos insectos esténidos se propulsan por reacción. La avispa fabrica papel. El pez torpedo dispone de condensadores fijos, de pilas y de interruptores de corriente eléctrica. Las hormigas practican la ganadería y la agricultura, y tal vez conocen el uso de los antibióticos. El pez Gymnarcus niloticus lleva, cerca de la cabeza y de la cola, generadores de tensión y aparatos capaces de apreciar ínfimos gradientes eléctricos. El demonio del hacer juega todas las cartas y circula misteriosamente a través de toda la Naturaleza y, sin duda alguna, de todos los hombres de todos los tiempos.

El prestigio de la ciencia astronómica de los babilonios se mantiene después de tres milenios. En efecto, no cabe duda de que, en cierto sentido, esta ciencia fue muy lejos, más lejos que la de los griegos, e incluso, en ciertos terrenos, que la moderna astronomía hasta el siglo pasado. Hace más de dos docenas de siglos que Kidinnú calculó el valor del movimiento anual del Sol y de la Luna con una precisión que sólo fue superada en 1857, cuando Hensen obtuvo cifras con un error menor a tres segundos de arco. El error de los resultados de Kidinnú no superaba los nueve segundos. Más extraordinaria aún es la precisión del cálculo de los eclipses lunares por el propio Kidinnú. Los actuales métodos de cálculo, perfeccionados en 1887 por

Larebelión de los brujos  
Larebelión de los brujos  

La rebelión de los brujos L. Pauweds • J. Bergier puro texto

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