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entregó a una vocación casi religiosa en favor de la inteligencia pura, justamente orgulloso de su saber, absorto en ideas generales, preocupado por las consecuencias de su trabajo, está quedando anticuado. Por otra parte, es significativo que, en la actualidad, se sustituya la palabra «sabio» por la de «investigador». Lo cual no es efecto de la modestia. Lo que ocurre es que el «investigador» pertenece ya a otra raza, más estrechamente especializada y orientada por entero hacia el saber hacer. Nosotros vemos una homogeneidad del saber y el hacer, de la ciencia y la técnica, siendo así que lo que hay es coexistencia, superposición y, a veces, antinomia. Los físicos experimentales afirman de buen grado, en privado, que las vastas síntesis de la física teórica no tienen para ellos la menor utilidad práctica. Los propios técnicos os dirán que las más formidables instalaciones nucleares representan, sobre todo, un triunfo del ingenio artesano; que son fruto de miles y miles de pequeños «trucos» agrupados por la experiencia y sin relación alguna con las teorías fundamentales. Cierto que tienen que confesar que su campo fue, en un principio, explorado por unos teóricos cuyos trabajos no pueden ignorarse. Y aquí reside, quizás, una gran novedad de nuestro siglo: que, para ser técnico, había que ser también un poco sabio. Esta relación es un hecho nuevo en la Historia, constituye una originalidad. Pero esta originalidad no podría fundar una ley general. Los partos tecnológicos no requieren, como condición necesaria, el previo apareamiento de las dos actividades de la mente. Incluso en nuestra civilización, es ésta una unión muy libre, con sus rabietas, sus escapatorias y sus engaños. Tal vez se necesitaría una transformación de la mentalidad humana, comparable a la realizada por los griegos hace veinticinco siglos, para que nazca una nueva forma de conquista del Universo que una estrechamente el conocimiento a la acción. Sin embargo, aquel esquema está tan profundamente arraigado en nosotros, que decimos de buen grado que nuestra civilización es científica. Y, en realidad, es tecnológica. No está en modo alguno gobernada por las virtudes del espíritu científico. Son los afanes del demonio del saber los que llevan la voz cantante. Tenemos sociedades de managers y de ingenieros, de burócratas y de policías, en las que el empirismo rige las cosas y los hombres, con justificaciones ideológicas muy vagas, muy dudosas, y con peticiones de principio cuyo carácter relativo nadie ignora. Una sociedad regida por la Ciencia sigue siendo una utopía. No; el hacer no

Larebelión de los brujos  

La rebelión de los brujos L. Pauweds • J. Bergier puro texto