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más que someterse a ella. Pues es la Sociología, y no la Biología, la que presta a la evolución el prestigio y el atractivo que ejerce sobre nosotros. Es el progreso del hombre, y no el de las especies animales y vegetales, el que rige nuestro trabajo y nuestras ideas. »Y, si nos sentimos inclinados a pensar que todo va de mejor a mejor en el mundo, es porque vemos aumentar el poder que el hombre ejerce sobre él. Montaigne se burlaría de esta idea. Pero, se mire como se mire, en la actualidad todos saldríamos ganando si considerásemos la evolución con mayor desconfianza y si empleásemos esta palabra con más cautela y con mayor rigor. El evolucionismo se volvió contra el determinismo, después de haberse confundido con él; se volvió devoto, si no ortodoxo, después de haber sido ardientemente librepensador. ¿Cómo saber a qué causas servirá mañana? Ni siquiera podemos afirmar que asegure el bienestar de sus adeptos: los poetas nos enseñaron, hace mucho tiempo, que se puede torturar con la esperanza, y los historiadores, que los jefes de los pueblos pueden hacer más atroz la vida presente, en nombre del porvenir mejor que les prometen. Las peores tiranías se hacen excusables, e incluso se justifican, cuando damos por cierto que el mundo, sometido a una fatalidad dichosa, camina hacia un estado paradisíaco. Si, pase lo que pase, todo tiende al bien, el mal deja de existir; una enorme carnicería no detendría el curso de la evolución; algunos pueden incluso alardear de que la aceleraría y de que una pequeña sangría de novecientos millones de hombres facilitaría a los supervivientes, el acceso a la sociedad sin ciases a la que aspira el socialismo; de la misma manera, los nazis se jactaban de que, eliminando las razas inferiores, harían más rápido y seguro el juego bienhechor de la selección natural. El evolucionismo no está más exento de delirio que todos los otros "ismos". Incluso es preciso vigilarlo de cerca, sobre todo si se quiere defenderlo».

A decir verdad, no me siento inclinado --y tampoco Bergier- a «defender el evolucionismo». ¿Y si la evolución fuese como una de esas muñecas debajo de cuya falda aparecen otras varias muñequitas enteramente formadas? ¿Si hubiese habido, por ejemplo, varias apariencias del hombre, y varias tentativas hermanas de dominar la Naturaleza? ¿No habría entonces, en esta creencia positiva, un optimismo que no iría acompañado de la fe en un «impulso vital» ascendente, ni del

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