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prolongados, torpes y balbucientes esfuerzos. El progreso es el magnífico heredero de toda la evolución, el producto resplandeciente, definitivo, de tres mil millones de años de vida y de esfuerzos por conseguir esta entidad espléndida. El progreso ilumina el mundo. Antes, el mundo estaba a oscuras. En realidad, el hombre no conocía la luz del día. Esto es lo que significa el término «siglo de las luces». Es el siglo que ve nacer la idea del progreso. Con él, llega nuestro tiempo, el tiempo de los hijos del tiempo. Surgimos al fin, y tomamos por nuestra cuenta las riendas de la evolución; nosotros, que hasta entonces habíamos estado ligados a una lenta evolución de la materia, a un tímido avance, sofocante y terrorífico, sometido a la mordedura de las inclemencias químicas, de los organismos nocivos que vegetaban en las encharcadas aguas del Devónico. A partir de entonces, tenemos la seguridad de que el progreso está justificado por la evolución y de que la Historia tiene, en consecuencia, un carácter mesiánico. Pero debemos considerar si esta certeza deriva de los imperativos de nuestra civilización industrial y técnica, más que de una realidad científicamente revelada. Emmanuel Berl tiene muchísima razón cuando habla, a este respecto, «de la presión ejercida (sobre los defensores de la evolución creadora) por la civilización que les rodea». Es ésta, sigue diciendo, «la que, sin duda alguna, confiere a las ideas de evolución y de progreso un valor que no guarda proporción con los fenómenos efectivamente comprobados. Es ella quien orienta las investigaciones en el sentido conveniente, anulando las prevenciones contra palabras que significan e insinúan mucho más de lo que expresan; la que incita a confundir una teoría, verosímil pero discutible, como todas las teorías, con un conjunto de hechos establecidos. Estos hechos pueden revelar situaciones pretéritas, sucesiones, causalidades; pero no pueden, evidentemente, revelar finalidades y, menos aún, el sentido último de unos procesos que no han finalizado y cuyo término es imprevisible. »No conocemos, ni podemos conocer, el desenlace de los combates que la vida entabla contra sí misma y contra la materia inanimada. Los biólogos no podían prever la bomba atómica, ni saben qué nuevos virus podrán, mariana, diezmar nuestra especie. Su evolucionismo implica, pues, un acto de fe; un acto de fe que ni siquiera se apoya en una revelación y que se hace aún más difícil desde el momento en que excluimos la transmisión de los caracteres adquiridos. Al profesar el evolucionismo, creen dominar y dirigir la Sociología, cuando en realidad no hacen

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