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mucho de pronunciarse sobre una cuestión que, por lo demás, les habría parecido desprovista de espíritu científico: ¿tiene la evolución un sentido? El transformismo no era pesimista ni optimista. Se negaba a dar una intención y una dirección a un fenómeno natural. En esto, se avenía bastante bien con el espíritu de la época, que mantenía un equilibrio bastante desmañado entre la esperanza y la desesperación, con una ligera preferencia por la lucidez amarga. Julio Verne era contemporáneo de unos filósofos que profetizaban el Apocalipsis, y Baudelaire exclamaba: «¡El mundo se acaba!» Por otra parte, la Física de la época tiene negra la color. La entropía generalizada condena al Universo a la extinción. Nietzsche encuentra, en el determinismo que preside la evolución de las especies, algo con que alimentar su visión trágica. Se pasma sombriamente ante la dureza implacable de la selección natural y al ver aparecer el hombre sobre un inmenso cementerio de especies enterradas. Los biólogos, que «no vieron a Dios en sus probetas», se encogerían de hombros, bajo su levita negra, si se asignase un sentido cualquiera a los fenómenos naturales. Sólo los determinismos fisicoquímicos se hallan en juego. Y los propios psicólogos se colocan a su lado: la inteligencia y las virtudes son productos, como el alcohol y el azúcar. En cuanto al hombre, desciende del mono. El propio verbo excluye toda idea de una ascensión cualquiera del ser vivo, de una dirección positiva del «impulso vital». El Génesis nos hacía nacer del polvo y nos decía que volveríamos a él. El dogma afirmaba que éramos barro animado por Dios. No somos este producto de la voluntad del Señor, sino, simplemente, un primate que evolucionó por el juego de causalidades ciegas y fue arrojado a una Naturaleza que no tiene ningún fin y que, por lo demás, está condenada a la extinción por la termodinámica.

Si, por una extraordinaria circunstancia, los descubrimientos de la genética moderna se hubiesen realizado antes del advenimiento de la civilización industrial, los partidarios del fijismo habrían llevado la mejor parte. Como dice acertadamente Emmanuel Berl, estos descubrimientos habrían «entusiasmado a los filósofos más obsesionados por lo Eterno, más indiferentes a la Duración». No se habría hablado de «impulso vital», ni, con mayor razón, de “evolución creadora”

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Larebelión de los brujos  

La rebelión de los brujos L. Pauweds • J. Bergier puro texto