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continuamente. Al amanecer, los valles de los Highlands son como ríos de niebla lechosa, en los que nadan los porteadores. En las alturas, cuando aparece el sol, el suelo se cubre de mariposas amarillas y negras, que extienden sus alas para secarlas. ¿Qué diálogo podría establecerse entre los blancos, ávidos y abstractos, con su hormigón y sus gráficos, y esos hombres sumergidos en paisajes dalinianos, que dibujan flores sobre sus piernas y se tocan con plumas de loro y de ave del paraíso? Un mes de agosto, hace diez años, los blancos organizaron, en Mount Hagen, una exposición de animales de corral y de máquinas agrícolas. Se tenía el proyecto de celebrar esta feria cada dos años. Los indígenas tuvieron noticia de ella y fueron a ver lo que pasaba. Las tribus salieron de los bosques, con sus trajes de fiesta. Cuando la feria siguiente, eran tan numerosos que tomaron la delantera a los granjeros australianos y holandeses, organizando la única y formidable «bienal de la prehistoria» del mundo. Después, no hubo más remedio que dejarles hacer. Y cada año, en agosto, acuden para mostrar a los blancos, y a ellos mismos, lo que son. Tribus que antes no se trataban, se reúnen, bailan, cantan y lanzan sus gritos de guerra, blandiendo lanzas, arcos y flechas. Son veinte mil en el ruedo; la tierra tiembla, y los turistas fotógrafos se exponen a ser pisoteados. Los asaros, los kandeps, los chimbusn, los hewas y los laiagaps, han caminado días y noches enteros, cruzando valles y bosques -en los que el viajero no suele encontrar más de cien hombres en varias semanas-, para conmemorar, frente a los blancos, el mundo antiguo. Allí están los porpaigas, con sus pelucas adornadas con botones de oro, y sus collares de dientes de perro, y sus taparrabos de conchas. Allí están los dunas, que viven en chozas, separados los hombres de las mujeres, con las que sólo se encuentran en los matorrales, y que se pintan el rostro de rojo y amarillo para la iniciación, y se atraviesan el tabique nasal con una pluma azul tan larga que sus extremos les rozan los hombros. Y allí están los hombrecillos del río Asaro, que son los más extraños y repelentes, enteramente embadurnados de barro ocre y gris, con toscas máscaras confeccionadas con el mismo barro; personajes de los orígenes, desmañados, terroríficos, dolorosos... Pero hay que vender los tractores y las vacas de concurso. Por la tarde, los organizadores de la feria blanca reúnen a viva fuerza a estos millares de testigos de la eternidad mágica, para que el señor ministro pueda pronunciar su discurso, y desfile el Ejército, y se celebre el partido de polo. Después, los curiosos emprenden el regreso a Port-Moresby, dominado por su

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