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rechazo de nuestro mundo y revelarnos su alma. Cierto que volverán a sus bosques y a su magia, y que volverán a la caza del ave del paraíso (que sólo puede derribarse con lanza y con flecha, pues el fusil es tabú para este hermoso pájaro); y que serán los mismos que vinieron (¿irónicamente?) a escuchar al Señor Administrador en la inauguración del nuevo aeródromo de Koroba, con el cuerpo embadurnado de grasa de cerdo o de pintura blanca, como aquel que llevaba un bolígrafo en la nariz, o aquel otro que, desnudo, se había ceñido la frente con una cremallera, o como aquel chiquillo que llevaba, por todo vestido, un par de gafas pintadas... En contraste con la unidad estancada del primitivismo aborigen australiano, la finura y la multiplicidad cultural de Nueva Guinea son asombrosas. Debido a la geografía, los hombres de las diferentes tribus se comunican poco y viven en valles cerrados. Pero en cada uno de éstos hay una efervescencia considerable. Se hablan quinientas lenguas diferentes, o sea la décima parte de las que se hablan en todo el mundo, y algunas de ellas resultan sumamente complicadas. La lengua duna, por ejemplo, que clasifica las criaturas vivas en categorías (las que vuelan, las que caminan y las inferiores, las que se arrastran: los cerdos y las mujeres), posee un vasto vocabulario cuyas variantes son de tono, como en chino. La diversidad de indumentaria, de decoración, de costumbres y de tradiciones culmina en este pueblo, que ignora el concepto de unidad y que es, sin duda, el más igualitario y el más independiente del planeta. Sin soberanos, sin caudillos hereditarios, sólo elige un jefe en caso de conflicto, para que les dirija en el combate. Parece que los hombres de Nueva Guinea se vanaglorian de la perennidad de sus costumbres, y, lejos de querer imitar a los blancos, afirman su singularidad delante de éstos con apasionamiento y con una especie de burlona satisfacción. Leo Hannet, el más conocido de los jóvenes líderes guineanos, que se formó en una misión católica y, después, en la Universidad, admira a Camus, a Luther King, a Kennedy y a Senghor. Si debe empuñar un día las riendas del poder en su país, se opondrá al desarraigo de sus hermanos, a la emigración a las ciudades frías y artificiales, y procurará que la civilización y la tradición se emparejen en el mundo real, en las pequeñas aldeas, en los claros del bosque, donde se cultiva la batata. Una tierra sólida, una naturaleza y unos hombres borrachos de colores y de libertad. En el bosque fresco, los árboles rezuman

Larebelión de los brujos  

La rebelión de los brujos L. Pauweds • J. Bergier puro texto

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