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segregacionistas. El Señor Administrador reina en Port-Moresby, la ciudad de las caletas llenas de guijarros, de botellas vacías y de embarcaciones podridas, donde se albergan los pobres indígenas, aherrojados por los bajos salarios. Los viejos venidos de los bosques y que fueron a parar allí, vagan borrachos por las calles bajas, y unas mujeres embrutecidas, sentadas en el suelo, tratan de vender limones, nueces de betel y collares de conchas. El centro de la ciudad está dominado por un enclave rodeado de alambre espinoso; los cuarteles de Murray. El Señor Jefe de la Administración, que nada ha olvidado de los duros tiempos de las guerras de tribu y de la gran inseguridad, opina que el país no está preparado para la independencia y mantiene el espíritu represivo del tiempo de la antropofagia (que aún no ha pasado del todo, hay que confesarlo) y de los cazadores de cabezas. Es un antiguo criador de caballos de carreras y granjero de Queensland, ultraconservador, y que no siente interés particular por la etnografía. Su ayudante es un antiguo enfermero. El país ha cambiado un poco. Se han pacificado las tribus y se han abierto nuevas tierras, que eran completamente salvajes hace veinticinco años. Los servicios de sanidad y los misioneros han trabajo de firme. Aunque con dificultad, ha surgido una pequeña élite indígena: hay quinientos estudiantes en la Universidad. Pero siguen siendo indeseables. El espíritu del colonizador no ha cambiado. Sus «bondades» suenan a falso. Si se quiere proteger a un joven líder porgaiga, «para que aprenda nuestra lengua y pueda transmitir a los nativos las ventajas de la civilización», se le hace boy de un funcionario. Los contactos con las tribus de los bosques han servido de poco al hombre blanco, ignorante de la lengua, indiferente a las realidades humanas y culturales particulares. Para los administradores, los aborígenes son «monos de los roquedales», o bien «Oli». Esta palabra pidgin significa «no importa quién». Si la independencia se produce pronto, apresurada por los odios y los equívocos, sin un período intermedio suficiente en un pueblo despreciado, el bosque volverá a cerrarse sobre sus misterios. Las tribus olvidarán el breve paso de los blancos y volverán a su eternidad, hundiéndose, a través de la blanca niebla, con sus pelucas en forma de bicornio napoleónico, sacudidos por una tos constante, hacia los valles arcillosos de los Highlands, a preparar, sobre piedras calentadas y envueltos en hojas de plátano, los cuerpos de los últimos misioneros meritísimos, por cierto-, tal como hacen con los casuarios. Pero los jóvenes responsables del país, aunque tropezando con inmensas dificultades, sabrán quizás interpretar mejor que los australianos a sus hermanos, comprender su

Larebelión de los brujos  

La rebelión de los brujos L. Pauweds • J. Bergier puro texto

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