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afirmarlo. Lo esencial es que corrobora y confirma el progreso, un progreso de la Naturaleza hacia la Inteligencia, de la Historia hacia la Justicia, de la Humanidad hacia lo Sobrehumano.» El transformismo, que, quiérase o no, está en la base de la idea de evolución, es

abandonado

como

mecanismo

coherente,

como

encadenamiento

de

casualidades. Existe una causa final, que produce efectos a lo largo de la historia de los seres vivos. Es un determinismo invertido, y los fenómenos inexplicables de la evolución se explican por el solo Hecho de que son resacas del futuro. Y, si la genética descarga un golpe mortal al transformismo, no por ello destruye la idea de evolución ascendente. Porque esta idea ha pasado del nivel de la explicación científica al nivel de mito necesario para una civilización. La teoría de los cromosomas de Weisman y las leyes de Mendel destruyeron las tesis sobre las mutaciones que habían venido en apoyo del transformismo. Al afirmar que los caracteres transmitidos son invariables,. y que no puede haber transmisión de los caracteres adquiridos, ya que la herencia actúa, no de organismo a organismo, sino de germen a germen estable, la genética no dice nada en absoluto a favor del evolucionismo. Cuando Lyssenko y los mitchurinianos de la época estalinista se pronuncian a favor de la evolución y contra la genética, lo hacen con plena conciencia de la contradicción en que incurren. Pero necesitan apoyos «científicos» para el mito necesario. En nombre de la verdad científica, envían a los geneticistas a presidio; pues, para ellos, la Ciencia no es solamente la verdad, sino la verdad más la esperanza; la esperanza de ser causa, de poder modificar y mejorar la naturaleza del hombre por un cambio del medio que dé al transformismo la posibilidad de ejercer sus virtudes. Cierto que era una crueldad inútil enviar a los sabios a la muerte. Pero aquellos materialistas no tenían suficiente confianza en el mito. Ni siquiera hubiese sido necesario el silencio. El mito de la evolución ascendente vive muy bien y engorda con las contradicciones, que le sirven de suero. Los transformistas de principios del siglo XIX consideraban más que suficiente el haber sustituido el arbitrio del Creador por una hipótesis que implicaba cierto determinismo. No se pronunciaban sobre un sentido cualquiera de la evolución. Las causas engendraban efectos, la acción del medio y la selección natural hacían que se modificasen las especies, las formas de vida se desplegaban, obedeciendo a necesidades implacables, desde la amiba hasta el hombre. Se guardaban muy

Larebelión de los brujos  

La rebelión de los brujos L. Pauweds • J. Bergier puro texto

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