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con evidentes señales de violencia; que nuestros antepasados combatían, pues, a veces, entre ellos, y que, a pesar de todo, casi sólo se encuentran animales en las cavernas: existía una explicación, y no iba a prescindirse de ella por tan poca cosa. Hasta el punto de que, desde hace medio siglo, el sonsonete del pobre salvaje embrutecido y bestial, bailando en el fondo de las grutas ante un bisonte pintado, en la creencia de que así preparaba su victoria sobre el bisonte galopante, no ha dejado nunca de zumbar en nuestros oídos. Que la etnografía fuese como una caja abierta, en la que bastaba hurgar un poco para encontrar, creyendo descubrirlas, las ideas que uno llevaba ya en su equipaje, fue algo que, por lo visto, no preocupó a nadie, y menos a los prehistoriadores. Poner en duda el hechizo de caza ante los mamuts de Rouffignac o los ciervos de la Pasiega, era delirar peligrosamente, buscar tres pies al gato, abrir la puerta a inquietantes fantasías. Pero, mientras tanto, los etnólogos descubrían, poco a poco, al hombre contemporáneo real, primitivo o civilizado, y comprendían que no se le puede encerrar en ninguna fórmula, que es infinitamente variable y variado, que se puede esperar todo y nada de él. Y, si los hombres del siglo xx presentaban tantas diversidades, ¿no era muy aventurado tratar de explicar a sus antepasados de 20.000 años atrás partiendo de observaciones actuales? Así, cuando Leroi-Gourhan quiso buscar un camino objetivo que le condujese al alma del paleolítico, su primer cuidado fue huir de las facilidades que le ofrecía la encrucijada del esquimal y del australiano. Con ello, no se negaba a priori a llegar a una explicación derivada de la etnografía, sino que solamente se negaba a llevar esta explicación en su maleta. El método seguido fue el análisis estadístico de 72 conjuntos parietales estudiados en 66 cavernas, que representaban, prácticamente, todo el arte parietal europeo (existen 110 lugares ornados, pero los 44 no estudiados por LeroiGourhan son pobres en decoración). A base de los documentos recogidos, efectuó un cálculo sistemático, en el que intervinieron la mecanografía y los planos perforados. ¿Adónde habían de llevar estos cálculos estadísticos? Sencillamente, a destruir la teoría de la magia cinegética y a revelarnos, en el hombre de la última glaciación, un ser tan complejo como nosotros mismos. Para empezar, dejemos que hablen los números. El 91 por ciento de los bisontes, el 92 por ciento de los bueyes y el 86 por ciento de los caballos aparecen representados en la composición central de las cavernas decoradas. En

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