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formularnos complicadas preguntas sobre el funcionamiento de la mente humana en las edades remotas. En lo sucesivo, la revelación de una figuración infinitamente más elevada, más sutil, más rica en abstracciones, que la de simples invocaciones para la alimentación de la tribu, pondrá fin a una contradicción que hubiese debido preocuparnos desde hace mucho tiempo: la contradicción entre el arte consumado del dibujo y su alta calidad de signo gráfico elaborado, y la significación primitiva que les atribuyó la etnografía hasta nuestros días. Todos nuestros conocimientos sobre la Prehistoria tienen que ser revisados por medio del método estrictamente objetivo e impersonal de cifras estadísticas instaurado por Leroi-Gourhan.

En 1879, Marcelino Santuola y su hija afirmaron que las cuevas de Altamira, cerca de Santander, ocultaban pinturas ejecutadas por hombres prehistóricos. Los prehistoriadores se echaron a reír a mandíbula batiente. Esta risa duró veinte años. Después, el abate Breuil y Cartailhac fueron a ver qué era aquello, y la risa dio paso al estupor. Las pinturas eran auténticas. Indudablemente, eran obra de los hombres del paleolítico. Y no eran menos bellas que la mejor pintura moderna. El estupor no es una actitud científica, y los sabios sienten horror por este sentimiento. La necesidad de encontrar una explicación era tanto más apremiante cuanto que los descubrimientos de grutas decoradas se aumentaban todos los años, y Altamira no podía ser una excepción desprovista de sentido: era evidente que la caverna, y sobre todo, al parecer, la caverna profunda, la de la eterna noche, había representado una función esencial en la psicología de nuestros remotos antepasados. Fue la etnografía, ciencia a la sazón en sus albores, la que suministró la explicación. Como quiera que se había visto a los primitivos del siglo XX practicar magias de caza, bailar ante representaciones de animales con fines de hechizo, pintar sobre el dibujo de un antílope o de un cebú un trazo que representaba una flecha, se presumió que el hombre paleolítico había hecho lo mismo que ellos. Y era tal la necesidad de una explicación, y de una explicación lo más inofensiva posible, que esta presunción fue aceptada inmediatamente. No importó que algunos objetasen que, incluso los primitivos actuales que practican el embrujo cinegético recurren igualmente al hechizo para la guerra; que conocemos cráneos prehistóricos

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