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de que la discusión de sus trabajos no se convertiría en seguida en un debate personal. Esta inseguridad del prehistoriador, ya muy desagradable en el pasado siglo, cuando sólo se trataba de dictaminar sobre objetos encontrados en capas del suelo identificadas desde hacía tiempo por los geólogos, se hace obsesiva a partir de los primeros años del siglo actual, cuando ya no puede negarse la autenticidad de las cavernas decoradas de pinturas y se plantea el problema de establecer su cronología. Y es que la inmensa mayoría de las obras de arte pintadas o grabadas en las paredes de las cavernas no ofrecen nada más a la vista del que las examina, salvo ellas mismas. Aquí tenemos un bisonte pintado. Es un cuadro; digamos, más bien, un fresco. ¿Cómo saber (para emplear la terminología establecida con la ayuda de los objetos encontrados en el suelo, que los prehistoriadores llaman mobiliario) si corresponde al solutrense o al magdaleniense? Si uno se equivoca, ;su error puede ser de diez mil años! ¿A qué métodos hay que recurrir? Lo esencial de las posibles respuestas a esta pregunta coincide prácticamente con la obra inmensa de un gigante de la Prehistoria: el abate Breuil. En el momento en que el abate Breuil empieza a estudiar sus primeras cavernas, alrededor del año 1900, la ciencia prehistórica posee ya una gran experiencia. Pero, en lo tocante a las cavernas decoradas, existe un vacío total. No hay nada, o casi nada. Dotado de una formidable capacidad de trabajo y de lectura, incapaz de retroceder ante cualquier dificultad intelectual o física (con frecuencia, para llegar a la obra de arte parietal, es decir, pintada o grabada en un muro de roca subterráneo, hay que trepar... escalar, sumergirse en agua helada, etcétera), poseedor de un olfato especial para lo que pasaba inadvertido a los demás, notable dibujante, y sumando a su imaginación creadora un vivo espíritu crítico que habrán de temer sus posibles adversarios, el joven eclesiástico es, indiscutiblemente, el amo de la situación. Clasificando las superposiciones de los dibujos, comparando los estilos por sus afinidades, poniendo de manifiesto las líneas evolutivas de las formas, de los medios, de las técnicas, creará, casi totalmente, a costa de medio siglo de trabajo y reflexión, la cronología de este arte enterrado por los siglos. Para encontrar, en las ciencias de la vida, una obra parecida a la suya, tenemos que remontarnos a Cuvier o, tal vez, a Linneo. Sin embargo, el genio mismo de Breuil no hace sino agravar el carácter subjetivo de la ciencia por él creada. Pues, ¿a qué hay que atribuir sus descu-

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