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Y entonces se repite, una vez más, como siempre, la misma extraordinaria escena. Hombres y mujeres, hijos del siglo xx, que, en su inmensa mayoría, no saben

nada

de

Prehistoria,

y

para

quienes

las

palabras

paleolítico,

magdaleniense y parietal no tienen ningún sentido, se sienten, sin excepción, embargados por un estupor sagrado. Se hace un profundo silencio. El grupo, sometido aún a los efectos de la trufa y el foie-gras, siente el peso formidable de la presencia de unos hombres que, hace 150 ó 200 siglos, vinieron aquí a expresar por medio de la pintura las más altas aspiraciones de su espíritu y de su corazón. Una vez terminada la visita, el silencio se prolongará durante mucho rato. ¿Qué significan estas pinturas extraordinarias? ¿A qué ideas obedecieron sus autores? Con frecuencia, la visita a Lascaux despierta una sed de saber insospechada unos momentos antes. Los libreros de Montignac lo saben muy bien, pues venden mucho más después de la visita que antes de ésta. El hecho de que Lascaux mereciese, por la belleza de sus pinturas, el nombre de «Capilla Sixtina de la Prehistoria» (y, a decir verdad, no sabemos cuál de estos dos lugares deben sentirse más alabado), y de que esta Capilla Sixtina fuese pintada hace tantísimo tiempo, plantea a toda mente reflexiva un problema de tal envergadura, que se conciben muy bien las pasiones en medio de las cuales se ha desarrollado la ciencia prehistórica. Boucher de Perthes luchó treinta años para hacer admitir la existencia del hombre fósil: desde 1828 hasta 1859. Parece que la terquedad de estas luchas de ideas, y con frecuencia de personas, ha perseguido a la Prehistoria hasta nuestros días, como un pecado original. Aunque los descubrimientos se sucedieron sin interrupción desde la época en que Boucher de Perthes recogió, cerca de Abbeville, las primeras hachas de piedra tallada, identificándolas por lo que eran en realidad, la ciencia de la Prehistoria no había conseguido nunca, hasta hoy, actualizar los métodos de una ciencia rigurosamente objetiva e impersonal, salvo en un aspecto concreto, el del contexto estratigráfico. Cuando un prehistoriador descubre un objeto enterrado describe los otros objetos encontrados al mismo nivel (a la misma profundidad) que aquél, y, sobre todo, los restos fósiles, osamentas y vestigios diversos de seres vivos, animales y vegetales. Nadie discutirá esta descripción, si está bien hecha. Hasta hoy, era ésta la única materia sobre la cual los prehistoriadores podían tener la seguridad

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