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simplista. Si negamos a priori, como legendario, todo lo que se refiere a una tecnología superior a la media de la época, nos hallamos sin duda con un hermoso folklore, de una parte, y con una historia clara y vulgar, de otra. La abundante -y en parte delirante- literatura surgida de El retorno de los brujos familiarizó al lector con los ecos de visitas extraterrestres en los antiguos textos sagrados, entre los que se encuentran precisamente los Vedas. Pero todavía no se ha hecho un análisis sistemático del conjunto de las tradiciones orales y escritas que guardan relación con este tema. Pero no es éste el único enigma que hay que resolver.

Si el hombre es más antiguo de lo que se creía

hace veinte años; si hay que poner en tela de juicio la idea de una evolución lenta y progresiva; si la imagen del imbécil con cara de mono, frotando sus piedras de sílex, es una «pesadilla de arqueólogo clásico», el clisé de una tecnología que balbucea durante veinticinco mil años para alzarse bruscamente hace dos siglos y batir todas las marcas de velocidad, debe ser un delirio de orgullo del propio arqueólogo, decididamente neurótico. La economía de las hipótesis debería implicar la hipótesis de tecnologías avanzadas en civilizaciones anteriores a la Historia. Esta hipótesis puede ser más digna del estudio experimental que la de la «magia primitiva», fruto de una interpretación subjetiva y literaria. Sin embargo, dice el arqueólogo clásico, si existieron técnicas avanzadas en el pasado, ¿por qué no dejaron huellas? Pues bien: sí que dejaron huellas. Y tal vez encontraríamos más, sí las mentes estuviesen dispuestas a buscarlas. En 1930, un ingeniero alemán, que había venido a reparar el alcantarillado de Bagdad, encontró en los sótanos del museo de esta ciudad una caja que contenía «diversos objetos de culto» no clasificados. De este modo descubrió Wilhelm Kóning una pila eléctrica de dos mil años de antigüedad. John Campbell, en 1938, dio cierta publicidad a este asunto en su revista Analog, y entonces la Universidad de Pensilvania adquirió el extraño y pequeño objeto (su altura es de quince centímetros) y confirmó seguidamente que se trataba, en efecto, de una pila a base de hierro, cobre, un electrólito y asfalto como aislante. ¿Una técnica olvidada, o desechada inmediatamente después de su descubrimiento? ¿Un procedimiento de doradura empleado en los templos y desdeñado después? ¿Un instrumento de los sacerdotes para «hacer milagros»? ¿O un vestigio de conocimientos y prácticas anteriores a los hombres de hace dos mil años y que

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