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mano, en su forma actual, es la última prolongación de este proceso evolutivo. Los conocimientos actuales de la Ciencia permiten situar un poco antes de la época de transición que lleva del terciario al diluviano, es decir, hace aproximadamente un millón de años, el momento decisivo en que, diferenciándose de un cuerpo animal muy parecido al suyo, el cuerpo humano hizo su aparición en su forma actual. Fue en este momento cuando, después de una larga evolución del mundo animal y vegetal, el ser de carne y de espíritu, llamado hombre, nació del acto creador de Dios y pudo iniciar el camino de su propio devenir.» La Iglesia moderna acepta, pues, que el cuerpo del hombre es producto de la evolución. En cuanto al alma, mantiene su posición. En cierto momento, en la cadena de transformaciones, aparece un animal que se nos asemeja en gran manera. Entonces, interviene Dios: ése lo haré a mi imagen; demos el soplo decisivo y un «devenir propio» a esa criatura privilegiada. Como vemos, el conflicto entre «fijismo» y transformismo no está, ni mucho menos, resuelto. Todos están de acuerdo en lo que se refiere al iguanodonte, al pez volador o al chimpancé. Pero el cristiano recupera el espíritu del Génesis en la última etapa de la creación. Sin embargo, este conflicto, tan fundamental, se pasa actualmente en silencio. La amistad entre los progresismos cristiano y ateo bien vale que se pase por alto esta confusión sobre la evolución. ¡Chitón!, camaradas, y marchemos juntos y del brazo en el sentido de la Historia. Cierto que la historia de la idea de evolución es una historia de confusiones, como demostró muy bien Emmanuel Berl en un notable y breve ensayo: La evolución de la evolución. Esta idea de evolución daba náuseas a Cuvier, el cual, empero, contribuyó mucho a su futuro al fundar la Paleontología. Cuvier pensaba poder reconstruir cualquier animal partiendo de un huesecillo. Esto era apostar por una arquitectura natural de las especies, por una especie de «número áureo» del diplodoco o de la jirafa, por unos ideales arquitectónicos que el transformismo hacía pastosos, entremezclados en una papilla evolutiva. La multiplicación de las especies, la desaparición de ciertas formas de vida, la aparición de otras formas, ¿son fruto de los proyectos de algún gran arquitecto? En cambio, el transformismo veía un sólido encadenamiento de causas y de efectos. Las especies se engendran según las ingeniosas necesidades naturales. El finalismo de Lamarck, y también el de Geoffroy-Saint-Hilaire, presuponen una acción determinante del medio. Los seres vivos se transforman

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