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los viejos y honorables científicos. Tal vez están descubriendo, en este tiempo de inquietud, con su sólido y discreto orgullo, que sus abuelos darwinistas propusieron efectivamente al mundo una nueva forma de religión. Pensé en Haldane, otro descendiente de un noble linaje de intelectuales ingleses. También él acariciaba ideas de religión sin revelación. Me había escrito: «Hay que prever la posibilidad de que nazca una nueva religión, cuyo credo esté de acuerdo con el pensamiento moderno, o, más exactamente, con el pensamiento de la generación precedente. Hoy, podemos encontrar huellas de este credo en las frases de espiritualistas eminentes, en el dogma económico del partido comunista y en los escritos de los que creen en la evolución creadora.» Los que «creen»... Observaba a Sir Julian, que revolvía tranquilamente el té con su cuchara. Aquel hombre no había cesado de acumular honores y riesgos. Era un monumento levantado sobre la estrecha frontera entre la generalización idealista y la prudencia académica, entre el misticismo de su hermano Aldous y el determinismo de su abuelo. Después, mi pensamiento se desvió a su turbulento colega Haldane, que había escogido también una noble e incómoda actitud. Había sido comunista, y terminaba una brillante y poco conforme carrera estudiando en la India la fisiología de los yoguis en éxtasis. ¡Esos endiablados y grandes ingleses...! Seguía una cadena de viejos caballeros. Me parecía estar viendo al buen maestro de la psicosíntesis, el profesor Assagioli, en su pequeño despacho de Roma. «Existe actualmente un hecho muy importante y significativo -decía- y es la espera de una gran renovación religiosa...» Todas estas conversaciones tuvieron lugar antes de que las capitales de Europa viesen surgir una juventud a la vez revolucionaria y antiprogresista, ávida de cosas sagradas, mística y salvaje, con su música sacra al revés y sus rebeldías parecidas a mímicas litúrgicas. Tal vez tengo algo de médium. O quizá, simplemente, por tener menos años que mis grandes ingleses, era más sensible que ellos al futuro. Esta renovación religiosa se producirá -pensaba yo-; esto es seguro. Pero, ¿no saltará hecho pedazos el dogma evolucionista, que sirvió de puente a dos o tres generaciones para cruzar los períodos de eclipse de Dios? Haldane y Huxley retrocedían, captados en travelling hacia atrás, en su conmovedora actitud de papaítos bonachones inclinados sobre el porvenir: «¿Los que creen en la evolución creadora?» Bueno, esto había que observarlo desde

Larebelión de los brujos  

La rebelión de los brujos L. Pauweds • J. Bergier puro texto

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