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AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO 1 de agosto de 1936 Relato por entregas


PREÁMBULO

Hace ahora diez años, en julio de 2006, coincidiendo con el 70 aniversario del estallido de la guerra civil española, comencé a escribir un relato por entregas ambientado en aquellos trágicos días. Dichas entregas se publicaron en internet, concretamente en el foro de la AMM (Asociación Mutua Motera), durante varias semanas, con gran éxito e interés del público, ya que el argumento central de la historia trataba de la huida en moto por carretera de dos hermanos en los primeros días de la guerra. Por otra parte, iba escribiendo las diferentes entregas del relato a medida que las iba subiendo al foro, de modo que podía ir jugando con la trama y la deriva de la historia según fueran mis necesidades en función de la intriga y de las reacciones que la misma provocaba en los lectores. A semejanza de las telenovelas, cada capítulo o entrega publicada dejaba siempre abierta la posibilidad de un desenlace incierto e imprevisible para la siguiente, con la consabida acumulación de frenéticas peripecias, aventuras y conflictos irresueltos en el tránsito narrativo de los personajes y en el desarrollo del propio relato. Un relato que, por describirlo en términos coloquiales, "enganchaba" casi como una droga a todo tipo de lectores desde los primeros párrafos, y muchos eran capaces de permanecer despiertos hasta altas horas de la madrugada (que era cuando yo publicaba en el foro cada entrega) acuciados por la necesidad de leer cada nuevo episodio antes de irse a la cama. No les servía de mucho consuelo, porque a una intriga resuelta le sucedía otra intriga sin resolver, una madrugada sí y otra también, y durante varias semanas, como queda descrito.


Los inconvenientes de escribir una historia de ficción por entregas a expensas de la necesidad de sostener un suspense permanente y adictivo sobre los lectores, son diversos y sobradamente conocidos. Entre otros, el excesivo artificio y aparatosidad de la trama, su pérdida de verosimilitud y la inevitable y exagerada extensión del relato, hasta llegar a convertirse en un infumable folletín decimonónico. En el ámbito audiovisual, es lo que sucede precisamente con las telenovelas de centenares de capítulos y personajes.

La publicación en internet de cualquier texto extenso de ficción (aunque sea fraccionado en entregas breves) plantea, además, otros problemas nuevos, y sobre todo uno que destaca sobre los demás: la necesidad de complementar el relato con


ilustraciones gráficas relacionadas con el mismo para hacer más atractiva (o menos disuasoria) su lectura. Como puede comprobarse, es lo que estoy haciendo en este preámbulo de la nueva entrada del blog. Un texto largo y árido en la pantalla del ordenador o del teléfono móvil que carezca de alguna imagen ilustrativa intercalada tiene pocas probabilidades de despertar la curiosidad de los lectores, y esto es aplicable tanto a un blog, como a una página web, a una red social o a un foro. Consciente desde un principio de la necesidad ineludible de ilustrar mi relato motorista sobre la guerra civil española para poder subirlo al foro y conseguir el favor de los lectores, no tuve otro remedio que alternar las tareas de escritura con las de búsqueda de imágenes, gráficos, dibujos y fotogramas de video (a partir de capturas de los propios videos), unas veces en la red y otras en mis archivos particulares, ya fuesen libros, revistas, fascículos o películas y documentales en DVD (eludiremos en esta ocasión el tema de los derechos de copyright de buena parte de ese material gráfico obtenido). Pero entonces sucedió algo tan curioso como interesante y enriquecedor para la trama narrativa, y es que ésta podía ir adaptándose o desarrollándose en función de las ilustraciones encontradas, y no al contrario (algo mucho más difícil e incluso imposible, por otra parte). Es decir, una simple imagen proveniente de la guerra civil podía inspirar o ambientar el desarrollo de un capítulo o de un pasaje, o bien servir de pretexto descriptivo y ocasional de un momento instantáneo del relato. Y bajo esta premisa fui ensamblando todos los elementos de la historia, de modo que si, por ejemplo, disponía de una imagen o de un fotograma de un taller mecánico de automóviles de los años treinta –como fue uno de los muchos casos-, entonces los protagonistas de la ficción pasaban por un episodio ambientado en uno de estos escenarios. En otro episodio, siguiendo con los


ejemplos, a partir de una fotografía de un convoy sanitario formado por camiones y ambulancias a la salida o entrada de un pueblo, nuestros personajes encuentran el socorro necesario para un herido que viajaba circunstancialmente con ellos. En resumidas cuentas, eran las imágenes las que iban dando cuerpo al relato, y no a la inversa, porque desde la ficción narrativa previa no siempre era posible -o mejor dicho, no lo era casi nuncaencontrar las ilustraciones más convenientes.

Después de varias semanas y varias entregas diarias del relato en el foro citado, con su correspondiente público insomne de madrugada esperando un nuevo episodio, suspendí la narración abruptamente sin que se hubiera producido el


desenlace final. Simplemente, dejé a mis personajes abandonados en una carretera perdida sin ninguna explicación. Estaban vivos y dispuestos a continuar viaje hacia su destino, pero no quedó testimonio narrado de que lo lograsen o bien murieran en el intento, de la misma forma que habían estado a punto de morir varias veces en los muchos episodios anteriores que había dejado escritos. ¿Por qué no terminé la historia? Supongo que por pereza, desidia o indolencia, defectos que me caracterizan desde hace mucho tiempo. Tal vez tenía el convencimiento de que sería capaz de retomar el relato más adelante y concluirlo adecuadamente. Pero lo cierto es que han transcurrido diez años desde entonces, y el relato sigue inacabado en el mismo punto en que lo dejé. Con el pretexto del 80º aniversario del comienzo de la guerra civil española, voy a publicarlo por entregas, en principio semanales, en este blog, haciendo el propósito de finalizarlo en esta ocasión, pero tampoco puedo garantizar que lo consiga, y espero que los lectores, ya advertidos de antemano, puedan disculparme por ello.

Por último, me gustaría exponer algunas consideraciones y explicaciones que me parecen muy convenientes. En primer lugar, indicar que el título original del relato era TEMERARIO VIAJE EN TIEMPOS DE GUERRA, pero debido a sus semejanzas con el título de una posterior telenovela de la sobremesa emitida en España hace no mucho tiempo, he decidido sustituirlo por el de AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO, que no es que resulte excesivamente creativo, sugestivo ni original, pero que al menos se desprende de cualquier reminiscencia que pudiera relacionarlo con la serie televisiva mencionada. Por otra parte, el relato original estaba narrado en primera persona por uno de sus protagonistas ficticios, que rememoraba con carácter autobiográfico desde la perspectiva del año 2006 los


hechos ocurridos setenta años atrás. Por lo tanto, en el momento de contarnos su historia ya era nonagenario, y ahora, en 2016, sería centenario, algo que no es imposible pero que sí desvirtúa un tanto la verosimilitud de la narración. Pese a este inconveniente cronológico, y hecha también la oportuna advertencia del mismo, trascribiré el texto original sin variación alguna.


Para finalizar, algunas reflexiones obligadas que permitirán comprender mejor tanto la naturaleza y las intenciones del relato como los propósitos de su autor. Cualquier obra de ficción ambientada en la guerra civil española parte de inicio lastrada por la ideología o las simpatías políticas de su creador, y es muy difícil desprenderse de este lastre para acometer un relato desapasionado, neutral, impersonal, objetivo y estrictamente histórico. Para empezar, los mismos personajes de ficción ya tienen su conducta, personalidad, ideología y opiniones propias, generalmente influidas u orientadas por las del autor que les ha dado vida. No son seres autónomos que puedan imponer las condiciones del relato ni influir en su desenlace. El autor hará con ellos lo que considere oportuno en cada momento, y les obligará a pensar o a desenvolverse de acuerdo con sus conveniencias y sus convicciones. Pero incluso la propia interpretación de hechos históricos consumados y de sus consecuencias por parte de los personajes vendrá determinada igualmente por la ideología o las opiniones personales del autor al respecto. Desde un principio me planteé este proyecto como un relato de aventuras circunstancialmente ambientado en la guerra civil española. Podría haberlo ambientado en otra guerra anterior o posterior, o haberlo ambientado en tiempos de paz. Se trataba en todo caso de disponer de tres elementos en la actualidad aparentemente banales y cotidianos, como son una motocicleta, una carretera y un viaje. Y necesitaba además un pretexto para echarlos a rodar y poder armar una historia lo suficientemente épica como para que pudiera resultar original, inédita y desacostumbrada. En otras palabras, poco banal y cotidiana, como poco banales y cotidianos eran los viajes en moto por carretera en la España de 1936, y menos que habrían de serlo con el estallido de la guerra civil. Sin embargo, el inicio de la guerra provocó que muchas personas que jamás habían viajado a


ninguna parte tuvieran que hacerlo para salvar la vida incorporándose a su bando si habían quedado atrapadas en el bando contrario. Pero la historia de los dos hermanos protagonistas de mi relato, que emprenden la huida en una motocicleta robada a la que han falsificado previamente las placas de matrícula, es anómala en este sentido. Para ellos, los dos bandos son equivocados y en ambos sus vidas corren peligro, lo que convierte su viaje en una odisea de proporciones épicas. El protagonista describe la situación con las siguientes palabras: (…) convencido como estaba de que lo más prudente era la neutralidad, no ampararme bajo ninguna bandera, no estar del lado de nadie. Andando el tiempo los hechos me han demostrado que este es el peor error que puede cometer una persona, porque cuando no estás ni con unos ni con otros, ni contra unos ni contra otros, los unos y los otros -ambos por separado-, cuando estalla un conflicto acaban por considerarte su enemigo, así es que sin pretenderlo terminas siendo enemigo de todos, y con tantos enemigos -y ningún amigo- es muy difícil sobrevivir.


Esta equidistancia y neutralidad del personaje principal fue deliberada por mi parte a la hora de plantear el enfoque o la orientación política del relato, pues desde un principio pretendía escribir una historia de aventuras desapasionada y objetiva en donde primase el impulso de la acción por encima de todo, con independencia de cuáles fuesen sus desencadenantes o mis propias convicciones personales sobre el conflicto, una historia sin buenos ni malos, sin culpables ni inocentes, sin víctimas ni verdugos, pero no tardé en comprender que mi propósito era estéril y no alcanzaría muchas páginas sin traicionarlo, convirtiendo al fin mi discurso narrativo en una apología de los malos, de los culpables y de los verdugos. Incluso a la mayoría de los españoles que no vivimos la guerra civil nos resulta difícil ochenta años después no tomar partido ideológico por uno de los dos bandos en conflicto. La socorrida ambigüedad de manifestar que unos y otros cometieron desmanes y atrocidades sin medida y que cada uno de ellos tenía sus razones para ello es ya una coartada muy débil. Como lo es una interpretación neutral y desapasionada del conflicto y de las causas que lo motivaron. Yo, como es lógico, estoy con el protagonista de mi relato cuando, en un breve momento de descanso, reflexiona: Pero el principal problema de España era este, que la República, pese a sus promesas y a sus buenos propósitos redentores para con el proletariado, a los cinco años de su proclamación todavía no había conseguido establecer una verdadera justicia social que paliase las graves desigualdades del pasado, y estas desigualdades, aumentadas y enarboladas como una bandera por la efervescencia revolucionaria del momento, habían desatado el enfrentamiento entre quienes pretendían preservar a toda costa el actual estado de las cosas en defensa de


sus seculares privilegios y entre quienes aspiraban a cambiarlo porque carecían de privilegio alguno, entre quienes tenían un concepto tradicional de la vida y entre quienes creían que había que desprenderse de los viejos lastres de la historia porque un mundo nuevo y mejor era posible, entre quienes querían sojuzgar y entre quienes no querían ser sojuzgados, entre ricos y pobres, en puridad, porque en realidad era este, y no otro, con todos los muchos matices que se deseen, el germen fundamental de la guerra civil española.


AQUEL VIAJE QUE CAMBIÓ NUESTRO DESTINO 1 de agosto de 1936 I Fue en mangas de camisa, tocados con unas gorras grises de pana y calzados con toscas alpargatas de esparto, sin apenas dinero en los bolsillos, pero en cambio provistos de impecables documentaciones falsas, como emprendimos aquel temerario viaje a bordo de una ostentosa motocicleta -o motociclo, que era como se denominaba entonces a estos vehículos- Brough Superior SS100 Alpine Grand Sport robada y con matrícula y papeles igualmente falsificados por la mano hábil de Juan, mi hermano mayor, que era quien la conducía y el que había planeado, además, toda aquella aventura de fugitivos románticos -falsificaciones y robo de la moto incluidos- que tanto habría de cambiar nuestras vidas. Fue una audacia, un arrebato juvenil de dos veinteañeros rebeldes y ávidos de sensaciones fuertes que huían de muchas cosas, pero sobre todo de sí mismos en unos tiempos convulsos en los que toda huida ya resultaba sospechosa por el mero hecho de serlo y que solía resolverse prematuramente con la detención o el asesinato de sus protagonistas antes de que pudieran culminarla. No existía la presunción de inocencia. Todo el mundo era culpable ante los ojos de sus enemigos -y a menudo ante los ojos de sus propios amigos, si caía en desgracia-, y lo era a veces por sus actos, pero sobre todo por sus omisiones, por lo que podía y debía haber hecho y había preferido no hacer, fuese por miedo o por indiferencia, y los implacables verdugos de uno u otro signo, que tanto proliferaban en aquellos días de confusión, jamás mostraban piedad alguna con sus víctimas. Se mataba y se moría a veces por puro azar, pues el mero hecho casual de hallarse en el lugar equivocado y a la hora equivocada solía traer consigo graves e irreparables contratiempos. Y lo peor de todo es que en aquellos días y en aquellas noches de terror desatado existían demasiadas


horas y lugares equivocados en los que uno podía encontrarse de bruces con la muerte, ya fuese con la de otros o con la suya propia. Tal vez por eso todo el mundo consideraba las casualidades, por inofensivas que pudieran parecer, como un presagio de desgracias inmediatas. Pero los jóvenes como nosotros no le dábamos demasiada importancia a estas cosas, pese a la fuerza de su evidencia. Nos quedaba toda una larga vida por delante, o eso creíamos. Cuando tienes veinte años en lo último que piensas es en que vas a morir.

Pronto cumpliré noventa años. Soy, por lo tanto, un viejo que ya ha vivido demasiado. Mi hermano Juan, fallecido hace mucho tiempo, me habría corregido en este instante diciéndome que nunca se vive demasiado, o quizá, para ser más precisos, que nunca se vive lo bastante, tan vitalista y entusiasta como era él. En cambio yo, más conformista y descreído desde que tengo uso de razón ahora que ya me va quedando poca-, soy el que ha conseguido llegar a viejo sin apenas proponérselo. Con la edad, la memoria de los viejos se torna contradictoria: hay cosas que no somos capaces de recordar y hay cosas que no somos capaces de olvidar. Aquel lejano y temerario viaje huyendo desesperadamente del caos en esa motocicleta Brough Superior robada es una de esas cosas que, por muchos motivos, jamás seré capaz de olvidar. Incluso me parece que todavía estoy sintiendo en el rostro el mismo aire tibio que sentí aquella noche tan remota mientras escapábamos a toda prisa de la


ciudad apocalíptica y sangrienta, esa ciudad, la capital del dolor, en donde la vida había perdido de repente todo su sentido. Era la madrugada del sábado 1 de agosto de 1936.

II

Cuando se produjo la sublevación militar del 18 de julio de 1936, mi hermano Juan y yo ya llevábamos un par de años residiendo en Madrid. El trabajaba como jefe de mecánicos en un taller de reparación de automóviles -o de autos, como se los denominaba popularmente entonces- del barrio de Salamanca, la zona más noble y pudiente de la ciudad, mientras que yo estaba empleado como pasante en un prestigioso bufete de abogados de la


Gran Vía a la espera de concluir la carrera de Derecho, de la que aún me faltaban tres años, para establecerme por cuenta propia. Nunca conseguí terminarla. En comparación con las gentes del entorno y estatus social que nos correspondía, es decir, clase media baja emparentada con el proletariado, bien podíamos considerarnos en cierto modo privilegiados. En una sociedad tan clasista como la española de los años treinta nosotros representábamos a una simbólica élite de parias que todavía comía caliente a diario y que, mal que bien, conseguía llegar a fin de mes, muy probablemente favorecidos por el hecho de que nuestros trabajos eran relativamente estables, estábamos ambos solteros y no teníamos familias que mantener. Por si eso podía servirnos de consuelo, éramos los menos parias de entre los parias, no obstante lo cual nuestros salarios eran bajos y los cobrábamos tarde y mal, en consonancia con los penosos tiempos que corrían en todo el país para la clase trabajadora.

Vivíamos arrendados en una habitación de una pensión enorme y destartalada del barrio de Chamberí. La regentaba una mujer sesentona y entrada en carnes a la que todo el mundo conocía como la señora Engracia. Nos contábamos entre los pocos


huéspedes estables que pagaban religiosamente el alojamiento cada semana, generalmente los sábados, que era cuando se pagaban estas cosas -también los jornales, cuando se tenía la suerte de cobrarlos, se percibían en sábado-, y esto hacía que la señora Engracia sintiera una maternal predilección hacia nosotros, de la que obteníamos no pocas ventajas, como por ejemplo los mejores bocados en el almuerzo, que invariablemente consistía en cocido madrileño un día sí y otro también, y asimismo en la cena, cuando cenábamos en la pensión y ella nos apartaba los trozos más apetitosos de bacalao con tomate, que eso era lo que se cenaba en aquella pensión una noche sí y otra también. Pero no terminaban aquí los privilegios que nos tenía otorgados esta dama protectora a la que nosotros veíamos como una suerte de hada madrina, ya que todos los viernes le entregábamos nuestra ropa sucia amontonada en un barreño de hojalata y ella nos la devolvía impecablemente lavada y planchada todos los lunes a primera hora de la mañana a cambio de una cantidad de dinero poco menos que simbólica. Eso sí, una de las escasas condiciones que nos había impuesto la señora Engracia para que no perdiésemos sus favores domésticos era la de no subir nunca a nuestra habitación de la pensión a ninguna mujer. Esto estaba terminantemente prohibido también para el resto de los huéspedes, estables o no, pero casi nadie lo respetaba y a menudo la patrona andaba sorprendiendo a unos o a otros con furtivas compañías femeninas, lo que acarreaba su fulminante expulsión de la casa con el correspondiente escándalo que la propia señora Engracia de encargaba de airear a los cuatro vientos para ahuyentar las futuras tentaciones de otros huéspedes todavía recatados. Tal vez por este motivo, ya que sabíamos que, de vernos en la calle, sería difícil que pudiéramos encontrar otra pensión en la que se nos diera tan buen trato, tanto mi hermano Juan como yo nos absteníamos de llevar mujeres a nuestra habitación.


En honor a la verdad tengo que decir que en aquellos años difíciles de mediados de la década de los treinta ni a mi hermano ni a mí nos faltaron nunca señoritas -de mejor o peor condición- con las que salir a bailar una tarde o ir al cine, entre otras actividades más licenciosas, que a veces surgían, y a veces no, pero es que, como se decía en la época, nosotros éramos buen partido para cualquier muchacha casadera. No era para menos. Como ya he mencionado antes, teníamos trabajos aceptables, comíamos caliente y vestíamos limpio, algo que hoy podría parecer una obviedad, pero que en aquella época no estaba al alcance de los pobres, porque nosotros, pese a todo, seguíamos siendo pobres sin posibilidad de redención. Era una pobreza revestida de oropeles, eso sí, hasta el punto de que muchos de nuestros conocidos y allegados ya se referían a nosotros despectivamente como los señoritingos, o los burguesitos, en mi situación porque por necesidades laborales tenía que ir siempre trajeado y con sombrero, y en la de mi hermano Juan, aún más ostentosa, porque


en su trabajo, como jefe de mecánicos de un taller distinguido que era, se permitía con frecuencia la libertad de tomar prestados cuantos automóviles lujosos -y motocicletas- se le antojaban, bajo pretexto de probarlos y ponerlos a punto por las calles y las carreteras de los alrededores de Madrid, para desconcierto de caballeros y arrobamiento de féminas deseosas de salir de excursión con él a bordo de deslumbrantes Hispano Suiza, Elizalde, Ford, Fiat, Studebaker y tantos otros vehículos exclusivos cuya posesión sólo los más adinerados podían permitirse.


Mi hermano Juan era un entusiasta de los automóviles, pero aún lo era más de las motocicletas, y su habilidad como mecánico sólo era superada por su pericia como conductor. En aquel taller del barrio de Salamanca en donde trabajaba tampoco faltaban motocicletas, pero si bien los escasos automóviles aún podían considerarse como un capricho útil reservado a unos pocos privilegiados, la propiedad de una moto, todavía más infrecuente, había que entenderla como verdadera muestra de excentricidad por parte de sus propietarios, casi siempre jóvenes ricos y audaces, porque había que ser audaz para transitar por las impracticables carreteras de macadán y tierra de aquella España atrasada a bordo de alguna de esas motos pioneras, tan inestables y peligrosas. Excéntrico o no, audaz o no, lo cierto es que mi hermano sabía que jamás podría comprarse una, salvo que fuera capaz de ahorrar su salario íntegro de más de tres años, y esto era imposible. A principios del año 1936 cobraba un jornal de once pesetas diarias, y el precio de un automóvil o de una motocicleta de importación de las que se vendían entonces en el país rondaba las doce mil pesetas, noventa costaba un juego de ruedas, ochenta y cinco una batería, setenta y seis céntimos el litro de gasolina y una peseta con ochenta céntimos el litro de aceite. Así las cosas, incluso los menos pobres de entre los pobres, como nosotros, estábamos a menudo condenados a desplazarnos a pie -en aquellos años se caminaba mucho-, o a lo sumo en tranvía o en Metro, porque coger taxis con alguna frecuencia también había que descartarlo. En el momento en el que uno ya no se conforma con que sus sueños sean sólo eso, sueños, entonces puede uno a empezar a perder la cabeza, y esto es lo que seguramente debió de sucederle a mi hermano Juan en el turbulento verano madrileño de 1936, cuando decidió robar aquella motocicleta inglesa Brough Superior SS100 Alpine Grand Sport con la que emprenderíamos, apenas unas horas después del hurto, el viaje más arriesgado y temerario que pocas personas hayan emprendido jamás en sus vidas.


III

Amparo Signes era el nombre de la señorita valenciana con la que mi hermano llevaba un tiempo carteándose. En los años treinta estaba muy extendida la costumbre de que las parejas se conociesen a través de los anuncios en prensa que bastantes muchachas casaderas publicaban con fines exclusivamente matrimoniales. Seguramente no entraba en los cálculos de Juan el casarse todavía, y menos con una desconocida que vivía en otra ciudad, pero lo cierto es que, por unas u otras razones, aquella mujer valenciana parecía haberle interesado demasiado, hasta el punto de que superada una primera fase de relación epistolar ya se habían intercambiado fotografías personales por correo e incluso, todavía sin conocerse, hablaban por teléfono con relativa


frecuencia. Aún recuerdo a la señora Engracia, habitualmente a la hora de la siesta, tocando en la puerta de nuestra habitación y diciendo: -Señorito Juan, apúrese, que tiene usté al teléfono una conferencia desde Valencia. Y entonces Juan saltaba de la cama y en pijama salía a los largos corredores de la pensión en busca de aquel teléfono negro en el que siempre se estaban recibiendo conferencias desde algún lugar de España. Cuando las conversaciones se prolongaban más allá de lo que aconsejaba la urbanidad y algún otro huésped deseaba utilizar el teléfono, bien porque necesitase hacer una llamada, bien porque esperase recibirla -y más si era una conferencia-, se producían ruidosos altercados que perturbaban la tranquilidad del establecimiento y fomentaban no pocas enemistades entre sus clientes. Mi hermano Juan, que tenía la fea costumbre de acaparar en exceso el teléfono en sus dulces coloquios con la señorita valenciana, ya había discutido airadamente con todos los demás huéspedes por este motivo. -¡Cállense, coño -solía gritarles tapando el auricular con la mano-, que estoy con una conferencia desde Valencia! -¡Como si la tiene desde la misma Luna -le replicaban sus desesperados rivales telefónicos-, pero haga el favor de colgar de una puñetera vez, que ya lleva al aparato media hora! En realidad, y en descargo de mi hermano, habría que decir que aquellos que tanto protestaban abusaban del teléfono tanto o más que él, de modo que el uso y disfrute del aparato terminó por convertirse en una tarea sumamente complicada hasta volverse imposible con el alzamiento militar del 18 de julio, cuando todo el mundo quiso al mismo tiempo dar y recibir noticias, y se bloquearon las líneas. Fue a raíz de esto cuando Juan, viéndose privado de improviso del contacto con Amparo Signes, me dijo solemnemente:


-Mariano, tenemos que escapar de Madrid. La cosa se va a poner muy fea. -¿Fea, por qué? -le contesté-. Sólo se han levantado cuatro militares chalados, y en dos días los aplastan y los llevan al paredón. No es la primera vez que pasa. -Pero esto es diferente, hazme caso. Lo sé por los clientes que tenemos en el taller. Gente de posibles, ya sabes. Todos han desaparecido de repente sin llevarse sus autos. También mis jefes se han ido. Y seguramente los tuyos. -No lo creo -le repliqué-, pero de todas formas nosotros no tenemos nada que temer. Somos trabajadores vulgares, obreros sin oficio ni beneficio. Incluso tú tienes el carnet de la Ugeté. -Lo tengo, sí -admitió él-, pero hay que salir de Madrid, Mariano, hay que salir de Madrid, que te lo digo yo.


-¿Y adónde vamos a ir, y cómo, si puede saberse? -A Valencia. Allí las cosas están más tranquilas por el momento. Bajaremos en auto, o mejor, en moto. Ya le tengo echado el ojo a una máquina inglesa que me quita el sueño. Soberbia, oye. Su dueño se ha evaporado sin dejar rastro y la tenemos en el taller cogiendo polvo. -¡Eso es una locura! -respondí escandalizado-. ¡Con una moto robada! ¡Si no nos matan creyéndonos fascistas, nos matarán por delincuentes! Juan me puso una mano en el hombro y sonrió con seguridad. -Ya verás cómo no. Lo tengo todo previsto. Sólo necesito un poco de tiempo para arreglar un tema de papeleo. -Pues lo siento, Juan, pero yo me quedo. No veo ninguna necesidad de marcharse de Madrid ahora. Todo se arreglará pronto. Es más peligroso salir que quedarse. -Te equivocas, hermano. Si te quedas aquí, te matarán. Aunque no lo creas, tenemos demasiados enemigos, incluso entre quienes nos parecen amigos. Hay muchas envidias. Recuerda que para ellos somos los “señoritingos”, o los “burguesitos”. El Gobierno ya ha repartido armas entre los civiles. El menos pensado ha conseguido una pistola. Un día amanecerás en la cama de la pensión con un tiro en la cabeza. Aunque yo había pensado, sin atreverme a decírselo, que la obsesión de Juan por escapar a Valencia tenía menos relación con nuestra seguridad personal que con su interés por encontrarse con aquella mujer, Amparo Signes, tuve que admitir enseguida que la situación en Madrid se estaba deteriorando peligrosamente con el transcurso de los días. Si ya en los meses previos al levantamiento militar la violencia se había adueñado de las calles de la ciudad, con la quema de iglesias y conventos, los tiroteos y asesinatos indiscriminados a manos de pistoleros falangistas o milicianos del


llamado Frente Popular, los saqueos y registros nocturnos, la requisa de automóviles y de otros bienes privados, las delaciones anónimas y sus consiguientes detenciones ilegales, entre otros desmanes que ya vaticinaban el desastre que habría de producirse después, el 20 de julio de 1936 aquella hoguera largo tiempo atizada por el odio y el fanatismo de unos y de otros terminó por prender con una furia incontrolada en todo el tejido social. Ese día los militares rebeldes alzados en Madrid se hicieron fuertes en el Cuartel de la Montaña, y ante la actitud dubitativa del Gobierno y del Ejército leal a la República, fueron las milicias obreras anarquistas y comunistas quienes hicieron oír su voz para pedir que se armase al pueblo, a los civiles, y que fueran éstos quienes acudieran a sofocar la rebelión fascista. Así sucedió realmente, y con el concurso de algunos guardias de Asalto se lanzaron a la toma del Cuartel de la Montaña. La matanza fue espantosa. Movidos más por su idealismo revolucionario que por su pericia en el manejo de las armas, las primeras oleadas de milicianos lanzados al asalto fueron abatidos a placer por los rebeldes. Viéndose superados en número por los asaltantes, los soldados sublevados llegaron a mostrar banderas blancas de rendición en los balcones que daban al patio del cuartel, pero obligados por sus jefes a resistir a toda costa, cuando los milicianos avanzaron confiadamente a recoger el fruto de su primera victoria, fueron desbaratados con nuevas ráfagas de ametralladora. Esto enfureció tanto a las masas atacantes que, una vez que hicieron valer su superioridad numérica y aplastaron a los alzados, la venganza fue todo lo sanguinaria que podía esperarse. Apenas hicieron prisioneros. Y entonces se desató la euforia: ¡a la sierra, a la sierra!, gritaban todos, al tiempo que trataban de subirse con sus armas en camiones y autos requisados para marchar a la sierra de Guadarrama, desde donde los militares rebeldes que habían triunfado en el norte amenazaban Madrid.


IV

Ese día, lunes 20 de julio, me quedé involuntariamente dormido y me levanté muy tarde. Había tenido intención de acudir a mi trabajo pero, como comprobé más adelante y tal y como había vaticinado Juan, mis jefes del bufete de abogados, gente de derechas -de orden, como se los denominaba entonces-, también habían huido sin dejar rastro. Fue el vecino de la habitación contigua quien me encontró, cerca del mediodía, vagando por los pasillos de la pensión en busca de la señora Engracia para que ordenase a las sirvientas que me preparasen un desayuno. -¡Qué bien vive el señorito! -me dijo con sorna-. Supongo que estarás al tanto de lo sucedido.


-¿Al tanto de qué? -le respondí, frotándome los ojos aún soñolientos. -De lo del Cuartel de la Montaña -me explicó sin disimular su entusiasmo-. Hemos pisoteado a los fascistas como si fueran cucarachas. El alzamiento ha fracasado en Madrid, y en dos días estarán sometidos en el resto de España, ya lo verás. -Sí, eso es lo que yo creo -respondí con cierta indiferencia-, pero lo que necesito ahora es desayunar. Mi vecino de habitación me lanzó una mirada retadora. Vi odio en sus ojos. Probablemente el mismo odio que había brillado en los ojos de los milicianos esa mañana, mientras asaltaban el Cuartel de la Montaña entre gritos y disparos de fusil. -Tú no eres de los nuestros -me soltó de repente-. Está en juego el porvenir de los obreros y a ti sólo te preocupa el desayuno. -Soy tan obrero como tú, y leal a la República -repliqué. -Mira tu ropa -me señaló-. Esa camisa, ese traje, ese sombrero. Por no hablar de la corbata. Eres un burgués y estás con los fascistas, me juego el cuello. Si algún día llegas a abogado y ejerces, te pondrás del lado de los patronos, como todos los picapleitos, si lo sabré yo. -No soy un fascista, nunca lo he sido. Estoy de vuestro lado. -Ándate con ojo, Mariano, que a mí no me la das. Se te ve a la legua que eres un fascista de tomo y lomo, y ya sabes lo que hacemos con la gente como tú. Lo sabía, y tuve miedo. Mi hermano Juan al menos poseía el carnet sindical de la U.G.T. Esto podía sacarle de muchos problemas. A mediados de los años 30 la mayoría de los trabajadores estaban afiliados a algún sindicato o partido político de izquierda o centro izquierda. A menudo lo hacían por convicción ideológica, pero otras veces, como en el caso de Juan, se trataba


únicamente de una cuestión de conveniencia social. Yo no había tomado ni siquiera esa precaución -aunque defendía la legalidad republicana-, convencido como estaba de que lo más prudente era la neutralidad, no ampararme bajo ninguna bandera, no estar del lado de nadie. Andando el tiempo los hechos me han demostrado que este es el peor error que puede cometer una persona, porque cuando no estás ni con unos ni con otros, ni contra unos ni contra otros, los unos y los otros -ambos por separado-, cuando estalla un conflicto acaban por considerarte su enemigo, así es que sin pretenderlo terminas siendo enemigo de todos, y con tantos enemigos -y ningún amigo- es muy difícil sobrevivir. En la tarde sofocante del 20 de julio de 1936, tumbados en las camas de la pensión mientras tratábamos de dormir la siesta, quise comentarle a mi hermano que nuestro vecino de habitación me había amenazado de muerte, porque realmente era esto lo que había hecho, pero resultó que Juan se encontraba sumamente compungido por un episodio dramático que había tenido lugar esa misma mañana en su taller, y no me dejó hablar. -Venían una docena de milicianos en una camioneta Hispano Suiza descapotada, de esas que usan los guardias de Asalto. Armados hasta los dientes. Buscaban a los dueños del taller, a los jefes, como ellos decían, pero los jefes hace dos días que se marcharon. Nadie sabe dónde están. Les enseñé mi carnet de la Ugeté. Los demás compañeros también estaban sindicados. A la Ugeté o a la Ceneté, casi todos. Sólo había un mecánico, el señor Eulogio, un hombre mayor, que no tenía afiliación. Quisieron llevárselo, pero el hombre se resistió. Mientras forcejeaban con él, uno de los milicianos, que parecía borracho, sacó su pistola y le pegó un tiro en la nuca, llamándole fascista. Después se llevaron todos los autos que pudieron, aquellos que funcionaban, y los que no, los incendiaron. Como teníamos varios bidones llenos de gasolina, el taller empezó a arder como una tea por los cuatro costados. Tuvimos que salir corriendo calle abajo. Un desastre,


Mariano, un desastre. También se han incautado la Brough Superior, una joya, la moto inglesa con la que nos íbamos a escapar tú y yo a Valencia. -Bueno -le dije, tratando de tranquilizarle-, si no podemos escapar con esa moto, a lo mejor tenemos que intentarlo por ferrocarril o en autobús. ¿Sabes?, al final me has convencido: yo también tengo miedo y quiero salir de Madrid. Esta mañana me ha amenazado el huésped de aquí al lado. Dice que soy un fascista y que me ande con ojo. -Los peores son los que no amenazan -observó mi hermano-. Simplemente espían y dan el soplo, y entonces vienen los que tienen que venir, y hacen su trabajo. Pero en realidad no te puedes fiar ni de tu sombra. Es muy difícil salir de Madrid en tren o en autobús. Todos los movimientos de civiles están muy controlados. Tendré que recuperar la moto como sea. -¿Y cómo vas a hacerlo? Será como buscar una aguja en un pajar. -Eso déjalo de mi cuenta. Tengo algunas pistas. De momento tú lo que has de hacer es desprenderte de toda la ropa buena que tienes y vestirte lo más discretamente que puedas. No debes ir vestido de domingo todos los días. Nada de sombreros ni corbatas. Zapatos tampoco, mejor alpargatas. Y con un poco de suerte a lo mejor hasta te consigo un carnet falso de la Ceneté. Vienen días difíciles y tenemos que protegernos, Mariano. -Mis jefes también han huido -le conté- y el bufete está cerrado a cal y canto. Nadie responde al teléfono ni da señales de vida. Supongo que ahora estoy sin trabajo. -Supones bien. Los verdaderos fascistas son los que se han largado. La mayoría estaban al tanto de lo que iba a suceder. Ahora a nosotros sólo nos quedan dos alternativas: o alistarnos voluntarios en las milicias populares y empuñar un fusil, o


recuperar la Brough Superior y marcharnos a Valencia. Yo elijo la segunda. -Yo también -asentí-. Oye, Juan, por cierto, tu conocida esa de Valencia no tendrá por casualidad una hermana o una amiga de buen ver, ¿no? A mí no me importaría. Juan sonrió estirándose en la cama. -En Valencia hay muchas mujeres guapas, Mariano, ya lo verás. Y seguramente alguna te estará esperando con los brazos abiertos.


V

En los días inmediatos que siguieron al levantamiento militar del 18 de julio de 1936, Madrid, que entonces contaba con una población de un millón de habitantes, probablemente se convirtió en la ciudad más peligrosa del mundo. Se producían graves accidentes de tráfico cada pocas horas. Partidas incontroladas de individuos de diferentes facciones se perseguían a toda velocidad por las calles a bordo de automóviles requisados antes de enzarzarse en espectaculares tiroteos que sembraban las aceras de cadáveres ante el horror mudo de los viandantes. Por las noches esas mismas partidas armadas asaltaban los domicilios particulares de quienes consideraban enemigos de su causa -a menudo sin prueba alguna- y se incautaban de todo tipo de bienes para llevarse después a los inquilinos, que aparecían de madrugada con un disparo en la cabeza en los descampados del extrarradio o en las


cunetas de las carreteras. Pero no toda la violencia que sacudía Madrid en aquellos días desesperados tenía un origen político. Sanguinarias bandas de simples delincuentes comunes aprovechaban la terrible confusión del momento para requisar automóviles en los que se movían con total impunidad por la ciudad robando y asesinando a mansalva. Respetables ciudadanos que jamás habían manejado un arma de fuego, viéndose de repente armados por unas autoridades que habían perdido todo el control de la situación, decidían resolver a tiros antiguas rencillas de cualquier índole con vecinos, familiares o jefes, a sabiendas de que nunca se investigarían estos crímenes. Sin orden ni Ley, el odio, la venganza y el caos habían tomado Madrid tres años antes de que lo tomasen los militares sublevados. Ante la huida repentina de empresarios y patronos, éramos muchos los que de la noche a la mañana habíamos perdido nuestros empleos, y aunque no resultara imposible conseguir un nuevo trabajo, con frecuencia parecía más conveniente no hacerlo, a menos que uno estuviese dispuesto a tener que dar demasiadas explicaciones de su vida anterior y seguramente exponerse a indeseables sospechas políticas. Tal vez ya era demasiado tarde para ello, pero hice caso a mi hermano y me deshice de toda la ropa elegante que me hacía parecer un burgués, sin serlo. Sombreros, zapatos, camisas, americanas y corbatas se fueron a la basura, no sin gran dolor de mi corazón, porque la mayor parte de esas prendas me habían costado un buen dinero y ahora por seguridad tenía que reemplazarlas y proveerme de un atuendo más acorde con mi verdadera condición de proletario desempleado. En el Rastro encontré lo que necesitaba: pantalones y gorrillas de pana, alpargatas de esparto y blusones bastos de cáñamo, cuanto más viejos y gastados, mejor. También tuve que dejar de fumar las cajetillas de tabaco rubio americano que llegaban a España de importación y pasarme al tabaco negro de picadura para liar. Muchos de los cafés, restaurantes y comercios que frecuentaba antes del estallido militar ya me estaban vedados si no quería


significarme, de modo que en cuestión de días mi vida más o menos entretenida de antes vino a parecerse a la misma existencia precaria y gris que llevaban y habían llevado siempre los obreros más menestrales.

Así las cosas, mi obsesión por escapar de Madrid y tratar de rehacer mi vida en donde nadie me conociera, ya fuese en Valencia o en otro lugar, acabó por volverse enfermiza. ¿Está todo arreglado, falta mucho para marcharnos?, eran las primeras preguntas que le hacía a mi hermano todos los días nada más verle, a lo que él me contestaba que ya tenía en su poder la documentación falsa de nuestras nuevas identidades, y que a partir de ahora en vez de llamarnos Juan y Mariano tendríamos que acostumbrarnos en público a ser Enrique y Bernardo, respectivamente, e influyentes miembros políticos, además, del sindicato CNT, lo que en su opinión nos otorgaría cierta libertad de movimientos en nuestra


huida por carretera hasta Valencia. Eso sí, añadía a continuación, si por alguna desgracia se descubría el fraude debíamos hacernos a la idea de que seríamos ejecutados en el momento sin mediar juicio alguno. Asimismo, la documentación también falsa de la moto, la inglesita, como empezó a denominar mi hermano a la Brough Superior, estaba ya en camino, según le habían asegurado sus contactos, y sólo había que esperar a que llegase a sus manos para pintarle a la moto los caracteres de las tres placas de matrícula, dos rectangulares sobre el guardabarros delantero y una cuadrada sobre el guardabarros trasero, tal y como se estilaba en la época. El único problema era que la inglesita, incautada por los milicianos unos días antes en el taller en donde trabajaba Juan, no había sido todavía localizada por las calles de Madrid, en donde se suponía que éstos la estaban utilizando para desplazarse en sus correrías revolucionarias, y sin la moto nosotros no podíamos escapar.


-Esos animales se han llevado mucho más que una moto -me explicaba Juan con tristeza-, se han llevado una alhaja, un prodigio de la técnica, la mejor moto del mundo, y ellos no lo saben, ¡qué van a saber esos bestias!, y seguro que le van a enchafarrinar el depósito con las siglas de la Ceneté, o las de la Unión de Hermanos Proletarios, y van a hacer todo tipo de barbaridades con ella, y cuando se cansen o se les averíe y no les sirva para nada la abandonarán en un callejón oscuro o se la venderán por cuatro perras gordas a un trapero para emborracharse en la taberna. -No te preocupes -intenté animarle-, si no nos podemos marchar con la moto nos iremos por otros medios. Tiene que haber más formas de salir de Madrid. -Pero cada día que pasa son más arriesgadas, Mariano. El Gobierno ya no puede garantizar la libre circulación de las personas. Todo varón sano en edad militar, como nosotros, que intente salir de aquí es considerado sospechoso inmediatamente, y seguramente necesita de un salvoconducto especial que no será fácil de conseguir, ni siquiera falsificado. Debemos escapar con la inglesita de noche y a escondidas, no hay otro remedio. Si tenemos la suerte de encontrarla, claro. El desventurado mes de julio de 1936 estaba tocando a su fin. Todavía nadie mencionaba la palabra guerra, porque todos teníamos el convencimiento de que los militares rebeldes, que apenas si habían triunfado en un tercio del territorio peninsular pero en ninguna de las ciudades importantes, serían antes o después sometidos por el Ejército leal a la República y se recuperaría la normalidad anterior. Lo que no sabíamos era cuándo, y entretanto mi hermano y yo corríamos un peligro cierto. Por eso, en aquellas tórridas noches de verano sobresaltadas de gritos, persecuciones y tiroteos, mientras tratábamos de dormir acostados en los colchones de borra de las camas de la pensión, una imagen turbia y fronteriza entre la realidad y el sueño acudía puntualmente a nuestros ojos:


subidos en esa motocicleta clandestina Ă­bamos rodando, envueltos en negras sombras, por una carretera dorada que nos llevaba a la libertad.


VI

El viernes 31 de julio a las seis de la mañana unos golpes bruscos en la puerta de la habitación nos despertaron con gran sobresalto. Llevábamos ya varias noches durmiendo con un ojo abierto y otro cerrado, pero este fue uno de los peores despertares que recuerdo, porque no pude evitar el pensar que por fin venían a matarnos, y no es agradable comenzar un nuevo día sabiendo que ha de ser el último. La voz tranquilizadora de la señora Engracia al


otro lado de la puerta nos devolvió cierta serenidad, aunque no toda la que hubiésemos deseado. Salvo que ocurriese algo grave, esta buena mujer no acostumbraba a despertar a sus huéspedes tan temprano y con semejante alarma. -No se me asusten los señoritos, que soy yo -oímos que decíaLe llaman por teléfono, señorito Juan. Dicen que es muy importante. -¿Una conferencia desde Valencia?-preguntó mi hermano levantándose de la cama con un gesto de preocupación. -No lo sé, señorito. Es un hombre, y necesita hablar con usté urgentemente. -¿Hay alguien con usted ahí fuera? -¡Huy, hijo mío, quién va a haber! Estoy sola, pierda cuidado. -Gracias, doña Engracia. Dígale que voy enseguida. Juan me hizo una seña. -Levántate, Mariano, no te quedes aquí. Esto me huele a chamusquina. -¿Es que no te fías de la vieja?-le pregunté. -Ni de la vieja ni de nadie. Están las cosas como para andar fiándose de la gente. Levántate. -Si viniesen por nosotros habrían echado la puerta abajo sin contemplaciones -razoné-. Vamos, digo yo. -Vístete y calla. Y date prisa. Le obedecí, y no tanto por respeto a su autoridad de hermano mayor como por temor a la ansiedad que vi reflejada en sus ojos, porque esa ansiedad acrecentaba la mía, que tampoco era desdeñable.


Nos vestimos y salimos al pasillo sin hacer ruido. Muchos de los huéspedes habituales de la pensión ya no se alojaban en ella y las habitaciones estaban vacías. Algunos habían huido, a otros los habían asesinado y los restantes probablemente andaban por las calles asesinando a quienes no habían tenido tiempo de huir y aún seguían vivos. La macabra ruleta de la muerte nunca dejaba de girar en aquel aciago mes de julio y nosotros podíamos ser los siguientes. Un intrincado laberinto de pasillos interminables recorría el edificio de un extremo a otro, y aunque por la fuerza de la costumbre solíamos orientarnos sin dificultad, en esa mañana el miedo nos tenía tan atenazados que nos confundimos varias veces yendo a parar a rincones y estancias de la pensión que nunca antes habíamos visto. Encontramos por fin el auricular del teléfono negro de pared descolgado y balanceándose suavemente al otro extremo del cable. A esa hora tan temprana se me antojó que tenía una presencia siniestra, como si desde él sólo pudiesen recibirse a partir de ahora malas noticias. Juan lo cogió, carraspeó y se lo llevó a la oreja. -Buenos días, dígame. Sí, soy yo. Hola, Cipriano, no te había conocido. Soy todo oídos, dime. No puedo hablar más alto, compréndelo. ¿Esta noche, a las doce, en la Glorieta de Cuatro Caminos? ¿Cómo lo habéis averiguado? Tienes razón, tienes razón, eso no importa. ¿Estará la moto allí? Estupendo. Sí, ya sé que es muy expuesto, pero no nos queda otro remedio. No, no tenemos armas ni las necesitamos. En serio, de verdad, no quiero ningún arma. ¿Cuándo nos iremos? Si todo sale bien, esta misma noche, en cuanto recuperemos la moto. ¿Los papeles? No los tengo todavía, pero incluso sin ellos nos marcharemos. Lo sé, lo sé, si nos cogen no habrá remedio. Tendremos cuidado, sí. Gracias, Cipriano. ¡Salud! Y colgó el teléfono. La breve conversación, que se desarrolló en un susurro, tuvo la saludable virtud de cambiar el semblante de mi hermano, devolviéndole esa sonrisa suya de seguridad y confianza que le era tan característica.


-¿Qué ha pasado, qué ha pasado? Cuéntame -le pregunté sin poder disimular mi excitación.

-Tranquilo, hermanito, no te pongas nervioso. Vámonos. En la calle te lo cuento todo. Salimos a la calle. Hacía un calor sofocante, incluso a primera hora de la mañana. Mientras desayunábamos café con leche, churros y una copa de anís en un bar de la Plaza de Olavide, Juan me refirió con gran detalle todos y cada uno de los pormenores de la peligrosa aventura que estábamos a punto de emprender. Sus contactos le habían dado el soplo del paradero de la Brough Superior. Una partida de milicianos la utilizaba por la noche, junto con varios automóviles requisados y alguna camioneta ligera, para desplazarse regularmente por Madrid. Registraban domicilios y detenían gente a su libre albedrío. La caravana motorizada solía congregarse en torno a la medianoche en la Glorieta de Cuatro Caminos antes de comenzar sus rondas clandestinas. Los chóferes acostumbraban a estacionar los vehículos en mitad de la calle con el motor encendido mientras subían a registrar las casas con sus compañeros. Era poco frecuente que dejasen a alguien vigilando, pues no en vano el terror que inspiraban les había convertido en los amos de la ciudad, con la única y esporádica rivalidad de los pistoleros falangistas, ya muy escasos por aquellas fechas en Madrid. Visto lo cual, nosotros sólo teníamos que aprovechar alguno de esos momentos favorables, llevarnos la moto y emprender la huida hacia Valencia. No había que descartar que nos persiguieran a tiros, no tanto por el valor en sí de la Brough Superior, que ellos seguramente desconocían, como por nuestra osadía de habérsela sustraído ante sus narices, provocación que enseguida interpretarían como acción propia de delincuentes comunes, lo que tampoco nos serviría de atenuante, más bien al contrario. -En principio, si no surgen complicaciones -me dijo mi hermano apurando la copa de anís-, el problema no está en birlarles la inglesita, sino en cómo seguirles sin que se den cuenta


hasta encontrar el momento idóneo para hacerlo. Y luego está el tema de la gasolina, que es mucho peor. -¿Qué pasa con la gasolina? -pregunté. -Pues qué ha de pasar, hombre, que necesitaremos bastante gasolina para llegar a Valencia, y además por la noche. Nunca he hecho este viaje, pero por lo que tengo entendido hay pocos sitios en donde conseguir carburante, y encima la mayoría se los habrá incautado el Gobierno, de modo que por su cara bonita no le van a proporcionar gasolina al primero que pase. -Y menos a dos fugitivos montados en un motociclo robado apunté-. Y además, todavía no tenemos los papeles. -Mira, Mariano, con papeles o sin ellos, esta noche nos largamos de aquí. La gasolina la robaremos, y asunto concluido. -¿Y cómo vamos a seguir a los milicianos hasta que dejen la moto descuidada, si es que la dejan? -pregunté. Juan respiró profundamente. Era el aspecto más delicado de la operación. En aquellas noches de violencia desbocada casi nadie se atrevía a transitar libremente por las calles sin saberse expuesto a mil y un peligros. No se había decretado un toque de queda oficial, ni mucho menos, pero la población civil interiorizaba su miedo silenciosamente y se quedaba en casa desde el anochecer con las luces apagadas. Con la caída del sol ni siquiera los escasos servicios públicos de la época funcionaban con normalidad. Podía resultar muy difícil, si no imposible, conseguir una ambulancia o un taxi. Incluso los guardias de Asalto, la policía gubernativa de entonces, permanecían acuartelados por orden expresa de las autoridades para no interferir en los desmanes de milicianos y falangistas, porque el Gobierno era de todo punto incapaz de controlar la situación sin provocar males mayores. -Iremos hasta Cuatro Caminos en Metro -decidió mi hermano-. Trataremos de tomar prestada la inglesita allí mismo,


por sorpresa. Cuando ellos quieran reaccionar ya les habremos dado esquinazo. Esa máquina anda mucho, que te lo digo yo. -Tengo miedo, Juan -le confesé-, tengo mucho miedo. De esta no salimos, ya lo verás. -Yo también tengo miedo, Mariano -reconoció él-. Si te dijera lo contrario te mentiría. Pero si no vencemos al miedo, el miedo nos vencerá a nosotros, y eso es algo que no podemos permitir, porque los cobardes no sobreviven. Yo quiero sobrevivir. Como ya he dicho antes, pronto cumpliré noventa años. Es obvio, por lo tanto, que he sobrevivido. Eso es lo que he hecho a lo largo de todos estos años, sobrevivir, incluso contra el pronóstico de mi hermano Juan, porque no negaré que muchas veces, demasiadas acaso, el miedo me ha vencido y me he comportado como un cobarde, tal y como habría de comportarme en aquella noche fatídica del 31 de julio de 1936.


VII

Salimos del bar y nos separamos cada uno por su lado. Juan se marchó a encontrarse con alguno de sus contactos, con la esperanza de que pudieran darle razón de los papeles de la moto y facilitarle algo de gasolina para nuestra huida. Yo, por mi parte, me fui al banco a tratar de recuperar el dinero que teníamos ahorrado, que no era mucho ciertamente y menos aún habría de ser el que conseguí, porque los tiempos estaban tan revueltos que cualquiera que se atreviese a dejar en blanco su cuenta podía ser tomado por sospechoso enseguida, de modo que no me arriesgué y tuve que


conformarme con solicitar una cantidad muy modesta para pasar desapercibido. Después, harto de caminar bajo el sol de julio por las calles de aquel Madrid tórrido y agitado, me marché a la pensión, me metí en la cama y me dormí, a pesar de que sólo era mediodía. Dos horas después me despertó un intenso olor a gasolina. Abrí los ojos y vi a mi hermano sentado al borde de su cama. -Vámonos a comer, haragán -me dijo-. ¿Habrás sacado el dinero, no? -Sólo un poco -respondí-. Ya sabes, por aquello de la discreción. -Nos apañaremos, no te preocupes. A mí me ha ido muy bien. Ya tenemos todo lo que necesitábamos. Estoy ansioso porque lleguen las doce de la noche. -¿Has conseguido…? -Todo, todo -me interrumpió-. La documentación de la inglesita, las placas de matrícula, pintura negra, un pincel y algo de gasolina. Hay que esconderlo todo muy bien no vaya a ser que a última hora nos chafen la fiesta. La gasolina española de los años treinta, pobre en octanaje y mal refinada, era oscura, espesa, oleosa y tenía un desagradable olor a carburo. Pero aún olía peor y parecía más venenosa cuando sus gases eran expulsados por los tubos de escape de los vehículos de la época, con sus toscos motores mal carburados y deficientemente refrigerados. La mayoría de los autos, camiones y motociclos que circulaban entonces por el país lo hacían por las calles de las ciudades, especialmente en Barcelona y Madrid, y aunque los embotellamientos y aglomeraciones de tráfico no eran muy habituales, cuando se producían -a la entrada o salida de espectáculos públicos, por ejemplo-, el aire se volvía irrespirable y provocaba un insoportable picor de ojos y de garganta. Esto, unido


a las malas condiciones higiénicas y sanitarias en las que vivía buena parte de la población hacía que proliferasen las enfermedades respiratorias y a menudo con consecuencias letales para quienes las sufrían. Visto todo lo anterior, si la señora Engracia, tan celosa de la salubridad de su establecimiento, nos hubiera sorprendido dentro de la habitación con aquel bidón metálico lleno de gasolina (unos veinte litros, según mi hermano), no habría dudado ni un segundo en llamar a la policía.

-Hay que sacarlo a respirar -decidió Juan mientras abría las dos hojas del ventanal que daba al balcón. Mi preocupación era, sin embargo, otra: -¿Y cómo vamos a llevarnos toda esa gasolina en la moto? Juan sonrió con picardía.


-La llevarás tú, hermanito, a la espalda. En esta mochila. Y me mostró una especie de mochila militar de gran tamaño en la que se me antojó que podía caber una persona entera. Naturalmente la idea de acarrear con ella y con veinte litros de gasolina en su interior me resultaba intolerable con sólo pensarlo. Supuse que no iba a servir de mucho, pero por si acaso protesté: -¿Y voy a tener que cargar con ese muerto yo solo? Si no nos turnamos, me niego, Juan. -No podemos turnarnos, Mariano, porque tú no sabes conducir. Tendrás que llevarla todo el viaje, o por lo menos mientras necesitemos la gasolina. -Pues me enseñas a conducir y nos turnamos. Si no, me quedo en Madrid y allá penas. Juan sacó el bidón de combustible al balcón y lo cubrió con una manta. Después cerró las dos hojas del ventanal y me miró fijamente, pero ya no sonreía. Como a todo el mundo, a mi hermano, cuando existían de antemano demasiados problemas complicados de resolver le molestaba sobremanera la aparición de nuevos problemas imprevistos como el que yo le acababa de presentar. No podía dejarme en Madrid, y no sólo por mi propia seguridad, sino sobre todo porque él era consciente de que en solitario, sin alguien que le hiciese de porteador, sería incapaz de llegar a Valencia con aquella moto. -Está bien -concedió-, cuando nos hayamos alejado bastante del peligro te enseñaré a conducir y llevaré la mochila, no te preocupes. Y ahora vámonos a comer. Después pintaremos las placas de matrícula, ultimaremos el resto de los preparativos y nos echaremos un rato la siesta.


Y así fue que tomamos sin demasiado apetito apenas unos bocados del que sabíamos que habría de ser el último cocido madrileño de la señora Engracia en el comedor vacío y destartalado de la pensión. El nuestro era un viaje sin retorno. Porque, nos llevase hasta donde nos llevase, lo único cierto es que jamás nos traería de regreso a aquella casa. Incluso si nos traía de regreso a otro lugar de Madrid, cualquiera que fuese, eso supondría un fracaso, y en el verano de 1936 ese tipo de fracaso al que nosotros nos exponíamos se pagaba con la vida. -¿No comen más los señoritos? -nos preguntó nuestra patrona viendo la insuperable desgana que nos atenazaba el estómago, fruto del calor y de los nervios-. ¿Es que hoy no está bueno el cocido? -Sí, señora Engracia, muy bueno -terció mi hermano con diplomacia-, lo que pasa es que hemos tomado un aperitivo por ahí y nos ha quitado el hambre.


Todavía lo recuerdo. Es decir, después de setenta años todavía no he logrado olvidarlo. La mirada ansiosa de la señora Engracia observándonos con los brazos en jarras. El rostro taciturno de mi hermano frente al plato colmado de garbanzos. La humeante sopera de loza llena de oloroso caldo en el que flotaba un puñado de fideos. Los viejos cubiertos de alpaca ennegrecidos por el paso de los años. El temblor de mis manos y los retortijones de mi vientre convulso. Y el calor, sobre todo el calor de fuego de aquella tarde de julio en la que parecía que el tiempo y la historia se habían detenido para siempre. Jamás he aborrecido tanto un cocido madrileño. Serían alrededor de las tres y media de la tarde cuando volvimos a nuestra habitación con exagerado sigilo. Era evidente que la señora Engracia sospechaba que algo estábamos tramando, porque, como buena conocedora de sus huéspedes que era, la desgana y los nervios que no habíamos podido disimular un rato antes en el comedor con toda certeza que a ella no le habrían pasado desapercibidos. Naturalmente no podíamos darle cuenta de los planes que teníamos previsto acometer esa misma noche ni insinuarle siquiera una despedida, por vaga que fuese. Juan decidió que la llamaríamos por teléfono cuando estuviésemos a salvo para indicarle el escondrijo en donde podría encontrar el dinero de nuestras deudas pendientes de manutención y alojamiento, que no sería mucho porque pagábamos la pensión regularmente. Lo primero que hice nada más entrar en la habitación fue tumbarme vestido en la cama. Habría deseado dormirme para no despertarme nunca. Mi hermano me amonestó: -Haz el favor de levantarte, Mariano. Tenemos todavía bastantes cosas que hacer. -¡Pero si has dicho que nos íbamos a echar la siesta, hombre! -protesté mientras me incorporaba del lecho.


-Nos la echaremos si nos da tiempo. Saca la mochila, anda. Está debajo de tu cama. Le obedecí. Era aquella enorme mochila de aspecto militar que se suponía que tendría que llevar yo a cuestas con el bidón de gasolina de veinticinco litros mientras durase nuestro temerario viaje. Aunque también era cierto que él se había comprometido a enseñarme a conducir la moto para que pudiéramos turnarnos en el transporte de tan incómoda carga. -Espera, no te levantes todavía -me ordenó Juan-. A ver, palpa el suelo con las manos muy despacio: tiene que haber una baldosa suelta ahí mismo. -¿Una baldosa suelta? ¡Pero qué demonios…! -¡Cállate y búscala! -me interrumpió-. ¿La encuentras? Me puse a palmotear el suelo con las dos manos sin comprender qué se proponía exactamente mi hermano. Las baldosas, gastadas y sucias de pelusas a medio barrer y del óxido que las camas habían ido destilando a lo largo de décadas, me parecieron perfectamente encajadas en el piso y sin el menor asomo de holgura entre ellas. Debajo de la cama olía a polvo, a pies y a orines centenarios. -¿Qué estamos buscando? ¿Un tesoro? -bromeé. -¿No has notado que se mueva alguna? -me preguntó Juan con impaciencia. -Ninguna. Están todas tan firmes como si acabaran de ponerlas. -No puede ser. El otro día bailaba una. Vamos, si casi pude desencajarla con la mano. Tendremos que retirar la cama para mirar mejor. La retiramos, y pesaba como un muerto. Era una cama antiquísima de hierros barrocos y toscos que habían perdido todo rastro de pintura. A saber cuántos miles de personas se habrían


acostado en ella a lo largo de su historia, que a buen seguro era muy dilatada, porque la pensión ya existía a mediados del siglo diecinueve y aquella cama no parecía haberse movido de allí desde entonces. -Con cuidado, no hagas ruido, Mariano. Un poquito más a la derecha. Eso es, ahora. Vamos a soltarla muy despacio. Cuidado con los pies. Daban ganas de dejarla caer de golpe, tan brutal era su peso y tan incómoda su manipulación incluso para dos personas jóvenes y fuertes como nosotros. Y lo peor era que después habría que devolverla a su sitio. Juan se tiró al suelo y palpó las baldosas con suavidad, como si las acariciara. -Aquí está. Vamos a sacarla. En la mochila tiene que haber un destornillador. Vacié el contenido de la mochila sobre la otra cama. Había unas chapas de hierro pintadas de blanco, unas gafas de motorista engarzadas en cinta elástica, una linterna, un par de gorras grises de pana, un bote de pintura negra, un juego de pinceles de varios tamaños, un par de alpargatas de esparto, una pequeña cartera de hule, una bolsa con tuercas y tornillos y un saquito de tela con herramientas. Allí encontré un destornillador mugriento y mellado que le tendí a mi hermano. Este dijo: -Lo primero es lo primero, Mariano. Nuestra patrona ha sido siempre un ángel de la guarda para nosotros, y puesto que no podemos despedirnos de ella como se merece, por lo menos trataremos de recompensarla con creces: las deudas y algo más. La guerra será larga y dura en Madrid, así es que con nuestro dinero podrá sobrellevarla mejor. -¿Guerra? ¿Has dicho guerra? -le pregunté desconcertado, porque esta palabra maldita todavía no se pronunciaba abiertamente a finales de julio de 1936 para referirse al estado de


cosas imperante, que todo el mundo entendía como una simple y pasajera sublevación militar que no tendría consecuencias. -Sí, he dicho guerra, Mariano -respondió Juan mientras hacía palanca con el destornillador en la baldosa para extraerla-, porque eso es lo que es, o va a serlo muy pronto, una guerra, ya lo verás. Los militares fascistas son muy fuertes y ya amenazan todo el país. La República, por el contrario, está atada de pies y manos y no podrá contenerles durante mucho tiempo. Los obreros no servimos para pegar tiros, sólo para pasar hambre, ese es nuestro sino. ¡Maldita baldosa! ¡Ya está fuera!

Bajo la baldosa el suelo era de tierra renegrida. Mi hermano introdujo un generoso fajo de billetes en un sobre de color sepia y lo depositó en el hueco, cubriéndolo parcialmente con la tierra. Después volvió a encajar la baldosa con cuidado. Bailaba ahora más que antes, pero esto no pareció preocuparle, porque teníamos previsto llamar a la señora Engracia en cuanto hubiésemos salido


de Madrid para que recuperase el dinero. Si todo salía bien, sería cuestión de horas. Veinticuatro, o menos. Colocamos mi cama en su sitio con esfuerzos indecibles y descansamos un momento. Hacía una tarde increíblemente calurosa y sudábamos a mares. Juan abrió la cartera de hule y extrajo unos papeles que depositó ordenadamente sobre la mesilla de noche. -La documentación, supongo -se me ocurrió decir. -Supones bien, Mariano. La nuestra y la de la inglesita. Recuerda que a partir de ahora tú te llamas Bernardo y yo Enrique. Mientras no lleguemos a Valencia olvídate de nuestros nombres verdaderos, ¿me has entendido? -Sí, pero será difícil acostumbrarse. -Repite todo el tiempo: me llamo Bernardo, me llamo Bernardo, me llamo Bernardo. Y mi hermano se llama Enrique, Enrique, Enrique. Es preciso mentalizarse. Voy a pintar las placas de matrícula. Espero que no me falle el pulso, porque si no tendrás que pintarlas tú. En aquella época, y desde que empezaron a matricularse los vehículos a motor en España, a principios de siglo, los caracteres de las placas de matrícula solían pintarse a mano alzada, todo lo más con la ayuda de moldes de cartón o de metal. El troquelado de las matrículas no se implantaría hasta bastantes años después de terminada la guerra civil, hacia finales de los cuarenta o principios de los cincuenta. Y es que, aunque ya existía una normativa precisa que regulaba la iluminación, el tamaño y el color de las placas y de los caracteres -negros sobre fondo blanco-, lo cierto es que ni las autoridades velaban en exceso por su cumplimiento ni los ciudadanos, con la salvedad de respetar los colores, ponían demasiado empeño en ajustarse al reglamento, elaborando en consecuencia unas placas de matrícula verdaderamente artesanales y con frecuencia confusas o ilegibles. A menudo ni siquiera se utilizaban placas, sino que bastaba con pintar los caracteres sobre el guardabarros o la carrocería de los vehículos en lugares más o


menos visibles. Con el estallido de la guerra civil y sus consiguientes desórdenes sociales muchos de estos vehículos circulaban sin identificación alguna o con matrículas falsas que podían ser reemplazadas o suprimidas sin más cuantas veces se hiciera preciso en virtud de las necesidades de seguridad o anonimato de sus ocupantes. Ese era nuestro caso. La motocicleta Brough Superior SS100 Alpine Grand Sport con la que íbamos a emprender la huida a Valencia había sido requisada por los milicianos unos días antes en el taller en donde trabajaba mi hermano. Y ahora él, armado con un rudimentario pincel, un bote de pintura negra, tres placas metálicas y unos papeles falsos se disponía a enmascarar en lo posible el pasado y el presente de aquella máquina mágica que a la vuelta de unas horas debería llevarnos en volandas hacia la libertad.


VIII

A las once menos cuarto de la noche llegamos a la Glorieta de Cuatro Caminos. Mi hermano Juan había decidido tomarse un margen de tiempo para analizar el terreno antes de proceder con la operación en sí, como él la denominaba, y que no consistía sino en arrebatarles por sorpresa a los milicianos la Brough Superior y salir huyendo a toda prisa en dirección a la carretera de Valencia. Sin embargo no entraba en nuestros planes el llegar a este lugar con tanta antelación, circunstancia que nos exponía en exceso a un riesgo innecesario, pero no tuvimos mejor alternativa, porque a última hora las cosas se nos complicaron peligrosamente en la pensión, hasta el punto de que llegamos a temer que no saldríamos vivos de ella. La tarde había sido larga y tensa en nuestra habitación, sofocados de calor y mareados con los vapores emanados de la pintura negra empleada en la confección de las tres placas de matrícula falsas con las que pretendíamos camuflar la verdadera


identidad de la inglesita. Y es que en su origen, según me explicó Juan mientras dibujaba con esmero los caracteres de las placas apoyando los antebrazos en la mesilla de noche, aquella motocicleta llevaba matrícula de San Sebastián y pertenecía a un aristócrata vasco en viaje de placer hacia Cádiz, toda una aventura sólo adecuada para chalados ociosos dispuestos a padecer calamidades en las deficientes carreteras españolas de la época. A la altura del puerto de Somosierra, en la entonces denominada carretera de Irún, el hombre había partido una biela, viéndose obligado a continuar hasta Madrid con la moto remolcada en un camión, y así es como la Brough Superior llegó al taller de mi hermano unos días antes de estallar la guerra. A la espera de la oportuna reparación del motor que le permitiese continuar su viaje hasta Cádiz, el desahogado aristócrata había tomado alojamiento en uno de los mejores hoteles de la capital, en donde no fue posible localizarle después del 18 de julio, cuando ya tenía la moto reparada. Nadie supo dar razón de su persona, ni dentro ni fuera del hotel. Si no le habían asesinado, probablemente habría huido precipitadamente sin dejar el menor rastro, así es que la inglesita quedó aparcada en un rincón del taller cogiendo polvo, y fue en ese momento cuando Juan tuvo la idea de tomarla prestada para marcharnos a Valencia. El resto de la historia es conocido: milicianos armados irrumpieron un día en el taller, mataron a uno de los operarios, requisaron la moto junto con otros vehículos y después incendiaron el local. En la documentación falsa que le habían facilitado a mi hermano sus misteriosos contactos -jamás me habló de ellos- la Brough Superior pasaba ahora a tener matrícula de Madrid, M37.101, concretamente, y estos fueron los caracteres que consignó Juan en cada una de las placas. Pero entonces, no bien hubo terminado esta tarea, comprendió que unas placas recién pintadas y relucientes como aquellas habrían despertado sospechas, y más tratándose, como era el caso, de una matrícula de seis años antes. Había, pues, que simular la antigüedad que les correspondía, para


lo cual tuvimos que restregarlas contra el suelo y embadurnarlas con el óxido que desprendían los hierros de las camas y con unos pegotes de betún que podían pasar mal que bien por restos de grasa. Después nos acostamos con la intención de reposar un rato, acaso dormir si nuestro nerviosismo nos lo permitía, cosa harto improbable, pero la habitación olía tanto a pintura que tuvimos miedo de que algún huésped de la pensión o la propia señora Engracia pudieran descubrirnos, de modo que nos vimos obligados a abrir el balcón de par en par. La tarde era densa, pesada y asfixiante. Desde la calle nos llegaban con toda nitidez los ruidos de la ciudad exaltada y violenta, una algarabía estridente de bocinas y frenazos de automóviles, de chirridos de tranvías a punto de descarrilar, de gritos, de voces y de súplicas, pero también de risas y de cánticos revolucionarios acompañados de desfiles marciales y disparos al aire. En aquellos días desconcertantes en Madrid nadie dormía la siesta. Con la caída de la tarde nos levantamos de la cama sin haber dormido, empapados en sudor frío y con un nudo en el estómago. Nerviosismo no era la palabra que mejor podía definir nuestro estado en ese momento, porque quizá lo que sentíamos era pánico, más propiamente dicho, un pánico oscuro y paralizante, además. Sentados en calzoncillos el uno frente al otro en el borde de nuestras camas, mi hermano y yo nos mirábamos en silencio incapaces de hacer el menor movimiento. Al cabo de un rato Juan me preguntó: -¿En qué piensas? -Pienso en que nos van a matar. -Es posible -dijo mi hermano tratando de aparentar una serenidad que no tenía-, pero si nos quedamos en Madrid nos matarán seguro, así es que marchándonos a Valencia por lo menos tendremos alguna oportunidad.


-¿Y cuánto tardaremos en llegar, si es que llegamos? Juan se encogió de hombros. Mi pregunta era difícil de responder. En aquella época los viajes por carretera iban siempre precedidos de un pronóstico incierto: se sabía cuándo se salía, no cuándo se llegaba. De hecho, en esos años el principal medio de transporte era el ferrocarril, pero ni siquiera los trenes llegaban nunca puntuales a su destino. Y la guerra, por descontado, no haría sino complicar las cosas de aquí en adelante. -Si todo saliera bien -se atrevió a especular mi hermano-, con un poco de suerte podríamos llegar antes del anochecer, pero si tenemos que dormir por el camino tampoco pasa nada. Y ahora creo que deberíamos cenar algo. La noche será larga. -Cena tú, si quieres. Yo no tengo hambre. -Y yo tampoco, pero lo tendremos, y para entonces no encontraremos nada que llevarnos a la boca, ya verás. Vamos al comedor, hacemos como si cenásemos para que la señora Engracia no sospeche, y nos guardamos algunos víveres en una tartera, para el camino. Eso es lo que hicimos. Llenamos una tartera de hojalata que hallamos entre nuestras ya escasas pertenencias con unas rebanadas de pan, unos pimientos asados, un par de huevos duros y algunos pedazos menudos de bacalao con tomate. Después mi hermano me dijo: -Tienes que entretener a la vieja un instante para que yo pueda sacar nuestras cosas de la habitación. No me haría ninguna gracia encontrármela por los pasillos y que me pillase cargado con la mochila y toda esa gasolina. -Pues ya me contarás cómo la entretengo. -Me basta con que no salga de aquí. Le das conversación sobre cualquier tema en cuanto veas que va a salir. Serán sólo cinco minutos.


-Bueno, lo intentaré. La señora Engracia, que iba y venía de la cocina al comedor atendiendo las mesas en las que cenaban apenas una docena de huéspedes, en ningún momento hizo intención de salir. La mayoría de las chicas de servicio que tenía a su cargo se habían marchado de Madrid a poco de empezar la guerra. Venían tiempos difíciles. Juan regresó a los cinco minutos sin sufrir el menor contratiempo. -Ha llegado la hora. La suerte está echada -dijo lacónico. Nos levantamos y anduvimos unos pasos hacia la puerta del comedor. A nuestra espalda escuchamos la voz maternal de la señora Engracia: -¿Ya se van los señoritos? ¡A bailar a la verbena, claro! Hace buena noche y ustedes son jóvenes y tienen que divertirse, qué caramba. ¡Vayan, vayan, hijos míos! Antes de que pudiéramos responder siquiera con una simple frase de cortesía se nos adelantó uno de aquellos huéspedes hostiles que todavía sobrevivían en la pensión: -Sí, sí, a la verbena -habló con un tono castizo y afectado de chulería madrileña-. A estos señoritingos fascistas les iba a dar yo verbena -y apuntándonos con el dedo índice de su mano derecha como si fuera el cañón de una pistola, añadió-: ¡Pum, pum, tomad verbena, cabrones! Era nuestro vecino de habitación. No era la primera vez que nos amenazaba. Un tipo repugnante. Mi hermano se le encaró: -¡Repite eso si tienes cojones! El hombre se envaró sobre la silla y adelantó la cabeza desafiante. -¡Cojones me sobran para llevarme por delante a un par de fascistas como vosotros!


Juan descargó entonces su puño poderoso sobre la cara de aquel energúmeno, derribándole de la silla. En la caída arrastró el mantel y los platos, que le salpicaron la ropa de bacalao con tomate. Los demás comensales se levantaron dando voces y con los rostros congestionados por la ira. Uno de ellos sacó una pistola del interior de su chaqueta. Ese arma era de verdad, lo supimos nada más verla, como supimos que iba a dispararnos. El disparo sonó cuando ya corríamos por los pasillos de la pensión buscando la calle. Oímos gritar a la señora Engracia. Oímos las sillas que caían al suelo con estrépito empujadas por los hombres que salían en tropel a perseguirnos. Sonaron más tiros, más gritos y blasfemias. Llegamos al portal. Bajo el hueco de la escalera Juan había escondido la mochila con la gasolina y el resto de nuestra impedimenta. Sin detenerse apenas tiró de ella y salió a la calle arrastrándola por el suelo de baldosas. Yo le seguí sin volver la cabeza. Y después corrimos, corrimos y corrimos medio muertos hasta meternos en la primera boca de Metro que encontramos abierta. Eran las diez y veinte de la noche.


IX

Sintiendo en la nuca el aliento homicida de nuestros perseguidores bajamos hasta el andén del Metro sin dejar de correr. Ni siquiera nos detuvimos en la taquilla para sacar los billetes. La empleada que los despachaba salió de su garita de cristal y nos gritó: -¡Eh, vosotros, volved aquí! ¡Tenéis que pagar! Naturalmente no volvimos ni se nos pasó por la cabeza hacerlo. En cambio, para no empeorar aún más las cosas, mi hermano buscó en los bolsillos de los pantalones, sacó una moneda y se la arrojó a la mujer sin ningún miramiento. Esta se agachó para recogerla de muy mala gana. -¡Hay que ver, qué poca vergüenza! -dijo volviendo a su garita.


En el andén de la estación de Chamberí, solitario a esas horas de la noche, todavía con la respiración fatigosa por el esfuerzo de la huida, Juan me advirtió: -Estate preparado, porque lo mismo tenemos que salir arreando por el túnel en cuanto aparezcan esos. Asentí muerto de miedo. Los túneles del Metro, oscuros y malolientes como pozos abandonados, se me antojaron la peor escapatoria posible en ese momento, pese a ser probablemente la única en nuestras circunstancias. Aunque, bien pensado, quizá sólo estábamos eligiendo la forma de morir: en lugar de hacerlo acribillados a tiros por aquella horda de facinerosos, íbamos a perecer arrollados por un tren, tanto daba. Pero Juan me explicó enseguida que aquel túnel que se abría a nuestra izquierda llevaba directamente hasta Cuatro Caminos. De los trenes que circulaban por su interior a toda velocidad no había que preocuparse, ya que se les oía venir desde lejos, y en las paredes del túnel, cada pocos metros, existían unos nichos de protección denominados mechinales en los que cabían de pie dos personas. Además, en la mochila teníamos una linterna que nos ayudaría a movernos en la oscuridad. El único inconveniente, eso sí, era que el túnel antes de desembocar en Cuatro Caminos cruzaba otras dos estaciones abiertas al público en las que alguien podría vernos y delatarnos. Era un riesgo menor en comparación con el que deberíamos afrontar enseguida en aquel andén. Escuchamos voces en el vestíbulo de la estación. Seguramente eran ellos. Nos habían seguido hasta allí. -Ya están ahí -dijo mi hermano tensando los músculos de la cara hasta deformarla en una mueca casi irreconocible que delataba su tremendo pavor. -¿Vamos al túnel? -le pregunté, sintiendo como me flojeaban las piernas.


-Ya viene el metro, ¿no lo oyes? Se habían apagado las voces del vestíbulo y ahora en cambio se escuchaba el taconeo precipitado de un grupo de gente que bajaba a toda prisa por las escaleras. Eso era todo lo que yo podía oír, y sin poder contenerme me puse a gritar: -¡Que vienen, que nos van a matar! ¡Al túnel, vámonos al túnel! Pero ya era demasiado tarde para meterse en el túnel. Como acababa de advertir mi hermano, un tren rojo con churretones de polvo y de grasa hizo su entrada en la estación envuelto en un atronador estrépito de chapas temblorosas y bocanadas silbantes de aire comprimido. Se abrieron las puertas y entramos en un vagón vacío que olía a orines y a vómitos. Sonó un largo toque de silbato y las puertas se cerraron de golpe apenas un segundo después. El tren reanudó la marcha. A través de las ventanillas enchafarrinadas de nuestro vagón vimos durante un instante a uno de los hombres


que nos perseguían. Corría por el andén con una pistola en la mano. Instintivamente nos tiramos al suelo justo antes de que sonase un disparo. Los cristales de una de las ventanillas saltaron en mil pedazos pero el tren se adentró en el túnel sin detenerse. -¿Estás bien? -me preguntó mi hermano levantándose del suelo. -Sí -dije incorporándome también-, pero no sé cuánto tiempo nos va a durar esta racha de buena suerte. -Lo bastante como para llegar a Valencia, ya lo verás. Tienes que tener fe. Ni él mismo tenía esa fe que me demandaba. En el fondo nosotros seguíamos vivos por puro azar, de la misma manera que otros muchos, inocentes o culpables, también por puro azar habían muerto aquellos días luctuosos. La supervivencia, por lo tanto, no era una cuestión de fe, sino de mera casualidad. Los hombres que nos perseguían no iban a desistir tan pronto de su propósito de meternos una bala en la cabeza. Si disponían de los medios adecuados, ellos u otros cómplices se pondrían a buscarnos por todo Madrid hasta encontrarnos.


El metro llegó a Cuatro Caminos sin ninguna incidencia después de hacer las paradas correspondientes en las dos estaciones anteriores, Iglesia y Ríos Rosas, en las que no había bajado ni subido nadie. Los andenes se encontraban silenciosos y solitarios, y esto, acostumbrados como estábamos a las muchedumbres y a los constantes sobresaltos que se producían a todas horas en la superficie, en las calles de la ciudad, nos resultaba cuando menos inquietante. Nos bajamos en la estación de Cuatro Caminos, como estaba previsto. Allí debía de comenzar nuestro temerario viaje libertador. Mientras apretábamos el paso por pasillos y escaleras para salir al exterior miramos de reojo a los escasos viajeros que habían bajado de nuestro tren. Casi todos eran obreros que se retiraban a sus casas a dormir. Algún miliciano desarmado y en mangas de camisa. Una pareja de ancianos que tiraba penosamente de un carrito cargado con bultos camino de un exilio previsible antes de que los sublevados sitiasen Madrid. Dos guardias de Asalto con los fusiles colgados en bandolera. Una pandilla de golfos desarrapados que se reían y daban vivas a la República completamente borrachos. Si no hubiera sido por la gigantesca mochila que llevaba mi hermano colgada a su espalda nosotros habríamos pasado desapercibidos entre todos aquellos viajeros nocturnos. Pero el olor a gasolina que desprendía, sobre todo el olor a gasolina, fue lo que nos delató. Los guardias de Asalto apretaron también el paso para ponerse a nuestra altura. -¡Eh, ustedes dos! -nos llamó uno de ellos.


X

-Tú déjame a mí -me susurró Juan con un tono de preocupación-. Creo que podremos salir también de esta. -¡A ver, documentación! -pidió el otro guardia. -Buenas noches -saludó mi hermano mientras sacaba nuestras documentaciones falsas de un bolsillo exterior de la mochila y se las entregaba a los agentes. Los guardias miraron los papeles con cierto detenimiento profesional. Sobre todo los dos carnets oficiales de la CNT. Si por algún motivo no les convencían nuestras identidades y nos llevaban detenidos para hacer averiguaciones posteriores, podíamos darlo todo por perdido. A decir verdad, mientras no consiguiéramos salir de Madrid con cada minuto transcurrido menguaban notablemente las probabilidades que teníamos de ponernos a salvo. Uno de los guardias nos observó entonces de arriba abajo con exagerada curiosidad, tal vez oliendo nuestro miedo, porque, al igual que la gasolina que transportábamos, ese miedo que nos dominaba en cuerpo y alma también podía olerse.


-¿Son de la Ceneté? ¿Llevan ustedes armas? -preguntó, volviendo a mirar la documentación. -Comisarios políticos de la Ceneté -explicó Juan, y era eso lo que decían los carnets, en efecto-, pero vamos desarmados. -¡Caramba! -exclamó el otro agente casi riendo-. ¿Y esa gasolina? ¿Van ustedes a quemar alguna iglesia a estas horas? -Nosotros no quemamos iglesias -le cortó Juan tajante-. La gasolina es para los autos de los milicianos que esperan arriba. La caravana se pone en marcha a medianoche. Los guardias se miraron el uno al otro con extrañeza y se encogieron de hombros. Quizá por ello tuve el presentimiento de que nos iban a dejar marchar enseguida. Pero la situación, en todo caso, debió de parecerles tan chocante como lo era en realidad, porque uno de ellos nos hizo partícipes de sus impresiones: -Cada vez entiendo menos lo que está pasando en Madrid. Ahora resulta que los comisarios políticos sindicales viajan en Metro por la noche llevando combustible a los milicianos. ¿Es así como vamos a vencer a los fascistas? ¡Pero bueno! ¿Qué clase de revolución es esta? -Todos tenemos que arrimar el hombro haciendo lo que sea -se explayó mi hermano con una naturalidad admirable-. Unos en las trincheras, otros en las oficinas, otros en las fábricas… Nadie es más que nadie. Sólo así derrotaremos al fascismo y vendrá una sociedad más justa. -Si usted lo dice, será verdad -respondió el guardia devolviéndonos la documentación con visible indiferencia, como si nada le importásemos nosotros, ni la revolución, ni los milicianos, ni los fascistas, ni nada de este mundo, salvo acaso poder meterse en la cama a dormir esa noche. -Está bien -dijo su compañero-. Ya pueden marcharse. -¡Salud! -respondió Juan levantando el puño izquierdo.


-¡Salud! -le imité con desgana. Los guardias de Asalto no alzaron sus puños, sólo pronunciaron un tímido ¡Viva la República! y se dieron media vuelta. Nosotros salimos, por fin, a la calle. La noche tenía un tórrido espesor de incendio, como si durante todo el día Madrid hubiese estado ardiendo por los cuatro costados bajo el inclemente sol de julio. Los adoquines de la calzada y las fachadas de las casas desprendían un intenso calor de fuego que se nos adhería a la ropa y nos hacía sudar a cada paso. En el lugar apenas si quedaban transeúntes a esta hora, y los pocos que caminaban por las aceras lo hacían con tanto sigilo como prisa, y hasta parecía que se cubrían el rostro con las manos o las gorras -ya nadie usaba sombrero en Madrid- para no ser reconocidos por un eventual enemigo, real o imaginario, porque, era imposible negarlo, todo el mundo tenía miedo de todo el mundo. Coches y camiones corrían veloces por la calle de Bravo Murillo enrareciendo el aire con los gases pestilentes del combustible mal quemado y algunas motocicletas oficiales de la Dirección de Seguridad hacían sonar sus sirenas para mayor espanto y confusión de los escasos viandantes, que no sabíamos que se trataba de un simulacro de alarma para ir preparando a la población civil ante los inminentes bombardeos enemigos que se esperaban de un día para otro en la capital. Pero nosotros no pensábamos en ello. Nuestra única obsesión era encontrarnos lo bastante lejos de allí para cuando la aviación fascista arrojase los primeros proyectiles sobre Madrid. Caminábamos furtivamente pegados a las fachadas de los edificios sintiendo en el pecho los latidos de nuestros corazones. Estábamos poseídos por un terror instintivo que no era fácil de describir. De cuando en cuando nos ocultábamos en algún portal, tomábamos aire y seguíamos caminando con sigilo, casi agachados, mirando con ansiedad a nuestro alrededor y temiendo ser descubiertos y detenidos, o peor aún, asesinados por la espalda sin llegar a ver nunca la cara de nuestros verdugos. Y lo más penoso de todo, como reconoció enseguida Juan, es que no podíamos detenernos ni


apostarnos en ningún sitio sin levantar sospechas, de modo que hasta que apareciese la Brough Superior en la Glorieta de Cuatro Caminos deberíamos dar vueltas y vueltas por la plaza sin perder de vista el bar en donde se reunían los milicianos.

A las once y media de la noche empezaron a llegar los primeros. Venían en una camioneta destartalada y en un par de autos requisados que aparcaron frente al bar. Iban calzados con toscas alpargatas de cáñamo y vestían camisas blancas remangadas, pantalones negros y pañuelos rojos atados al cuello. Casi todos llevaban sus armas bien visibles y hacían ostentación de ellas con gran virilidad. Bajo la luz de las farolas de la Glorieta brillaban las cartucheras de cuero y los vetustos fusiles Máuser incautados en cuarteles y polvorines. Algunos milicianos portaban en la cintura enormes pistolones cuya sola presencia ya causaba pavor. Pensar que nosotros dos, desarmados como estábamos, íbamos a ser


capaces de enfrentarnos a aquellos matones aguerridos y sedientos de sangre para robarles una moto era algo que contravenía los principios más elementales del sentido común. Por eso cuando por fin, al filo de la medianoche, vimos bajar por Bravo Murillo la deseada Brough Superior no pudimos evitar que se nos agarrotasen las piernas y se nos acelerasen los corazones aún más, si cabe. -¡Ahí está, ahí está! -dijo mi hermano en un susurro. Yo intenté decir algo, no sé el qué, pero no salió palabra alguna de mi boca. Me había quedado sin habla. De todos modos poco había que decir y mucho que hacer, porque el miliciano que conducía la moto la aparcó junto al bordillo de la acera, detrás de los otros vehículos, y sin apagar el motor entró en el bar en donde ya le esperaban sus compañeros. Los ojos de Juan se iluminaron de repente como si en ellos se hubiese reflejado un rayo. -¡Es el momento, no perdamos ni un minuto! -exclamó sin poder disimular su euforia-. ¡Ahora o nunca, Mariano!


Esta vez tampoco fui capaz de articular palabra y a duras penas si pude asentir. No sólo me temblaban las piernas y las manos, lo que ya de por sí era lo bastante paralizante, dada la situación, sino que además sentía un insufrible dolor abdominal que amenazaba con hacerme perder el control de mis esfínteres, y el alma entera pugnaba por escapar de mi cuerpo a través del intestino mientras un sudor frío me bañaba la frente y un vertiginoso mareo me velaba los ojos con una negra y siniestra bruma. -¡Vamos, vamos! -me apremió Juan-. ¡Échate la mochila a la espalda y sígueme, corre! -No puedo, no puedo -conseguí gemir levemente-. Vete tú solo, Juan. -¿Pero qué dices, animal? ¡Venga, coge la mochila, maldita sea! -Tengo miedo, me estoy cagando -volví a gemir con un hilo de voz-. ¡Nos van a matar, Juan, nos van a matar! Entonces mi hermano me cogió bruscamente de un brazo y me arrastró hasta el interior de un portal oscuro que encontramos abierto. -¡Vamos, bájate los pantalones! ¡Te doy un minuto!


XI

Me puse en cuclillas en un rincón y me bajé los pantalones y los calzoncillos torpemente. En mi vida había sentido un miedo y una humillación semejantes. Tampoco había imaginado nunca que yo pudiera llegar a ser tan cobarde. Pero lo era, y esto ya no tenía remedio. -Como no nos marchemos ahora mismo, no te lo perdonaré en la vida, Mariano. Desde la oscuridad del portal podía ver su silueta nítida recortándose contra el resplandor de las luces de la calle. Mi hermano Juan deambulaba impaciente de un lado a otro de la entrada con las manos en los bolsillos de los pantalones sin perder de vista ni un instante el bar en donde estaban reunidos los milicianos. Ambos sabíamos que en cualquier momento podrían salir al exterior y montarse en sus vehículos, y cuando eso sucediera todas nuestras oportunidades de huir a Valencia esa noche se habrían desvanecido para siempre. No habíamos llegado


tan lejos sorteando tantos peligros como para rendirnos ahora, en el último minuto. En eso Juan llevaba razón, y probablemente de no ser por mi inoportuna cobardía que me tenía ahora miserablemente indispuesto y humillado en aquel portal, ya llevaríamos un rato a bordo de la inglesita escapando de una muerte segura. -¿Has terminado ya? ¿Te falta mucho? -me preguntó con angustia. -Sí -musité-, pero no tengo con qué limpiarme. -Ahora vengo -dijo, y salió del portal. Desde luego, de mejor o peor manera, yo había conseguido aliviar un tanto mi atormentado vientre, pero parecía que habría de ser sólo de un modo provisional, porque el insuperable pánico que seguía dominándome amenazaba con volverme crónicos los retortijones y el alboroto insufrible de mis tripas. Juan regresó corriendo al portal apenas dos minutos después, cuando el hedor nauseabundo de mis propias heces ya se había extendido por aquella estancia volviendo la atmósfera irrespirable. -¡Toma, y date prisa! -me apremió entregándome un par de hojas de periódico grasientas que había encontrado en la calle. Me limpié de mala manera, contrariado por el asco que me producían aquellos papeles sucios, y me subí los calzoncillos y los pantalones. Las piernas, naturalmente, apenas si me respondían, y menos que pensé que habrían de responderme cuando Juan, de improviso, me colocó la mochila a la espalda sin que yo opusiera la menor resistencia. Tenía un peso descomunal y las correas se me clavaban en las clavículas cortándome la respiración, y sin embargo, todavía hoy, setenta años después, sigo sin comprender de dónde saqué las fuerzas necesarias como para correr tras mi hermano por la Glorieta de Cuatro Caminos, llegar hasta la motocicleta Brough Superior que estaba aparcada frente al bar y encaramarme a su estrecho asiento trasero casi al tiempo que Juan


tomaba los mandos y maniobraba para esquivar el automóvil que teníamos situado delante. Era la primera vez que me subía en una moto y me juré entonces que habría de ser la última. -¡Agárrate fuerte! -me gritó mi hermano antes de que yo tuviera tiempo de reaccionar, mientras abría el puño del acelerador sin contemplaciones. La sacudida fue terrible y estuve a punto de caerme de espaldas, impulsado, además, por el peso de la mochila, pero milagrosamente conseguí asirme con la mano izquierda a un pliegue de su blusa, que se le salió de los pantalones. Todavía no habíamos tenido tiempo de recorrer ni siquiera diez metros cuando la puerta de la camioneta estacionada en la vanguardia del convoy se abrió de golpe y vimos a un miliciano descender de ella. -¡Alto, alto! -gritó echándose el fusil a la cara para dispararnos.

Todo sucedió muy deprisa, apenas en un segundo, pero durante toda mi vida he rememorado aquella escena cientos o miles de veces, y siempre he tenido la sensación de que duró una


eternidad, de que nunca dejó de suceder, de que el tiempo y la historia, mi propia historia, se detuvieron en aquel momento trascendental para que el recuerdo fuera perdurable y ya nunca pudiera olvidar el rostro crispado del miliciano, con un ojo guiñado en el alza del fusil, los brazos tensos sosteniendo el cañón del arma y el dedo índice de su mano derecha doblado sobre el gatillo con un leve temblor que también le afectaba a las piernas, ligeramente abiertas y flexionadas. Durante ese segundo fulgurante e inesperado aquel miliciano fue, acaso sin desearlo, amo y señor de nuestros destinos como nunca antes lo había sido nadie en aquellos trágicos días. Sin apenas tiempo para reaccionar, mi hermano se le echó encima con la moto atropellándole. Sonó un disparo, pero el tiro se le fue alto y el hombre cayó de espaldas sobre la acera. Nosotros también estuvimos a punto de caer, porque después del impacto violento contra su cuerpo la Brough Superior salió rebotada hacia la izquierda sin ningún control, y sólo la gran pericia de Juan a los mandos nos restituyó el equilibrio perdido justo en el momento en que los demás milicianos, alertados por el disparo de su compañero, salieron del bar. Escuchamos una algarabía de gritos y voces ininteligibles acompañados del sonido mecánico de los cerrojos de los fusiles. Nos van a coser a balazos, fue lo que pensé entonces sin atreverme a volver la cabeza para mirar, y todavía estuvimos cerca de irnos al suelo de nuevo cuando mi hermano giró bruscamente en la primera bocacalle pisando con la moto cruzada los resbaladizos carriles del tranvía. Sonaron varios disparos más, algunos de pistola, mientras nosotros ya huíamos a toda velocidad por las oscuras callejuelas de adoquines del viejo barrio de Tetuán. Los milicianos tiraban a lo loco, sin orden ni concierto, movidos más por la rabia de ver que nos escapábamos que por la certeza de que sus disparos pudieran alcanzarnos, cosa de todo punto imposible una vez que habíamos desaparecido de su campo visual. Por eso, lo que cabía esperar que hiciesen a continuación era que se subieran en sus autos y salieran


en nuestra persecución, pese a que ya les llevábamos una respetable ventaja y ninguno de sus vehículos requisados corría tanto como la Brough Superior, la motocicleta más rápida de la época, a decir de mi hermano.

Estuvimos largos minutos deambulando por el barrio de Tetuán sin advertir que nadie nos siguiera. Las calles, de casas bajas pintadas de blanco con rejas en las ventanas, estaban oscuras y solitarias. Olía a sardinas asadas y a aguardiente. A menudo el pavimento de adoquines desaparecía para dar paso a la tierra dura, seca y polvorienta. Hacía mucho calor y yo tenía las piernas entumecidas y el trasero dolorido de ir botando sobre el estrecho asiento de la moto y cargado como iba, además, con aquella pesada mochila que me martirizaba la espalda. Tampoco podía decirse que hubiera superado del todo aquel miedo que paralizaba mi voluntad y agitaba mis tripas, porque, a poco que uno se detuviese a analizar la situación, se percataba de que en las noches del verano de 1936


las probabilidades de ser asesinado en Madrid eran demasiado elevadas como para ser tomadas a la ligera, algo que no parecía preocuparle a mi hermano, más entusiasmado en conducir la moto de sus sueños por las siniestras calles de la ciudad que en tomar cuanto antes la carretera y escapar a Valencia, que ese, y no otro, era nuestro propósito. -Esto va bien, Mariano -me dijo dándome una palmada en la rodilla-. ¿Qué tal te encuentras? -Me siento como si me hubieran dado una paliza, y todavía no estamos a salvo. Ya verás cómo esos tipos nos siguen. -Que nos sigan, si pueden. Pero te digo yo que ya no van a encontrarnos. Les hemos dado esquinazo en toda regla. -Sí, puede ser, pero habrá otros. Madrid está infestado de partidas de milicianos. ¿Cuándo demonios vamos a salir de aquí? -Vamos a escondernos unas horas en la Dehesa de la Villa. Ahora es peligroso salir de Madrid: nos estarán buscando. Además, tengo que revisar la moto de arriba abajo para asegurarme de que no va a darnos ningún problema en el viaje. Lo intentaremos de madrugada.


XII

Eran las cero horas del sábado 1 de agosto de 1936 cuando llegamos a los bosques de la Dehesa de la Villa. Para nuestra desgracia tampoco era este un paraje especialmente seguro. Casi todas las mañanas aparecían entre los árboles decenas de cadáveres de civiles tiroteados. A veces los asesinaban en el lugar, otras los traían ya muertos sus verdugos en camionetas o en autos particulares y los abandonaban sobre el terreno sin darles sepultura. Pero en todo caso era mejor esconderse aquí que seguir dando vueltas por las calles expuestos a cualquier percance. Mientras subíamos por un camino de tierra que se adentraba en lo más espeso de la fronda yo caí en la ilusión óptica de ver cuerpos abatidos y


cañones de fusiles que nos apuntaban en donde tal vez sólo había sombras y siluetas naturales. Las pistonadas del motor bicilíndrico de la Brough Superior sonaban acompasadas en el silencio de la noche, apenas respondidas por el canto de los grillos y el rumor del agua de alguna fuente que manaba en la oscuridad. El olor de las plantas y el frescor grato del bosque nos hicieron sentir de improviso un bienestar largo tiempo olvidado después de tantas privaciones y riesgos, y fue entonces, y sólo entonces, cuando por primera vez empecé a creer que podríamos escapar y salvarnos, pero mi esperanza duró apenas unos minutos, hasta que nos encontramos con los faros deslumbrantes de un automóvil que bajaba en dirección contraria.


-Cruza los dedos -me susurró Juan-, y si el auto se para a nuestra altura o nos hace señas para que nos paremos, tírate de la moto y echa a correr por el bosque, que yo haré lo mismo. Crucé los dedos con tanta fuerza que llegué a hacerme daño en los nudillos, y al ver que el automóvil disminuía su velocidad me volvieron de nuevo los retortijones. Mi hermano aminoró también la marcha y durante unos segundos interminables la distancia que nos separaba se me antojó invariable, pese a que ambos vehículos seguían moviéndose muy despacio, casi a punto de detenerse del todo. -Estamos jugando al ratón y al gato -me dijo Juan con la voz temblorosa-. Quienquiera que vaya en ese auto también tiene miedo. Estaba bastante fundado el miedo del prójimo, pero si alguien tenía miedo, miedo verdadero e insuperable, ese era yo, desde luego. ¿Es que no va a terminar nunca esta maldita pesadilla?, me pregunté mientras consideraba la posibilidad de bajarme de la moto y salir corriendo por el bosque sin más demora, como me había sugerido mi hermano, suponiendo que me hubiesen respondido las piernas, claro, y él debió de adivinar mis pensamientos, porque me dijo: -Quieto, Mariano, quieto. No hagas ningún movimiento. Me quedé inmóvil como acababa de ordenarme. La Brough Superior y el auto que venía de frente también se detuvieron, separados apenas por una distancia de veinte metros. Sólo mis tripas se movían al compás de los pistones de la moto. Pero sobre todo sentía unas horribles ganas de vomitar. El auto apagó los faros y el motor. Juan hizo lo mismo. La oscuridad y el silencio nos envolvieron de pronto como un manto frío y espantoso. Ni siquiera se escuchaba el canto de los grillos. Un dolor opresivo y asfixiante se instaló en mi pecho. -Se me va a parar el corazón -acerté a decir.


XIII

-Bájate de la moto muy despacio y levanta las manos para que vean que vamos desarmados -me ordenó Juan. Eso hice, y estuve a punto de perder el equilibrio y caerme al suelo. Mi hermano se bajó también, colocó la moto en el caballete y levantó las manos. Y entonces ocurrió algo increíble: el auto arrancó de improviso y sin encender los faros pegó un acelerón precipitado para marcharse camino abajo a toda velocidad levantando una espesa polvareda. Ni siquiera tuvimos tiempo de ver cuántos ocupantes llevaba el vehículo. Juan respiró profundamente aliviado. -Lo sabía -dijo. -¿El qué? -Que iba a pasar esto. Alguien tenía que tomar la iniciativa y facilitarle las cosas al otro. De lo contrario nos habríamos podido pasar aquí toda la noche sin que nadie se atreviera a moverse.


-Sí, pero menudo susto. ¿Quién iría en ese auto? -pregunté con viva curiosidad. -Y eso que más da -respondió mi hermano con suficiencia-. ¿Tú qué prefieres? ¿Una parejita de amantes a los que se les ha hecho tarde por estos andurriales? ¿Una panda de amiguetes borrachos que han estado de merienda? ¿Un señorito que se ha venido por aquí a pasar el rato con una prostituta? ¿Un grupo de fascistas tratando de escapar de Madrid? A ver si te crees, Mariano, que nosotros somos los únicos que estamos intentando salir del infierno. -En todo caso hemos vuelto a tener suerte -respondí-. Podía haber sido mucho peor. -Podía -sentenció Juan arrancando la Brough Superior-, pero no lo ha sido. Venga, sube. Vamos a seguir. Me subí con desgana en la moto y mi hermano arrancó. Mientras seguíamos avanzando en la oscuridad de la noche guiados por el deficiente alumbrado de la inglesita, cuyo faro proyectaba un haz de luz débil y de color amarillo que apenas si iluminaba el suelo dos metros por delante del manillar, no podía dejar de pensar que en cualquier recodo del camino nos daríamos de bruces con otro auto, descenderían de él tres o cuatro pistoleros y nos acribillarían a tiros allí mismo sin más contemplaciones. Nuestra buena suerte, antes o después, tendría que acabarse, y tal vez no era la Dehesa de la Villa el paraje más adecuado para tentar al diablo. No volvimos a encontrarnos con nadie, sin embargo. Juan tomó una estrecha vereda que partía a la derecha del camino y nos internamos en un frondoso pinar. Minutos después nos detuvimos en lo alto de una explanada desde la que se divisaban las luces mortecinas de Madrid. -Hemos llegado -dijo Juan-. Aquí podremos descansar un rato hasta el momento de partir.


Sentí un intenso alivio al desprenderme de la pesada mochila y sentarme en el suelo, sobre la hierba mullida y agostada, que todavía estaba tibia después de muchas horas de sol. -¿Tienes cigarrillos? -me preguntó mi hermano mientras maniobraba con la moto buscando terreno estable en donde aparcarla. -Tabaco para liar -le dije-. Desde que empezaron a tomarme por un burgués dejé de fumar cigarrillos americanos, ya sabes. -Es lo mismo, líame un pitillo, anda. No era lo mismo, ni mucho menos. El tabaco rubio americano, fresco y aromático, le daba mil vueltas a la picadura de tabaco negro español, reseco y rancio. Bien es verdad que resultaba mucho más barato fumar del producto nacional, pero ya estábamos inmersos en unos tiempos en los que el dinero empezaba a perder valor, porque las carestías eran tan grandes que las cantidades modestas apenas si servían para comprar nada. Saqué la petaca de un bolsillo del pantalón y lié dos cigarrillos. Todavía me temblaban un poco las manos.


-Lo que no tengo es lumbre -le informé-. He debido de perder la caja de fósforos por el camino. -Yo sí tengo -dijo Juan sacando un fósforo con el que encendimos los cigarrillos-. Date cuenta de una cosa, Mariano. Estamos a punto de emprender el viaje más importante de nuestras vidas, y ella nos llevará hasta donde nos propongamos. Señaló la Brough Superior, aparcada junto a unos pinos. No llevaba placas de matrícula y los milicianos le habían pintado en el depósito y el guardabarros las siglas C.N.T. dando unos brochazos chapuceros de pintura blanca. Por lo demás, la moto estaba sucia y descuidada, con pegotes de grasa sobre el motor y arañazos en la chapa. Fumamos durante un rato en silencio sin dejar de observar la máquina, él con admiración profesional, yo con el escepticismo de un profano. Aunque aún era noche cerrada, la explanada estaba bañada por un tenue resplandor y brillaban muchas estrellas en el cielo despejado de agosto. -No va fina del todo y me temo que pierde aceite -observó mi hermano arrodillándose y pasando la yema de un dedo por el cárter-. Vamos a ver cómo está de carburante. Sujétame el pitillo, anda. Desenroscó los dos tapones cromados del depósito de combustible y balanceó la moto de un lado a otro. El sonido que escuchó no pareció gustarle demasiado. -Estos cabrones la han dejado seca. Acércame el bidón, por favor. Arrastré la mochila hasta donde se encontraba la moto y entre los dos sacamos el bidón y rellenamos el depósito, primero por una boca y luego por la otra. Entraron los veinte litros que contenía el recipiente, lo que me produjo una indisimulada alegría, pues acababa de aligerarme de la mayor parte del peso que debía transportar en la mochila. Mi alegría duró poco, sin embargo, porque mi hermano, adivinando mis pensamientos, dijo:


-No cantes victoria tan pronto, Mariano, porque ese bidón tendremos que llenarlo en cuanto se nos presente la más mínima oportunidad. Con veinte litros no tenemos ni para hacernos un tercio del viaje. Los viejos y rudimentarios motores de los vehículos de los años treinta, con distribución por varillas y balancines, alimentados por enormes carburadores poco precisos y refrigerados por voluminosos radiadores muy deficientes, sobre todo en verano, ofrecían unas prestaciones tan modestas a cambio de unos consumos de combustible y aceite tan elevados, que hoy se nos antojarían inadmisibles y poco prácticos. Pero en aquellos tiempos precarios esto era lo que había y nadie echaba en falta otra cosa. -Voy a mirar los niveles y echarle un vistazo por encima al motor -me informó mi hermano tirándose al suelo-. Después le colocaré las placas de matrícula, así es que la faena me llevará un buen rato. Podrías intentar dormir, entretanto. Te vendrá bien. -Sí, creo que sí -dije-, seguramente es una buena idea. -En la mochila tienes una manta, no vaya a ser que te quedes frío. Cogí una manta sucia y raída de la mochila, me alejé una decena de metros y me tumbé boca arriba sobre un pequeño montículo que estaba forrado de hierba seca y esponjosa. Durante largo rato estuve con los ojos abiertos mirando las estrellas y pensando que a la noche siguiente, si la suerte no nos daba la espalda, podría volver a contemplar esas mismas estrellas desde Valencia, ya a salvo de todos los peligros que nos acechaban ahora en Madrid. Después, no sé cuándo, me dormí, pero tuve un extraño sueño, como casi todos los sueños, aunque inquietante como pocos: íbamos en la moto por una estrecha carretera resbaladiza y no parecía que avanzásemos, más bien al contrario, era como si las ruedas de la Brough Superior girasen locas sobre sus ejes sin ganar un solo metro, y había caballos destripados y sangrientos en las cunetas, y nos cruzábamos en dirección contraria siempre con los


mismos vehículos, unos autos negros de aspecto funerario que llevaban pañuelos rojos en las ventanillas, por las que asomaban, también, los siniestros cañones de unos fusiles relucientes, y la escena se repetía idéntica una y otra vez, como si diésemos vueltas y vueltas en el carrusel de un macabro tiovivo sin movernos del sitio. Pero el final del sueño, o más bien de la pesadilla, fue todavía más espantoso porque, de improviso, surgiendo desde detrás de uno de aquellos caballos muertos que había en la cuneta, se nos apareció un perro de tamaño descomunal que daba unos saltos de varios metros de altura en medio de unos ladridos ensordecedores, y cada vez que caía al suelo trataba de mordernos, pero mi hermano le esquivaba con un golpe de manillar, y el perro volvía a intentarlo con los ojos inyectados en sangre y una viscosa baba maloliente bailándole entre los colmillos, hasta que en una de esas acometidas aquella bestia espeluznante consiguió morderme en la pierna derecha, y yo sentí la quemazón de sus dientes homicidas hundiéndose en mi carne y nos caímos de la moto. Me desperté violentamente en medio de incontrolables convulsiones. Con la agitación de mi pesadilla había debido moverme lo bastante como para rodar desde el montículo que me servía de lecho, y ahora estaba caído de costado sobre el borde de un terraplén con la manta enredada entre las piernas. Un sudor helado y espeso me bañaba todo el cuerpo, de la cabeza a los pies. Traté de levantarme y me agarré con la mano a lo que en la penumbra parecía una raíz de un árbol, pero palpé, en cambio, un objeto blando y pegajoso cuya naturaleza no ofrecía ninguna duda. Me miré la palma de la mano, manchada de sangre, y me puse a gritar como si estuviera poseído por el demonio. En aquellos momentos ya no sabía si prefería los horrores de la pesadilla de la que acababa de despertar o el espanto de la realidad que tenía ante mis ojos. Alertado por los gritos, mi hermano no tardó en asomarse al borde del terraplén. En una mano llevaba la linterna encendida y en la otra una llave inglesa, y no paraba de gesticular.


-¿Se puede saber qué haces ahí? ¿Y por qué gritas? -¡Maldita sea, Juan, sácame de aquí! -Ya voy, pero no grites, ¿me has oído?, no grites. Pero yo no podía dejar de gritar: -¡Hay un cadáver, Juan, tengo un cadáver aquí al lado! Mi hermano barrió el terreno con la linterna, describiendo unos amplios círculos de luz. Entonces descubrimos que no había un cadáver, sino cuatro, o cinco, o diez. Toda la ladera del terraplén estaba cubierta de cuerpos inmóviles, tirados de cualquier manera, en posiciones inverosímiles. En la tierra se veían también ropas desperdigadas y zapatos sueltos, tanto de hombre como de mujer. Juan me ayudó a levantarme y se agachó después para palpar con suavidad uno de aquellos cuerpos caídos. -Todavía está caliente -dijo-. Esto ha sido reciente.


-¡Vámonos a Valencia, vámonos a Valencia ya, me cago en la puta!-volví a gritar.


XIV

Pero él no pareció escucharme porque, absorto como estaba en la contemplación de aquella masacre, descendió unos metros por el terraplén y se dedicó a iluminar uno por uno con la linterna todos los cadáveres que teníamos a la vista con una aplicación casi judicial, como si pretendiera identificarlos, descubrir la causa de su muerte o encontrar entre ellos a alguien conocido. Esta operación le llevó unos minutos que a mí se me hicieron interminables, y cuando regresó por fin traía el rostro descompuesto y la mirada tan perdida como deben de tenerla quienes vuelven de una visita al infierno. -Esta noche Caín el maldito se ha paseado por aquí a sus anchas -fue todo lo que se le ocurrió decir. -¿Conoces a alguno?


-No he podido verles la cara a todos. No me atrevo a moverlos, pero creo que no conozco a ninguno. Hay tres mujeres. Lo de siempre: un tiro en la nuca. -¿Y a qué esperamos para marcharnos? ¿Es que nos vamos a quedar aquí toda la noche para que nos pase lo mismo que a esos infelices? -Tengo una pistola -me soltó Juan de repente. -¿Una pistola? ¿De dónde la has sacado? -Estaba en la moto, en una de las carteras laterales. Una Astra cuatrocientos. Y también hay munición y unos listados con nombres y direcciones de personas buscadas por los milicianos. Nosotros estamos en esa lista, Mariano, lo acabo de ver. Seguramente han ido a buscarnos a la pensión esta misma noche. Ya nada conseguía sorprenderme. Después de tantos riesgos y fatigas afrontados con la sola fuerza de nuestra voluntad, el hecho de aparecer en una lista negra de personas que debían ser eliminadas se me antojaba poco menos que irrelevante. ¿Es que acaso todavía no habíamos obtenido las suficientes pruebas de que querían matarnos? ¿Qué importaba que fuesen a buscarnos a la pensión de la señora Engracia o que nos persiguieran por los pasillos del Metro o por las calles de Madrid? Y encima habíamos tenido la osadía de robarles delante de sus narices aquella moto, que seguía junto a los pinos, pero ahora con el motor abierto, porque mi hermano, tan curioso y ávido de novedades, acababa de encontrar en la pistola un nuevo elemento de distracción y se entretenía en montar el arma descargada y apretar el gatillo una y otra vez como si se estuviera adiestrando en su manejo, en lugar de acabar de poner a punto la Brough Superior y empezar a pensar seriamente en marcharnos de allí.


-Con una como esta mataron al señor Eulogio en el taller -me explicó muy instructivo acariciando la pistola como si fuera un juguete inofensivo-. Y si tuviera que apostar juraría que es la misma. Una genuina Astra cuatrocientos también conocida como la pistola puro, por la forma peculiar del cañón. -Podemos acercarnos hasta el cuartel de la Guardia de Asalto más cercano para que hagan una prueba de balística, y así te quedas más tranquilo, ¿no te parece? -le dije con premeditado sarcasmo. -Oye, oye, hermanito, menos guasa, ¿eh? Anda, ¿por qué no duermes otro rato? -No quiero dormir más, he tenido una pesadilla horrible. Y luego mira con qué buenas compañías me he despertado. Quiero marcharme de aquí. Por cierto, ¿qué hora es? -Pronto. Las dos de la mañana. Falta bastante para el amanecer y la moto no está preparada. Voy a cerrar el motor, pero no estoy seguro de que no vaya a dejarnos tirados en la carretera. Pierde demasiado aceite. Salió perfecta del taller y en dos semanas estos cabrones de los milicianos se han encargado de sacarla de punto. No está hecha la miel para la boca del asno. -Si nos deja tirados en la carretera -objeté- ya buscaremos otra solución para llegar a Valencia, pero yo creo que deberíamos marcharnos ya y arriesgarnos. Quedándonos aquí nos estamos exponiendo innecesariamente. -Fíate de mí, Mariano. A estas horas nos deben de estar buscando por toda la ciudad. Tenemos la moto, la pistola y unos papeles muy importantes para ellos. Si salimos ahora mismo nos matarán antes de llegar a la carretera de Valencia.


Era todavía noche cerrada cuando nos pusimos por fin en marcha. Juan había terminado de repasar el motor de la Brough Superior y de colocar las placas de matrícula falsas mientras yo dormitaba con un ojo cerrado y otro abierto recostado contra el tronco de un árbol. No volví a sufrir pesadilla ni sobresalto alguno, pero estaba muy incómodo en aquel lugar siniestro sembrado de cadáveres recientes. Por eso, cuando mi hermano estimó que había llegado el momento de partir sentí un alivio inmenso, pese a que yo era consciente de que aún habrían de acecharnos por el camino nuevos y desconocidos peligros. Nos encontrábamos al noroeste de la ciudad y si no queríamos correr el riesgo de volver a entrar en sus calles teníamos que dar un largo rodeo periférico para llegar hasta el sureste y tomar allí la carretera de Valencia. Por suerte, Juan se conocía como la palma de la mano todos los atajos y circunvalaciones que necesitábamos para salir de la capital. En aquellos años Madrid estaba rodeado de eriales, descampados y basureros malsanos en donde malvivía la población más desfavorecida, aquella que trataba de escapar del medio rural buscando la prosperidad soñada, pero la ciudad se les había vuelto tan inexpugnable como la muralla de una fortaleza, de modo que se habían tenido que quedar a las puertas sobreviviendo de sus migajas. Los traperos que comerciaban con chatarra y con miseria iban y venían de Madrid en viejos carros de mulas o en camionetas destartaladas por estos mismos caminos polvorientos que nosotros recorríamos ahora a bordo de la aristocrática inglesita. El aire olía a azufre, a estiércol y a tierra quemada. En los campos estériles sembrados de escombros y de basura ardían decenas de hogueras que emanaban un humo negro y pestilente. En las cunetas se alineaban miserables chozas construidas con trapos, cartones y cascotes, y había restos de automóviles calcinados y animales muertos tirados por todas partes. De cuando en cuando tan pesaroso paisaje se tornaba un tanto más benigno con la aparición de alguna pequeña huerta cercada con tablas de madera o bien un humilde corral protegido con alambradas en donde correteaban un puñado de gallinas famélicas, pero enseguida, según íbamos avanzando,


volvía la miseria y la desolación. Con las primeras luces todavía tímidas del alba vimos un burro astroso atado a una estaca en medio de una llanura y a un grupo de chiquillos desnudos que correteaban por el campo persiguiéndose a pedradas. Unas mujeres vestidas de luto preparaban el desayuno junto a la carretera encorvadas sobre unas desportilladas ollas de hierro puestas a calentar en las brasas, y un anciano harapiento que caminaba penosamente por la cuneta apoyándose en un bastón nos hizo un gesto obsceno cuando pasamos a su lado a toda velocidad como si quisiéramos abandonar cuanto antes aquel territorio dantesco, que probablemente era esa la idea que animaba a mi hermano a juzgar por el ardor deportivo con el que conducía la Brough Superior desde que habíamos abandonado la Dehesa de la Villa.

No sé cuántos kilómetros pudimos llegar a recorrer en esta circunvalación fantasmal de la ciudad, unas veces por senderos y


pistas de tierra, otras por irregulares calzadas de adoquines sobre los que iba botando y rebotando la moto con un preocupante traqueteo de hierros a punto de descomponerse. A través de un viejo puente de piedra salvamos el cauce del río Manzanares, que en aquel verano arrastraba un escaso caudal de agua negra y pestilente, y luego durante largo rato nos fue acompañando siempre a mano izquierda en nuestra endemoniada huida hacia el sureste de Madrid. Divisamos un instante la silueta grandiosa del Palacio Real recortándose sobre la masa boscosa de los jardines del Campo del Moro antes de cruzar velozmente bajo los puentes de Segovia y de Toledo y adentrarnos después por las calles oscuras del pueblo de Vallecas, de donde partía en aquella época la carretera de Valencia.


XV

Debían de ser las cinco y media o las seis de la mañana cuando realmente comenzó nuestro viaje. En honor a la verdad hay que decir que en aquellos años viajar en moto, con independencia de las circunstancias sociales adversas, era una temeridad que muy pocos estaban dispuestos a llevar a cabo. Ya sólo el hecho de ir en mangas de camisa, con unas gorras de pana en la cabeza y calzados con endebles alpargatas de esparto suponía un verdadero desafío a las más elementales normas de seguridad. Los cascos protectores únicamente los llevaban los soldados en los frentes de batalla, nunca los motoristas civiles, y el contar con la mínima protección de unas gafas de plástico engarzadas en una cinta elástica, como era el caso de mi hermano, ya podía considerarse todo un lujo para la época. Y luego estaban las infames carreteras españolas, proyectadas en el siglo XIX para el tránsito de carros y diligencias, no para los vehículos a motor, de tal suerte que su diseño resultaba con frecuencia más impracticable que peligroso, con curvas imposibles de trazar, rampas y pendientes vertiginosas, profundas roderas y baches en los que podía hundirse un automóvil hasta los ejes y pasos tan estrechos que dificultaban el cruce de dos vehículos al tiempo. Vivíamos en el año 1936, pero nada nos hubiera impedido pensar que lo hacíamos un siglo antes. España era un país pobre y atrasado, probablemente tanto como lo había sido ya en tiempos de Don Quijote, y buena parte de sus carreteras no habían recibido la más mínima atención desde que fueron construidas. Y desde luego no existían otras señales de tráfico ni elementos de orientación que no fueran lo escasos hitos kilométricos y los carteles indicadores de las localidades, porque todas las carreteras atravesaban uno por uno cuantos pueblos iban encontrando en su trayecto, lo que hacía peligrosos e interminables los viajes. Como ya he dicho antes, se sabía cuándo se salía, no cuándo se llegaba.


Nosotros no sabíamos cuándo podríamos llegar a Valencia. Tampoco había que descartar que tuviésemos que hacer noche por el camino, pero por lo menos al volver la cabeza y descubrir que la mole grisácea de los edificios de Madrid se iba quedando atrás para siempre empecé a sentirme mejor. Vimos banderas rojas con la hoz y el martillo colgadas en muchos balcones del pueblo de Vallecas y carteles de colores y arengas pintadas sobre las fachadas de las casas en los que se animaba a la resistencia y a la lucha contra el fascismo. El pueblo debía derrotar a los militares fascistas sublevados si quería conservar su dignidad, esta era la idea esencial que transmitían los carteles y las pintadas de las paredes. Nos cruzamos con algunos vehículos requisados que circulaban con los faros encendidos por las angostas calles de adoquines, y mi hermano les saludaba levantando el puño izquierdo siempre que podía, y ellos nos devolvían el saludo haciendo sonar sus bocinas. -Esto es un nido de víboras, tenemos que salir de aquí cuanto antes -me dijo con aparente tranquilidad mientras abría suavemente el acelerador de la Brough Superior.


-Nosotros no somos fascistas -se me ocurrió responderle de pronto, no sé por qué-, tú no eres fascista, yo no soy fascista. -Nosotros no somos nada -me replicó volviendo la cabeza con un asomo de enfado-, pero a todos los efectos para ellos somos peores que si fuéramos fascistas. Incluso los verdaderos fascistas estarían encantados de echarnos el guante. De repente desaparecieron las casas, y la calle por la que circulábamos desembocó en campo abierto, y la estrecha calzada de adoquines irregulares se convirtió en una carretera despejada que se perdía en el horizonte: era la carretera de Valencia. -Adiós, Madrid. Que los dioses te sean propicios -dije con un nudo en la garganta.


XVI

Con las primeras luces de la mañana del 1 de agosto de 1936 empezamos a rodar por aquella estrecha carretera de dos carriles, con firme de macadán, que llevaba hasta la costa levantina. El sistema de pavimentación conocido como macadán se había empezado a emplear en las principales carreteras españolas en los años 20 en sustitución de las viejas calzadas de piedra o tierra, dentro del denominado Circuito Nacional de Firmes Especiales impulsado por los gobiernos del general Primo de Rivera. Con todo y con eso, las calzadas de macadán no eran sino pistas de un adoquinado irregular que maltrataba sin misericordia los neumáticos y las suspensiones de los vehículos de la época, todavía encomendadas en su mayoría a rudimentarias ballestas en lugar de


los modernos amortiguadores de muelles o aceite. En comparación con sistemas anteriores de pavimentación, no mucho mejores que los empleados por los romanos en sus célebres calzadas, y a menudo incluso mucho peores a pesar de la evolución de los materiales de construcción de obras públicas, el macadán por lo menos garantizaba una mayor solidez y estabilidad del terreno y un drenaje más eficaz de la calzada, razón técnica por la cual las carreteras presentaban ese característico abombamiento convexo de su superficie, con el eje central ligeramente sobreelevado sobre las cunetas para facilitar la evacuación del agua. Semejante diseño del firme obligaba, al menos en teoría, a circular a todos los vehículos por un plano inclinado, por imperceptible que fuese el ángulo de inclinación, lo que en el caso de las motocicletas comprometía seriamente la adherencia de los neumáticos, duros como piedras y sin apenas dibujo digno de tal nombre. En aquellos tiempos, no obstante, dado el escaso tránsito de vehículos por las carreteras, nadie circulaba llevando su mano, como se decía, esto es, por la derecha, sino que la costumbre era hacerlo por el centro de la calzada, carente de señalización horizontal que delimitase ambos carriles, y sólo cuando aparecía un vehículo en sentido contrario cada uno volvía a su mano, forma esta de conducir que provocaba no pocas colisiones frontales y salidas de la vía, con sus correspondientes víctimas, sobre todo en curvas sin visibilidad y en cambios de rasante. Las carreteras españolas de los años treinta eran incómodas y peligrosas en grado sumo, pero no lo eran menos los vehículos que transitaban por ellas, mal cuidados, inestables, escasos de frenos, deficientes de neumáticos y tan propensos a sobrecalentamientos y gripajes del motor así como a cualquier otra avería menor que pudiera dejarlos tirados en las cunetas. Muchos camiones y autobuses, que no eran sino verdaderas tartanas de lata rodante, llevaban el volante a la derecha y a lo sumo un pequeño espejo retrovisor redondo cuya función resultaba meramente testimonial,


porque en aquella época, y hasta dos décadas después, se consideraba que los vehículos pesados no debían adelantar a otros vehículos. Nuestra Brough Superior SS100 Alpine Grand Sport era, a decir de mi hermano, un prodigio de la técnica, una máquina impar adelantada a su tiempo, la mejor moto de la Historia, y puede que lo fuese en verdad en las plácidas carreteras húmedas de la campiña inglesa en donde había sido fabricada, pero en cambio rodando ahora por el abrupto macadán de las carreteras de la España agraria y menesterosa a mí no me parecía otra cosa que un trasto quejumbroso y rudo, a imagen y semejanza de los demás cacharros de dos, cuatro o más ruedas que transitaban penosamente por el país. Si mi hermano Juan estuviese vivo todavía y pudiese leer mi relato de aquel viaje temerario que hicimos hace setenta años, no dudaría en reprenderme y en afear mi supina ignorancia acerca de las excelsas virtudes de la inglesita, a fin de cuentas la moto que nos había permitido escapar de aquel Madrid violento y salvar la vida, y acaso tendría razón, porque el paso del tiempo altera a veces la perspectiva de las cosas y a la vuelta de los años uno las recuerda peores de lo que fueron en realidad (o mejores, aunque distintas, en cualquier caso), pero aún así mi memoria se resiste a traicionar mis sensaciones de antaño, y lo que sentí entonces es lo que sigo sintiendo hoy, y lo que pensé ese día es lo mismo que sigo pensando ahora, y es como si todavía no me hubiera bajado de aquella moto maldita de la que parecía que íbamos a caernos en cualquier momento según corríamos a trompicones por la bacheada carretera de Valencia, porque el firme de macadán hacía imposible mantener la línea recta y mi hermano conducía a cien kilómetros por hora sobre los adoquines, una velocidad considerable para la época, dando tumbos de un lado a otro de la calzada, iba y venía del resbaladizo eje central, que estaba sucio por el aceite que derramaban los camiones, al carril derecho, tan peligroso e inestable que nuestro precario equilibrio se veía constantemente amenazado, y en apenas una docena de kilómetros sentía tanto miedo y tenía el cuerpo tan molido que ya estaba deseando bajarme.


-¿No puedes ir un poco más despacio? -le grité acercando la boca a una de sus orejas-. ¡Nos vamos a caer! -¡No nos caemos, tú confía en mí! ¡Esta es una buena velocidad! Y como si quisiera demostrarme que mis temores eran infundados y que todavía estábamos lejos del margen de seguridad, abrió un poco más el puño del acelerador. Saqué la cabeza por detrás de su hombro izquierdo para ver cómo la aguja del velocímetro subía hasta los ciento treinta kilómetros por hora. Botando sobre los adoquines con una trepidación catastrófica fuimos adelantando uno a uno a todos los vehículos que encontramos por delante, varios automóviles, un par de autobuses de línea, tres o cuatro camiones cargados hasta los topes y algún carro de tracción de sangre, que era como se denominaban entonces a los carruajes tirados por caballerías y que tanto abundaban en las carreteras españolas en unos tiempos en los que la motorización del país aún era muy escasa.


La carretera carecía de arcenes y no era extraño encontrarse con demasiada frecuencia automóviles abandonados a su suerte en medio de la calzada o atravesados a la salida de una curva, ya fuese por accidente, por la precipitación de una huida a pie campo a través, por avería mecánica o por falta de combustible si, como solía suceder aquel verano, se trataba de vehículos robados por delincuentes comunes o requisados por los milicianos, los cuales se desprendían de ellos en cualquier sitio cuando ya no les eran útiles, para después bajarse pistola en mano, volver a incautarse el primero que transitara por el lugar y continuar en él sus correrías. En aquellos días dominados por la violencia, la penuria y el caos de una guerra incipiente que ya se iba extendiendo como una mancha trágica por toda la geografía española, las carreteras eran una prolongación dramática de las ciudades, y como en éstas, en ellas imperaban sin medida el terror, la anarquía y la muerte. Todavía a las afueras de Madrid vimos algunos cadáveres tirados en las cunetas, junto al borde de la carretera general, con las cabezas como sandías reventadas a tiros apoyadas sobre los bordillos salpicados de sangre seca y enjambres de moscas negras ciñéndoles las sienes. Eran las víctimas recientes de la última noche y los cuerpos aún estarían tibios. Podrían transcurrir horas, e incluso días, antes de que alguien se ocupase de ellos, porque la mayor prioridad de las autoridades competentes era organizar la resistencia para contener a los insurrectos que amenazaban la capital desde la sierra de Guadarrama, no el mantenimiento del orden público ni las intervenciones judiciales o sanitarias. Los neumáticos de los vehículos pasaban casi rozando estos cuerpos caídos, a veces tan cerca que los conductores, o chóferes, como se les llamaba entonces, tenían que dar un volantazo brusco para esquivarlos, pero nadie se detenía nunca ni se hacía preguntas, porque aquellos bultos inertes no eran más que eso, muertos, y los vivos sólo teníamos la obligación moral de seguir viviendo. Desde que se habían sublevado los militares fascistas, dos semanas atrás,


los muertos de las cunetas eran un elemento más del paisaje, como los postes de madera del tendido eléctrico, las casetas de piedra de los peones camineros o los viejos apeaderos ferroviarios de ladrillo que jalonaban los campos.

Había fábricas de yeso y humildes ventorros construidos con tablas y bidones de chapa a ambos lados de la carretera, entre Madrid y Arganda, en donde servían conejo con tomate y sardinas asadas, y también se veían pulcros merenderos de paredes encaladas con pista de baile y terraza de verano con veladores y sillas de hierro en las que más avanzado el día empezarían a sentarse los viajeros de paso a beber gaseosa y comer entresijos o ancas de rana del cercano Jarama. Como era sábado, los trasnochadores rezagados de la víspera, señoritos ociosos afectos a la República, aún apuraban los momentos finales de su juerga


congregados en grandes pandillas ruidosas de risas y de cánticos junto a los merenderos antes de dispersarse y montar en automóviles negros que habrían de llevarles de vuelta a Madrid. En las cercanías de Arganda el paisaje era seco y árido como el de un desierto y estaba salpicado de pequeñas cordilleras de cerros grises a través de los cuales se iba asomando el disco rojo del sol. Cuadrillas de hombres tocados con sombreros de paja marchaban en fila india hacia los campos agostados para comenzar una nueva jornada laboral que se prolongaría hasta la caída de la tarde. Azuzada por la vara de fresno del arriero, una reata de mulas trepaba por uno de los cerros levantando una nube de polvo ceniciento que se quedaba flotando un momento en la atmósfera plácida de la mañana. Pasamos sin detenernos por delante de una gasolinera en cuya fachada, escrito en grandes letras negras que se divisaban desde lejos, podía leerse: LAVADO Y ENGRASE. Un empleado vestido con un mono azul manipulaba la palanca de la bomba de combustible de uno de los postes junto a un autobús desvencijado y herrumbroso que parecía un carromato de feria. Por la ventanilla del chófer asomaban unos pies descalzos cubiertos por unos calcetines de rombos verdes y blancos una y mil veces remendados. Sobre los cristales empolvados de una de las ventanas de la oficina de la gasolinera alguien había dibujado con el dedo con trazo indeciso una hoz y un martillo. Había una bicicleta mugrienta apoyada contra la pared. Después, cuando volví la cabeza para mirar al frente, a la carretera, lo que vi me dejó helado: estábamos entrando en Arganda y a cincuenta metros de distancia unos hombres en mangas de camisa que acababan de bajarse de un auto nos hicieron señas con los brazos para que nos detuviéramos.


XVII

Se mirase por donde se mirase, esta vez sí que no teníamos escapatoria alguna. En las ocasiones anteriores en las que nos habíamos visto acorralados, en el último instante siempre habíamos encontrado una vía de escape providencial, ya fuesen los largos corredores de la pensión de la señora Engracia, una boca de Metro abierta, las estrechas callejuelas del barrio de Tetuán o un camino oscuro y solitario a través de los bosques de la Dehesa de la Villa. En cambio ahora, de viaje precipitado por la carretera general y a las puertas de Arganda, cualquier otra cosa que hiciésemos que no fuera detenernos ante los gestos imperativos de aquellos hombres


en mangas de camisa que parecían desarmados -pero que sólo lo parecían, y no por ello resultaban menos intimidantes, más bien al contrario- seguramente nos habría costado la vida. Incluso lo más probable, y esto era lo peor de todo, es que tampoco el hecho de detenernos de inmediato pudiera salvarnos de una muerte cierta si tales individuos, quienesquiera que fuesen, nos estaban esperando. Y sin embargo, a pesar del terror que había vuelto a apoderarse de mí y de la propia impotencia que sentía al no poder tomar ninguna decisión, agarrotado como iba en el asiento trasero de la moto, de repente me acordé de la pistola y pensé que sólo un arma podría sacarnos con bien de allí si tomábamos la opción de defendernos, de abrirnos paso a tiros, de morir matando si de todos modos ya estábamos sentenciados a muerte hiciésemos lo que hiciésemos. Ni siquiera podía saber si aquella pistola Astra 400 que sólo la casualidad había puesto en nuestras manos se encontraba ahora en una de las carteras laterales de cuero de la Brough Superior o acaso por ventura la llevaba mi hermano en alguno de los bolsillos de sus pantalones, y menos aún podía imaginar en este caso si Juan estaría o no dispuesto a utilizarla contra alguien, y con qué grado de eficiencia, incertidumbre que me hacía sentir todavía más impotente e indefenso. Traté de hablarle, de comunicarle mis temores, de transmitirle la necesidad de defendernos, pero él, ocupado como estaba en aminorar la velocidad de la inglesita, bajar marchas y frenar delante de aquellos hombres que se interponían en nuestro camino, no pudo o no quiso escucharme. Un aluvión de gritos, de voces, de órdenes atropelladas se nos vino encima premiosamente cuando apenas si acabábamos de detenernos: -¡Abajo, policía, vamos, abajo, apaguen el motor y apeensé, andando, vamos, con los brazos en alto, andando, no vuelvan la cabeza, los brazos bien altos y en silencio, venga, contra aquella


tapia, deprisa, no hagan ningún movimiento extraño, por su bien hagan lo que se les dice, caminen, caminen..! Eran media docena de hombres los que se movían a lo largo de la cuneta deteniendo la marcha de todos los vehículos que circulaban por la carretera y haciendo descender a sus ocupantes, a los que empujaban con suavidad contra un cercano muro de ladrillo mientras les cacheaban. Las piernas me temblaban tanto por el miedo que pensé que nunca podría llegar hasta aquel muro, dos o tres metros más allá, pero de pronto me encontré con la cara pegada a la pared y los brazos en alto, como nos ordenaban. Junto a nosotros había más personas, hombres, mujeres, ancianos, una fila de gente desconcertada que se apretaba contra el muro atormentada por los más negros presagios. En aquel violento verano de 1936, los muros, las tapias, las paredes o los paredones de toda España eran inequívoco sinónimo de la muerte. Se fusilaba día y noche contra las tapias de los cementerios, los muros de las prisiones, los paredones de los cuarteles y las paredes de ladrillo de corrales o fábricas a la entrada de las poblaciones o en mitad de los campos. Aquellos tipos de paisano que no exhibían distintivos ni armas y decían ser policías, podían ser, en realidad, cualquier cosa, desde verdaderos policías, o guardias de Asalto, o militares, o carabineros, hasta milicianos anarquistas, pistoleros falangistas, fascistas camuflados o delincuentes comunes. Al fin y al cabo, si nosotros mismos viajábamos con documentación falsa haciéndonos pasar por líderes sindicales de la CNT, nada tenía de extraño que otros muchos se hicieran pasar por cualquier cosa y llegado el momento no tuvieran el menor escrúpulo en asesinar a la gente a capricho, por puro placer homicida, a sabiendas de que en el desorden de la guerra sus crímenes quedarían impunes.


-¡Documentación, venga, rápido, documentación! -gritó una voz ronca a nuestra espalda. -Está en la mochila de mi compañero -respondió Juan titubeando. -¡Bien, sáquela, vamos, sáquela, que no tenemos todo el día! Sin despegarme del muro, pensando que ya nunca me podría separar de él, temiendo que el tacto rugoso del ladrillo sobre mi rostro y las palmas de las manos sería la última sensación que tendría en esta vida, y no estaba seguro de que hubiera otra, noté cómo Juan tanteaba nerviosamente en la mochila buscando los papeles, aquella documentación falsa que bien podía salvarnos o bien condenarnos para siempre en esa luminosa mañana de agosto.


-¡Usted, vuélvase! -me ordenó la voz, al tiempo que unos dedos me palpaban el hombro. Me volví sin bajar los brazos para tropezarme con la mirada fría y un tanto apática, quizá funcionarial, del hombre que me interpelaba. Nunca olvidaré su rostro. Tendría unos treinta años y en su cara se reflejaba todo el cansancio de una larga noche en vela. Probablemente era un policía de verdad, leal a la República, y aquella detención forzosa obedecía sólo a un rutinario control de carretera y no iban a matar ni a detener a nadie. Puede que sí, puede que no, pero este pensamiento ayudó a tranquilizarme. -Baje los brazos -me dijo. Los bajé, y entonces me di cuenta de que no sabía qué hacer con ellos, si cruzarlos, ponerlos en jarras o dejarlos colgando con los pulgares apoyados en el cinturón, así es que debí de hacer las tres cosas mientras el supuesto policía miraba nuestros papeles. Juan, entretanto, tenía las manos metidas en los bolsillos de los pantalones y observaba la situación con aire ausente, tratando quizá de aparentar una falsa tranquilidad que no debía sentir, y acaso por ello evitaba mirarme a los ojos, como si se arrepintiese o se encontrase culpable de la temeraria aventura que habíamos emprendido y temiera sus fatales consecuencias. -Enrique Bejarano Jiménez, Bernardo Buenaposada León -dijo el policía leyendo en voz alta nuestros nombres supuestos, que se me hicieron muy extraños al oído, y añadió-: Motocicleta Brough Superior modelo SS100 Alpine Grand Sport con matrícula de Madrid, número treinta y siete mil ciento uno. ¿Llevan armas en la moto? -No -respondió Juan con tal aplomo que llegué a pensar que se habría desprendido de la pistola antes de salir de Madrid, lo cual me parecía una insensatez, pero a la vista de los acontecimientos a lo mejor no lo era tanto. -¿Y en esa mochila? -me señaló el policía.


-Tampoco. Vamos desarmados. -Enséñenme su contenido, hagan el favor. Y también el de las carteras de la moto. Simple rutina, ya saben. Saqué primero el bidón vacío del combustible y después volqué el contenido de la mochila en el suelo. Al policía no pareció interesarle demasiado. -Está bien, recójalo todo.


XVIII

En las carteras de la moto tampoco estaba la pistola, y si estaba, aquel hombre no la vio o no quiso verla, porque apenas si les echó un vistazo apresurado, le devolvió la documentación a mi hermano y dijo sin mirarnos: -Pueden marcharse. ¡Vamos, circulen! Nos subimos en la inglesita y arrancamos. A mí se me escapó un profundo suspiro de alivio. Mi hermano volvió la cabeza para explicarme:


-La policía secreta no se mete con los anarquistas. Órdenes del Gobierno. Y no vamos a ser tan ingenuos como para creer que ese tipo no se ha dado cuenta de que todos nuestros papeles eran falsos. Naturalmente ha hecho la vista gorda. -Ahora comprendo, pero… ¿qué ha sido de la pistola? No me digas que la dejaste en la Dehesa de la Villa. -La curiosidad mató al gato -respondió Juan, y me pareció que sonreía-. No te preocupes, la pistola y las municiones vienen con nosotros, en un lugar seguro. Lo único que dejé en el bosque fueron los listados malditos: los quemé mientras dormías. -Bueno, tú sabrás. No quiero ser indiscreto. -Más te vale. Por cierto, que sepas que en cuanto veamos una estación de servicio tendremos que llenar el bidón, vete haciéndote a la idea. -Ya me hago -le dije, y sólo de pensarlo me empezaron a doler los riñones-, pero recuerda que me prometiste que nos turnaríamos y me dejarías conducir. -Conducir, conducir…-silabeó mi hermano-, pero habrá que encontrar el momento, y no creo que estén ahora las cosas como para perder el tiempo enseñándote a conducir y que por menos de nada tengamos una desgracia. Casi prefiero llevar yo la mochila todo el tiempo antes que correr ese riesgo. En eso tenía razón, aunque yo no estuviese dispuesto a reconocerlo. Jamás en mi vida había llevado un vehículo de motor y no parecía que este accidentado 1 de agosto de 1936 fuese el día más propicio para que nadie pudiese aprender nada, y mucho menos a conducir aquella máquina infernal que se mantenía en pie sobre sus dos ruedas sólo por un milagro inescrutable que debía de basarse en algo más misterioso que las meras leyes físicas del equilibrio. Pero por lo menos bastante había salido ganando yo si mi hermano se declaraba dispuesto a cargar sobre sus hombros la


pesada mochila, aunque, como tendría ocasión de comprobar más adelante, esto iba a acarrearme más inconvenientes e incomodidades que ventajas, de modo que al final no pude por menos que arrepentirme de aceptar ese relevo y tuve que volver a mi tarea de sacrificado porteador.

Nos dieron las siete de la mañana en la lenta travesía de Arganda. La carretera se internaba en sus calles, a veces adoquinadas, a veces polvorientas, y una interminable fila de vehículos de todo tipo cruzaba el pueblo muy despacio envenenando el aire con los gases pestilentes de sus escapes. Las aceras y la calzada estaban llenas de gentes que iban y venían, que subían o bajaban de autobuses desvencijados, de mujeres y niños


que caminaban perdidos de un lado a otro buscando no se sabía muy bien el qué, o a quién, de soldados que patrullaban con los fusiles al hombro y de obreros con gorrilla que marchaban a sus trabajos. Una insoportable algarabía de gritos, de portazos, de bocinas, de frenazos y de chirridos de neumáticos flotaba en el ambiente como una música desafinada y maldita. Había enormes carteles revolucionarios pegados en las fachadas de las casas que incitaban a la lucha, al sacrificio y al heroísmo. En una bocacalle vimos viejos automóviles calcinados sobre un lecho de escombros y a una multitud de milicianos anarquistas que se congregaban puño en alto y cantaban himnos libertarios junto a un herrumbroso poste de combustible de una gasolinera. No debió parecerle pertinente a mi hermano que nos detuviésemos a repostar en ella, de modo que levantamos también nuestros puños al pasar y ellos nos jalearon. Los frentes de batalla se encontraban aún lejos, en la Alcarria, hacia el norte de la provincia de Cuenca en su límite con la de Guadalajara, y en la sierra de Madrid en su límite con la de Segovia, pero la efervescencia de la guerra había contagiado por igual a los que ya luchaban en las trincheras y a los habitantes de la retaguardia, y todo aquel que portaba un arma no deseaba otra cosa que marchar cuanto antes al encuentro del enemigo, porque sólo el pueblo podría derrotar al fascismo para salvar la República. Cuando por fin salimos otra vez a carretera abierta el sol estaba ya muy alto y nos quemaba en la cara y en los brazos.


XIX

Tan pronto como salimos otra vez a terreno despejado Juan me avisó para que me sujetara bien, porque iba a hacer correr de verdad a la Brough Superior, la máquina más veloz de la época, y apenas si había tenido tiempo de comprender su oportuna advertencia cuando sentí un violento tirón en los riñones y la moto empezó a rodar a una velocidad endiablada sobre una calzada irregular que ahora estaba pavimentada con una fina capa de asfalto rugoso y medio deshecho en algunas curvas en las que entrábamos derrapando con las dos ruedas y a punto siempre de salirnos a la cuneta, o al menos eso era lo que yo me temía que pudiera suceder en cualquier momento. Y como si quisiera de repente recuperar todo el tiempo perdido, mi hermano no cesó en su frenética carrera durante un buen puñado de kilómetros que a mí se me hicieron insufribles mientras íbamos dejando atrás vertiginosamente un paisaje polvoriento de lomas desmochadas, olivares y campos de labor camino del valle del Tajuña. En muchas de esas lomas la mano del hombre había ido excavando con el curso de los años profundas y negras cuevas que se internaban en las entrañas de la


tierra y que servían de hogar a familias menesterosas tiznadas por la mugre de la miseria. Vimos niños harapientos y recién levantados asomados a la boca de sus cuevas con la mirada perdida en una triste lejanía y ancianos que encendían fogatas en los desmontes para calentar la primera -y tal vez la única- comida que harían en todo el día. Mujeres medio desnudas sacaban del interior de las oscuras covachas colchones de borra destripados para orearlos al sol. Algunos hombres en camiseta se encorvaban sobre el suelo y recogían basura que iban depositando en unos enormes serones de esparto. Había enseres viejos, trapos sucios, botes oxidados, botellas rotas y restos de neumáticos deshechos por todas partes. La brisa de la mañana traía hasta nosotros un olor nauseabundo a putrefacción, enfermedad y muerte. Los desheredados que habitaban en estos muladares, víctimas de una miseria secular e irredenta, probablemente ni tenían noticias de que había estallado la guerra en España. Nadie se había acercado hasta ellos para comunicárselo y tampoco debía de interesarles demasiado. Eran como seres alucinados que viviesen en otro mundo.


Varias veces estuve a punto de perder la ligera gorra de pana que me cubría la cabeza cuando el aire provocado por la velocidad de la moto pugnaba por arrancármela con el mismo tesón obstinado con el que yo trataba de impedirlo sujetándola con una mano o encajándomela en el cráneo hasta casi taparme los ojos. Sin embargo, con los ojos tapados por la corta visera de la gorra, que debía darnos tanto a mi hermano como a mí más aspecto de marinos que de motoristas, me sentía ciego, perdido e indefenso, pensando que no podría ver ni reaccionar a tiempo ante cualquier peligro eventual que se nos presentara, de modo que solía echármela hacia atrás ciñéndola a las orejas y a la nuca y así, con la barbilla levantada en un gesto altivo seguía mirando a la carretera por encima del hombro de Juan en contra de sus consejos, pues él ya me había advertido de lo dañino de mi proceder, porque aparte del molesto lagrimeo provocado por el aire al chocar contra mis ojos desprotegidos, me estaba exponiendo también al impacto de un insecto, al polvo que levantaban de la calzada otros vehículos o, aún peor, a sufrir una severa conjuntivitis o la aparición de los temidos orzuelos, esos granos dolorosos que afloraban en los párpados como consecuencia del frío o de la suciedad. Esto habría podido evitarse de no haber sido yo tan inquieto y curioso o bien si hubiera dispuesto a su debido tiempo de unas gafas protectoras de motorista como las que llevaba Juan, o en su defecto de unas gafas de sol, pero tales accesorios eran infrecuentes y difíciles de conseguir en la época, y por otra parte yo tampoco podía contener la inquietud y la curiosidad que me impelían a llevar asomada la cabeza todo el tiempo por encima del hombro de mi hermano para no perderme detalle alguno del viaje. Y si bien es verdad que el lagrimeo y escozor en los ojos me causaba bastante desazón, sobre todo cuando la velocidad era elevada, en realidad no pensaba apenas en la conjuntivitis ni en los temibles orzuelos que podía producirme el aire, sino en el dolor crónico que sentía en los riñones y en las piernas acalambradas por la tensión y la incómoda postura del pasajero sobre el asiento trasero de la moto, estrecho y duro como una piedra. Naturalmente la parte de mi cuerpo que iba


saliendo peor parada en estas circunstancias eran mis nalgas y sobre todo la región perineal, sometida a un violento golpeteo al que contribuía de manera decisiva la propia suspensión de la Brough Superior, corta de recorrido y áspera de reacciones, junto con los rocosos y resbaladizos neumáticos de goma reseca que botaban y rebotaban constantemente contra el pavimento irregular de la carretera. Cada rodera, cada grieta y cada bache que se encontraba la moto en su camino era transmitido de inmediato y con precisa fidelidad a mi cuerpo a través de la columna vertebral en forma de seca sacudida que parecía que podría llegar a descoyuntarme. Y estábamos apenas comenzando nuestro viaje. Sólo de imaginar cuál sería mi estado físico después de recorrer los 370 kilómetros que separaban Madrid de Valencia en aquellos años me producía una profunda aflicción para la que no encontraba ningún consuelo. Pensaba que llegaría ciego, sordo y lleno de huesos rotos, o aún peor, inválido o paralítico. ¿Merecía la pena salvar la vida a costa de tanto sufrimiento? Ahora comprendía porqué nadie, o casi nadie, sólo los chalados ociosos de espíritu aventurero, se atrevían a viajar en motocicleta por aquellas carreteras malditas de la España agraria y decimonónica. Es verdad que tampoco quienes lo hacían en otros medios de locomoción disfrutaban de algo remotamente parecido al confort, ya fuese en autos particulares, lentos, poco fiables y mal acondicionados, o en autobuses de líneas regulares, aún más lentos, sucios, malolientes, ruidosos e incómodos para el pasaje, con sus asientos de madera cruda a menudo sin forrar y sus ventanillas, con frecuencia rotas o mal ensambladas, por las que se filtraban en el habitáculo todas las inclemencias meteorológicas. En los años treinta poca gente viajaba por placer, y la mayoría lo hacía por estricta necesidad, una necesidad que con el estallido de la guerra y en el curso de su desarrollo obligaría cada vez a más personas, militares o civiles, a desplazarse de un lugar a otro en contra de su voluntad, y para hacerlo se verían forzadas sin remedio a utilizar


los vehículos de transporte más heterogéneos y peor preparados que uno se hubiera atrevido jamás a imaginar. Fue por este motivo por el cual en los tres años que duró la contienda las carreteras españolas estuvieron más transitadas de lo que lo habían estado nunca antes en su historia, y más aún de lo que habrían de estarlo hasta tres décadas después, bien entrados los sesenta.

La carretera general que unía Madrid con Valencia fue durante toda la guerra un eje de comunicaciones prioritario para la República, necesitada de los suministros agrícolas e industriales y del envío de contingentes de tropas procedentes de la capital levantina. Ya unos años antes había existido un proyecto para convertirla en autopista, que no llegó a fructificar. Conscientes de


su importancia, los militares sublevados trataron varias veces de cortarla para aislar el Madrid sitiado de su única salida al mar, pero hasta el final del conflicto esta ruta permaneció expedita. Por ella fueron evacuados millares de personas, ancianos y niños en su mayoría, e incluso los propios ministros del Gobierno la utilizaron para marchar a Valencia y establecer allí la capital del Estado antes de que volvieran a recorrerla por última vez, consumada la derrota, para llegar hasta los puertos del Mediterráneo desde donde partirían al exilio. De alguna manera, sin saberlo, nosotros también emprendíamos el camino de nuestro particular exilio aquel 1 de agosto de 1936. Los postes del tendido eléctrico, contiguos a las cunetas, se perdían en la lejanía erguidos como simbólicas cruces en las largas rectas que atravesaban las inmensas llanuras cerealistas de la provincia de Cuenca. Todas las carreteras españolas estaban surcadas por estas delgadas estacas de pino sin pulir rematadas por tres travesaños paralelos que sustentaban los cables de alta tensión. A veces me entretenía contando los postes uno a uno, o siguiendo con la vista el recorrido ondulante de los hilos que parecían subir al cielo y enredarse con las nubes ligeras del verano, pero el pasatiempo era monótono y procuraba distraerme enseguida en la contemplación no menos monótona de los campos de girasoles dorados, plantados en infinitas hileras de una geometría tan precisa que se me antojaba ajena a cualquier intervención humana. Cuadrillas de campesinos tocados con gorras o con sombreros de paja deshilachados se afanaban en las tareas agrícolas estivales sobre la tierra reseca bajo un sol despiadado que les achicharraba la piel negra y curtida por una intemperie inmemorial y hereditaria. Sus abuelos y sus padres se habían dejado media vida trabajando en estas tierras que no eran suyas, ni lo serían nunca, para que ellos, y sus hijos, y sus nietos, generación tras generación, siguieran doblando el espinazo en el campo y muriéndose de hambre mientras miles de familias terratenientes vivían en la opulencia a


costa del sudor de los pobres, que sólo podían heredar la miseria de sus antepasados. En las ciudades nuestra miseria de obreros y empleados, tan desheredados al fin como los campesinos, siempre parecía menos alienante y abrumadora que la de éstos, siquiera fuese porque solíamos comer caliente, nos lavábamos a diario y podíamos cambiarnos de ropa con cierta frecuencia, aparte de disfrutar de algunas otras comodidades desconocidas en el medio rural.

Pero el principal problema de España era este, que la República, pese a sus promesas y a sus buenos propósitos redentores para con el proletariado, a los cinco años de su proclamación todavía no había conseguido establecer una verdadera justicia social que paliase las graves desigualdades del pasado, y estas desigualdades, aumentadas y enarboladas como una bandera por la efervescencia revolucionaria del momento, habían desatado el enfrentamiento entre quienes pretendían preservar a


toda costa el actual estado de las cosas en defensa de sus seculares privilegios y entre quienes aspiraban a cambiarlo porque carecían de privilegio alguno, entre quienes tenían un concepto tradicional de la vida y entre quienes creían que había que desprenderse de los viejos lastres de la historia porque un mundo nuevo y mejor era posible, entre quienes querían sojuzgar y entre quienes no querían ser sojuzgados, entre ricos y pobres, en puridad, porque en realidad era este y no otro, con todos los muchos matices que se deseen, el germen fundamental de la guerra civil española. Al escuchar el sonido de nuestra moto cuando pasábamos junto a ellos a toda velocidad los campesinos alzaban la cabeza un momento, se secaban la frente sudorosa con el dorso de la mano y nos miraban con una mezcla de curiosidad y de envidia, puede que también de odio, porque alguno nos señalaba con el dedo y gesticulaba a sus compañeros, y entonces hablaban entre ellos, y aunque no pudiéramos oírles imaginábamos lo que decían y lo que pensaban de nosotros, a buen seguro que éramos un par de señoritos fascistas, terratenientes o patronos burgueses disfrazados, tanto daba, que huían precipitadamente de la justicia popular que ya nos había sentenciado como culpables de mil y un desmanes contra los pobres, y sin duda estaban incluso convencidos de que no podríamos llegar muy lejos por aquella carretera general que se adentraba en el corazón de la Castilla frentepopulista y revolucionaria, Castilla la Nueva, como se la denominaba entonces. Habíamos entrado en la provincia de Cuenca y unos cuantos kilómetros después mi hermano aflojó la marcha, levantó el brazo izquierdo y señaló con el dedo índice extendido unos edificios todavía borrosos que se elevaban sobre una llanura lejana. -Tarancón -dijo-. Allí habrá gasolina. ¿Tienes hambre? -Sí -respondí a secas, porque quise decir algo más, no recuerdo qué, pero mi hermano abrió de nuevo con ganas el


acelerador de la Brough Superior y la violenta sacudida que recibí en los riñones me dejó sin habla. Pasaban unos minutos de las ocho de la mañana.


XX

Tarancón era un importante población agrícola y núcleo estratégico de aprovisionamiento y de comunicaciones ferroviarias con la capital de la República, de la que distaba menos de noventa kilómetros. Viejos trenes de madera se alineaban sobre las vías de la estación a la espera de recibir la orden de proseguir su viaje hacia el interior de la Península o hacia Levante. Uno de ellos, procedente de Valencia, llegaría ese mismo 1 de agosto a Madrid transportando efectivos militares de refresco destinados a reforzar las guarniciones empleadas en la defensa de la ciudad ante la más que inminente ofensiva de las tropas fascistas sublevadas. Mientras nosotros escapábamos a toda prisa de la capital, soldados entusiastas embriagados de cánticos y de banderas entrarían en ella a bordo de uno de aquellos ruinosos trenes de vapor que circulaban a velocidades de tortuga. Lo supimos semanas o meses más tarde,


pero siempre nos llamó la atención por cuanto tenía de coincidencia con nuestra huida. En los primeros días de la guerra el ambiente popular que se respiraba en el país tenía más de festivo que de bélico, si nos atenemos a los hechos conocidos. Milicianos y paisanos voluntarios marchaban al frente por la mañana pobremente armados, cuando no desarmados por completo, en autobuses de línea y en autos particulares en los que regresaban por la noche a dormir a sus casas. Provistos de tarteras con tortillas de patata y de botas de vino en lugar de fusiles, parecía que acudieran alegremente a una romería en vez de hacerlo a los campos de batalla en los que iba a decidirse el futuro de la nación. Y meses más tarde, cuando el conflicto ya había alcanzado todo su sangriento desarrollo, si eventualmente entraban en contacto con el enemigo era demasiado probable que acordasen largas pausas en el combate para cambiar alimentos, café o cigarrillos con los contrarios, y una vez hechos los trueques pertinentes cada bando volvía a sus trincheras y se reanudaba la lucha. Pero es que incluso en los momentos más dramáticos de la historia los españoles siempre hemos sido incapaces de renunciar a nuestra peculiar idiosincrasia. Pero nosotros, desde luego, no estábamos por tomarnos las cosas tan a la ligera. Era difícil saberlo, pero muy probablemente nuestra moto fuese la única Brough Superior SS 100 que circulaba por España en aquellos años, y por más que llevásemos falsificada su documentación y sus placas de matrícula seguía siendo un vehículo demasiado exclusivo y singular como para poder pasar desapercibido en ninguna huida, y menos aún si a quienes se la habíamos arrebatado por sorpresa apenas unas horas antes les daba por buscarla -por buscarnos- empujados por un súbito deseo de venganza que nosotros, si nos encontraban, no podríamos por


menos que pagar con nuestra propia vida. Y es que no había que descartar en absoluto la posibilidad de que los milicianos anarquistas madrileños se hubiesen puesto en contacto telefónico con sus correligionarios de la provincia de Cuenca y de otras provincias leales limítrofes con Madrid ante la más mínima sospecha de que nosotros pretendiéramos escapar por carretera. Teniéndonos por genuinos fascistas como nos tenían, tal vez pensaran incluso que nuestra verdadera intención era cruzar las líneas enemigas para unirnos a los sublevados, en cuyo caso la carretera de Valencia, que se adentraba en un extenso territorio que había quedado en manos de la República, no parecía la ruta más adecuada para este propósito. Y si era buena esta suposición, por tanto, lo razonable es que nos buscasen por la carretera de la Coruña -una temeridad, porque nadie habría tratado de escapar por ella sabiendo de los violentos combates que se libraban en la sierra de Guadarrama-, por la de Irún o por la de Aragón, destinos ambos demasiado inciertos. Quizá después de todo no nos buscaban por ninguna parte, ocupados como estaban en Madrid en la persecución de otros fascistas acreditados o supuestos, y mis temores eran infundados.


Pero por desgracia no habrían de serlo, como pudimos comprobar enseguida, nada más entrar en Tarancón. La carretera general a Valencia, naturalmente, cruzaba el pueblo de un extremo a otro a través de una calzada de irregulares adoquines sobre los que la inglesita parecía dispuesta a desarmarse pieza por pieza en el momento más inesperado, y como no podía ser menos mis torturados riñones volvieron a sufrir toda suerte de golpes y sacudidas violentas que me hicieron poner el grito en el cielo. Mi hermano aflojó entonces la marcha, no para aliviar mis padecimientos, que no debían de ser muy diferentes de los suyos, sino porque la travesía de Tarancón presentaba demasiados obstáculos imprevistos que entorpecían la escasa circulación más allá de lo deseable. Enormes camiones con plataformas de madera cargadas de sacos y autobuses de línea que iban o venían de Levante estaban estacionados en mitad de la calle principal estorbando el tránsito. Había también algunos taxis, autos particulares y carros tirados por caballerías junto a las aceras, frente a los comercios y los almacenes de aceite y cereales. Dada su proximidad con Madrid, que ese mismo invierno iba a ser asediado por las tropas rebeldes, Tarancón estaba destinado a convertirse en el granero estratégico de la capital de la República. Sentados en los bordillos cuadrillas de jornaleros y peones desocupados fumaban al sol confundiéndose con los soldados de uniforme que llevaban el fusil colgado en bandolera y los milicianos descamisados con pistolas al cinto. Estos, al vernos pasar con la moto alzaban los puños cerrados y gritaban ¡salud! Nosotros devolvíamos el saludo con desgana, sin apretar apenas los puños, quizá sólo lo justo para solventar el trámite sin despertar sospechas. Pero mi hermano Juan, que a menudo parecía dotado de un sexto sentido del que yo probablemente carecía, no tardó en presentir el peligro en aquel ambiente en apariencia tranquilo. -Hay algo que no me gusta -me dijo volviendo la cabeza. -¿Qué es?


-No lo sé, no lo sé, pero esto me huele a chamusquina. No puedo explicarlo, pero tengo un mal presentimiento. -¿Y qué podemos hacer? -le pregunté. -Nos queda poca gasolina, muy poca, pero vamos a pasar de largo. Creo que será lo mejor. -Bueno, tú sabrás. -Ojalá supiera. Como si hubiera resultado premonitoria aquella angustiosa pesadilla que yo había tenido unas horas antes mientras dormía en el bosque de la Dehesa de la Villa, en la que veía caballos muertos y destripados y un perro enorme y brutal que daba saltos descomunales a nuestro alrededor hasta que me mordía en una pierna y nos caíamos de la moto, lo que sucedió a continuación me pareció un fiel trasunto de mi pesadilla, si bien es cierto que con sus elementos esenciales alterados, porque el que nos amenazaba ahora no era un perro furioso decidido a mordernos, sino un caballo encabritado que, presa de un repentino espanto, se había soltado del tiro del carruaje que le mantenía sujeto para venirse desbocado hasta el centro de la calle. Nos lo encontramos de bruces, alzado sobre sus patas traseras y relinchando rabioso mientras ejecutaba violentas cabriolas y sacudía coces al aire completamente fuera de sí. El sonido del motor de la Brough Superior, como era fácil suponer, no hizo sino espantar aún más al animal, que se nos vino encima sin remedio. Mi hermano frenó y consiguió hacer un quiebro, pero cuando estábamos a punto de salvarnos aquella pobre bestia reculó empujándonos con sus cuartos traseros y tirándonos contra la acera. Juan todavía fue capaz de guardar el equilibrio unos segundos hasta que la rueda delantera de la inglesita tropezó con el bordillo de la acera y salimos despedidos por encima del manillar. Me levanté del suelo completamente estupefacto. Aún llevaba la mochila colgada a la espalda. Recogí la gorra de pana, que había


quedado tirada unos metros más allá. No era consternación lo que sentía, sino sorpresa y desconcierto. Y un dolor intenso en ambos brazos, como consecuencia del golpe. La caída resultó más aparatosa que grave. Vi a Juan arrastrándose desorientado sobre la acera, todavía incapaz de levantarse. -¿Estás bien? ¿Puedes levantarte? -le grité. -Creo que sí, no ha sido nada. ¡Maldito animal, ha podido matarnos! Unos hombres tocados con sombreros de paja se nos acercaron y ayudaron a mi hermano a levantarse. -¿Se han hecho ustedes daño? -preguntó uno. -Esto se veía venir -dijo otro-, no pasa un día sin que se espante una caballería en este pueblo y en cualquier momento va a ocurrir un contradiós. -Si quieren ustedes que les vea un médico dos manzanas adelante tienen uno -nos informó un tercero-. Y si desean acaso denunciar al dueño del caballo, entonces… -No, muchas gracias -intervino Juan colocándose la gorra en la cabeza con un gesto de dolor-, está todo bien, no se preocupen. -Bueno, pues como ustedes quieran. Tengan ustedes buenos días. Nuestra moto estaba caída junto al bordillo de la acera diez metros más atrás en mitad de un charco de gasolina y aceite y escoltada por un corrillo de curiosos, ancianos, mujeres y niños, en su mayoría. -Tenemos que salir pitando de aquí, antes de que vengan los milicianos o la Guardia Civil -dijo mi hermano torciendo el gesto. -¿Crees que arrancará? -No lo sé, pero más nos vale que arranque. Ayúdame, anda.


En cuanto nos vieron llegar, los curiosos se retiraron en silencio a una distancia más que prudente, pero sin disolver el corro. En aquella época y especialmente en los pueblos la ignorancia y la superstición popular todavía consideraba a las motos como unos artefactos ruidosos y diabólicos y a los motoristas que las conducían poco menos que como embajadores de Satanás en la tierra, y puede que nos les faltase razón, aunque en su descargo hubiera que admitir que la mayoría de aquellas gentes probablemente en su vida habían visto una motocicleta de cerca. -Tú tira de este lado, yo tiraré del otro -me indicó mi hermano. -Cuando tú me digas. -¡Una, dos, y tres! ¡Ahora! La Brough Superior SS100 Alpine Grand Sport pesaba casi doscientos kilos. En una rápida inspección previa vimos que tenía varias abolladuras, el faro roto y el manillar ligeramente doblado. La levantamos al primer intento sin demasiada dificultad, pero fue entonces cuando nos dimos cuenta de lo magullados que habíamos quedado tras la caída. En un principio sólo parecían rasguños y contusiones de carácter leve, porque no queríamos ni pensar en daños mayores, como una fractura, y tampoco teníamos tiempo ni deseos de acudir ahora a un médico, pero fuese lo que fuese lo que no podíamos negar es que nos sentíamos en cuerpo y alma como si acabasen de apalearnos. Sacando fuerzas de flaqueza mi hermano Juan se aplicó enseguida con el pedal de arranque de la inglesita, una patada, dos patadas, tres patadas enérgicas, pero el motor permaneció mudo. -Se ha emborrachado -me informó-, hay que empujar. -¿Emborrachado? -pregunté con sorpresa casi infantil, pues no podía imaginar que las máquinas se embriagasen de alcohol, como los hombres.


-¡Sí, coño, se dice así! El carburador está encharcado de gasolina. ¡Venga empuja, empuja con toda tu alma, hermanito! No llegué a empujar ni mucho, ni poco, ni nada, la verdad, porque mi hermano enseguida cogió carrerilla y yo, incapaz de correr tan deprisa, perdí de inmediato el contacto con la moto para quedarme rezagado y sin aliento una decena de metros por detrás. Entonces Juan pegó un brinco y se encaramó sobre el asiento sólo un segundo antes de que el motor de la inglesita petardease y del tubo de escape empezara a manar un espeso humo blanquecino y envolvente como la niebla. -¡Vamos, sube, sube, rápido! Me subí de cualquier manera y mi hermano reanudó la marcha. Estábamos pasando junto a las últimas casas de Tarancón cuando nos encontramos dos motos negras, negras como la muerte, que venían de frente con los faros encendidos. Los motoristas vestían casacas y correajes negros de cuero, también negros como la muerte, y llevaban los fusiles colocados a la funerala en un soporte sobre la barra derecha de la horquilla de la suspensión, es decir, con el cañón del arma apuntando hacia el suelo, como era la costumbre en las motocicletas militares y de las fuerzas de orden público de la época. -Viene la muerte a nuestro encuentro -dije con un hilo de voz. -No es exactamente la muerte quien viene a buscarnos -me corrigió Juan-, pero como si lo fuera. Son una patrulla de carabineros. ¡Agárrate bien! Me dolían tanto los brazos y las manos que apenas si tenía fuerza ni sensibilidad en los dedos como para comprobar si me estaba agarrando bien o no, como me pedía mi hermano, pero en todo caso fue una precaución innecesaria, porque aunque él giró con decisión el puño del gas, el motor no respondió a esta solicitud


y la inglesita, por el contrario, empezó a ratear y ahogarse hasta perder velocidad sin detenerse del todo. -¡Mierda, mierda, mierda! -exclamó Juan fuera de sí.

La patrulla motorizada de carabineros se detuvo unos metros antes de cruzarse con nosotros y nos hizo señas con las manos para que nos detuviéramos, pero Juan siguió retorciendo con desesperación el acelerador de la Brough Superior y yo tuve la sensación momentánea de que ganábamos algo de velocidad y escapábamos milagrosamente de aquellos hombres negros como la muerte. Cuando unos segundos después volví la cabeza para mirar, lo que vi fue la luz pálida de los faros de sus motocicletas que ya se nos echaban encima.


XXI

La Brough Superior SS100 Alpine Grand Sport de los años veinte era todavía en 1936 la mejor motocicleta de todos los tiempos, y no sólo por la cuidada calidad de sus componentes mecánicos, sus exclusivos acabados de un lujo exquisito del que muy pocos motoristas privilegiados podían disfrutar, dado el desorbitado precio de la máquina, que se fabricaba prácticamente por encargo -el Rolls Royce de las dos ruedas, se la llegó a denominar-, su rendimiento apabullante para las otras motos de la competencia -hasta cien millas por hora acreditadas, una velocidad excesiva para las carreteras de la época en cualquier país del mundo-, y su probada resistencia y fiabilidad ante las condiciones más adversas de utilización. Porque, además de todo esto, por si fuera poco, la Brough Superior SS100 Alpine Grand Sport, así como los demás modelos de la marca británica, tenía, a decir de los


entendidos como mi hermano, un carisma y una nobleza míticas sin parangón con máquina alguna, por moderna que fuese, de modo que lo que para otras era imposible para ella se convertía en realidad con el sólo objeto de satisfacer los deseos de su propietario. Pero una cosa era el mito y otra cosa muy distinta que nuestra inglesita pudiera seguir funcionando sin gasolina y sin aceite sólo por un capricho antojadizo de mi hermano. Y sin embargo, justo es reconocerlo, algo de cierto debía de haber en ese mito que todos le atribuían a la SS100, porque cuando los carabineros que nos seguían con sus motos estaban pisándonos los talones y nosotros ya lo dábamos todo por perdido, todavía la inglesita, haciendo un alarde de la dignidad aristocrática que le caracterizaba, fue capaz de embalarse durante tres o cuatro kilómetros, suficientes como para sacarles a aquellos perseguidores una ligera ventaja provisional que nos concedió no poco respiro. Habíamos salido de Tarancón y rodábamos otra vez por carretera abierta, sintiendo en la cara el aire templado del verano. La pareja de carabineros circulaba en paralelo -lo cual les restaba eficacia en su tarea, pero tal vez eran esas las ordenanzas del Cuerpo-, con las motos muy juntas, casi tocándose con los extremos de los manillares, y a veces parecía que aminoraban la marcha y se ponían a gesticular como si deliberasen acerca de la conveniencia de cesar en la persecución y darse la vuelta. Probablemente hubieran regresado a Tarancón de comprobar que no nos acortaban la distancia, lo que habría sucedido sin duda de funcionar la Brough Superior a pleno rendimiento, porque con sus máquinas toscas y mal preparadas las opciones de alcanzarnos eran mínimas. Pero en cambio, casi agotado el combustible en el tanque de nuestra moto, ellos habían comprendido que aún tenían muchas posibilidades de capturarnos. Seguramente les movía más la


curiosidad de saber quiénes éramos que el propio celo profesional de infligir un severo escarmiento a dos fugitivos de la autoridad que acababan de hacer caso omiso a una orden de detenerse. Aunque en aquellos días de violencia e impunidad, en los que se mataba y se moría por nada, tampoco habría sido tan extraño que estos hombres vestidos de cuero negro y armados con fusiles reglamentarios salieran a las carreteras de su jurisdicción dispuestos a cobrarse un tributo de sangre al azar, sin motivo ni propósito alguno, a lo mejor tan sólo empujados por algo tan imprevisible como un pasajero cambio de humor. Pero lo único que sabíamos de cierto era que mientras no se bajasen de las motos no podrían dispararnos, puesto que nadie, por muy habilidoso que fuera, podía conducir y manejar un fusil al mismo tiempo, y por eso Juan me iba preguntando constantemente cómo se desarrollaban las cosas a nuestra espalda (en aquellos tiempos era poco frecuente que las motocicletas llevasen espejos retrovisores, y la nuestra, desde luego, no los llevaba), si los carabineros se acercaban o les manteníamos la ventaja, si se habían detenido o continuaban en marcha, y entonces yo volvía la cabeza y miraba con temor, y siempre me parecía que estaban demasiado cerca, peligrosamente próximos a nosotros, como si pudiera sentir ya su aliento en mi nuca, incluso cuando las curvas y los cambios de rasante de la carretera me los ocultaban a la vista, así es que no cesaba de apremiarle a mi hermano: ¡Corre, más rápido, deprisa, que vienen! La Brough Superior, haciendo honor a su nobleza británica, aún tuvo la cortesía de avisarnos antes de dejarnos tirados. Primero el motor cayó de vueltas bruscamente y después empezó a ahogarse poco a poco hasta enmudecer. Tuvimos suerte, sin embargo. Un camino de tierra surgía a nuestra derecha y se internaba en una loma sembrada de girasoles.


-¡Abajo, vamos! -gritó mi hermano. Nos bajamos de la moto sin pensarlo y la empujamos hacia el camino. Diez metros más allá había un recodo que no era visible desde la carretera general. Allí nos ocultamos, temblorosos y exhaustos. Los carabineros llegaron enseguida y pasaron de largo envueltos en el zumbido monótono de sus máquinas. Juan me miró fijamente. -Volverán enseguida -me dijo. -Podemos haberles despistado -contesté-, hay muchos caminos como este. -Pero ninguno con nuestras huellas. ¡Mira!


Miré. Sobre la tierra blanda y arcillosa habían quedado marcadas las huellas de nuestras alpargatas y la profunda rodada de los neumáticos de la inglesita. -Los carabineros no son tontos -insistió mi hermano-. Están acostumbrados a perseguir contrabandistas por el monte y conocen bien las zonas por donde operan. En cinco minutos los tendremos aquí, así que, ¡en marcha! Nos adentramos trabajosamente por aquel camino que al principio discurría en llano pero que pronto comenzó a empinarse para salvar la ladera de la loma. Lo peor de todo era el tener que ir empujando con gran esfuerzo la pesada Brough Superior sobre la tierra, porque una vez que se había quedado sin gasolina ya no era sino un trasto de hierro inútil y molesto, un lastre insoportable que nos iba consumiendo en balde las pocas fuerzas que nos quedaban. Lo más prudente habría sido abandonarla en cualquier parte junto al bidón metálico que yo llevaba vacío en la mochila, un objeto tan prescindible ahora como la propia moto, y haber seguido huyendo ligeros de peso. Más pronto que tarde encontraríamos algún pueblo en donde tomar otro vehículo o coger un tren o un autobús de línea que nos llevase hasta Valencia. Incapaz de moverse por sí misma, la inglesita se había convertido en el estorbo más estúpido y odioso que a uno pudiera caerle en suerte. Naturalmente mi hermano Juan no era de la misma opinión y estaba dispuesto a arrastrar la moto consigo hasta donde fuese necesario y sin importar el esfuerzo, considerándola quizá como un preciado botín de guerra digno de ser conservado con devoción hasta el final de los tiempos. Sus razones eran de naturaleza sentimental, no de orden práctico. Acaso tuviera intención, terminada la guerra, de devolvérsela a su legítimo dueño, suponiendo que aún estuviese vivo y se le pudiera encontrar, lo cual ya era mucho suponer. Cuando apenas si habíamos subido hasta la mitad de la loma escuchamos el sonido de las motos de los guardias, que venían de vuelta después de percatarse de nuestra estratagema. En la posición en la que nos encontrábamos no sólo éramos perfectamente visibles


desde la carretera, sino que además estábamos dentro del alcance de tiro de sus fusiles. Les habría bastado con tomar las armas, apuntar y matarnos. Un blanco demasiado fácil para ellos. Y sin embargo, con la excepción del vasto sembrado de girasoles que tapizaba la loma a ambos lados del camino, no parecía existir otro lugar donde esconderse. Los girasoles, alineados en impecables hileras geométricas que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, eran lo bastante altos y tupidos como para poder ocultar a una persona tumbada e incluso en cuclillas. -¡Vamos, vamos, deprisa! ¡Empuja, empuja! -me gritó Juan. Metimos a la inglesita en el sembrado de girasoles y avanzamos unos metros con cuidado de no dañar la vegetación para no dejar un rastro demasiado evidente de nuestro paso. -Tenemos que alejarnos más del camino -indicó mi hermano. -Nos van a cazar como a conejos, ya lo verás -le advertí-. ¿Dónde demonios llevas la pistola? -¿Es que acaso quieres que dispare contra los carabineros? -¿Ah, no? ¿Entonces para qué llevamos un arma? -Un arma sólo es disuasoria cuando el enemigo está desarmado. De lo contrario no hay disuasión posible, sino un tiroteo. Y si nos liamos a tiros con ellos, nos matarán. Es mejor esconderse aquí y esperar. El sembrado es muy grande y será difícil que nos encuentren. No se van a tomar tantas molestias. Pero se las tomaron. Como había dicho mi hermano, y en esto sí tenía razón, enseguida descubrieron nuestras huellas y empezaron a seguirlas loma arriba. No podíamos verles, pero el sonido de sus motos se escuchaba cada vez más cercano. Cansados de empujarla abandonamos a la inglesita bajo los girasoles y nos internamos profundamente en aquella fronda vegetal con la idea de alejarnos cuanto nos fuera posible del camino. Avanzábamos a


gatas o medio erguidos haciendo eses, como si fuéramos gorilas, mi hermano delante, yo detrás, y de vez en cuando nos incorporábamos para tomar aire y otear el terreno. Los girasoles nos llegaban hasta la cintura.

-¿Puedes verlos? -pregunté. -No. Y tampoco oigo las motos. -¿Se habrán marchado? -No lo creo, pero agáchate. Agachado entre las plantas tuve una sensación de ahogo insoportable. Me costaba trabajo respirar y el calor era insufrible. Las hojas de los girasoles estaban cubiertas por una capa de polvo


y tenían un tacto áspero y rugoso, como de papel de lija, y al rozarme en la cara y en las manos con ellas se me irritaba la piel y me entraban escalofríos. Agobiado por semejante desazón, a intervalos cada vez más frecuentes me ponía de pie y asomaba la cabeza por encima del follaje para poder respirar. Mi hermano me tiraba entonces de los faldones de la blusa y me susurraba sin poder contener su enfado: -¡Agáchate, insensato, agáchate, que van a vernos!


XXII

Sólo por casualidad fui yo quien los vio a ellos primero, a unos doscientos metros de distancia, pero todavía en el camino de tierra. La sorpresa casi me dejó mudo. -Están ahí -le indiqué a Juan moviendo apenas los labios, mientras volvía a ocultarme a su lado. -¿Estás seguro? -Me temo que sí. Juan se asomó muy despacio apartándose las hojas de la cara. Yo me asomé con él. Si alguien nos hubiera descubierto le habríamos parecido un par de niños traviesos jugando al escondite. Menos a la pareja de carabineros, por supuesto. Se habían bajado de las motos y observaban en silencio a su alrededor sin soltar el fusil de la mano. Estaban muy juntos, casi espalda con espalda, y cada uno de ellos miraba hacia una orilla del camino, pero ambos


veían lo mismo, un inmenso mar de girasoles que se cimbreaban levemente mecidos por la suave brisa de la mañana. Tal vez estuvieran pensando que buscar allí a dos fugitivos habría sido tanto como intentar buscar una aguja en un pajar, y por eso hubo un momento en el que yo creí que iban a terminar por subirse en las motos y marcharse, y de hecho se acercaron a ellas con intención de subirse, pero cuando ya cantábamos victoria ocurrió algo increíble, se dieron la vuelta y uno de ellos sacó una moneda de un bolsillo de la casaca de cuero, se la mostró a su compañero, señaló con el brazo extendido primero a un lado del camino y luego al otro, arrojó la moneda al suelo, la recogió, volvió a mostrársela a su socio, éste asintió, se adentraron en la plantación de girasoles y echaron a andar los dos con los fusiles terciados hacia el lugar preciso en donde nos encontrábamos. -¡Joder, Mariano -exclamó mi hermano postrándose de rodillas-, nos ha tocado la china!


Tirados en el suelo bajo los girasoles y temiendo que en cualquier momento aquellos hombres que nos buscaban fusil en mano nos encontrasen, nosotros dos, sin quererlo, estábamos representando la metáfora cainita del país que se desangraba en el verano de 1936, cuando la mitad de los españoles aguardaban cuerpo a tierra a ser víctimas inevitables de la otra mitad. Y lo más desalentador de todo era que, a veces, el destino de unos y de otros lo decidía simplemente una moneda arrojada al aire. Si salía cara, vivías. Si salía cruz, tenías que morir. O a la inversa. No cabía hablar ni siquiera de injusticia, sino simplemente de azar, y el azar no discriminaba buenos de malos, inocentes de culpables, valientes de cobardes. El azar era únicamente un cálculo neutro de probabilidades matemáticas, una lotería imprevista y caprichosa que nunca se sabía si convenía que te tocase o no. Y a nosotros nos acababa de tocar, y sabíamos que se trataba de una lotería trágica. Media vuelta de más o de menos de aquella maldita moneda que habían arrojado los carabineros al aire, y ahora nos estarían buscando en dirección opuesta o habrían optado por marcharse. Quizá, después de todo, decidieran marcharse si no nos encontraban en un tiempo prudencial. Nosotros tampoco éramos tan importantes para ellos, o por lo menos era eso lo que queríamos creer. Pero la tozuda realidad nos indicaba que ellos estaban avanzando por el sembrado abriéndose paso entre los girasoles con la culata de los fusiles, y escuchábamos un rumor vegetal en el laberinto del follaje y el sonido de sus pasos, que tan pronto nos parecían peligrosamente cercanos como se nos antojaban tranquilizadoramente lejanos, lo cual nos desorientaba todavía más y acrecentaba nuestro temor a ser descubiertos. Yo casi había renunciado a respirar, apoyada como tenía la cabeza contra el suelo seco y polvoriento, y si hubiera podido silenciar los latidos de mi corazón también lo habría hecho, y si en mi mano hubiera estado el dejarme engullir por aquella tierra rojiza y caliente como la sangre, tampoco habría opuesto resistencia, con tal de acabar


cuanto antes con esta pesadilla. Ni siquiera me importaba llegar o no a Valencia. Ni siquiera deseaba salvarme o condenarme. Sólo quería ponerle fin a todos mis sufrimientos y privaciones. Mi hermano me miraba en silencio con los ojos velados por el miedo. Incluso él, llegados a este punto culminante de nuestras desdichas, ya debía de haber perdido la fe. Nos iban a cazar como a vulgares alimañas del campo y sin embargo no podíamos movernos, teníamos que permanecer tumbados y quietos sobre la tierra, sin hacer el menor ruido o movimiento que pudiera delatar nuestra presencia. Era difícil de concebir que dos hombres pudieran encontrarse alguna vez tan indefensos y expuestos como lo estábamos nosotros ahora. Y así fueron pasando unos minutos que se nos hicieron eternos como horas, sudando a raudales bajo el sol de agosto, ahogándonos en nuestra propia respiración contenida y ansiosa, apretando los puños y los dientes como si con este gesto instintivo de autodefensa pudiéramos volvernos invisibles ante el enemigo.


De repente, el sonido de las pisadas de aquellos hombres se hizo irremediablemente cercano, tanto que pudimos ver un par de botas negras que se movían apenas un metro por delante de nuestros cuerpos. Si hubiéramos estirado los brazos habríamos podido tocarle los pies al individuo, en tanto que a él le habría bastado con dar un paso al frente para pisarnos. Pero no lo dio. Vistas desde el suelo, a ras de tierra, aquellas botas negras algo rozadas por el uso y cubiertas de polvo tenían una presencia amenazadora y siniestra, y todavía hoy, setenta años después, las sigo viendo con la misma nitidez con que las vi entonces, como si nunca se hubieran marchado de mi memoria. No eran muy grandes, más bien al contrario, parecían pertenecer a un hombre de baja estatura y pie pequeño, pero en aquel momento tuve la impresión aterradora de que las calzaba un ogro descomunal e iracundo de cuyas manos -o de cuyos pies- dependía por entero nuestra vida. Durante unos instantes interminables las botas se quedaron ancladas al suelo, sin moverse del sitio. Tal vez su propietario acababa de detenerse a descansar, y había decidido hacerlo justamente allí, a unos palmos de nuestras cabezas, lo que ya era el colmo de la mala suerte. No podíamos verle las piernas ni el resto del cuerpo, oculto por las hojas y los tallos tupidos de los girasoles, pero tal vez nos había descubierto y en silencio le estaba haciendo señas a su compañero para que se acercase. Y entonces vimos otro par de botas idénticas que llegaban hasta allí y se paraban junto a las primeras. Por si no había sido suficiente con uno, ahora teníamos a los dos carabineros de la patrulla sobre nosotros. Ni el más inconcebible y celestial de los milagros podría sacarnos ya de semejante situación. Enseguida escuchamos el diálogo de los dos hombres, que hablaban en un tono de voz más alto de lo necesario, como si sospecharan que estábamos cerca y quisieran que nos enterásemos de su conversación: -¿Has visto algo? -Nada.


-Yo creo que no están aquí. Han debido seguir por el camino con el motociclo. -De todas maneras tampoco hemos mirado a conciencia todo el sembrado, y es demasiado grande para buscar. -Eso es lo malo, que es demasiado grande, y con este calor… -Bueno, ¿qué hacemos, entonces? -Marcharnos a almorzar, compadre. Me muero por unas tajadas de queso en aceite y un buen porrón de clarete bien fresquito. -¡Coño, eso sí que es una buena idea! ¿Cómo no se me habrá ocurrido antes? -Porque a ti nunca se te ocurre nada que merezca la pena, sólo piensas en el deber, en el deber, aunque te caigas de hambre. Seguramente te crees que te van a condecorar con una medalla o concederte una pensión vitalicia. ¡Pues vas listo! En cuanto encontremos un teléfono daremos aviso a la superioridad para que otras patrullas sigan buscando a estos fugitivos. ¡Venga, vámonos! -Será lo mejor, sí, porque aquí ya no pintamos nada.

¡Benditos sean todos los almuerzos, y todas las tajadas de queso en aceite, y todos los buenos porrones de clarete bien


fresquito del mundo!, exclamé para mis adentros en cuanto vi que los dos pares de botas se alejaban de nosotros levantando una ligera polvareda entre las hileras de girasoles. Mi hermano sonrió, yo sonreí, nos estrechamos las manos sudadas y todavía un poco rígidas por la tensión del momento y las mantuvimos apretadas largo rato fraternalmente como si no terminásemos de creer que aún seguíamos vivos, que nada estaba perdido, que nuestra buena estrella seguía intacta alumbrándonos el camino, aunque no fuese un camino de rosas. Al cabo de algunos minutos, cuando oí el sonido de las motos de los carabineros que regresaban a la carretera de Valencia en busca de ese almuerzo reparador que tanto se tenían merecido, hice intención de levantarme convencido como estaba de que el peligro ya había pasado y no corríamos ningún riesgo, pero Juan, tirándome otra vez de los faldones de la camisa, me devolvió al suelo. -¡No te muevas, Mariano! ¡Puede que sea una trampa! -¿Una trampa? -susurré-. ¡Pero si ya se han marchado! ¿Es que no has oído las motos? -La moto, querrás decir -sentenció mi hermano con su autoridad indiscutible-, porque sólo han arrancado una. -Joder, no sé… -Pero yo sí lo sé, que para eso soy mecánico y de esto entiendo algo, ¿no crees? Tú entiendes de leyes y yo de motores, y te digo que sólo se ha escuchado una moto, y por lo tanto la otra y el carabinero que la monta se han quedado en el camino esperándonos, y en cuanto asomemos la gaita, ¡pum, pum! ¡Que no son tontos, Mariano, que no son tontos! Saben que estamos aquí y sólo tienen que aguardar a que salgamos por nuestro propio pie. Lo del almuerzo no es más que una maniobra de distracción. -¿Estás seguro? -Me gustaría equivocarme.


XXIII Apenas si había terminado de hablar cuando se escuchó el sonido de la segunda moto que se marchaba camino abajo. Mi hermano reconoció la parte del error que le correspondía: -Bueno, ha sido una falsa alarma. Sólo se había quedado rezagado. Esas máquinas a veces fallan al arrancar. Ya podemos salir, pero con cuidado, no vaya a ser que vuelvan. Nos asomamos con precaución por encima de las hojas de los girasoles. Desde aquella zona de la loma se divisaba un breve tramo de la carretera, justo en donde desembocaba el camino de tierra por donde habíamos subido. Los carabineros no tardaron en llegar al cruce y giraron a la izquierda en dirección a Tarancón. El zumbido de sus motos todavía se pudo oír durante unos segundos, cada vez más lejano y tenue, hasta que cesó por completo. -De esta hemos salido -dijo Juan sacudiéndose el polvo de la camisa y de los pantalones-, pero ahora tenemos que volver a empezar desde cero. Y lo primero, encontrar la inglesita. Parecía fácil, pero no lo fue y nos llevó un buen rato el dar con ella. En algún lugar de aquella loma sembrada de espesos girasoles habíamos abandonado con precipitación la Brough Superior, y ahora necesitábamos recordar todos nuestros pasos para desandarlos y encontrarla. También habíamos tenido mucha suerte de que no la encontrasen antes los carabineros, en cuyo caso la situación habría sido muy diferente, y no queríamos ni pensar en sus consecuencias. Pero nosotros, como seres urbanos que éramos, nos orientábamos muy mal en el campo, de modo que todos los estrechos surcos y vericuetos de la plantación se nos antojaban idénticos y teníamos la impresión de andar dando palos de ciego para acabar regresando siempre al punto de partida, es decir, a ninguna parte, mientras la moto seguía sin aparecer.


-A lo mejor, si salimos al camino y volvemos a entrar, tenemos más suerte -se me ocurrió decir. -¡Buena idea, hermanito, buena idea! -me felicitó Juan. Y así lo hicimos, pero nada más internarnos en la espesura del campo de girasoles por un punto que consideramos aproximado al de nuestra llegada, volvimos a sentirnos tan perdidos como al principio. Yo estaba tan débil y dolorido que las piernas empezaban a fallarme por el agotamiento y el calor insoportable me nublaba la vista. Para cuando encontrásemos la moto, si es que la encontrábamos, ya no me quedaría ni una brizna de fuerza con que seguir empujándola hasta que consiguiésemos gasolina, si es que la conseguíamos, y aunque Juan había dicho que volvíamos a empezar desde cero, yo tenía la impresión demoledora de que habíamos retrocedido en una escala imaginaria y lo hacíamos desde mucho más atrás, desde una posición tan remota que ese propio cero me resultaba no menos inalcanzable que las estrellas. Miré el reloj. Marcaba casi las diez de la mañana y el sol apretaba con dureza sobre la cresta de la loma. Aquellos de hace setenta años eran veranos extremados de verdad, en donde se fundían hasta las piedras, no como los de ahora, y no digamos de los inviernos, cuando se helaban por dentro hasta los vidrios de las ventanas de las casas y a las pobres gentes se nos llenaban los pies y las manos de terribles sabañones. La guerra fue cruel -todas lo son-, el clima fue crudo, la comida mala y los hombres tan desalmados como el mismísimo diablo. Pero no teníamos otra cosa y había que seguir viviendo, y muriendo, con todo aquello, sin llegar a pensar en que algún día conoceríamos tiempos mejores, porque tal vez esos tiempos mejores con los que tanto soñábamos llegasen demasiado tarde para nosotros. Puede que haya olvidado bastantes cosas en mis noventa años de vida, incluso muchos detalles de todas aquellas privaciones que me ha tocado sufrir en el transcurso de tan larga existencia, pero estoy seguro de que si hay algo que jamás podré olvidar, algo que quedará para siempre grabado en mi


memoria como una huella indeleble del pasado, eso será el calor, el calor apocalíptico de las llamas del infierno que lamieron con sus lenguas de fuego todos y cada uno de los rincones de España en aquel verano dramático de 1936. Ya como un muerto en vida, como una criatura derrotada y errática, a trompicones y casi con los ojos cerrados iba siguiendo a mi hermano a través del sembrado en busca de la abominable inglesita. Nunca la hubiéramos encontrado de no ser porque, de repente, tropecé con un objeto rígido y me caí al suelo aquejado de la debilidad de un pelele. Allí, junto a mi cuerpo exhausto y enredada entre los tallos de los girasoles tronchados, estaba tirada aquella máquina maldita que más parecía ahora un montón de chatarra condenada al olvido que un vehículo a motor capaz de llevarnos a ningún sitio. La levantamos trabajosamente y la empujamos hasta el camino. Luego me senté sobre una piedra y escondí la cabeza entre los brazos vencido por el cansancio y el hastío. -Levántate, hermano, tenemos que irnos. -Es que ya no puedo ni con mi alma -murmuré. -Yo tampoco, pero tenemos que salir de aquí y buscar gasolina para continuar el viaje. -Pues como no me lleves en brazos… -No seas niño, Mariano. Pararemos a descansar y comer algo en el primer pueblo que encontremos de paso. Sólo te estoy pidiendo un último esfuerzo.

Me levanté de mala gana frotándome los ojos escocidos por el sol. Tenía todo el cuerpo bañado en sudor, un sudor espeso y pegajoso que impregnaba también mis ropas, por lo demás sucias


y desaliñadas después de todas las accidentadas peripecias que nos habían ocurrido desde la noche de la víspera. -No vamos a volver de momento a la carretera de Valencia -me explicó Juan-. Seguiremos por este camino de herradura hasta donde nos lleve, y luego ya veremos. -¿Y si no encontramos gasolina qué va a pasar? -le repliqué¿Vamos a tener que seguir empujando este puñetero trasto hasta caernos de culo? -La encontraremos, ya lo verás. Este puñetero trasto, como tú dices, nos llevará hasta Valencia. Te prometo que esta noche dormiremos allí.

No llegamos a caernos de culo, pero estuvimos empujando la inglesita hasta la extenuación, y eso a pesar de que el relieve del terreno nos concedió algún respiro, y en cuanto encontrábamos una pendiente, por corta que fuese, tomábamos carrerilla, nos subíamos


en la moto y con la transmisión en punto muerto nos tirábamos cuesta abajo a toda velocidad, hasta que la moto perdía su inercia al llegar a un llano o una rampa y nos veíamos obligados a bajarnos y seguir empujando. Así recorrimos unos pocos kilómetros a través de pastizales y campos de labor sin encontrar pueblo ni persona alguna que pudiera darnos razón de dónde nos hallábamos ni hacia dónde nos dirigíamos, pero al final obtuvimos nuestra ansiada recompensa, porque el camino acabó desembocando en lo que parecía una carretera comarcal asfaltada. Aparcamos la Brough Superior sobre la calzada y nos sentamos en la cuneta a esperar que viniera alguien dispuesto a ayudarnos. En aquellos tiempos de escaso tránsito podían llegar a transcurrir muchos minutos, e incluso horas enteras en una comarcal como esta, antes de que acertase a pasar por la carretera un vehículo, pero nosotros tuvimos suerte, porque al poco rato vimos un camión desvencijado que se acercaba lentamente envuelto en una negra humareda.


XXIV

A pesar de que corrían malos tiempos, muy malos tiempos, podríamos decir, puesto que estábamos en guerra, lo habitual era que los chóferes se detuvieran en la carretera cuando alguien les hacía señas en solicitud de ayuda. La solidaridad se practicaba y se socorría al prójimo muchas veces sin pensar en los posibles riesgos, o precisamente pensando en ellos, pues era preferible parar el vehículo por las buenas antes que exponerse al tacto frío del cañón de un arma sobre la nuca o a recibir un tiro por la espalda, llegado el caso. Y por otra parte, siendo como eran pésimas la mayoría de las carreteras españolas y lentos los más de los vehículos a motor que circulaban por ellas, sobre todo camiones y autobuses, darse a la fuga solía ser siempre la peor opción posible. Fuese por todas estas o por otras razones, lo cierto es que aquel camión se detuvo unos metros por delante cuando le hicimos señas con los brazos desde la cuneta. Sin apagar el motor, que


resollaba como un caballo viejo agotado por un esfuerzo excesivo, el chófer se bajó de la cabina y vino hacia nosotros. Era un hombre alto y fornido, de mediana edad, que calzaba alpargatas y vestía pantalones negros y una camisa blanca remangada por debajo de los codos y desabrochada desde el cuello hasta el abdomen. Sudaba copiosamente y según iba caminando se pasaba uno y otro antebrazo por la frente para secársela, pero se trataba de un gesto inútil, porque enseguida volvía a cubrírsele de gotas de sudor pequeñas y brillantes como perlas. -Necesitamos ayuda -dijo mi hermano saliéndole al encuentro. El hombre nos miró de arriba abajo con curiosidad. La Brough Superior aparcada a nuestro lado tampoco escapó a su observación. -¿De la Ceneté?-preguntó. -Sí. -Yo soy de la Fai, de la sección del transporte. ¡Salud! Y alzó el puño izquierdo cerrado adoptando una postura que pretendía ser marcial, aunque su aspecto desastrado se empeñase en desmentirlo. Nosotros levantamos los puños también, pero con más que evidente desgana. Nuestro aspecto tampoco era mucho mejor que el suyo. -¿Y qué se os ofrece, compañeros? -Gasolina -suplicó Juan-, necesitamos gasolina. Bueno, y también aceite para el motor. El chófer se pasó de nuevo los antebrazos por la frente y sonrió. Las mangas de su camisa estaban ennegrecidas y húmedas.


-Todo el mundo necesita gasolina, amigos. Incluso yo la necesito para trabajar y a menudo me las veo y me las deseo para encontrarla. El Gobierno y las milicias se han incautado todo el carburante que han podido. Tendréis cupones, por lo menos, ¿no? -No tenemos cupones -dijo mi hermano-. Nosotros pensábamos que… -A veces es malo pensar -le interrumpió el chófer.- Sin cupones no hay gasolina. Bueno, a menos que… -¿A menos que qué? -inquirió mi hermano. -A menos que uno esté dispuesto a tomarla prestada por la fuerza o a pagársela a precio de oro a los estraperlistas, claro está, y menudos cabrones son. ¿Adónde vais? -A Valencia. El hombre negó con la cabeza.

-No puedo ayudaros, yo voy para Albacete. Además, no llevo gasolina, sólo estos sacos de harina -señaló la caja del camión- que


tengo que descargar allí. Y ni siquiera estoy seguro de poder ir y volver con el carburante que me queda. -¿Y no podrías llevarnos contigo hacia Albacete? -le pidió Juan-. En cuanto encontremos gasolina por el camino seguiremos hasta Valencia por nuestra cuenta. Tenemos suficiente dinero para pagarla, pero si fuese necesario también disponemos de los medios adecuados para tomarla prestada por la fuerza, ya me entiendes. El camionero asintió. -¿Vais armados? -Por supuesto. -Entonces mejor que mejor. Me conviene llevaros. Las carreteras están llenas de fascistas infiltrados y de maleantes sin escrúpulos que le salen a uno al paso dispuestos a robarle la mercancía, el camión y la propia vida, por menos de nada. Llevo una escopeta vieja en la cabina, pero nunca se sabe si eso será bastante. -Seguramente no lo será -sentenció mi hermano, poco dispuesto como estaba a enfrentarse a nuevas complicaciones-, pero a nosotros lo único que nos interesa es conseguir gasolina para llegar a Valencia cuanto antes, no escoltar tus sacos de harina. No somos pistoleros, sino comisarios políticos, y tenemos una importante misión encomendada. La teníamos, sin duda, y era la de salvar la vida sin atender a otras consideraciones secundarias y seguramente enrevesadas. Tal vez Juan acababa de comprender que, si bien no nos quedaba mejor alternativa, la de subir a ese camión no estaba exenta de riesgos, más bien al contrario, suponía un riesgo en sí misma, y acaso por ello decidió tomar la pistola Astra 400 que hábilmente había camuflado desmontada y con su munición correspondiente bajo los dos sillines individuales de la inglesita. Mientras volvía a montar el arma cuidadosamente e introducía varios cartuchos en el


cargador, el chófer se había encaramado a la caja del camión y buscaba entre los sacos de harina una soga o un cable metálico que pudiera servirnos para remolcar la moto, pues este era el procedimiento que mi hermano terminó por estimar más idóneo para llevárnosla, porque, eso por descontado, no quería ni oír hablar de dejarla abandonada en la cuneta. -Tú te montarás en la cabina con el chófer -fueron sus instrucciones-, y yo iré detrás remolcado en la moto. Será cosa de pocos kilómetros, ya lo verás, porque más pronto que tarde encontraremos la gasolina necesaria y seguiremos a Valencia por nuestros propios medios. -¿Y por qué no llegamos en el camión hasta Albacete? -sugerí egoístamente, en la idea equivocada de que podría ir más cómodo en aquella cabina que sentado en el asiento trasero de la inglesita-. En Albacete seguro que conseguimos gasolina, y no está tan lejos de Valencia. -Demasiado lento y demasiado peligroso -decidió Juan-. Y encima damos un largo rodeo que no merece la pena. Esa idea ya está descartada. El chófer encontró por fin una gruesa maroma deshilachada y la arrojó al suelo desde la caja del camión. Cayó con un sonido seco, como una enorme serpiente que se hubiera precipitado desde la rama de un árbol abatida de un disparo. -Esto es todo lo que tengo, amigos. Esperemos que sirva, porque si no, no hay otra cosa. -Servirá -dijo mi hermano-. No creo que vaya a romperse todavía. Engancharon un cabo de la maroma al chasis de la moto y el otro a la trasera del camión. Aquella soga basta y desflecada, que medía cerca de dos metros, probablemente había tenido con anterioridad un pasado marinero, a juzgar por sus manchas de brea


y los restos de óxido y salitre que cubrían sus fibras nudosas. Viéndola, uno tenía la impresión de que podía quebrarse tan pronto como echase a andar el camión y se tensara para tirar de la moto, pero Juan, subiéndose de nuevo en el asiento de la Brough Superior y tomando el manillar con fuerza entre sus manos, ya lo único que quería era salir de allí cuanto antes, encomendándose sólo a la buena suerte. -Todo listo, en marcha. No perdamos ni un minuto -dijo con impaciencia.


XXV

Nada más montarme en la cabina del camión y sentarme en su asiento corrido de tablas cubiertas de gutapercha, tan duro como una piedra, empecé a marearme. En aquel estrecho cubículo de lata, que temblaba como un flan por las trepidaciones del motor, la temperatura era tan elevada y sofocante como la de unos altos hornos, y olía a vino rancio, a sudor, a pies y a combustible mal quemado. El chófer se acomodó a mi derecha (el camión habría sido construido bajo patrones británicos), cerró su portezuela, que no tenía cristal en la ventanilla (la mía tampoco), se pasó los antebrazos por la frente para secarse el sudor, puso las manos sobre el volante gigantesco, que le rozaba en la tripa y estaba forrado con cartones y trapos viejos, quitó el freno de mano, movió hacia un lado la palanca de cambio, casi tan larga y pesada como las que se empleaban en los cambios de aguja ferroviarios, y pisó los toscos pedales de hierro de interminable recorrido, tanto como el que


daban de sí sus piernas completamente estiradas. El camión empezó a moverse lentamente. -Hace mucho calor, sí -dijo el hombre al verme resoplar. -¿Cómo puedes trabajar así? -se me ocurrió preguntarle. -A ver, qué quieres, uno es un obrero. O trabajas así, o no trabajas. Pero te acabas acostumbrando, no te creas, y encima en invierno es aún más duro. Yo me consuelo pensando que en las fábricas y en el campo están peor. -Tal vez -reconocí-, pero de todas maneras esto es inhumano. -Más inhumano es no tener qué comer. Cuando triunfe nuestra revolución libertaria viviremos como príncipes. Habrá que seguir arrimando el hombro, eso sí, pero ya no será lo mismo. Nadie se enriquecerá con el sudor de los pobres. Si quieres agua, ahí tienes un botijo. Estará calentorra, pero es mejor que nada y quita la sed. A no ser que te apetezca más un trago de tinto de Valdepeñas, claro, que también llevo una bota. La bota de vino, sucia y manoseada en exceso, se balanceaba de un lado a otro colgando de un gancho por encima del parabrisas. El botijo, en cambio, lo encontré a mis pies, y tampoco me causó mejor impresión, desportillado y lleno de manchas negras de grasa como estaba. -A lo mejor bebo luego, gracias. -Bebe cuando y cuanto gustes, compañero. Tenía sed, desde luego, y hambre, y calor, y sentía un cansancio demoledor que hacía que se me cerrasen los ojos y se me aflojasen las piernas, pero mayor era la repugnancia que sentía ante la idea de tener que beber de aquella bota o de aquel botijo nauseabundos que con su mejor voluntad me ofrecía el chófer. Y por lo demás, la cabina del camión, maloliente, incómoda y ruidosa, sobre todo cuando subían las revoluciones del motor y las


chapas empezaban a vibrar con una trepidación de mil demonios, era uno de los sitios más desagradables en los que yo hubiera estado nunca. Allí dentro uno podía quedarse sordo, enloquecer y asfixiarse (y seguramente las tres cosas, y por este orden) en cuestión de escasos minutos, de modo que no me atrevía a imaginar lo que tendría que ser el conducir aquel camión durante horas, acaso de sol a sol, con la incertidumbre angustiosa de no saber si se encontraría combustible o no y constantemente expuesto a la amenaza de ser asaltado por el camino. Pero como acababa de reconocer aquel hombre, ya curtido por tan dura profesión, a todo se acababa acostumbrando uno y siempre había cosas peores. -¿Hace un cigarro, compañero? -me preguntó de pronto, ofreciéndome una petaca de hule, y añadió-: Es buena picadura, ¿eh?, que conste. Saqué papel, un puñado de tabaco, me lié un cigarrillo y lo encendí con un fósforo. Era regular tirando a malo. Le devolví la petaca y él se dispuso a liarse el suyo mientras sujetaba el volante con los codos. Rodábamos por una interminable recta de la carretera, entre desmontes y campos de labor, y el asfalto ya había desaparecido por completo para convertirse en una calzada de tierra pedregosa y seca que se deshacía bajo las ruedas del camión levantando una densa polvareda. En el rudimentario velocímetro de la cabina (una especie de caja redonda de hojalata oxidada, con una escala numerada de cero a ochenta) la aguja oscilaba nerviosa entre los treinta y los cuarenta kilómetros por hora en llano, pero cuando llegábamos a un repecho, por suave que fuese su desnivel, caía entre los diez y los veinte, y avanzábamos tan despacio que parecía que lo hiciésemos a paso de hombre. Tenía razón mi hermano, aquella manera de desplazarse era tan lenta y desesperante que no merecía la pena considerarla, ni para llegar hasta Albacete, ni para llegar a ningún sitio.


-Cinco mil kilos de harina lastran mucho el camión, y esto es lo que pasa -me informó el chófer, como si acabase de adivinar mis pensamientos y buscase una disculpa-, pero cuando vuelvo de vacío hace los sesenta por hora con alegría, aunque eso sí, hay que tener cuidado, porque los frenos no siempre responden como uno quisiera. En aquel desquiciado verano de 1936, con una mitad del país alzada en armas contra la otra mitad, nada o casi nada parecía responder a los deseos de nadie. Ni siquiera los camiones frenaban como es debido. Por eso marchábamos todos de vacío, con alegría insensata, al encuentro de la tragedia.


-Pronto saldremos a la carretera de Alicante -me anunció el chófer-, y pasaremos por algún pueblo en donde quizá podáis conseguir gasolina. Yo os esperaré, entretanto. Tampoco tengo tanta prisa y no quiero dejaros tirados. -Se agradece, compañero. Pero el que manda es el jefe, y lo llevamos ahí detrás amarrado con una soga. El es quien toma las decisiones. -Asómate y pregúntale qué tal va. Saqué medio cuerpo por la ventanilla y me asomé. Circulando en línea recta no podía verlo, porque la caja del camión me lo ocultaba, pero cuando tomamos la primera curva apareció un momento en mi campo visual envuelto en una nube negra de humo y de polvo haciendo extraños equilibrios sobre la moto, como un acróbata del circo, irreal y fantástico, y entonces le grité, no recuerdo qué, pero le grité, y él también me gritó, desgañitándose: -¡Maldito cabrón, dile que pare, que pare ahora mismo! Me volví hacia el chófer. -Quiere que pares -le dije. -¿Qué ocurre? -No lo sé, pero párate enseguida. Algo malo le pasa.


XXVI

El hombre pisó el freno y el camión se detuvo con notable estrépito de chapas y resoplidos del motor. Abrimos las portezuelas y saltamos de la cabina. Cuando llegamos a la trasera de la caja mi hermano todavía seguía montado en la inglesita apoyándose con los dos pies en el suelo. Tenía un aspecto en verdad lamentable, como el de los mineros de las galerías de carbón o el de los fogoneros de las locomotoras, pues todo su cuerpo estaba tiznado de carbonilla y de polvo, que al adherirse al sudor de la piel había formado una pasta aceitosa y brillante como el petróleo. Nada más vernos se bajó de la moto y se encaró con el chófer: -¿Cuánto hace que no le miras el carburador a este puñetero carromato?


El hombre se quedó desconcertado. -Pues… bueno, el camión no es mío, y entonces… -Ya supongo que no es tuyo, pero tú lo conduces y te ganas la vida con él, ¿no es cierto? -le recriminó Juan-. No sé si sabes que con los humos que vas soltando por el tubo de escape podrías gasear a todo un regimiento de fascistas. Y yo, que no soy un fascista, voy aquí detrás, enganchado a esta maldita soga y respirando veneno. He tocado la bocina de la moto varias veces para que te parases, y tú, como si nada. ¿Es que quieres matarme? -Lo siento de veras, compañero -se disculpó el chófer-, pero es que no hemos escuchado la bocina, tu camarada te lo puede decir, ¿verdad? Asentí. En aquella cabina inmunda, con las vibraciones y el ruido del motor atronándonos los oídos, no era posible escuchar ningún sonido procedente del exterior. -Está bien -se rindió mi hermano-, lo creo. ¿Alguien puede darme agua? Me estoy muriendo de sed. Cuando el camionero fue a buscar el botijo Juan se me quedó mirando fijamente. Su mirada fría hizo que me echase a temblar. -Tengo malas noticias para ti, hermanito -dijo señalando la Brough Superior. -Supongo que me vas a decir que ahora me toca a mí subirme en la moto, ¿no? -En efecto, y por varios motivos. -Os traigo el agua, compañeros -nos interrumpió el chófer viniendo con aquel botijo infecto que tanta repugnancia me producía-, pero también puedo daros vino, si lo preferís. Probamos un sorbo de agua cada uno. Sólo uno, y ya tuvimos bastante. Me entraron ganas de vomitar. Estaba caliente y sabía a sapos muertos. La escupimos enseguida.


-Échamela por la cabeza, anda. Para asearme un poco servirá -me pidió Juan. Vertí todo el agua del botijo sobre el cuerpo de mi hermano, y mientras le iba resbalando por la piel sucia de carbonilla él se frotaba los brazos y la cara, de los que se iban desprendiendo unos negros churretes de consistencia aceitosa y maloliente que tiznaron sus ropas, ya de antemano lo bastante mugrientas -al igual que las mías- como para parecer que no nos hubiésemos mudado en un mes. Pero con todo y con eso, y a pesar de las muchas calamidades que llevábamos padecidas desde que salimos de Madrid, y aún antes, por primera vez nuestra situación se me antojaba mejor que nuestro aspecto físico, porque yo quería creer que en cuanto llegásemos a la carretera de Alicante encontraríamos pronto algún pueblo en donde conseguir gasolina, poder lavarnos y descansar un rato, tal y como me había prometido Juan. Sin embargo, el destino todavía nos tenía reservadas, sobre todo a mí, nuevas y desagradables experiencias, y la primera de ellas habría de presentarse enseguida, tan pronto como mi hermano me obligó a subirme en la Brough Superior, no sin darme cuenta antes de los motivos que le habían llevado a tomar esta decisión. -Tú querías conducir la moto, y al final ha llegado tu oportunidad -me dijo-. Ya sé que no es lo mismo llevarla con el motor en marcha que remolcada, pero esta será tu primera prueba de fuego con ella, para que te vayas familiarizando. -Me caeré, estoy seguro de que me caeré -protesté en vano-. Esto es demasiado peligroso para un aprendiz como yo. -No te caerás, tonto -me animó Juan con una sonrisa algo cínica-. Sólo es cuestión de mantener el equilibrio. Tú sabes montar en bicicleta, ¿no? Pues esto es casi parecido. Venga, súbete.


-Por favor, Juan, no me hagas esta faena -le supliqué-. Me da pánico subirme en este trasto con esa soga, y el camión tirando, y el humo, y el polvo, y… -A mí tampoco me agrada en absoluto, por eso quiero que te subas, para que nos turnemos. Necesito descansar un rato. -Sí, pero… -No hay peros. Los dos vamos en el mismo barco y los dos tenemos que poner de nuestra parte para poder salir con bien de esta. Si es duro y peligroso para ti, también lo es para mí, y no es justo que lo sufra yo solo. Móntate en la moto. Me monté temblando. Era la primera vez que me ponía a los mandos de una motocicleta y la sensación me desconcertaba sobremanera. Aquel cacharro me parecía simplemente imposible de conducir. Llegaba bien con los dos pies al suelo y con las manos al manillar, pero estaba convencido de que en cuanto aquella máquina empezase a rodar arrastrada por el camión no podría controlarla y me iría al suelo. O en cuanto cogiésemos el primer bache de esa carretera de tierra que estaba llena de ellos. Por mucho que se empeñase mi hermano, la inglesita, pesada y voluminosa, no era una bicicleta. -Toma, ponte esto -me dijo entregándome sus gafas de motorista y un pañuelo blanco con el que me cubrí la nariz y la boca a modo de embozo-. La cosa es bien sencilla: agarra fuerte el manillar y cuando veas que la moto coge un poco de velocidad levantas los pies del suelo y los colocas en los estribos. La dirección tiene que ir siempre recta, salvo en las curvas, que tendrás que moverla con suavidad para acompañar el giro, y la soga bien tensa, pues es la que tira de ti. No se te ocurra poner los pies en el suelo en marcha o te partirás una pierna. Esta es la palanca del freno delantero. Tendrás que apretarla con cuidado y


a intervalos cuando vayamos cuesta abajo, porque la moto tenderá a embalarse con la inercia y podrías empotrarte contra la trasera del camión, ¿me has entendido? -Te he entendido -respondí con voz opaca desde dentro de mi embozo, que me hacía parecer uno de esos beréberes que cruzaban los desiertos africanos en camello-, pero esas precauciones servirán sólo si no me caigo antes. -No vas a caerte, ni antes ni después. Será por poco tiempo y yo voy a estar pendiente de ti. ¿Estás preparado? -Qué remedio -dije resignado a mi suerte.


XXVII

Mi hermano y el chófer volvieron a la cabina del camión, y en cuanto el motor se puso en marcha del tubo de escape empezó a manar un humo algodonoso y negro que me envolvió por completo haciéndome, seguramente, invisible. -¡Allá vamos, agárrate fuerte! -me gritó Juan asomando la cabeza por la ventanilla, aunque yo no podía verle. Sentía todo mi cuerpo en tensión y me costaba un gran esfuerzo respirar. Los cristales de las gafas, que llevaba ceñidas al cráneo con una cinta elástica, estaban llenos de arañazos que me distorsionaban la ya de por sí escasa visión, prácticamente limitada al contorno borroso de las maderas astilladas de la caja del camión y de los sacos de harina que se apilaban en ella. El camión echó a


andar muy despacio y durante menos de dos segundos, que a mí se me hicieron eternos, la moto permaneció inmóvil, pero de repente la soga se tensó pegando un tirón brusco acompañado de un crujido, y empezamos a movernos lentamente. Transcurrieron unos cuantos metros sin que me atreviese a levantar los pies del suelo y fui arrastrando las alpargatas por la tierra y las piedras de la calzada hasta que recordé que mi hermano me había dicho que podía partirme una pierna, y entonces los subí a los estribos. La moto se zarandeó de un lado a otro acusando mi peso y mi precario equilibrio, y estuve a punto de caerme. El asiento individual con amortiguación de muelles era duro, incómodo e inestable. Agarré el manillar con fuerza y apreté los dientes. La soga crujía como un mueble viejo acusando el tremendo esfuerzo de la tracción y algunos de sus gruesos hilos de cáñamo resecos y endurecidos por el paso del tiempo parecían a punto de partirse, pero seguíamos avanzando, y aunque yo estaba todavía lejos de alcanzar la suficiente confianza en mí mismo, por lo menos me felicité sinceramente por el hecho de no haberme caído todavía, dadas las circunstancias. Nuestra velocidad fue aumentando poco a poco, y vi en el velocímetro de la inglesita los cuarenta kilómetros por hora. A ese ritmo de marcha el humo del escape del camión conseguía disiparse un poco en la atmósfera, concediéndome un respiro, y nunca mejor dicho, pero entonces eran sus ruedas traseras gemelas las que empezaban a levantar una polvareda densa y cegadora, y a pesar de la protección de mi embozo si movía los dientes la tierra rechinaba entre ellos. A veces el camión perdía velocidad sin motivo aparente, y por lo tanto la soga se destensaba y la moto se embalaba contra la caja dispuesta a estrellarse, y yo apretaba el freno delantero con cuidado, apenas acariciándolo, como me había instruido mi hermano, pero antes de detenerme del todo la soga se tensaba de nuevo con violencia dándome un tirón brusco que parecía que iba a descoyuntarme. Cada vez que el chófer levantaba el pie del pedal del acelerador y volvía a pisarlo una terrible vaharada de humo negro y asfixiante se me venía encima dejándome sin aliento, y en no pocas ocasiones llegué a creer que


me desmayaba. Cuando tomábamos una curva Juan se asomaba por la ventanilla y me hacía con los brazos señas incomprensibles a las que yo respondía sólo con la cabeza -pues no me atrevía a soltar las manos del manillar- con otros gestos todavía más incomprensibles, porque a ciencia cierta no sabía cómo hacerle llegar mi deseo de que acabase cuanto antes aquella tortura, pero él debía de entenderlos como señal de conformidad y asentimiento y volvía a la cabina satisfecho: su esforzado hermanito se estaba comportando como un hombre, debía de pensar.

No sé durante cuánto rato ni durante cuántos kilómetros se prolongó mi calvario a lomos de la Brough Superior, porque creo que la mayoría del tiempo estuve fuera de la realidad y abandonado a un estado estupefaciente y enajenado que yo creí que me llevaba hasta la mismísima antesala de la muerte, y tal vez estuve muerto sin saberlo, pero de repente volví en mí y resucité para comprobar sorprendido que entrábamos en un pueblo. Y en maldita la hora. A ambos lados de la calle sin pavimentar por donde discurría la carretera se alineaban unas casas bajas y miserables que parecían abandonadas. Había restos de chatarra, solares llenos de escombros y edificios ruinosos por todas partes. Encontrar gasolina en este


lugar tan dejado de la mano de Dios sería sin duda una quimera. El camión atravesó parte del pueblo dando tumbos sobre la irregular calzada de tierra y de guijarros, como si rodara por un desmonte, y las ballestas de la suspensión cedían con un chirrido agónico, tanto que parecían a punto de quebrarse, y detrás seguía yo sujetando con firmeza el manillar de la inglesita y conteniendo la respiración cada vez que las ruedas se hundían hasta los ejes en las profundidades de un bache o pisaban de mala manera un canto, pensando que sería en el siguiente en donde habría de caerme. Una pandilla de mozalbetes desharrapados que jugaban en la calle, no teniendo cosa mejor que hacer, se entretuvo de repente en arrojarnos piedras con saña homicida según pasábamos, y apuntaban como objetivo preferente al parabrisas del camión, pero enseguida se les unieron también algunos adultos asomados a las puertas de sus casas y la lluvia de proyectiles que empezó a caer sobre nosotros llegó a convertirse en una seria amenaza para nuestra vida. Piedras del tamaño de un puño se estrellaban con estrépito contra la chapa del camión causándole notables abolladuras, y alguna de ellas, por más que yo me agachaba sobre la moto, estuvo a punto de impactar en mi cabeza. Tuve un breve momento de lucidez en el que comprendí que nos apedreaban para robarnos los sacos de harina, y seguramente el chófer también fue consciente de ello, porque de pronto detuvo bruscamente el vehículo y se bajó de la cabina empuñando una escopeta. Mi hermano bajó también, con la pistola en la mano, y vino hacia mí. -¿Te encuentras bien? -Sí, creo que sí -respondí desorientado. -Bájate, yo me ocupo de la moto -me indicó. Me bajé. Las piedras volaban en todas direcciones. Era el pueblo entero el que nos apedreaba. -Nos van a matar estos hijos de puta -dije. -¡Métete bajo el camión y no te muevas! -me ordenó Juan.


Gateando me oculté en los bajos del camión y allí me quedé tumbado esperando a que sucediera un desastre. Sonaron varios tiros. No pude precisar si era mi hermano o el chófer quienes disparaban o por el contrario los disparos provenían del interior de las casas, pero lo cierto es que de repente dejaron de caer piedras y al cabo de unos instantes volvió Juan y me dijo: -Súbete a la cabina, que nos vamos. -¿Coges tú la moto? -Sí, yo la cojo, dame las gafas y el pañuelo y vete a la cabina.


Eso hice. El camión ya estaba en marcha cuando me monté en la cabina. El chófer tenía una brecha enorme en la frente y sangraba a borbotones. Con la mano izquierda asía el volante y sujetando un trapo de dudosa higiene con la derecha se taponaba la herida. El cristal del parabrisas se había astillado y mostraba un boquete abierto por el impacto de una o de varias pedradas. -¡Te han dado, te han dado esos cabrones! -exclamé. -No es nada, compañero -respondió el hombre con tranquilidad pasmosa mientras salíamos de aquel pueblo maldito para volver a campo abierto-. Más les hemos dado nosotros. El hambre es muy mala, que te lo digo yo. -¿Les habéis disparado, habéis matado a alguien? -pregunté sin poder disimular la curiosidad. -¿Y a ti qué te parece? -respondió el chófer mirándome de reojo-. Teníamos que salir de ahí, ¿no? ¿Para qué llevo la escopeta? Yo también tengo que comer. ¡Era una emboscada en toda regla, coño!


-¿Puedes conducir? Tal vez debería verte un médico. -Alcánzame la bota, anda. Me vendrá bien un trago. Cuando uno pierde sangre necesita beber, y a fin de cuentas el vino es rojo como la sangre. Le entregué la bota. El chófer soltó el volante un momento, la alzó con la mano izquierda, clavó las uñas en el cuero renegrido y dejó caer un copioso chorro en su garganta echando la cabeza ensangrentada hacia atrás. El olor desagradable del vino rancio y apestoso se superpuso a todos los demás olores nauseabundos que se respiraban en el interior de aquella cabina. Me devolvió la bota dando un respingo y tomó de nuevo el volante del camión. Pero algo no iba bien. -Me estoy mareando -dijo con voz pastosa-. ¿Tú sabes conducir? -No. -¡Oh, no es nada, no es nada, se me pasará! He de llegar hasta Albacete con la harina, tengo cinco hijos que mantener. El camión empezó a hacer eses en la calzada mientras perdía velocidad. Aquel hombre ya no tenía fuerzas para pisar los pedales ni para sujetar el volante. Se estaba desangrando. Sentí un mortal desamparo. Finalmente nos salimos de la carretera y estuvimos a punto de volcar y caer por un talud, pero el camión se detuvo mansamente contra un montículo de tierra junto a la cuneta. El chófer se había desvanecido. O aún peor, estaba muerto. No lo sabía y no quería ni pensarlo. Salté de la cabina y corrí en busca de mi hermano.


XXVIII

La maroma que tiraba de la moto se había partido en dos con los vaivenes del camión, pero milagrosamente mi hermano estaba ileso y empujaba la inglesita por la carretera con gesto de abatimiento. Y no era para menos. Todo se nos volvía en contra. Todas las contrariedades posibles e imposibles nos salían al encuentro y nos presentaban su peor cara. ¿Qué más podría sucedernos? Y sin embargo seguíamos vivos, rotos y agotados pero vivos, y aún con una brizna de fuerza en las piernas como para


poder continuar al encuentro de lo que tuviera que ser, de lo que nos deparase nuestro destino. Tal vez inconscientemente me consolaba el hecho de comprender que otros estaban mucho peor que nosotros, incluso estaban muertos, y el saberme vivo en medio de aquella guerra despiadada le otorgaba un valor añadido a mi consuelo, un aura de intrepidez y de heroísmo, un halo de valentía y determinación. -El chófer está en las últimas -le dije a mi hermano-. Sangra mucho por la cabeza y se ha desmayado. O tal vez ya esté muerto. -Vamos a verlo. Corrimos de vuelta a la cabina. Sudábamos a mares. Abrimos la portezuela de la derecha y el cuerpo inerte del hombre casi nos cayó encima. Lo empujamos hacia dentro y Juan le palpó la garganta con los dedos en busca de pulso. Un moscardón negro azulado zumbaba en torno al coágulo de sangre que el chófer tenía en la cabeza. -Le han dado un buen cantazo en la frente -observó mi hermano-. Todavía está vivo y creo que aguantará. Tenemos que llevarle a un médico, pero para eso necesitamos primero salir de aquí y encontrar otro pueblo en donde no sean tan hostiles. ¿Nos queda agua? -Ni una gota. Te lavaste con ella. -Hay que vendarle la cabeza para contener la hemorragia -me indicó Juan-. Por el momento no podemos hacer otra cosa, e incluso esta la vamos a hacer mal, porque tampoco tenemos vendas. Quítate la camisa. Está un poco más limpia que la mía. Y aun así estaba en un estado deplorable, manchada de tierra, de polvo, de sudor, de sangre y de carbonilla, y quién sabe si no lo estaría también de otras sustancias desconocidas, pero me la quité y entre los dos la rasgamos hasta convertirla en un puñado de jirones con los que improvisamos un apretado vendaje para la


cabeza del pobre chófer. Después mi hermano, en ese tono solemne que solía utilizar para manifestarme cosas terribles, dijo: -Hay que subir la moto al camión. -¿Al camión? ¡Tú estás loco! -exclamé escandalizado-. ¿Cómo vamos a levantarla en vilo los dos solos, con todo lo que pesa? Ni hablar. Conmigo no cuentes. -No estoy loco -respondió él sin mover un músculo de la carapero hay que subirla al camión, y la subiremos. Y no vamos a levantarla en vilo, será más fácil que todo eso. Más vale maña que fuerza. -¿Y qué piensas hacer con todos esos sacos, eh, has pensado en ello? -He pensado en ello. Sólo tendremos que mover unos pocos para hacer hueco, cargaremos la moto y luego los volveremos a colocar. Así de sencillo. -¿Y tú vas a conducir el camión? -Si no tienes inconveniente, sí -respondió con ironía-. ¿O acaso prefieres hacerlo tú? Basta ya de preguntas, hermanito, y vamos a la faena, que no tenemos mucho tiempo. El montículo de tierra que había frenado al camión iba a servirnos de plataforma y de rampa para cargar la moto. Tenía una altura aproximada a la de la caja y bastaba con darle la vuelta al vehículo, colocarlo en posición, abatir su trampilla trasera, descargar algunos sacos de harina, subir la Brough Superior a lo alto del promontorio y dejarla caer con cuidado hasta su alojamiento antes de volver a colocar los sacos de tal manera que la sujetasen. La idea de mi hermano era ingeniosa, sin duda, y muy digna de él, pero el trabajo a realizar resultó sobrehumano, porque los sacos pesaban tanto que apenas si éramos capaces de moverlos entre ambos, y cada vez que desalojábamos uno teníamos que


pararnos a descansar y recuperar el aliento. Pero lo hicimos, vaya si lo hicimos, y cuando ya habíamos movido fatigosamente una veintena de ellos empujamos la moto hasta lo alto del montículo, lo que también nos demandó un esfuerzo excesivo, y la guiamos con suavidad hasta la caja del camión. Después, ya del todo exhaustos, colocamos los sacos alrededor y nos quedamos quietos un momento contemplando nuestra obra magna. Ni nosotros mismos creíamos lo que veíamos, porque parecía que nos hubiese ayudado un ángel invisible y hercúleo, pero la tarea estaba terminada, faltaban pocos minutos para el mediodía y había llegado el momento de partir. Nos montamos en la cabina del camión, mi hermano al volante, yo a la izquierda y el chófer, que había recuperado la consciencia y balbuceaba palabras incomprensibles, en el centro, por lo que nos vimos obligados a tirar de él sin demasiadas contemplaciones, dada su corpulencia. Su vendaje improvisado con la tela de mi camisa ya estaba empapado en sangre y las gotas le resbalaban por las mejillas mezcladas con el sudor y el polvo. Con los medios de los que disponíamos parecía imposible cortarle la hemorragia, de modo que si tardábamos mucho tiempo en encontrar un médico aquel hombre moriría sin remedio. Juan se hizo enseguida con el manejo del camión y conducía todo lo rápido que le permitía la mecánica y el peso de la carga por un tramo de carretera que volvía a estar asfaltado, pero aun así nunca conseguíamos llegar a una velocidad de cincuenta por hora ni siquiera cuesta abajo, un inconveniente habitual en la época con cualquier vehículo pesado. Circulábamos por el centro de la calzada, como era la costumbre, y sólo cuando escuchábamos un claxon nos echábamos a la derecha para cruzarnos con otros vehículos o dejar que nos adelantase algún automóvil. A través del parabrisas roto nos entraba un aire sofocante y seco que olía a sarmientos quemados y a estiércol. El monótono paisaje árido y abrasado por el sol invitaba al sueño, quizá ese mismo sueño premonitorio de la muerte que iba venciendo al chófer en sucesivas


cabezadas cada vez más largas de las que temíamos que acabase por no despertar, pero el calor era tan terrible y el cansancio tan devastador, que ni siquiera yo, que tenía el sueño fácil, era capaz de dormirme.

Cuando encontramos un desvío y un poste con un cartel de madera que indicaba a Albacete, casi dimos un grito de alegría. Después vimos un cortijo manchego con un camión aparcado en la puerta. La carretera general de Madrid a Cartagena no era mucho más que una estrecha pista de asfalto flanqueada por los postes del


tendido eléctrico y los mojones kilométricos de piedra, pero el tránsito, a diferencia de las carreteras comarcales, resultaba mucho más intenso, y pronto empezamos a cruzarnos largas caravanas de camiones, autobuses y autos particulares que circulaban en dirección a Madrid, unos cargados con las más diversas mercancías, otros llevando soldados o milicianos armados y alguno más arrastrando pesadas piezas de artillería. Sin poder evitarlo acabábamos de entrar de nuevo en territorio peligroso, porque entre todos aquellos que nos íbamos cruzando seguramente no faltaría alguno que podría tener la curiosidad excesiva de saber quiénes éramos y porqué viajábamos en aquel camión atestado de sacos de harina y con la luna del parabrisas astillada (cosa, por otra parte, también frecuente en la época, ante la falta de repuestos), y acaso no pudiera resistir la tentación de bajarse e interesarse por nosotros, apuntándonos de antemano con el cañón del fusil o de la pistola, eso sí. Fue considerando estos probables riesgos, que podían presentársenos o no, cuando me di cuenta de que iba semidesnudo, sin camisa, con el torso aceitoso de sudor y renegrido de carbonilla, y esto me produjo un pudor ignominioso, no sólo por la notoria suciedad de mi cuerpo, que también, sino sobre todo porque era como si aquella carretera tan transitada acrecentase mi desnudez a la vista de otros, a la vista de tantos y tan hostiles desconocidos, porque era como si yo me sintiese en mi desnudez más indefenso y vulnerable en tiempo de guerra que en tiempo de paz, y miraba a mi hermano, y miraba al chófer desangrado y medio muerto, pero ambos llevaban puestas todavía sus camisas, tan sucias y denigradas como lo había estado la mía, es cierto, y sin embargo en esta sutil diferencia entre un torso cubierto o desnudo parecía que podía encontrarse la esencia última de la dignidad de un hombre. Al cabo de unos cuantos kilómetros llegamos a un pueblo grande y de cierta entidad, aunque no recuerdo su nombre -cosa extraña en mí, que presumo de buena memoria-, pero creo que era La Roda, ya en la provincia de Albacete. Fue aquí en donde empezó


a cambiar nuestra suerte, pues en la misma entrada de la localidad encontramos detenido en sentido contrario lo que parecía un largo convoy sanitario. Había camiones y autobuses con banderas blancas, militares de uniforme, civiles en camiseta y enfermeras con batas y tocas en la cabeza que deambulaban en torno a los vehículos como si esperasen impacientes la orden de partir hacia algún sitio, quizá al frente de guerra. Cuando mi hermano frenó en seco el camión y saltó de la cabina se nos quedaron mirando expectantes. -¡Llevamos un herido grave a bordo! -gritó Juan sin poder contener su nerviosismo, como si temiera haber llegado ya demasiado tarde o que aquellas personas no pudieran o no quisieran socorrernos-. ¿Pueden ayudarnos?


XXIX

-¿Dónde está ese herido? -preguntó acercándose un oficial republicano que llevaba una gorra de plato con la visera hundida sobre la cara para resguardarse del sol. -Aquí, en la cabina. -¡Enfermera, enfermera! -voceó el militar sin hacer siquiera ademán de asomarse al camión. Venciendo todo el pudor de mi sucia desnudez tuve que bajarme de la cabina, como es lógico. Durante unos instantes pensé en hacerlo por el lado derecho, en donde podía quedar en principio a resguardo de las miradas indiscretas de aquella multitud, pero se me interponía el cuerpo del chófer, caído sobre el asiento corrido, y esto dificultaba tanto mi maniobra y la hacía tan sospechosa que no tuve más remedio que bajarme por la izquierda y quedar de inmediato a merced de las dos enfermeras que se acercaban, las


cuales me tomaron enseguida por el verdadero herido cogiéndome protectoramente de los brazos. -Yo no -dije-, ahí dentro. En esos momentos, como en tantos otros desde que había estallado la guerra, habría vendido mi alma al diablo sin dudarlo a cambio de poder pasar desapercibido, o aún mejor, de poder hacerme invisible a voluntad, tal era el desasosiego que me producía la mirada de aquella gente anónima -militares, enfermeras, médicos y paisanos- que clavaban sus ojos en mi cuerpo astroso y fruncían el ceño en un gesto que no se sabía muy bien si era de lástima o de repugnancia. Creo que sólo dejé de ser el centro de atención de tantas miradas cuando sacaron al herido y lo tumbaron en el suelo, sobre una manta, en mitad de la carretera. Escuché una voz extraña a mi espalda que preguntaba: -¿Qué os ha pasado? ¿De dónde venís? -Del infierno -respondí sin volver la cabeza para no ver a quien me hablaba. -Nos han apedreado en un pueblo, unos salvajes, no muy lejos de aquí -le explicaba mi hermano al oficial de la gorra de plato-, y el compañero se ha llevado la peor parte. El camión es suyo. Iba con estos sacos de harina para Albacete y nos recogió en la carretera cuando nos quedamos sin gasolina en la moto. Nosotros vamos para Valencia. Somos comisarios políticos de la Ceneté. -¿Dónde está ese motociclo? -preguntó el militar. -Arriba, en la caja del camión. Necesitamos urgentemente gasolina y aceite para continuar el viaje. -No tantas prisas -le cortó el hombre con severidad, y vi que a Juan le cambiaba la expresión de la cara-. A ver, la documentación.


Juan me hizo una seña que comprendí enseguida. Entré en la cabina del camión y cogí la mochila. Allí estaban nuestros carnets falsos. Se los enseñamos al oficial, que hizo como que los miraba apartándose apenas la visera de los ojos. -Está bien -dijo dándonos la espalda con desdén, no debían de gustarle demasiado los anarquistas-. Podéis continuar. Nosotros nos haremos cargo del camión y del herido. Buen viaje. -Tenéis que ayudarnos a bajar la moto -replicó mi hermano-, y necesitamos gasolina, ya te lo he dicho. El hombre se volvió y se nos quedó mirando sin poder disimular su fastidio. Tuve miedo de que se arrepintiera y no nos dejase marchar si le molestábamos en exceso, pero no nos quedaba otro remedio. Sin moto y sin combustible no íbamos a ninguna parte. Aunque desde que habíamos entrado en aquel pueblo la suerte se había puesto de nuestro lado y no parecía dispuesta a abandonarnos, por lo menos de momento. -¡A ver, vosotros, venid aquí! -gritó el oficial a unos soldados que fumaban en corro junto a una ambulancia-. Hay un motociclo en la caja del camión y quiero verlo abajo en menos de cinco minutos, ¿me habéis entendido? Los soldados acataron la orden de su jefe sin excesiva ceremonia, diríase que casi con desgana. La tropa del Ejército Popular de la República, que se pretendía inspirado en modernos principios democráticos, a diferencia del rancio Ejército rebelde sublevado, no se caracterizaba precisamente por su férrea disciplina, marcialidad y amor a la milicia, atributos de indudables connotaciones fascistas, idea que compartían en secreto también algunos oficiales, y por este motivo mandos y subordinados se comportaban a menudo con exagerada tibieza y laxitud, lo que les restaba eficacia militar, llegado el caso. Incluso meses después, más avanzada la guerra, cuando ante la escasez de efectivos se


incorporaron al Ejército contingentes de voluntarios de las milicias populares, de filiación anarquista y libertaria, se produjo el hecho insólito de que muchas de las órdenes recibidas de la superioridad eran debatidas en asamblea para decidir su idoneidad política y estratégica antes de ser acatadas o desobedecidas.

No fue mucha la diligencia que pusieron estos soldados en la tarea que se les había encomendado y tardaron cerca de un cuarto de hora en mover los sacos de harina necesarios y casi otro tanto en bajarnos la moto, para lo cual se valieron de dos largos tablones de madera que consiguieron en alguna parte. Mientras esto sucedía el oficial de la gorra de plato iba de un lado a otro del convoy con


las manos en los bolsillos de los pantalones desentendiéndose de todo. Mi hermano volvió a requerir su atención: -Danos agua, compañero, nos morimos de sed. -¡Os habéis creído que nosotros somos la Cruz Roja, coño! -protestó el militar-. ¿Es que os ha hecho la boca un fraile, tanto pedir? Una enfermera nos trajo al rato un cubo de latón rebosante de agua limpia y fresca que probablemente provenía del pozo de alguna casa cercana. Bebimos hasta saciarnos y con el agua sobrante nos lavamos mal que bien la cara, los brazos y el pecho en un acto de higiene pública y precipitada que volvió a despertarme todos los fantasmas ancestrales del pudor. Después, mientras los soldados se disponían a bajar nuestra moto nos sentamos en una acera y fumamos un cigarrillo. Mi hermano dijo: -¿Sabes lo que vamos a hacer enseguida? -Seguir hasta Valencia, supongo -respondí resignado. -No, tonto. Primero compraremos ropa limpia y buscaremos una pensión con aseo para darnos un baño con agua caliente y jabón. Después comeremos algo, tomaremos un café y nos echaremos una siesta. ¿Qué te parece? -Demasiado bonito para ser verdad. Hasta que no me vea sumergido en una bañera y luego tumbado en una cama no me lo creeré. -Pues eso va a suceder muy pronto, hermanito, ya lo verás. Por cierto, ¿qué tal estará nuestro chófer? Vimos que al chófer se lo llevaban inconsciente en una camilla y le introducían luego en una ambulancia que abandonó la fila del convoy y partió a toda velocidad por la carretera. Una enfermera nos dijo después que le trasladaban a un hospital para hacerle una transfusión de sangre. Jamás volvimos a verle ni a tener


noticias suyas. Si le matรณ o no aquella pedrada es algo que nunca sabremos.


XXX

Encontramos una pensión dudosamente limpia y confortable en el centro del pueblo y tomamos alquilada una habitación por unas horas. Los militares del convoy sanitario nos prestaron muy poca gasolina para la Brough Superior, apenas la imprescindible para poder arrancarla y desaparecer de su vista, que en el fondo era lo único que le interesaba al oficial que se había ocupado de nosotros, así es que nuestro principal problema, la falta de combustible para llegar a Valencia, seguía sin resolverse, pero al menos mi hermano pudo comprar ropa y calzado nuevo para los dos en una tienda cercana y encargar comida caliente en una taberna, porque la que llevábamos en la tartera (unas rebanadas de pan, unos pimientos asados, un par de huevos duros y algunos pedazos menudos de bacalao con tomate de la cena de la víspera) se nos hizo intolerable nada más olerla, de modo que la arrojamos sin ningún miramiento por el retrete comunal que se encontraba en una amplia estancia al final del pasillo. Allí se hallaba también la pesada bañera de hierro fundido de la pensión, que debía de llevar


años sin usarse, a juzgar por los restos de óxido, moho y telarañas acumulados en su interior, y que el dueño del establecimiento se comprometió con tanta diligencia como sorpresa a limpiar y llenar después con agua caliente para que pudiéramos darnos un baño, como me había prometido Juan. En aquellos días revolucionarios y poco aseados la simple costumbre higiénica de bañarse en una bañera con agua caliente y jabón (la ducha no se conocía) era considerada por las clases populares como un inequívoco y provocador distintivo burgués, gozoso placer que el proletariado nunca había podido permitirse y que por eso mismo denostaba, pero a nosotros, que no éramos burgueses y siempre nos habíamos bañado por lo menos un par de días a la semana (lo cual ya era mucho para los usos de la época), no nos convenía en absoluto ser tomados por tales, lo que era tanto o más que ser tomados por fascistas -el verdadero motivo por el que habíamos salido huyendo de Madrid-, y lo primero que hicimos fue desbaratar el malentendido mostrándole a nuestro patrón las falsas identidades anarquistas que llevábamos encima. El hombre pareció comprender la situación. Después de todo se antojaba muy razonable que unos huéspedes como nosotros, agotados y sudorosos al cabo de varias horas de viaje en motociclo y en verano por las polvorientas carreteras españolas necesitasen de un baño reconfortante sin ser por ello confundidos con fascistas. Incluso muchos burgueses y fascistas genuinos no se habrían bañado en su vida, y no digamos ya los miembros del clero, que obsesionados como estaban con la desnudez del cuerpo humano, abominable instigador de todos los pecados de la carne, y en especial el cuerpo femenino, deploraban con furia desde los púlpitos de los templos la impía costumbre de bañarse. Pero no era sencillo darse un baño siquiera tibio en aquellos años, y menos en una modesta pensión de un pueblo de la Mancha. Sin agua corriente ni jabón y con notable escasez de combustible para calentar grandes cantidades de líquido el procedimiento se


volvía trabajoso y desalentador. La mujer y dos hijas de nuestro patrón, apenas unas niñas, tuvieron que hacer innumerables viajes con baldes de agua hirviendo para llenarnos la bañera. Nunca supimos cómo ni dónde pudieron calentarla. También nos trajeron dos toallas deshilachadas y una pieza verdosa de jabón de sebo, áspera y basta como la piedra pómez. Echamos a suertes el turno del baño, conociendo de antemano el hecho de que quien lo hiciese en segundo lugar se bañaría ya con el agua sucia y fría, puesto que estaba descartado que nos la fuesen a cambiar. Mi hermano arrojó una moneda al aire y antes de que cayese al suelo, a sabiendas de que me perseguía un fatalismo inevitable, yo ya me había resignado, por si acaso. Hice bien, porque me tocó el segundo turno. Juan me sonrió triunfante. -No te apures, hermanito, que estaré poco rato. -Eso no te lo crees ni tú -respondí sin abandonar mi sombrío fatalismo-. Como si no te conociera. Me voy a echar en la cama. Cuando termines me avisas. Cuando me avisó yo estaba dormido profundamente en la habitación de la pensión. El sueño fue dulce y reparador como pocas veces lo había sido en mi vida, tanto que opté por rechazar el baño para seguir durmiendo, pero Juan me zarandeó sin contemplaciones. -Vamos, desnúdate y vete a bañar. El agua está templada todavía. Me desnudé y me envolví en mi toalla, que ofrecía una limpieza discutible. No quise ni mirarla. Caminé como un sonámbulo por el pasillo hasta llegar a los aseos. La pensión parecía deshabitada a esas horas. Todas las pensiones del país debían de estarlo. Descartados los muertos y los huidos como nosotros, el resto de la población abarrotaba las carreteras y los


campos de batalla. Bien pensado casi podía considerarme un privilegiado en un momento como este: muy pocos españoles, o quizá ninguno, tenían a su alcance una bañera de agua tibia en la que poder zambullirse a las dos de la tarde. Solté la toalla, levanté las piernas y me introduje lentamente en aquel receptáculo de hierro fundido que se sustentaba sobre unas patas doradas que imitaban las zarpas de un león. El agua había tomado una tonalidad turbia y fangosa y no estaba tan templada como acababa de asegurarme Juan, sino más bien fresca, pero aún así apoyé las nalgas en uno de los extremos y me deslicé con suavidad en su interior hasta quedar completamente tendido exhalando un suspiro de placer.

Todos los sufrimientos padecidos hasta ahora y todos cuantos nos quedaban por padecer en el viaje quizá iban a merecer la pena si la recompensa inmediata consistía, no en llegar a Valencia sanos y salvos, como era nuestro propósito último, sino en poder


regalarse con un saludable baño como este a mitad de camino. Me froté el cuerpo a conciencia con aquel trozo de jabón áspero y crudo como la lija para desprenderme de la roña que tenía adherida a la piel. No era este producto, manufacturado artesanalmente por las amas de casa y en cuya elaboración empleaban sustancias tan poco nobles como el sebo y la sosa, el más indicado para las tareas de la higiene personal, y tanto era así que de hecho solía utilizarse sólo para lavar la ropa y los cacharros de la cocina, pero a falta de mejores remedios en una época en la que cualquier lujo o comodidad podían considerarse insólitos para la mayoría de la gente, incluyéndome a mí, no pude por menos que admirarme y disfrutar del bienestar repentino de sentirme limpio y fresco a medida que me iba liberando de aquella indeseable costra renegrida de polvo, sudor y carbonilla que me cubría de los pies a la cabeza como una segunda piel. Ni siquiera tuve grandes escrúpulos ante el hecho de saber que sólo un momento antes mi propio hermano se había estado aseando también en la bañera, en esta misma agua en la que yo me sumergía y que ahora ya se había vuelto tan fría, oscura y maloliente como la de una cloaca. Salí de la bañera y me envolví en la toalla con esa cierta insatisfacción que producen las cosas gratas que uno cree que podría haber seguido disfrutando con más intensidad, durante más tiempo, recreándose en ellas ante el temor fundado de que habrán de tardar mucho en presentarse de nuevo. Tuve el negro presentimiento de que acaso no podría volver a bañarme hasta que acabase la guerra y esto, en verdad, me desmoralizaba tanto o más que la propia guerra y las otras incomodidades que se derivaban de ella. Cuando llegué a la habitación mi hermano me dijo: -Mientras te bañabas he bajado a telefonear, y tengo dos noticias, una buena y otra mala. ¿Por cuál quieres que empiece?

Aquel viaje que cambió nuestro destino (1-30)  
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